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17
May
11

Sherlock Holmes y las huellas del poeta

Autor: Rodolfo Martínez

Pie de imprenta: Barcelona: Bibliópolis, 2005.

Colección: Bibliópolis Fantástica; nº 28.

 

Julio de 1938. Empieza a vislumbrarse el final de la Guerra Civil española y William Hudson, espía al servicio del gobierno británico, se une a Sherlock Holmes, quien está haciéndose pasar por ayudante de un Lord inglés, en una búsqueda desesperada por encontrar las tres partes que componen el Necronomicon, y poder cerrar definitivamente un caso que quedó abierto hace mas de treinta años…

La esperada secuela de la excelente La sabiduría de los muertos por fin vio la luz. Mientras unos pensaban que Martínez iba a ser fiel al estilo de la primera entrega y que iba a continuar con una fidelidad casi obsesiva hacia Holmes y su universo, otros pregonaban que iba a seguir más la senda aventurera de Rafael Marín y su Elemental, querido Chaplin. Finalmente, parece que pudo más la segunda alternativa que la primera.

Una de las ventajas que tenía la predecesora de ésta es que, a pesar de la multitud de cameos y apariciones, de personajes tanto reales como ficticios, en mitad de la historia, estas parecían tener alguna función, más allá de la netamente decorativa. En aquella, Aleisteir Crowley o Arthur Conan Doyle tenían un peso, mayor o menor, y otras apariciones eran más de pasada o como mínimo no era necesario reconocerlos para seguir disfrutando de la novela. En este caso, Martínez se ha excedido, desde el punto de vista de un servidor, al hacer un popurrí casi mastodóntico de personajes reales, ficticios, del pulp, del cómic, del cine… Hasta que llega un punto que uno cree estar leyendo una novela a là Philip José Farmer, con todas las ventajas e inconvenientes que ello conlleva, que no un pastiche holmesiano al completo.

Así que –y si estás en esta página probablemente lo eres-, si esperas encontrar un pastiche riguroso, o encontrarte con el Holmes de toda la vida, es probable que te lleves una decepción. Esto es otra cosa, una especie de universo paralelo, donde el Detective, gracias a los poderes de la jalea real, se mantiene vigoroso a pesar de sus noventa y pico años de edad, donde se descubre que tuvo un romance realmente inimaginable con un personaje del canon, donde es un hombre de acción, con unos poderes mesmeristas que rozan lo sobrenatural, pero no un detective analítico, que vive en un planeta donde hoy puedes cruzarte con Superman, mañana con Doc Savage y al siguiente con Rick Blaine, de Casablanca.

Y es que el juego de las referencias es divertido cuando uno las pilla, y si no lo hace, por lo menos espera que no le torpedeen una narración que en este caso es de aventuras ligeras, muy cercanas a las películas de Indiana Jones, pero sin apenas trascendencia, si bien en este caso, y con demasiada frecuencia, al autor se le va de las manos, dejando que la historia de los personajes, cada uno de un universo diferente, interfiera demasiado en la narración principal. Es un puzzle, a veces divertido, otras irritante, donde la historia a veces parece que esté ahí para dar paso a la galería de intérpretes de la función, y no al revés, como sí hizo y con brillantez en su anterior novela sherlockiana.

Dividiéndolo por partes, la primera da la sensación de estar algo hinchada, pero es distraída, la segunda, para mi sorpresa (y “asumiendo” lo que leo, más cercano a un cómic de la Golden Age que no a un pastiche holmesiano), tiene un ritmo bastante más ágil y alguna escena memorable (como la aparición de H. P. Lovecraft), la tercera, el en teoría desenlace de la trama, no resulta demasiado brillante al estar repleta de situaciones manidas y deus ex machina recurrentes al espectáculo hollywoodiense, donde se revela la sorpresa de la identidad del villano, y donde el personaje que “salva el día” le va a dar un retortijón en el estómago a más de uno. Y la cuarta… quizá la más complicada de tragar para el seguidor del personaje, donde se le presenta un retiro muy diferente al que casi todos tenemos en la cabeza, y donde el epílogo es largo hasta la saciedad.

 Javier J. Valencia (Barcelona, España)

13
May
11

Ha muerto Jeremy Paul

El guionista Jeremy Paul ha fallecido el pasado 3 de mayo a la edad de 71 años, víctima de un cáncer de páncreas. Es especialmente conocido por su labor en las diversas series sobre Sherlock Holmes de Granada TV, con Jeremy Brett como protagonista, para la cual escribió nueve guiones, de los cuales “El ritual de los Musgrave” le reportó un premio Edgar y “El problema del Puente de Thor” una nominación.

Aparte de ello, dentro del universo sherlockiano también escribió una obra teatral titulada “The Secret of Sherlock Holmes” (1988), dirigida por Patrick Garland y protagonizada por Jeremy Brett nuevamente y Edward Hardwicke como Watson, compañero suyo también en algunas de las series de Granada. La obra tuvo más de cien representaciones en el West End, y el año pasado, de julio a septiembre, volvió a presentarse con Peter Egan y Robert Daws de protagonistas. Y en televisión, dentro de la mini-serie The Edwardians, escribió el episodio titulado “Conan Doyle” (1972), de John Howard Davies, con Nigel Davenport encarnando al escritor.

