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Entrevista con Rodolfo Martínez

Rodolfo Martínez ha ofrecido al aficionado cuatro libros (con seis aventuras) centrados en la figura de Sherlock Holmes y su universo (y algunos otros universos). Bueno motivo, pues, para establecer una interesante charla con él y que nos cuente cómo se fraguó todo.

221B: Aparte de Sherlock Holmes, como escritor has cubierto otras temáticas…

Rodolfo Martínez: He cubierto unos cuantos géneros, sí, aunque siempre con una clara orientación al fantástico. He hecho ciencia ficción, fantasía oscura, thriller, novela de misterio, novela de espías, incluso western.

            Soy un apasionado de la literatura de género, qué le vamos a hacer, y tengo una tendencia inevitable a mezclar todos los géneros que me gustan, en un cóctel que a priori parece resultar imposible pero que a mí, como autor, me funciona. Y espero que a los lectores también, claro.

El autor, escuchando paciente las preguntas

221B: ¿Existe algún otro género o temática que aún no hayas tocado, y que te apetecería hacerlo?

RM: Seguramente, cientos de ellos. Mi problema… bueno, no es realmente un problema, supongo, o no lo ha sido hasta ahora. El caso es que tiendo a improvisar sobre la marcha, a dejarme llevar y nunca sé realmente qué va a aparecer en el horizonte.

21B: Como gran amante de la obra sherlockiana, ¿cuál es tu obra favorita dentro del canon?

RM: Difícil me lo pones. Me gusta mucho la segunda mitad de El valle del terror que es, precisamente, la parte no holmesiana de la novela. Más que cuentos concretos, me gustan momentos del personaje. Chandler decía algo así como que Holmes es “una actitud y media docena de líneas de diálogo brillantes” y algo de eso hay.

            Así que me venga ahora mismo a la memoria me encanta el momento en que Sherlock y Mycroft, ante un asombrado Watson, se ponen a deducir cosas sobre un tipo que pasa frente a ellos. Creo que es en “El tratado naval”. Pero si me preguntas dentro de cinco minutos es muy posible que sea otra la escena que me venga a la cabeza.

221B: ¿Y con respecto a los pastiches escritos por otros autores?

RM: Me gusta mucho la primera novela de Nicholas Meyer, Elemental, doctor Freud, y también Adiós, Sherlock Holmes de Robert Lee Hall, que creo que fue el primer pastiche holmesiano que leí. Me encantó el modo en que Hall usaba elementos del canon para llevar al personaje por lugares totalmente inesperados.

            Confieso que los pastiches de Adrian Conan Doyle me resultan bastante aburridos. Intentan seguir demasiado de cerca el modelo original, con el resultado de que… bueno, ya tienes los originales, ¿para qué leer una copia que se limita a repetir lo mismo?

            Los pastiches que me gustan tienden a ser aquellos que, siendo siempre coherentes con el canon, intentan llevar al personaje por caminos nuevos.

221B: ¿Qué es lo que más te seduce del personaje de Conan Doyle?

RM: Dicho en una palabra: que es insufrible. Holmes es un compendio de arrogancia, vanidad y con un carácter que a menudo es como un niño malcriado que no soporta no salirse con la suya. Eso, unido a ese intelecto analítico, implacable y a pequeños destellos de, podríamos llamarlos empatía con los demás, compasión, tal vez… bueno, la mezcla funciona. No sé muy bien por qué, pero funciona.

 

221B: La sabiduría de los muertos llevaba mucho tiempo escrita. De hecho, recuerdo que me pasaste una versión muy primitiva, que después revisaste y ampliaste…

RM: Creo que las escribí allá por 1993 y es posible que fuese por esa época cuando la viste. La presenté al Premio Asturias de Novela dos años más tarde, gané, y la publicaron en el 96. Cuando Luis G. Prado me comentó la posibilidad de reeditarla en Bibliópolis, en 2004, volví sobre ella, repasé algunas cosas, intenté mejorar sobre todo la ambientación y la caracterización de los personajes.

221B: ¿Cómo se te ocurrió el mezclar a un personaje tan lógico como es Sherlock Holmes con algo tan irreal como los mitos de Cthulhu?

RM: Ni idea. En serio, la mayoría de las veces no sé cómo funciona mi mente, qué se está cociendo exactamente en ella. Recuerdo que cuando me senté a escribirla no tenía gran idea del argumento, más allá de que me apetecía jugar con el personaje y, de paso, resolver los tres casos que Watson menciona en “El problema del puente de Thor”. La historia fue surgiendo casi por sí misma y, de algún modo, todo iba encajando. Desde el momento en que decidí que la clave del misterio estaba en un libro, ir al Necronomicón fue inevitable. Y, a partir de ahí…

            No tardé en comprender que la idea tenía muchas posibilidades. Holmes es un racionalista extremo y, precisamente por eso, no negará los elementos fantásticos, sino que intentará explicarlos, buscar un modo racional de que encajen en el mundo. Eso se va viendo más claro en las siguientes novelas que escribí. Podríamos decir que la serie empieza siendo fantasía y que, a medida Holmes va lanzando su mirada implacable y racional sobre lo que pasa, se va transformando en ciencia ficción.

221B: Dado que se trata de una novela corta, cuando apareció publicada como libro lo acompañaste de dos relatos, uno de ellos, “Desde la tierra más allá del bosque”, donde nuestro personaje conoce a Drácula. ¿No hubiera merecido un tema así más bien una novela completa?

RM: Sin duda. Y ésa era mi idea de partida. Pero, de algún modo, la historia perdió fuelle a mitad de camino y nunca llegué a rematarla como se merecía. Esas cosas pasan, a veces.

221B: El libro alcanzó un enorme éxito, y sacaste una secuela, Sherlock Holmes y las huellas del poeta. Esa secuela, ¿vino motivada por el éxito, o desde el inicio tenías pensado proseguir con las aventuras del detective?

RM: Cuando terminé La sabiduría de los muertos decidí que había terminado mi relación con el personaje, que simplemente había contado todo lo que quería sobre él. Y así siguió durante casi diez años. Fue ponerme a revisar la novela para la edición de Bibliópolis, antes de saber si iba a tener éxito o no, lo que hizo que desease escribir más historias holmesianas. Y, en aquel momento, sólo tenía eso, el impulso de volver sobre el personaje, pero nada más.

