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06
Feb
13

Una conversación con Alberto López Aroca sobre los secretos de las ratas gigantes, los náufragos venusianos, las mitologías creativas y eso que llaman “crowdfunding”

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Como Super Ratón, supervitaminado y mineralizado, Alberto López Aroca vuelve, de nuevo, a la carga. Con más brío que nunca, la creatividad en ebullición y la férrea decisión de escribir – sin trabas, cortapisas o melindres – al riguroso dictado de su imaginación resetea su narrativa holmesiana bajando a los intestinos de las tinieblas desde donde toma impulso para capitanear una expedición a Venus, y así lo cuenta, jura y perjura. Pasen, vean y tomen nota:

En primer lugar, enhorabuena Alberto por la publicación de Charlie Marlow y la Rata Gigante de Sumatra; de alguna manera, la operación de, por decirlo en términos eclesiásticos, “sacar de pila” esta novela, ha sido la más especial de tu carrera, ya que has utilizado el sistema de “crowdfunding” o financiación colectiva…

Muchas gracias, Luis. Ha sido un trabajo duro, emocionante y muy, muy satisfactorio, sobre todo por el método. Mi amigo Sergio Bleda que, a la sazón, ha ilustrado la cubierta del libro y realizado sendas láminas para este proyecto (y algunas cosas más) me habló de ese sistema de financiación hace ya un par de años. No ha sido hasta ahora que me he decidido a comprobar de primera mano cómo funciona eso del crowdfunding, pues quería saber si realmente se puede convertir en una vía factible para el proceso de edición de libros. Y, por el momento, yo diría que sí, que estamos ante el futuro.

El crowdfunding es, para entendernos, una suscripción como las que se hacen desde el siglo XIX, pero con la particularidad de que la convocatoria se lleva a cabo por medio de internet. Se suele realizar a través de plataformas virtuales creadas con este objetivo (el crowdfunding de Charlie Marlow y la rata gigante de Sumatra lo hicimos con lanzanos.com), aunque el autor también se lo puede montar por su cuenta, claro.

El mecanismo es el siguiente: Yo pido una cantidad X (en el caso de La rata…, pedimos 4.000 euros), y ofrezco una serie de “recompensas” o productos a los interesados: Por 15 euros te envío el libro firmado, por 20 euros te doy el libro firmado y te menciono expresamente en los agradecimientos impresos, por 25 euros, todo lo anterior y además un relato especial y exclusivo; por 30 euros, todo lo anterior más una carta escrita por Sherlock Holmes que te llega a tu casa… Y así sucesivamente, pues ofrecimos bastantes más recompensas. Entonces, los interesados pueden elegir la recompensa, la pagan a través de la plataforma, y si se alcanza la cantidad que nos hemos propuesto, el proyecto se lleva a cabo. Si no se consigue la cantidad, a nadie se le cobra ni un solo euro, pues los pagos sólo se ejecutan cuando se alcanza la cantidad propuesta. Vamos, que es una apuesta sobre seguro: los que apoyan, o bien reciben su recompensa, o no han perdido nada durante el proceso.

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¿Nunca pensaste “¡Dónde coño me he metido!? ¿Quién me manda no acudir a un editor como Dios manda?”

Pues no, no pensé en acudir a una editorial, entre otras cosas porque esa obra ya había estado rondando a algún editor (no existía un compromiso en firme, claro). De hecho, a mitad del crowdfunding recibí varias ofertas de editores que se interesaron por la novela. Por lo demás, sí que hubo una cantidad tremenda de problemas técnicos que, por suerte, logramos salvar al final.

Por otro lado, es una auténtica locura estar atendiendo a los contactos, haciendo la promoción y, en resumen, viviendo en Internet y, al mismo tiempo, estar escribiendo la novela… Pero se puede hacer, vamos. O al menos, yo he podido hacerlo. Tanto es así que lo estoy haciendo de nuevo con Los náufragos de Venus, de la que ya te iré contando.

Charlie Marlow y la Rata Gigante de Sumatra te ha obligado a convertirte en un autor 2.0 del siglo XXI: un escritor que debe multiplicarse por redes sociales, blogs, twitters, filmar videos, etc. y, en general, no desentenderse nunca del recorrido comercial de la novela… ¿Se ha acabado el autor que vive en su Torre de Marfil esperando que la “buena novela en el arca se venda”?

No sé si esa “Torre de Marfil” ha existido realmente alguna vez… Dickens, por ejemplo, se pegaba unas panzadas tremendas a leer sus obras en público (y a trabajar en su casa, o mejor, en sus casas), y Conan Doyle también hacía sus giras por Estados Unidos para promocionar sus novelas… Hasta donde yo sé, todos los autores tienen que hacer esos fatigosos trabajos de promoción, lo cual incluye, hoy en día, estar presente en Internet. Y cuanto más, mejor. Si además te conviertes en autor-editor (cosa que yo ya era hace ya muchos años), hay que utilizar las herramientas de que disponemos. Y la Red de Redes es ideal para estas cosas. ¿Es cansado? Sí. ¿Merece la pena? Te aseguro que sí. Este sistema da muchas más alegrías que disgustos,… Tener contacto directo con los lectores no es fatigoso, sino una experiencia muy gratificante. De este modo sé de primera mano lo que quieren y lo que esperan… para así sorprenderlos con algo totalmente distinto. Lo que la gente que me lee sabe a ciencia cierta de antemano cuando se acercan a una obra mía es que no tienen la más remota idea de adónde los voy a llevar en esta ocasión… por mucho que en el título ponga “Sumatra” o “Venus”…

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Además, da toda la sensación de que escribiendo CM y la Rata… has disfrutado de manera especial…

Ya sabes que, en realidad, yo siempre me lo paso bomba escribiendo. Mi principio fundamental es que yo lo pase bien cuando trabajo; eso suele significar que el lector también disfrutará. No termino de comprender a los autores que “sufren” cuando escriben. Entiendo que lo puedes pasar mal escribiendo ciertas escenas especialmente truculentas o dramáticas, pero no me cabe en la cabeza que sentarte a escribir sea una tortura o, sencillamente, una putada…

En el caso de Charlie Marlow… me he puesto el salakot y los pantalones cortos y me he ido a la selva a cazar monstruos, huir de científicos locos y enfrentarme a unos tipos tan malos que no te lo podrías creer… ¿Cómo no me lo iba a pasar bien si encima iba acompañado por un tipo tan majo (aunque tan cáustico) como Sherlock Holmes?

En CM y la Rata… “cierras” o, al menos, dejas entrecerradas (que contigo nunca se sabe) líneas argumentales que iniciaste hace seis años con la publicación del “Cuaderno de Bitácora del Matilda Biggs” y de “Sherlock Holmes y lo Outré”, dos cuadernos victorianos, exclusivos y auténticos publicados por la Academia de Mitología Creativa Jules Verne de Albacete (que vuelve al mundo editorial con La Rata).

Claro, claro; he cerrado algunas insinuaciones que hice en esos artículos y ensayos, pero como bien sabes, cuando una puerta se cierra, otra se abre. Una de esas nuevas puertas se llama Los Náufragos de Venus, que es mi próximo proyecto de crowdfunding (lo he mencionado ya, ¿verdad?), pero hay otras muchas. Por ejemplo, estoy trabajando en una novelita que se menciona en el índice onomástico y toponímico de Charlie Marlow…, una obrita que se titula J.C. vs The Devil Dinosaur, y que se atribuye a un tal Jubelo Fowler… Esta va a ser una obra muy, muy especial en muchos aspectos, no sólo por los festivales de referencias y guiños que suelen poblar mis historias, sino por su carácter cuasi experimental… J.C. contra el Dinosaurio Diablo, que será su título en castellano, transcurre en la década de 1960, y ahí vamos a tener a Burroughs (a William, no a Edgar Rice) y al hijo de un héroe de los años treinta y cuarenta.

Y sí, antes de que lo preguntes, tendremos dinosaurios parlantes (y posiblemente algún mono), adoradores de dioses primigenios, al viejo y bueno (o malo) Fred Porlock (al que los sherlockianos conocen de la novela El valle del miedo de Conan Doyle, y al que mis lectores recordarán de Candy City, Charlie Marlow y la rata gigante de Sumatra, y La rata gigante de Sumatra en el Oeste), y un montón de realidades o dimensiones paralelas que se van a superponer de un modo bastante distinto al habitual… Y ya no cuento más por el momento. Que tenemos que hablar de Los náufragos de Venus (¡apoyad el crowdfunding, amigos!).

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Todo se andará, pero antes de continuar y para dejarlo claro de una vez, ¿qué narices es eso de la mitología creativa?

¿Y quieres que lo explique con claridad…? Ufff, veamos: es una disciplina literaria que engloba todas las demás disciplinas. Para que nos hagamos una idea: ¿qué sucede si planteamos toda la ficción como una única realidad? Pues que Sherlock Holmes convive en el mismo mundo que Drácula, que Hércules Poirot o que Tarzán. Por lo tanto, se puede encontrar con ellos en cualquier momento. (Ese es el planteamiento, por cierto, que Alan Moore realiza en su magnífica The League of Extraordinary Gentlemen). Además, ¿y si esa realidad es también la nuestra? Pues que Sherlock Holmes no sólo se puede encontrar con el Capitán Nemo o con Mary Poppins, sino también con Sigmund Freud o con Nikola Tesla.

Al final, resulta que mitología creativa es lo que hizo Homero en La Ilíada y La Odisea, o lo que hicieron los autores medievales que gestaron el ciclo del Rey Arturo y más concretamente, el concepto de los caballeros de la Tabla Redonda: reunieron a los mayores héroes, de procedencias muy diversas (Tristán o Parsifal, por ejemplo) para llevar a cabo la mayor aventura posible (la búsqueda del Santo Grial). A todos los efectos, las sagas artúricas son un pastiche y un crossover. Que por cierto, es lo yo he hecho en Charlie Marlow y la Rata Gigante de Sumatra. ¿Queda más claro así? (Supongo que no, pero en fin…).

Para que ningún lector se asuste, extrañe o salga corriendo, se le puede tranquilizar diciéndole que leyendas de Alta Literatura como Joan Perucho o Gonzalo Torrente Ballester también practicaron la mitología creativa…

Por supuesto, por supuesto. A Perucho no le temblaba la mano a la hora de tomar prestado a Poirot, a Holmes, a Allan Quatermain o al profesor Challenger, por ejemplo, para contar nuevas aventuras sobre ellos. La mitología creativa tiene mucho que ver con los pastiches, porque se utilizan personajes ajenos (que conviven en el mundo de la ficción) para generar nuevas historias. Perucho era un gran mitógrafo (y polígrafo) creativo, y a él dediqué mi libro Los Espectros Conjurados.

Professor Challenger

Además, hoy en día en España, además de ti, otros autores ejercen sin pudor la mitología creativa como Félix J. Palma, Rodolfo Martínez o Juan García Ródenas. ¿Qué os distingue? ¿En que os pareceréis?

Vaya pregunta… Pues supongo que cada cabra tira hacia su propio monte, ¿no? Cada autor tiene su distintivo, su insignia, su impronta. Félix se ha convertido en un superventas gracias al cultivo de esta disciplina, cosa que me congratula, pues hace que mucho más público se abra mentalmente a los dislates que yo cultivo. Y Rodolfo es un grande, un clásico ya, a estas alturas, y sus pastiches sherlockianos tienen reconocimiento internacional, al igual que el resto de su obra. Es otro gigante entre nosotros. Y Juan, mi amigo Juan García Rodenas, es un escritor brillante cuyas obras deberían conocerse (y se conocerán) mucho más: sus aproximaciones mitógrafo-creativas son deliciosas, y deberían estar en todas las bibliotecas de los aficionados a la figura del Maestro de Baker Street. Tiempo al tiempo.

Habrá que poner en nómina a Alejandro Castroguer y su próxima novela, de acróstico título, HYECDLOE

Alejandro es un tío cojonudo, todo un caballero, y un autor que está dando mucho que hablar (La guerra de la doble muerte y El manantial son dos obras suyas que están en boca de los aficionados al terror), y que dará más que hablar todavía.