Fuera del ámbito holmesiano, escribió para otras series británicas como Journey to the Unknown, Out of the Unknown, La princesita, Arriba y abajo, Thomas y Sarah, Tales of the Unexpected y Sorrell e hijo, entre otras muchas. En cine escribió el guion de Countess Dracula [tv/vd/dvd: La condesa Drácula, 1971], de Peter Sasdy, parala Hammer.

13
May
11

Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos

Autor: Rodolfo Martínez

Editorial: Barcelona: Bibliópolis, 2004.

Colección: Bibliópolis Fantástica; nº 13.

 

1903. La aparición en Londres de un explorador llamado Sigurd Sigerson (el apodo con el cual Sherlock Holmes recorrió medio mundo durante los tres años en los que fue dado por muerto) pone al detective en alerta de un caso de suplantación de personalidad. A medida que avanza la investigación, Holmes y Watson se ven envueltos en una extraña trama con tintes sobrenaturales, en pos del Necronomicon, El Libro de los Nombres Muertos

A día de hoy, pocos escritores de literatura fantástica española tienen el prestigio y el renombre del asturiano Rodolfo Martínez, ganador de varios premios Ignotus y de un reciente Minotauro por Los sicarios del cielo. Además de todo ello, a juzgar por este libro, es un sherlockiano de pro, verdadero conocedor de los habitantes del universo de Conan Doyle y un hábil pastichero, viendo la facilidad con la que personajes de otros universos (reales o ficticios) entran y salen de esta historia, que a la vez de sobrenatural, algo que jamás encontraríamos salvo muy de pasada en un relato de Arthur Conan Doyle, es fiel a las andanzas del dúo protagonista, tanto a nivel gráfico como literario.

La novela empieza con un breve relato que explica cómo el autor consiguió el manuscrito del doctor Watson donde se relata la historia. Después se nos indica que el inseparable amigo del Maestro lo escribió en 1931, ya muy anciano, lo que da como un permiso “lógico” al hecho de que nuestro narrador en ocasiones utilice un estilo un poco –no mucho- diferente al que nos tiene acostumbrado. A partir de ahí, juega con una cierta ambigüedad en la historia: el que considere que es una narración imposible de acoplar al universo holmesiano tiene la excusa perfecta en la senilidad de Watson. El que por el contrario crea en ella, la puede asimilar sin problemas.

Aparte de esto, el verdadero regalo para los seguidores del personaje es la resolución de tres de las incógnitas que más quebraderos de cabeza han dado a lo largo de la historia del detective: La desaparición de James Phillimore, que fue a buscar un paraguas y jamás volvió a ser visto, la locura repentina del periodista y duelista Isadora Persano, que enloqueció tras encontrar un gusano desconocido para la ciencia en el interior de una caja de cerillas, y la desaparición del buque Alicia, los tres mencionados en “El Problema del Puente de Thor”. Los tres casos están enlazados con brillantez, además de aprovechar la ocasión para añadir varias referencias literarias a otras autores aparte de Doyle o Lovecraft. Es ese último escritor quién comparte la “co-propiedad” del pastiche, encontrando algunas de las criaturas de su universo pululando por las páginas de la historia, de las cuales Holmes parece saber algo más de lo que nunca ha contado…

La sabiduría de los muertos ganó en 1996 el Premio Asturias de Novela en una versión aún más reducida. Para completar un poco el volumen se añaden dos historias más: “Desde la tierra más allá del bosque”, donde esta vez la pareja de Baker Street deberá ayudar al profesor Van Helsing en la búsqueda del Conde Drácula, y “La aventura del asesino fingido”, relato al estilo Conan Doyle sobre un caso que deben investigar Watson y Lestrade debido al retiro del Maestro a Sussex… La primera es muy interesante y muy lograda, si bien por desgracia su brevedad deja con ganas de más, puesto que habría dado para una novela por sí sola, y esa es un poco la impresión que deja. El regusto de la segunda, con un cierto aire de melancolía en sus páginas debido a la desaparición de Holmes de Londres, resulta una muy agradable lectura.

En definitiva, un libro excelente, que demuestra que no todos los grandes escritores de pastiches holmesianos tienen por qué tener apellido anglosajón…

 Javier J. Valencia (Barcelona, España)

11
May
11

Entrevista con Rodolfo Martínez

Rodolfo Martínez ha ofrecido al aficionado cuatro libros (con seis aventuras) centrados en la figura de Sherlock Holmes y su universo (y algunos otros universos). Bueno motivo, pues, para establecer una interesante charla con él y que nos cuente cómo se fraguó todo.

221B: Aparte de Sherlock Holmes, como escritor has cubierto otras temáticas…

Rodolfo Martínez: He cubierto unos cuantos géneros, sí, aunque siempre con una clara orientación al fantástico. He hecho ciencia ficción, fantasía oscura, thriller, novela de misterio, novela de espías, incluso western.

            Soy un apasionado de la literatura de género, qué le vamos a hacer, y tengo una tendencia inevitable a mezclar todos los géneros que me gustan, en un cóctel que a priori parece resultar imposible pero que a mí, como autor, me funciona. Y espero que a los lectores también, claro.

El autor, escuchando paciente las preguntas

221B: ¿Existe algún otro género o temática que aún no hayas tocado, y que te apetecería hacerlo?

RM: Seguramente, cientos de ellos. Mi problema… bueno, no es realmente un problema, supongo, o no lo ha sido hasta ahora. El caso es que tiendo a improvisar sobre la marcha, a dejarme llevar y nunca sé realmente qué va a aparecer en el horizonte.