221B: En este libro haces llegar a Holmes a plena guerra civil española…

RM: Sí, ahí está lo que te decía sobre el cúmulo de coincidencias. Por aquella época estaba leyendo una biografía de Franco (y otras cosas, estaba bastante interesado en general por la Guerra Civil y la posterior dictadura, así que sin saberlo me estaba documentando para una novela que no tenía ni idea de que iba a escribir en breve) y allí me encontré con una mención a un tal Lord Phillimore, que estuvo en la corte franquista como enviado oficioso de los ingleses.

            Relacionar a lord Phillimore con el James Phillimore que entra a buscar su paraguas y se desvanece sin dejar rastro que sale en La sabiduría de los muertos fue casi inmediato. Empecé a pensar. ¿Un descendiente del personaje literario? Podría ser. ¿Holmes en la guerra civil? Según Baring-Gould, era factible. ¿Y por qué? Y, de nuevo, el Necronomicon apareció en medio. Pero, ¿para qué quería Franco el Necronomicón? Respondiendo a esas preguntas fui armando la novela, casi sobre la marcha.

221B: En la novela también haces aparecer otra de tus pasiones, Supermán, lo cual despertó polémica entre algunos lectores. ¿Qué opinas de esa polémica? Visto en perspectiva, ¿crees que estaba bien introducido, o por el contrario no casaba con la tónica atmosférica del relato?

RM: Comprendo la polémica, y entiendo que choque. Sabía que mi segunda novela holmesiana no iba a ser del agrado de los aficionados más… cómo decirlo… más puristas, tal vez. Ya desde el momento en que tenía la osadía de situarlo en un marco temporal y geográfico distinto y con una historia en la que elemento fantástico era mucho más explícito que en la anterior, sabía que eso iba a pasar.

            Mi primera idea era que el personaje de Kent hiciera un breve cameo y se desvaneciera de escena, como otros personajes que aparecen en la novela.

Pero luego comprendí que no, que funcionaba, que tenía cabida en la trama que estaba creando y que, incluso, podía explicar su origen de un modo que encajase en la historia y viniera a cuento.

            Como digo, comprendo que choque. Y acepto que la reacción pueda ser de rechazo por ser una mezcla demasiado extrema. Contaba con ello y estaba preparado.

            Lo que no me esperaba era la… bueno, llamémosla por su nombre, la ignorancia de cierto sector de la crítica que echó abajo la aparición del super hombre por no encajar en esa época. Eso demuestra no tener la menor idea de lo que estás hablando. Superman aparece por primera vez en el número uno de Action Comics, en junio de 1938. No sólo pertenece por completo al momento en que se desarrolla Las huellas del poeta, sino que, en realidad, pertenece mucho más que Sherlock Holmes.

            No me gusta fustigar a los críticos. Creo que hacen un trabajo importante. Pero, bueno, ya que a mí se me exige que haga bien mi trabajo y se me da caña cuando no es así, creo que a ellos habría que exigirles lo mismo. Por lo menos, que sepan de qué están hablando cuando lo hacen. Creo que eso es lo mínimo.

El mítico nº 1 de "Action Comics"

221B: En ese lapso, surgió otra secuela a tu primera novela sherlockiana, esa escrita por Rafael Marín, Elemental, querido Chaplin. ¿Cómo surgió ese libro? ¿Lo hablaste con Rafa, y era algo planeado entre ambos? ¿O te sorprendió de pronto con un “mira lo que he hecho”?

RM: Por lo que recuerdo, era una idea que Rafa tenía desde hacía bastante tiempo. Me la comentó por primera vez en los años noventa, tras leer la primera versión de La sabiduría de los muertos. Me dijo entonces que sería una buena idea mezclar a Holmes con Chaplin, quien por edad podría haber sido un Irregular de Baker Street. Varios años más tarde, supe que por fin se había puesto a ello. Y el resultado, debo decir, fue excelente.

            De hecho, mientras la estaba revisando, me la pasó, con la consecuencia de que decidí hacer que las dos novelas, dentro de lo posible, fueran coherentes entre sí. De ahí esos comentarios en mi novela al encuentro de Wiggins en el fumadero de opio con el malvado chino, una secuencia que se narra en detalle en la novela de Rafa.

221B: Sherlock Holmes y la boca del infierno se adelantó a la anunciada Sherlock Holmes y el heredero de Nadie. ¿Por qué motivo decidiste intercalar esta historia?

RM: La casualidad, de nuevo. Tenía escrito más o menos lo que ahora es la primera parte de El heredero de Nadie, toda la trama que gira alrededor del asesinato de Kennedy.

            Por aquel entonces me invitaron a Portugal. Acababa de salir la edición portuguesa de La sabiduría de los muertos y la presenté en un congreso de ciencia ficción en Lisboa. Mi editor portugués fue tan amable de servirme de cicerone (a mí, a León Arsenal, a Juan Miguel Aguilera y a Christopher Priest) por los alrededores de Lisboa. Y uno de los lugares a los que nos llevó fue Boca do Inferno, donde Crowley había fingido su suicidio con ayuda de Pessoa a principios de los años treinta.

            El lugar impresionaba. Mucho. Y Crowley ya había aparecido brevemente en La sabiduría de los muertos. Algo hizo “click” en mi cabeza. Y una vocecita dentro de mí dijo: “¿Y si…?”.

            Empecé a pensar y no tardé en dar con una historia donde Holmes encajaba. Tenía que escribirla, simplemente, era algo que no podía evitar.

Christopher Priest y Rodolfo Martínez

221B: En ella presentas a otro personaje enigmático, pero real, Alastair Crowley…

RM: Como te digo, lo usé porque el elemento real que utilicé de partida lo incluía. Preferiría no haberlo hecho. Cuanto más sabía sobre él, mientras me iba documentando para la novela, peor me caía. Cuanto más descubría sobre lo que había hecho, cómo había vivido, no podía quitarme de la cabeza la idea de que no era más que un teatrero pagado de sí mismo, un tipo inflado de vanidad, lleno de ínfulas y, básicamente, un timador.

