Archive for the 'Conferencia' Category

15
Feb
13

Eventos sherlockianos en Barcelona

Nuestro amigo Miguel Ojeda nos comunica la celebración de dos eventos sherlockianos que tendrán lugar en Barcelona, en concreto en la Plaça del Pi, 3, 1º. Así, el próximo sábado 23 de febrero, a las 16,30, se ofrecerá una conferencia titulada “Sherlock Holmes y la Arqueología” por parte de Jaume Massó. Al respecto, menciona: “El coloquio no estará centrado en ningún caso monográfico, a diferencia de las sesiones anteriores, sino que el ponente recorrerá el Canon, para destacar y comentar la presencia de la arqueología en el mismo”.

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Y después, una hora más tarde, tendrá lugar la proyección de El sabueso de los Baskerville, o, para ser más precisos, Собака Баскервилей. Se trata de una producción rusa de 1981 para la televisión dirigida por Igor Malesnnikov y protagonizada por el gran VASILI LIVANOV en el papel de Sherlock Holmes (para muchos, uno de los más grandes de la pantalla), y el fallecido VITALI SOLOMIN en el de un más que digno Dr. Watson. Es toda una oportunidad poder disfrutar de esta extraordinaria pieza. con momentos realmente sorprendentes en todos los aspectos. No os perdais la ocasión. Eso sí, en Versión Original (ruso) con subtítulos en castellano. A aquellos que nos os guste leer mientras veis una película os recomiendo que esta vez os sumeis a la visión de este gran clásico. ¡Ánimo!

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Ahora, a ver si en Madrid vamos celebrando actos de similar calibre. Lanzo el guante…

EDICIÓN: Corregimos la noticia, para informar que, finalmente, no se podrá ofrecer la versión rusa de El sabueso de los Baskerville, debido a su larga duración. En su lugar se ofrecerá el primer episodio de la misma serie Znakomstvo (Conocimiento), donde Holmes y Watson tienen su inicial encuentro, y que ofrece una duración más ajustada.

2ª RECTIFICACIÓN: Corregimos nuevamente la noticia, esta vez para referir su definitiva cancelación. Según se nos informa “por no disponibilidad del conferenciante y alguna que otra ausencia bastante necesaria más, también por causas justificadas”. También se da la noticia de que  no se vaya a hacer, sino que lo posponemos para dentro de pocas semanas (pocos días). Ya os lo avisaremos con antelación”.

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26
Mar
12

Noticia y crónica sentimental de dos Sábados Negros

El Pelirrojo de la Liga

presenta 

Noticia y crónica sentimental de dos Sábados Negros

El primer Sábado Negro

27 de marzo de 2010

Madrid. Librería Traficantes de Sueños
Buenas tardes Mr. Holmes. Programa.

Música de inspiración sherlockiana – por Luis de Luis (canónicamente Jabez Wilson)
¿Por qué nos gusta Sherlock Holmes? El Gran Juego – por José Luis Errazquin (canónicamente Hugo Oberstein)
Estudio en negro – por Juan Requena (canónicamente, Barón de Maupertuis)
Aventuras de Sherlock Holmes – por Luis de Luis (canónicamente, véase más arriba)
La vida privada de Sherlock Holmes – por Carlos Díaz Maroto (canónicamente, Toby)

Autores invitados

Réquiem por la bailarina de una caja de músicaJosé Ramón Gómez Cabezas

La mala esperaMarcelo Luján

Todo ello moderado, dirigido y organizado por Manolo Rodríguez

 ***

La historia comenzó hace ya algún tiempo. Fue allá por junio del año 2009 cuando, con motivo de la visita a la Feriadel Libro madrileña del novelista Alejandro M. Gallo, este convocó a su alrededor a un puñado de lectores, admiradores y, sin embargo, amigos, entre quienes, sorprendente y paradójicamente, se encontraba el abajo firmante. La fortuna (y las estrecheces del abarrotado local) al que acudimos a beber hablar de literatura me colocaron junto al gran Manolo Rodríguez, a quien no solo conocía por haber coincidido aquí y allá en saraos, reuniones y jijis-jajás varios, sino por la onda expansiva de su leyenda. Es bien sabido en los corrillos de aficionados a esto que viene en llamarse literatura popular que si Manolo Rodríguez no existiera habría que inventárselo. Incansable agitador, promotor y conspirador para provocar y crear eventos culturales desde siempre.

 

En la primavera de 2007 Manolo había iniciado los Sábados Negros, una convocatoria que cada primer sábado del mes reunía (y sigue reuniendo, cuando se publiquen estas líneas ya se habrá celebrado la cuadragésimo octava sesión ¡se dice pronto! Comprueben en la web www.sabadosnegros.org) en varias librerías de Madrid (La Muga, Burma y, sobre todo, Traficantes de Sueños) a primeras espadas de la literatura policial, críticos de reconocido (y reconocible) prestigio, lectores de solera y un surtido variable de curiosos e impertinentes de toda ralea, pelaje y condición.

Impresionado, ya dije, por la Leyenda de Manolo e intentando no quedar ante él como un auténtico imbécil, le anegué con un ataque de verborragia (patología a la que, por otra parte, los holmesianos, no sé si lo habrán notado, somos particularmente propensos) con la que conseguí quedar ante él como, errr, un auténtico imbécil. A pesar de lo anterior y, dado que Manolo es un auténtico caballero, hizo acopio de resignación, paciencia y educación y me escuchó con inmerecida atención.

