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Ene
14

Sherlock: superhéroe neoeduardiano

No es Estados Unidos el único país que ha exorcizado sus traumas reales y recientes a través de la ficción. Si el 11S late en multitud de películas, cómics, novelas y series de televisión desde ópticas que admiten la sublimación pop, el revanchismo, la paranoia oscura o la alegoría, también ha comenzado a hacerlo el 7J londinense, los atentados del metro en 2005.

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Lo ha hecho de un modo curioso, lanzando a la ficción popular británica, o britanófila, a la búsqueda de un paladín, un defensor, un superhéroe que encarne la britanidad. La última en llegar, Skyfall (Skyfall. Sam Mendes, 2012) es la que solidifica desde un nacionalismo rampante esta idea que, me permito, expuse aquí de manera más pormenorizada. En ella James Bond es recodificado desde su propio mito para convertirse en el superhéroe británico para el Siglo XXI, lo hace a partir de la referida sublimación de los atentados, de este mundo presente de amenazas difusas, ruido de fondo, estática ideológica y terrorismo fanstasmático encarnado en estas ficciones por agentes del caos, como se definía el Joker del británico Christopher Nolan; saga esta donde cristalizan a la perfección todas estas nociones.

Skyfall ofrece paralelismos más (o menos según se mire) que sorprendentes con respecto al tríptico de Nolan sobre El Caballero Oscuro; desde componentes ideológicos a citas visuales literales que, a su vez, el propio Nolan había reformulado desde la viñeta. Bond, así, termina por batmanizarse y sus némesis, en consecuencia por jokerizarse.

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Pero decía que, aunque Skyfall exprese ese universo post 7J de modo más claro que nunca, ni era pionera ni era la más sutil, todo lo contrario. La búsqueda del superhéroe inglés ya se había iniciado antes y se divide en dos gemelos, de distintos grados de oscuridad y punto de partido compartido: el Luther de Neil Cross y el Sherlock de Mark Gattis y Steven Moffat.

Luther es un neonoir apocalíptico que sume a su antihéroe, al tiempo demoníaco y angélico consumido por su potencial psicopatía, en un mundo depravado y sórdido a más no poder. Un Londres de pesadilla que, como expresa el Batman de Nolan, es una ciudad que se merece un guardián como él. El propio Sherlock Holmes lo expresa en el último capítulo de la segunda temporada de la serie durante su enfrentamiento con Moriarty: puede estar de la parte de los ángeles, pero él no es un ángel. El Holmes de Moffat y Gattis se transforma, progresivamente en un caballero oscuro, estilizando incluso su ropa, transformada en un uniforme que ondea sobre los tejados de Londres… igual que Bond al final de Skyfall, igual que Luther esperando la mirad devuelta por el abismo, igual, claro, que Batman.

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De manera sutil toda la segunda temporada de la serie ha sintetizado la adaptación deslocalizada de Conan Doyle con la oblicua de Batman en su búsqueda del superhéroe británico definitivo, uno que abraza la oscuridad, que debe operar al marge y hasta confundirse con los villanos. Pero no se trata solo de que Sherlock se batmanice –lícitamente por otra parte, después de todo Holmes es uno de los muchos referentes de ese patchwork de arquetipos que es el Murciélago- sino de que todo el universo planteado en la primera temporada adopta los rasgos de trasuntos del de Batman con Lestrade acercándose a Gordon, Holmes huyendo de la policía londinense como Batman de la gothamita en Año Uno o Batman Begings, Watson hibridando a Robin y Alfred dentro de su propia personalidad y Moriarty perdiendo la suya para emerger como Joker, como, otra vez, agente del caos que busca en Holmes/Batman la razón de su existencia en lugar de buscar, sencillamente, eliminar la única piedra que se interpone en su perfecto, matemático, engranaje criminal.

La serie propone un Moriarty farsesco y transformista, peligroso e implacable, dandy frívolo del mal cuya motivación no es tanto la destrucción de Holmes como el obligarle a dar el paso de transformarse en su contrafigura perfecta: el superhéroe de todo supervillano. Lástima que una relectura tan interesante, tan potencialmente fascinante del personaje, nada más corporeizarse, ay, en la primera temporada, aun sin definir como Joker, lo haga en la piel de un lamentable actor espástico que lo vulgariza hasta convertirlo en un payaso interpretado por un imitador malo de Gary Oldman sobreactuando (lo que es en sí mismo redundante) o en el triste villano de La jungla de cristal 5.