            Le tomé antipatía desde el principio y creo que eso se nota en la novela.

La auténtica Boca do Inferno

221B: Quizás este haya sido el libro de la saga que peor ha sido recibido, por los intencionados cabos sueltos que dejaste para después ligarlos todos al final de la tetralogía…

RM: Cierto. Era consciente de ello. Estaba contando una historia que, en cierto modo, funcionaba sólo dentro de un todo mayor. Por un lado, estaba mostrando los bastidores, los entresijos, lo que había pasado en otras partes del mundo un poco antes, durante y algo después de Las huellas del poeta y, al mismo tiempo, iba anticipando la siguiente.

Sabía que para muchos eso sería insatisfactorio. Curiosamente, sin embargo, encontré lectores para los que era la mejor novela de la serie.

Placa en la Boca do Inferno que describe la presencia de Crowley en el lugar

221B: Y por fin, tras mucha espera de los seguidores, apareció Sherlock Holmes y el heredero de Nadie. A esas alturas, ¿estabas ya cansado del personaje?

RM: No sé si cansado es la palabra exacta. Pero sí con la sensación de que ya había contado todo cuanto quería decir de él. Había tratado su madurez en la primera novela, su vejez en la segunda y la tercera y ahora me disponía a narrar su juventud en la cuarta.

Suficiente, creo yo. Me había aproximado al personaje en tres momentos distintos de su vida y había intentado dar mi versión de él, siempre desde el respeto a Conan Doyle, pero siempre intentando buscarle nuevas facetas, nuevos aspectos de su mundo y su personalidad.

            Creí, y lo sigo creyendo, que era suficiente.

221B: En este caso, las referencias y fusión de elementos ya es apabullante…

RM: Es lógico, si lo piensas un poco. El cosmos de ficción que he ido recreando en estas cuatro novelas va creciendo y volviéndose más complejo con cada una. Parto de una situación muy cercana al canon holmesiano en la que introduzco un solo elemento discordante: el elemento fantástico al final de la primera novela. Y luego, poco a poco, voy a añadiendo más elementos. Acumulando vapor, por así decir.

            Cuando llega la última novela, todo ese vapor está listo para… bueno, para que la cosa entre en ebullición, por seguir con la metáfora. Y lo hace.

            Todo esto que acabo de describir y que parece un proceso muy meditado por mi parte ha sido, en buena medida… iba a decir que improvisado, pero supongo que eso no es cierto. De algún modo toda esa idea de tomar buena parte de los iconos culturales de mi infancia, ir metiéndolos en una coctelera y agitarlos a ver qué pasaba, tuvo que estar cociéndose un buen tiempo en mi subconsciente, en el sótano mental que todos llevamos dentro, digamos. Y de algún modo, Holmes acabó haciendo de foco alrededor del que todo eso se fue aglutinando y tomando forma.

221B: También te has dado aquí el gustazo de escribir un western. ¿Te gusta este género en particular?

RM: Ya lo creo. Desde niño, desde que vi mis primeras “vaqueradas” en el cine del pueblo o empecé a leer aquellas novelas de Marcial Lafuente Estefanía que había en casa de mi abuela y luego los libros de Zane Grey que me pasó mi padre.

            La épica del western me fascina. Y además me fascina por igual la épica clásica, noble, podríamos decir, que la más sucia y realista. Disfruto por igual con un Río Bravo que con un La muerte tenía un precio. O un Deadwood, por mencionar un ejemplo más reciente.

            Sabía que tarde o temprano escribiría un western. Era cuestión de tiempo. Lo que ignoraba era que acabaría siendo un western con Sherlock Holmes.

221B: Y con El heredero de Nadie finaliza tu saga dedicada a Sherlock Holmes. ¿No vas a volver al personaje? ¿Te has quedado con ganas de alguna otra historia que tuvieras en mente sobre él?

RM: Nada concreto. Me gustaría, en algún momento, a medio o largo plazo, volver al canon. Volver a la fórmula del relato largo narrado por Watson a la luz de gas del siglo XIX. Hacer un libro de cuentos holmesianos, en suma.

            Pero no sé si lo haré. La idea está ahí, me apetece… pero ya veremos qué pasa.

El adepto de la reina

221B: Y ahora acabas de sacar otro libro…

RM: Exacto. Se llama El adepto de la Reina y en él, una vez más, estoy mezclando distintos géneros. La novela de espías a lo Bond, por un lado. De hecho, mi personaje central intenta ser una versión “realista” de 007; para entenderos, es un poco el tipo de psicópata que sería realmente Bond si alguien así existiera. El reto ha sido hacer un personaje sin escrúpulos, carente por completo de remordimiento por las cosas que hace y que, al mismo tiempo, no le cayera mal al lector. Ha sido como patinar al borde de un abismo: interesante, estimulante y un tanto estresante a la vez.

            Y, al mismo tiempo, el ambiente en el que se desarrolla la historia es un mundo totalmente nuevo. Una amalgama de épocas y lugares distintos que me han ido gustando con el correr de los años y que he integrado en un solo universo de ficción.

            Un universo que, por otro lado, me gusta mucho. Tanto el personaje como su entorno fueron creciendo y ganando complejidad a medida que escribía. Así que no os sorprendáis si El adepto de la Reina acaba teniendo una continuación. O varias.

Bond, James Bond

221B: Por último, si deseas añadir algo más por tu parte…

RM: Sólo que ha sido un placer conversar un rato contigo. Y darte las gracias por permitirme rememorar alguna de estas “batallitas” de escritor. Y, por supuesto, que espero que los lectores no se hayan aburrido demasiado y hayan seguido hasta el final. Y ya, si de paso, alguno se ha encontrado de pronto con ganas de leer algún libro mío, pues que no se corte.

            Que para eso estamos.

 Carlos Díaz Maroto

09
may
11

Estudio en rojo

Título original: A Study in Scarlet

Dirección: Edwin L. Marin.

Productores: Samuel Bischoff, Burt Kelly, William Saal para K.B.S. Productions Inc.