Entre las muchas tabarras con las que le agredí se encontraba la propuesta de que llevase al Maestro a una sesión negra y sabatina no solo porque su ausencia ya se hacía clamorosa, sino porque se avecinaba (como de hecho ocurrió) una auténtica avalancha holmesiana (era la época, plena de expectativas, previa al estreno de la primera película de Guy Ritchie) que le darían una (obvia) actualidad a todo lo relacionado con el detective consultor.

Una vez acabada mi perorata, Manolo arqueó una ceja, luego la otra, y me miró con ojos desconcertados. Una vez decidió en su interior que lo mío no era peligroso, arqueó la otra ceja y musitó un “ums, ums”. No era un sí, tampoco un no. La cosa, sorprendentemente, comenzaba a ponerse en marcha. El game, por así decirlo, ya estaba afoot y, cuando eso ocurre, ya no hay vuelta atrás.

Y así fue. Allá por el otoño recibí una llamada de Manolo para “montar” una hora de Holmes para la primavera. Con inconsciencia característica le repliqué “eso está hecho” y le colgué. No sabía ni por dónde empezar.

 

Conan Doyle aprieta pero no ahoga, y hasta yo me daba cuenta de que había mordido más de lo que podía tragar, pero recordando las inmortales palabras de Heidi (sí, ¿qué pasa? Yo veía Heidi de niño y me afectó, como a toda una generación, irreparablemente): “Yo sola no puedo; con mis amigas, sí”. Ahora solo faltaba, como en su momento hizo Ringo Starr, encontrar los amigos adecuados para alcanzar la cima.

Eso fue lo más fácil. Por aquel entonces, después de varios intercambios de correos, ya había conocido, en la presentación de La fiesta de Orfeo, la excelente novela hammeriana de Javier Márquez Sánchez, a Carlos Díaz Maroto, crítico de cine de sabiduría responsable y opinión sensata acreditada, una y otra vez, en sus excelentes libros sobre cine (entre otros, y por citar solo los más recientes, Ray Harryhausen, el genio del “stop motion” y Cine del Oeste de la A a la Z) y demostrada a diario en su portal sobre literatura de género Pasadizo.com y en su influyente y exigente blog holmesiano 221B – Sherlock Holmes y su mundo. Ya tenía uno. Me faltaban dos. Esos eran bien fáciles; se escogieron, por así decirlo, solos.

Por aquellas fechas ya había devorado El caso de la Baraja Perversa, la fascinante reinterpretación de Juan Requena -a la luz del Canon y de una melancólica baraja de Tarot que brotó de la acuarela versátil y elegante de Jose Luis Errazquin- de los mitos teológicos, culturales y religiosos que, según se quiera, han condicionado, iluminado, explicado o determinado eso que se viene a considerar la condición humana.

El libro ampliaba lo tratado en la brillante conferencia ofrecida por Juan en Madrid, el puente de mayo de 2008, como una de las actividades programadas enla Convención Anualde nuestra Asociación. No fue la única. En un auténtico alarde de erudición y bonhomía, Jose Luis desmenuzó, con amenidad y humor, el siempre espinoso tema de las relaciones de Sherlock Holmes y el sexo femenino.

Tendría que haber sido rematadamente idiota (y, aunque todo se andará, a tanto, hoy por hoy, todavía no llegamos) de no “aprovechar” tanto talento, ganas de implicación y capacidad y voluntad de comunicación. Los buenos oficios de Miguel Ojeda (a quien tenía permanentemente informado de mis cuitas) para establecer el contacto y recibir -sin oponer dudas, peros o reparo alguno- los “síes” y los “por supuesto que te acompañamos” me permitieron llamar, entusiasmado, a Manolo y comunicarle que ya tenía las personas que realizarían la sesión holmesiana. Manolo, ya se ha dicho que es todo un caballero, solo preguntó: “Tus amigos no se parecerán a ti, ¿no? “. “Ni por el forro, Manolo” repliqué con firmeza. Oí al otro lado de la línea cómo Manolo exhalaba un enorme suspiro, que bien pudiera ser de alivio. Fue entonces cuando supe que el negocio iba, verdaderamente, en serio.

El, por así llamarlo, nihil obstat de Manolo dio paso al intercambio de correos, a la organización de reuniones y al cruce de opiniones entre los conspiradores implicados para fijar, limpiar y dar esplendor a la hora de la que disponíamos. Todos coincidíamos en que los asistentes a los Sábados Negros no habían venido al mundo para ser atropellados, infamados y arrollados por las sabidurías inútiles y enrevesadas de una pandilla de -como con extendida locución se dice ahora- frikis holmesianos.

 

 Así, decidimos, de común acuerdo, hacer una sesión divulgativa e introductoria al personaje y a su mundo. Para ello decidimos utilizar el formato habitual de las sesiones de los Sábados Negros en las que, mediante la alternancia de contenidos varios (música, clips de vídeo, análisis de obras de arte, entrevistas, lecturas…) se busca (y consigue) evitar el tedio, sortear el aburrimiento y procurar el entretenimiento y dar a cada “mini sección” un sesgo holmesiano.

Y así, entre digresiones, dislates, rodeos y divagaciones al uso, descartando unas propuestas, afinando, ajustando y afilando otras llegamos a destilar un programa que, consideramos, suficientemente atractivo o, al menos, no letal para la atención o mortífero para el interés del siempre sufrido y voluntarioso público que acude a los actos culturales, sean de la clase o condición que sean, con quien se debe tener, en cualquier caso, un respeto y admiración, cuanto menos, extremos. Máxime en el caso del público asiduo a los Sábados Negros que, como su nombre indica, están acostumbrados a los análisis, estudios y comentarios de la literatura policial más extrema o comprometida con los aspectos más oscuros o sórdidos de la realidad social. La mirada y actitud de Manolo Rodríguez -que fue mutando de un inicial “¿Dónde me he metido? ¿Por qué me dejé convencer?” a un final “Lo mismo no ha sido tan mala idea, quizás resulte”- nos dio la confianza necesaria para rematar flecos, pulir reticencias y limar rigideces e inclemencias hasta llegar a las seis y media de la tarde del sábado 27 de marzo de 2012 con la alineación titular en plena (así) forma y en perfecto (o así) estado de revista.

