Archive for the 'Creación' Category

13
Feb
14

“La piedra verde”, por Luis Alberto Comino

LA PIEDRA VERDE

Luis Alberto Comino

PREFACIO

Durante mucho tiempo, la mayoría de los holmesianos han elucubrado sobre los motivos por los que Sherlock Holmes abandonó su carrera de detective consultor en la cúspide de la misma, a la temprana edad de 49 años, ya que en el canon doyliano no se hacía referencia alguna al tema. La hipótesis más extendida, es que dejó la profesión debido al impacto que le causó la muerte en 1903 de Irene Adler, sin embargo no sabemos cómo Holmes se enteró de este hecho, ni mucho menos como reaccionó al mismo, ya que ni él ni su biógrafo y amigo, el doctor John H. Watson, dejaron constancia de dicho acontecimiento. Sin embargo, años después de la muerte del doctor, un heredero suyo rescató de un banco en Londres una caja, en la que había varios documentos en los que expresamente se podía leer con la letra elegante y clara del doctor: “No abrir hasta después de la muerte del Sr. William Sherlock Scott Holmes”. Entre esos papeles se encontró el siguiente texto inconcluso, como si el buen doctor hubiera intuido que era el inicio de una gran aventura que luego quedaría frustrada.

PeterCushing_SherlockHolmesTV1968

LA PIEDRA VERDE

Como todas las mañanas desde que me había casado con mi tercera mujer, me levanté con la intención de iniciar el día con un buen desayuno para prepararme a la llegada de mis pacientes habituales. La mayoría de ellos acudían a mi consulta más atraídos por la notoriedad social de mi nueva esposa, que por mis conocimientos médicos que, dicho sea de paso, muy poco les ayudaban ya que la mayoría de ellos eran un atajo de hipocondríacos más pendientes en sus relaciones sociales que de su propia salud. Pero entre la renta de mi esposa y esos adinerados pacientes, me estaba haciendo con un capital interesante, sin llegar a pasar las angustias de mi época de militar ni las penurias monetarias una vez fui licenciado.

Sin embargo al sentarme a la mesa distinguí entre la correspondencia un sobre con una caligrafía que no tardé en reconocer. Dentro venía una nota con una sola línea.

“Venga pronto docto. Su amigo le necesita. Sra. Hudson”

La breve nota me alarmó.  Inmediatamente me levanté y salí disparado hacia la puerta.

-John. ¿Dónde vas? No has empezado ni siquiera tu desayuno. Oí decir a mi mujer mientras salía.

Ni siquiera le contesté.

A pesar de que la herida de la pierna que me había hecho en mi última aventura había finalmente cicatrizado, aún seguía molestándome, sobre todo en mañanas tan frías y húmedas como aquella, por lo que en lugar de ir a pie, inmediatamente tomé el primer coche que encontré libre y me dirigí a la dirección que a lo largo de casi 25 años había compartido, con las breves interrupciones de mis matrimonios, con el mejor amigo que un hombre haya podido tener jamás.

Al llegar a la puerta, ni tan siquiera tuve que llamar, ya que la Sra. Hudson parecía haber estado esperándome detrás de ella desde que me mandó su nota y me abrió inmediatamente.

-Disculpe que le haya llamado Doctor, pero lleva tres días sin comer ni dormir, sin moverse apenas, y no sabía a quién acudir.

-No se preocupe Sra. Hudson, hoy no tenía nada que hacer. Le mentí.

Subí las escaleras a la mayor velocidad que mi cojera me permitía y abrí la puerta del salón donde tantas y tantas tardes había pasado y donde más cómodo he llegado a estar en mi vida.

-Buenos días……

Ni tan siquiera llegué a terminar la frase. La visión que me encontré me paralizó el habla y e heló el alma. Mi amigo estaba sentado en su butaca con la mirada perdida en el desgastado papel pintado, donde años atrás había dibujado a balazos las iniciales de la Reina. Siempre inmaculado en su vestir y en su imagen personal, tenía el pelo revuelto, una barba incipiente y no llevaba su habitual batín de seda, por lo que pude ver con claridad que no se había cambiado de camisa en varios días.

En otras circunstancias, mi amigo habría reaccionado ante mi entrada en la habitación, sin embargo no movió un solo músculo, como si yo no estuviese allí o mejor dicho, como si el que no estuviese fuese él.

En la habitación no había nada que indicase que era lo que podía haber llevado a mi amigo a esa especie de trance. El desorden y el polvo acumulado, por otra parte habitual en las costumbres de mi amigo, era el mismo que yo había visto durante tanto tiempo salvo que multiplicado por mi ausencia.

Me acerqué a él y vi que su mirada, otro tiempo viva y escrutadora, estaba perdida en el vacío. No detecté ningún signo físico que me permitiese hacer ningún diagnóstico de su situación, por lo que simplemente salí del cuarto y bajé las escaleras hacia la cocina donde la Sra. Hudson estaba preparando su delicioso desayuno, sin llegar a comprender cual podía ser el motivo por el que mi querido amigo se había convertido en una hierática estatua de sal, como a la mujer de Lot.

-Hace tres días llegó un mensajero y desde entonces está así. Me dijo la Sra. Hudson, mientras vertía un poco de té en mi taza. -Le he hablado varias veces sin obtener ningún resultado. Le he llevad comida y ni la ha probado, juraría que ni ha bebido. Lo único que hace es acariciar esa piedra verde.

¿Piedra verde? Solamente conocía un objeto que respondiese a tal descripción en nuestras habitaciones y solamente la había visto un instante, cuando hace algunos años, mi compañero regresó de la que yo creía había sido su muerte en las cataratas de Reichenbach. Entonces solamente la vi un segundo, antes de que la guardase en un estuche y escondiese el mismo en el fondo de su escritorio, junto con sus cosas más preciadas, sin que yo le hubiese visto volverla a sacar jamás.

Terminé mi desayuno antes de subir de nuevo las escaleras. Mi amigo no había modificado un ápice su posición, sin embargo yo ya sabía dónde fijar mi atención. Su mano derecha acariciaba con un cariño que jamás había visto en su propietario una piedra de jade.

Al fijarme mejor y sin saber muy bien el por qué, recordé un caso en el que nos habíamos vuelto envueltos mi compañero y yo y en el que por primera y última vez en mi vida, había vislumbrado un ápice de afectividad en mi compañero hacia otro ser humano, la propietaria de unos preciosos ojos del mismo color que la piedra.

Todo el mundo ha creído siempre que mi buen amigo era un hombre absolutamente desligado de los sentimientos de afecto humanos y especialmente aquellos que nos unen a los miembros del otro sexo. Incluso durante un tiempo corrieron rumores por Londres en los que ponían en duda su masculinidad, rumores a los que por otra parte, él nunca prestó la menor atención, sin embargo nada más lejos de la realidad. Cierto era que nunca hasta entonces se había encontrado con una mujer que le hubiese atraído en ningún sentido ya que siempre que algún ser le había parecido interesante, siempre había sido en el plano intelectual, nunca en el físico ni en el afectivo, en el que solamente su hermano y su némesis, ambos varones, habían podido atraer su atención al ser equiparables a su intelecto. Pero aquella primavera de 1888, su opinión hacia las mujeres cambió de forma copernicana, cuando comprobó que el mal llamado sexo débil, también poseía miembros a la altura de su intelecto y mucho más.

Es cierto que la derrota le escoció en su orgullo, pero mucho más le dolió perder la pista a “la Mujer”, como él la llamaba cuando quería referirse a ella. Durante un tiempo sospeché que durante los más de dos años en los que había estado desaparecido, no solo había desarticulado la mayor banda criminal de la historia, sino que también había estado buscándola por todo el mundo, sin embargo cuando por cualquier circunstancia le preguntaba al respecto, inmediatamente cambiaba de conversación o guardaba el mas sepulcral de los silencios.

Mis ensoñaciones sobre aquellos preciosos ojos cesaron en el momento en el que, de repente y sin mediar palabra alguna, se levantó de su asiento cual si de un autómata se tratara, se acercó al escritorio abierto y volvió a depositar la piedra en su interior al tiempo que extraía un pequeña caja metálica atada con una cinta de raso, que no tardé en reconocer con espanto.

Intenté decirle algo cuando él giró la cabeza y me miró, como si fuese transparente o mejor un completo desconocido. Sinceramente no sé qué pasó por su mente en ese instante, solamente sé que en ese momento vi por primera y última vez en mi vida un signo de humanidad en aquellos chispeantes ojos negros que en ese momento estaban humedecidos sin llegar a dejar caer ninguna lágrima de ellos.

No fui capaz de articular palabra, simplemente le seguí con la mirada mientras contemplé con alivio como dejaba la caja en el mismo cajón de donde la había sacado y, arrastrando los pies como si fuese un anciano, se dirigió a su cuarto y cerraba la puerta. Lo que abandonaba el cuarto no era ya mi amigo, era un hombre acabado, hundido por la desesperación y el dolor, como yo jamás pude llegar a sospechar que pudiera legar a estar alguna vez.

A los pocos segundos, unas tristísimas notas de violín se oyeron a través de la puerta como si de inhumanos lamentos se tratase.

Al dirigirme hacia el sillón desde el que durante años había recibido constantes pruebas de la sagacidad y la inteligencia de mi amigo, me fijé en una nota que había en el brazo de su sofá. Sin poder resistirme, curioso, me fije más detenidamente en ella era un billete en el que se podía leer:

“Mis contactos en los EEUU confirman que la Srta. Irene Adler falleció el pasado 8 de octubre de 1903. Sus últimas palabras fueron simplemente: “Sherlock”. Lo lamento profundamente.

Mycroft.”

images

Anuncios
15
Abr
13

El último caso de Sherlock Holmes

El último caso de Sherlock Holmes

 por Juan Miguel Gutiérrez de la Solana Sánchez

Juan Miguel G. S. Sánchez nació un once de septiembre de 1972 en Alicante, aunque se considera manchego de adopción. Desde muy joven, y con gran preocupación de sus padres, comenzó a leer autores afines al terror y el fantástico y a ver películas del mismo estilo. Escondía revistas como Creepy para después devorarlas. Más tarde se aficionó a los grandes autores de ese género: Poe, Machen, Lovecraft, Howard, Conan Doyle, Hodgson…, sin desdeñar otros estilos como la fantasía épica o la ciencia ficción. En 2009 comenzó a escribir relatos, cultivando el género de terror, aunque más tarde ha ido ampliando su abanico de estilos: costumbrista, marítimo, aventuras, histórico…

Aúna más de cuarenta relatos escritos, una novela corta y una novela (si consigue terminarla) Algunos de estas obras han sido merecedoras de varios premios, así, en 2009, ganador certamen internacional “Papel”, de ediciones Geepp y segundo premio certamen “Julio Camba”, en 2011 primer premio certamen “Villa de Montefrío”, mención honorífica en el certamen “Idus de Marzo” y ganador certamen internacional de novela corta “Letras oscuras”, y en 2012 ganador del certamen “Pasadizo”, amén de quedar finalista en otros muchos concursos. El presente relato lo ha escrito ex profeso para este blog y todos ustedes… Que lo disfruten.

7210534_640

Una fuerte cortina de lluvia desdibujaba el desolador aspecto de los sepulcros y mausoleos del Memorial Grave, un apartado cementerio que se hallaba escondido y casi olvidado en las afueras de Londres. Dos hombres observaban impasibles cómo el metódico enterrador terminaba su trabajo, ignorando el aguacero. El hombre daba los últimos toques mientras alisaba con una pala la tierra de una sencilla tumba. Una vez acabada su tarea se destocó en un saludo ritual y recibió unas monedas, para después desaparecer en el intrincado laberinto de piedra y mármol.

Los dos hombres quedaron solos, contemplando la lápida. A lo lejos, negras columnas de humo lograban perfilarse hacia un cielo gris y encapotado; parecía como si la llovizna tratara de borrar el triste maquillaje de la ciudad.

–Aún no puedo creer que esté muerto, doctor Watson –confesó uno de los dolientes.

–Tampoco yo, inspector. Nuestro amigo siempre pareció estar rodeado por un intangible halo de invencibilidad. Pero ahora…

–Sé que tuvimos nuestras diferencias, nuestro común amigo siempre tuvo un carácter, cuanto menos, difícil.

–Le puedo asegurar, inspector, que a pesar de sus numerosas puyas siempre le otorgó un medido respeto. Incluso añadiré que le tenía a usted en gran consideración. Pero claro, eso nunca lo manifestaba en público.

–Desde luego… Siempre le gustó guardar las distancias.

–Y no hacía distinciones con ello, se lo aseguro.

El inspector Lestrade señaló un cercano árbol y ambos se guarnecieron bajo la frondosidad de sus ramas. Encendió un cigarrillo y ofreció uno al doctor Watson, que declinó la oferta.

–Estuve al tanto del asunto en las oficinas de Scotland Yard –dijo Lestrade mientras exhalaba una bocanada de humo–, pero no conozco la mayoría de los hechos. La información nos llegó muy limitada, y creo suponer con acierto que incompleta.

–Cuando Mycroft está de por medio siempre es así.

–Asuntos de Estado, ¿no es cierto? Tuvo que ser algo memorable.

–Le aseguro, inspector, que incluso esa definición se queda corta.

–Ahora que todo ha pasado, quizá podría usted ilustrarme un poco a este respecto.

–Usted sabe, inspector, que yo mismo solía ser víctima del mutismo de nuestro apreciado amigo. Era muy aficionado a los secretos, llevaba sus investigaciones de esa manera. Solía decir que de ese modo me ponía a prueba para afilar mi ingenio.

El doctor John H. Watson se perdió en sus pensamientos durante unos instantes. El hipnótico sonido de la lluvia cayendo sobre las hojas trajo consigo numerosos recuerdos, cuyas etéreas imágenes eran retenidas fugazmente por el doctor. Ya no estaba con ellos, había muerto. Leía el nombre en la tumba una vez y otra y no terminaba de convencerse; pero esa era la realidad. Muerto. La tierra húmeda y una sencilla cruz velaban su descanso. El inspector Lestrade se apartó a un lado para respetar la intimidad de Watson, el cual agradeció que el agua diluyese sus lágrimas para no verse en una situación demasiado comprometida. Suspiró mientras agachaba la cabeza. De entre el barro surgía alguna que otra brizna de hierba y varias flores salvajes. En un irresistible impulso miró de soslayo hacia la cruz, esperando ver otro nombre. Pero las letras eran las mismas, no habían cambiado, y el nombre del difunto permanecía grabado en la cruz de piedra en dolorosa afirmación, resuelto, impertérrito, cincelado para toda la eternidad en su espartano epitafio… “Aquí yace Sherlock Holmes 1854-1916”.

El inspector Lestrade compuso un gesto de desánimo, tiró el cigarro al suelo y se despidió de Watson. Ya enfilaba sus pasos hacia la salida cuando unas palabras del doctor le detuvieron.

–Aguarde, inspector.

–No se preocupe usted, lo entiendo perfectamente; no es momento adecuado para hablar de estos asuntos, con todo tan reciente. Ya sabe usted de sobra que me encontrará en comisaría a cualquier hora y…

–No. –La respuesta de Watson fue rotunda–. Es mejor ahora, cuando todo lo acontecido aún se mantiene vívido en mi memoria.

