13
Feb
14

“La piedra verde”, por Luis Alberto Comino

LA PIEDRA VERDE

Luis Alberto Comino

PREFACIO

Durante mucho tiempo, la mayoría de los holmesianos han elucubrado sobre los motivos por los que Sherlock Holmes abandonó su carrera de detective consultor en la cúspide de la misma, a la temprana edad de 49 años, ya que en el canon doyliano no se hacía referencia alguna al tema. La hipótesis más extendida, es que dejó la profesión debido al impacto que le causó la muerte en 1903 de Irene Adler, sin embargo no sabemos cómo Holmes se enteró de este hecho, ni mucho menos como reaccionó al mismo, ya que ni él ni su biógrafo y amigo, el doctor John H. Watson, dejaron constancia de dicho acontecimiento. Sin embargo, años después de la muerte del doctor, un heredero suyo rescató de un banco en Londres una caja, en la que había varios documentos en los que expresamente se podía leer con la letra elegante y clara del doctor: “No abrir hasta después de la muerte del Sr. William Sherlock Scott Holmes”. Entre esos papeles se encontró el siguiente texto inconcluso, como si el buen doctor hubiera intuido que era el inicio de una gran aventura que luego quedaría frustrada.

PeterCushing_SherlockHolmesTV1968

LA PIEDRA VERDE

Como todas las mañanas desde que me había casado con mi tercera mujer, me levanté con la intención de iniciar el día con un buen desayuno para prepararme a la llegada de mis pacientes habituales. La mayoría de ellos acudían a mi consulta más atraídos por la notoriedad social de mi nueva esposa, que por mis conocimientos médicos que, dicho sea de paso, muy poco les ayudaban ya que la mayoría de ellos eran un atajo de hipocondríacos más pendientes en sus relaciones sociales que de su propia salud. Pero entre la renta de mi esposa y esos adinerados pacientes, me estaba haciendo con un capital interesante, sin llegar a pasar las angustias de mi época de militar ni las penurias monetarias una vez fui licenciado.

Sin embargo al sentarme a la mesa distinguí entre la correspondencia un sobre con una caligrafía que no tardé en reconocer. Dentro venía una nota con una sola línea.

“Venga pronto docto. Su amigo le necesita. Sra. Hudson”

La breve nota me alarmó.  Inmediatamente me levanté y salí disparado hacia la puerta.

-John. ¿Dónde vas? No has empezado ni siquiera tu desayuno. Oí decir a mi mujer mientras salía.

Ni siquiera le contesté.

A pesar de que la herida de la pierna que me había hecho en mi última aventura había finalmente cicatrizado, aún seguía molestándome, sobre todo en mañanas tan frías y húmedas como aquella, por lo que en lugar de ir a pie, inmediatamente tomé el primer coche que encontré libre y me dirigí a la dirección que a lo largo de casi 25 años había compartido, con las breves interrupciones de mis matrimonios, con el mejor amigo que un hombre haya podido tener jamás.

Al llegar a la puerta, ni tan siquiera tuve que llamar, ya que la Sra. Hudson parecía haber estado esperándome detrás de ella desde que me mandó su nota y me abrió inmediatamente.

-Disculpe que le haya llamado Doctor, pero lleva tres días sin comer ni dormir, sin moverse apenas, y no sabía a quién acudir.

-No se preocupe Sra. Hudson, hoy no tenía nada que hacer. Le mentí.

Subí las escaleras a la mayor velocidad que mi cojera me permitía y abrí la puerta del salón donde tantas y tantas tardes había pasado y donde más cómodo he llegado a estar en mi vida.

-Buenos días……

Ni tan siquiera llegué a terminar la frase. La visión que me encontré me paralizó el habla y e heló el alma. Mi amigo estaba sentado en su butaca con la mirada perdida en el desgastado papel pintado, donde años atrás había dibujado a balazos las iniciales de la Reina. Siempre inmaculado en su vestir y en su imagen personal, tenía el pelo revuelto, una barba incipiente y no llevaba su habitual batín de seda, por lo que pude ver con claridad que no se había cambiado de camisa en varios días.

En otras circunstancias, mi amigo habría reaccionado ante mi entrada en la habitación, sin embargo no movió un solo músculo, como si yo no estuviese allí o mejor dicho, como si el que no estuviese fuese él.

En la habitación no había nada que indicase que era lo que podía haber llevado a mi amigo a esa especie de trance. El desorden y el polvo acumulado, por otra parte habitual en las costumbres de mi amigo, era el mismo que yo había visto durante tanto tiempo salvo que multiplicado por mi ausencia.

Me acerqué a él y vi que su mirada, otro tiempo viva y escrutadora, estaba perdida en el vacío. No detecté ningún signo físico que me permitiese hacer ningún diagnóstico de su situación, por lo que simplemente salí del cuarto y bajé las escaleras hacia la cocina donde la Sra. Hudson estaba preparando su delicioso desayuno, sin llegar a comprender cual podía ser el motivo por el que mi querido amigo se había convertido en una hierática estatua de sal, como a la mujer de Lot.