“Henos aquí, henos de Pravia”, nos presentamos puntuales a la gran y bien acondicionada sala de la librería Traficantes de Sueños abarrotada -para nuestra sorpresa y ¿por qué no decirlo?, satisfacción- de público (posteriormente Manolo nos confirmaría que “batimos” el récord de asistencia, hasta entonces) en la que sonaban como Música de Sala (es costumbre, en los Sábados Negros, recibir al público con canciones de jazz y blues, géneros musicales asociados a la novela negra) canciones populares sobre Sherlock Holmes (desde la elegantísima Village Green de The Kinks a la solemne “Baker Street Muse” de Jethro Tull pasando por la delirante Sherlock Holmes de los aprendices de Bowie, Sparks, a la sencillamente delirada Cen Hund von Baskerville una versión del Paranoid de Black Sabbath perpetrada por Cindy and Bert un indescriptible dúo setentero).

Una vez pasada lista[1], visitados los servicios, peinados y afeitados fuimos presentados al respetable por Manolo con la sobriedad y firmeza que le caracterizan. Abrimos fuego, a modo de lances de recibo, con la lectura de algunas estrofas del celebérrimo poema de Jorge Luis Borges dedicado a Sherlock Holmes. Intencionadamente escogido para ello, el último verso de la séptima estrofa: “los diversos dominios en que ha sido parcelada la esfera” dio paso a las intervenciones sobre el Universo Holmes.

 

Comenzó la ronda la aportación de Jose Luis Errazquin, quien proclamó toda una declaración de principios, explicando con humor y naturalidad el Gran Juego apoyado con una entretenida y brillante presentación en Power Point. Le costó nada y menos despojar, para todos los presentes, de todo rigor y solemnidad el holmesianismo militante, esa creencia, esa actitud que consigue que, en cualquier caso, ocasión y circunstancia, sea siempre, en nuestros calendarios, 1887. Afirmación que “le costó” un cálido y merecido aplauso.

Nada podía, sin embargo, preparar a los presentes para la deslumbrante intervención de Juan Requena, quien asumiendo una de las tradiciones de los Sábados Negros de analizar obras de arte desplegó un alarde de erudición para levantar la piel de Canon y encontrar las conexiones con la iconografía victoriana, los deseos ocultos y vanamente reprimidos y las pulsiones secretas que laten en dos de los relatos más inquietantes del corpus watsoniano: “La banda moteada” y “El hombre que reptaba”, de los que ofreció las claves ocultas en la ponzoña de una serpiente o en el abrazo de un gorila para acceder a una lectura de perturbadora fascinación.

Así las cosas y boquiabierto y consternado el público, convenía que tras una breve -y fácil, el libro desborda cualidades- de Las Aventuras de Sherlock Holmes convenía que Carlos Díaz Maroto cambiara el tercio aportando una deliciosa recreación de El terrible caso de los recién casados desnudos, uno de los episodios perdidos de la mutilada y legendaria película de Billy Wilder La vida privada de Sherlock Holmes. Carlos no solo presentó, ubicó y contextualizó la película, sino que, además, la “dobló” superponiendo sobre la escena muda (no se rescató la banda sonora) la exactísima traducción de Beatriz Bejarano del Palacio. Ni que decir tiene que el público no se pudo resistir a la hilaridad desencadenada por la dosis de un Wilder de lo más salaz y descarado.

Con los sesenta minutos ya casi vencidos solo restaba leer las estrofas finales del poema de Borges con el convencimiento de haber ofrecido, al menos, un vistazo a vuelapluma, lo más solvente y entretenido posible, de la enormidad del mito de Sherlock Holmes y la esperanza que para alguien, tal vez, “leer a Sherlock Holmes” pasase a ser, como para nosotros, “una de las buenas costumbres que nos quedan”.

Dimos paso así a José Ramón Gómez Cabezas, para que explicase su afortunada recreación de la Ciudad Real que iniciaba el siglo XX con Réquiem por la bailarina de una caja de música y a Marcelo Luján para que contase La mala espera, su intensa narración sobre los entresijos que anidan en la sociedad inmigrante.

El cambio de guardia no fue, sin embargo, pacífico. Apenas habíamos dejado el estrado fuimos increpados por una persona del público, erigido en espontáneo líder de masas, a quien disgustó sobremanera nuestra participación en la velada, al considerar la temática tratada ajena a los propósitos de la literatura policial como arma o resorte para combatir el estado de la sociedad y, para ello, además de afear la conducta del público holmesiano asistente no dudó en invocar las palabras del -por otra parte magnífico- escritor hispano mejicano Paco Ignacio Taibo II: “La novela negra te da la posibilidad de dar respuesta inmediata a la realidad” como prueba tanto del desacierto de los anfitriones por ofrecernos acudir y como del nuestro por aceptar la invitación. No dudó tampoco, este furibundo espectador, en despreciar -en toda una impúdica exhibición de descomunal ignorancia- a la literatura del Dr. Watson como meros, inocuos y banales sudokus; fue, claro, respondido con firmeza y educación, no sin que consiguiese sembrar la desconfianza sobre la valía o virtud de la obra de Conan Doyle.

