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Abr
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El último caso de Sherlock Holmes

El último caso de Sherlock Holmes

 por Juan Miguel Gutiérrez de la Solana Sánchez

Juan Miguel G. S. Sánchez nació un once de septiembre de 1972 en Alicante, aunque se considera manchego de adopción. Desde muy joven, y con gran preocupación de sus padres, comenzó a leer autores afines al terror y el fantástico y a ver películas del mismo estilo. Escondía revistas como Creepy para después devorarlas. Más tarde se aficionó a los grandes autores de ese género: Poe, Machen, Lovecraft, Howard, Conan Doyle, Hodgson…, sin desdeñar otros estilos como la fantasía épica o la ciencia ficción. En 2009 comenzó a escribir relatos, cultivando el género de terror, aunque más tarde ha ido ampliando su abanico de estilos: costumbrista, marítimo, aventuras, histórico…

Aúna más de cuarenta relatos escritos, una novela corta y una novela (si consigue terminarla) Algunos de estas obras han sido merecedoras de varios premios, así, en 2009, ganador certamen internacional “Papel”, de ediciones Geepp y segundo premio certamen “Julio Camba”, en 2011 primer premio certamen “Villa de Montefrío”, mención honorífica en el certamen “Idus de Marzo” y ganador certamen internacional de novela corta “Letras oscuras”, y en 2012 ganador del certamen “Pasadizo”, amén de quedar finalista en otros muchos concursos. El presente relato lo ha escrito ex profeso para este blog y todos ustedes… Que lo disfruten.

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Una fuerte cortina de lluvia desdibujaba el desolador aspecto de los sepulcros y mausoleos del Memorial Grave, un apartado cementerio que se hallaba escondido y casi olvidado en las afueras de Londres. Dos hombres observaban impasibles cómo el metódico enterrador terminaba su trabajo, ignorando el aguacero. El hombre daba los últimos toques mientras alisaba con una pala la tierra de una sencilla tumba. Una vez acabada su tarea se destocó en un saludo ritual y recibió unas monedas, para después desaparecer en el intrincado laberinto de piedra y mármol.

Los dos hombres quedaron solos, contemplando la lápida. A lo lejos, negras columnas de humo lograban perfilarse hacia un cielo gris y encapotado; parecía como si la llovizna tratara de borrar el triste maquillaje de la ciudad.

–Aún no puedo creer que esté muerto, doctor Watson –confesó uno de los dolientes.

–Tampoco yo, inspector. Nuestro amigo siempre pareció estar rodeado por un intangible halo de invencibilidad. Pero ahora…

–Sé que tuvimos nuestras diferencias, nuestro común amigo siempre tuvo un carácter, cuanto menos, difícil.

–Le puedo asegurar, inspector, que a pesar de sus numerosas puyas siempre le otorgó un medido respeto. Incluso añadiré que le tenía a usted en gran consideración. Pero claro, eso nunca lo manifestaba en público.

–Desde luego… Siempre le gustó guardar las distancias.

–Y no hacía distinciones con ello, se lo aseguro.

El inspector Lestrade señaló un cercano árbol y ambos se guarnecieron bajo la frondosidad de sus ramas. Encendió un cigarrillo y ofreció uno al doctor Watson, que declinó la oferta.

–Estuve al tanto del asunto en las oficinas de Scotland Yard –dijo Lestrade mientras exhalaba una bocanada de humo–, pero no conozco la mayoría de los hechos. La información nos llegó muy limitada, y creo suponer con acierto que incompleta.

–Cuando Mycroft está de por medio siempre es así.

–Asuntos de Estado, ¿no es cierto? Tuvo que ser algo memorable.

–Le aseguro, inspector, que incluso esa definición se queda corta.

–Ahora que todo ha pasado, quizá podría usted ilustrarme un poco a este respecto.

–Usted sabe, inspector, que yo mismo solía ser víctima del mutismo de nuestro apreciado amigo. Era muy aficionado a los secretos, llevaba sus investigaciones de esa manera. Solía decir que de ese modo me ponía a prueba para afilar mi ingenio.

El doctor John H. Watson se perdió en sus pensamientos durante unos instantes. El hipnótico sonido de la lluvia cayendo sobre las hojas trajo consigo numerosos recuerdos, cuyas etéreas imágenes eran retenidas fugazmente por el doctor. Ya no estaba con ellos, había muerto. Leía el nombre en la tumba una vez y otra y no terminaba de convencerse; pero esa era la realidad. Muerto. La tierra húmeda y una sencilla cruz velaban su descanso. El inspector Lestrade se apartó a un lado para respetar la intimidad de Watson, el cual agradeció que el agua diluyese sus lágrimas para no verse en una situación demasiado comprometida. Suspiró mientras agachaba la cabeza. De entre el barro surgía alguna que otra brizna de hierba y varias flores salvajes. En un irresistible impulso miró de soslayo hacia la cruz, esperando ver otro nombre. Pero las letras eran las mismas, no habían cambiado, y el nombre del difunto permanecía grabado en la cruz de piedra en dolorosa afirmación, resuelto, impertérrito, cincelado para toda la eternidad en su espartano epitafio… “Aquí yace Sherlock Holmes 1854-1916”.

El inspector Lestrade compuso un gesto de desánimo, tiró el cigarro al suelo y se despidió de Watson. Ya enfilaba sus pasos hacia la salida cuando unas palabras del doctor le detuvieron.

–Aguarde, inspector.