–Le aseguro que no es necesario.

John H. Watson ignoró las palabras del inspector, y con voz segura comenzó a relatar los extraordinarios sucesos del último caso del famoso detective.

–Todo comenzó de la manera más habitual, en el despacho que Holmes tenía en nuestro apartamento.

»Esa mañana llovía, aunque esto no es una gran noticia, casi siempre está lloviendo en Londres. Lo que sí era inusual era el comportamiento de Holmes. Había mantenido un encuentro con su hermano Mycroft, y se le veía algo agitado. No se encontraba en su sillón leyendo la prensa matutina; tampoco se hallaba inmerso en alguno de sus extraños e incomprensibles experimentos. Ni siquiera tocaba ese maldito violín; en lugar de ello recorría la sala a grandes pasos, pisoteando sin cuidado alguno todo tipo de papeles y documentos que yacían por el suelo.  Comprobé con sutileza que su estado no se debía al consumo de cocaína al que se dejaba llevar de vez en cuando. Era evidente que su mente estaba trabajando a toda velocidad. Sus ojos se mantenían fijos en un punto, entrecerrados, intentando dilucidar a todas luces algo que solo era perceptible para él. Ya había visto más de una vez esa expresión, y no presagiaba calma chicha precisamente. La buena de la señora Hudson apareció portando un suculento desayuno, pero Holmes ni siquiera reparó en su presencia, pues seguía recorriendo la estancia con su frenético e incansable paso. Nuestra ama de llaves aguardó unos instantes para comprobar si recibía alguna lisonja por el desayuno preparado con cuidado esmero, pero al ver que era ignorada abandonó la habitación con un mohín de disgusto.

»De pronto Holmes se detuvo y me señaló con su pipa.

–¡Watson! ¡Debe usted apresurarse en preparar el equipaje! –me ordenó.

–No me irá a decir que ha aceptado un nuevo caso –respondí. Ya sabrá usted, inspector, que a Holmes le rondaba desde hacía tiempo la idea de desaparecer tanto de la escena detectivesca como de la social, pues se hallaba algo hastiado por la enorme popularidad que llegó a alcanzar en vida.

–Le recomiendo seleccionar la mejor ropa de abrigo de que disponga –respondió ignorándome–. Por cierto, le invitaría a almorzar, pero el tono algo sonrosado de sus mejillas delata que ya ha pasado por el Club.

–¿Cómo dice? –pregunté.

–Es obvio, mi querido Watson, su rostro siempre enrojece cuando ha ingerido alimentos y, a juzgar por la leve turbiedad de sus ojos, que delatan que ha bebido vino tinto, ha vuelto a pedir un bistec romanoff.

–Me desarma usted, Holmes –asentí vencido.

–¡Pues no se hable más! –dijo mientras recogía una bufanda–. ¡Nos espera un coche para llevarnos al puerto!

En ese instante, Holmes enrolló la bufanda sobre su cuello con un rápido gesto. Uno de los extremos tocó una de las macetas que tan celosamente cuidaba la señora Hudson, rompiéndola en mil pedazos.

–¿No será por casualidad…? –pregunté.

–En efecto –reconoció Holmes con gran satisfacción–. He aquí una de mis armas secretas preferidas. Ya se acordará usted de las grandes ventajas que nos proporcionó en aquel caso.

–Concretamente en Asesinato por decreto –señalé.

–Tiene usted buena memoria, Watson –corroboró Holmes–. ¡Le espero abajo con las maletas! ¡No se demore usted, mi querido doctor!

–Pero… –logré decir.

–Casi se me olvida –dijo Holmes justo antes de bajar las escaleras–. Esto también nos lo llevamos. –Recogió entonces el infernal Stradivarius y a mí se me erizó el vello al pensar en la música de fondo del viaje, pero Holmes, inusualmente bromista, y tras percibir el espanto en mi rostro, se limitó a dejar el violín con una media sonrisa y a coger su famoso bastón de defensa de un paragüero. Comprobó que la punta acerada aparecía al pulsar cierto resorte y, guiñándome un ojo, desapareció por el rellano.

images

Los siguientes acontecimientos se sucedieron con rapidez. En el puerto de Londres subimos a un transbordador que pertenecía al ejército. Fuimos escoltados hasta Calais por varios buques de guerra, pues los submarinos alemanes solían acechar el Canal. Desde la ciudad portuaria francesa fuimos transportados hasta París. A lo largo del viaje pudimos comprobar el desastre que la guerra estaba causando en aquellas tierras. Recuerdo que durante todo el trayecto no pude evitar caer en un estado de ánimo de gran nerviosismo; sin embargo, Holmes permaneció inmutable, sumido como estaba en sus intrincados pensamientos.

Acompañados por un destacamento del ejército francés, llegamos al fin a una estación de tren, al parecer abandonada. Esa fue mi primera impresión, mas al ser conducidos al interior descubrimos que el edificio escondía una gran actividad en sus entrañas.

El oficial francés nos dejó –no sin un cierto alivio poco disimulado– en un concurrido andén subterráneo, y muy pronto tornó con gran prisa a sus obligaciones. Aquel lugar era un hervidero. Soldados y peones de obra iban de un lado para otro en frenético pero ordenado ajetreo. Unos cuantos hombres, sin duda ingenieros, discutían sobre un gran plano. Sonó un silbato y todo el mundo se retiró de la vía. De la boca de un túnel comenzó a surgir con gran estrépito un reconocible sonido de ruedas y pistones poniéndose en marcha. Los hombres jaleaban y lanzaban las gorras al aire. Un foco de luz asomó entre las vaharadas de vapor, y poco después surgió la impresionante estampa de una gran locomotora negra.

–Ahí lo tienen ustedes. El mítico Orient Express.

La voz salió de entre las sombras, y entonces apareció Mycroft, acompañado como era su costumbre por varios hombres de su confianza.

–Supongo que viajaremos en él –aventuró Holmes sin apenas inmutarse.

–Por supuesto –corroboró Mycroft–. No me gusta vanagloriarme de mis acciones, pero de este caso en particular me siento más que satisfecho. Como sabrán, esta línea de tren lleva un tiempo suspendida por la Gran Guerra. Nos ha costado mucho ponerla en funcionamiento, pero lo hemos conseguido.

–Estando mi querido hermano de por medio no me sorprende en absoluto.

–¿Hemos conseguido…? –aventuré.

–Sin duda, mi orgulloso hermano se refiere a la sociedad secreta a la que pertenece desde hace tres años exactamente, Sapientes Gladio.

Mycroft no pudo evitar un gesto de sorpresa, pero enseguida recuperó la compostura.

–Creí que era algo a todas luces secreto –dijo Mycroft encogiéndose de hombros.

–No olvides, querido Mycroft, que mi principal trabajo es el de detective.

Un ingeniero llegó justo a tiempo para evitar una nueva trifulca entre los dos hermanos, ofreciendo un último informe a Mycroft. Poco después, dos vagones fueron enganchados a la locomotora, que soltó un impresionante chorro de vapor, como a modo de gran satisfacción. Recuerdo entonces que me invadió un enorme nerviosismo, pues sabía que el Orient Express cruzaba gran parte de Europa en su recorrido, y con la guerra de por medio no me parecía una perspectiva nada halagüeña. Así se lo hice saber a Mycroft, pero parecía tenerlo todo bajo control.

–Estimado doctor, no ha de guardar aprensión alguna por su exótico viaje. Ya que ha salido a colación, le confiaré que nuestra poderosa asociación…

–Secta –dijo con voz seca Holmes.

–… Estaba diciendo –continuó Mycroft–, que nuestra asociación es muy poderosa, pues la componen hombres que se encuentran entre los más meritorios de cada país al que pertenecen. Estamos por encima de guerras o de cualquier conflicto de intereses, pues nuestros fines son de mayor calado. Cada gobierno ha sido puntualmente informado de su viaje y por ello nada han de temer. Desde su fundación, Sapientes Gladio siempre ha contribuido con sus acciones al bienestar de la Humanidad, y este es un nuevo ejemplo que nos ratifica.

–Todo eso me parece muy loable –comenté algo irritado–, pero aún no me ha dicho nadie hacia dónde vamos.

–Mi querido Watson –dijo Holmes mientras subía al tren–. Es el momento de conocer el gran Imperio Ruso.

Las primeras horas de viaje fueron un suplicio para mí y una auténtica prueba para mis ya mermados nervios. Mycroft compartía coche con nosotros, pues quería supervisar la operación personalmente, al menos hasta cierto punto. La mayor parte del trayecto que nos acercaba hacia Estrasburgo fue dominado por un incómodo silencio, roto tan solo por los fragores de la guerra. Estos se acentuaron cuando nuestro convoy llegó hasta las inmediaciones de Verdún. En Inglaterra habíamos tenido noticias sobre este sangriento episodio de la guerra, pero el poder contemplarlo con nuestros propios ojos nos hizo estremecer de pavor. La batalla había terminado a favor de los franceses recientemente, y los ecos del aquel espanto aún se podían comprobar en todo su horror: enormes cráteres aún humeantes, poblados enteros arrasados, cadáveres esparcidos por doquier…, incluso Holmes estuvo observando un buen rato desde la ventanilla. Llegados a este sitio tuvimos varias paradas y cambios de vía, pues los desperfectos eran cuantiosos. Sin embargo, Mycroft parecía tenerlo todo bajo control. Su logia poseía sin duda unos recursos en verdad inimaginables, no quiero pensar en la cantidad de dinero e infraestructura necesarios para hacer posible aquel viaje. Recuerdo también que durante un trayecto de varias millas tuvimos que ponernos máscaras antigás, pues el veneno de las armas químicas aún flotaba en el ambiente.

Durante todo aquel recorrido, los dos hermanos apenas se dirigieron un par de palabras, y justo cuando nos acercamos a la frontera con Alemania, Sherlock Holmes comenzó a hablar.

–He de reconocer que incluyo yo estoy sorprendido –otorgó Holmes–. No me imagino el enorme esfuerzo que le habrá costado a tu… asociación preparar todo esto.

Mycroft se limitó a asentir, visiblemente satisfecho por la apreciación de Holmes; por mi parte, yo estaba algo cansado del mutismo de ambos, y en ese instante exploté.

–¿Serían tan amables –comencé sin poder evitar mostrar mi irritación– de compartir con mi humilde persona los entresijos de esta descabellada acción? Les recuerdo que estamos en guerra, y muy pronto nos adentraremos en territorio alemán, con todo lo que ello conlleva. No creo que nos reciban con banderines ni vitolas, más bien con algún que otro cañonazo.

Entonces los hermanos Holmes se miraron, y Sherlock asintió.

–Doctor Watson –comenzó Mycroft–, usted sabrá que nuestro gran Imperio se extiende a lo largo y ancho de este mundo, por lo que mantenemos distintos intereses repartidos por casi todas las naciones conocidas, o al menos en las que merecen la pena. Un ejemplo de ello en nuestra involucración en esta interminable y farragosa contienda.

»El hecho de esta breve introducción se debe para dejar claro que Inglaterra está muy interesada en el devenir de ciertos países o imperios, pues es muy importante tanto a nivel económico como estratégico. Las fuerzas de nuestra gran nación se deben a ciertos equilibrios que logramos mantener en los citados países, y desde hace unos años miramos hacia el Imperio Ruso con cierta preocupación. Desde hace un tiempo, un personaje digamos… indeseable, ha logrado introducirse mediante lo que creemos ardides en la misma corte del Zar, y no para mejorar las cosas precisamente.

»La popularidad de la dinastía Románov se encuentra en entredicho. Esta regia familia ha manejado los asuntos de Rusia con un reseñable despotismo y una más que evidente torpeza. No muestran más ambición que la de perpetuarse en el poder, es más, apenas les interesan las cosas que suceden fuera de los límites de su vasto territorio. Y, por el bien de Inglaterra, queremos que todo siga del mismo modo. Por eso nos preocupa el descontento que el pueblo ruso está mostrando hacia el gobierno del Zar.

»Se está gestando una rebelión, un cambio, y queremos evitarlo a toda costa.

–Me cuesta creer que todo esto lo haya promovido un solo hombre –expuse con cierto escepticismo–. ¿Cuál es su nombre?

–Grigori Yefímovich Rasputín –dijo Mycroft.

–No me suena de nada –alegué.

–Pues lo crea o no –continuó Mycroft–, ese hombre se ha valido él solo para poner en jaque a todo el viejo Imperio Ruso. Se le acusa de ser un espía de los alemanes, y que maneja los hilos y las decisiones de la zarina Alejandra en ausencia de su marido; la zarina, debo recordar, tiene ascendencia germana. Y eso a los rusos no les hace demasiada gracia.

–Aún sigo sin ver la causa de nuestra presencia aquí –me limité a decir.

–Admito que hablar de esto me incomoda un poco. –Mycroft dijo estas palabras mientras dirigía la mirada a través del cristal–. Sin embargo, he de admitir que han llegado a nuestros oídos las extrañas prácticas que maneja el tal Rasputín. Se habla de magia y de secretos rituales. También sabemos que se ganó el favor de la zarina curando con insólitos conocimientos la grave enfermedad del joven zarévich Alexéi Nikoláievich. Hasta nosotros ha llegado el rumor de que la salud del joven y futuro zar depende por completo de nuestro siniestro personaje y, por supuesto, el futuro de la dinastía Románov está en sus manos.

»Los informes que nos han llegado son cuanto menos inquietantes. Nuestro místico se ha rodeado de un poderoso halo de hombre santo. Algunos hechos son en verdad… poco comunes. No adelantaré nada porque no quiero influenciar de ninguna manera en sus investigaciones. Y es por eso por lo que están aquí. Sabemos que nuestro más famoso detective está familiarizado con estos asuntos, no han sido pocos los mitos que han sido destruidos bajo la aplastante lógica de mi brillante hermano: el caso de El sabueso de los Baskerville, o el no menos conocido de El vampiro de Sussex.

»Es por ello que confiamos en que sepan ustedes desenmascarar al que creo que no es más que un hábil charlatán, y aparten así la nefasta influencia que ejerce el indeseable Rasputín sobre el Imperio Ruso.

–Me parece muy bien, pero ¿cómo han llegado a saber todo esto? –quise indagar.

–Mantenemos en nuestra embajada a un eficiente agente…

–Espía –corrigió Holmes.

–Como decía, disponemos de un eficiente agente que nos mantiene al tanto de cualquier información que nos pueda ser de utilidad. Su nombre es John Scale, y será su enlace en el palacio del zar en la actual Petrogrado. Todo está planeado con sumo cuidado. Nos ha costado un gran esfuerzo montar toda esta varieté, por ello les ruego que sean tan prudentes como eficientes en su labor.

–¿Cuál es nuestra tapadera? –Las palabras de Sherlock Holmes me sobresaltaron. Desde hacía un tiempo había dejado de permanecer indiferente, y ahora mostraba un inusitado interés en la conversación. Su hermano Mycroft lo expuso con sencillez.

–Ante la insistencia de nuestros diplomáticos, el zar Nicolás II ha accedido a que un notorio médico de nuestra nación examine el mal de su hijo, pues lleva un tiempo queriendo apartar a su esposa de la maligna influencia de Rasputín. El zar es un hombre pragmático, y no es tonto; sabe del daño que está causando esa especie de místico en el nombre de la familia Románov, y está dispuesto a colaborar. Por supuesto, mi querido Watson, y como ya habrá adivinado, usted es el médico que va a reconocer al joven zarévich. De igual modo, mi hermano hará de asistente –Mycroft no pudo evitar aquí una mueca de desdén.