Desde aquel momento, recién acabada nuestra participación ya quedó pendiente volver, cuanto antes, a los Sábados Negros a despejar tanto las dudas de las sombras como las sombras de las dudas sobre la escurridiza figura del Detective Consultor.

Cabe rematar dando cuenta que de todo lo anterior, para aviso de navegantes y ocio de desocupados, quedó veraz testimonio y fiel reflejo en la página web de los Sábados Negros (www.sabadosnegros.org).

***

El Gran Hiato

Daba comienzo entonces un periodo de dos años llevando alojadas en el hipotálamo las ganas de volver a un Sábado Negro, no solo para dejar las cosas espesas y el chocolate claro, sino para volver a disfrutar, como mínimo, lo mismo con los mismos, ya que a todos nos quedó más que mejor sabor de boca de las tareas emprendidas y, quizás, con tanto acierto como voluntad, finalizadas.

Claro está que las vidas -tanto la ficticia como la holmesiana- seguían adelante, dando lugar a oportunidades para poner a prueba la paciencia de Manolo Rodríguez, como la publicación, en el verano de 2010 por parte de Paco Ignacio Taibo II de El regreso de los Tigres de la Malasia, una aventura nostálgica protagonizada por Sandokán, claro, en lucha cruel con Moriarty (sí, han leído bien… No está nada, nada, pero que nada mal para un no-holmesiano militante). La oportunidad la pintaban alopécica para que retomase la tabarra al buen Manolo proponiéndole que si el insigne escritor presentaba la novela un sábado en Madrid nos permitiese acudir, en calidad de teloneros, a una cuadrilla de holmesianos. Al final, por cuestiones logísticas no pudo ser, pero hubiera sido una (muy) bonita vuelta de tuerca. Aún me relamo imaginando esa posibilidad.

Daba igual que seguían brotando a cuándos, cómos y porqués para encontrarnos, bien fuera en las praderas del ciberespacio, en los intercambios epistolares digitales y, lo que es aún más sorprendente y anómalo hoy en día, cara a cara, como en la afortunadísima presentación, la primavera del 2011, en la librería Estudio en Escarlata de Sherlock Holmes y los zombies de Camford de Alberto López Aroca, la excelente recreación, sin pre ni perjuicios, y aprovechando que el Pisuerga editorial pasa por los no-muertos, de “El hombre que reptaba” .

O, esa misma primavera, la celebración del quinto aniversario del “Club de Lectura” de la citada librería reunió a un grupo de holmesianos para hablar, precisamente, de, errr, en el colmo de la originalidad, Estudio en escarlata. Aún traería más novedades aquella excelente primavera (para quien suscribe, si me permiten una confidencia, lo fue en todos los aspectos y ámbitos de su vida), y no fue la menor la publicación de El Valle del Miedo, el séptimo volumen de la excelente (hasta decir basta) edición del Canon publicada por la Editorial Valdemar a cargo del Juan Antonio Molina Foix, holmesiano expreso, profeso y confeso.

“Hasta aquí hemos llegado” me dije. Y, ni corto ni perezoso, agarré por las solapas (figuradamente) a Manolo Rodríguez, hice que leyese la muerte en mi mirada (figuradamente también, of course) y le hice una oferta que no pudo rechazar: “¿Volvemos al Sábado Negro sí o sí?”.

“¡Señor, sí señor!” -contestó un convencido, atemorizado y entusiasmado Manolo.

El Hiato había finalizado, el game volvía a estar afoot. Ahora tocaba viajar a El Valle del Miedo.

***

El segundo Sábado Negro

10 de marzo de 2012

Madrid. Librería Traficantes de Sueños

El Valle del Miedo y Candy City

Programa

El Valle del Miedo

Introducción por Miguel Ojeda Peral (canónicamente, Harold Stackhurst)

La música de El Valle del Miedo por Luis de Luis (canónicamente, Jabez Wilson)

El Valle del Miedo desde dentro por Juan Antonio Molina Foix (canónicamente, Reginald Musgrave)

¿Quiénes fueron los Scowrers? Por Juan Carlos Monroy Gil (canónicamente, Lal Chowdar

Cine. Odio en las entrañas por Carlos Díaz Maroto (canónicamente, Toby)

El Valle del Miedo vs Cosecha roja. Por Luis de Luis (canónicamente, Jabez Wilson)

 

Un recuerdo a Fukushima de Kun Nemoto

Candy City. Entrevista con su autor Alberto López Aroca (canónicamente, Alberto López Aroca)

Todo ello moderado, dirigido y organizado por Manolo Rodríguez.

  

A la vuelta del verano Manolo ya había hecho los deberes. Y con provecho. El Valle del Miedo no le había parecido “una novelita del oeste”, frase con la que, a menudo, se despacha, con despectiva ignorancia, ignorancia al libro. Al contrario, tanto valoró su importancia y significado que no dudaba en dedicar una sesión entera (dos horas largas) a la novela.

Y con razón. La novela, como por otra parte todo el Canon, es rica en temas, propuestas y sugerencias que sobradamente llenarían dos (y dos docenas) de horas. Solo quedaba lo más fácil: hacerlo. Manolo planteó, como fecha posible, un Sábado Negro que finalizase el invierno o diera comienzo a la primavera. No cabría mejor o más oportuno momento; además, se cumplían dos años del primer Sábado holmesiano. Ya solo quedaba lo más fácil: llevarlo a cabo.

Y, otra vez más, cual desaforado Alfredo Mayo, proferí a mis camaradas de armas, vía correo electrónico, el infalible aullido: “¡A míla Legión!”. Y los legionarios, claro, respondieron.