Aún no he podido echarle un vistazo a HYECDLOE, pero por lo que el amigo Castroguer me ha adelantado, estamos ante un pastiche holmesiano bastante insólito y experimental… Tengo mucha, mucha curiosidad por leerlo. Y no voy a decir ni una sola palabra de lo que Alejandro me ha adelantado, porque no tengo autorización para ello… (Pero puedo mencionar el hecho de que, en algún momento, tendremos que leer ese libro sentados boca abajo… en serio).

Volvamos a CM y la Rata…, que es primordialmente, o al menos así me lo ha parecido, una novela de aventuras. De hecho, su estructura, muy medida y pensada, en capítulos cortos y agitados no dan, en la mejor tradición de la literatura “pasapáginas”, respiro al lector procurando que se haga las preguntas “¿Y ahora que va a pasar?”; “¿Como saldrán de esta’” o “¿qué coño se le ocurrirá al autor?”

Pues esa fue la idea desde el principio, Luis: no dar tregua al lector y, sobre todo, que se olvide de que tras la obra hay un autor. También es verdad que esa estructura estaba pensada para que yo me lo pasara bien, claro…

Tampoco creas que yo me dedico a planear las estructuras, ¿sabes? Lo tengo todo en la cabeza siempre. Sólo apunto este o aquel detalle, y más por miedo a que se me olvide que otra cosa…

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De hecho, quizás sea solo una sensación mía, pero el molde de la novela de aventuras por excelencia (La Isla del Tesoro, claro) se ve en CM y la Rata…: la relación entre Sigerson (un extraño y misterioso aventurero) y el (a pesar de todo inocente) capitán Charlie Marlow recuerda, inevitablemente, a la de Long John Silver y Jim Hawkins; la estructura del viaje por mar (preparación, singladura, llegada a una isla), la isla como cárcel que obliga a su conquista…

Pues la verdad es que es pura casualidad, Luis; ni se me había pasado por la cabeza… salvo por el hecho de que Long John Silver aparece en una de mis entradas favoritas del índice onomástico (la entrada de la botella de Armagnac). Ahora que lo dices… Pero no, no: Sigerson no es Long John Silver, lo mires como lo mires, y el veterano Marlow no es ningún chavalito advenedizo, sino un marino experimentado y además un agente del Club Diógenes. Su relación es otra. Tiene un punto humorístico que…

Yo qué sé…

Por cierto ¡Menuda isla! Su orografía es un espléndido homenaje al gran Mr. Walker (para los amigos “El Fantasma que Camina”, para los demás “El Hombre Enmascarado”), la extraordinaria – y algo injustamente olvidada – creación de Lee Falk.

Bueno, sí que se habla un poco de Christopher Standish (o Kit Walker) en la novela, pero en realidad, la Isla de la Niebla hace referencia al paraje real en el que se basó Edgar Wallace para crear King Kong, y que en la película original se llamaba Isla del Cráneo… aunque lo cierto es que en la peli nadie se refiere nunca a la isla con esa denominación, sino que llaman así tan sólo a la Montaña del Cráneo.

Esa montaña me recuerda, por supuesto, a la Cueva del Fantasma, que también parece un cráneo, y que es propiedad del Fantasma Que Camina. Pero esa cueva no está en la Isla de la Niebla, sino en otro lugar, un pequeño país llamado Bangalla… Pura coincidencia, vamos. (Bueno, en realidad no… pero para eso, lo mejor es consultar el índice onomástico de CM y la Rata…).

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Utilizas, una vez más, una de tus señas de identidad, el índice onomástico como un elemento narrativo en el que aprovechas para sugerir, proponer, esbozar nuevas historias, pasados y futuros de los personajes…

Hay quien dice que es “otra novela” añadida al final… Yo lo veo como una colección de cuentos muy cortos (no sé cuántos, ¿más de cien?), que complementan la historia principal y abren montones y montones de puertas… Confieso que es, sin duda alguna, lo que más me divierte escribir e imaginar y es la parte de la novela que muchos lectores leen con mayor fruición. Si alguien quisiera dedicarse a ponerle notas al pie, terminaría rellenando otro volumen tan largo o más que la novela original…

Por cierto, esa técnica ya la utilizaba ese enorme mitógrafo que fue el gran Álvaro Cunqueiro, otro escritor criminalmente infravalorado…

Cunqueiro lo hacía, sí. Y también Juan Perucho y Néstor Luján. Estamos hablando de tres mitógrafos creativos del copón, tres pasticheros de pro (los tres le metieron mano en su día al maestro de Baker Street), y eso son palabras mayores. Y no creo que Cunqueiro, Perucho y Luján estén infravalorados, sino que están cayendo en el olvido, sencillamente. Hay que rescatarlos, sin duda. Y también estoy seguro de que si no lo hacemos nosotros, alguien lo hará. Son demasiado brillantes como para perderse en la miríada de libros que se producen anualmente en España.

Hablando de escritores injustamente desdeñados, por CM y la Rata… planea la sombra de Rudyard Kipling, en concreto de la excepcional El hombre que pudo reinar y de Capitanes Intrépidos, un riguroso relato del mar oculto por su, por así decirlo, sensible versión cinematográfica.

Kipling es un autor extrañísimo: un inglés nacido y criado en la India, en la época colonial. Y es el creador del más directo (e ilustre) predecesor de Tarzán de los Monos: Mowgli. Y por si no lo sabes (que seguro que sí lo sabes), Kipling colaboró con Rider Haggard en la que, en mi opinión, es la mejor y más amena (y más imaginativa) novela de la serie del cazador Allan Quatermain: “Allan y los dioses de hielo”. Es una auténtica pasada y se la recomiendo a todo el mundo. ¡Buscadla!

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Seguimos hablando de marinos. Al igual que no hay una buena novela sin buenos secundarios no hay buena historia marina sin una buena tripulación, ¡y la del Friesland (el buque a la caza del Matilda Briggs) es un dream team!  Entre otros se enrolan el futuro caballero Archibaldo de Hadoque (confirmas la teoría de Steven Moffat de que conoció a la Rata) y el intrigante irlandés O´Rourke..

Sobre Hadoque no quiero extenderme demasiado, salvo para apuntar que, cronológicamente, no está metido con calzador, sino perfectamente meditado y barruntado. Y puedo demostrarlo.

Y O’Rourke… Bien, O’Rourke es un préstamo muy interesante pues, en principio, el señor Arn McConnell, un mitógrafo creativo de la escuela de Philip José Farmer, afirmó en un artículo de los años setenta que Orc O’Rourke era un personaje de dime novels (novelas de a duro) de los años de 1890. Durante el proceso de redacción de CM y la Rata… decidí contactar con el señor McConnell, quien me explicó que, en realidad, O’Rourke era la creación de la época universitaria de otro mitógrafo creativo, el señor Todd Rutt. El Rutt, responsable de las crónicas de O’Rourke, tuvo a bien autorizarme para utilizar a este marino yanqui en la historia… Y por eso le estoy sinceramente agradecido.

La isla está poblada por animales mutados y mutantes que siempre te han fascinado y son característicos de la ficción de género, especialmente los simios (recordemos Kina Kong, Gorilla Grodd, Planeta de los Simios et al)…

Como a Homer Simpson, a mí me fascinan los primates. En los años cincuenta los editores de tebeos de Estados Unidos descubrieron que, cada vez que sacaban un mono en la portada de un cómic, las ventas aumentaban. Se multiplicaban. ¿Por qué? Pues porque los monos ejercen una extraña, pero irresistible, atracción sobre nosotros… Son un espejo en el que mirarnos. Cuando ves a un grupo de chimpancés arrojándose puñados de mierda los unos a los otros, no puedo menos que visualizar a nuestros políticos, que tienen la misma (o inferior) talla mental que esos animalitos, aunque carezcan de la nobleza de los bichos. (Porque los monos son nobles incluso cuando se están tirando mierda).

En la Isla de la Niebla no hay políticas, sino nobles, simpáticos, salvajes monstruos gigantes de toda catadura (Charlie Marlow hace una clasificación zoológica propia, de tantos que aparecen) que se dedican a devorar a innobles, antipáticos, civilizados humanos. ¿Entiendes por qué soy fan de los monstruos? Y de los monos que aparecen en la novela no voy a hablar, porque no quiero destriparle nada a los lectores…

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Habrá aficionados a Sherlock Holmes que se acerquen a la novela, y habrá que advertirles que se encontrarán con el segundo hombre más peligroso de Londres…

…Y quizá el hombre más peligroso de la Isla de la Niebla, sí… El coronel Sebastian Moran es uno de los personajes más atractivos del Canon sherlockiano: era el lugarteniente del profesor Moriarty, y estuvo a punto de machacar a Holmes con una roca en el acantilado de Reichenbach, y años más tarde casi se lo carga en Baker Street. A mí me parece un personaje fascinante sobre el cual no se ha dicho tanto como debería. Se supone que es un depravado, pero lo que vemos en el Canon holmesiano (en “La aventura de la casa vacía”) es que era un ludópata y un tramposo (y sí, un asesino, vale). Pero eso no te califica como “depravado”… Así que, en CM y la Rata… vamos a explicar un poquito cuán depravado era el coronel Moran, cómo conoció a Moriarty, y qué sucedió durante los años en que persiguió a un explorador noruego llamado Sigerson…

…Y con un enigmático y parco sicario de quien te vuelves el cronista…

Si estás hablando de Fred Porlock, has dado en el clavo. Este secundarísimo personaje que apareció por primera vez en El valle del terror, de Conan Doyle, ya tuvo una nueva vida en mi novela Candy City (Ilarión, 2010), y ahora ha vuelto a las andadas en Charlie Marlow… y también como protagonista absoluto en La rata gigante de Sumatra en el Oeste. Y no creas que se va a quedar sólo ahí… Porlock tiene tras de sí una historia fascinante, y se mueve entre las páginas de unas y otras obras de un modo realmente único…

Antes de que se me olvide, aún no hemos hablado de la cuidadísima edición en la que os habéis volcado en todos los detalles: color de portada reminiscente del Baker Street Journal, elegantes ilustraciones de Sergio Bleda, anuncios de época, escogida tipografía…

Los anuncios, en contra de lo han pensado algunos lectores, son reales como la vida misma, y los anunciantes han pagado sus buenos euros por ello. Eso sí, hemos intentado que estas publicidades estuvieran en consonancia con la estética de la novela que, como bien dices, es un homenaje a aquellos primeros volúmenes del Baker Street Journal, que son una auténtica delicia para la vista y para el tacto…

Sergio Bleda es un artista del copón, sin duda alguna uno de los mejores del mundo, y ha sido un honor, un privilegio y una suerte contar con él para este proyecto. Uno de los puntos más importantes que han permitido que La rata de Sumatra llegara a buen puerto ha sido la presencia e implicación de Sergio en el crowdfunding. Eso es así, lo mires como lo mires.

La edición está tan cuidada como nos ha sido posible, y los fallos que pueda tener son responsabilidad mía exclusiva, por supuesto.

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Hemos conseguido no hablar de Sigerson, ese inquietante aventurero que recorre la novela sabiendo más de lo que dice, sobrellevando la adicción a la nicotina, exhibiendo una irracional manía a los nativos de Escocia y tratando a los primates con, ums, mano de santo…

Sobre Sigerson también se ha escrito mucho, muchísimo… Y no sé por qué dices que le tiene manía a los escoceses, pues él mismo lo niega en la historia… En fin. No, no pienso hablar aquí de Sigerson. Mejor que el lector se acerque a “La aventura de la casa vacía”, de Conan Doyle, y después a CM y la Rata…, y entonces vea por sí mismo de qué va todo esto…

Y, ya por último, solo cabe advertir que , como todas las buenas historias, Charlie Marlow y la Rata Gigante de Sumatra no acaba del todo y que ya está en marcha el crowdfunding de Los Náufragos de Venus… Embáucanos para participar, que ya toca hablar de la nueva novela…

No se trata de que tenga que embaucar a nadie, Luis, sino de ser sincero: Los náufragos de Venus va a ser una novela necesaria para cualquier ser humano (o divino) que se precie de serlo. Las generaciones futuras, cuando nosotros no seamos más que polvo, nuestros ríos sean caldo de cultivo para especies de cucarachas mutantes acuáticas, nuestras montañas sean llanos poblados por ratas gigantes y los vergeles naturales se hayan convertido en desiertos por donde vagabundearán manadas de neosaurios, los cerebros flotantes que nos sustituirán cantarán las alabanzas de esta novela de fantasía, misterio, terror, pornografía, ciencia ficción, aventura, humor, romance, gore, comedia y paladas de monstruos. Los náufragos de Venus no se olvidará fácilmente, te lo digo yo…

Es un manual de supervivencia para todo aquel que, de improviso, se vea teletransportado a Venus; y también una historia de aventuras, y un relato muy oscuro sobre lo que les sucede a un grupo de marinos (hombres y mujeres) del siglo XIX cuando se ven arrojados a un lugar hostil y desconocido: el planeta Venus. Los lectores de Charlie Marlow… ya saben por dónde van los tiros, saben que el Club Diógenes de Mycroft Holmes tiene mucha relación con esta historia (y por lo tanto, el señor Sherlock Holmes de Baker Street), y también saben que el misterio de Matilda Briggs (ahora no estamos hablando de un barco, sino de una mujer) está muy lejos de estar resuelto…

A los amigos sherlockianos y holmesianos, debo decirles que, si quieren saber LA VERDAD ÚLTIMA sobre el caso que John Watson vino en llamar “El extraordinario gusano desconocido para la ciencia”, tendrán que aproximarse a esta nueva novela… Los lectores deben dirigirse al blog oficial de la novela, http://naufragosdevenus.blogspot.com.es/, pero, sobre todo, a la página donde podrán apoyar el crowdfunding: http://www.verkami.com/projects/4370-los-naufragos-de-venus.