»¡Por fin! –exclamó Mycroft levantándose del asiento para mirar por la ventanilla–. Veo que llegamos a un punto crucial de nuestro viaje. Ahora, si me dispensan…

El tren comenzó a disminuir la velocidad hasta detenerse; era evidente que nos acercábamos a la frontera, pues grandes fortificaciones de defensa se levantaban a ambos lados. Cuando vi llegar un automóvil oficial y varios camiones militares creí que todo estaba perdido. Sin embargo, Mycroft aguardaba en tierra la comitiva visiblemente tranquilo.

Un oficial alemán de alto rango bajó del automóvil, flanqueado por varios soldados. Entonces ocurrió algo impensable, pues ambos hombres se saludaron en silencio y mostraron un anillo que lucían en el meñique izquierdo, realizaron de forma simultánea unos extraños signos en el aire, y después intercambiaron unos documentos.

»Al momento, el oficial dictó unas órdenes, y en breves instantes dos soldados subieron a nuestro coche alimentos y suministros varios. Yo contemplaba todo esto sin salir de mi estupor, pero más impresionado quedé cuando nos dejaron paso franco y nos permitieron entrar en Alemania; es más, a ambos lados nos escoltaban dos camiones llenos de soldados, y justo delante de nosotros se introdujo por una vía secundaria un poderoso tren blindado, armado con armas antiaéreas y ametralladoras que estaban asentadas en una plataforma. Cuando de nuevo se sentó junto a nosotros, Mycroft no pudo evitar mostrar esa sonrisa de suficiencia que tanto he llegado a detestar, se arregló el traje, movió su bastón, y acto seguido durmió durante unas cuantas horas.

»Durante los siguientes días, nuestro viaje se llegó a convertir en algo tedioso y monótono, interrumpido de vez en cuando por molestos cambios de vía y los habituales abastecimientos de víveres. De esta manera llegamos a recorrer los distintos países que eran atravesados por la línea del Orient Express. Atrás quedaron Austria, Bulgaria y Rumanía, hasta que al final llegamos a Turquía.

»Como usted sabrá, inspector, el trayecto del ferrocarril termina en Estambul, pero las cosas estaban muy agitadas en ese país, con el levantamiento de los árabes en la península arábiga, y es por ello que el tren abandonó el recorrido oficial y se perdió en algún lugar inhóspito.

»Allí nos aguardaba una de las sorpresas más agradables de nuestro viaje, por no decir la única.

»Llegamos a una estación vieja y destartalada, a todas luces abandonada desde hacía tiempo. Llevábamos un tiempo sin ver población alguna, por lo que deduje que aquel lugar era una especie de base de operaciones de Mycroft y sus acólitos. Estaba apartada y hábilmente escondida; se notaba que esa gente sabía hacer las cosas.

»Descendimos. De un herrumbroso hangar salió una persona. Al principio no lo identifiqué. Nos lo presentó Mycroft con gran petulancia.

–Tengo el honor de presentarles a uno de los miembros más insignes de nuestra logia, el teniente de inteligencia Thomas Edward Lawrence.

Yo me quedé mudo de asombro, pero Holmes ni se inmutó. Ante nosotros estaba una auténtica leyenda, pues los logros de aquel hombre, comúnmente conocido como “Lawrence de Arabia”, eran de sobra conocidos.

»Su imagen me impactó, era alto y de constitución atlética, con el rostro tostado por el cruel sol de las regiones en las que frecuentaba. Estaba vestido a la manera de los turcos, seguramente para pasar desapercibido. Se mostró solícito y muy colaborador. Tanto él como Mycroft hablaron a solas durante unos minutos; después el oficial desapareció en el hangar y Mycroft se nos acercó para ponernos al tanto.

–A partir de ahora me temo que se quedan solos. El trayecto hasta Petrogrado lo harán a bordo de una avioneta. Nuestro agente aquí, el señor Lawrence, ha hecho un paréntesis en su importante misión y ha accedido a ayudarnos, preparando todo lo necesario para el viaje. Ello incluye puntos de repostaje y demás detalles, que no son pocos, de ello pueden estar seguros.

–Así que resulta que el levantamiento árabe en la península también es cosa vuestra –dijo Holmes asintiendo con suspicacia–. Eso explica muchas cosas.

–Naturalmente que estamos detrás de todo eso –afirmó Mycroft–. Es hora de debilitar el Imperio Otomano, y la guerra de guerrillas que ha montado el señor Lawrence está resultando de lo más óptima, aunque a veces se deje llevar demasiado por su inocente espíritu de justicia. Tendremos que vigilar eso…

–Así que usted se despide aquí –pregunté a Mycroft.

–No me queda más remedio –respondió algo resignado–, pues unos lamentables hechos del pasado me impiden visitar el Imperio Ruso. Ya no soy bien recibido allí.

–Enhorabuena –se mofó Holmes–, otro país que no puedes visitar. Tu cerco se estrecha, Mycroft.

–Haré todo lo que haga falta por Inglaterra –sentenció Mycroft mirando fijamente a su hermano–. Ahora, si me disculpan, tengo otros asuntos que atender. Les deseo buena suerte, caballeros.

Entonces Mycroft subió al tren y desapareció. En ese instante, una avioneta salió del hangar, y el piloto nos hizo señas para que subiéramos. Del señor Lawrence no quedó rastro alguno. Había desaparecido.

»Tras un viaje molesto y no exento de peligros llegamos a Petrogrado. Era la mañana del veintinueve de diciembre, y recuerdo que me llevé una vívida impresión al ver la ciudad cubierta bajo el hielo y la nieve. Era cerca de mediodía, y el cielo se mostraba blanco por completo, irradiando una curiosa luminosidad. Nos aguardaban con impaciencia, por lo que muy pronto fuimos conducidos al palacio del zar.

»Era una construcción impresionante. Vagamos por largos e interminables pasillos, decorados con un lujo ostentoso pasado de moda; telares, armaduras, cortinas de rojo terciopelo, pinturas de heroicos hechos pasados y enormes lámparas de telaraña vestían el palacio de manera suntuosa; a pesar de todo, se podía apreciar un leve sesgo de decadencia en el ambiente, como si el legado de los Románov estuviera próximo a su fin.

»Fuimos conducidos a las habitaciones privadas del palacio, allí donde la familia del zar y su séquito nos esperaba. Nos encontramos con una gran audiencia: los hombres engalanados con sus majestuosos uniformes y las mujeres luciendo unos pomposos vestidos, con ostentosas joyas reluciendo por doquier. Por supuesto, el díscolo Rasputín permanecía junto a la familia, justo detrás del zarévich. Vestía un ropaje humilde, a la manera de los benefactores monjes. Su rostro era cruel, de duras y ásperas facciones, en el que sobresalían unos impresionantes ojos azules. Rasputín mostraba un contenido atisbo de inteligencia, como un depredador que calcula su próximo movimiento. Estaba muy atento a todos nuestros movimientos y no nos quitaba ojo de encima. Había algo extraño en su mirada, pues mantenerla resultaba difícil, incluso mareante; ya entonces Holmes se dio cuenta de ello, manteniendo por ello una especie de duelo de miradas con Rasputín, no mostrando afectación alguna, cosa que pareció extrañar al falso monje.

»La sala era enorme, dominada por un crepitante hogar, en cuyo alrededor dormitaban varios perros. Fue algo impresionante; recuerdo que esa escena llegó a amilanarme un poco, aunque respiré aliviado cuando se nos acercó nuestro enlace, John Scale.

»Entre él y un traductor nos presentaron con gran solemnidad a la noble familia. Tras un interminable protocolo pude acceder a reconocer al joven Alexéi. El zarévich era apenas un niño de unos diez años aproximadamente, de pelo negro, triste semblante, e innegable poso aristócrata. En un primer y rápido reconocimiento detecté lo que era sin duda el mal que acechaba al joven, la hemofilia, pues el rostro y el resto de la epidermis evidenciaban una falta de color alarmante, y el apéndice nasal mostraba restos de sangre reseca; de igual modo, en alguna de sus articulaciones detecté alguna que otra pequeña hemorragia interna.

»En todo momento, ese demonio de Rasputín no se separó del muchacho, vigilando todos mis movimientos. A través de nuestro traductor, comuniqué mi diagnóstico a la zarina Alejandra y a los médicos personales de la familia, los cuales parecieron mostrar su aprobación con leves asentimientos de la cabeza y evidentes signos de satisfacción. Todo lo contrario que Rasputín, el cual comenzó a proferir una sarta de salmodias sin sentido, para después trazar unos signos sobre la cabeza del zarévich. La tensión creció, varios de los nobles que allí se encontraban se mostraron dispuestos a sacar a Rasputín por la fuerza, pero la zarina los frenó en seco con un lánguido gesto.

»La superstición nos ganaba terreno, por lo que decidí tomar la iniciativa y, a través del traductor, expuse a la zarina las razones de mi diagnóstico y el remedio que, a base de coagulantes naturales extraídos de la ortiga o el ciprés, podría mejorar la salud de su hijo. Nada de ello sirvió, pues en ese mismo instante, el joven zarévich gritó y comenzó a sangrar abundantemente por la nariz; entonces, aquel diabólico hombre puso sus manos en la cabeza del muchacho y lo miró fijamente, pronunciando por lo bajo unas palabras en un idioma gutural que no era ruso. Para sorpresa de los allí presentes, y he de incluir la mía, la hemorragia remitió casi al instante. Acto seguido, Rasputín habló al oído de la zarina, y ésta ordenó al momento que saliera todo el mundo de la sala menos su idolatrado monje.

»Habíamos perdido la batalla: no habíamos logrado desenmascarar al monstruo.

»Sin embargo, aunque no lo sabíamos, aún quedaba una mano por jugar.

»Entonces nos acompañaron a un despacho reservado para la diplomacia, donde Holmes me hizo partícipe de su análisis de la situación.

–Mi buen y querido Watson –comenzó mientras se arreglaba la bufanda–, acabamos de ser testigos de un increíble episodio de hipnosis y mesmerismo.

–¿Eso es lo que cree usted? –pregunté interesado mientras me acercaba a la chimenea para calentarme.

–Sin duda alguna –respondió Holmes mientras daba cortos paseos a lo largo de la habitación–. Para mí está claro que ese hombre usa las técnicas del llamado magnetismo animal para inducir al joven zarévich en una poderosa hipnosis. Aún no logro explicarme el cómo, pero estoy firmemente convencido de que es capaz de influir mediante esas artes en la fisonomía del muchacho.

–¿Me está diciendo que es capaz de ordenar al cuerpo del zarévich que sangre? –Yo no cabía en mí de incredulidad ante tal argumento; sin embargo, Holmes continuó con su exposición.

–No me imagino cómo habrá llegado a conseguir semejante dominio de tan enigmático conocimiento –dijo Holmes mientras mantenía la vista fija en el fuego–; es posible que sea incluso un don natural. Si hemos de tener en cuenta las teorías de Franz Mesmer, ese Rasputín ha podido afinar dichas técnicas hasta niveles inimaginables.

–Pero el mesmerismo se usaba en el pasado para curar –repuse.

–Cierto –otorgó Holmes–, pero no olvide que la ciencia es un arma de doble filo. Los conocimientos pueden usarse tanto para ejercer el bien como para todo lo contrario, téngalo usted en cuenta. Ese hombre tan solo usa su talento en beneficio propio.

–¡Es un criminal! –contesté enojado–. ¡Está haciendo sufrir al joven zarévich para lograr sus malévolos planes!

–Eso es innegable –corroboró Holmes mientras se servía y paladeaba un brandy–. Al igual que la indudable calidad de este licor.

Al poco tiempo John Scale entró en el despacho, acompañado por  un hombre de su confianza llamado Oswald Rayner. Con breves y explícitas palabras nos propuso un plan que ya tenían previsto, pues querían evitar a toda costa que Rasputín permaneciera ni un solo día más proyectando su siniestra sombra sobre los Románov. Se lo explicaré con brevedad, inspector, sea usted paciente.

»Resulta que Rasputín comenzaba a darse cuenta de que ciertas facciones de la nobleza querían quitárselo de en medio a toda costa, por lo que desde hacía unos meses había trabado amistad con una tal Irina, esposa de un noble llamado Félix Yúsupov. Según el señor Scale, Rasputín quería persuadir a la mujer del noble para que ésta se separase de su marido para así poder casarse con ella, de este modo obtendría cierta seguridad, amén de una considerable fortuna y una más que envidiable posición. Si lo lograba era prácticamente intocable.

»Estaba muy cerca de conseguirlo, por lo que todo se precipitó.

»El plan consistía en atraer mediante ardides a Rasputín al palacete del noble Yúsupov, haciéndole creer que tenía una cita con la mujer del mismo. Esa misma noche se personó en el palacete. No era tonto, pues un par de secuaces suyos lo flanqueaban.

»La idea era asesinarlo, pero nosotros no lo sabíamos. No habríamos accedido a mostrar nuestra ayuda a tal maniobra de haberlo sabido, pero claro, con Mycroft de por medio tuvimos que haberlo supuesto. Yo suponía que lo amenazarían de algún modo para hacerle desistir de sus propósitos, exiliarlo de algún modo.

»El caso es que, ya anochecido, llegamos al palacete de Yúsupov como invitados a un pequeño banquete que el joven noble daba en honor a su esposa Irina. Cuando nos instalamos en el lugar de la cena, que era en el sótano, descubrimos que Rasputín ya estaba cómodamente instalado. Sus lacayos se mantenían en las sombras, atentos a todo lo que sucedía. Nos acompañaba Oswald Rayner, y a la mesa se hallaban dos importantes políticos que participaban en la conspiración. En el aire se percibía una tensa espera. Ya sentados a la mesa, comprobamos las salvajes maneras de Rasputín, que bebía vino y comía pastas sin medida alguna. Entretanto, tanto Oswald Rayner como los demás comensales se cruzaban incrédulas miradas de estupefacción. Fue entonces cuando Holmes me comunicó algo.

–No ponga cara de sorpresa, mi querido Watson –susurró Holmes mientras hacía como que bebía vino–, pero no se le ocurra por nada del mundo comer una de esas pastas. Están envenenadas.

–¿Está usted seguro? –pregunté mientras intentaba no cambiar la expresión de mi rostro.

–Y tanto –respondió–; a juzgar por el fuerte aroma de almendras amargas que he detectado, ese hombre ha ingerido cianuro como para tumbar a diez hombres, y sin embargo, sigue comiendo como si la cosa no fuera con él. Está claro que lo del exilio no es una opción. Nos han mentido. Quieren acabar con él.

–Ahora que usted lo dice, también detecto ese olor tan peculiar –otorgué–, me molesta no haberme dado cuenta antes. Ese hombre debería estar muerto ya.

–Me parece, querido Watson, que vamos a tener que conceder cierto margen de credibilidad a la fama de santurrón que tiene nuestro peculiar amigo.