De nuevo volvió a empezar el cruce e intercambios de correos. La idea inicial era, como la vez anterior, respetar el formato variado de los Sábados Negros e incluir, en cada una de las secciones de la jornada, aspectos referentes a El Valle del Miedo. A no poco tardar, los temas que la lectura de la novela sugerían a cada uno de los conspiradores, cual escalada de la violencia, se multiplicaban exponencialmente convirtiéndose en una catarata, o mejor, riada, que amenazaba con convertirse en inabarcable.

Tanto es así que llegamos a plantearnos celebrar una reunión, por así decirlo, “unplugged” en la librería “Estudio en Escarlata” para tratar sobre la novela en “mode” tertulia holmesiana, es decir, como una charla dispar, divagante y deambulatoria por certezas e incertidumbres, lejos del, por otra parte, imprescindible rigor y estructura al que debíamos atenernos en un Sábado Negro.

Por otra parte, dado el aluvión de propuestas, tampoco tardó mucho en surgir el proyecto de hacer un libro comunal y comunitario, escrito entre todos los holmesianos habidos (y aún por los “por haber”) sobre el Valle del que, gradualmente, cual Scowrers, nos empezábamos a dar cuenta que no había salida.

Cabe destacar que, a estas alturas de la película, la troupe inicial se había enriquecido con la incorporación de Juan Carlos Monroy Gil, caballero que María Dolores Pradera bien definiría como de “fina estampa”, quien se unió a nosotros en la citada sesión sobre Estudio en escarlata y autor de La enciclopedia de Sherlock Holmes, un ejemplar y exhaustivo censo de personajes publicado por el Círculo Holmes en sustitución del anuario correspondiente a 2011; y con la de Juan Carlos Fernández Aller, quien también apareció en dicha reunión sobre la novela inicial del Canon, y amigo de infatigable tenacidad y modestia, quien desde su blog “Novedades de Sherlock Holmes” http://jcfdezaller.lacoctelera.net/) atrapa con avidez, toda noticia, evento y minucia que acontece en nuestro querido universo paralelo.

Por otra parte, y desde sus respectivos rincones de la tierra de los bytes, no dejaban de generar opiniones y aportaciones tanto Gerardo Centenera (El Predicador Malvado) el muy activo holmesiano que desde su blog “Desde Camden House” desmenuza el Canon con melancolía y acierto, como el gran escritor logroñés Javier Casis Arín (autor de, entre otras, las extraordinarias, sherlockianas y librescas novelas Un ático en Westcliff y la elocuentemente titulada Holmes y Watson 1903/1904).

Por supuesto que Miguel Ojeda no paraba quieto y se unía a las “negociaciones” de las que estaba, como corresponde a todo alto cargo que se precie, convenientemente enterado y, para completar la alineación, Juan Requena comunicó que se incorporaba a la alineación el mismísimo Juan Antonio Molina Foix.

En estos dimes y diretes entretuvimos el pasado otoño, dando tiempo al año 2012 para debutar, y, por ende, diera comienzo la cuenta atrás para la proyectada sesión de marzo. Convenía, pues, acotar y limitar los temas a tratar. Nada mejor para ello que dar comienzo, como la vez anterior, a las provechosas, saludables y divagatorias reuniones en la ya tradicional cafetería madrileña Kon Tiki.

Como cualquiera que haya leído la novela sabrá (y doy por hecho que los lectores de esta publicación lo han hecho no una, sino varias veces), dentro del, ya de por sí, riquísimo Canon, El Valle del Miedo es -valga el, más que apropiado, símil minero- una de sus vetas más valiosas. La abundancia y largueza de posibilidades que la novela plantea podían, de no ser manejadas con una cierta cordura, dar al traste una sesión que, cuanto menos, debería procurar no ser plomiza o fatigosa, ni para los participantes, ni, por supuesto, para los asistentes.

Así, teníamos más que de sobra para escoger y disponer la sesión. Solo quedaba hacerlo con tino y mesura, algo que, como el valor en la extinta “mili”, se nos debía -quizás temerariamente- dar por supuesto.

La estructura de la novela y sus dos -marcadamente diferenciadas- partes ofrecían un buen punto de partida. En efecto, tanto “La tragedia de Birlstone”, la primera, que fuerza al límite los presupuestos de la, así llamada, novelaproblema como la segunda que anticipa ¡década y media antes! la novela negra permitían un marco donde situar la discusión.

Y es dentro de ese marco donde convivían multitud de aspectos y rasgos para tratar.

Desde las organizaciones tanto públicas como secretas y su corrupción en mafias o grupos de poder (la Masonería, los sindicatos, Los Molly Maguires, la red de Moriarty) a los cuerpo parapoliciales para mantener a raya el orden social (La Policía del Carbón y el Hierro,la Agencia Pinkerton, también, ¿por qué no?, la red de Moriarty).

Desde la ciudad o entorno como un personaje más de la novela, descrita como medio hostil y agresivo (Vermissa Valley, el no menos inquietante Birlstone Village) para la persona, como la inutilidad del Bien (el Mal como una presencia impalpable, sofocante e inevitable lo aniquilará).

No son, tampoco, temas menores el reflejo de la inmigración en la novela -lo es, de hecho, en todo el Canon-, ni las obsesiones y contradicciones que el complejísimo Arthur Conan Doyle vertía en sus páginas.

Como tampoco desmerecen el análisis las pinceladas de metaliteratura, los orígenes de la creación del relato y su relación con la realidad, ni el alto nivel de exigencia en la elaboración literaria: algunas de las páginas de El Valle del Miedo se encuentran, sin lugar a dudas, entre lo mejor de la prosa del Dr. Watson.