21B: Como gran amante de la obra sherlockiana, ¿cuál es tu obra favorita dentro del canon?

RM: Difícil me lo pones. Me gusta mucho la segunda mitad de El valle del terror que es, precisamente, la parte no holmesiana de la novela. Más que cuentos concretos, me gustan momentos del personaje. Chandler decía algo así como que Holmes es “una actitud y media docena de líneas de diálogo brillantes” y algo de eso hay.

            Así que me venga ahora mismo a la memoria me encanta el momento en que Sherlock y Mycroft, ante un asombrado Watson, se ponen a deducir cosas sobre un tipo que pasa frente a ellos. Creo que es en “El tratado naval”. Pero si me preguntas dentro de cinco minutos es muy posible que sea otra la escena que me venga a la cabeza.

221B: ¿Y con respecto a los pastiches escritos por otros autores?

RM: Me gusta mucho la primera novela de Nicholas Meyer, Elemental, doctor Freud, y también Adiós, Sherlock Holmes de Robert Lee Hall, que creo que fue el primer pastiche holmesiano que leí. Me encantó el modo en que Hall usaba elementos del canon para llevar al personaje por lugares totalmente inesperados.

            Confieso que los pastiches de Adrian Conan Doyle me resultan bastante aburridos. Intentan seguir demasiado de cerca el modelo original, con el resultado de que… bueno, ya tienes los originales, ¿para qué leer una copia que se limita a repetir lo mismo?

            Los pastiches que me gustan tienden a ser aquellos que, siendo siempre coherentes con el canon, intentan llevar al personaje por caminos nuevos.

221B: ¿Qué es lo que más te seduce del personaje de Conan Doyle?

RM: Dicho en una palabra: que es insufrible. Holmes es un compendio de arrogancia, vanidad y con un carácter que a menudo es como un niño malcriado que no soporta no salirse con la suya. Eso, unido a ese intelecto analítico, implacable y a pequeños destellos de, podríamos llamarlos empatía con los demás, compasión, tal vez… bueno, la mezcla funciona. No sé muy bien por qué, pero funciona.

 

221B: La sabiduría de los muertos llevaba mucho tiempo escrita. De hecho, recuerdo que me pasaste una versión muy primitiva, que después revisaste y ampliaste…

RM: Creo que las escribí allá por 1993 y es posible que fuese por esa época cuando la viste. La presenté al Premio Asturias de Novela dos años más tarde, gané, y la publicaron en el 96. Cuando Luis G. Prado me comentó la posibilidad de reeditarla en Bibliópolis, en 2004, volví sobre ella, repasé algunas cosas, intenté mejorar sobre todo la ambientación y la caracterización de los personajes.

221B: ¿Cómo se te ocurrió el mezclar a un personaje tan lógico como es Sherlock Holmes con algo tan irreal como los mitos de Cthulhu?

RM: Ni idea. En serio, la mayoría de las veces no sé cómo funciona mi mente, qué se está cociendo exactamente en ella. Recuerdo que cuando me senté a escribirla no tenía gran idea del argumento, más allá de que me apetecía jugar con el personaje y, de paso, resolver los tres casos que Watson menciona en “El problema del puente de Thor”. La historia fue surgiendo casi por sí misma y, de algún modo, todo iba encajando. Desde el momento en que decidí que la clave del misterio estaba en un libro, ir al Necronomicón fue inevitable. Y, a partir de ahí…

            No tardé en comprender que la idea tenía muchas posibilidades. Holmes es un racionalista extremo y, precisamente por eso, no negará los elementos fantásticos, sino que intentará explicarlos, buscar un modo racional de que encajen en el mundo. Eso se va viendo más claro en las siguientes novelas que escribí. Podríamos decir que la serie empieza siendo fantasía y que, a medida Holmes va lanzando su mirada implacable y racional sobre lo que pasa, se va transformando en ciencia ficción.

221B: Dado que se trata de una novela corta, cuando apareció publicada como libro lo acompañaste de dos relatos, uno de ellos, “Desde la tierra más allá del bosque”, donde nuestro personaje conoce a Drácula. ¿No hubiera merecido un tema así más bien una novela completa?

RM: Sin duda. Y ésa era mi idea de partida. Pero, de algún modo, la historia perdió fuelle a mitad de camino y nunca llegué a rematarla como se merecía. Esas cosas pasan, a veces.

221B: El libro alcanzó un enorme éxito, y sacaste una secuela, Sherlock Holmes y las huellas del poeta. Esa secuela, ¿vino motivada por el éxito, o desde el inicio tenías pensado proseguir con las aventuras del detective?

RM: Cuando terminé La sabiduría de los muertos decidí que había terminado mi relación con el personaje, que simplemente había contado todo lo que quería sobre él. Y así siguió durante casi diez años. Fue ponerme a revisar la novela para la edición de Bibliópolis, antes de saber si iba a tener éxito o no, lo que hizo que desease escribir más historias holmesianas. Y, en aquel momento, sólo tenía eso, el impulso de volver sobre el personaje, pero nada más.

221B: En este libro haces llegar a Holmes a plena guerra civil española…

RM: Sí, ahí está lo que te decía sobre el cúmulo de coincidencias. Por aquella época estaba leyendo una biografía de Franco (y otras cosas, estaba bastante interesado en general por la Guerra Civil y la posterior dictadura, así que sin saberlo me estaba documentando para una novela que no tenía ni idea de que iba a escribir en breve) y allí me encontré con una mención a un tal Lord Phillimore, que estuvo en la corte franquista como enviado oficioso de los ingleses.