–No se preocupe usted, lo entiendo perfectamente; no es momento adecuado para hablar de estos asuntos, con todo tan reciente. Ya sabe usted de sobra que me encontrará en comisaría a cualquier hora y…

–No. –La respuesta de Watson fue rotunda–. Es mejor ahora, cuando todo lo acontecido aún se mantiene vívido en mi memoria.

–Le aseguro que no es necesario.

John H. Watson ignoró las palabras del inspector, y con voz segura comenzó a relatar los extraordinarios sucesos del último caso del famoso detective.

–Todo comenzó de la manera más habitual, en el despacho que Holmes tenía en nuestro apartamento.

»Esa mañana llovía, aunque esto no es una gran noticia, casi siempre está lloviendo en Londres. Lo que sí era inusual era el comportamiento de Holmes. Había mantenido un encuentro con su hermano Mycroft, y se le veía algo agitado. No se encontraba en su sillón leyendo la prensa matutina; tampoco se hallaba inmerso en alguno de sus extraños e incomprensibles experimentos. Ni siquiera tocaba ese maldito violín; en lugar de ello recorría la sala a grandes pasos, pisoteando sin cuidado alguno todo tipo de papeles y documentos que yacían por el suelo.  Comprobé con sutileza que su estado no se debía al consumo de cocaína al que se dejaba llevar de vez en cuando. Era evidente que su mente estaba trabajando a toda velocidad. Sus ojos se mantenían fijos en un punto, entrecerrados, intentando dilucidar a todas luces algo que solo era perceptible para él. Ya había visto más de una vez esa expresión, y no presagiaba calma chicha precisamente. La buena de la señora Hudson apareció portando un suculento desayuno, pero Holmes ni siquiera reparó en su presencia, pues seguía recorriendo la estancia con su frenético e incansable paso. Nuestra ama de llaves aguardó unos instantes para comprobar si recibía alguna lisonja por el desayuno preparado con cuidado esmero, pero al ver que era ignorada abandonó la habitación con un mohín de disgusto.

»De pronto Holmes se detuvo y me señaló con su pipa.

–¡Watson! ¡Debe usted apresurarse en preparar el equipaje! –me ordenó.

–No me irá a decir que ha aceptado un nuevo caso –respondí. Ya sabrá usted, inspector, que a Holmes le rondaba desde hacía tiempo la idea de desaparecer tanto de la escena detectivesca como de la social, pues se hallaba algo hastiado por la enorme popularidad que llegó a alcanzar en vida.

–Le recomiendo seleccionar la mejor ropa de abrigo de que disponga –respondió ignorándome–. Por cierto, le invitaría a almorzar, pero el tono algo sonrosado de sus mejillas delata que ya ha pasado por el Club.

–¿Cómo dice? –pregunté.

–Es obvio, mi querido Watson, su rostro siempre enrojece cuando ha ingerido alimentos y, a juzgar por la leve turbiedad de sus ojos, que delatan que ha bebido vino tinto, ha vuelto a pedir un bistec romanoff.

–Me desarma usted, Holmes –asentí vencido.

–¡Pues no se hable más! –dijo mientras recogía una bufanda–. ¡Nos espera un coche para llevarnos al puerto!

En ese instante, Holmes enrolló la bufanda sobre su cuello con un rápido gesto. Uno de los extremos tocó una de las macetas que tan celosamente cuidaba la señora Hudson, rompiéndola en mil pedazos.

–¿No será por casualidad…? –pregunté.

–En efecto –reconoció Holmes con gran satisfacción–. He aquí una de mis armas secretas preferidas. Ya se acordará usted de las grandes ventajas que nos proporcionó en aquel caso.

–Concretamente en Asesinato por decreto –señalé.

–Tiene usted buena memoria, Watson –corroboró Holmes–. ¡Le espero abajo con las maletas! ¡No se demore usted, mi querido doctor!

–Pero… –logré decir.

–Casi se me olvida –dijo Holmes justo antes de bajar las escaleras–. Esto también nos lo llevamos. –Recogió entonces el infernal Stradivarius y a mí se me erizó el vello al pensar en la música de fondo del viaje, pero Holmes, inusualmente bromista, y tras percibir el espanto en mi rostro, se limitó a dejar el violín con una media sonrisa y a coger su famoso bastón de defensa de un paragüero. Comprobó que la punta acerada aparecía al pulsar cierto resorte y, guiñándome un ojo, desapareció por el rellano.

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Los siguientes acontecimientos se sucedieron con rapidez. En el puerto de Londres subimos a un transbordador que pertenecía al ejército. Fuimos escoltados hasta Calais por varios buques de guerra, pues los submarinos alemanes solían acechar el Canal. Desde la ciudad portuaria francesa fuimos transportados hasta París. A lo largo del viaje pudimos comprobar el desastre que la guerra estaba causando en aquellas tierras. Recuerdo que durante todo el trayecto no pude evitar caer en un estado de ánimo de gran nerviosismo; sin embargo, Holmes permaneció inmutable, sumido como estaba en sus intrincados pensamientos.

Acompañados por un destacamento del ejército francés, llegamos al fin a una estación de tren, al parecer abandonada. Esa fue mi primera impresión, mas al ser conducidos al interior descubrimos que el edificio escondía una gran actividad en sus entrañas.