Guión: Robert Florey, con continuidad y diálogos de Reginald Owen, sugerido por el libro A Study in Scarlet de A. Conan Doyle.

Fotografía: Arthur Edeson.

Montaje: Rose Loewinger.

Intérpretes: Reginald Owen (Sherlock Holmes), Anna May Wong (Mrs. Pyke), June Clyde (Eileen Forrester), Alan Dinehart (Merrydew), John Warburton (John Stanford), Alan Mowbray (Lestrade), Warburton Gamble (Dr. Watson), J. M. Kerrigan (Jabez Wilson), Doris Lloyd (Mrs. Murphy), Billy Bevan (Will Swallow), Leila Bennett (Daffy Dolly), Wyndham Standing (capitán Pyke), Halliwell Hobbes (Dearing), Tetsu Komai (Ah Yet), Tempe Pigott (Mrs. Hudson).

Nacionalidad y año: Estados Unidos 1933.

Duración y datos técnicos: 72 min. B/N 1.37:1.

Un hombre muere en extrañas circunstancias, y su viuda queda por completo desamparada en el plano económico, por lo cual acude a Sherlock Holmes para que descubra quién es el responsable de dejarla sin el dinero que cree le pertenece. Pronto, el detective andará tras la pista de una sociedad secreta, el Círculo Escarlata, cuyos miembros son asesinados poco a poco mientras el criminal deja sobre los cuerpos un papel con una estrofa de un poema sobre “Diez negritos”.

En 1933 el británico Reginald Owen encarnó por única vez al detective de Baker Street en esta película, tras haber sido Watson (papel para el cual estaba más físicamente adecuado) en Una aventura de Sherlock Holmes (Sherlock Holmes, 1932), dirigida por William K. Howard, y con Clive Brook como Holmes. Debió cogerle el gustillo al mundo de Conan Doyle con la citada, pues al año siguiente se embarca en esta cinta en la cual inclusive se encomienda a colaborar en el guión, que se acredita como “inspirado” en la famosa novela, si bien los productores sólo pagaron por los derechos del título, no por el argumento en sí. Este era el inicio de un intento de crear una serie de películas sobre el personaje, pero el proyecto no abarcó más entregas que la presente.

El guión, pues, tiene diálogos y continuidad por parte de Brook, con redacción del interesante Robert Florey, ocasional guionista pero sobre todo director, faceta en la cual destaca su espléndida (y libérrima) Doble crimen en la calle Morgue (Murders in the Rue Morgue, 1932), malsana y atmosférica recreación del cuento de Edgar Allan Poe donde aparece el detective precursor de Holmes, Auguste Dupin, y aportación al mítico ciclo de terrores de la Universal en la época. La historia, como dijimos, no tiene nada que ver con lo relatado por Doyle, siendo una creación totalmente original de Robert Florey, en la que una serie de personajes van siendo asesinados mientras en sus cuerpos se dejan notas que contienen una estrofa de una rima infantil sobre “diez negritos” (en algunas fuentes se refiere que lo descrito en el poema es sobre “ten little fat boys”, mientras que en la copia que he visto se lee perfectamente “ten little black boys”). La rima original se conoce hoy día centrada en “diez soldaditos” o “diez ositos”, por corrección política, pero con anterioridad se refería a diez negritos o a diez inditos, un antiguo poema tradicional que se publicó por primera en 1868 por Septimus Winner como “Ten little Injuns”; posiblemente en 1869 Frank J. Green lo adaptó como “Ten Little Indians”, y se hizo muy popular en toda Europa.

Este elemento recordará al lector a una novela de Agatha Christie, Diez negritos. En efecto, la escritora inglesa escribió la novela que apareció por vez primera en el Reino Unido como Ten Little Niggers el 6 de noviembre de 1939 por Collins Crime Club, y después en Estados Unidos en enero de 1940 como And Then There Were None. En la versión inglesa se hablaba de diez negritos, y la acción tenía lugar en Nigger Island, mientras que en la versión norteamericana se traslada la acción a Soldier Island. En todo caso, el elemento de la rima, como hemos visto, ya estaba presente en esta película, así como un fundamental hecho al final que no podemos desvelar, pero que también es idéntico en la novela de Agatha Christie. Al respecto, Florey declaró: “Dudo que Agatha Christie viese A Study in Scarlett, pero supondría un cumplido si le hubiese servido de inspiración”. Muy diplomáticas palabras.

Anecdóticamente refiramos algunos detalles más. Así, el año anterior a la presente, la MGM estrenaba la espléndida película La máscara de Fu Manchú (The Mask of Fu Manchu, 1932), dirigida por Charles Brabin y Charles Vidor, basándose en la saga literaria de Sax Rohmer sobre el malvado oriental (trasunto obvio del Moriarty de Doyle), a quien se enfrentan el detective de Scotland Yard Nayland Smith y su ayudante y narrador de las historias, el doctor Petrie (nuevos y obvios trasuntos de Sherlock Holmes y el doctor Watson). En esa película, los guionistas, Irene Kuhn, Edgar Allan Woolf y John Willard, decidieron prescindir del doctor Petrie, posiblemente asumiendo que era un mero recurso literario con el fin de narrar las incidencias y para que Smith fuese explicando algo al personaje y, por ende, al lector. Aquí no se podía hacer lo mismo, dada la enorme celebridad de Watson, pero el personaje es muy dado de lado, tanto por los personajes como por la propia narración, de ahí que en los créditos aparezca tan avanzado, por debajo incluso de Lestrade (en los créditos Lestrede). Añadamos también que la acción se ambienta en Londres, pero en la actualidad al rodaje del film, recurso que después asumiría el célebre ciclo sobre Holmes realizado por la Universal con Basil Rathbone como protagonista.

La película comienza con el descubrimiento de un cadáver en un tren, y después nos trasladamos a Baker Street. La cámara nos muestra el número 221A de la calle, y después varía el plano a un contrapicado para mostrarnos la ventana del piso superior. Ahí están Holmes y Watson, encarnados respectivamente por Reginald Owen y Warburton Gamble. Watson, como ya he referido, ofrece una participación escasa, y el personaje por ende resulta gris y desdibujado, apenas una comparsa sin personalidad ni desarrollo. Holmes, por su parte, aparece con unas facciones algo gruesas y con poco carisma visual, si bien Owen realiza una buena interpretación y en algunos gestos y poses recuerda enormemente a Basil Rathbone.