            Relacionar a lord Phillimore con el James Phillimore que entra a buscar su paraguas y se desvanece sin dejar rastro que sale en La sabiduría de los muertos fue casi inmediato. Empecé a pensar. ¿Un descendiente del personaje literario? Podría ser. ¿Holmes en la guerra civil? Según Baring-Gould, era factible. ¿Y por qué? Y, de nuevo, el Necronomicon apareció en medio. Pero, ¿para qué quería Franco el Necronomicón? Respondiendo a esas preguntas fui armando la novela, casi sobre la marcha.

221B: En la novela también haces aparecer otra de tus pasiones, Supermán, lo cual despertó polémica entre algunos lectores. ¿Qué opinas de esa polémica? Visto en perspectiva, ¿crees que estaba bien introducido, o por el contrario no casaba con la tónica atmosférica del relato?

RM: Comprendo la polémica, y entiendo que choque. Sabía que mi segunda novela holmesiana no iba a ser del agrado de los aficionados más… cómo decirlo… más puristas, tal vez. Ya desde el momento en que tenía la osadía de situarlo en un marco temporal y geográfico distinto y con una historia en la que elemento fantástico era mucho más explícito que en la anterior, sabía que eso iba a pasar.

            Mi primera idea era que el personaje de Kent hiciera un breve cameo y se desvaneciera de escena, como otros personajes que aparecen en la novela.

Pero luego comprendí que no, que funcionaba, que tenía cabida en la trama que estaba creando y que, incluso, podía explicar su origen de un modo que encajase en la historia y viniera a cuento.

            Como digo, comprendo que choque. Y acepto que la reacción pueda ser de rechazo por ser una mezcla demasiado extrema. Contaba con ello y estaba preparado.

            Lo que no me esperaba era la… bueno, llamémosla por su nombre, la ignorancia de cierto sector de la crítica que echó abajo la aparición del super hombre por no encajar en esa época. Eso demuestra no tener la menor idea de lo que estás hablando. Superman aparece por primera vez en el número uno de Action Comics, en junio de 1938. No sólo pertenece por completo al momento en que se desarrolla Las huellas del poeta, sino que, en realidad, pertenece mucho más que Sherlock Holmes.

            No me gusta fustigar a los críticos. Creo que hacen un trabajo importante. Pero, bueno, ya que a mí se me exige que haga bien mi trabajo y se me da caña cuando no es así, creo que a ellos habría que exigirles lo mismo. Por lo menos, que sepan de qué están hablando cuando lo hacen. Creo que eso es lo mínimo.

El mítico nº 1 de "Action Comics"

221B: En ese lapso, surgió otra secuela a tu primera novela sherlockiana, esa escrita por Rafael Marín, Elemental, querido Chaplin. ¿Cómo surgió ese libro? ¿Lo hablaste con Rafa, y era algo planeado entre ambos? ¿O te sorprendió de pronto con un “mira lo que he hecho”?

RM: Por lo que recuerdo, era una idea que Rafa tenía desde hacía bastante tiempo. Me la comentó por primera vez en los años noventa, tras leer la primera versión de La sabiduría de los muertos. Me dijo entonces que sería una buena idea mezclar a Holmes con Chaplin, quien por edad podría haber sido un Irregular de Baker Street. Varios años más tarde, supe que por fin se había puesto a ello. Y el resultado, debo decir, fue excelente.

            De hecho, mientras la estaba revisando, me la pasó, con la consecuencia de que decidí hacer que las dos novelas, dentro de lo posible, fueran coherentes entre sí. De ahí esos comentarios en mi novela al encuentro de Wiggins en el fumadero de opio con el malvado chino, una secuencia que se narra en detalle en la novela de Rafa.

221B: Sherlock Holmes y la boca del infierno se adelantó a la anunciada Sherlock Holmes y el heredero de Nadie. ¿Por qué motivo decidiste intercalar esta historia?

RM: La casualidad, de nuevo. Tenía escrito más o menos lo que ahora es la primera parte de El heredero de Nadie, toda la trama que gira alrededor del asesinato de Kennedy.

            Por aquel entonces me invitaron a Portugal. Acababa de salir la edición portuguesa de La sabiduría de los muertos y la presenté en un congreso de ciencia ficción en Lisboa. Mi editor portugués fue tan amable de servirme de cicerone (a mí, a León Arsenal, a Juan Miguel Aguilera y a Christopher Priest) por los alrededores de Lisboa. Y uno de los lugares a los que nos llevó fue Boca do Inferno, donde Crowley había fingido su suicidio con ayuda de Pessoa a principios de los años treinta.

            El lugar impresionaba. Mucho. Y Crowley ya había aparecido brevemente en La sabiduría de los muertos. Algo hizo “click” en mi cabeza. Y una vocecita dentro de mí dijo: “¿Y si…?”.

            Empecé a pensar y no tardé en dar con una historia donde Holmes encajaba. Tenía que escribirla, simplemente, era algo que no podía evitar.