No se podría dejar de lado aspectos solo aparentemente menores como la música (el folkore irlandés como expresión de pertenencia a una clase e identidad social); la pintura (la obra de Jean Baptiste Greuze como expresión de pertenencia a una clase e identidad individual); el carlismo (la -aparentemente- inocua población de Birlstone es un nido de carlistas y evangélicos); el tema del traidor y el héroe; el valle de Vermissa como el infierno; la religión, el castigo y la imposible redención…

Y, claro está, los inolvidables personajes. Desde Sherlock Holmes, a ratos cínico (como bien dice Miguel Ojeda, en sus conversaciones con Watson y el inspector McDonald, está particularmente brillante) a ratos “domesticado” (de alguna manera en su colaboración con diversos cuerpos policiales se “auto-relega”, consciente, quizás, de que el tiempo del detective toca a su final) al espléndido Moriarty (es en esta novela donde más sabemos de él, donde más y mejor lo (des)conoceremos). Y entre estos dos polos se encuentran el peligroso Birdy Edwards, la inquietante Ivy Douglas, el perturbador Cecil Barker, el resbaladizo Fred Porlock y el no menos indescifrable Ames el despensero.

Es obvio que se imponía proceder a una poda de materiales. Antes tuvimos que lamentar, muy a su y a nuestro pesar, las ausencias -por motivos tan justificables como inevitables- de Jose Luis Errazquin y Juan Requena, quienes, nobleza obliga, no dejaron de participar en los preparativos.

Así, como la vez anterior, decidimos ajustarnos al formato de los Sábados Negros y no al revés y procurar facilitar el entretenimiento -y no el padecer- de la audiencia.

En primer lugar, escogimos, entre todos, una serie de canciones y músicas -de raíz celta, claro- relacionadas con la novela y su época para que sonasen como música de sala. Para que no faltase de nada elaboramos un par de folios como guía de audición. Una copia de ese texto en cada silla de la sala facilitaría, y quizás aumentase, el disfrute de los parroquianos.

Manolo Rodríguez insistió en comenzar la reunión con el análisis de una de las canciones en concreto. Era esta una decisión que había impuesto recientemente, como medida de cautela y cortesía, en el desarrollo de las sesiones sabatinas. De esta manera, mientras se habla de la canción y suenan sus acordes se da tiempo a que se fuese acomodando aquella parte del público practicante de la muy hispánica virtud de la impuntualidad y así se consigue empezar la velada stricto sensu con todo el personal sentadito y guardando respetuoso silencio. Para cumplir con esta nada enojosa tarea escogimos la canción “Ghosts of the Molly Maguires”, una jiga del grupo Irish Balladeers del año 1968 que rememora, con brío y nostalgia, a los mineros ejecutados por su participación en las acciones criminales de la citada organización.

Resuelto lo más fácil (que me correspondió, claro, a mí) aún restaba lo complicado. Era el turno de los demás. Después de vueltas y vueltas decidimos hacer hincapié en los aspectos extra-canónicos de la novela, no solo porque nos encontrábamos ante un público no especializado en Holmes sino, también, porque les/nos interesaba resaltar el valor del libro como tal y, de alguna manera, dentro de nuestras posibilidades, restituirle en su lugar preeminente en la historia y evolución de la novela policial.

Nada mejor, entonces, que comenzar con Juan Antonio Molina Foix explicando (y explicándose) la novela, que Juan Carlos Monroy cambiara su prevista intervención sobre Moriarty por otra sobre los Scowrers (también llamados Molly Maguires); le honra su caballerosidad al aceptar, sin queja alguna, el cambio de planes. Carlos Díaz Maroto comentaría, a continuación, Odio en las entrañas, la excelente película de Martin Ritt sobre la citada organización, y la ilustraría con una par de escenas. Y, ya no que no pude escaquearme más, cerraría yo, con una breve alocución sobre la continuidad entre El Valle… y la seminal novela Cosecha roja, considerada la “causante” de la novela negra.

Sobraba tiempo por llenar. No problema. Es tradición de los Sábados Negros presentar a autores y novelas, preferentemente hispánicos. No me costó nada ¡al contrario! proponer a Alberto López Aroca, quien, además de holmesiano profundamente militante, en Candy City, su espléndida novela policial de 2010, había retomado el testigo de El Valle … y Cosecha roja, narrando una ciudad corrupta y podrida, esta vez, no desde el punto de vista del detective, sino desde el de un (literalmente) jimthompsoniano criminal. Disciplinado y obediente le propuse la idea a Manolo Rodríguez quien, tras leer la novela, no le quedó otra que aceptar complacido. Alberto, claro, tardó aún menos en acceder a acompañarnos.

Ya puestos, Manolo nos informó de otra innovación en los Sábados Negros. Para finalizar la sesión había decidido acabar con todos los presentes cantando, comunalmente, una canción humorística para desengrasar las gravedades y solemnidades tratadas. Había puesto en práctica la fórmula con una versión del “all together now” de The Beatles interpretada ¡a la vez! por un grupo de fados Carminho y otro de heavy metal, Moonspell (sí, han leído bien, si no me creen tecleen los nombres en Youtube y ya verán lo que sale).

Como mis compañeros tienen a bien reservarme el privilegiado papel de proferir insensateces, se me ocurrió proponer como fin de fiesta -dado que hablamos de literatura y suena música celta- la canción “Cuéntame un cuento” del grupo vigués Celtas Cortos. A falta de bobada mayor mi idea fue aceptada[2]. El resto calló, luego otorgó. Para que nadie se escurriese hicimos fotocopias de la letra de la canción en número suficiente para que nadie del público pudiera excusarse de balarla.