Pese a los referidos detalles argumentales, de gran interés, la trama sin embargo resulta floja, y en pocas ocasiones vemos a Holmes hacer uso de su característica capacidad deductiva, yendo el desenvolvimiento de la historia más conducida por los guionistas en sí que por la labor del detective, si bien este sí exhibe su capacidad para el disfraz hacia la mitad del metraje, en una escena simpática y plena de carisma. Exhibe el film, además, un exceso de verborrea, y resulta estática y teatral. El director, Edwin L. Marin, ofrecía aquí su segunda película, y después se convertiría en un activo realizador, en especial de sólidas muestras de westerns de serie B, si bien aquí se le percibe aún inmaduro y brinda una realización algo agarrotada, muy característica, por otra parte, de inicios del sonoro, si bien muestra algunos planos interesantes en lo que se refiere al punto de vista, como por ejemplo al inicio, cuando se descubre el cadáver en el tren, utilizando muy bien la profundidad de campo y la perspectiva. Amén de ello, refiramos que recrea con habilidad los moldes del cine británico de la época, pudiendo pasar la presente como una película inglesa sin problema, ayudado, eso sí, por la nacionalidad de muchos de los actores empleados (Reginald Owen, por cierto, sería después bastante recurrente en la filmografía de Marin) o su ductilidad.

En suma, se trata de una obra muy interesante por cuestiones históricas y anecdóticas, pero que por sí misma no resulta sino un film policial algo envarado y poco significativo si no fuese por lo citado. No nos extraña, pues, que el intento de iniciar un ciclo se quedase en la presente muestra.

Carlos Díaz Maroto

Una escena <a href=”http://www.youtube.com/user/hermesclassics> aquí </a>.

06
may
11

El regreso de Sherlock Holmes / El retorno de Sherlock Holmes

Títulos originales: Sherlock Holmes Returns / 1994 Baker Street: Sherlock Holmes Returns.

Dirección: Kenneth Johnson.

Productores ejecutivos: Daniel Grodnik, Kenneth Johnson, Jon Slan para Kenneth Johnson Productions, Paragon Entertainment.

Guión: Kenneth Johnson, según el personaje de Arthur Conan Doyle.

Fotografía: Ken Orieux.

Música: James Di Pasquale.   

Intérpretes: Anthony Higgins (Sherlock Holmes), Debrah Farentino (dra. Amy Winslow), Mark Adair-Rios (Zapper), Ken Pogue (James Moriarty Booth), Eli Gabay (teniente Ortega), Jerry Wasserman (teniente Civita), Kerry Sandomirsky (Mrs. Ortega), John Wardlow (anciano Moriarty), Devon Sawa (joven Booth), Daniel Chambers (Mr. Hudson), Tish Heaven (joven Mrs. Hudson), Norman Armour (padre Moriarty)…

Nacionalidad y año: Estados Unidos 1993.

Duración y datos técnicos: 96 min. color 1.33:1.

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La doctora Winslow acude a una casa de campo a visitar a una amiga, la señora Hudson, cuando un leve temblor de tierra les hace descubrir una cámara secreta en el sótano, en el cual hay un extraño recipiente de metal que contiene a un hombre congelado, quien al despertar confesará ser Sherlock Holmes.

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Kenneth Johnson es famoso, ante todo, por ser creador de V, la famosa mini-serie sobre los lagartos extraterrestres, de la cual él mismo haría una secuela también a modo de mini-serie y que luego, ya sin él, dispondría de una serie regular de una sola temporada. También es continuador de una sucesión de franquicias, como Alien nación, de la cual realizó una serie a partir de un largometraje cinematográfico ajeno, y dirigió para la pantalla grande Cortocircuito II, secuela del previo éxito comercial de John Badham. De igual modo, fue el encargado de llevar a la televisión al famoso personaje de los comics Marvel El increíble Hulk. Un individuo sorprendente, ciertamente. Aquí dirige un telefilm, con todo el aspecto de ser el intento de suponer el piloto para una serie televisiva que, obviamente, no tuvo lugar, centrado en el afamado Sherlock Holmes, pero ambientado en la época actual.

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Para traer a nuestros tiempos a la creación de Conan Doyle (a quien en los diálogos mencionará Holmes erróneamente como un escritor irlandés, cuando era escocés, que ficcionó sus casos reales), Johnson se sirve de un elemento de ciencia ficción, no ya en la actualidad, sino en el propio 1899, época en la cual Holmes, encubierto bajo el nombre de capitán Basil (un homenaje más al  famoso actor Basil Rathbone), coloca en el sótano de la mansión un ingenio a modo de una cámara criogénica para dormir congelado hasta ser despertado en el año 2000, si bien un temblor de tierra provoca que despierte en 1994. La idea de provocarse ese trance se la proporciona el escritor H. G. Wells, cuya novela La máquina del tiempo inspira en Holmes el interés de conocer la época futura. Esa alusión a Wells, indefectiblemente, conduce a pensar en la película Los pasajeros del tiempo (Time After Time, 1979), de Nicholas Meyer –famoso escritor sherlockiano, por cierto-, en la que el propio Wells viaja en el tiempo hasta aparecer en la época actual en San Francisco, la misma ciudad que verá aquí el retorno de Holmes. Éste se alojará en casa de la doctora Winslow, sita en el 1994 de Baker Street, y procederá a investigar un caso iniciado por la misteriosa muerte de un hombre atacado en plena calle por un tigre, y en el que estará involucrado un descendiente de Moriarty.