Para corroborar sus palabras, y animado por el vino, Rasputín cogió una guitarra y comenzó a cantar viejas canciones folclóricas rusas. El noble Yúsupov, que también estaba a la mesa, tenía el rostro congestionado y miraba suplicante a Oswald Rayner, que compuso un gesto de circunstancias. Los otros hombres se miraban de soslayo mientras tomaban su vino con manos temblorosas.

»En un momento dado, Rasputín interrumpió una de sus canciones para solicitar con gran vehemencia y gritos la presencia de Irina. Su marido, Félix Yúsupov, aprovechó para levantarse de la mesa con la excusa de ir a buscarla. De tan nervioso como estaba, tropezó con una de las sillas y cerca estuvo de caerse. Uno de los hombres lo siguió, y el otro, que era un importante político de cuyo nombre no me acuerdo, los siguió poco después.

»Fue entonces cuando nos quedamos solos junto a Rasputín, si no contamos con sus lacayos. El falso monje siguió comiendo y bebiendo sin parar, ora cantando, ora riendo. Holmes estaba asombrado, apenas podía contener un gesto de franco interés. Sus acerados ojos se fijaron en la figura de Rasputín, que comenzó a hacer cosas alarmantemente extrañas, pues sus ojos quedaron como en éxtasis, y su cuerpo se convulsionó durante unos segundos con violencia.

»Ocurrió entonces algo que me pareció espantoso. Al principio creímos que aquel hombre iba por fin a morirse, pero nada más lejos de la realidad. De su boca comenzó a manar una salmodia y sus brazos… Sus brazos comenzaron a moverse como si tuvieran voluntad propia. Se movían al igual que serpientes, sinuosos, acechantes, reptando por la mesa, cogiendo un vaso, o un plato, como si fueran a examinarlo, para dejarlos sobre la madera poco después. Mientras el resto del cuerpo se mantenía en una posición fija, aquellos brazos seguían con su oscilación tentacular, buscando, examinando todo lo que había sobre la mesa.

»Yo, sin saber muy bien el motivo, estaba aterrorizado; Holmes no le quitaba el ojo de encima, estudiando cada reptil movimiento de los brazos de Rasputín. Entonces cogieron una de las pastas y el monje abrió los ojos desmesuradamente. Recuerdo que un sudor frío bajó por mi sien, mientras que Holmes tensaba su cuerpo dispuesto a cualquier desenlace.

»Rasputín gritó algo, no sé si en ruso o en otro arcaico idioma. Sus dos hombres se le unieron al instante mientras él se encaraba con un crucifijo y comenzaba a gritar algo del todo ininteligible para nosotros. En ese momento apareció Yúsupov portando un revólver. Fue todo demasiado rápido. Antes de que pudiéramos hacer nada disparó varias veces por la espalda contra Rasputín.

»Para nuestro asombro, y lejos de caer muerto, Rasputín se revolvió con furia mientras sus hombres se nos echaron encima. Yúsupov había vaciado el cargador, y mientras intentaba recargar Holmes se encaró con los dos rufianes. Cuando se quitó la bufanda uno de ellos se rió, mostrando sus dientes podridos, pero poco le duró la sonrisa, pues Holmes logró enlazar la bufanda en el cuello del hombre y con un rápido movimiento lo lanzó contra la pared, dejándolo sin sentido. El otro secuaz no salía de su asombro cuando Holmes lanzó contra él su exótica arma, golpeándolo como si fuera un puño de boxeador. Al hombre le temblaron las rodillas y se desplomó.

»Rasputín, escupiendo sangre, hizo ademán de lanzarse contra nosotros, pero sonaron dos disparos más que le alcanzaron en el pecho y, por fin, cayó al suelo.

»Era Yúsupov quien había vuelto a disparar. Todo había terminado, o al menos eso creímos en ese momento.

»Bajó entonces al sótano uno de los políticos. Ahora me acuerdo de su nombre, un tal Purishkevich, que animó y congratuló a Yúsupov por su hazaña. Se acercaba el joven noble al cadáver de Rasputín para cerciorarse de su muerte cuando algo increíble ocurrió, pues dando un espantoso alarido, el místico se levantó del suelo, cogiendo con sus manos la cabeza de Yúsupov y lanzándolo por los aires. Después se encaró con nosotros, los ojos inyectados en sangre.

»Fue la única ocasión en la que vi titubear a Sherlock Holmes.

»Aprovechándose de nuestra sorpresa, Rasputín salió por una puerta, huyendo a través de un patio interior del palacete. Purishkevich le siguió y, tras cerciorarse de que Yúsupov solo estaba conmocionado, nosotros le seguimos de cerca.

»Holmes aprovechó su atlética forma para alcanzar a Rasputín, que se veía cercado sin poder escapar, pues un alto muro le impedía el paso. El monje comenzó a salmodiar, pero Holmes lo acalló con un golpe de su bufanda. Describió un nuevo arco con el arma pero en esta ocasión Rasputín lo esquivó, destrozando Holmes parte del muro por el impacto. El monje se quedó mirando la bufanda, estupefacto, cosa que aprovechó Purishkevich para disparar contra él. Lo alcanzó en el hombro, cayendo al suelo, y antes de que pudiéramos impedirlo lo remató de un disparo en la cabeza.

»¿Cree usted, inspector, que allí acabó todo? Espere a oír el final.

»Trasladamos el cuerpo al interior del palacio, y allí quedamos velándolo hasta altas horas de la madrugada, pues los rusos temían que volviera a despertarse. Yúsupov, ya recuperado, no se atrevía ni a tocarlo. Al final, y ya convencidos de su muerte, pues yo mismo la certifiqué, convenimos en deshacernos del cadáver tirándolo por un puente a las heladas aguas del río Neva.

»El cuerpo cayó, atravesando el hielo. Esto es muy difícil de narrar para mí, inspector. El caso es que Rasputín, lejos de hundirse, dio la impresión de comenzar a nadar bajo el hielo. Incluso pareció girarse sobre sí mismo y mirarnos de forma terrible y burlona a la vez.

»Con gran precipitación lo perseguimos por la ribera. Yúsupov no nos acompañó, pues había echado a llorar de puro horror. Purishkevich, derrotado y anonadado, se quedó al cuidado de su amigo.

»Tras una breve carrera, alcanzamos el cuerpo justo en la orilla. El hielo estaba roto, como si Rasputín lo hubiera roto con sus manos. No me atreví a tocarlo, de tan espantado como estaba. Al final, fue Holmes quien le dio la vuelta, y al hacerlo me dijo que había notado un pinchazo en una de sus manos, pues el monje portaba un extraño artefacto afilado que lo hirió levemente. No llegué a verlo, pues Holmes no pudo recuperarlo y lo perdió en el agua. No le dimos entonces demasiada importancia a este hecho, y con ayuda de unos soldados llevamos el cuerpo nuevamente a palacio.

»Allí le practiqué la autopsia, para descubrir no sin espanto que aquel demonio de hombre no había sucumbido ni al veneno ni a los disparos, ni siquiera al recibido en la cabeza, pues era evidente, por el encharcamiento de sus pulmones, que había perecido ahogado. Estaba aún vivo cuando lo echamos al agua, ¿me oye usted, inspector? Aún vivía

El viento y la lluvia arreciaron sobre las tumbas, creando un remolino de hojas que se paseó por todos los caminos y vericuetos del cementerio. El doctor Watson y el inspector Lestrade se arrebujaron todo lo que pudieron en sus respectivos abrigos.

–Una historia en verdad increíble –otorgó Lestrade al cabo de un momento de silencio–. He de suponer que nuestro amigo fue envenenado al recibir esa herida en su mano, cuando giró el cuerpo de Rasputín.

–Eso mismo –concedió Watson con evidente tristeza–. A estas alturas de la historia, con todo lo que sucedió, no sé si otorgarlo a la fatalidad o a algo más siniestro y aterrador. El caso es que Holmes fue envenenado a través de esa herida, y cuando me di cuenta ya era demasiado tarde. Aún no he logrado descubrir qué tipo de veneno utilizó, pero apagó la vida de Holmes poco a poco, como regodeándose en su muerte.

–No quiero que lo vea como una falta de tacto –dijo Lestrade visiblemente afectado–, pero ¿llegó Holmes a una hipótesis sobre tan increíble caso?

–Antes de comenzar a sentirse mal, siguió especulando con la teoría del mesmerismo. Adujo que Rasputín pudo aplicarse a sí mismo tal efecto durante años, endureciendo su cuerpo de manera inconcebible. Aun así quedan cosas en el aire, cosas sin sentido, inexplicables…

–Es algo difícil de asimilar. Y de entender.

–Eso mismo dijo Holmes antes de morir; pero es solo una teoría, ya sabe usted, inspector. Ahora poco interés tiene para nosotros. Nuestro implacable detective ha muerto, de nada nos sirven ahora las explicaciones. Por cierto, quiero que traslade al señor Mycroft mi agradecimiento por haber trasladado el cuerpo hasta Inglaterra.

–No se preocupe, era cuanto menos debíamos hacer por él. Al menos ha conseguido la paz que se proponía. No volverán a abrumarlo ni a interferir en su vida privada.

–De eso estoy completamente seguro, inspector.

–Si me disculpa…

images (1)

El inspector Lestrade se dio la vuelta y, tras dirigir un saludo hacia la tumba, se dirigió hacia la salida del cementerio, en donde un coche le llevó de nuevo a sus quehaceres habituales. Watson aguardó unos instantes más, y justo cuando iba a abandonar el lugar, observó algo a través del rabillo del ojo que le hizo detenerse.

La tierra de la tumba se había movido, formando un pequeño bulto.

–… Completamente seguro –susurró Watson en una media sonrisa antes de partir–. Perro viejo…

05
Mar
13

La aventura del dios araña

LA AVENTURA DEL DIOS ARAÑA

por

Carlos Díaz Maroto

Mason

A finales de la primavera del año 1906 la temperatura era muy agradable, por lo cual mi esposa y yo solíamos salir por las tardes de nuestra casa en Queen Anne Street y pasear rumbo a los Cavendish Square Gardens, donde disfrutábamos de la naturaleza. Yo por aquel entonces tenía cincuenta y dos años, y mi mujer, Frances, cuarenta y ocho.

Me casé por primera vez en 1886, con Constance Adams, a quien había conocido durante mi estancia en San Francisco, adonde me trasladé en 1884. Sin embargo, solo un año después, en diciembre, mi querida Constance falleció a consecuencia de las heridas producidas por un lamentable accidente acaecido en mi consulta de Kensington, cuando, mientras estaba yo ausente, un enfermo algo desequilibrado se puso nervioso; ella, intentando controlarle, forcejeó y cayó por las escaleras. Pensaba que nunca me resarciría de aquella pérdida, pero gracias a mi amistad con Sherlock Holmes, y por medio del caso que publiqué bajo el título de El signo los cuatro, conocí a la que fue su cliente, Mary Morstan. En 1888 nos casamos, y decidí comprar una consulta en Paddington, a donde nos trasladamos a vivir. Sin embargo, en 1891 regresamos a Kensington, a la casa que supuso mi primera pérdida. No soy hombre supersticioso, pero a veces no cabe sino conjeturar que aquella vivienda estaba maldita, pues el día tres de enero de 1892 mi querida Mary murió también, esta vez a consecuencia de un fatal ataque al corazón. En todo caso, recapacitando, era indudable que la casa nada tenía que ver, pues Mary siempre había sufrido una debilidad en ese órgano, y era muy propensa a los desmayos a consecuencia de esa dolencia.

Después de eso estuve durante bastante tiempo apartado de las damas, puede que también debido a lo mucho que me volqué en colaborar en las aventuras que investigaba Holmes. Sin embargo, en 1901, mientras participábamos en el caso del Puente de Thor, conocí a Frances, y en 1902 nos casamos, trasladándonos a Queen Anne Street.

Continué colaborando con Holmes, pero mis ausencias eran cada vez más acusadas, como era de esperar. Sin lugar a dudas, la muerte de Irene Adler el 8 de octubre de 1903 fue el motivo de que Sherlock Holmes se retirara de la investigación, para trasladarse a vivir a una pequeña casa en Sussex. Públicamente informé que su residencia la situó en Cuckmere Haven, a ocho kilómetros de Eastbourne, para otorgarle de la intimidad que había perdido por su celebridad, pero en estos escritos privados ya he dejado constancia de su verdadero domicilio. Poco después lo visité, en mayo de 1904, y así fue como aconteció “La aventura de las hadas de Littlehampton”.

Llevaba ya, pues, dos años sin tener noticias de Holmes. Mi vida se circunscribía a mi consulta, mi esposa y a trasladar por escrito las aventuras que había vivido con mi amigo, ciertamente de un modo algo caótico y desordenado, pues no seguía nunca un orden cronológico. Además, pese a tener un cuaderno de notas para que no se me pasara ningún detalle importante, me temo que en más de una ocasión se me deslizó algún que otro gazapo. Eso, unido a los cambios que con posterioridad incorporaba mi agente, Sir Arthur Conan Doyle, me temo que me confirió fama de despistado, como poco.

En todo caso, esa referida transcripción también había menguado considerablemente. La última historia que había escrito era “La aventura de la segunda mancha”, que apareció publicada en The Strand en diciembre de 1904, dando por finalizada la saga que titulé El regreso de Sherlock Holmes. Y de momento, aunque aún había no pocas aventuras de mi amigo para trasladar por escrito, no tenía previsto publicar ninguna más. De igual modo, mi agente se hallaba demasiado ocupado escribiendo su ambiciosa novela Sir Nigel, y no quería molestarle más de lo necesario. En todo caso, me imagino que en aquel entonces, y aún habiendo pasado ya el medio siglo, mi ardor y entusiasmo con mi esposa me tomaba demasiado tiempo para poder sentarme a escribir.

Y es que nuestros paseos por los Cavendish Square Gardens eran lo mejor de cada jornada. Nos sentábamos en algún banco y veíamos a la gente pasar, a los niños jugar y a las aves revolotear, mientras no parábamos de hablar. ¡Teníamos tanto que contarnos y, a mi juicio, tan poco tiempo para ello!

Como he dicho, conocí a Frances mientras tenía lugar la aventura del Puente de Thor; quiero decir que fue cronológicamente en esa época, pues no participó en modo alguno en el caso. Una mañana me levanté más pronto que de costumbre, y referí a Mrs. Hudson que no se molestara en ir a por la prensa, pues yo mismo me acercaría a comprarla. Así pues, paseé displicentemente hacia Glenworth Street, donde estaba situado el quiosco que nos servía, y fui a tomar el Times cuando topé con una delicada y adorable mano.

Mrs. Frances Mingaye, al igual que yo, era viuda. Después me enteré que su marido había servido también en Afganistán, al igual que yo, aunque no compartimos regimiento. En fin, pedí disculpas a la mujer con la cual topé, intercambiamos unas pocas palabras, y caballerosamente me ofrecí a acompañarla el resto del camino a su domicilio, sito en Dorset Square. Después, nuestros encuentros ya no fueron tan fortuitos, puesto que yo mismo los provoqué, he de admitir, y después de acompañarla una y otra vez a su casa me atreví a invitarla a tomar el té.