Desde 15 euros pueden recibir en su casa la novela firmada por servidor, y existen opciones con las que conseguir algunos relatos exclusivos (como “Cuatreros de Venus”, de la colección Bisonte Futuro, o “Sherlock Holmes y el gusano desconocido para la ciencia”), o una lámina exclusiva de Sergio Bleda (un mapa de Venus), e incluso el original de la ilustración de Sergio…

Y bueno, eso no es todo, pero por ahora tendrá que ser suficiente, Luis. Muchas gracias por aguantar mis “disparates”.

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Gracias a ti por contármelos. Y ahora, con tu permiso, me largo a apuntarme a la cola como un náufrago más. Y, en las inmortales palabras del gran Porky Pig: “Eso es to…, eso es to…, eso es todo, amigos”.

  

Una entrevista de Luis de Luis

Servida gentilmente por 221B

20
Sep
12

Estudio en Esmeralda, de Alberto López Aroca

 “ … aparentaba estar cerca de los treinta años, más o menos y tenía un aspecto que resultaba, cuanto menos, inquietante. Su piel albina como la cal y totalmente opaca contrastaba con el pelo negro que cubría su cabeza, destelleante bajo la luz amarilloverdosa de Doilette. Los rasgos aguileños de su cara, la nariz grande y puntiaguda, los ojos pequeños y oscuros pero perspicaces, unos labios prácticamente momificados, inmóviles; todo esto le confería un aspecto zorruno que llevaba  a pensar en alguien muy astuto y sagaz. Por otro lado, la ridícula vestimenta que lucía alegremente, ese gabán sucio y raido del que ya he hablado con anterioridad, le hacia ostentar el estandarte de la ridiculez por encima de su cabeza. Pero en pocas horas, tan singular personaje consiguió ganarse no sólo mi simpatía, sino todo mi respeto.”

 

Así describía a Sherlock Holmes (para la ocasión, rebautizado Sholomon Hume) en 1996, un veinteañero Alberto López Aroca que se había propuesto rendir homenaje tanto al detective consultor como  a la ciencia ficción pulp  que, como  tantos de nosotros, nos permitieron ejercer el sentido de la maravilla, narrando  – con el descaro y osadía propios de su juventud – una historia de proporciones cósmicas utilizando, nada más y nada menos, la estructura de la seminal Estudio en Escarlata.  

Así, López Aroca, fiel al principio (al que sirve, inexorable, hasta mañana mismo) de que la literatura es sinónimo de disfrute, y que el primero que debe pasárselo teta es el autor, no dudó en recurrir“ … a los textos más viejos del planeta del Imperio: la literatura del planeta 1” y convocar a “los viejos fantasmas, capitán, [que] de cuando en cuando nos echan una mano piadosa”, es decir, a los héroes eternos –Holmes, Watson, Challenger…-  para pulular por el planeta Doilette, retablo de Maese Pedro alentado por el hálito de Julio Verne, donde tendrá lugar esta historia de historias   “…reconstruida, como pueden ver a partir de retazos de otros mapas mayores, ahora perdidos en gran parte” que no otra cosa es este reluciente, y felizmente reeditado por Ilarión, Estudio en Esmeralda.

 

Luis de Luis Otero

 

27
Jun
12

Sherlock Holmes y la conspiración de Barcelona

Tengo para mí que Sergio Colomino y Jordi Palomé decidieron que, para contar Sherlock Holmes y la conspiración de Barcelona deberían talar muy alto, no renunciar a nada y aceptar todo reto, conflicto o dificultad que planteara la narración.

Y no les quedaba otra. No había otra forma de contar esta historia para que resultara tan veraz y cautivadora que trabajándola con rigor, barnizándola con sudor y cincelándola con sabiduría narrativa.

Colomino y Palomé dedican 150 páginas de cómic (una proeza hoy en día) para contar los días del Gran Hiato (el periodo que transcurre entre la muerte y resurrección de Sherlock Holmes) en los que el detective consultor, por así decirlo, participó en los atentados anarquistas que tuvieron lugar enla Barcelona de 1893.

La tarea suponía aportar rigor histórico en paisajes urbanos y rurales que supurasen realidad; narrar – utilizando flashbacks, textos de apoyo y planificación de página – con eficiencia y efectividad; hilar – sin que apareciesen las costuras – tres líneas argumentales (la intervención de Sherlock Holmes, la trama criminal urdida por uno de los Tres Hermanos y, en un prodigio de síntesis y narrativa, el complejo mundo del movimiento anarquista catalán de aquel entonces).

Sinceramente: lo han bordado.

Sherlock Holmes y la conspiración de Barcelona es un cómic consciente, pensado y meditado. Un cómic honrado, trabajado y sincero. Un cómic que consigue embaucar, interesar e importar a quien se acerque a él, y que se verá recompensado no solo por una fascinante historia narrada – en palabras escogidas con acierto y conocimiento de causa – por Colomino y dibujada con ilustraciones – honradamente deudoras de Alex Raymond y Jim Steranko – de Colomé; sino por una edición esmerada que incluye prólogos y epílogos, making ofs, galería de ilustraciones, cronologías e impactantes ilustraciones interiores.

Hagan hueco en sus estanterías. Este libro es de los de atesorar.

 

Luis de Luis Otero

28
Mar
12

Reflexiones en voz alta (“El Valle del Miedo” vs. “Cosecha Roja”)

Reflexiones en voz alta (“El Valle del  Miedo” vs. “Cosecha Roja”)

(Notas para una intervención en el 47 º Sábado Negro celebrado el 10 de marzo de  2012 en la librería Traficantes de Sueños. C/ Embajadores 35, Madrid)

 

Mi única intención es, a propósito de El Valle del Miedo, hacer un par de reflexiones en voz alta sobre las etiquetas, generalizaciones o convenciones que utilizamos cuando hablamos, debatimos o enredamos sobre eso que convenimos en llamar, dentro del amplio campo de la literatura  policial, novela negra.

 

Así, está comúnmente aceptado que, parafraseando a la Biblia, en el principio solo estaba Dashiell Hammett.  Y que allá por 1929, cual Supremo Hacedor dijo:  Hágase la luz” y la novela policial se volvió negra con la publicación de la justamente célebre y aclamada Cosecha roja, libro que ha sido, merecidamente,  molde y modelo de la literatura policial y cuya vigencia permanece, sin visos de que desaparezca, hasta mañana mismo.

Y, si bien es cierto que el término “novela negra” no se acuñaría hasta ya entrados los años cuarenta (por la intelectualidad francesa con ese don –dicho sea como elogio– del país vecino para apropiarse de toda manifestación cultural ajena, hacerla suya, darle carta de naturaleza y  aprovechar para explicar al resto de la humanidad cómo, dónde y por qué deben leer, ver, comer o beber) no lo es menos que -en palabras del no menos mítico Raymond Chandler- Cosecha roja devolvió la novela policial a la calle y abrió la espita a un aluvión de novelas valientes, agresivas, comprometidas y combativas que explicaban y desvelaban, mediante historias criminales, la podredumbre, miserias y corrupción que ocultaba la desteñida purpurina  de la derrumbada sociedad norteamericana una vez perpetrados los, así considerados, felices años veinte.

Lo noir, en versión fílmica

Lo noir, en versión fílmica

Además, de paso, y como quien no quiere la cosa, la nueva novela negra invalidaba la ficción policial escrita desde mediados del siglo XIX. De repente, ese tipo de novela, la llamada “novela enigma”, se volvió despreciable y despreciada por ofrecer relatos de crímenes con argumentos alambicados, pequeño burgueses y artificiosos;  resueltos, cuales sudokus, por detectives a cuál más extravagante, excéntrico o disparatado, modelados todos en el -súbitamente demonizado- arquetipo encarnado por  Sherlock Holmes. Padecían, esas novelas, una carencia de valor añadido que ostentaba la “novela negra” como instrumento o palanca para conocer, auscultar, comprender o socavar la corrupta moral social. Y ya quedó, esa literatura, descartada como meros pasatiempos, distracciones o meros entretenimientos.  Ya no valía (o, mejor, quizás nunca lo hubiese hecho) para analizar y comprender la sociedad.

Así son las cosas, o así las percibimos o, al menos, así nos las han contado. Aunque no sean exactamente así, ni siquiera lejanamente así. Es el problema de las etiquetas. Por muy cómodas y útiles que sean acaban por resultar simplistas, incómodas y, como poco, engorrosas.

Recordarán, sin duda, la trama de Cosecha roja, en la que un empleado de una agencia de detectives llamadala Continental (un apenas disimulado alias de la todopoderosa agencia de detectives Pinkerton) se infiltra en los diversos ámbitos de poder e  instituciones (prensa, policías, empresarios, mafias…) de Personville (o, mejor, Poisonville), una podrida y ficticia ciudad ubicada en un valle minero para, enfrentándolos desde dentro, “limpiar la ciudad” .

Resulta un argumento, cuanto menos,  sorprendentemente similar a la segunda narrativa contenida en El Valle del Miedo, cuarta y última novela del ciclo narrativo dedicado a  Sherlock Holmes. Se lo cuento: un detective de la agencia Pinkerton se infiltra en los Scowrers, la poderosa asociación que gobierna mediante la extorsión y el crimen organizado la ciudad de Vermissa, casualmente, cabeza de un valle minero. La intervención encubierta del detective, su firme actitud moral ante la podredumbre de la sociedad minera, “limpiará la ciudad” y, de alguna manera, moralizará la vida pública de forma no muy distinta a la realizada por el Agente de la Continental.

Dashiell Hammett

Dashiell Hammett

 

No dejará de resultar, cuanto menos,  curioso, para los amantes de las etiquetas y los tópicos, que esta narrativa provenga de la pluma de Sir Arthur Conan Doyle, epítome, estandarte y bandera de la banal novela policial decimonónica. Es, además, muy revelador que la narrativa sobre los Scowrers conviva bajo las tapas del libro con otra narrativa a la que complementa, titulada “La tragedia de Birlstone”, en la que se llevan hasta la exasperación los presupuestos de la novela enigma o problema, con la narración y resolución de un problema de “cuarto cerrado” que, por supuesto, no les revelaré.

De alguna manera, quiero pensar que Arthur Conan Doyle tuvo la magnífica intuición en 1914 (es decir, quince años antes  de Cosecha roja, interesa resaltar este dato) del anticipar el cambio que se avecinaría en la ficción policial y, me gusta pensar, que publicando en El Valle del Miedo codo con codo estas dos narraciones tan opuestas como complementarias daba, de alguna manera, el relevo y saludo a la novela negra.

No acaban ahí las prodigiosas intuiciones de Conan Doyle;  no solo ya prevé la importancia de las ciencias forenses en la ficción policial (baste citar la omnipresente y celebérrima serie CSI) sino que, también, el police procedural, es decir, la narrativa protagonizada por los cuerpos policiales (baste como muestra otro botón, la célebre Canción triste de Hiill Street).