El oficial francés nos dejó –no sin un cierto alivio poco disimulado– en un concurrido andén subterráneo, y muy pronto tornó con gran prisa a sus obligaciones. Aquel lugar era un hervidero. Soldados y peones de obra iban de un lado para otro en frenético pero ordenado ajetreo. Unos cuantos hombres, sin duda ingenieros, discutían sobre un gran plano. Sonó un silbato y todo el mundo se retiró de la vía. De la boca de un túnel comenzó a surgir con gran estrépito un reconocible sonido de ruedas y pistones poniéndose en marcha. Los hombres jaleaban y lanzaban las gorras al aire. Un foco de luz asomó entre las vaharadas de vapor, y poco después surgió la impresionante estampa de una gran locomotora negra.

–Ahí lo tienen ustedes. El mítico Orient Express.

La voz salió de entre las sombras, y entonces apareció Mycroft, acompañado como era su costumbre por varios hombres de su confianza.

–Supongo que viajaremos en él –aventuró Holmes sin apenas inmutarse.

–Por supuesto –corroboró Mycroft–. No me gusta vanagloriarme de mis acciones, pero de este caso en particular me siento más que satisfecho. Como sabrán, esta línea de tren lleva un tiempo suspendida por la Gran Guerra. Nos ha costado mucho ponerla en funcionamiento, pero lo hemos conseguido.

–Estando mi querido hermano de por medio no me sorprende en absoluto.

–¿Hemos conseguido…? –aventuré.

–Sin duda, mi orgulloso hermano se refiere a la sociedad secreta a la que pertenece desde hace tres años exactamente, Sapientes Gladio.

Mycroft no pudo evitar un gesto de sorpresa, pero enseguida recuperó la compostura.

–Creí que era algo a todas luces secreto –dijo Mycroft encogiéndose de hombros.

–No olvides, querido Mycroft, que mi principal trabajo es el de detective.

Un ingeniero llegó justo a tiempo para evitar una nueva trifulca entre los dos hermanos, ofreciendo un último informe a Mycroft. Poco después, dos vagones fueron enganchados a la locomotora, que soltó un impresionante chorro de vapor, como a modo de gran satisfacción. Recuerdo entonces que me invadió un enorme nerviosismo, pues sabía que el Orient Express cruzaba gran parte de Europa en su recorrido, y con la guerra de por medio no me parecía una perspectiva nada halagüeña. Así se lo hice saber a Mycroft, pero parecía tenerlo todo bajo control.

–Estimado doctor, no ha de guardar aprensión alguna por su exótico viaje. Ya que ha salido a colación, le confiaré que nuestra poderosa asociación…

–Secta –dijo con voz seca Holmes.

–… Estaba diciendo –continuó Mycroft–, que nuestra asociación es muy poderosa, pues la componen hombres que se encuentran entre los más meritorios de cada país al que pertenecen. Estamos por encima de guerras o de cualquier conflicto de intereses, pues nuestros fines son de mayor calado. Cada gobierno ha sido puntualmente informado de su viaje y por ello nada han de temer. Desde su fundación, Sapientes Gladio siempre ha contribuido con sus acciones al bienestar de la Humanidad, y este es un nuevo ejemplo que nos ratifica.

–Todo eso me parece muy loable –comenté algo irritado–, pero aún no me ha dicho nadie hacia dónde vamos.

–Mi querido Watson –dijo Holmes mientras subía al tren–. Es el momento de conocer el gran Imperio Ruso.

Las primeras horas de viaje fueron un suplicio para mí y una auténtica prueba para mis ya mermados nervios. Mycroft compartía coche con nosotros, pues quería supervisar la operación personalmente, al menos hasta cierto punto. La mayor parte del trayecto que nos acercaba hacia Estrasburgo fue dominado por un incómodo silencio, roto tan solo por los fragores de la guerra. Estos se acentuaron cuando nuestro convoy llegó hasta las inmediaciones de Verdún. En Inglaterra habíamos tenido noticias sobre este sangriento episodio de la guerra, pero el poder contemplarlo con nuestros propios ojos nos hizo estremecer de pavor. La batalla había terminado a favor de los franceses recientemente, y los ecos del aquel espanto aún se podían comprobar en todo su horror: enormes cráteres aún humeantes, poblados enteros arrasados, cadáveres esparcidos por doquier…, incluso Holmes estuvo observando un buen rato desde la ventanilla. Llegados a este sitio tuvimos varias paradas y cambios de vía, pues los desperfectos eran cuantiosos. Sin embargo, Mycroft parecía tenerlo todo bajo control. Su logia poseía sin duda unos recursos en verdad inimaginables, no quiero pensar en la cantidad de dinero e infraestructura necesarios para hacer posible aquel viaje. Recuerdo también que durante un trayecto de varias millas tuvimos que ponernos máscaras antigás, pues el veneno de las armas químicas aún flotaba en el ambiente.

Durante todo aquel recorrido, los dos hermanos apenas se dirigieron un par de palabras, y justo cuando nos acercamos a la frontera con Alemania, Sherlock Holmes comenzó a hablar.

–He de reconocer que incluyo yo estoy sorprendido –otorgó Holmes–. No me imagino el enorme esfuerzo que le habrá costado a tu… asociación preparar todo esto.

Mycroft se limitó a asentir, visiblemente satisfecho por la apreciación de Holmes; por mi parte, yo estaba algo cansado del mutismo de ambos, y en ese instante exploté.

–¿Serían tan amables –comencé sin poder evitar mostrar mi irritación– de compartir con mi humilde persona los entresijos de esta descabellada acción? Les recuerdo que estamos en guerra, y muy pronto nos adentraremos en territorio alemán, con todo lo que ello conlleva. No creo que nos reciban con banderines ni vitolas, más bien con algún que otro cañonazo.