Al fin, el sábado 4 de octubre de 1902 celebrábamos nuestras nupcias, con mi amigo Holmes de padrino, su hermano Mycroft y su primo Edward entre los invitados, y nos retiramos a vivir a Queen Anne Street, como ya he referido. Frances pronto colmó todas mis alegrías; de luna de miel viajamos a Suiza, e incluso me atreví a pasar por la localidad de Meiringen, en el cantón de Berna, cerca de la cual están las cataratas de Reichenbach, las cuales aún hoy día despiertan sensaciones tan ambivalentes para mí. Durante mucho tiempo fueron un recuerdo desdichado, pues llegué a pensar que ahí había perecido mi amigo Sherlock Holmes. Sin embargo, una vez hube averiguado que se trataba de un error, mis recuerdos del lugar variaron, y recordé los hermosos días que pasamos por esas tierras antes de la aparición del temible profesor Moriarty. Llevé a mi mujer por esos lugares, le expliqué todo lo que aconteció, le enseñé las cantarinas aguas del río Aar, que al fin se precipitaban doscientos cincuenta metros abajo por las Reinchenbachfall. Paseamos por las calles de Meiringen, visitamos las gargantas del Aar, e incluso comimos la especialidad del lugar, llamada justamente merengue en honor de la localidad donde se inventó.

Estábamos esa tarde de primavera de 1906 sentados en un banco cuando mi mirada, casualmente, se desvió hacia mi derecha, y vi venir hacia nosotros a Mrs. Fisher. Muy a menudo, en nuestros paseos, coincidíamos con ella y su marido, e intercambiábamos algunas palabras. Sin embargo, esta vez ella venía sola, caminaba a un paso apurado y me miraba fijamente con una expresión que juraría era de angustia. Sus cabellos pendían, sin arreglar, y se veía en sus ropas que no se había preparado para la salida como en otras ocasiones.

Frances debió percibir mi expresión y dejó de relatar lo que me estaba contando.

-¡John! –exclamó-. ¿Qué sucede?

-Mrs. Fisher –comenté-. Parece… alterada.

Faltaban unos metros y la mujer apretó el paso, al tiempo que me miraba con un gesto cada vez más descompuesto. Yo me levanté y me acerqué a ella. Se echó prácticamente en mis brazos, pero el esfuerzo la impedía hablar, agitando la cabeza con angustia.

-¡Cálmese, Mrs. Fisher! Tome aire suavemente y explíqueme qué sucede…

Pasaron unos segundos hasta que al fin pudo articular unas pocas palabras.

-¡Ay, doctor Watson! Mi marido… ¡Venga, se lo ruego!

Tiró de mi manga y, sin dar tiempo a preguntar nada más, salió corriendo de nuevo hacia su casa. Yo me quedé atónito unos breves segundos, y después partí detrás de ella como pude; por suerte el buen tiempo no afectaba a mi cojera, y pude correr sin excesivo esfuerzo detrás de ella, sosteniendo mi bastón en una mano. Detrás de mí, percibí que Frances también echaba a correr. Tomamos por Wigmore Street para después torcer por Wimpole Street, donde los Fisher tenían su domicilio. Nuestra amiga se precipitó prácticamente sobre la puerta y abrió con mano temblorosa la entrada principal. Después, entró sin esperarnos. Yo la seguía a pocos metros. Me condujo pasillo adelante hasta llegar a un cuarto al fondo; abrió la puerta y allí se quedó, apoyada en el quicio, jadeando de forma estentórea y mirando angustiada al frente.

Entré en el despacho y ante mí estaba su marido. Se hallaba sentado frente a una mesa, tenía ambas manos apoyadas en el borde de esta, y miraba fijamente al frente con una expresión desconcertante. Me aproximé al hombre y lo empujé suavemente hacia atrás, para apoyarlo en el sillón y poder examinarlo con detenimiento. No pude. Estaba aferrado con fuerza a la mesa. Tomé sus dedos e intenté forzarlos con cuidado, y al fin lo conseguí. Cayó pesadamente sobre el butacón, con las manos engarfiadas como garras y los brazos aún extendidos.

Tenía la piel de un extraño color pálido. Los ojos permanecían abiertos, y no pestañeaban. Intenté tomarle el pulso, pero no pude discernir si lo tenía. La piel ofrecía un tacto caliente y cerúleo. Solicité a Mrs. Fisher un espejo pequeño y se lo coloqué delante de nariz y boca, lo cual tampoco me terminó de convencer si respiraba o no. Desabroché la bata, abrí la camisa y apliqué mi oído a su pecho, intentando distinguir los latidos de su corazón, pero sentí su piel correosa, como si fuera un trozo de cuero muy desgastado, mas no me llegó sonido alguno. Me levanté y contemplé reflexivo el inmóvil cuerpo.

-¿Qué sucede, doctor Watson? –exclamó la mujer mientras se aproximaba a mí. Frances, que había estado detenida junto a ella, al lado de la puerta del despacho, la siguió preocupada.

-Sinceramente, no lo sé –respondí-. Ha sufrido algún tipo de ataque que lo ha dejado inmovilizado. Y la textura de su piel… Es extraño. Dígame, Mrs. Fisher, ¿qué ha sucedido…?

-Apenas puedo contarle nada. Terminamos de almorzar y, como siempre, él se retiró a trabajar a su despacho; yo, mientras, me quedé en la salita, donde estuve un rato leyendo y también bordando. Cuando llegó la hora de prepararnos para nuestro paseo de todas las tardes, fui a llamarle y… así lo encontré. Sabiendo que sin duda estaría usted en el parque, acudí a pedirle auxilio.

Poco me explicaban sus palabras, en efecto. Asentí y observé nuevamente a Mr. Fisher. Cuando nos encontrábamos con el matrimonio en nuestros paseos, la charla divagaba por cuestiones peregrinas: el tiempo, algún incidente social relevante, las vacaciones cuando se terciaban… Sabía que Mr. Fisher era arqueólogo, y que trabajaba en jornada parcial en la sección de paleontología del Museo de Ciencias Naturales, y ocupaba gran parte de su tiempo en investigaciones privadas. Había conocido a su mujer veinte años atrás, durante un viaje a Lochlea, una población de Escocia; él hacía allí unas excavaciones, y ella era hija de los dueños de la posada donde él se alojaba.

 ¿Qué haría mi amigo Holmes en esa situación? Observé la mesa del despacho, frente a él, y miré su contenido. Había lotes de carpetas a ambos lados y algunas pequeñas figuras antiguas de adorno en el borde frontal. Pero una cosa destacaba por encima de todo: en el centro de la mesa, mirando hacia Mr. Fisher, había una estatuilla de un aspecto… repulsivo. No cabía duda de que, cuando aconteció lo que fuera, él estaba mirando ese objeto. Me acerqué a contemplarlo, sin tocarlo.

Debía medir cerca de veinticinco centímetros. Estaba tallado en una piedra gruesa, porosa, de color levemente verduzco. Representaba a una criatura insólita, parecida a una araña, pero se veía como sentada en cuclillas. Tenía algo vagamente humano que inquietaba, y un rostro atroz, de pesadilla. Me aproximé más aún y observé su boca entreabierta, de donde brotaban dos pinzas laterales; en el hueco interior se percibía lo que parecía un pequeño agujero.

-Dígame. Mrs. Fisher. ¿Qué sabe usted de esa estatuilla?

-Nada, me temo. Mi marido hace una distinción estricta entre la vida familiar y la laboral. Él nunca me cuenta nada de su trabajo. De vez en cuando vienen envíos de paquetes, y en alguno de ellos debió llegar esa horrible figura. Pero la verdad es que nunca la había visto. Suelo entrar en el despacho a menudo a limpiar. En eso Edward no tiene manías. ¿Tiene alguna importancia?

-Pudiera ser. He percibido en el interior de la boca un pequeño orificio. Creo que la figurita pudiera estar hueca, parcial o totalmente, y tener en su interior… algo.

-¿Algo? –inquirió mi esposa-. ¿A qué te refieres?

-Unos polvos, algún tipo de polen… No soy muy ducho en arqueología, pero tengo entendido que, en algunos recintos, suele haber cierto tipo de organismos que, al entrar, quedan liberados y contaminan a los visitantes. Algunos arqueólogos han quedado infectados con alguna enfermedad que permaneció latente en esos lugares durante siglos, tal vez milenios.

-Entonces, ¿qué sugieres? –dijo Frances.

-En primer lugar, moverle de aquí.

Inspeccioné con rapidez el despacho y vi en un rincón un pequeño sofá, donde sin duda Mr. Fisher debía echarse a dormir en algunas ocasiones en que se quedaba a trabajar hasta tarde, para no subir y molestar a su esposa. Mrs. Fisher captó mi mirada y rápidamente habló.

-Haré llamar a algún mozo para que le ayude a trasladarlo.

-No –insté-. Me temo que no podemos permitir entrar a nadie. Dígame, Mrs. Fisher, ¿hay alguien más viviendo en esta casa aparte de ustedes dos?

-Ahora mismo no. Los viernes viene una mujer a ayudarme con la limpieza general de la casa. Por lo demás, solo vivimos mi marido y yo.

-Estupendo. Yo mismo trasladaré a Mr. Fisher hasta ese sofá.

Aparté el sillón de la mesa y le tomé por los hombros, arrastrándolo con esfuerzo hasta su destino. Una vez allí, lo incliné para tumbarlo en el diván. Si no fuera por lo aciago de la situación hubiera resultado cómico: brazos y piernas quedaron en la posición que mantenían mientras estaba sentado. Con esfuerzo, pero con cuidado al mismo tiempo, forcé todos los miembros para ponerlos en una posición más natural. Después me incliné y le volví a hacer un reconocimiento: pulso, aliento y latidos seguían resultando inciertos, y la piel había adquirido un tono más cerúleo, amén de una mayor rigidez. Parecía como si hubiera sido víctima de la Gorgona y se estuviera convirtiendo en piedra.

Por un instante pensé que se parecía en cierto modo a la ictiosis arlequín, pero en ese caso se trataba de una enfermedad de nacimiento, y solía presentarse con unas fisuras características en la piel. Las personas que padecían esa enfermedad solían tener un crecimiento anómalo de la piel, por lo cual acababan muriendo literalmente asfixiadas, nacían con los párpados volteados y solían mostrar deformidades craneales y faciales. Recordaba haber leído la primera descripción de la enfermedad debida al reverendo Oliver Hart, en 1750. Además, yo no conocía caso alguno en que el enfermo hubiera sobrevivido más de unos pocos días.

-Mrs. Fisher, ¿puede traer una manta para cubrir a su esposo? También traiga una palangana con agua y un paño.

-Le acompañaré –dijo Frances, y ambas salieron del despacho.

Me aproximé nuevamente a la mesa y contemplé la infernal figurilla. Tenía algo maligno, antinatural, emitía una esencia incognoscible que producía escalofríos. Sin lugar a dudas, Mr. Fisher había estado manipulando el objeto, había tocado inadvertidamente un mecanismo oculto, y había salido disparado algo que le había provocado ese estado. No había sido inmediato, pues entonces la estatua hubiera caído de sus manos, y no estaría depositada de ese modo en la mesa. Debió aturdirle, la depositó en el escritorio, y luego sintió un vahído, lo que le hizo sujetarse. Y después… quedó petrificado.

No quise inquietar a las mujeres. Pese a haber mencionado que no podíamos permitir entrar a nadie, so riesgo de que pudiera quedar también infectado con las esporas, o lo que fueran, que habían afectado a Mr. Fisher, tampoco nosotros podíamos abandonar la casa, pues de igual modo podíamos haber quedado contaminados y, si salíamos, podríamos extender una epidemia de personas petrificadas por todo Londres. Pero antes o después, sin duda, tendría que ponerles en conocimiento de ese hecho.

 Mr. Fisher debía estar estudiando esa figurilla. Si acababa de recibirla y era su primer examen, no habría información sobre ella, pero si estaba en su posesión desde hacía tiempo era muy posible que hubiera realizado algún informe sobre ella que nos pudiera dar alguna pista. La mesa estaba llena de expedientes… Puede que alguno se refiriera a la imagen.

Me senté en el sillón donde solo poco antes había estado Mr. Fisher y comencé a repasar los fajos de documentos que había sobre el escritorio. Eran, como sospechaba, informes arqueológicos sobre determinados objetos o terrenos. Al poco aparecieron las dos mujeres, portando lo que solicité. Me levanté, tomé la manta de manos de Mrs. Fisher, y tapé a su marido hasta la altura del plexo solar; con esfuerzo, nuevamente, coloqué sus brazos fuera del cobertor, estirados a ambos lados del cuerpo. Mojé el paño en la palangana y después lo pasé por el rostro y manos del hombre.

-Por favor, ¿quiere continuar hidratando a su marido cada cierto tiempo de ese modo, Mrs. Fisher? Hágalo con fuerza, no tema lastimarlo. Cuando se haya agotado el agua vayan a por más…

Seguí rebuscando sobre el escritorio, leyendo por encima los informes, pero no hallaba nada al respecto. Observé a Frances, de pie junto a Mrs. Fisher, que pasaba aplicadamente el paño sobre rostro y manos de su marido. Mi mujer alternaba su atención entre ella y yo, y podía advertir una expresión de intranquilidad cruzando su hermoso rostro. No estaba seguro de si esa hidratación serviría de algo para combatir esa especie de petrificación que estaba sufriendo la piel de Fisher, pero al menos de ese modo mantenía ocupada a su mujer. Y, sinceramente, no se me ocurría nada más que hacer.

Terminé de investigar todos los papeles de la mesa, sin lograr encontrar nada que me ofreciera pista alguna acerca del ídolo. Abrí el cajón que había en el lateral izquierdo; dentro había unos papeles más, un abrecartas, un par de plumas viejas y un lote de folios en blanco. Revisé los papeles escritos pero nada me aportaron. Bajo ese cajón había otro, más grande, pero cuando fui a abrirlo comprobé que estaba cerrado con llave. Me puse en cuclillas ante él, para averiguar si lo podía forzar de algún modo, cuando debajo de la mesa divisé una pequeña llave. La recogí, la introduje en la cerradura y… Entró a la perfección. Imaginaba que Mr. Fisher la había depositado sobre la mesa mientras examinaba la figura y, cuando sufrió el… ataque, en un gesto brusco la arrojó al suelo.

Abrí el cajón, y ante mí se ofreció una caja de cartón, abierta por la parte superior, y llena solo de virutas de corcho. Miré al suelo y comprobé que había dos virutas más. Si Mrs. Fisher limpiaba a menudo, esos desechos debían ser recientes. Dirigí mi vista a la mesa y allí había una viruta más, solitaria, a poca distancia de la estatuilla. No cabía duda: había estado guardada ahí.

Levanté ligeramente la caja y observé debajo de ella una carpeta de cartón marrón. La coloqué sobre la mesa, retirando con cuidado la estatua hacia atrás, me senté delante y la abrí. Ahí estaba. Una fotografía, tomada frontalmente, del ídolo, que se veía depositado en una mesa de madera deslucida, con algo de vegetación detrás.

Eché a un lado la fotografía, como la página de un libro, y lo siguiente era una carta autografiada, con una letra pulcra y elegante repartida por cinco páginas. Me puse a leer:

Bogotá, 12 de febrero de 1906.

Apreciado Mr. Fisher:

Aquí tiene aquello de lo que le hablé en aquellos cables. Adjunto también una fotografía del objeto, realizada unas semanas después del descubrimiento. Pasaré a contarle con cierto detalle acerca de cómo cayó el objeto en mis manos.