No es imposible imaginar a un joven Dashiell Hammett que, tras leer El Valle del Miedo, se afane en alistarse en la Agencia Pinkerton (donde trabajó casi una década), que dejó para dedicarse a escribir su primera novela, esa magnífica recreación de El Valle del Miedo que es Cosecha roja.

 

No está en mi ánimo restar mérito alguno a la figura y obra de Dashiell Hammett, al contrario, ya dije que en el Origen solo estaba Dashiell Hammett. Pero, si me permiten una reflexión final, que llevo dos años esperando hacer, antes del principio estaba Sherlock Holmes. Y después, también.

Como podrán comprobar en la extraordinaria  novela de Alberto López Aroca, también protagonizada por una ciudad (tan infecta como Posionville o Vermissa) llamada Candy City a la que solo le falta carbón y sobran caramelos.  

 

Luis de Luis Otero

26
Mar
12

Noticia y crónica sentimental de dos Sábados Negros

El Pelirrojo de la Liga

presenta 

Noticia y crónica sentimental de dos Sábados Negros

El primer Sábado Negro

27 de marzo de 2010

Madrid. Librería Traficantes de Sueños
Buenas tardes Mr. Holmes. Programa.

Música de inspiración sherlockiana – por Luis de Luis (canónicamente Jabez Wilson)
¿Por qué nos gusta Sherlock Holmes? El Gran Juego – por José Luis Errazquin (canónicamente Hugo Oberstein)
Estudio en negro – por Juan Requena (canónicamente, Barón de Maupertuis)
Aventuras de Sherlock Holmes – por Luis de Luis (canónicamente, véase más arriba)
La vida privada de Sherlock Holmes – por Carlos Díaz Maroto (canónicamente, Toby)

Autores invitados

Réquiem por la bailarina de una caja de músicaJosé Ramón Gómez Cabezas

La mala esperaMarcelo Luján

Todo ello moderado, dirigido y organizado por Manolo Rodríguez

 ***

La historia comenzó hace ya algún tiempo. Fue allá por junio del año 2009 cuando, con motivo de la visita a la Feriadel Libro madrileña del novelista Alejandro M. Gallo, este convocó a su alrededor a un puñado de lectores, admiradores y, sin embargo, amigos, entre quienes, sorprendente y paradójicamente, se encontraba el abajo firmante. La fortuna (y las estrecheces del abarrotado local) al que acudimos a beber hablar de literatura me colocaron junto al gran Manolo Rodríguez, a quien no solo conocía por haber coincidido aquí y allá en saraos, reuniones y jijis-jajás varios, sino por la onda expansiva de su leyenda. Es bien sabido en los corrillos de aficionados a esto que viene en llamarse literatura popular que si Manolo Rodríguez no existiera habría que inventárselo. Incansable agitador, promotor y conspirador para provocar y crear eventos culturales desde siempre.

 

En la primavera de 2007 Manolo había iniciado los Sábados Negros, una convocatoria que cada primer sábado del mes reunía (y sigue reuniendo, cuando se publiquen estas líneas ya se habrá celebrado la cuadragésimo octava sesión ¡se dice pronto! Comprueben en la web www.sabadosnegros.org) en varias librerías de Madrid (La Muga, Burma y, sobre todo, Traficantes de Sueños) a primeras espadas de la literatura policial, críticos de reconocido (y reconocible) prestigio, lectores de solera y un surtido variable de curiosos e impertinentes de toda ralea, pelaje y condición.

Impresionado, ya dije, por la Leyenda de Manolo e intentando no quedar ante él como un auténtico imbécil, le anegué con un ataque de verborragia (patología a la que, por otra parte, los holmesianos, no sé si lo habrán notado, somos particularmente propensos) con la que conseguí quedar ante él como, errr, un auténtico imbécil. A pesar de lo anterior y, dado que Manolo es un auténtico caballero, hizo acopio de resignación, paciencia y educación y me escuchó con inmerecida atención.

Entre las muchas tabarras con las que le agredí se encontraba la propuesta de que llevase al Maestro a una sesión negra y sabatina no solo porque su ausencia ya se hacía clamorosa, sino porque se avecinaba (como de hecho ocurrió) una auténtica avalancha holmesiana (era la época, plena de expectativas, previa al estreno de la primera película de Guy Ritchie) que le darían una (obvia) actualidad a todo lo relacionado con el detective consultor.

Una vez acabada mi perorata, Manolo arqueó una ceja, luego la otra, y me miró con ojos desconcertados. Una vez decidió en su interior que lo mío no era peligroso, arqueó la otra ceja y musitó un “ums, ums”. No era un sí, tampoco un no. La cosa, sorprendentemente, comenzaba a ponerse en marcha. El game, por así decirlo, ya estaba afoot y, cuando eso ocurre, ya no hay vuelta atrás.

Y así fue. Allá por el otoño recibí una llamada de Manolo para “montar” una hora de Holmes para la primavera. Con inconsciencia característica le repliqué “eso está hecho” y le colgué. No sabía ni por dónde empezar.

 

Conan Doyle aprieta pero no ahoga, y hasta yo me daba cuenta de que había mordido más de lo que podía tragar, pero recordando las inmortales palabras de Heidi (sí, ¿qué pasa? Yo veía Heidi de niño y me afectó, como a toda una generación, irreparablemente): “Yo sola no puedo; con mis amigas, sí”. Ahora solo faltaba, como en su momento hizo Ringo Starr, encontrar los amigos adecuados para alcanzar la cima.

Eso fue lo más fácil. Por aquel entonces, después de varios intercambios de correos, ya había conocido, en la presentación de La fiesta de Orfeo, la excelente novela hammeriana de Javier Márquez Sánchez, a Carlos Díaz Maroto, crítico de cine de sabiduría responsable y opinión sensata acreditada, una y otra vez, en sus excelentes libros sobre cine (entre otros, y por citar solo los más recientes, Ray Harryhausen, el genio del “stop motion” y Cine del Oeste de la A a la Z) y demostrada a diario en su portal sobre literatura de género Pasadizo.com y en su influyente y exigente blog holmesiano 221B – Sherlock Holmes y su mundo. Ya tenía uno. Me faltaban dos. Esos eran bien fáciles; se escogieron, por así decirlo, solos.

Por aquellas fechas ya había devorado El caso de la Baraja Perversa, la fascinante reinterpretación de Juan Requena -a la luz del Canon y de una melancólica baraja de Tarot que brotó de la acuarela versátil y elegante de Jose Luis Errazquin- de los mitos teológicos, culturales y religiosos que, según se quiera, han condicionado, iluminado, explicado o determinado eso que se viene a considerar la condición humana.

El libro ampliaba lo tratado en la brillante conferencia ofrecida por Juan en Madrid, el puente de mayo de 2008, como una de las actividades programadas enla Convención Anualde nuestra Asociación. No fue la única. En un auténtico alarde de erudición y bonhomía, Jose Luis desmenuzó, con amenidad y humor, el siempre espinoso tema de las relaciones de Sherlock Holmes y el sexo femenino.

Tendría que haber sido rematadamente idiota (y, aunque todo se andará, a tanto, hoy por hoy, todavía no llegamos) de no “aprovechar” tanto talento, ganas de implicación y capacidad y voluntad de comunicación. Los buenos oficios de Miguel Ojeda (a quien tenía permanentemente informado de mis cuitas) para establecer el contacto y recibir -sin oponer dudas, peros o reparo alguno- los “síes” y los “por supuesto que te acompañamos” me permitieron llamar, entusiasmado, a Manolo y comunicarle que ya tenía las personas que realizarían la sesión holmesiana. Manolo, ya se ha dicho que es todo un caballero, solo preguntó: “Tus amigos no se parecerán a ti, ¿no? “. “Ni por el forro, Manolo” repliqué con firmeza. Oí al otro lado de la línea cómo Manolo exhalaba un enorme suspiro, que bien pudiera ser de alivio. Fue entonces cuando supe que el negocio iba, verdaderamente, en serio.

El, por así llamarlo, nihil obstat de Manolo dio paso al intercambio de correos, a la organización de reuniones y al cruce de opiniones entre los conspiradores implicados para fijar, limpiar y dar esplendor a la hora de la que disponíamos. Todos coincidíamos en que los asistentes a los Sábados Negros no habían venido al mundo para ser atropellados, infamados y arrollados por las sabidurías inútiles y enrevesadas de una pandilla de -como con extendida locución se dice ahora- frikis holmesianos.

 

 Así, decidimos, de común acuerdo, hacer una sesión divulgativa e introductoria al personaje y a su mundo. Para ello decidimos utilizar el formato habitual de las sesiones de los Sábados Negros en las que, mediante la alternancia de contenidos varios (música, clips de vídeo, análisis de obras de arte, entrevistas, lecturas…) se busca (y consigue) evitar el tedio, sortear el aburrimiento y procurar el entretenimiento y dar a cada “mini sección” un sesgo holmesiano.

Y así, entre digresiones, dislates, rodeos y divagaciones al uso, descartando unas propuestas, afinando, ajustando y afilando otras llegamos a destilar un programa que, consideramos, suficientemente atractivo o, al menos, no letal para la atención o mortífero para el interés del siempre sufrido y voluntarioso público que acude a los actos culturales, sean de la clase o condición que sean, con quien se debe tener, en cualquier caso, un respeto y admiración, cuanto menos, extremos. Máxime en el caso del público asiduo a los Sábados Negros que, como su nombre indica, están acostumbrados a los análisis, estudios y comentarios de la literatura policial más extrema o comprometida con los aspectos más oscuros o sórdidos de la realidad social. La mirada y actitud de Manolo Rodríguez -que fue mutando de un inicial “¿Dónde me he metido? ¿Por qué me dejé convencer?” a un final “Lo mismo no ha sido tan mala idea, quizás resulte”- nos dio la confianza necesaria para rematar flecos, pulir reticencias y limar rigideces e inclemencias hasta llegar a las seis y media de la tarde del sábado 27 de marzo de 2012 con la alineación titular en plena (así) forma y en perfecto (o así) estado de revista.

“Henos aquí, henos de Pravia”, nos presentamos puntuales a la gran y bien acondicionada sala de la librería Traficantes de Sueños abarrotada -para nuestra sorpresa y ¿por qué no decirlo?, satisfacción- de público (posteriormente Manolo nos confirmaría que “batimos” el récord de asistencia, hasta entonces) en la que sonaban como Música de Sala (es costumbre, en los Sábados Negros, recibir al público con canciones de jazz y blues, géneros musicales asociados a la novela negra) canciones populares sobre Sherlock Holmes (desde la elegantísima Village Green de The Kinks a la solemne “Baker Street Muse” de Jethro Tull pasando por la delirante Sherlock Holmes de los aprendices de Bowie, Sparks, a la sencillamente delirada Cen Hund von Baskerville una versión del Paranoid de Black Sabbath perpetrada por Cindy and Bert un indescriptible dúo setentero).

Una vez pasada lista[1], visitados los servicios, peinados y afeitados fuimos presentados al respetable por Manolo con la sobriedad y firmeza que le caracterizan. Abrimos fuego, a modo de lances de recibo, con la lectura de algunas estrofas del celebérrimo poema de Jorge Luis Borges dedicado a Sherlock Holmes. Intencionadamente escogido para ello, el último verso de la séptima estrofa: “los diversos dominios en que ha sido parcelada la esfera” dio paso a las intervenciones sobre el Universo Holmes.

 

Comenzó la ronda la aportación de Jose Luis Errazquin, quien proclamó toda una declaración de principios, explicando con humor y naturalidad el Gran Juego apoyado con una entretenida y brillante presentación en Power Point. Le costó nada y menos despojar, para todos los presentes, de todo rigor y solemnidad el holmesianismo militante, esa creencia, esa actitud que consigue que, en cualquier caso, ocasión y circunstancia, sea siempre, en nuestros calendarios, 1887. Afirmación que “le costó” un cálido y merecido aplauso.

Nada podía, sin embargo, preparar a los presentes para la deslumbrante intervención de Juan Requena, quien asumiendo una de las tradiciones de los Sábados Negros de analizar obras de arte desplegó un alarde de erudición para levantar la piel de Canon y encontrar las conexiones con la iconografía victoriana, los deseos ocultos y vanamente reprimidos y las pulsiones secretas que laten en dos de los relatos más inquietantes del corpus watsoniano: “La banda moteada” y “El hombre que reptaba”, de los que ofreció las claves ocultas en la ponzoña de una serpiente o en el abrazo de un gorila para acceder a una lectura de perturbadora fascinación.