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Si en el plano, digamos ideológico, la serie, pienso, conecta con el presente a través de esta sublimación superheróica, también lo hace con el pasado en base a un neoduardianismo, tanto estético como político, que pretende devolver a Inglaterra al centro de la ficción popular al tiempo que emprende una reivindicación de sus mitos nacionales pop en clave retromoderna. No se puede disociar tampoco este Sherlock del hecho de que  Moffat y Gattis sean los últimos showrunners del Doctor Who, al cual también postulan como superhéroe inglés y cuya estética y voluntad es igualmente neoeduardiana. Ni tampoco de las referencias (contemporaneizadas, por supuesto) que pululan a lo largo de toda la serie con respecto a la legendaria Los vengadores, cumbre del pop-art catódico y la lisergia sixties; citas que van de lo estético –Mycroft, el propio Gattis, presentado por primera vez con la pose de piernas cruzadas apoyado en un paraguas y silueteado a contraluz, de espaldas a la cámara, en exacta reproducción de la icónica figura de Patrick MacNee, por siempre John Steed- a lo tonal –el juego como motivo central- pasando, por supuesto, por la filiación neoeduardiana.

Sherlock quizás esté rodeada de un entusiasmo, justificado debido a su carácter adictivo, que la sobredimensiona. Hay algo en ella que falta, un intangible, puede que los misterios se resuelvan con demasiada facilidad, puede que se abuse del “yo sé que tú sabes que tú sabes que yo sé” y los archiplanes y recontraplanes trazados en la sombra, también que algunas decisiones sean más llamativas que eficientes en su acabado (perdón por el barbarismo pedantón) flamboyant -hay un innegable exceso, una catarata de formalismos empleados sin mayor objetivo que el lucimiento por el lucimiento- y que incluso el tratamiento de algunos personajes sea discutible –pienso en Irene Adler del, por otra parte memorable capítulo “La mujer”, el mejor de la serie, donde la Catwoman de Sherlock/Batman termina por perder la personalidad independiente de su contrapartida literaria para no solo convertirse en una pieza del plan mayor de Moriarty, sino en una damisela en apuros salvada por el héroe en un final que fuerza el delirio más allá de lo conveniente- pero a cambio ofrece una brillantez en la caracterización/aclimatación del dúo protagonista y su entorno, simultáneamente chispeante y macabro, apoyado en un score memorable, especialmente la burlesca fanfarria que supone el tema de Holmes y Watson y que sin duda hubiera firmado Danny Elfman cuando era Danny Elfman o un joven John Barry, tan fidedigna en espíritu que, haciendo abstracción del Londres del presente, uno puede decir que sí, que esos son Holmes y Watson.

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Parte mérito de la magnífica escritura y caracterización, muy sutil, muy irónica, muy estilizada (mucho más de lo aparente), parte producto de un reparto prodigioso: Martin Freeman confirmando lo buenos que son él y su excelente timming de comediante, como el doctor John Watson y Benedict Cumberbatch revelándose como un insuperable Sherlock Holmes moderno por medio de una presencia hipnótica -mezcla de raro atractivo, edad indeterminada, voz de barítono y remarcable parecido físico al gran Nick Cave- que es un balance perfecto de electricidad y quietud.

Aunque quizás el mayor mérito radique en que toda esta transposición temporal no solo no compromete el sentido del delirio aventurero, ni la magnífica manera de pasear por lo imposible como si fuera la cosa más normal del original, sino que los amplifica a través de una deliciosa convocación del pastiche cultista con verdadera clase que revive, aunque solo sea por un puñado de capítulos tanto a Conan Doyle como a Brian Clemens, facilitando un encuentro que, por desgracia, nunca llegó a darse.

Adrián Esbilla


2 Responses to “Sherlock: superhéroe neoeduardiano”


  1. 2 febrero 2014 a las 11:40

    Excelente análisis. En la tercera temporada, más espasmódica y humorística que las anteriores, los rasgos apuntados por el autor, incluida la obsesión por los atentados en el metro, se agudizan.

    • 2 febrero 2014 a las 19:45

      Si es cierto. Además en un homenaje/plagio/cita a V de Vendetta bastante claro. Encima, creo que es en el primer capítulo, hay una imagen de Sherlock observando Londres desde una azotea que es idéntica, pero idéntica, a la que cierra Skyfall. Sherlock es ya un superhéroe al final de la nueva temporada, un protector del reino plenipotenciario.


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