Y, cuando pensábamos que todo estaba atado y bien atado, nos sorprendió (para bien no, para mejor), el anuncio de la llegada -no por inesperada menos bienvenida- de un invitado sorpresa.

El sábado 3 de marzo, tan solo una semana antes de la Grand Soireé, apareció un mensaje en mi móvil de Miguel Ojeda preguntándome dónde pensaba comer el sábado siguiente. Era la pieza que faltaba. Le pega mucho -así de importantes y vitales son, para él, su holmesianismo y ganas de disfrutar- hacerse un día de viaje desde Barcelona solo para participar y asistir a una sesión sobre el detective consultor. Tras arreglar horarios, transportes y alojamientos el vicepresidente del Círculo Holmes estaría en la estación de Atocha a las once de la mañana.

Atento a la jugada, Juan Carlos Monroy no dudó en ofrecerse -ya se ha hablado en estas líneas de su proverbial caballerosidad- como anfitrión desde que quedó y Miguel pisase el andén. Por mi parte, no tardé en instar a Manolo para que cambiase el rótulo de sus excelentes invitaciones a las reuniones sabatinas, incluyendo a Miguel entre los ponentes. Nada dije al vice de la encerrona, claro, el caballero es Juan Carlos, no yo.

Hablando de Juan Carlos, no tardó en encontrar un magnífico lugar (Casa Domingo Viana, sita en la calle Toledo, en la aorta del Madrid más castizo) donde bregar con -como tendríamos ocasión de comprobar unas horas más tarde- un no menos magnífico cocido.

Y, en estas estábamos, cuando amaneció el Día H, ahora sí que el game estaba irrevocablemente afoot.

El sábado se inició con la inexcusable visita a “Estudio en Escarlata” para escrutar anaqueles, paladear novedades y (h)ojear libros de aquí, allá y acullá, pues tal es nuestra -ya incurable- devoción y afición.

La mañana -no podía ser de otra forma- estaba magnífica y no quedó más remedio que emprender una larga caminata hasta el restaurante para paladearla a conciencia. En apenas un suspiro estábamos en la barra donde nos esperaban Carlos y Manolo disfrutando de unos macrobióticos torreznos. Ni qué decir tiene que la conversación no paró de fluir, tanto es lo que une y tan nada lo que nos separa, que no hubo lugar a silencios, carraspeos o frases hechas. Al contrario, estábamos entre afines, iguales y amigos. Parafraseando el espléndido poema de Lewis Carroll “La Morsay el Carpintero”, todos teníamos claro que había llegado la hora de hablar de muchas cosas, de barcos… lacres… y zapatos; de reyes… y repollos… y de por qué hierve el mar tan caliente y de si vuelan procaces los cerdos.

Y a ello nos pusimos mientras intentábamos derrotar a un enorme y sabroso cocido, justo es reconocer que, a la vista de lo sobrante, fuimos nosotros los vencidos[3], lo que no impidió que salvásemos la honra apretándonos, a una por barba, la primera torrija de la temporada. Dados los fácilmente comprensibles estragos que la comida empezaba a producir en nuestra lucidez y entendimiento se hacía obligatorio un paseo que nos devolviera la entereza y dispersase, en la medida de lo posible, nuestras nubladas consciencias.

Varios cafés y digestivos más tarde se nos unió un discreto caballero, quien se identificó como Reginald Musgrave. Salvo Alberto, inexplicablemente entretenido en vaya usted a saber qué quehaceres, ya estábamos todos reunidos en tiempo y forma.

Entramos en una sala que, gradualmente, se iba abarrotando. Todo estaba en orden: pantalla, textos, fotocopias, música (Manolo se había adelantado)… Tomamos posiciones en los asientos que nos habían reservado y, tras abrir el fuego, se habló someramente de la música de la sala. Miguel (a pesar de haberse resistido a hacerlo como gato panza arriba durante toda la jornada) introdujo la sesión situando al personal (que ya se había quedado sin asiento y se acomodaba en el suelo) en la importancia y valía del corpus watsoniano, así como del alcance del Gran Juego, de la grandeza de jugarlo y del significado de ser miembro de una asociación holmesiana. El público, muy receptivo, y plagada de caras amigas y conocidas, correspondió con un aplauso que compartió con Molina Foix.

Ante las muy atinadas preguntas de Manolo, Juan Antonio, con elegancia de hidalgo y timidez contenido, explicó la experiencia de vivir una obra literaria desde dentro, mediante su traducción, edición y anotación. Situó la novela tanto en su época histórica como en la cronología de su autor. Aclaró sus haces, desveló sus enveses, calibró sus valores y valoró sus significados.

A tenor del aplauso que recibió daba la sensación de que el público se percataba que ni nosotros, ni ellos, nos habíamos reunido para hablar de fruslerías entretenidas o de divertimentos ingeniosos. Se trataba de literatura. Como para refrendarlo, Alberto irrumpió (no es persona que tienda a pasar desapercibida) en la sala.

Juan Carlos iniciaba su riguroso y exhaustivo análisis de los Molly Maguires, que no solo por su erudición y amenidad sino por revelación de su, paradójicamente desconocida, importancia en la evolución de los movimientos sociales obreros dejó a la audiencia boquiabierta.

Fue Carlos Díaz Maroto, quien, a continuación, puso cara a los Mollys exprimiendo todos los aspectos y aristas posibles de la película de Martin Ritt, que ilustró con dos secuencias clave de la película (la iniciación de Mc Murdo y la entrevista entre el detective y el cautivo), interpretadas con la intensidad característica de Sean Connery y Richard Harris, que no pudieron por menos que atrapar la atención de la sala. Unas breves palabras sobre las concomitancias entre El Valle del Miedo y Cosecha roja sirvieron para cerrar esa rueda de intervenciones y dar paso a la entrevista de Manolo con Alberto López Aroca.