Christopher Priest y Rodolfo Martínez

221B: En ella presentas a otro personaje enigmático, pero real, Alastair Crowley…

RM: Como te digo, lo usé porque el elemento real que utilicé de partida lo incluía. Preferiría no haberlo hecho. Cuanto más sabía sobre él, mientras me iba documentando para la novela, peor me caía. Cuanto más descubría sobre lo que había hecho, cómo había vivido, no podía quitarme de la cabeza la idea de que no era más que un teatrero pagado de sí mismo, un tipo inflado de vanidad, lleno de ínfulas y, básicamente, un timador.

            Le tomé antipatía desde el principio y creo que eso se nota en la novela.

La auténtica Boca do Inferno

221B: Quizás este haya sido el libro de la saga que peor ha sido recibido, por los intencionados cabos sueltos que dejaste para después ligarlos todos al final de la tetralogía…

RM: Cierto. Era consciente de ello. Estaba contando una historia que, en cierto modo, funcionaba sólo dentro de un todo mayor. Por un lado, estaba mostrando los bastidores, los entresijos, lo que había pasado en otras partes del mundo un poco antes, durante y algo después de Las huellas del poeta y, al mismo tiempo, iba anticipando la siguiente.

Sabía que para muchos eso sería insatisfactorio. Curiosamente, sin embargo, encontré lectores para los que era la mejor novela de la serie.

Placa en la Boca do Inferno que describe la presencia de Crowley en el lugar

221B: Y por fin, tras mucha espera de los seguidores, apareció Sherlock Holmes y el heredero de Nadie. A esas alturas, ¿estabas ya cansado del personaje?

RM: No sé si cansado es la palabra exacta. Pero sí con la sensación de que ya había contado todo cuanto quería decir de él. Había tratado su madurez en la primera novela, su vejez en la segunda y la tercera y ahora me disponía a narrar su juventud en la cuarta.

Suficiente, creo yo. Me había aproximado al personaje en tres momentos distintos de su vida y había intentado dar mi versión de él, siempre desde el respeto a Conan Doyle, pero siempre intentando buscarle nuevas facetas, nuevos aspectos de su mundo y su personalidad.

            Creí, y lo sigo creyendo, que era suficiente.

221B: En este caso, las referencias y fusión de elementos ya es apabullante…

RM: Es lógico, si lo piensas un poco. El cosmos de ficción que he ido recreando en estas cuatro novelas va creciendo y volviéndose más complejo con cada una. Parto de una situación muy cercana al canon holmesiano en la que introduzco un solo elemento discordante: el elemento fantástico al final de la primera novela. Y luego, poco a poco, voy a añadiendo más elementos. Acumulando vapor, por así decir.

            Cuando llega la última novela, todo ese vapor está listo para… bueno, para que la cosa entre en ebullición, por seguir con la metáfora. Y lo hace.

            Todo esto que acabo de describir y que parece un proceso muy meditado por mi parte ha sido, en buena medida… iba a decir que improvisado, pero supongo que eso no es cierto. De algún modo toda esa idea de tomar buena parte de los iconos culturales de mi infancia, ir metiéndolos en una coctelera y agitarlos a ver qué pasaba, tuvo que estar cociéndose un buen tiempo en mi subconsciente, en el sótano mental que todos llevamos dentro, digamos. Y de algún modo, Holmes acabó haciendo de foco alrededor del que todo eso se fue aglutinando y tomando forma.

221B: También te has dado aquí el gustazo de escribir un western. ¿Te gusta este género en particular?

RM: Ya lo creo. Desde niño, desde que vi mis primeras “vaqueradas” en el cine del pueblo o empecé a leer aquellas novelas de Marcial Lafuente Estefanía que había en casa de mi abuela y luego los libros de Zane Grey que me pasó mi padre.

            La épica del western me fascina. Y además me fascina por igual la épica clásica, noble, podríamos decir, que la más sucia y realista. Disfruto por igual con un Río Bravo que con un La muerte tenía un precio. O un Deadwood, por mencionar un ejemplo más reciente.

            Sabía que tarde o temprano escribiría un western. Era cuestión de tiempo. Lo que ignoraba era que acabaría siendo un western con Sherlock Holmes.

221B: Y con El heredero de Nadie finaliza tu saga dedicada a Sherlock Holmes. ¿No vas a volver al personaje? ¿Te has quedado con ganas de alguna otra historia que tuvieras en mente sobre él?

RM: Nada concreto. Me gustaría, en algún momento, a medio o largo plazo, volver al canon. Volver a la fórmula del relato largo narrado por Watson a la luz de gas del siglo XIX. Hacer un libro de cuentos holmesianos, en suma.

            Pero no sé si lo haré. La idea está ahí, me apetece… pero ya veremos qué pasa.

El adepto de la reina

221B: Y ahora acabas de sacar otro libro…

RM: Exacto. Se llama El adepto de la Reina y en él, una vez más, estoy mezclando distintos géneros. La novela de espías a lo Bond, por un lado. De hecho, mi personaje central intenta ser una versión “realista” de 007; para entenderos, es un poco el tipo de psicópata que sería realmente Bond si alguien así existiera. El reto ha sido hacer un personaje sin escrúpulos, carente por completo de remordimiento por las cosas que hace y que, al mismo tiempo, no le cayera mal al lector. Ha sido como patinar al borde de un abismo: interesante, estimulante y un tanto estresante a la vez.

            Y, al mismo tiempo, el ambiente en el que se desarrolla la historia es un mundo totalmente nuevo. Una amalgama de épocas y lugares distintos que me han ido gustando con el correr de los años y que he integrado en un solo universo de ficción.