-Hace tres días llegó un mensajero y desde entonces está así. Me dijo la Sra. Hudson, mientras vertía un poco de té en mi taza. -Le he hablado varias veces sin obtener ningún resultado. Le he llevad comida y ni la ha probado, juraría que ni ha bebido. Lo único que hace es acariciar esa piedra verde.

¿Piedra verde? Solamente conocía un objeto que respondiese a tal descripción en nuestras habitaciones y solamente la había visto un instante, cuando hace algunos años, mi compañero regresó de la que yo creía había sido su muerte en las cataratas de Reichenbach. Entonces solamente la vi un segundo, antes de que la guardase en un estuche y escondiese el mismo en el fondo de su escritorio, junto con sus cosas más preciadas, sin que yo le hubiese visto volverla a sacar jamás.

Terminé mi desayuno antes de subir de nuevo las escaleras. Mi amigo no había modificado un ápice su posición, sin embargo yo ya sabía dónde fijar mi atención. Su mano derecha acariciaba con un cariño que jamás había visto en su propietario una piedra de jade.

Al fijarme mejor y sin saber muy bien el por qué, recordé un caso en el que nos habíamos vuelto envueltos mi compañero y yo y en el que por primera y última vez en mi vida, había vislumbrado un ápice de afectividad en mi compañero hacia otro ser humano, la propietaria de unos preciosos ojos del mismo color que la piedra.

Todo el mundo ha creído siempre que mi buen amigo era un hombre absolutamente desligado de los sentimientos de afecto humanos y especialmente aquellos que nos unen a los miembros del otro sexo. Incluso durante un tiempo corrieron rumores por Londres en los que ponían en duda su masculinidad, rumores a los que por otra parte, él nunca prestó la menor atención, sin embargo nada más lejos de la realidad. Cierto era que nunca hasta entonces se había encontrado con una mujer que le hubiese atraído en ningún sentido ya que siempre que algún ser le había parecido interesante, siempre había sido en el plano intelectual, nunca en el físico ni en el afectivo, en el que solamente su hermano y su némesis, ambos varones, habían podido atraer su atención al ser equiparables a su intelecto. Pero aquella primavera de 1888, su opinión hacia las mujeres cambió de forma copernicana, cuando comprobó que el mal llamado sexo débil, también poseía miembros a la altura de su intelecto y mucho más.

Es cierto que la derrota le escoció en su orgullo, pero mucho más le dolió perder la pista a “la Mujer”, como él la llamaba cuando quería referirse a ella. Durante un tiempo sospeché que durante los más de dos años en los que había estado desaparecido, no solo había desarticulado la mayor banda criminal de la historia, sino que también había estado buscándola por todo el mundo, sin embargo cuando por cualquier circunstancia le preguntaba al respecto, inmediatamente cambiaba de conversación o guardaba el mas sepulcral de los silencios.

Mis ensoñaciones sobre aquellos preciosos ojos cesaron en el momento en el que, de repente y sin mediar palabra alguna, se levantó de su asiento cual si de un autómata se tratara, se acercó al escritorio abierto y volvió a depositar la piedra en su interior al tiempo que extraía un pequeña caja metálica atada con una cinta de raso, que no tardé en reconocer con espanto.

Intenté decirle algo cuando él giró la cabeza y me miró, como si fuese transparente o mejor un completo desconocido. Sinceramente no sé qué pasó por su mente en ese instante, solamente sé que en ese momento vi por primera y última vez en mi vida un signo de humanidad en aquellos chispeantes ojos negros que en ese momento estaban humedecidos sin llegar a dejar caer ninguna lágrima de ellos.

No fui capaz de articular palabra, simplemente le seguí con la mirada mientras contemplé con alivio como dejaba la caja en el mismo cajón de donde la había sacado y, arrastrando los pies como si fuese un anciano, se dirigió a su cuarto y cerraba la puerta. Lo que abandonaba el cuarto no era ya mi amigo, era un hombre acabado, hundido por la desesperación y el dolor, como yo jamás pude llegar a sospechar que pudiera legar a estar alguna vez.

A los pocos segundos, unas tristísimas notas de violín se oyeron a través de la puerta como si de inhumanos lamentos se tratase.

Al dirigirme hacia el sillón desde el que durante años había recibido constantes pruebas de la sagacidad y la inteligencia de mi amigo, me fijé en una nota que había en el brazo de su sofá. Sin poder resistirme, curioso, me fije más detenidamente en ella era un billete en el que se podía leer:

“Mis contactos en los EEUU confirman que la Srta. Irene Adler falleció el pasado 8 de octubre de 1903. Sus últimas palabras fueron simplemente: “Sherlock”. Lo lamento profundamente.

Mycroft.”

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