Entonces los hermanos Holmes se miraron, y Sherlock asintió.

–Doctor Watson –comenzó Mycroft–, usted sabrá que nuestro gran Imperio se extiende a lo largo y ancho de este mundo, por lo que mantenemos distintos intereses repartidos por casi todas las naciones conocidas, o al menos en las que merecen la pena. Un ejemplo de ello en nuestra involucración en esta interminable y farragosa contienda.

»El hecho de esta breve introducción se debe para dejar claro que Inglaterra está muy interesada en el devenir de ciertos países o imperios, pues es muy importante tanto a nivel económico como estratégico. Las fuerzas de nuestra gran nación se deben a ciertos equilibrios que logramos mantener en los citados países, y desde hace unos años miramos hacia el Imperio Ruso con cierta preocupación. Desde hace un tiempo, un personaje digamos… indeseable, ha logrado introducirse mediante lo que creemos ardides en la misma corte del Zar, y no para mejorar las cosas precisamente.

»La popularidad de la dinastía Románov se encuentra en entredicho. Esta regia familia ha manejado los asuntos de Rusia con un reseñable despotismo y una más que evidente torpeza. No muestran más ambición que la de perpetuarse en el poder, es más, apenas les interesan las cosas que suceden fuera de los límites de su vasto territorio. Y, por el bien de Inglaterra, queremos que todo siga del mismo modo. Por eso nos preocupa el descontento que el pueblo ruso está mostrando hacia el gobierno del Zar.

»Se está gestando una rebelión, un cambio, y queremos evitarlo a toda costa.

–Me cuesta creer que todo esto lo haya promovido un solo hombre –expuse con cierto escepticismo–. ¿Cuál es su nombre?

–Grigori Yefímovich Rasputín –dijo Mycroft.

–No me suena de nada –alegué.

–Pues lo crea o no –continuó Mycroft–, ese hombre se ha valido él solo para poner en jaque a todo el viejo Imperio Ruso. Se le acusa de ser un espía de los alemanes, y que maneja los hilos y las decisiones de la zarina Alejandra en ausencia de su marido; la zarina, debo recordar, tiene ascendencia germana. Y eso a los rusos no les hace demasiada gracia.

–Aún sigo sin ver la causa de nuestra presencia aquí –me limité a decir.

–Admito que hablar de esto me incomoda un poco. –Mycroft dijo estas palabras mientras dirigía la mirada a través del cristal–. Sin embargo, he de admitir que han llegado a nuestros oídos las extrañas prácticas que maneja el tal Rasputín. Se habla de magia y de secretos rituales. También sabemos que se ganó el favor de la zarina curando con insólitos conocimientos la grave enfermedad del joven zarévich Alexéi Nikoláievich. Hasta nosotros ha llegado el rumor de que la salud del joven y futuro zar depende por completo de nuestro siniestro personaje y, por supuesto, el futuro de la dinastía Románov está en sus manos.

»Los informes que nos han llegado son cuanto menos inquietantes. Nuestro místico se ha rodeado de un poderoso halo de hombre santo. Algunos hechos son en verdad… poco comunes. No adelantaré nada porque no quiero influenciar de ninguna manera en sus investigaciones. Y es por eso por lo que están aquí. Sabemos que nuestro más famoso detective está familiarizado con estos asuntos, no han sido pocos los mitos que han sido destruidos bajo la aplastante lógica de mi brillante hermano: el caso de El sabueso de los Baskerville, o el no menos conocido de El vampiro de Sussex.

»Es por ello que confiamos en que sepan ustedes desenmascarar al que creo que no es más que un hábil charlatán, y aparten así la nefasta influencia que ejerce el indeseable Rasputín sobre el Imperio Ruso.

–Me parece muy bien, pero ¿cómo han llegado a saber todo esto? –quise indagar.

–Mantenemos en nuestra embajada a un eficiente agente…

–Espía –corrigió Holmes.

–Como decía, disponemos de un eficiente agente que nos mantiene al tanto de cualquier información que nos pueda ser de utilidad. Su nombre es John Scale, y será su enlace en el palacio del zar en la actual Petrogrado. Todo está planeado con sumo cuidado. Nos ha costado un gran esfuerzo montar toda esta varieté, por ello les ruego que sean tan prudentes como eficientes en su labor.

–¿Cuál es nuestra tapadera? –Las palabras de Sherlock Holmes me sobresaltaron. Desde hacía un tiempo había dejado de permanecer indiferente, y ahora mostraba un inusitado interés en la conversación. Su hermano Mycroft lo expuso con sencillez.

–Ante la insistencia de nuestros diplomáticos, el zar Nicolás II ha accedido a que un notorio médico de nuestra nación examine el mal de su hijo, pues lleva un tiempo queriendo apartar a su esposa de la maligna influencia de Rasputín. El zar es un hombre pragmático, y no es tonto; sabe del daño que está causando esa especie de místico en el nombre de la familia Románov, y está dispuesto a colaborar. Por supuesto, mi querido Watson, y como ya habrá adivinado, usted es el médico que va a reconocer al joven zarévich. De igual modo, mi hermano hará de asistente –Mycroft no pudo evitar aquí una mueca de desdén.