            Un universo que, por otro lado, me gusta mucho. Tanto el personaje como su entorno fueron creciendo y ganando complejidad a medida que escribía. Así que no os sorprendáis si El adepto de la Reina acaba teniendo una continuación. O varias.

Bond, James Bond

221B: Por último, si deseas añadir algo más por tu parte…

RM: Sólo que ha sido un placer conversar un rato contigo. Y darte las gracias por permitirme rememorar alguna de estas “batallitas” de escritor. Y, por supuesto, que espero que los lectores no se hayan aburrido demasiado y hayan seguido hasta el final. Y ya, si de paso, alguno se ha encontrado de pronto con ganas de leer algún libro mío, pues que no se corte.

            Que para eso estamos.

 Carlos Díaz Maroto

09
May
11

Estudio en rojo

Título original: A Study in Scarlet

Dirección: Edwin L. Marin.

Productores: Samuel Bischoff, Burt Kelly, William Saal para K.B.S. Productions Inc.

Guión: Robert Florey, con continuidad y diálogos de Reginald Owen, sugerido por el libro A Study in Scarlet de A. Conan Doyle.

Fotografía: Arthur Edeson.

Montaje: Rose Loewinger.

Intérpretes: Reginald Owen (Sherlock Holmes), Anna May Wong (Mrs. Pyke), June Clyde (Eileen Forrester), Alan Dinehart (Merrydew), John Warburton (John Stanford), Alan Mowbray (Lestrade), Warburton Gamble (Dr. Watson), J. M. Kerrigan (Jabez Wilson), Doris Lloyd (Mrs. Murphy), Billy Bevan (Will Swallow), Leila Bennett (Daffy Dolly), Wyndham Standing (capitán Pyke), Halliwell Hobbes (Dearing), Tetsu Komai (Ah Yet), Tempe Pigott (Mrs. Hudson).

Nacionalidad y año: Estados Unidos 1933.

Duración y datos técnicos: 72 min. B/N 1.37:1.

Un hombre muere en extrañas circunstancias, y su viuda queda por completo desamparada en el plano económico, por lo cual acude a Sherlock Holmes para que descubra quién es el responsable de dejarla sin el dinero que cree le pertenece. Pronto, el detective andará tras la pista de una sociedad secreta, el Círculo Escarlata, cuyos miembros son asesinados poco a poco mientras el criminal deja sobre los cuerpos un papel con una estrofa de un poema sobre “Diez negritos”.

En 1933 el británico Reginald Owen encarnó por única vez al detective de Baker Street en esta película, tras haber sido Watson (papel para el cual estaba más físicamente adecuado) en Una aventura de Sherlock Holmes (Sherlock Holmes, 1932), dirigida por William K. Howard, y con Clive Brook como Holmes. Debió cogerle el gustillo al mundo de Conan Doyle con la citada, pues al año siguiente se embarca en esta cinta en la cual inclusive se encomienda a colaborar en el guión, que se acredita como “inspirado” en la famosa novela, si bien los productores sólo pagaron por los derechos del título, no por el argumento en sí. Este era el inicio de un intento de crear una serie de películas sobre el personaje, pero el proyecto no abarcó más entregas que la presente.

El guión, pues, tiene diálogos y continuidad por parte de Brook, con redacción del interesante Robert Florey, ocasional guionista pero sobre todo director, faceta en la cual destaca su espléndida (y libérrima) Doble crimen en la calle Morgue (Murders in the Rue Morgue, 1932), malsana y atmosférica recreación del cuento de Edgar Allan Poe donde aparece el detective precursor de Holmes, Auguste Dupin, y aportación al mítico ciclo de terrores de la Universal en la época. La historia, como dijimos, no tiene nada que ver con lo relatado por Doyle, siendo una creación totalmente original de Robert Florey, en la que una serie de personajes van siendo asesinados mientras en sus cuerpos se dejan notas que contienen una estrofa de una rima infantil sobre “diez negritos” (en algunas fuentes se refiere que lo descrito en el poema es sobre “ten little fat boys”, mientras que en la copia que he visto se lee perfectamente “ten little black boys”). La rima original se conoce hoy día centrada en “diez soldaditos” o “diez ositos”, por corrección política, pero con anterioridad se refería a diez negritos o a diez inditos, un antiguo poema tradicional que se publicó por primera en 1868 por Septimus Winner como “Ten little Injuns”; posiblemente en 1869 Frank J. Green lo adaptó como “Ten Little Indians”, y se hizo muy popular en toda Europa.

Este elemento recordará al lector a una novela de Agatha Christie, Diez negritos. En efecto, la escritora inglesa escribió la novela que apareció por vez primera en el Reino Unido como Ten Little Niggers el 6 de noviembre de 1939 por Collins Crime Club, y después en Estados Unidos en enero de 1940 como And Then There Were None. En la versión inglesa se hablaba de diez negritos, y la acción tenía lugar en Nigger Island, mientras que en la versión norteamericana se traslada la acción a Soldier Island. En todo caso, el elemento de la rima, como hemos visto, ya estaba presente en esta película, así como un fundamental hecho al final que no podemos desvelar, pero que también es idéntico en la novela de Agatha Christie. Al respecto, Florey declaró: “Dudo que Agatha Christie viese A Study in Scarlett, pero supondría un cumplido si le hubiese servido de inspiración”. Muy diplomáticas palabras.