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El telefilm, obvio es, ofrece un tono ligero, un divertimento sencillo para contemplar en televisión, sin más pretensiones. Y una vez admitidas las reglas del juego, aceptadas esas limitaciones en suma, el resultado tampoco es tan deleznable como podría parecer. Kenneth Johnson se centra, en particular, en hacer que Holmes suelte sus clásicos razonamientos que dejan atónitos a los demás, y ciertamente, en el contexto, funcionan. Envuelve todo ello en una intriga policial muy propia de las series del género de la época, aunque el carisma de los personajes protagonistas permite seguir el juego con cierta delectación. El inglés Anthony Higgins –quien ya apareció en El secreto de la pirámide (Young Sherlock Holmes, 1985) en el papel de profesor Rathe, que luego devendría en Moriarty, y también asomaría en la mítica serie Los rivales de Sherlock Holmes (The Rivals of Sherlock Holmes; 1971-1973) en un cometido menor- encarna con convicción al rey de los detectives, con un punto de sobreactuación justificado por el tono algo burlón y cómico del proyecto, y la hermosa Debrah Farentino supone un sobrio contrapunto al personaje, demostrando su ductilidad como actriz, pese a la escasa suerte en su carrera. Johnson dirige el conjunto con la sencillez y funcionalidad propias de un telefilm de la época, y el conjunto resalta, pues, por el simpático contraste que se establece entre el personaje y su entorno, amén de la trama ligera que adorna la función.
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No se trata, pues, de una sólida aportación del mito, ni siquiera una apreciable, pero dentro de su contexto, se deja ver con simpatía.

Carlos Díaz Maroto

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04
may
11

Un estudio en Sherlock

En octubre aparece un nuevo libro en Inglaterra sobre nuestro personaje favorito. Su título es A Study in Sherlock: Stories inspired by the Holmes canon (Bantam), una recopilación efectuada por Laurie R. King y Leslie S. Klinger, expertos en el Canon, y que reunen a dieciocho escritores para ofrecer historias que “ubican al investigador en emocionantes nuevas situaciones, crean personajes que resuelven misterios holmesianos, examinan a Sherlock en sus últimos años, llenan los vacíos en el Canon, y revelan sus propias obsesiones personales sobre el gran detective”.

Entre las historias que se ofrecen, por ejemplo, Thomas Perry hace al doctor Watson contar su historia, en un trabajo virtuoso de historia alternativa que ofrece al presidente McKinley acercarse al detective con un encargo incómodo; Lee Child envía a un agente del FBI para investigar un crimen cerca del Baker Street actual, solo para conseguir una sorpresa de inicios de siglo; Jacqueline Winspear teje una historia de un valiente niño inspirado por el detective para hacer sus propias deducciones, y el artista gráfico Colin Cotterill retrata su lucha para completar su encargo en la hilarante “The Mysterious Case of the Unwritten Short Story”.

Los escritores reunidos son los siguientes: Alan Bradley, Tony Broadbent, Jan Burke, Lionel Chetwynd, Lee Child, Colin Cotterill, Neil Gaiman, Laura Lippman, Gayle Lynds & John Sheldon, Phillip & Jerry Margolin, Margaret Maron, Thomas Perry, S. J. Rozan, Dana Stabenow, Charles Todd y Jacqueline Winspear.

29
abr
11

The Further Adventures of Sherlock Holmes: The War of the Worlds

Autores: Manly Wade Wellman y Wade Wellman

Pie de imprenta: New York: Titan Books, 2009.

Colección: The Further Adventures of Sherlock Holmes; s/n.

Fecha de publicación original: 1975.

¿Qué hubiera pasado si Conan Doyle hubiera escrito una historia en la que se cruzaran los caminos de sus dos personajes más carismáticos? ¿Qué aventuras podrían haber corrido juntos dos primos (según Baring-Gould) con tan poderosos intelectos? Ah… todo ello queda en el ámbito de la mera especulación, por desgracia.

Pero lo que no hizo el maestro en su día, otros se atrevieron a hacerlo, tomando como escenario la Inglaterra bajo la invasión alienígena descrita en La guerra de los mundos, de H. G. Wells. Los autores fueron Wade Wellman y su padre Manly Wade Wellman. El resultado, editado por primera vez en 1975, Sherlock Holmes’s War of the Worlds. Como ocurre con tantos pastiches clásicos holmesianos, este libro en cuestión no es fácil de conseguir (al menos no a un precio asequible) pero, afortunadamente, la editorial Titan Books ha lanzado la colección “The Further Adventures of Sherlock Holmes”, con la que pretende reeditar obras clásicas y/o de cierta importancia con una edición atractiva y a un precio bastante ajustado. Así pues, el libro que acabo de leer y que procedo a comentar es la reciente edición de Titan, retitulado The Further Adventures of Sherlock Holmes: The War of the Worlds.

Tras una introducción, en la que ambos autores nos hablan del origen de su obra, el libro se divide en cinco partes. La primera de ellas,The Adventure of the Crystal Egg, se inspira en un relato que Wells publicó al tiempo que serializaba La guerra de los mundos, en el que un curioso huevo de cristal resulta ser una ventana que permite contemplar la vida en Marte. Aquí el huevo en cuestión va a parar a manos de Holmes, quien se lo llevará a su amigo el profesor Challenger.

Después tenemos los capítulos “Sherlock Holmes versus Mars” y “George E. Challenger versus Mars”, en los cuales seremos testigos de los diversos avatares por los que pasan ambos personajes durante los primeros días de la invasión. Curiosamente, tanto estos dos capítulos como el primero aparecen como fruto de la pluma de Edward Dunn Malone (el joven periodista del London Daily Gazette que apareciera en El mundo perdido), narrados en tercera persona.

Tras el tercer capítulo, a Holmes y Challenger se les une por fin el doctor Watson, que ya es el típico narrador en primera persona de las dos partes restantes de la historia: “The Adventure of the Martian Client” y “Venus, Mars and Baker Street”, en las que asistimos al final de la invasión (de sobra conocido por todos). Como colofón, el libro se cierra con una carta de Watson a H. G. Wells, en la que le recrimina ciertas inexactitudes de su narración de la guerra, así como el que no mencionase para nada el papel que tanto Holmes como Challenger jugaron en la misma.