»¡Por fin! –exclamó Mycroft levantándose del asiento para mirar por la ventanilla–. Veo que llegamos a un punto crucial de nuestro viaje. Ahora, si me dispensan…

El tren comenzó a disminuir la velocidad hasta detenerse; era evidente que nos acercábamos a la frontera, pues grandes fortificaciones de defensa se levantaban a ambos lados. Cuando vi llegar un automóvil oficial y varios camiones militares creí que todo estaba perdido. Sin embargo, Mycroft aguardaba en tierra la comitiva visiblemente tranquilo.

Un oficial alemán de alto rango bajó del automóvil, flanqueado por varios soldados. Entonces ocurrió algo impensable, pues ambos hombres se saludaron en silencio y mostraron un anillo que lucían en el meñique izquierdo, realizaron de forma simultánea unos extraños signos en el aire, y después intercambiaron unos documentos.

»Al momento, el oficial dictó unas órdenes, y en breves instantes dos soldados subieron a nuestro coche alimentos y suministros varios. Yo contemplaba todo esto sin salir de mi estupor, pero más impresionado quedé cuando nos dejaron paso franco y nos permitieron entrar en Alemania; es más, a ambos lados nos escoltaban dos camiones llenos de soldados, y justo delante de nosotros se introdujo por una vía secundaria un poderoso tren blindado, armado con armas antiaéreas y ametralladoras que estaban asentadas en una plataforma. Cuando de nuevo se sentó junto a nosotros, Mycroft no pudo evitar mostrar esa sonrisa de suficiencia que tanto he llegado a detestar, se arregló el traje, movió su bastón, y acto seguido durmió durante unas cuantas horas.

»Durante los siguientes días, nuestro viaje se llegó a convertir en algo tedioso y monótono, interrumpido de vez en cuando por molestos cambios de vía y los habituales abastecimientos de víveres. De esta manera llegamos a recorrer los distintos países que eran atravesados por la línea del Orient Express. Atrás quedaron Austria, Bulgaria y Rumanía, hasta que al final llegamos a Turquía.

»Como usted sabrá, inspector, el trayecto del ferrocarril termina en Estambul, pero las cosas estaban muy agitadas en ese país, con el levantamiento de los árabes en la península arábiga, y es por ello que el tren abandonó el recorrido oficial y se perdió en algún lugar inhóspito.

»Allí nos aguardaba una de las sorpresas más agradables de nuestro viaje, por no decir la única.

»Llegamos a una estación vieja y destartalada, a todas luces abandonada desde hacía tiempo. Llevábamos un tiempo sin ver población alguna, por lo que deduje que aquel lugar era una especie de base de operaciones de Mycroft y sus acólitos. Estaba apartada y hábilmente escondida; se notaba que esa gente sabía hacer las cosas.

»Descendimos. De un herrumbroso hangar salió una persona. Al principio no lo identifiqué. Nos lo presentó Mycroft con gran petulancia.

–Tengo el honor de presentarles a uno de los miembros más insignes de nuestra logia, el teniente de inteligencia Thomas Edward Lawrence.

Yo me quedé mudo de asombro, pero Holmes ni se inmutó. Ante nosotros estaba una auténtica leyenda, pues los logros de aquel hombre, comúnmente conocido como “Lawrence de Arabia”, eran de sobra conocidos.

»Su imagen me impactó, era alto y de constitución atlética, con el rostro tostado por el cruel sol de las regiones en las que frecuentaba. Estaba vestido a la manera de los turcos, seguramente para pasar desapercibido. Se mostró solícito y muy colaborador. Tanto él como Mycroft hablaron a solas durante unos minutos; después el oficial desapareció en el hangar y Mycroft se nos acercó para ponernos al tanto.

–A partir de ahora me temo que se quedan solos. El trayecto hasta Petrogrado lo harán a bordo de una avioneta. Nuestro agente aquí, el señor Lawrence, ha hecho un paréntesis en su importante misión y ha accedido a ayudarnos, preparando todo lo necesario para el viaje. Ello incluye puntos de repostaje y demás detalles, que no son pocos, de ello pueden estar seguros.

–Así que resulta que el levantamiento árabe en la península también es cosa vuestra –dijo Holmes asintiendo con suspicacia–. Eso explica muchas cosas.

–Naturalmente que estamos detrás de todo eso –afirmó Mycroft–. Es hora de debilitar el Imperio Otomano, y la guerra de guerrillas que ha montado el señor Lawrence está resultando de lo más óptima, aunque a veces se deje llevar demasiado por su inocente espíritu de justicia. Tendremos que vigilar eso…

–Así que usted se despide aquí –pregunté a Mycroft.

–No me queda más remedio –respondió algo resignado–, pues unos lamentables hechos del pasado me impiden visitar el Imperio Ruso. Ya no soy bien recibido allí.

–Enhorabuena –se mofó Holmes–, otro país que no puedes visitar. Tu cerco se estrecha, Mycroft.

–Haré todo lo que haga falta por Inglaterra –sentenció Mycroft mirando fijamente a su hermano–. Ahora, si me disculpan, tengo otros asuntos que atender. Les deseo buena suerte, caballeros.

Entonces Mycroft subió al tren y desapareció. En ese instante, una avioneta salió del hangar, y el piloto nos hizo señas para que subiéramos. Del señor Lawrence no quedó rastro alguno. Había desaparecido.

»Tras un viaje molesto y no exento de peligros llegamos a Petrogrado. Era la mañana del veintinueve de diciembre, y recuerdo que me llevé una vívida impresión al ver la ciudad cubierta bajo el hielo y la nieve. Era cerca de mediodía, y el cielo se mostraba blanco por completo, irradiando una curiosa luminosidad. Nos aguardaban con impaciencia, por lo que muy pronto fuimos conducidos al palacio del zar.