Anecdóticamente refiramos algunos detalles más. Así, el año anterior a la presente, la MGM estrenaba la espléndida película La máscara de Fu Manchú (The Mask of Fu Manchu, 1932), dirigida por Charles Brabin y Charles Vidor, basándose en la saga literaria de Sax Rohmer sobre el malvado oriental (trasunto obvio del Moriarty de Doyle), a quien se enfrentan el detective de Scotland Yard Nayland Smith y su ayudante y narrador de las historias, el doctor Petrie (nuevos y obvios trasuntos de Sherlock Holmes y el doctor Watson). En esa película, los guionistas, Irene Kuhn, Edgar Allan Woolf y John Willard, decidieron prescindir del doctor Petrie, posiblemente asumiendo que era un mero recurso literario con el fin de narrar las incidencias y para que Smith fuese explicando algo al personaje y, por ende, al lector. Aquí no se podía hacer lo mismo, dada la enorme celebridad de Watson, pero el personaje es muy dado de lado, tanto por los personajes como por la propia narración, de ahí que en los créditos aparezca tan avanzado, por debajo incluso de Lestrade (en los créditos Lestrede). Añadamos también que la acción se ambienta en Londres, pero en la actualidad al rodaje del film, recurso que después asumiría el célebre ciclo sobre Holmes realizado por la Universal con Basil Rathbone como protagonista.

La película comienza con el descubrimiento de un cadáver en un tren, y después nos trasladamos a Baker Street. La cámara nos muestra el número 221A de la calle, y después varía el plano a un contrapicado para mostrarnos la ventana del piso superior. Ahí están Holmes y Watson, encarnados respectivamente por Reginald Owen y Warburton Gamble. Watson, como ya he referido, ofrece una participación escasa, y el personaje por ende resulta gris y desdibujado, apenas una comparsa sin personalidad ni desarrollo. Holmes, por su parte, aparece con unas facciones algo gruesas y con poco carisma visual, si bien Owen realiza una buena interpretación y en algunos gestos y poses recuerda enormemente a Basil Rathbone.

Pese a los referidos detalles argumentales, de gran interés, la trama sin embargo resulta floja, y en pocas ocasiones vemos a Holmes hacer uso de su característica capacidad deductiva, yendo el desenvolvimiento de la historia más conducida por los guionistas en sí que por la labor del detective, si bien este sí exhibe su capacidad para el disfraz hacia la mitad del metraje, en una escena simpática y plena de carisma. Exhibe el film, además, un exceso de verborrea, y resulta estática y teatral. El director, Edwin L. Marin, ofrecía aquí su segunda película, y después se convertiría en un activo realizador, en especial de sólidas muestras de westerns de serie B, si bien aquí se le percibe aún inmaduro y brinda una realización algo agarrotada, muy característica, por otra parte, de inicios del sonoro, si bien muestra algunos planos interesantes en lo que se refiere al punto de vista, como por ejemplo al inicio, cuando se descubre el cadáver en el tren, utilizando muy bien la profundidad de campo y la perspectiva. Amén de ello, refiramos que recrea con habilidad los moldes del cine británico de la época, pudiendo pasar la presente como una película inglesa sin problema, ayudado, eso sí, por la nacionalidad de muchos de los actores empleados (Reginald Owen, por cierto, sería después bastante recurrente en la filmografía de Marin) o su ductilidad.

En suma, se trata de una obra muy interesante por cuestiones históricas y anecdóticas, pero que por sí misma no resulta sino un film policial algo envarado y poco significativo si no fuese por lo citado. No nos extraña, pues, que el intento de iniciar un ciclo se quedase en la presente muestra.

Carlos Díaz Maroto

Una escena <a href=”http://www.youtube.com/user/hermesclassics> aquí </a>.

06
May
11

El regreso de Sherlock Holmes / El retorno de Sherlock Holmes

Títulos originales: Sherlock Holmes Returns / 1994 Baker Street: Sherlock Holmes Returns.

Dirección: Kenneth Johnson.

Productores ejecutivos: Daniel Grodnik, Kenneth Johnson, Jon Slan para Kenneth Johnson Productions, Paragon Entertainment.

Guión: Kenneth Johnson, según el personaje de Arthur Conan Doyle.

Fotografía: Ken Orieux.

Música: James Di Pasquale.   

Intérpretes: Anthony Higgins (Sherlock Holmes), Debrah Farentino (dra. Amy Winslow), Mark Adair-Rios (Zapper), Ken Pogue (James Moriarty Booth), Eli Gabay (teniente Ortega), Jerry Wasserman (teniente Civita), Kerry Sandomirsky (Mrs. Ortega), John Wardlow (anciano Moriarty), Devon Sawa (joven Booth), Daniel Chambers (Mr. Hudson), Tish Heaven (joven Mrs. Hudson), Norman Armour (padre Moriarty)…

Nacionalidad y año: Estados Unidos 1993.

Duración y datos técnicos: 96 min. color 1.33:1.

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La doctora Winslow acude a una casa de campo a visitar a una amiga, la señora Hudson, cuando un leve temblor de tierra les hace descubrir una cámara secreta en el sótano, en el cual hay un extraño recipiente de metal que contiene a un hombre congelado, quien al despertar confesará ser Sherlock Holmes.