Así las cosas y boquiabierto y consternado el público, convenía que tras una breve -y fácil, el libro desborda cualidades- de Las Aventuras de Sherlock Holmes convenía que Carlos Díaz Maroto cambiara el tercio aportando una deliciosa recreación de El terrible caso de los recién casados desnudos, uno de los episodios perdidos de la mutilada y legendaria película de Billy Wilder La vida privada de Sherlock Holmes. Carlos no solo presentó, ubicó y contextualizó la película, sino que, además, la “dobló” superponiendo sobre la escena muda (no se rescató la banda sonora) la exactísima traducción de Beatriz Bejarano del Palacio. Ni que decir tiene que el público no se pudo resistir a la hilaridad desencadenada por la dosis de un Wilder de lo más salaz y descarado.

Con los sesenta minutos ya casi vencidos solo restaba leer las estrofas finales del poema de Borges con el convencimiento de haber ofrecido, al menos, un vistazo a vuelapluma, lo más solvente y entretenido posible, de la enormidad del mito de Sherlock Holmes y la esperanza que para alguien, tal vez, “leer a Sherlock Holmes” pasase a ser, como para nosotros, “una de las buenas costumbres que nos quedan”.

Dimos paso así a José Ramón Gómez Cabezas, para que explicase su afortunada recreación de la Ciudad Real que iniciaba el siglo XX con Réquiem por la bailarina de una caja de música y a Marcelo Luján para que contase La mala espera, su intensa narración sobre los entresijos que anidan en la sociedad inmigrante.

El cambio de guardia no fue, sin embargo, pacífico. Apenas habíamos dejado el estrado fuimos increpados por una persona del público, erigido en espontáneo líder de masas, a quien disgustó sobremanera nuestra participación en la velada, al considerar la temática tratada ajena a los propósitos de la literatura policial como arma o resorte para combatir el estado de la sociedad y, para ello, además de afear la conducta del público holmesiano asistente no dudó en invocar las palabras del -por otra parte magnífico- escritor hispano mejicano Paco Ignacio Taibo II: “La novela negra te da la posibilidad de dar respuesta inmediata a la realidad” como prueba tanto del desacierto de los anfitriones por ofrecernos acudir y como del nuestro por aceptar la invitación. No dudó tampoco, este furibundo espectador, en despreciar -en toda una impúdica exhibición de descomunal ignorancia- a la literatura del Dr. Watson como meros, inocuos y banales sudokus; fue, claro, respondido con firmeza y educación, no sin que consiguiese sembrar la desconfianza sobre la valía o virtud de la obra de Conan Doyle.

Desde aquel momento, recién acabada nuestra participación ya quedó pendiente volver, cuanto antes, a los Sábados Negros a despejar tanto las dudas de las sombras como las sombras de las dudas sobre la escurridiza figura del Detective Consultor.

Cabe rematar dando cuenta que de todo lo anterior, para aviso de navegantes y ocio de desocupados, quedó veraz testimonio y fiel reflejo en la página web de los Sábados Negros (www.sabadosnegros.org).

***

El Gran Hiato

Daba comienzo entonces un periodo de dos años llevando alojadas en el hipotálamo las ganas de volver a un Sábado Negro, no solo para dejar las cosas espesas y el chocolate claro, sino para volver a disfrutar, como mínimo, lo mismo con los mismos, ya que a todos nos quedó más que mejor sabor de boca de las tareas emprendidas y, quizás, con tanto acierto como voluntad, finalizadas.

Claro está que las vidas -tanto la ficticia como la holmesiana- seguían adelante, dando lugar a oportunidades para poner a prueba la paciencia de Manolo Rodríguez, como la publicación, en el verano de 2010 por parte de Paco Ignacio Taibo II de El regreso de los Tigres de la Malasia, una aventura nostálgica protagonizada por Sandokán, claro, en lucha cruel con Moriarty (sí, han leído bien… No está nada, nada, pero que nada mal para un no-holmesiano militante). La oportunidad la pintaban alopécica para que retomase la tabarra al buen Manolo proponiéndole que si el insigne escritor presentaba la novela un sábado en Madrid nos permitiese acudir, en calidad de teloneros, a una cuadrilla de holmesianos. Al final, por cuestiones logísticas no pudo ser, pero hubiera sido una (muy) bonita vuelta de tuerca. Aún me relamo imaginando esa posibilidad.

Daba igual que seguían brotando a cuándos, cómos y porqués para encontrarnos, bien fuera en las praderas del ciberespacio, en los intercambios epistolares digitales y, lo que es aún más sorprendente y anómalo hoy en día, cara a cara, como en la afortunadísima presentación, la primavera del 2011, en la librería Estudio en Escarlata de Sherlock Holmes y los zombies de Camford de Alberto López Aroca, la excelente recreación, sin pre ni perjuicios, y aprovechando que el Pisuerga editorial pasa por los no-muertos, de “El hombre que reptaba” .

O, esa misma primavera, la celebración del quinto aniversario del “Club de Lectura” de la citada librería reunió a un grupo de holmesianos para hablar, precisamente, de, errr, en el colmo de la originalidad, Estudio en escarlata. Aún traería más novedades aquella excelente primavera (para quien suscribe, si me permiten una confidencia, lo fue en todos los aspectos y ámbitos de su vida), y no fue la menor la publicación de El Valle del Miedo, el séptimo volumen de la excelente (hasta decir basta) edición del Canon publicada por la Editorial Valdemar a cargo del Juan Antonio Molina Foix, holmesiano expreso, profeso y confeso.

“Hasta aquí hemos llegado” me dije. Y, ni corto ni perezoso, agarré por las solapas (figuradamente) a Manolo Rodríguez, hice que leyese la muerte en mi mirada (figuradamente también, of course) y le hice una oferta que no pudo rechazar: “¿Volvemos al Sábado Negro sí o sí?”.

“¡Señor, sí señor!” -contestó un convencido, atemorizado y entusiasmado Manolo.

El Hiato había finalizado, el game volvía a estar afoot. Ahora tocaba viajar a El Valle del Miedo.

***

El segundo Sábado Negro

10 de marzo de 2012

Madrid. Librería Traficantes de Sueños

El Valle del Miedo y Candy City

Programa

El Valle del Miedo

Introducción por Miguel Ojeda Peral (canónicamente, Harold Stackhurst)

La música de El Valle del Miedo por Luis de Luis (canónicamente, Jabez Wilson)

El Valle del Miedo desde dentro por Juan Antonio Molina Foix (canónicamente, Reginald Musgrave)

¿Quiénes fueron los Scowrers? Por Juan Carlos Monroy Gil (canónicamente, Lal Chowdar

Cine. Odio en las entrañas por Carlos Díaz Maroto (canónicamente, Toby)

El Valle del Miedo vs Cosecha roja. Por Luis de Luis (canónicamente, Jabez Wilson)

 

Un recuerdo a Fukushima de Kun Nemoto

Candy City. Entrevista con su autor Alberto López Aroca (canónicamente, Alberto López Aroca)

Todo ello moderado, dirigido y organizado por Manolo Rodríguez.

  

A la vuelta del verano Manolo ya había hecho los deberes. Y con provecho. El Valle del Miedo no le había parecido “una novelita del oeste”, frase con la que, a menudo, se despacha, con despectiva ignorancia, ignorancia al libro. Al contrario, tanto valoró su importancia y significado que no dudaba en dedicar una sesión entera (dos horas largas) a la novela.

Y con razón. La novela, como por otra parte todo el Canon, es rica en temas, propuestas y sugerencias que sobradamente llenarían dos (y dos docenas) de horas. Solo quedaba lo más fácil: hacerlo. Manolo planteó, como fecha posible, un Sábado Negro que finalizase el invierno o diera comienzo a la primavera. No cabría mejor o más oportuno momento; además, se cumplían dos años del primer Sábado holmesiano. Ya solo quedaba lo más fácil: llevarlo a cabo.

Y, otra vez más, cual desaforado Alfredo Mayo, proferí a mis camaradas de armas, vía correo electrónico, el infalible aullido: “¡A míla Legión!”. Y los legionarios, claro, respondieron.

De nuevo volvió a empezar el cruce e intercambios de correos. La idea inicial era, como la vez anterior, respetar el formato variado de los Sábados Negros e incluir, en cada una de las secciones de la jornada, aspectos referentes a El Valle del Miedo. A no poco tardar, los temas que la lectura de la novela sugerían a cada uno de los conspiradores, cual escalada de la violencia, se multiplicaban exponencialmente convirtiéndose en una catarata, o mejor, riada, que amenazaba con convertirse en inabarcable.

Tanto es así que llegamos a plantearnos celebrar una reunión, por así decirlo, “unplugged” en la librería “Estudio en Escarlata” para tratar sobre la novela en “mode” tertulia holmesiana, es decir, como una charla dispar, divagante y deambulatoria por certezas e incertidumbres, lejos del, por otra parte, imprescindible rigor y estructura al que debíamos atenernos en un Sábado Negro.

Por otra parte, dado el aluvión de propuestas, tampoco tardó mucho en surgir el proyecto de hacer un libro comunal y comunitario, escrito entre todos los holmesianos habidos (y aún por los “por haber”) sobre el Valle del que, gradualmente, cual Scowrers, nos empezábamos a dar cuenta que no había salida.

Cabe destacar que, a estas alturas de la película, la troupe inicial se había enriquecido con la incorporación de Juan Carlos Monroy Gil, caballero que María Dolores Pradera bien definiría como de “fina estampa”, quien se unió a nosotros en la citada sesión sobre Estudio en escarlata y autor de La enciclopedia de Sherlock Holmes, un ejemplar y exhaustivo censo de personajes publicado por el Círculo Holmes en sustitución del anuario correspondiente a 2011; y con la de Juan Carlos Fernández Aller, quien también apareció en dicha reunión sobre la novela inicial del Canon, y amigo de infatigable tenacidad y modestia, quien desde su blog “Novedades de Sherlock Holmes” http://jcfdezaller.lacoctelera.net/) atrapa con avidez, toda noticia, evento y minucia que acontece en nuestro querido universo paralelo.

Por otra parte, y desde sus respectivos rincones de la tierra de los bytes, no dejaban de generar opiniones y aportaciones tanto Gerardo Centenera (El Predicador Malvado) el muy activo holmesiano que desde su blog “Desde Camden House” desmenuza el Canon con melancolía y acierto, como el gran escritor logroñés Javier Casis Arín (autor de, entre otras, las extraordinarias, sherlockianas y librescas novelas Un ático en Westcliff y la elocuentemente titulada Holmes y Watson 1903/1904).

Por supuesto que Miguel Ojeda no paraba quieto y se unía a las “negociaciones” de las que estaba, como corresponde a todo alto cargo que se precie, convenientemente enterado y, para completar la alineación, Juan Requena comunicó que se incorporaba a la alineación el mismísimo Juan Antonio Molina Foix.

En estos dimes y diretes entretuvimos el pasado otoño, dando tiempo al año 2012 para debutar, y, por ende, diera comienzo la cuenta atrás para la proyectada sesión de marzo. Convenía, pues, acotar y limitar los temas a tratar. Nada mejor para ello que dar comienzo, como la vez anterior, a las provechosas, saludables y divagatorias reuniones en la ya tradicional cafetería madrileña Kon Tiki.

Como cualquiera que haya leído la novela sabrá (y doy por hecho que los lectores de esta publicación lo han hecho no una, sino varias veces), dentro del, ya de por sí, riquísimo Canon, El Valle del Miedo es -valga el, más que apropiado, símil minero- una de sus vetas más valiosas. La abundancia y largueza de posibilidades que la novela plantea podían, de no ser manejadas con una cierta cordura, dar al traste una sesión que, cuanto menos, debería procurar no ser plomiza o fatigosa, ni para los participantes, ni, por supuesto, para los asistentes.

Así, teníamos más que de sobra para escoger y disponer la sesión. Solo quedaba hacerlo con tino y mesura, algo que, como el valor en la extinta “mili”, se nos debía -quizás temerariamente- dar por supuesto.