»Era una construcción impresionante. Vagamos por largos e interminables pasillos, decorados con un lujo ostentoso pasado de moda; telares, armaduras, cortinas de rojo terciopelo, pinturas de heroicos hechos pasados y enormes lámparas de telaraña vestían el palacio de manera suntuosa; a pesar de todo, se podía apreciar un leve sesgo de decadencia en el ambiente, como si el legado de los Románov estuviera próximo a su fin.

»Fuimos conducidos a las habitaciones privadas del palacio, allí donde la familia del zar y su séquito nos esperaba. Nos encontramos con una gran audiencia: los hombres engalanados con sus majestuosos uniformes y las mujeres luciendo unos pomposos vestidos, con ostentosas joyas reluciendo por doquier. Por supuesto, el díscolo Rasputín permanecía junto a la familia, justo detrás del zarévich. Vestía un ropaje humilde, a la manera de los benefactores monjes. Su rostro era cruel, de duras y ásperas facciones, en el que sobresalían unos impresionantes ojos azules. Rasputín mostraba un contenido atisbo de inteligencia, como un depredador que calcula su próximo movimiento. Estaba muy atento a todos nuestros movimientos y no nos quitaba ojo de encima. Había algo extraño en su mirada, pues mantenerla resultaba difícil, incluso mareante; ya entonces Holmes se dio cuenta de ello, manteniendo por ello una especie de duelo de miradas con Rasputín, no mostrando afectación alguna, cosa que pareció extrañar al falso monje.

»La sala era enorme, dominada por un crepitante hogar, en cuyo alrededor dormitaban varios perros. Fue algo impresionante; recuerdo que esa escena llegó a amilanarme un poco, aunque respiré aliviado cuando se nos acercó nuestro enlace, John Scale.

»Entre él y un traductor nos presentaron con gran solemnidad a la noble familia. Tras un interminable protocolo pude acceder a reconocer al joven Alexéi. El zarévich era apenas un niño de unos diez años aproximadamente, de pelo negro, triste semblante, e innegable poso aristócrata. En un primer y rápido reconocimiento detecté lo que era sin duda el mal que acechaba al joven, la hemofilia, pues el rostro y el resto de la epidermis evidenciaban una falta de color alarmante, y el apéndice nasal mostraba restos de sangre reseca; de igual modo, en alguna de sus articulaciones detecté alguna que otra pequeña hemorragia interna.

»En todo momento, ese demonio de Rasputín no se separó del muchacho, vigilando todos mis movimientos. A través de nuestro traductor, comuniqué mi diagnóstico a la zarina Alejandra y a los médicos personales de la familia, los cuales parecieron mostrar su aprobación con leves asentimientos de la cabeza y evidentes signos de satisfacción. Todo lo contrario que Rasputín, el cual comenzó a proferir una sarta de salmodias sin sentido, para después trazar unos signos sobre la cabeza del zarévich. La tensión creció, varios de los nobles que allí se encontraban se mostraron dispuestos a sacar a Rasputín por la fuerza, pero la zarina los frenó en seco con un lánguido gesto.

»La superstición nos ganaba terreno, por lo que decidí tomar la iniciativa y, a través del traductor, expuse a la zarina las razones de mi diagnóstico y el remedio que, a base de coagulantes naturales extraídos de la ortiga o el ciprés, podría mejorar la salud de su hijo. Nada de ello sirvió, pues en ese mismo instante, el joven zarévich gritó y comenzó a sangrar abundantemente por la nariz; entonces, aquel diabólico hombre puso sus manos en la cabeza del muchacho y lo miró fijamente, pronunciando por lo bajo unas palabras en un idioma gutural que no era ruso. Para sorpresa de los allí presentes, y he de incluir la mía, la hemorragia remitió casi al instante. Acto seguido, Rasputín habló al oído de la zarina, y ésta ordenó al momento que saliera todo el mundo de la sala menos su idolatrado monje.

»Habíamos perdido la batalla: no habíamos logrado desenmascarar al monstruo.

»Sin embargo, aunque no lo sabíamos, aún quedaba una mano por jugar.

»Entonces nos acompañaron a un despacho reservado para la diplomacia, donde Holmes me hizo partícipe de su análisis de la situación.

–Mi buen y querido Watson –comenzó mientras se arreglaba la bufanda–, acabamos de ser testigos de un increíble episodio de hipnosis y mesmerismo.

–¿Eso es lo que cree usted? –pregunté interesado mientras me acercaba a la chimenea para calentarme.

–Sin duda alguna –respondió Holmes mientras daba cortos paseos a lo largo de la habitación–. Para mí está claro que ese hombre usa las técnicas del llamado magnetismo animal para inducir al joven zarévich en una poderosa hipnosis. Aún no logro explicarme el cómo, pero estoy firmemente convencido de que es capaz de influir mediante esas artes en la fisonomía del muchacho.

–¿Me está diciendo que es capaz de ordenar al cuerpo del zarévich que sangre? –Yo no cabía en mí de incredulidad ante tal argumento; sin embargo, Holmes continuó con su exposición.

–No me imagino cómo habrá llegado a conseguir semejante dominio de tan enigmático conocimiento –dijo Holmes mientras mantenía la vista fija en el fuego–; es posible que sea incluso un don natural. Si hemos de tener en cuenta las teorías de Franz Mesmer, ese Rasputín ha podido afinar dichas técnicas hasta niveles inimaginables.