Como sabrá, llevo aquí en Colombia dos años, desde la ascensión al poder de Rafael Reyes una vez terminada la Guerra de los Mil Días, trabajando en la prospección en busca de esmeraldas, campo en el cual el país es rico. Había salido en un viaje de exploración a la jungla, acompañado de mi ayudante Álvaro Restrepo, así como de tres guías indígenas. Mi intención era internarme a fondo en la selva con intención de explorar regiones que permanecieran vírgenes a la vista del hombre blanco. Así pues, nos internamos durante semanas en la floresta salvaje hasta que, en un momento determinado, los guías se negaron a proseguir. Yo pretendía continuar en dirección sur, pero ellos negaron, discutieron y presionaron para tomar cualquier otra dirección que no fuera la que yo sugería (sin mucho criterio tampoco, he de decir, solo por un instinto que me guiaba hacia allí). Álvaro discutió con los indígenas en su dialecto wayúu, mas estos no entraban en razón, sin dar explicación alguna. Al fin, con algo más de dinero, les convencimos para que siguieran, aunque no explicaron sus temores y todo el camino avanzaron con una cautela exacerbada, vigilando el alto de los árboles.

La marcha se fue haciendo cada vez más inextricable. Los árboles crecían hasta alturas inimaginables, y su tronco apenas podía ser abarcado por dos hombres juntos. Además, lianas y floresta indómita rellanaban lo que los árboles no cubrían. También pude apreciar una gran abundancia de arañas en la zona, similares a la tarántula, pero el doble de grandes, y que habitaban en los árboles, donde producían constantes hilos de seda que cruzaban de uno lado a otro. Nos habíamos de abrir paso con el machete, cortando las telarañas de manera constante para no quedar pegados a ellas. Los indígenas miraban con temor a los artrópodos, aunque no parecían agresivos.

Entonces, de pronto, sobre nosotros saltaron, no sé de qué manera, un grupo de indígenas. Debían estar escondidos entre las ramas de los árboles, pues cayeron directamente ante nosotros. Eran cuatro y nos apuntaban con sus lanzas. De inmediato, de entre los arbustos y a pie de tierra aparecieron muchos más, rodeándonos por todos lados. Estaban totalmente desnudos salvo un pequeño y prieto taparrabos de un color amarillento sucio, amén de unos abalorios en cuello, muñecas y tobillos, y que parecían llevar colgando colmillos de jaguar. El rostro estaba tintado de rojo y negro, y parecía intentar emular el diseño de la figura que ahora tiene usted en sus manos. Eso les daba una apariencia feroz, terrible e inhumana.

Nos condujeron a punta de lanza hacia su campamento. Los guías que nos acompañaban estaban aterrorizados. Quedamos inmóviles en medio del poblado, un pequeño conglomerado de chozas formadas por grandes hojas secas entrelazadas. El que parecía ser el jefe, por el exceso de ornamentación que ostentaba, se acercó y comenzó a soltar una perorata en un idioma que no entendí y, por la expresión de los guías y de Álvaro, estos tampoco. Llegó después otro indígena, que portaba una máscara representando un rostro de araña, y comenzó a agitar unos objetos delante de nosotros. Eran como dos cañas de bambú huecas, del largo de un brazo, rellenas de algo que efectuaba ruido y adornadas con plumas. También soltó una perorata hacia nosotros y el jefe contestó.

Varios indígenas nos tomaron de los brazos y nos acercaron hacia un extremo del poblado, donde percibí un gran hoyo excavado en el suelo. Temía que nos fueran a arrojar ahí y dejarnos morir de inanición, pero no era eso. Cuando llegamos al borde pude ver que en el interior, a tres o cuatro metros de profundidad, había una araña, igual a las que vimos, pero inusitadamente más grande, pues tendría casi tres metros de longitud. Alzó la vista hacia nosotros y pude ver sus pinzas agitarse y emitir un fluido denso y viscoso.

Después, nos empujaron nuevamente, arrojándonos en una cabaña y quedando dos indígenas en el exterior como vigilantes. Cuando pude recuperarme de la impresión me senté (pues había caído redondo al suelo) y miré a mi alrededor. La cabaña estaba totalmente vacía, salvo por el ídolo que le he mandado, depositado sobre una especie de pequeño altar.

Quedamos allí esperando, mientras los guías sollozaban y parecían desgranar una especie de salmodia. Fuera, sonaba otra salmodia, diferente, más amenazadora, más oscura, que parecía remitir al origen de los tiempos, en un lenguaje prehumano, en el que, sin embargo, distinguía una palabra parecida a la española “araña”. Pasó media hora, hasta que al fin los indígenas de la puerta se apartaron y dejaron pasar a otros dos, que tomaron a uno de nuestros guías y se lo llevaron. Este comenzó a gritar, a patalear, y por entre las piernas de los vigilantes de la puerta pude ver cómo se llevaban a rastras al hombre, llegaban al borde del pozo y lo arrojaban a su interior. Un feroz alarido brotó, que luego se rompió en un quiebro agónico.

Los cuatro nos miramos con horror, y decidimos que debíamos escapar de allí como fuera. Nos habían quitado todas nuestras pertenencias: rifles, viandas, equipo de exploración…, pero no habían llegado a cachear nuestras ropas. Era un concepto que no entraba en su forma de vida, no debían conocer la existencia de bolsillos. Extraje una navaja y con ella comencé a limar concienzudamente y con esfuerzo la parte baja del lado contrario a la puerta de la cabaña. Eran hierbas secas muy resistentes, y me costó esfuerzo ir quebrando aquel manojo espeso.

Al fin logré apartar suficiente material como para que pudiéramos arrastrarnos con cierta dificultad fuera de la cabaña, hacia la espesura de la selva. Hice pasar primero a los guías, después a Álvaro y al fin yo mismo, después de tomar el ídolo y guardarlo entre mis ropas. La jungla estaba a unos pocos metros de nosotros. Allí nos internamos con cuidado, despacio y en silencio, y comenzamos a penetrar en sus profundidades. Cuando al fin llegamos a una distancia que calculamos no podían oír la hojarasca sacudida por nuestros cuerpos, corrimos, corrimos como alma que lleva el diablo. Mis pies apenas tocaban el suelo y al poco adelanté a los otros hombres, quedando el primero y avanzando a la velocidad de un jaguar, con las ramas hendiéndome el cuerpo con sus cuchilladas.

Debíamos llevar corriendo cerca de veinte minutos cuando comencé a oír ruido detrás de nosotros. Sabía lo que significaba: los indígenas se habían apercibido de nuestra huida e iban en nuestra persecución. Apreté más aún el paso, y mis compañeros, detrás, hicieron otro tanto. Sin embargo, uno de los guías empezó a perder fuelle y a irse distanciando, hasta que al fin cayó en poder de los salvajes. Un grito atroz hizo alzar el vuelo a los pájaros. Miré hacia atrás sin dejar de correr y comprobé cómo un montón de guerreros estaban inclinados sobre el guía y usaban una y otra vez las lanzas contra él.

Seguimos corriendo, mientras los salvajes se entretenían detrás con el guía. Pronto creamos cierta distancia con ellos, pero aún así no cejamos en nuestra desesperada huida. El siguiente en caer fue el segundo guía. Quedó atrapado en una inmensa telaraña. Intentamos liberarle, pero la seda se enredaba más y más a lo largo de su cuerpo, hasta convertirlo en algo parecido a una crisálida. Apenas podíamos ver ya su rostro, un brazo y una pierna, cuando llegaron las arañas del tamaño de un gato. Cubrieron su cuerpo entero y comenzaron a inyectarle un líquido por medio de sus pinzas. Agarrábamos algunas de ellas y las arrojábamos al suelo, yo clavándoles mi navaja o Álvaro asaetándolas con ramas puntiagudas. Pero eran muchas, demasiadas, y pronto llenaron el cuerpo del guía y lo inundaron de ese líquido digestivo que fue resecándolo en vida.

Nada podíamos hacer, pues, así que seguimos corriendo sin parar. En ocasiones oíamos ruido detrás de nosotros, y sabíamos que eran los indígenas, pero siempre conseguíamos mantener la distancia con ellos.

Al fin, frente a nosotros, oímos un ruido sordo, y Álvaro, jadeante, movió los labios para articular la palabra “catarata” sin pronunciarla. Nos encaminamos hacia el sonido, y pronto llegamos a un risco ante el que se abría una cascada de al menos cien metros de altura, con el agua burbujeando como si estuviera hirviendo. El ruido era atronador, y no podíamos oír a nuestros perseguidores.

Comenzamos a intentar bajar los peñascos, en dirección a los pies de la catarata, pero la piedra estaba resbaladiza a consecuencia del musgo y el agua que salpicaba en minúsculas partículas. Estábamos a mitad del camino cuando Álvaro resbaló y cayó al abismo. Pude ver su cuerpo rebotar sobre una roca y luego ser absorbido por la furia de las aguas.

Proseguí el avance cuando de pronto una lanza golpeó sobre la piedra a mi izquierda. Alcé la vista y vi a un grupo de tres o cuatro aborígenes en lo alto de la cascada, señalándome con el dedo y hablando excitadamente. Un segundo guerrero arrojó su lanza y pasó volando por encima de mi cabeza. No les dejé afinar más. Avancé de nuevo todo lo que pude debido a las resbaladizas piedras, al tiempo que oía sus gritos acercándose: estaban bajando a por mí.

Mi progreso era lento, y al fin, no viendo otro objetivo, miré las aguas a mis pies. Estaban revueltas e indómitas, pero la distancia no era excesivamente alta. Solo tenía dos opciones: morir a manos de los salvajes o ahogado. Así pues me lancé al agua, imitando el gesto que había visto años atrás a los clavadistas de Acapulco. El agua me sorbió, golosa, y descendí varios metros en su interior. Nadé después con esfuerzo a la superficie, y me dejé llevar por la corriente.

Lo que sigue es muy confuso. Desperté en un camastro renqueante, en una cabaña mísera donde habitaba un hombre de unos sesenta años, con cabello y un grueso mostacho de color blanco. Me dijo en español que estuve delirando dos semanas, tras encontrarme a la orilla del río. Comprobé que había sacado de entre mis ropas el ídolo, y cuando pregunté por él señaló un arcón de paja que tenía, al mismo tiempo que evitaba mirar hacia allí. Le pregunté si sabía lo que era y dijo que no, agitando nerviosamente la cabeza.

Cuando al fin logré recuperarme lo suficiente me despedí del buen hombre e inicié el camino rumbo a alguna ciudad grande. Me topé con una caravana de vendedores y con ellos al fin llegué a Villavicencio. Allí permanecí varias semanas, yendo de un lado a otro para preguntar acerca de esa tribu adoradora de las arañas. Mucha gente no sabía realmente nada, otra me mentía y decía desconocer su existencia… Hasta que, al fin, me topé con una anciana, que parecía centenaria a base de subsistir mascando tabaco. Ella no parecía temer nada. Me habló de los yonnaï, que así se llamaba la tribu con la cual nos topamos, y que muchos consideraban solo una leyenda. Eran adoradores de Koyssu, el dios araña, al que rendían culto por medio de sacrificios humanos.

Le enseñé la estatuilla, preguntándole si sabía lo que era, y entonces sí vi el horror reflejarse en su rostro, y rápidamente me hizo salir de su chabola. Ya no quiso contar nada más. Tomé un tren y llegué hasta Bogotá, donde estuve descansando y recuperándome de la experiencia sufrida. Y de pronto lo recordé a usted, cuando nos conocimos en la universidad, y caí en la cuenta de que usted, como arqueólogo y antropólogo, podría estar interesado en todo esto.

Aquí termino de narrar, pues, lo que me aconteció en el interior de las selvas colombianas. Adjunto va el ídolo del dios araña Koyssu, que puede resultarle de sumo interés.

Atentamente suyo.

Peter Bryan.

Ahí acababa el texto. Me quedé un largo rato pensativo, con la última hoja entre mis manos, contemplando aquella firma. Y después observé la estatua de Koyssu, el dios araña, el que había inducido ese sueño petrificador en Mr. Fisher. Recordé la narración, cómo Mr. Bryan se introdujo el ídolo entre sus ropas y corrió con eso por la jungla, cómo se dejó arrastrar por las aguas con eso ceñido a su cuerpo. Nada había sucedido con él, por tanto el mecanismo que había liberado aquello que dejó en coma a Mr. Fisher debía ser de acceso difícil, no podría dispararse de cualquier modo… Con sumo cuidado cogí la estatuilla y la observé detenidamente; la giré y contemplé su base. En el centro había una depresión, del tamaño de una moneda de una guinea, y al fondo se distinguía algo que sobresalía y que parecía ser…

En ese instante un grito aterrador me hizo saltar, y la estatua casi cayó de mis manos. Deposité esta sobre la mesa y me volví. Mrs. Fisher parecía hallarse alterada en sumo grado, y mi mujer la tomaba de los brazos, intentado vanamente consolarla.

Me acerqué a ellas con rapidez.

-Mrs. Fisher –exclamé-. ¿Qué sucede? ¿Qué le ha pasado?

Ella solo soltaba gemidos e hipidos. Tanto Frances como yo intentábamos tranquilizarla y averiguar el motivo de su estado. Al fin, poco a poco, se fue calmando y entonces balbuceó:

-¡Edward! Su… Su vientre. Yo… Le había desabrochado para… Para pasarle también el paño por el pecho cuando… Cuando…

De nuevo se alteró y comenzó a llorar. Le hice un gesto a Frances para que se la llevara de allí. Así lo hizo. Se apartaron de Mr. Fisher y yo procedí a separar su camisa, dejando su pecho entero al descubierto. El tono seguía siendo cerúleo, y había adquirido un color como de ceniza. Ella había dicho algo de su vientre. Comencé a explorarlo con los dedos, hundiéndolos a lo largo del abdomen para percibir si había algo anómalo.

Y entonces lo sentí. Algo se escurrió bajo mis dedos. Respingué, debo confesar, y clavé mi vista en la zona donde había percibido aquello. Y entonces vi su carne ondularse, como si algo se deslizara por debajo de ella.

Coloqué ambas manos sobre el vientre de Mr. Fisher y las dejé ahí unos instantes, hasta que cerca de medio minuto después volví a sentir el movimiento. Sí, sin duda había algo dentro del cuerpo de aquel hombre. Nunca me había enfrentado a una situación similar. Sí, desde luego, en alguna ocasión había tenido que extirpar algún pequeño insecto del oído o del orificio nasal de alguna persona, y en una ocasión, estando en la India, hube de extraer de la espalda de un oficial un anélido que había crecido en ella. Pero esto era inaudito. No parecía tratarse de una taenia solium, lo que comúnmente se conoce como solitaria, pues pese a poder alcanzar hasta doce metros en el interior del paciente, su grosor era tan pequeño que sería imposible percibirlo a través de la piel.

Deslicé mis manos y palpé los costados del paciente, subiendo hasta las axilas y bajando hacia las pelvis. Volví a subir, y quedé sorprendido. Daba la impresión de que las costillas flotantes eran en realidad verdaderas, lo cual era imposible. Sin duda, la morfología de Mr. Fisher era totalmente atípica.