La estructura de la novela y sus dos -marcadamente diferenciadas- partes ofrecían un buen punto de partida. En efecto, tanto “La tragedia de Birlstone”, la primera, que fuerza al límite los presupuestos de la, así llamada, novelaproblema como la segunda que anticipa ¡década y media antes! la novela negra permitían un marco donde situar la discusión.

Y es dentro de ese marco donde convivían multitud de aspectos y rasgos para tratar.

Desde las organizaciones tanto públicas como secretas y su corrupción en mafias o grupos de poder (la Masonería, los sindicatos, Los Molly Maguires, la red de Moriarty) a los cuerpo parapoliciales para mantener a raya el orden social (La Policía del Carbón y el Hierro,la Agencia Pinkerton, también, ¿por qué no?, la red de Moriarty).

Desde la ciudad o entorno como un personaje más de la novela, descrita como medio hostil y agresivo (Vermissa Valley, el no menos inquietante Birlstone Village) para la persona, como la inutilidad del Bien (el Mal como una presencia impalpable, sofocante e inevitable lo aniquilará).

No son, tampoco, temas menores el reflejo de la inmigración en la novela -lo es, de hecho, en todo el Canon-, ni las obsesiones y contradicciones que el complejísimo Arthur Conan Doyle vertía en sus páginas.

Como tampoco desmerecen el análisis las pinceladas de metaliteratura, los orígenes de la creación del relato y su relación con la realidad, ni el alto nivel de exigencia en la elaboración literaria: algunas de las páginas de El Valle del Miedo se encuentran, sin lugar a dudas, entre lo mejor de la prosa del Dr. Watson.

No se podría dejar de lado aspectos solo aparentemente menores como la música (el folkore irlandés como expresión de pertenencia a una clase e identidad social); la pintura (la obra de Jean Baptiste Greuze como expresión de pertenencia a una clase e identidad individual); el carlismo (la -aparentemente- inocua población de Birlstone es un nido de carlistas y evangélicos); el tema del traidor y el héroe; el valle de Vermissa como el infierno; la religión, el castigo y la imposible redención…

Y, claro está, los inolvidables personajes. Desde Sherlock Holmes, a ratos cínico (como bien dice Miguel Ojeda, en sus conversaciones con Watson y el inspector McDonald, está particularmente brillante) a ratos “domesticado” (de alguna manera en su colaboración con diversos cuerpos policiales se “auto-relega”, consciente, quizás, de que el tiempo del detective toca a su final) al espléndido Moriarty (es en esta novela donde más sabemos de él, donde más y mejor lo (des)conoceremos). Y entre estos dos polos se encuentran el peligroso Birdy Edwards, la inquietante Ivy Douglas, el perturbador Cecil Barker, el resbaladizo Fred Porlock y el no menos indescifrable Ames el despensero.

Es obvio que se imponía proceder a una poda de materiales. Antes tuvimos que lamentar, muy a su y a nuestro pesar, las ausencias -por motivos tan justificables como inevitables- de Jose Luis Errazquin y Juan Requena, quienes, nobleza obliga, no dejaron de participar en los preparativos.

Así, como la vez anterior, decidimos ajustarnos al formato de los Sábados Negros y no al revés y procurar facilitar el entretenimiento -y no el padecer- de la audiencia.

En primer lugar, escogimos, entre todos, una serie de canciones y músicas -de raíz celta, claro- relacionadas con la novela y su época para que sonasen como música de sala. Para que no faltase de nada elaboramos un par de folios como guía de audición. Una copia de ese texto en cada silla de la sala facilitaría, y quizás aumentase, el disfrute de los parroquianos.

Manolo Rodríguez insistió en comenzar la reunión con el análisis de una de las canciones en concreto. Era esta una decisión que había impuesto recientemente, como medida de cautela y cortesía, en el desarrollo de las sesiones sabatinas. De esta manera, mientras se habla de la canción y suenan sus acordes se da tiempo a que se fuese acomodando aquella parte del público practicante de la muy hispánica virtud de la impuntualidad y así se consigue empezar la velada stricto sensu con todo el personal sentadito y guardando respetuoso silencio. Para cumplir con esta nada enojosa tarea escogimos la canción “Ghosts of the Molly Maguires”, una jiga del grupo Irish Balladeers del año 1968 que rememora, con brío y nostalgia, a los mineros ejecutados por su participación en las acciones criminales de la citada organización.

Resuelto lo más fácil (que me correspondió, claro, a mí) aún restaba lo complicado. Era el turno de los demás. Después de vueltas y vueltas decidimos hacer hincapié en los aspectos extra-canónicos de la novela, no solo porque nos encontrábamos ante un público no especializado en Holmes sino, también, porque les/nos interesaba resaltar el valor del libro como tal y, de alguna manera, dentro de nuestras posibilidades, restituirle en su lugar preeminente en la historia y evolución de la novela policial.

Nada mejor, entonces, que comenzar con Juan Antonio Molina Foix explicando (y explicándose) la novela, que Juan Carlos Monroy cambiara su prevista intervención sobre Moriarty por otra sobre los Scowrers (también llamados Molly Maguires); le honra su caballerosidad al aceptar, sin queja alguna, el cambio de planes. Carlos Díaz Maroto comentaría, a continuación, Odio en las entrañas, la excelente película de Martin Ritt sobre la citada organización, y la ilustraría con una par de escenas. Y, ya no que no pude escaquearme más, cerraría yo, con una breve alocución sobre la continuidad entre El Valle… y la seminal novela Cosecha roja, considerada la “causante” de la novela negra.

Sobraba tiempo por llenar. No problema. Es tradición de los Sábados Negros presentar a autores y novelas, preferentemente hispánicos. No me costó nada ¡al contrario! proponer a Alberto López Aroca, quien, además de holmesiano profundamente militante, en Candy City, su espléndida novela policial de 2010, había retomado el testigo de El Valle … y Cosecha roja, narrando una ciudad corrupta y podrida, esta vez, no desde el punto de vista del detective, sino desde el de un (literalmente) jimthompsoniano criminal. Disciplinado y obediente le propuse la idea a Manolo Rodríguez quien, tras leer la novela, no le quedó otra que aceptar complacido. Alberto, claro, tardó aún menos en acceder a acompañarnos.

Ya puestos, Manolo nos informó de otra innovación en los Sábados Negros. Para finalizar la sesión había decidido acabar con todos los presentes cantando, comunalmente, una canción humorística para desengrasar las gravedades y solemnidades tratadas. Había puesto en práctica la fórmula con una versión del “all together now” de The Beatles interpretada ¡a la vez! por un grupo de fados Carminho y otro de heavy metal, Moonspell (sí, han leído bien, si no me creen tecleen los nombres en Youtube y ya verán lo que sale).

Como mis compañeros tienen a bien reservarme el privilegiado papel de proferir insensateces, se me ocurrió proponer como fin de fiesta -dado que hablamos de literatura y suena música celta- la canción “Cuéntame un cuento” del grupo vigués Celtas Cortos. A falta de bobada mayor mi idea fue aceptada[2]. El resto calló, luego otorgó. Para que nadie se escurriese hicimos fotocopias de la letra de la canción en número suficiente para que nadie del público pudiera excusarse de balarla.

Y, cuando pensábamos que todo estaba atado y bien atado, nos sorprendió (para bien no, para mejor), el anuncio de la llegada -no por inesperada menos bienvenida- de un invitado sorpresa.

El sábado 3 de marzo, tan solo una semana antes de la Grand Soireé, apareció un mensaje en mi móvil de Miguel Ojeda preguntándome dónde pensaba comer el sábado siguiente. Era la pieza que faltaba. Le pega mucho -así de importantes y vitales son, para él, su holmesianismo y ganas de disfrutar- hacerse un día de viaje desde Barcelona solo para participar y asistir a una sesión sobre el detective consultor. Tras arreglar horarios, transportes y alojamientos el vicepresidente del Círculo Holmes estaría en la estación de Atocha a las once de la mañana.

Atento a la jugada, Juan Carlos Monroy no dudó en ofrecerse -ya se ha hablado en estas líneas de su proverbial caballerosidad- como anfitrión desde que quedó y Miguel pisase el andén. Por mi parte, no tardé en instar a Manolo para que cambiase el rótulo de sus excelentes invitaciones a las reuniones sabatinas, incluyendo a Miguel entre los ponentes. Nada dije al vice de la encerrona, claro, el caballero es Juan Carlos, no yo.

Hablando de Juan Carlos, no tardó en encontrar un magnífico lugar (Casa Domingo Viana, sita en la calle Toledo, en la aorta del Madrid más castizo) donde bregar con -como tendríamos ocasión de comprobar unas horas más tarde- un no menos magnífico cocido.

Y, en estas estábamos, cuando amaneció el Día H, ahora sí que el game estaba irrevocablemente afoot.

El sábado se inició con la inexcusable visita a “Estudio en Escarlata” para escrutar anaqueles, paladear novedades y (h)ojear libros de aquí, allá y acullá, pues tal es nuestra -ya incurable- devoción y afición.

La mañana -no podía ser de otra forma- estaba magnífica y no quedó más remedio que emprender una larga caminata hasta el restaurante para paladearla a conciencia. En apenas un suspiro estábamos en la barra donde nos esperaban Carlos y Manolo disfrutando de unos macrobióticos torreznos. Ni qué decir tiene que la conversación no paró de fluir, tanto es lo que une y tan nada lo que nos separa, que no hubo lugar a silencios, carraspeos o frases hechas. Al contrario, estábamos entre afines, iguales y amigos. Parafraseando el espléndido poema de Lewis Carroll “La Morsay el Carpintero”, todos teníamos claro que había llegado la hora de hablar de muchas cosas, de barcos… lacres… y zapatos; de reyes… y repollos… y de por qué hierve el mar tan caliente y de si vuelan procaces los cerdos.

Y a ello nos pusimos mientras intentábamos derrotar a un enorme y sabroso cocido, justo es reconocer que, a la vista de lo sobrante, fuimos nosotros los vencidos[3], lo que no impidió que salvásemos la honra apretándonos, a una por barba, la primera torrija de la temporada. Dados los fácilmente comprensibles estragos que la comida empezaba a producir en nuestra lucidez y entendimiento se hacía obligatorio un paseo que nos devolviera la entereza y dispersase, en la medida de lo posible, nuestras nubladas consciencias.

Varios cafés y digestivos más tarde se nos unió un discreto caballero, quien se identificó como Reginald Musgrave. Salvo Alberto, inexplicablemente entretenido en vaya usted a saber qué quehaceres, ya estábamos todos reunidos en tiempo y forma.

Entramos en una sala que, gradualmente, se iba abarrotando. Todo estaba en orden: pantalla, textos, fotocopias, música (Manolo se había adelantado)… Tomamos posiciones en los asientos que nos habían reservado y, tras abrir el fuego, se habló someramente de la música de la sala. Miguel (a pesar de haberse resistido a hacerlo como gato panza arriba durante toda la jornada) introdujo la sesión situando al personal (que ya se había quedado sin asiento y se acomodaba en el suelo) en la importancia y valía del corpus watsoniano, así como del alcance del Gran Juego, de la grandeza de jugarlo y del significado de ser miembro de una asociación holmesiana. El público, muy receptivo, y plagada de caras amigas y conocidas, correspondió con un aplauso que compartió con Molina Foix.

Ante las muy atinadas preguntas de Manolo, Juan Antonio, con elegancia de hidalgo y timidez contenido, explicó la experiencia de vivir una obra literaria desde dentro, mediante su traducción, edición y anotación. Situó la novela tanto en su época histórica como en la cronología de su autor. Aclaró sus haces, desveló sus enveses, calibró sus valores y valoró sus significados.

A tenor del aplauso que recibió daba la sensación de que el público se percataba que ni nosotros, ni ellos, nos habíamos reunido para hablar de fruslerías entretenidas o de divertimentos ingeniosos. Se trataba de literatura. Como para refrendarlo, Alberto irrumpió (no es persona que tienda a pasar desapercibida) en la sala.

Juan Carlos iniciaba su riguroso y exhaustivo análisis de los Molly Maguires, que no solo por su erudición y amenidad sino por revelación de su, paradójicamente desconocida, importancia en la evolución de los movimientos sociales obreros dejó a la audiencia boquiabierta.