Debo decir que el libro me ha producido sensaciones encontradas. Por un lado he disfrutado con una recreación extraordinaria de un Challenger tan egocéntrico y pagado de sí mismo como nunca. De hecho, creo que el libro bien podría haberse titulado Professor Challenger and the War of the Worlds, teniendo en cuenta la importancia que el bueno del profesor tiene en la historia. Frente a él, tenemos a un Holmes que apenas ejerce como tal y que parece encajar con calzador en la historia. Quizás un personaje como Holmes no sea el más adecuado para tomar parte en una historia de ciencia ficción, o quizá los Wellman no supieron sacarle todo el partido que podrían…

En lo anecdótico, destacar que los autores plantean en su obra una relación amorosa secreta entre Holmes y Mrs. Hudson (varios años más joven que el detective, por cierto), algo que cierto autor patrio plasmó en alguna de sus novelas dedicadas al personaje. Esa relación da pie a que el pobre Watson, que no se entera de nada (¿influencia de Nigel Bruce, tal vez?), quede en ridículo en un par de ocasiones para regocijo de un Challenger mucho más espabilado. En fin…

Finalmente, mientras me documentaba para escribir este artículo, he descubierto que existen unas cuantas historias más en las que Holmes y Challenger comparten protagonismo. Desgraciadamente, ninguna está en castellano (de momento), pero como referencia para quien desee leer alguna de sus aventuras, incluyo una lista de las que me han parecido más relevantes:

–          Sherlock Holmes and the Terror out of Time, de Ralph E. Vaughan

–          Footsteps in the Fog, de Kel Richards

–          Sherlock Holmes and the Seven Deadly Sins Murders, de Barry Day

–          En la antología Gaslight Grimoire encontramos los relatos “The Finishing Stroke”, de M. J. Elliot, y “Sherlock Holmes in the Lost World”, de Martin Powell.

–          En la antología The Improbable Adventures of Sherlock Holmes tenemos el relato “The Adventure of the Lost World”, de Dominic Green.

José Rafael Martínez Pina

28
abr
11

Un país completamente nuevo

En diciembre del presente año aparecerá en Inglaterra el libro An Entirely New Country – Arthur Conan Doyle, Undershaw and the Resurrection of Sherlock Holmes, escrito por Alistair Duncan. La descripción en Amazon reza así: el final de la década de 1890 ofreció el retorno a Inglaterra de Sir Arthur Conan Doyle, tras varios años en el extranjero. Su nueva casa, llamada Undershaw, representó un nuevo comienzo, pero también el principio de una dramática década que lo vio enamorarse, presentarse al Parlamento, combatir la injusticia y ser condecorado caballero. Sin embargo, para muchos de sus admiradores, el evento más importante de esa década fue la resurrección de Sherlock Holmes, el personaje que sentía que había arrojado una sombra sobre su vida.

Alistair Duncan es autor de tres libros sobre el mundo de Sherlock Holmes y Arthur Conan Doyle. Eliminate the Impossible es un estudio sobre Sherlock Holmes en la literature y el cine. Close to Holmes ofrece un recorrido sobre lugares de Londres que vinculan al Gran Detective y su creador. The Norwood Author examina la vida de Conan Doyle durante la corta estancia que vivió en South Norwood entre 1891 y 1894. Alistair Duncan es miembro dela Sherlock Holmes Society of London, de The Sydney Passengers y del Arthur Conan Doyle (Crowborough) Establishment.

27
abr
11

Sherlock Holmes en Nueva York

Título original: Sherlock Holmes in New York.

Dirección: Boris Sagal.

Productor: John Cutts para 20th Century Fox Television.

Productora ejecutiva: Nancy Malone.

Guión: Alvin Sapinsley.

Fotografía: Michael D. Margulies.

Música: Richard Rodney Bennett.

Montaje: Samuel E. Beetley.

Intérpretes: Roger Moore (Sherlock Holmes), John Huston (profesor Moriarty), Patrick Macnee (doctor Watson), Charlotte Rampling (Irene Adler), David Huddleston (inspector Lafferty), Signe Hasso (Fräulein Reichenbach), Gig Young (Mortimer McGrew), Leon Ames (Daniel Furman), John Abbott (Heller), Jackie Coogan (proprietario del Hotel Haymarket), Maria Grimm (Nicole Romaine), William ‘Billy’ Benedict (encargado de la oficina de telégrafos), Marjorie Bennett (Mrs. Martha Hudson), Paul Sorensen, John Steadman, Gil Perkins, Alvin Sapinsley, Geoffrey Moore…

Nacionalidad y año: Estados Unidos 1976.

Duración y datos técnicos: 100 min. color 1.33:1.

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Londres, 1901. Sherlock Holmes desbarata los planes del profesor Moriarty, pero éste le amenaza que acabará con él. Poco después, la llegada de unas entradas rotas para una representación teatral en Nueva York de Irene Adler pone sobre aviso al detective. Acompañado de su inseparable Watson, viaja a la ciudad norteamericana, y averigua que el hijo de Irene ha sido secuestrado por Moriarty, quien le amenaza con matar al niño si ayuda a la policía. Esa misma noche, la policía acude en su busca: un masivo robo de oro puede provocar una guerra mundial…

newyork Hoy día, para muchos este telefilm podría parecer un miscasting en muchos sentidos en la “carrera cinematográfica” (o televisiva) de Sherlock Holmes; sin embargo, en su época fue considerado como una producción significativa. De hecho, en un inicio, fue requerido para el papel de Moriarty se dice que “un gran actor británico”, y sólo después de que éste rechazase el papel fue ofrecido al director John Huston; por su parte, Roger Moore menciona en sus memorias que él invitó a Oliver Reed a encarnar a Moriarty, pero el intérprete de La maldición del hombre lobo (The Curse of the Werewolf, 1960), de Terence Fisher, declinó el ofrecimiento, declarando que prefería comedia a hacer villanos. No sabemos si Reed era el misterioso “gran actor británico”, o hubo alguien más para ese rol. Por otro lado, la película tuvo el honor de ser nominada al premio Edgar Allan Poe en la categoría de mejor telefilm o mini-serie -la premiada fue la mini-serie Helter Skelter (Helter Skelter, 1976), de Tom Gries, sobre el suceso del clan de Charles Manson-.