Antes, sin embargo, tocaba recordar el aniversario de la tragedia de Fukushima. No es algo que deba pasarse por alto. Kun Nemoto no lo hace. Desde su blog (http://fukushima-2011.blogspot.com.es/) y desde toda tribuna que le quiera acoger dedica sus esfuerzos y valía a que la hecatombe ni caiga en el olvido ni se vuelva a repetir. Tras una bandera de Japón, Nemoto, con serena emoción, explicó, con voz queda y palabra limpia, el significado de tres caligramas (titulados La Unión, Fukushima y Habrá un mañana) que creó su padre, superviviente de la explosión y habitante de la zona afectada. Todos quienes allí estábamos le acompañamos con un encendido aplauso que, ojalá, le hiciera sentirse un poco más abrigado. Ojalá.

Y llegó el turno de Alberto López Aroca quien, ante la muy preparada batería de preguntas de Manolo, tuvo a bien salirse por peteneras, deslizarse por la tangente, comentar sobre propios, desbarrar sobre extraños y realizar excursiones por los cerros de Úbeda causando, en todo momento, las delicias del respetable; porque no sé si he dicho que Alberto, además de un magnífico escritor, es -como demuestra su siempre creciente número de fans, admiradores y groupies– todo un showman a quien repugnan los bostezos, le remuerde la conciencia si siente que provoca aburrimiento y no se concede causar un segundo de tedio.

La fiesta continuó con el sorteo de diez ejemplares de Candy City generosamente cedidos por la editorial Ilarión. Durante la celebración de la jocosa lotería Alberto demostró unas (hasta ahora desconocidas) dotes de binguero que para si querrían los legendarios Fernando Esteso y Andrés Pajares[4].

La algarabía ya se había contagiado por todos los rincones de la sala de manera tal que no quedó más remedio que reventarla aullando todos a coro, como fin de fiesta y a un tempo medido a propulsión a chorro la ya citada oda celta-punk “Cuéntame un cuento”.

Broche feliz para tan inolvidable jornada que se fue disolviendo entre firmas de libros, abrazos y pitillos con los amigos, agradecimientos y bienaventuranzas mientras cada mochuelo iniciaba, con mayor o menor gana y con segura satisfacción, el camino de vuelta a su olivo.

Queda solo agradecer su hospitalidad a la librería Traficantes de Sueños, su compañía y amistad a los camaradas que, a pesar de ser siete, no hemos sido capaces de comportarnos -afortunadamente- como Magníficos, sino como honrosos y honrados chirrioneros (Lázaro Ros dixit) y, por supuesto, a la hombría de bien, generosidad y altura de miras del gran Manolo Rodríguez con quien contraemos una doble deuda de honor y gratitud.

Lo que no quita para que le advirtamos que, al igual que no hay una sin dos, tampoco hay dos sin tres, y que padecer el Mal de Reichenbach es condición inherente a todo holmesiano que se precie. Por eso jamás nos damos por muertos, sino por resucitados. Así que más le vale irnos buscando un hueco y pensar cuándo nos vuelve a traer. Los que avisamos no somos traidores.

¡Hasta la próxima, querido Manolo!

Jabez Wilson (Luis de Luis Otero)


[1] El autor olvida que Carlos Díaz Maroto no estaba presente. Llegó varios minutos después, exhausto, después de equivocarse de salida de Metro y venir andando cuesta arriba desde Legazpi.

[2] Incomprensiblemente, el autor obvia mi sugerencia de que todos cantáramos “In the Navy”, de los Village People, vestidos todos ad hoc.

[3] He de admitir que la vergüenza me impidió seguir echando mano a más carnes…

[4] Con cierto toque de azafata del Un dos tres…, añádase.

05
Mar
12

Sábado negro en El Valle del Miedo

Como cada mes, la librería Traficantes de Sueños, sita en la calle Embajadores nº 35, local 6 (Metro Lavapiés, en Madrid) acoge una charla que, bajo el apelativo de Sábados Negros, se centra en el ámbito de la literatura (y el cine) de lo criminal. Esta tendrá lugar el próximo sábado 10 de marzo a las 18:30 horas.

La primera parte de la sesión responderá al apelativo de “Un encuentro con Holmes”. Se centrará ésta en Sherlock Holmes y en concreto en El valle del miedo de Arthur Conan Doyle, narración cuya importancia en la historia de la literatura policial –con la peculiaridad de ser la última novela-enigma y la primera novela negra– ha pasado desapercibida, quizás tan solo hasta hoy. La edición de esta novela, publicada por Valdemar en mayo de 2011, nos parece excelente. A ella dedicaremos buena parte de la tarde. Estarán con nosotros, por una parte, Juan Antonio Molina Foix, autor de la traducción y de los oportunísimos comentarios a la obra. Y por otra, un trío de auténticos conocedores del mundo holmesianoLuis de Luis OteroCarlos Díaz Maroto y Juan Carlos Monroy. Entre todos intentarán descifrar, tal vez, algunas de las muchas facetas de la novela.

Terminaremos la jornada con Alberto López Aroca, un joven escritor con un mundo literario tan propio y original que resulta, en cierto sentido, ajeno al resto del panorama literario actual. Comentaremos con él Candy City, un negrísimo e intenso homenaje al gran Jim Thompson, a la presencia del mal y al Valle del Miedo.

Y como siempre acompañaremos la tarde con música, videos y demás sorpresas habituales. ¿Quién se puede perder este sábado negro?