Fue Carlos Díaz Maroto, quien, a continuación, puso cara a los Mollys exprimiendo todos los aspectos y aristas posibles de la película de Martin Ritt, que ilustró con dos secuencias clave de la película (la iniciación de Mc Murdo y la entrevista entre el detective y el cautivo), interpretadas con la intensidad característica de Sean Connery y Richard Harris, que no pudieron por menos que atrapar la atención de la sala. Unas breves palabras sobre las concomitancias entre El Valle del Miedo y Cosecha roja sirvieron para cerrar esa rueda de intervenciones y dar paso a la entrevista de Manolo con Alberto López Aroca.

Antes, sin embargo, tocaba recordar el aniversario de la tragedia de Fukushima. No es algo que deba pasarse por alto. Kun Nemoto no lo hace. Desde su blog (http://fukushima-2011.blogspot.com.es/) y desde toda tribuna que le quiera acoger dedica sus esfuerzos y valía a que la hecatombe ni caiga en el olvido ni se vuelva a repetir. Tras una bandera de Japón, Nemoto, con serena emoción, explicó, con voz queda y palabra limpia, el significado de tres caligramas (titulados La Unión, Fukushima y Habrá un mañana) que creó su padre, superviviente de la explosión y habitante de la zona afectada. Todos quienes allí estábamos le acompañamos con un encendido aplauso que, ojalá, le hiciera sentirse un poco más abrigado. Ojalá.

Y llegó el turno de Alberto López Aroca quien, ante la muy preparada batería de preguntas de Manolo, tuvo a bien salirse por peteneras, deslizarse por la tangente, comentar sobre propios, desbarrar sobre extraños y realizar excursiones por los cerros de Úbeda causando, en todo momento, las delicias del respetable; porque no sé si he dicho que Alberto, además de un magnífico escritor, es -como demuestra su siempre creciente número de fans, admiradores y groupies– todo un showman a quien repugnan los bostezos, le remuerde la conciencia si siente que provoca aburrimiento y no se concede causar un segundo de tedio.

La fiesta continuó con el sorteo de diez ejemplares de Candy City generosamente cedidos por la editorial Ilarión. Durante la celebración de la jocosa lotería Alberto demostró unas (hasta ahora desconocidas) dotes de binguero que para si querrían los legendarios Fernando Esteso y Andrés Pajares[4].

La algarabía ya se había contagiado por todos los rincones de la sala de manera tal que no quedó más remedio que reventarla aullando todos a coro, como fin de fiesta y a un tempo medido a propulsión a chorro la ya citada oda celta-punk “Cuéntame un cuento”.

Broche feliz para tan inolvidable jornada que se fue disolviendo entre firmas de libros, abrazos y pitillos con los amigos, agradecimientos y bienaventuranzas mientras cada mochuelo iniciaba, con mayor o menor gana y con segura satisfacción, el camino de vuelta a su olivo.

Queda solo agradecer su hospitalidad a la librería Traficantes de Sueños, su compañía y amistad a los camaradas que, a pesar de ser siete, no hemos sido capaces de comportarnos -afortunadamente- como Magníficos, sino como honrosos y honrados chirrioneros (Lázaro Ros dixit) y, por supuesto, a la hombría de bien, generosidad y altura de miras del gran Manolo Rodríguez con quien contraemos una doble deuda de honor y gratitud.

Lo que no quita para que le advirtamos que, al igual que no hay una sin dos, tampoco hay dos sin tres, y que padecer el Mal de Reichenbach es condición inherente a todo holmesiano que se precie. Por eso jamás nos damos por muertos, sino por resucitados. Así que más le vale irnos buscando un hueco y pensar cuándo nos vuelve a traer. Los que avisamos no somos traidores.

¡Hasta la próxima, querido Manolo!

Jabez Wilson (Luis de Luis Otero)


[1] El autor olvida que Carlos Díaz Maroto no estaba presente. Llegó varios minutos después, exhausto, después de equivocarse de salida de Metro y venir andando cuesta arriba desde Legazpi.

[2] Incomprensiblemente, el autor obvia mi sugerencia de que todos cantáramos “In the Navy”, de los Village People, vestidos todos ad hoc.

[3] He de admitir que la vergüenza me impidió seguir echando mano a más carnes…

[4] Con cierto toque de azafata del Un dos tres…, añádase.

07
Mar
12

“Candy City”, de Alberto López Aroca

Título: Candy City

Autor: Alberto López Aroca

Editorial: Ilarion
Fecha de edición: Julio 2010
Ilustraciones: Sergio Bleda

Encuadernación: Rústica
Tamaño: 23 x 14 cm.
212 páginas

ISBN: 978-84-938024-1-7
Precio: 14,00 €

Recuerdo ahora un sucedido, leído o escuchado allá por no sé cuándo ni dónde, sobre Rod Stewart (sí, ese). El cantante, allá por 1975, consiguió por fin grabar en estudios norteamericanos con un presupuesto tan holgado que incluía la participación dela Muscle ShoalsRhythm Section (para profanos, los músicos que respaldaron el mejor soul de la historia las grabaciones de pelagatos como Aretha Franklin, Otis Redding, Sam and Dave y así). Pues bien, el gañán inglés, con impecable sorna, no se privó de proferir: “Debe haber un error. No son la legendaria sección de ritmo, son todos blancos”.

No deja de acudir a mi cabeza esta suculenta anécdota tras la enormemente disfrutada lectura de Candy City, el nuevo libro de Alberto López Aroca. Si el libro se hubiera publicado como un apócrifo recientemente desenterrado del más escondido recoveco de la, pongamos, Biblioteca Municipal de Wichita Falls, o así, Candy City sería saludado comola Piedra Roseta o, tal vez, el eslabón perdido de la novela policial norteamericana.

Alberto López Aroca ha sido capaz, a pesar de provenir de Albacete y vivir en el siglo XXI, de conjugar con respeto y entusiasmo, admiración por los maestros de la novela policial y, ofrecer, además de un homenaje escrito desde la más sincera honradez, una oportunidad a lectores y aficionados para leer -con la misma fascinación con que las leíamos antes- una novela policíaca de siempre.

La ficticia ciudad Candy City se narra al lector a través de la mirada del mismísimo Jim Thompson durante la última noche de su vida como sicario de las bandas de gangsters. Siguiendo el hilo, desenrollado con destreza y sobriedad por López Aroca, de uno de esos soliloquios (acribillados de una lógica implacable, visceral y tortuosa) tan personalísimos de Thompson, el lector recorrerá, en los Estados Unidos de las primeras décadas del pasado siglo, la fundación, desarrollo y decadencia de la ciudad hammetiana firmemente asentada sobre los pilares de la corrupción, la vileza y la podredumbre, en la que la supervivencia se convierte en arte y la longevidad en una quimera.

Con atención al detalle en la creación de personajes y ambientes, renunciando a fáciles excesos, desarrollando -con acertados saltos temporales- la espiral de guerras de bandas que, a la postre, calcinanla Ciudadde Caramelo, López Aroca entrega una narración clásica, respetuosa en las formas y sincera en su ortodoxia y desarrollo, que el lector no puede por menos que sentirse arrastrado y disfrutar de este extraordinario apócrifo que aprobarían, sin titubeo o reserva, los mismísimos Hammet, Thompson o McCoy.

Sin que les cupiera la menor duda.

Compruébenlo: http://www.youtube.com/watch?v=UB-pEZ1p5S8

Luis de Luis Otero

06
Mar
12

La música de “El Valle del Miedo”

Allí estaban aquellos hombres, familiarizados con el asesinato

 que no sentían ningún remordimiento o compasión por la esposa que lloraba o los hijos que quedaban desamparados

y , sin embargo, lo tierno o patético de la música les hacía llorar

de El Valle del Miedo 

  

–        Nada como un poco de música para hacer olvidar las penas

–         Sí, pero desafina

Diálogo de Odio en las entrañas

Introducción

El intercambio de ideas y la utilización tangencial del conocimiento son muchas veces de extraordinario interés” dice Sherlock Holmes en un momento dado de El Valle del Miedo, y no seré yo quien lleve la contraria al detective consultor. Valga este ejercicio tan inútil como entretenido y voluntarioso que solo pretende espigar una cuantas muestras que hagan las veces de botones de una (im)posible banda sonora – que recorre todo género de música imaginable – de tan extraordinaria novela.

 

1.      Las canciones tradicionales de El Valle de el Miedo

Para conseguir el logro literario de recrear – con versatilidad y credibilidad – un mundo lejano y, en principio, ajeno como es, en el caso que nos ocupa, la vida de un valle minero norteamericano, todo detalle o pincelada que le añada color y verosimilitud es tan válido como necesario. Así, Arthur Conan Doyle, con gran habilidad narrativa, incorpora en la trama del Valle del Miedo, dos canciones tradicionales británicas que cumplen la doble función de relatar, tanto la nostalgia de los emigrantes irlandeses como el intento de integrarse en la cerrada sociedad minera de McMurdo, uno de los protagonistas de la novela.

1.1. I´m sitting on the style Mary (The Irish inmigrant song)

No deja de ser, cuanto menos, curioso que esta bellísima y melancólica canción que ha quedado como epítome de la añoranza del expatriado irlandés fuera compuesta por la doblemente aristócrata (baronesa Dufferin y condesa de Gifford) Helen Sheridan. Donal Lunny, músico empeñado -con éxito y acierto- en incorporar a la música del presente la del pasado hace una exquisita versión (http://www.youtube.com/watch?v=jkcZMMgDc_w) que se nos antoja no muy diferente a la que ofreció McMurdo un anochecer en el Valle de Vermissa.

1.2. On the Banks of Allen Water

Poco pueden imaginar los lectores de la cruenta y atormentada novela gótica El monje que su autor Matthew Gregory Lewis (1775-1818) lo fuera también de esta dulcísima balada que narra la tristeza de una joven que llora su despecho junto a la orilla del, paradójicamente, río escocés Allen Water. http://www.youtube.com/watch?v=C4sAmzHFLsA

 

2. La banda sonora de The Molly Maguires (Odio en las entrañas)

Quedan escasas las palabras para describir el enorme talento de Henry Mancini (1924-1994) que quizás, aventuro, naciera de su desubicación. Me explico. Ni perteneció a la gran generación (Gershwin, Berlin, Cole Porter, Richard Rodgers…) que, con la brillantez de su melodías, creó el hoy llamado (con justicia) Gran Cancionero Norteamericano; ni, por otra parte, podía integrarse en la, no menos extraordinaria, generación (Burt Bacharach, Gerry Goffin y Carole King, John Lennon & Paul McCartney, Bob Dylan, claro…) que dio un vuelco a la música popular.

 

Tengo para mí que fue ese estar a contrapelo lo que le permitió ejercer enorme versatilidad para tomar de aquí y de allá, recrear, retocar y rehacer, ser un músico, si no original (nunca lo fue, pero la excepcionalidad no es un valor indiscutible en la música popular) si creíble, todoterreno y flexible, cualidades que, unidas a un sobrenatural don para crear melodías inolvidables… ¿O alguien pone en duda, o alguien no ha silbado, entre otras muchas, Moonriver, el tema de la Pantera Rosa, Peter Gunn, Días de vino y rosas…?

La facilidad y, repito, versatilidad para recrear cualquier época o estilo musical de Mancini le convirtieron en el compositor por excelencia de las bandas sonoras de las películas del Hollywood de los años cincuenta a setenta.

Entre las partituras más completas y complejas –y, paradójicamente, menos conocidas de Mancini- se encuentra The Molly Maguires (u Odio en las entrañas, como -con título más eficaz para describir los síntomas de una gastroenteritis o de una rueda de prensa de Mourinho- se llamó, torpemente, en España).

En The Molly MacGuires (producción de la Paramount de 1970) el lúcido Martin Ritt filma con eficacia, solvencia y respeto la segunda narrativa de El Valle del Miedo, la brillantísima película (que resultó -quizás por no encontrar un público adecuado- paradójicamente, un fracaso en taquilla). En cualquier caso, la cinta, con su pretensión cuasi- naturalista de narrar con detalle documental el día a día de los habitantes de un valle minero dela América profunda, era todo un reto ante el que Mancini supo estar, nobleza obliga, a la altura.

En la película se enhebran, como en la vida misma, y sin solución de continuidad, secuencias de acción, de virulencia, de cotidianidad y de lirismo; a todas responde, acompaña y realza la, valga la repetición, excelente banda sonora.