–Pero el mesmerismo se usaba en el pasado para curar –repuse.

–Cierto –otorgó Holmes–, pero no olvide que la ciencia es un arma de doble filo. Los conocimientos pueden usarse tanto para ejercer el bien como para todo lo contrario, téngalo usted en cuenta. Ese hombre tan solo usa su talento en beneficio propio.

–¡Es un criminal! –contesté enojado–. ¡Está haciendo sufrir al joven zarévich para lograr sus malévolos planes!

–Eso es innegable –corroboró Holmes mientras se servía y paladeaba un brandy–. Al igual que la indudable calidad de este licor.

Al poco tiempo John Scale entró en el despacho, acompañado por  un hombre de su confianza llamado Oswald Rayner. Con breves y explícitas palabras nos propuso un plan que ya tenían previsto, pues querían evitar a toda costa que Rasputín permaneciera ni un solo día más proyectando su siniestra sombra sobre los Románov. Se lo explicaré con brevedad, inspector, sea usted paciente.

»Resulta que Rasputín comenzaba a darse cuenta de que ciertas facciones de la nobleza querían quitárselo de en medio a toda costa, por lo que desde hacía unos meses había trabado amistad con una tal Irina, esposa de un noble llamado Félix Yúsupov. Según el señor Scale, Rasputín quería persuadir a la mujer del noble para que ésta se separase de su marido para así poder casarse con ella, de este modo obtendría cierta seguridad, amén de una considerable fortuna y una más que envidiable posición. Si lo lograba era prácticamente intocable.

»Estaba muy cerca de conseguirlo, por lo que todo se precipitó.

»El plan consistía en atraer mediante ardides a Rasputín al palacete del noble Yúsupov, haciéndole creer que tenía una cita con la mujer del mismo. Esa misma noche se personó en el palacete. No era tonto, pues un par de secuaces suyos lo flanqueaban.

»La idea era asesinarlo, pero nosotros no lo sabíamos. No habríamos accedido a mostrar nuestra ayuda a tal maniobra de haberlo sabido, pero claro, con Mycroft de por medio tuvimos que haberlo supuesto. Yo suponía que lo amenazarían de algún modo para hacerle desistir de sus propósitos, exiliarlo de algún modo.

»El caso es que, ya anochecido, llegamos al palacete de Yúsupov como invitados a un pequeño banquete que el joven noble daba en honor a su esposa Irina. Cuando nos instalamos en el lugar de la cena, que era en el sótano, descubrimos que Rasputín ya estaba cómodamente instalado. Sus lacayos se mantenían en las sombras, atentos a todo lo que sucedía. Nos acompañaba Oswald Rayner, y a la mesa se hallaban dos importantes políticos que participaban en la conspiración. En el aire se percibía una tensa espera. Ya sentados a la mesa, comprobamos las salvajes maneras de Rasputín, que bebía vino y comía pastas sin medida alguna. Entretanto, tanto Oswald Rayner como los demás comensales se cruzaban incrédulas miradas de estupefacción. Fue entonces cuando Holmes me comunicó algo.

–No ponga cara de sorpresa, mi querido Watson –susurró Holmes mientras hacía como que bebía vino–, pero no se le ocurra por nada del mundo comer una de esas pastas. Están envenenadas.

–¿Está usted seguro? –pregunté mientras intentaba no cambiar la expresión de mi rostro.

–Y tanto –respondió–; a juzgar por el fuerte aroma de almendras amargas que he detectado, ese hombre ha ingerido cianuro como para tumbar a diez hombres, y sin embargo, sigue comiendo como si la cosa no fuera con él. Está claro que lo del exilio no es una opción. Nos han mentido. Quieren acabar con él.

–Ahora que usted lo dice, también detecto ese olor tan peculiar –otorgué–, me molesta no haberme dado cuenta antes. Ese hombre debería estar muerto ya.

–Me parece, querido Watson, que vamos a tener que conceder cierto margen de credibilidad a la fama de santurrón que tiene nuestro peculiar amigo.

Para corroborar sus palabras, y animado por el vino, Rasputín cogió una guitarra y comenzó a cantar viejas canciones folclóricas rusas. El noble Yúsupov, que también estaba a la mesa, tenía el rostro congestionado y miraba suplicante a Oswald Rayner, que compuso un gesto de circunstancias. Los otros hombres se miraban de soslayo mientras tomaban su vino con manos temblorosas.

»En un momento dado, Rasputín interrumpió una de sus canciones para solicitar con gran vehemencia y gritos la presencia de Irina. Su marido, Félix Yúsupov, aprovechó para levantarse de la mesa con la excusa de ir a buscarla. De tan nervioso como estaba, tropezó con una de las sillas y cerca estuvo de caerse. Uno de los hombres lo siguió, y el otro, que era un importante político de cuyo nombre no me acuerdo, los siguió poco después.

»Fue entonces cuando nos quedamos solos junto a Rasputín, si no contamos con sus lacayos. El falso monje siguió comiendo y bebiendo sin parar, ora cantando, ora riendo. Holmes estaba asombrado, apenas podía contener un gesto de franco interés. Sus acerados ojos se fijaron en la figura de Rasputín, que comenzó a hacer cosas alarmantemente extrañas, pues sus ojos quedaron como en éxtasis, y su cuerpo se convulsionó durante unos segundos con violencia.