Me dirigí hacia la mesa del despacho y cogí una de las carpetas de cartón, la vacié y con ella me aproximé al enfermo, enrollando la tapa y confeccionando de este modo un estetoscopio de urgencia. Lo coloqué sobre su pecho y estuve escuchando con detenimiento. Fue complicado, y me costó no poco esfuerzo, a tal punto que indiqué a Mrs. Fisher que apagase el reloj de pared del cuarto, pues su tic-tac me distraía. Al fin, percibí su latido, a un volumen muy tenue, pero a una velocidad sorprendente. Calculé que tenía cerca de doscientas cincuenta pulsaciones por minuto.

Intenté tomarle el pulso, pero eso me fue imposible. Parecía tener la piel recubierta de una capa de cera, y a través de ella me era imposible percibir nada. Recogí de nuevo el espejo y lo coloqué ante su rostro, pero cuando lo miré no estaba empañado.

No sabía qué estaba sucediendo. Todo daba a entender que el ídolo había expelido algo que le mantenía en ese insólito estado de coma inducido. Sus alteraciones fisiológicas parecían también ser debidas a esa circunstancia, aunque me parecía demasiado rápido para haberse dado cambios tan drásticos. Y no podrían ser anormalidades previas de Mr. Fisher, pues estas se habrían manifestado antes con cualquier síntoma o reconocimiento tradicional.

Lo peor de todo era que estábamos atrapados en aquel lugar, sin modo de que yo pudiera disponer de instrumental médico alguno con el cual examinarle más a fondo. No cabía más que esperar y comprobar hacia dónde conducía todo ello. Esperaría veinticuatro horas y, si nada variaba, habría que contactar con el exterior y, tomando todas las precauciones posibles, hacer entrar a expertos para que lo examinaran a fondo.

Me dirigí hacia las dos mujeres. Mrs. Fisher se había sentado ante la mesa del despacho, en el sillón de su marido, y Frances se hallaba en pie, junto a ella, mientras intentaba darle apoyo moral.

-Bien –comenté-. Debo admitir que no sé qué sucede con Mr. Fisher. Da la impresión de que su marido se halla en ese estado a consecuencia de algo que ese ídolo ha expelido sobre él.

Al escuchar eso, lanzó una mirada sobre la estatuilla y se levantó bruscamente del sillón. Frances la tomó de los hombros y la alejó de allí, acercándonos a la estantería de enfrente.

-Sospecho que puede ser algún tipo de sustancia en forma de polvo, tal vez plantas trituradas y mezcladas. Puede que algunos restos hayan quedado en el ambiente y nosotros las hayamos inhalado. No ofrecemos ningún síntoma de momento, pero puede que estemos infectados. Lo cual indica que no podemos abandonar la casa, so riesgo de contagiar una posible enfermedad. He pensado que pasemos la noche aquí, vigilando a su marido. Si mañana a medio día no ha variado nada, llamaré al Imperial College para que tomen el asunto en sus manos.

-¿Qué cree que le pasa a mi marido, doctor Watson?

-Alguien me comentó muchas veces que no hay que adivinar, sino solo sacar conclusiones acerca de lo que las pruebas demuestran. Yo no tengo demasiadas pruebas, lamentablemente. Pero si tuviera que especular, mi teoría es que su marido ha entrado en una especie de sueño cataléptico que le ha inducido lo que ha aspirado, y eso le ha provocado algunas reacciones fisiológicas. Espero que pasadas unas horas el organismo lo elimine y se recupere…

Sabía que lo que había dicho era un tanto vago, pero confiaba que aquellas palabras la tranquilizarían.

Dado que ya empezaba a anochecer, las dos mujeres se trasladaron a la cocina y prepararon una cena frugal, que consumimos en el propio despacho, pues no queríamos dejar sin vigilancia en momento alguno a Mr. Fisher. Después estuvimos unas pocas horas más de guardia, hasta que decidí mandar a las dos a dormir a sendas camas, ante lo cual Mrs. Fisher se negó rotundamente, diciendo que no abandonaría a su marido. Fui incapaz de hacerla entrar en razón, así pues Frances se retiró a dormir al cuarto de invitados, y Mrs. Fisher y yo nos quedamos velando a su esposo. Traje un cómodo sillón del salón, que ubiqué a los pies del sofá, y coloqué una silla delante; de ese modo, Mrs. Fisher podía descansar cómodamente manteniendo los pies en alto. Yo tomé el sillón del escritorio y lo aproximé a la cabecera y allí me quedé vigilando al enfermo.

Pasaron las horas. Confieso que me quedé dormido en ocasiones. Cuando el reloj dio las dos me hizo abrir los ojos con un leve sobresalto; miré y vi que Mrs. Fisher se había adormilado igualmente, y no la desperté. Me incliné sobre Mr. Fisher y le hice un reconocimiento superficial. Sus miembros estaban agarrotados, y era imposible moverlos, y la piel parecía como la capa de cera que cubre algunos quesos, pero de un color blanco pálido. Levanté sus párpados y comprobé que tenía las pupilas en blanco.

Me senté de nuevo y seguí vigilando. No sé cuándo me volví a dormir, pero de pronto un grito espeluznante me despertó. Miré de inmediato al sofá, pero Mr. Fisher no estaba ahí; luego contemplé el sillón, y su mujer tampoco estaba.

Giré la vista, y lo que vi al tenue resplandor de los rescoldos de la chimenea me hizo creer que había perdido la razón. Mrs. Fisher estaba de pie, en un rincón, entre la pared y una estantería, y gritaba sin parar. En la pared, casi al borde del techo, estaba su marido. O lo que una vez había sido su marido.

Lo más notorio eran las patas de araña que habían surgido de sus costados, en un total de ocho. Con ellas se sostenía de algún modo en la pared, moviéndose nerviosamente de arriba abajo. Sus propios miembros pendían como frutos yertos, como apéndices ya inútiles. Y había aumentado el volumen global de su cuerpo, pues el tronco aparecía hinchado y deforme, de un blanquecino enfermizo, y escindido levemente en dos mitades a la altura de lo que fue la cintura. La mutación, obvio era, había destrozado sus ropas, y mostraba su deformidad en toda su extensión, sin dejar nada a la imaginación. Lo peor era el rostro, algo espantoso a mitad de camino entre lo humano y lo arácnido. Había perdido totalmente el cabello, y ofrecía dos pares de ojos: los suyos propios, que habían aumentado al doble de su tamaño, y se veían totalmente negros, y otro par en las sienes, más pequeños, de igual aspecto. De la inmensa boca colgaban dos apéndices negros que agitaba como en una especie de parloteo mudo.

La puerta se abrió bruscamente y apareció Frances, y aquello giró en la pared y contempló a mi mujer. Esta quedó petrificada en el umbral, sin comprender lo que sucedía, acaso intentando asimilar lo que la observaba desde lo alto de la pared. Y entonces, el hombre araña saltó al suelo y se acercó a Frances. Ella gritó y salió corriendo. La cosa era demasiado grande, por lo cual quedó atascada en la puerta. Yo aproveché y me lancé sobre ella, agarrándola para que no siguiera adelante. Percibí cómo sobre toda la piel había una especie de filamentos blanquecinos y espesos, como si le estuviera brotando algo parecido a un vello hirsuto. La criatura se agitó entre mis brazos y consiguió superar el dintel de la puerta.

Frances estaba corriendo hacia el piso superior, y la bestia avanzó, subiendo por las escaleras. Yo miré a mi alrededor, en busca de algo con lo cual impedir el avance de la criatura. Sobre un aparador había un candelabro de seis brazos; lo tomé y lo arrojé contra el ser, sobre cuya espalda rebotó sin provocarle la más mínima reacción.

Con sus nerviosas patas tableteando sobre la madera la entidad arácnida ascendió por la escalera, hasta alcanzar el pasillo del piso superior. Yo había oído una puerta cerrarse, y confiaba que esta resistiera el previsible ataque de la bestia.

Comprobé que en la pared, a mitad de camino de la escalera, había colgadas en forma de cruz dos espadas, a modo de adorno heráldico. Subí los peldaños de dos en dos, agarré una de las espadas, y proseguí la ascensión, llegando al pasillo. La criatura estaba a la mitad, se había alzado sobre las cuatro patas traseras, y golpeaba con el tórax contra la puerta, que se combaba a cada embestida, al tiempo que los brazos y piernas de su previa condición humana se agitaban como si carecieran de huesos.

Me acerqué y solté una estocada sobre el cuerpo. Solo abrí una pequeña herida en la piel, al tiempo que el monstruo soltaba un bramido, pero seguía intentando forzar la puerta, sin prestarme mayor atención. En el interior de la habitación Frances comenzó a gritar, y oí un cristal caer al suelo.

Decidí cambiar de táctica y clavé la espada en el costado de la criatura, en la unión entre lo que imaginé eran el cefalotórax y el abdomen. Entonces soltó una especie de silbido que me hizo vibrar ambos tímpanos, al mismo tiempo que se giraba hacia mí. En ese rostro que no era ya humano distinguí, sin embargo, una expresión que provocó que mi cuerpo se cubriera súbitamente de un frío sudor. La cosa pataleó hacia mí, y yo caí al suelo. Entonces comencé a oír más gritos de Frances, y desde mi posición pude ver cómo por debajo de la puerta comenzaba a brotar un humo espeso. De inmediato se hizo la luz en mi mente: Frances, aterrorizada, había retrocedido, golpeado algún mueble y hecho caer algún quinqué, haciendo que este derramara su contenido y comenzara a provocar un fuego.

Todo esto lo pensaba a velocidad de vértigo al tiempo que la cosa se abalanzaba contra mí. Dejé que se me echara encima, me deslicé y clavé la espada en el abdomen. Después me impulsé y pasé por debajo de ella, poniéndome en pie y lanzándome contra la puerta, intentando abrirla, mas en vano.

-¡Frances! –grité, al tiempo que aporreaba la puerta-. ¡Abre!

Rápidamente, ella abrió. Miré hacia la criatura y comprobé que se había recuperado de la estocada. Aún con la espada dentro, se giró, para lo cual subió por la pared, y luego se dirigió hacia mí, haciendo que la empuñadura del arma chirriara contra en suelo como una tiza en una pizarra.

Entré en el dormitorio de invitados y comprobé que uno de los doseles de la cama estaba ardiendo. El monstruo llegó al umbral y se detuvo en él, y después giró y se alejó. Sin duda el fuego lo había hecho retroceder. Pero entonces caí en la cuenta de que eso no me interesaba.

Lancé un grito, llamándolo, y después tomé una jofaina de un aparador y me asomé al pasillo, lanzándola sobre la bestia. Esta detuvo su avance y se giró, quedando quieta a mitad de camino y mirándome con fijeza con sus cuatro ojos.

-¡Ven aquí, monstruo del diablo! –grité.

Sus dos ojos mayores se agitaron, los dos pedúnculos de la boca se sacudieron, y entonces la criatura avanzó de nuevo hacia mí. Entré rápidamente en el dormitorio e indiqué a Frances que se retirara al extremo opuesto de la habitación. La cama ya era pasto de las llamas.

El monstruo se asomó a la puerta, y de nuevo con esfuerzo se deslizó al interior de la habitación. Yo había tomado una silla y embestía contra la cosa, como un domador en un circo hace con los leones. Entonces hice un gesto a Frances. Esta, rápidamente, corrió dando un quiebro, esquivando a lo que una vez fue Mr. Fisher, y salió por la puerta, desapareciendo. Me quedé a solas con la bestia.

Empujé la silla hacia delante y golpeé con las cuatro patas en el inhumano rostro de la criatura. El ser se abalanzó sobre mí. Yo me dejé caer al suelo y pasó por encima. Entonces agarré la empuñadura de la espada y le di un terrible empujón, levantándolo durante unos instantes en vilo. El monstruo cayó sobre la cama.

Rápidamente, las llamas hicieron presa en él, sobre su piel lustrosa, sobre su vello hirsuto e incipiente. Oí un chillido espantoso, y pensé que iba a quedar sordo. Las patas comenzaron a sacudirse espasmódicamente mientras las llamas se extendían por el techo y muebles de la habitación.

Retrocedí, salí por la puerta y me quedé un instante mirando. Y entonces la bestia dio un brinco y se alejó de la cama. Yo reculé, y vi a la criatura asomando por el umbral mientras su cuerpo seguía envuelto en llamas. Comenzó a avanzar hacia mí, como una gran bestia flamígera surgida de la mitología griega. A medida que se aproximaba, las llamas hacían presa de los tapices de las paredes y los pasamanos de las escaleras.

Oí un ruido y de refilón vi que Frances y Mrs. Fisher salían por la puerta principal, envuelta mi esposa en un chal, para escapar a la calle. La criatura siguió bajando las escaleras, pero las llamas iban haciendo una mella paulatina en su cuerpo, y el descenso se hacía cada vez más lento, más esforzado. Me precipité hacia la puerta y, una vez allí, me volví nuevamente a mirar. La bestia estaba detenida en medio del hall, inmóvil, mientras las llamas envolvían su cuerpo ennegrecido. El fuego en la planta superior se había extendido al techo, y prendió en la lámpara que pendía sobre la entrada. Ardiendo, el cordón que la sostenía se partió y el armatoste cayó pesadamente sobre el ser.

Ya no esperé más. Salí de la casa y me reuní con ambas mujeres, rodeando los hombros de Frances con las manos y contemplando cómo las llamas ya salían por las ventanas de ambas plantas y por el techo. Los vecinos salían de sus casas, y a lo lejos ya se oía la campana de los bomberos acercarse. Mrs. Fisher contemplaba con ojos anegados de lágrimas cómo todo lo que había representado su vida se iba consumiendo, convirtiéndose en cenizas.

La prensa publicó una noticia sucinta de lo acontecido: un incendio había devorado la mansión de Wimpole Street perteneciente a Mr. y Mrs. Fisher. Mr. Fisher había perdido la vida salvando a su esposa, así como a dos invitados que pasaban la noche en la casa. Nada más se supo y, por supuesto, nada más informamos ninguno de los tres. Los restos de Mr. Fisher estaban tan consumidos por el fuego que ningún forense pudo identificar las espantosas mutaciones que había sufrido. Ninguno de nosotros sufrió la menor reacción a las esporas que atacaron a Mr. Fisher.

Sí, fue Sherlock Holmes quien en infinitud de ocasiones me comentó que no hay que adivinar, sino solo sacar conclusiones acerca de lo que las pruebas demuestran. Sin embargo, no pude evitar especular, hilvanar todo lo que aconteció con lo que leí en la carta de Peter Bryan. No sé si realmente fue un plan intencionado de los indígenas desde que Mr. Bryan y sus hombres entraron en la cabaña donde descansaba el ídolo de Koyssu, el dios araña. No sé si realmente le dejaron escapar con la estatuilla, o la intención era convertir a algunos de los apresados dentro del propio campamento. De lo que sí estoy convencido es que la reliquia estaba preparada para inyectar esa toxina gaseosa, o lo que fuera, y tomara posesión de un cuerpo humano para que este fuera mutándose, adaptándose a una nueva morfología, de tal modo que el cuerpo servía de crisálida para incubar un nuevo ser, y así el anfitrión acabaría por desaparecer y a partir de ahí nacería, o renacería, o retornaría Koyssu, el dios araña, para ser adorado por sus servidores.