 

2.1. La música de la película

Como perro viejo y sabio, Mancini sabe maximizar el efecto de una banda sonora y ponerla al servicio de la película: crea apenas un par de temas que, desarrollados y arreglados en diferentes tonos, instrumentación y sonoridades, prenden en la oreja del espectador y le “introducen” en la narración.

Es, en este sentido modélico, el tema principal de la película (http://www.youtube.com/watch?v=yZbGrOOJfhc), cuya música frágil, melodiosa y suavemente evocadora se repite en los momentos claves del film, subrayando y anticipando la melancolía y desolación de un destino que se prevé fatídico.

Como es norma en toda película de la época (1970) no podía faltar un teme de amor, que en este caso se tituló “The hills of yesterday” (Las colinas del ayer), y que contó con una versión a cargo de Scott Walker, cantante de romanticismo grandioso, exasperado y, sin embargo, convincente (http://www.youtube.com/watch?v=FmrhGpVfDww)

Scott Walker

 

2.2. Las canciones tradicionales de la película

Además, con astucia y talento Mancini no dudó en remar a favor de corriente y adornar y enhebrar su partitura con temas tradicionales pegadizos y tradicionales para dar un barniz de autenticidad a su pentagrama como para lograr la instantánea identificación del espectador.

Entre los citados temas se encuentra Cockles and mussels (Berberechos y mejillones) la narración de una joven pescadera (Molly Malone) que recorre, aún como espectro, las calles de Dublín proclamando la frescura de su género. Su briosa melodía y su demoledor estribillo convirtieron la canción en un clásico de la música infantil irlandesa, sólidamente implantada en el hipotálamo de todo irlandés que se precie. Como bien se comprueba en la emotiva versión en directo del grupo tradicional The Dubliners (http://www.youtube.com/watch?v=pXKLkLcdtjI); en la afectadísima versión de los sobrevaloradísimos U2 (http://www.youtube.com/watch?v=0-Yv3RD9l9s) o en la desfallecida interpretación de la muy anémica Sinead O´Connor (http://www.youtube.com/watch?v=JuRUQ5BLWxw).

Eileen Aroon es otra de las canciones tradicionales incorporadas a la banda sonora. Su letra narra las dudas y la confianza (no son excluyentes) del enamorado ante el futuro de su inagotable. Sabiendo que la canción era un himno en clave de soterrado patriotismo (Eileen es Irlanda, y Aroon es “mi querida”) se entiende fácilmente su ingeniosa (e intencionada) utilización en la música de The Molly Maguires (me resisto a llamarla Odio en las entrañas).

Como curiosidad, cabe recordar que, a menudo, el mítico Bob Dylan ha recordado en directo la influencia que sobre él tuvo esta canción que aprendió de sus maestros Tommy Makem y los Clancy Brothers: (http://www.youtube.com/watch?v=cyvM5yIupHM).

El último de los temas tradicionales es el conocidísimo Garryowen, tema alborotado y alborozado que, si bien originalmente era una canción de bebedores (a drinking song) para acompañar peregrinaciones a santuarios etílicos, se convirtió, nada más llegar a Estados Unidos, en el inconfundible himno del Séptimo de Caballería, esa unidad del ejército yanqui caracterizada por su providencial impuntualidad. Mejor comprobarlo en este clip de ¿dónde si no? “Murieron con las botas puestas”: (http://www.youtube.com/watch?v=w3aMRPz7Jlo)

 

3. Las canciones sobre los Molly Maguires

Evidentemente, un fenómeno como la rebeldía de los Molly Maguires, su arrojo y desafío, no podría por menos que pasar al cancionero popular que les consagró, no sin razón, como héroes románticos e ilusionados.

3.1. The Molly McGuires

Fueron los ya legendarios Dubliners -grupo que celebra este año su cincuentenario- quienes compusieron y popularizaron en los años sesenta la canción The Molly McGuires, una exaltada invocación a dejar paso –son bebedores, son falsos, pero son hombres– a los Mollys (http://www.youtube.com/watch?v=-fJg2QLb1vY), que tuvo una reciente y -como el grito de Pepe Pótamo- huracanada versión, a propulsión a chorro, del grupo Finnnegan´s Hell, exultante de fiereza proto punk: (http://www.youtube.com/watch?v=oNMaE8ZOiKg)

 

3.2. Lament for the Molly McGuires

Los Irish Rovers, otro grupo tradicional dedicado a (como se dice ahora con cursilísima locución) maridar la sensibilidad de ahora con la del ayer quien dedicó Lament for the Molly McGuires, una saltarina jiga a las hazañas de los Molly Maguires: (http://www.youtube.com/watch?v=ynwK7ImVd9w)

 

3.3. The ghosts of the Molly McGuires

La escalofriante canción Ghosts of the Molly McGuires (Los fantasmas de los MollyMaguires) fue popularizada por los Irish Balladeers. Hipnótica y cautivante, cada estrofa narra la orgullosa confesión culpable de un miembro de la organización. Tanto su versión original (http://www.youtube.com/watch?v=w_6_gvxlWTQ ) como la espectral versión a capella del Briarwood Ensemble (http://www.youtube.com/watch?v=pAPMOxjSNPQ ) son deslumbrantemente conmovedoras.

 

4. Las canciones sobre Moriarty. De Berlín a Broadway

Dice Sherlock Holmes “Jonathan Wild era un consumado criminal que vivió en el siglo pasado, hacia 1750 era la fuerza oculta de los criminales de Londres a quienes vendía su talento y organización, a cambio de una comisión del quince por ciento. Todo es cíclico, incluso el profesor Moriarty”

Uno de los elementos esenciales de El Valle del Miedo -como, por otra parte, en el resto del Canon holmesiano– es la presencia sofocante, inevitable e invencible del Mal en todas sus encarnaciones y, de ellas, ninguna como la de James Moriarty, a quien se analiza, discute y, tal vez, entiende en la novela, y a quien Holmes enlaza como eslabón de una cadena iniciada con el popular criminal del siglo XVIII Jonathan Wild, consagrado en la canción popular a partir de la entronización de su figura por autores ilustres como Henry Fielding y Daniel Dafoe.

Dos de las más afamadas personificaciones musicales de Moriarty (o, tanto vale, Jonathan Wild), el celebérrimo Mack Navajas y Maccavity, personajes de respectivamente La Opera de Tres Peniques y Cats musicales que abrieron y cerraron, respectivamente, el siglo XX y nacieron de McHeath, el personaje que abrasaba la seminal, Beggar’s Opera.

Las canciones dedicadas a estas “encarnaciones” de “El Napoleón del Crimen” son, mucho me temo, extraordinarias.

Cabe tomarlas en consideración:

4.1. McHeath (Beggars Opera)

Arrollado por la mística del tantas veces citado célebre criminal Jonathan Wild, John Gay (1685- 1732) concibió, a instancias de Jonathan Swift, una opereta paródica sobre los bajos fondos de la sociedad de su siglo. La Ópera de los Mendigos (Beggar’s Opera) narraba con complacencia las andanzas de McHeath, un criminal rebelde, un truhán y un señor, cuyo irresistible encanto se prolonga hasta la actualidad con actualizaciones tan recomendables como la realizada por la BBC en los años ochenta con Roger Daltrey, el cantante de The Who (sí, han leído bien) ,que interpretó a McHeath con un cherme que jamás concedió a Pete Townshend . (Véase http://www.youtube.com/watch?v=Swt0vXi18Ss)

 

4.2. Mack the Knife (Three Penny Opera)

Fue, por fortuna, irreparable la impresión que la ópera de los mendigos causó en los legendarios Bertold Bretcht y Kurt Weill. La conjunción del talento verbal del primero y del musical del segundo les dio alas para recrear la citada obra como un cabaret intelectualizado ambientado en los sótanos victorianos y recrear a McHeath como el eterno macarra: Mackie the Knife, Mackie Messer o, como siempre se le conocerá, Mack Navajas.

Sería un ejercicio inútil como innecesario intentar un inventario que relatase las versiones de la inmortal canción que tantos intérpretes han intentado.

Valgan solo las inmortales, como la del inimitable e irrepetible Louis Armstrong (http://www.youtube.com/watch?v=hLIrS5dtTZI&feature=fvst); la de un no por tardío menos excepcional Frank Sinatra (http://www.youtube.com/watch?v=nQjZoYRmkQo) y, como excepción, la voluntariosa y bienintencionada del entrañable Miguel Ríos (http://www.youtube.com/watch?v=5bWtqthAtkw).

 

4.3 Maccavity the Mystery Cat (Cats)

Poco podía imaginar el ilustre T.S. Eliot (1888-1965), poeta laureado, premio Nobel, egregio en vida y holmesiano hasta el plagio, que Old Possum’s Book of Practical Cats (El libro de los gatos habilidosos del Viejo Possum), un conjunto de poemas sobre gatos facturado como entretenimiento para sus nietos, concedería la vigencia y la inmortalidad a sus versos y a sus extractos bancarios.

Poco podía imaginar Andrew Lloyd Webber, autor de todo musical que se precie de finales del siglo XX, que su extravagancia de prolongar la fascinación infantil que le produjo el libro de Eliot musicando cada poema con el mimo, brío, respeto y minucia que solo se emplea cuando se emprende algo con despreocupación y descaro.

La colección de canciones de Lloyd Webber se convertiría, bajo el nombre de Cats, en un musical abstracto, fascinante y tan concienzudamente abocado al fracaso que, claro, reventóla Ley de Probabilidades convirtiéndose no solo en un éxito clamoroso sino longevo (se representó en Broadway, a lleno diario, durante casi dos décadas), es decir, tanto para crítica como para público el más exitoso de la historia.

En Maccavity, The Mistery Cat, uno de los poemas más queridos y apreciados de su ciclo gatuno, Eliot no reprime su adoración por Holmes ni la identificación del gato protagonista con Moriarty: desde la evidente eufonía del nombre a citas de casos célebres del detective consultor pasando por la descripción de su naturaleza escurridiza y culpable (Moriarty permanecía en la sombra fraguando conspiraciones sin que nada escapase a su control), detalles en apariencia nimios, como el polvo de tiza en su chaqueta (Moriarty era profesor de matemáticas) y la definitiva identificación con el apelativo con el que el propio Sherlock Holmes le bautizó: El Napoleón del Crimen.

El poema sugirió a Lloyd Webber crear una partitura sinuosa, a medio camino entre el jazz y el cabaret (músicas ambas asociados con la oscuridad, el hampa y el crimen), resultando una canción que, dignamente, hubiera podido figurar en el repertorio que la orquesta de Duke Ellington detonaba, en los años veinte, bajo el amparo del Cotton Club.

En lo que respecta a la obra teatral, su debilísimo hilo argumental (en un vertedero alunado donde un conjunto de gatos aguardan, como a un Godot cualquiera, la palabra providencial del Viejo Deuteronomio que les rescate de la incertidumbre; mientras, felino a felino, entretienen la espera presentándose, canción a canción, al resto) permite, en el mejor sentido de la palabra todo tipo de excesos y libertades, para poner en escena la canción como un ballet selvático, sexualizado y vigoroso que, propulsado por saxos humeantes, pianos canallas y humo de tugurio, narra el rapto del sabio Deuteronomio por el temible Maccavity.

Será mejor que lo vean:

http://www.youtube.com/watch?v=XV6e65konHs

 

4.4. Rattigan ( Basil, el raton superdetective)

En 1986 la productora Disney facturó una excelente adaptación de los libros de la escritora infantil Eve Titus en los que contaba las andanzas de unas versiones roedoras de Holmes y Watson que habitaban los zócalos de la mismísima Baker Street. La cinta, exenta de los ternurismos y ñoñerías que, tan a menudo, lastran las producciones Disney resultó, quizás por eso, encantadora.

Entre sus muchos y recomendables rasgos se encuentra Rattigan, una gigantesca rata que, a la sazón, hacía las veces de villano, tan excesivo, descabalado e histriónico como los que iluminan las mejores películas de la productora. Henry Mancini, autor de la banda sonora, confeccionó para el personaje un vodevilesco y desmesurado vals con el que el legendario Vicent Price (que prestaba su voz al dibujo animado) se tuvo que dar un impagable festín.

 

Ahí queda, sin embargo, la versión castellana:      

http://www.youtube.com/watch?v=1q0_RZGeSxY

Luis de Luis Otero