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Kenneth Johnson es famoso, ante todo, por ser creador de V, la famosa mini-serie sobre los lagartos extraterrestres, de la cual él mismo haría una secuela también a modo de mini-serie y que luego, ya sin él, dispondría de una serie regular de una sola temporada. También es continuador de una sucesión de franquicias, como Alien nación, de la cual realizó una serie a partir de un largometraje cinematográfico ajeno, y dirigió para la pantalla grande Cortocircuito II, secuela del previo éxito comercial de John Badham. De igual modo, fue el encargado de llevar a la televisión al famoso personaje de los comics Marvel El increíble Hulk. Un individuo sorprendente, ciertamente. Aquí dirige un telefilm, con todo el aspecto de ser el intento de suponer el piloto para una serie televisiva que, obviamente, no tuvo lugar, centrado en el afamado Sherlock Holmes, pero ambientado en la época actual.

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Para traer a nuestros tiempos a la creación de Conan Doyle (a quien en los diálogos mencionará Holmes erróneamente como un escritor irlandés, cuando era escocés, que ficcionó sus casos reales), Johnson se sirve de un elemento de ciencia ficción, no ya en la actualidad, sino en el propio 1899, época en la cual Holmes, encubierto bajo el nombre de capitán Basil (un homenaje más al  famoso actor Basil Rathbone), coloca en el sótano de la mansión un ingenio a modo de una cámara criogénica para dormir congelado hasta ser despertado en el año 2000, si bien un temblor de tierra provoca que despierte en 1994. La idea de provocarse ese trance se la proporciona el escritor H. G. Wells, cuya novela La máquina del tiempo inspira en Holmes el interés de conocer la época futura. Esa alusión a Wells, indefectiblemente, conduce a pensar en la película Los pasajeros del tiempo (Time After Time, 1979), de Nicholas Meyer –famoso escritor sherlockiano, por cierto-, en la que el propio Wells viaja en el tiempo hasta aparecer en la época actual en San Francisco, la misma ciudad que verá aquí el retorno de Holmes. Éste se alojará en casa de la doctora Winslow, sita en el 1994 de Baker Street, y procederá a investigar un caso iniciado por la misteriosa muerte de un hombre atacado en plena calle por un tigre, y en el que estará involucrado un descendiente de Moriarty.

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El telefilm, obvio es, ofrece un tono ligero, un divertimento sencillo para contemplar en televisión, sin más pretensiones. Y una vez admitidas las reglas del juego, aceptadas esas limitaciones en suma, el resultado tampoco es tan deleznable como podría parecer. Kenneth Johnson se centra, en particular, en hacer que Holmes suelte sus clásicos razonamientos que dejan atónitos a los demás, y ciertamente, en el contexto, funcionan. Envuelve todo ello en una intriga policial muy propia de las series del género de la época, aunque el carisma de los personajes protagonistas permite seguir el juego con cierta delectación. El inglés Anthony Higgins –quien ya apareció en El secreto de la pirámide (Young Sherlock Holmes, 1985) en el papel de profesor Rathe, que luego devendría en Moriarty, y también asomaría en la mítica serie Los rivales de Sherlock Holmes (The Rivals of Sherlock Holmes; 1971-1973) en un cometido menor- encarna con convicción al rey de los detectives, con un punto de sobreactuación justificado por el tono algo burlón y cómico del proyecto, y la hermosa Debrah Farentino supone un sobrio contrapunto al personaje, demostrando su ductilidad como actriz, pese a la escasa suerte en su carrera. Johnson dirige el conjunto con la sencillez y funcionalidad propias de un telefilm de la época, y el conjunto resalta, pues, por el simpático contraste que se establece entre el personaje y su entorno, amén de la trama ligera que adorna la función.
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No se trata, pues, de una sólida aportación del mito, ni siquiera una apreciable, pero dentro de su contexto, se deja ver con simpatía.

Carlos Díaz Maroto

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04
May
11

Un estudio en Sherlock

En octubre aparece un nuevo libro en Inglaterra sobre nuestro personaje favorito. Su título es A Study in Sherlock: Stories inspired by the Holmes canon (Bantam), una recopilación efectuada por Laurie R. King y Leslie S. Klinger, expertos en el Canon, y que reunen a dieciocho escritores para ofrecer historias que “ubican al investigador en emocionantes nuevas situaciones, crean personajes que resuelven misterios holmesianos, examinan a Sherlock en sus últimos años, llenan los vacíos en el Canon, y revelan sus propias obsesiones personales sobre el gran detective”.

Entre las historias que se ofrecen, por ejemplo, Thomas Perry hace al doctor Watson contar su historia, en un trabajo virtuoso de historia alternativa que ofrece al presidente McKinley acercarse al detective con un encargo incómodo; Lee Child envía a un agente del FBI para investigar un crimen cerca del Baker Street actual, solo para conseguir una sorpresa de inicios de siglo; Jacqueline Winspear teje una historia de un valiente niño inspirado por el detective para hacer sus propias deducciones, y el artista gráfico Colin Cotterill retrata su lucha para completar su encargo en la hilarante “The Mysterious Case of the Unwritten Short Story”.

Los escritores reunidos son los siguientes: Alan Bradley, Tony Broadbent, Jan Burke, Lionel Chetwynd, Lee Child, Colin Cotterill, Neil Gaiman, Laura Lippman, Gayle Lynds & John Sheldon, Phillip & Jerry Margolin, Margaret Maron, Thomas Perry, S. J. Rozan, Dana Stabenow, Charles Todd y Jacqueline Winspear.