© Carlos Díaz Maroto 2013

Prohibida la reproducción, ni aún citando el origen

08
Mar
12

“El Valle del Miedo”. Confesiones de un no – holmesiano

Sherlock Holmes es una más de las muchísimas cosas sobre las que no tengo ni la más remota idea. Y sobre novela negra tampoco. Ni siquiera sé qué pueden tener que ver la novela negra y Sherlock Holmes. Pero, como nunca es tarde para casi nada, leer El Valle del Miedo quizás pueda servir para disminuir, o al menos disimular, mi ignorancia.

Para empezar debo decir que yo, de Sherlock Holmes, solo tengo caras. Como no tengo lecturas, pues tengo caras: las de la tele y las del cine.

Hay una cara que, por exceso de visionado, destaca sobre las demás, la de Basil Rathbone. Hay otra que me gusta por, así decirlo, calidad actoral: Peter Cushing.

Hay otra que no me gusta nada, la de Robert Downey Jr. y otra que me inquieta, la de Benedict Cumberbatch.

Lo reconozco.

Reconozco que puede ser de zoquetes (de hecho, lo es) no tener más que caras de Holmes y no tener lecturas. Pero yo vengo de El Valle de la Copla, de Antonio Molina y esas cosas. No vengo de la cultura anglosajona, soy más de Curro Jiménez y de Los bingueros. Y de novelas del estilo de Marcial Lafuente Estefanía y, siendo sinceros casi hasta el dolor, Corín Tellado.

Así, desde esta perspectiva, tan dislocada y poli –iba a poner politoxicómana, en qué estaría yo pensando, pero no, ni siquiera empieza por poli, es multidisciplinar, la palabra es multidisciplinar- opinaré sobre El Valle del Miedo.

A todo esto, ¿quién es Moriarty? ¿Un Bin Laden del hampa británica? ¿Un malo muy malo? Lo nombran un par de veces en la novela y las referencias que hacen a él son algo extrañas. Está y no está. Es y no es. Participa y no participa. Mueve hilos y no los mueve.

Será que, a lo mejor, Moriarty es una obsesión. Las obsesiones suelen tener un punto de partida real, pero no se han de confundir con la realidad. De malo tienen que te ocupan el pensamiento más de la cuenta. De bueno, que cualquier suceso que te acaezca se explica a la luz de esa obsesión. Como el ungüento amarillo, como un Bálsamo de Fierabrás argumental.

Esta sería la razón número uno para leer más novelas del insigne detective. Me pica el gusanillo Moriarty. Y no hay nada mejor para rascarse que leer.

Watson me gusta. Es un tío paciente, que le aguanta al detective lo que nadie le aguanta, que relata bien: ni quita ni pone, hace lo que debe, nos maneja, nos trae, nos lleva. Está bien. Le falta un pelín de mala leche y le falta mandar al carajo alguna vez a Sherlock. Pero los que no tenemos carácter, no tenemos carácter. Y mira que intentamos, de vez en cuando, dar un golpe en la mesa.

Pero lo damos y nos hacemos daño. Encima.

Lo mismo es por eso que Watson soporta lo que soporta. Por eso y porque resulta la mar de divertido ser amigo de un personaje como Holmes. Se perdona, por tanto, el bollo por el coscorrón.

Sumo a la razón número uno -el malo de Moriarty- la razón número dos -el bueno de Watson-. Tanto por lo bien que relata como por ver si alguna vez pone en su sitio al detective.

Sigo leyendo El Valle del Miedo.

Al principio lo tengo fácil.

Es un caso policíaco. Con la ayuda de mi pasado televisivo y cinéfilo -explico lo de cinéfilo: doble sesión en cine de barrio, Emmanuelle negra, alguna del oeste y sangrientas películas policíacas- no me cuesta ponerle cara a los personajes. Incluso puedo elegir y elijo a Benedict Cumberbatch en el papel de Sherlock porque es la cara más fresca que tengo. Eso sí, le coloco el patético gorro de la iconografía más usada.

Watson me da lo mismo. Le ponga la cara que le ponga -aguantando lo que le aguanta a Sherlock- no se va a enfadar conmigo.

La novela me entretiene. Lo paso bien. Sigo con gusto pesquisas e ironías, gracejos, descripciones y suspenses. Se me hace corta. Sin saber cómo, se resuelve el caso.

Pero no se resuelve. No del todo.

Han desaparecido las verdes campiñas y las casas señoriales, los abnegados policías y los sabios investigadores.

Todo se ha oscurecido. Solo ha sido un salto hacia atrás en el tiempo, solo hemos cambiado de continente y, sin embargo, todo el relato ha cambiado. Se ennegrecen los rostros de la gente, las formas de ser y de actuar, los paisajes y los afanes.

Todo se hace inquietante, doloroso. No hay compasión, no hay sutileza. No hay niñez, no hay ingenuidad.

Hemos entrado en un terreno duro, que agarra las piernas. Hemos llegado a la estricta y pura realidad de la novela negra, de la sangre y la muerte, de la venganza y de los intereses.

Sin motivos personales. A sangre fría. Todas y cada una de las páginas que conforman la segunda parte de la novela son un canto a la supervivencia animal, al no reconocimiento del otro, al olvido de la conversación y a la sublimación de la violencia.

Violencia ejercida por el patrón hacia el obrero, por el obrero al patrón, por el rico al pobre, por el pobre al rico.

Sadismo. Como cerdos en el barro, los hombres entre la sangre. Novela negra.

Y qué bien lo hace Watson, qué bien describe todo, qué magistral dominio de los mecanismos de la narración.

¿Quién se creía que Watson era de campiña inglesa y de taza de té? Pues nada de eso. Watson se mueve igual de bien en este mundo de miradas con inquina, dientes apretados y desaforados golpes. Y consigue que uno sienta el clima agobiante de esos sombríos y yermos campos donde se asienta el terror e impone su reino.

Voy a parar un poco, que me parece que me estoy transformado en una mezcla entre Azorín y Martín-Vigil y no es eso lo que quiero.

Lo que quiero decir es que para mí, que vengo de unos mineros que bajan a la mina siguiendo a uno con pelo rizado -Antonio Molina- y que canta tan contento y tan feliz, que hace unos gorgoritos que serían imposibles si no fuera por causa de alguna malformación bronquial o pulmonar o de las cuerdas vocales o vaya usted a saber, se me hace impensable ese clima de insensibilidad que trasmite el Valle del Terror. Ya lo dije antes. No tengo carácter y me sobrecojo con nada.

Me lo he pasado bien con esta novela. Como las tardes de sábado con sesión doble sin palomitas, que para tanto no llegaba. Y, como con el cine de sábado, voy a repetir.

No llegaré al extremo de los holmesianos o de los tolkenianos o de los seguidores de Star Trek. Pero prometo aplicarme en la lectura de Watson/Conan Doyle. Para pasar el rato o para criticarlo, que uno nunca sabe, que lo mismo leo otra novela y me cambia la opinión para mal.

Ahora mismo me quedo con el agradable sabor que me deja El Valle del Miedo. Está mal que yo lo diga, dada mi trasnochada sensiblería, pero ¿quién dijo que la sangre o la muerte, bien manejadas, no pueden tener a veces un buen sabor?

José Miguel Panizo García

 

José Miguel Panizo García es autor de Cuentos revueltos

(http://www.bubok.es/libros/191267/CUENTOS-REVUELTOS)

24
Ene
12

Se buscan nuevas aventuras del profesor Challenger

La segunda gran creación de Sir Arthur Conan Doyle, después de Sherlock Holmes (y con disculpas para el brigadier Gerard) es, sin duda, el barbudo profesor Challenger, protagonista de las novelas El mundo perdido (The Lost World, 1912) y La tierra de la niebla (The Land of Mist, 1926) y los relatos (más o menos largos) “La zona ponzoñosa” (The Poison Belt, 1913), “Cuando la Tierra lanzó alaridos” (When the World Screamed, 1928) y “La máquina desintegradora” (The Disintegration Machine, 1929).

Después, otros muchos escritores han retomado al personaje, en la mayoría de los casos vinculándolo con Holmes (según algunos, serían primos), o en secuelas a El mundo perdido. Ahora, los editores J. R. Campbell y Charles Prepolec, con destino a EDGE Science Fiction and Fantasy Publishing, convocan un concurso de relatos con destino a una próxima antología dedicada al personaje. Han de ser, por supuesto, en inglés, con una extensión aproximada de 7.500 palabras y un máximo de 10.000, y la recepción acaba el 31 de mayo de 2012.

Para más información y dirección de envío consúltese este link. Adelante y… ¡suerte!

10
Ene
12

II CONCURSO PASADIZO DE RELATOS 2012

Pasadizo.com convoca un concurso de relatos entre todos sus lectores y visitantes, con el objeto de mantenerlo siempre vivo como una página en contacto directo con el aficionado.

 

BASES

 

  1. Puede participar cualquier persona de cualquier país, con textos en lengua castellana.

 

  1. El certamen está dotado con un premio consistente en un lote de libros para cada uno de los tres premiados por cortesía de Calamar Ediciones: Terror cinema, Superhéroes, Ray Harryhausen y La espada mágica (y enlazar cada título con su ficha en web calamar), valorado en 120 euros. No habrá primer, segundo y tercer puesto, y los tres premiados se citarán por orden de recepción de su textos.

 

  1. Los textos habrán de ser relatos de temática de terror, fantasía o ciencia ficción, con una extensión no inferior a tres páginas Word y no superior a doce; habrá de presentarse escrito en formato de letra Times New Roman12 aun espacio, con doble espacio entre párrafos, y en un archivo .doc (no .docx).

 

  1. Los textos habrán de ser inéditos y no haber sido publicados con anterioridad en cualquier medio de difusión.

 

  1. Los relatos habrán de llevar como título el de una película (famosa o no), y que el texto tenga que ver directamente con el título, pero estar totalmente desvinculado del argumento de la película referida. Por ejemplo, el relato se podría titular Lo que la verdad esconde, y ser de ciencia ficción donde el estado controla los pensamientos de la población.

 

  1. Los textos se enviarán por e-mail a concursopasadizo@gmail.com como documento adjunto, indicando en el post principal nombre, apellidos y dirección postal del participante.

 

  1. Sólo se admitirá un texto por persona.

 

  1. El plazo de presentación finalizará el 31 de marzo de2012 alas 24:00 horas.

 

  1. El jurado estará compuesto por un grupo de colaboradores habituales de pasadizo.com, en concreto las siguientes personas:

 

  • Manuel Aguilar
  • Luis Alboreca
  • Carlos Díaz Maroto
  • Ana Morán Infiesta
  • Miguel Valle García

 

 

  1. El fallo del jurado se dará a conocer el día 31 de abril de 2012 en un artículo de portada de pasadizo, con la publicación de los tres relatos ganadores.

 

  1. El fallo del jurado será inapelable, pudiendo quedar los premios desiertos.

 

  1. La entrega de los premios tendrá lugar en breves semanas tras la publicación del fallo, y se enviarán a los premiados por correo o mensajería.

 

  1. Previa autorización del autor se podrá publicar algún otro relato no premiado que se considere de interés.

 

  1. Los textos, tanto premiados como no premiados, siguen perteneciendo a sus autores en su integridad, pudiendo hacer con ellos lo que vieran oportuno, como su publicación a posteriori en otras webs o medios.

 

  1. La participación en el concurso supone la aceptación de estas bases, las cuales podrán sufrir modificaciones previo aviso de la organización.

 

01
Dic
11

Sherlock Holmes

 En 1985, Alianza Editorial publicó Los conjurados, libro que, a la postre, sería el último de Jorge Luis Borges, quien moriría solo unos meses más tarde. El poemario abarcaba “unas cuarenta composiciones” de las que el autor esperaba que atesorasen, al menos, “una sola línea secreta, digna de acompañarte hasta el fin”.

Es un libro sobrecogedor por la entereza con que el poeta (“absuelto de las máscaras que he sido”) aguarda fallecer (“en la muerte mi total olvido”) y entretiene la espera (“a mi penumbra el hábito del verso”) reuniendo sus últimos sueños (“fueron dones de la noche, o, más precisamente del alba”) , ordenando sus recuerdos (“el pasado es arcilla que el presente labra a su antojo. Interminablemente”) y aceptando, sereno, el irrevocable final (“… eres olvido. Eres también aquello que has perdido”).

El poema “Sherlock Holmes”, dado el tono elegíaco y onírico del libro, tal vez pudiera resultar discorde o inadecuado, o tal vez no. Reveladoramente situado hacia la mitad del volumen y compuesto en clásicas cuartetos alejandrinos, el recuerdo de la fascinación de Borges por el detective, su evocación como un eterno caballero andante, parece desprender al poeta de su ensimismamiento (“juguemos con el lodo”) y concederle un respiro dichoso (“También es nuestra suerte”) antes de devolverle (como corroboran los poemas de la segunda mitad del libro) a su resignada, aceptada y cruel desesperanza (“Solo me queda la ceniza. Nada”).

 Jabez Wilson

 

Sherlock Holmes.  Jorge Luis Borges

No salió de una madre ni supo de mayores.

Idéntico es el caso de Adán y de Quijano.

Está hecho de azar. Inmediato o cercano

lo rigen los vaivenes de variables lectores.

 

No es un error pensar que nace en el momento

en que lo ve aquel otro que narrará su historia

y que muere en cada eclipse de la memoria

de quienes lo soñamos. Es más hueco que el viento.

 

Es casto. Nada sabe del amor. No ha querido.

Ese hombre tan viril ha renunciado al arte

de amar. En Baker Street vive solo y aparte.

Le es ajeno también ese otro arte, el olvido.

 

Lo soñó un irlandés, que no lo quiso nunca

y que trató, nos dicen, de matarlo. Fue en vano.

El hombre solitario prosigue, lupa en mano,

su rara suerte discontinua de cosa trunca.

 

No tiene relaciones, pero no lo abandona

la devoción del otro, que fue su evangelista

y que de sus milagros ha dejado la lista.

Vive de un modo cómodo: en tercera persona.

 

No baja más al baño. Tampoco visitaba

ese retiro Hamlet, que muere en Dinamarca

que no sabe casi nada de esa comarca

de la espada y del mar, del arco y de la aljaba.

 

(Omnia sunt plena Jovis.1 De análoga manera

diremos de aquel justo que da nombre a los versos

que su inconstante sombra recorre los diversos

dominios en que ha sido parcelada la esfera.)

 

Atiza en el hogar las encendidas ramas

o da muerte en los páramos a un perro del infierno.

Ese alto caballero no sabe que es eterno.

Resuelve naderías y repite epigramas.

 

Nos llega desde un Londres de gas y de neblina

un Londres que se sabe capital de un imperio

que le interesa poco, de un Londres de misterio

tranquilo, que no quiere sentir que ya declina.

 

No nos maravillemos. Después de la agonía,

el hado o el azar (que son la misma cosa)

depara a cada cual esa suerte curiosa

de ser ecos o formas que mueren cada día.

 

Que mueren hasta un día final en que el olvido,

que es la meta común, nos olvide del todo.

Antes que nos alcance juguemos con el lodo

de ser durante un tiempo, de ser y de haber sido.

 

Pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes es una

de las buenas costumbres que nos quedan. La muerte

y la siesta son otras. También es nuestra suerte

convalecer en un jardín o mirar la luna.

 

1. Todas las cosas están llenas de Júpiter