El guión corresponde a Alvin Sapinsley (1921-2002), activo escritor televisivo de muy variados registros, si bien en su amplia carrera se percibe una predilección por la intriga policial. En 1956 precisamente había sido premiado, ahí sí, con el premio Edgar Allan Poe por su guión del episodio “A Taste of Honey” para la serie The Elgin Hour (1954-1955). Amén de ello, escribió para series tan populares como Los intocables (The Untouchables; 1959-1963), Los detectives (The Detectives Starring Robert Taylor; 1959-1962), Ironside (Ironside; 1967-1975), Kojak (Kojak; 1973-1978) o Hawai 5-0 (Hawaii Five-O; 1968-1980). En el campo del telefilm fue escasamente activo, y en su haber sólo tiene, poco antes del presente, La luna del lobo (Moon of the Wolf, 1972), interesante trama licantrópica dirigida por Daniel Petrie, y después escribiría el thriller Roger & Harry: The Mitera Target (1977), de Jack Starrett, y las tres últimas aportaciones de su carrera, una adaptación de The Scarlet Letter (1979), en formato de mini-serie, dirigida por Rick Hauser, y los telefilmes Once Upon a Family (1980), de Richard Michaels, y Desperate Voyage (1980), de Michael O’Herlihy.

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Como director contamos con el curioso Boris Sagal (1917-1981), que alternó cine y televisión, y quien puede ser considerado un realizador televisivo superior a la media, o un cineasta de romos modales televisivos. En cine ofreció productos de escaso empaque, siendo los más conocidos el film bélico Mosquito Squadron [tv/dvd: Escuadrón mosquito, 1969] y, sobre todo, El último hombre… vivo (The Omega Man, 1971), floja pero recordada adaptación de la novela Soy leyenda de Richard Matheson protagonizada por Charlton Heston. En televisión fue un activo y sólido profesional en infinidad de series regulares, así como telefilmes y mini-series; en esta última parcela tiene títulos tan reconocidos como Hombre rico, hombre pobre (Rich Man, Rich Poor, 1976), Traficantes de dinero (Arthur Hailey’s the Moneychangers, 1976), Ike (Ike, 1979) o Masada (Masada, 1981). Falleció en un accidente de helicóptero mientras rodaba la curiosa intriga de política ficción La Tercera guerra mundial (World War III, 1982), también en formato de mini-serie, y fue reemplazado por David Greene.

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Y es que Sherlock Holmes en Nueva York (Sherlock Holmes in New York), telefilm dirigido en 1976, cuenta como protagonista con el actor británico Roger Moore, quien con anterioridad dio vida a héroes literarios como Ivanhoe, el Santo o James Bond (esta película está rodada entre dos entregas de la saga del agente 007), pero parece notoriamente inadecuado para dar vida al genio de Baker Street, esto es, un hombre huraño, inteligente y reflexivo. Como doctor Watson tenemos, curiosamente, a Patrick McNee, quien volvería a ser el atento galeno en las dos mini-series Sherlock Holmes y la prima donna (Sherlock Holmes and the Leading Lady, 1991), de Peter Sasdy, e Incidente en las cataratas Victoria (Incident at Victoria Falls, 1992), de Bill Corcoran, con Christopher Lee como Holmes, y después encarnaría a Sherlock en los telefilmes The Hound of London (1993), de Peter Reynolds-Long (con John Scott-Paget como Watson) y Sherlock Holmes: The Case of the Temporal Nexus (1996), de David L. Stanton, del cual apenas se tienen datos, y puede que ni llegara a rodarse. McNee, al menos, me parece mucho más adecuado para el cometido, así como la misteriosa Charlotte Rampling como Irene Adler, e incluso el mordaz director y actor John Huston con Moriarty.

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Tal como sucede en muchos de estos pastiches, la trama es bastante elemental y se halla exenta de las brillantes deducciones sherlockianas. De hecho, aquí Holmes se muestra de una notoria torpeza, tardando en reaccionar en determinadas ocasiones y siendo superado de forma constante por Moriarty (si bien éste también dará muestras de cierta ineptitud, regresando a su guarida ya conocida por la policía). Al principio del film el detective irrumpe en el cubil del criminal, y tras una larga charla… dará media vuelta y se irá tranquilamente, dejando libre al delincuente, y permitiendo que este prosiga con sus planes, entre los cuales se encuentra hacerle frente en otra ocasión. La trama, pues, es básica, como decíamos, si bien depara cierto entretenimiento menor para el aficionado al genio del 221B.

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El guión ofrece algunas alusiones que serán detectadas por los holmesianos de pro, así, la alusión inicial al coronel Sebastian Moran, lugarteniente de Moriarty, descrito por Sherlock como “el segundo hombre más peligroso de Londres”, y villano en “La aventura de la casa vacía”; además, la institutriz que cuida al hijo de Irene Adler se llama fräulein Reichenbach, en alusión a las famosas cataratas suizas en “La aventura del problema final”. De igual modo, hay una alusión a un encuentro entre Irene Adler y Sherlock Holmes en Montenegro (en Cettigne, concretamente) en junio de 1891, cuando el detective asumía la identidad de Sigerson; ese lugar es citado, por cierto, como el lugar de nacimiento de otro gran detective, Nero Wolfe, que muchos han querido ver como hijo secreto de Adler y Holmes, empezando por John D. Clarke, que en 1956 estableció esa teoría en un ejemplar del Baker Street Journal, y después incorporado por William S. Baring-Gould en su famosa “biografía” sobre Sherlock Holmes. Irene, en el telefilm, mencionará que las aficiones del niño son “la música y descubrir cosas”.

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Respecto a la figura de Sherlock Holmes, no cabe sino referir que la interpretación de Roger Moore es notablemente inadecuada; ni física ni emocionalmente refleja las condiciones necesarias para reflejar la idiosincrasia del genio de Baker Street. Sin embargo, Patrick Macnee se muestra extraordinario como el doctor Watson, otorgando el matiz preciso para el personaje, con su cabezonería, réplicas mordaces y valentía en ristre. Es curioso cómo el guión aporta matices que encajan muy bien con este personaje, mientras que este Holmes no es sino una pálida imitación, de modales equivocados, de la creación de Arthur Conan Doyle. Añadamos, para terminar, que el niño que encarna a Scott Adler es interpretado por Geoffrey Moore, hijo de Roger Moore.

Carlos Díaz Maroto




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