»Ocurrió entonces algo que me pareció espantoso. Al principio creímos que aquel hombre iba por fin a morirse, pero nada más lejos de la realidad. De su boca comenzó a manar una salmodia y sus brazos… Sus brazos comenzaron a moverse como si tuvieran voluntad propia. Se movían al igual que serpientes, sinuosos, acechantes, reptando por la mesa, cogiendo un vaso, o un plato, como si fueran a examinarlo, para dejarlos sobre la madera poco después. Mientras el resto del cuerpo se mantenía en una posición fija, aquellos brazos seguían con su oscilación tentacular, buscando, examinando todo lo que había sobre la mesa.

»Yo, sin saber muy bien el motivo, estaba aterrorizado; Holmes no le quitaba el ojo de encima, estudiando cada reptil movimiento de los brazos de Rasputín. Entonces cogieron una de las pastas y el monje abrió los ojos desmesuradamente. Recuerdo que un sudor frío bajó por mi sien, mientras que Holmes tensaba su cuerpo dispuesto a cualquier desenlace.

»Rasputín gritó algo, no sé si en ruso o en otro arcaico idioma. Sus dos hombres se le unieron al instante mientras él se encaraba con un crucifijo y comenzaba a gritar algo del todo ininteligible para nosotros. En ese momento apareció Yúsupov portando un revólver. Fue todo demasiado rápido. Antes de que pudiéramos hacer nada disparó varias veces por la espalda contra Rasputín.

»Para nuestro asombro, y lejos de caer muerto, Rasputín se revolvió con furia mientras sus hombres se nos echaron encima. Yúsupov había vaciado el cargador, y mientras intentaba recargar Holmes se encaró con los dos rufianes. Cuando se quitó la bufanda uno de ellos se rió, mostrando sus dientes podridos, pero poco le duró la sonrisa, pues Holmes logró enlazar la bufanda en el cuello del hombre y con un rápido movimiento lo lanzó contra la pared, dejándolo sin sentido. El otro secuaz no salía de su asombro cuando Holmes lanzó contra él su exótica arma, golpeándolo como si fuera un puño de boxeador. Al hombre le temblaron las rodillas y se desplomó.

»Rasputín, escupiendo sangre, hizo ademán de lanzarse contra nosotros, pero sonaron dos disparos más que le alcanzaron en el pecho y, por fin, cayó al suelo.

»Era Yúsupov quien había vuelto a disparar. Todo había terminado, o al menos eso creímos en ese momento.

»Bajó entonces al sótano uno de los políticos. Ahora me acuerdo de su nombre, un tal Purishkevich, que animó y congratuló a Yúsupov por su hazaña. Se acercaba el joven noble al cadáver de Rasputín para cerciorarse de su muerte cuando algo increíble ocurrió, pues dando un espantoso alarido, el místico se levantó del suelo, cogiendo con sus manos la cabeza de Yúsupov y lanzándolo por los aires. Después se encaró con nosotros, los ojos inyectados en sangre.

»Fue la única ocasión en la que vi titubear a Sherlock Holmes.

»Aprovechándose de nuestra sorpresa, Rasputín salió por una puerta, huyendo a través de un patio interior del palacete. Purishkevich le siguió y, tras cerciorarse de que Yúsupov solo estaba conmocionado, nosotros le seguimos de cerca.

»Holmes aprovechó su atlética forma para alcanzar a Rasputín, que se veía cercado sin poder escapar, pues un alto muro le impedía el paso. El monje comenzó a salmodiar, pero Holmes lo acalló con un golpe de su bufanda. Describió un nuevo arco con el arma pero en esta ocasión Rasputín lo esquivó, destrozando Holmes parte del muro por el impacto. El monje se quedó mirando la bufanda, estupefacto, cosa que aprovechó Purishkevich para disparar contra él. Lo alcanzó en el hombro, cayendo al suelo, y antes de que pudiéramos impedirlo lo remató de un disparo en la cabeza.

»¿Cree usted, inspector, que allí acabó todo? Espere a oír el final.

»Trasladamos el cuerpo al interior del palacio, y allí quedamos velándolo hasta altas horas de la madrugada, pues los rusos temían que volviera a despertarse. Yúsupov, ya recuperado, no se atrevía ni a tocarlo. Al final, y ya convencidos de su muerte, pues yo mismo la certifiqué, convenimos en deshacernos del cadáver tirándolo por un puente a las heladas aguas del río Neva.

»El cuerpo cayó, atravesando el hielo. Esto es muy difícil de narrar para mí, inspector. El caso es que Rasputín, lejos de hundirse, dio la impresión de comenzar a nadar bajo el hielo. Incluso pareció girarse sobre sí mismo y mirarnos de forma terrible y burlona a la vez.

»Con gran precipitación lo perseguimos por la ribera. Yúsupov no nos acompañó, pues había echado a llorar de puro horror. Purishkevich, derrotado y anonadado, se quedó al cuidado de su amigo.

»Tras una breve carrera, alcanzamos el cuerpo justo en la orilla. El hielo estaba roto, como si Rasputín lo hubiera roto con sus manos. No me atreví a tocarlo, de tan espantado como estaba. Al final, fue Holmes quien le dio la vuelta, y al hacerlo me dijo que había notado un pinchazo en una de sus manos, pues el monje portaba un extraño artefacto afilado que lo hirió levemente. No llegué a verlo, pues Holmes no pudo recuperarlo y lo perdió en el agua. No le dimos entonces demasiada importancia a este hecho, y con ayuda de unos soldados llevamos el cuerpo nuevamente a palacio.

»Allí le practiqué la autopsia, para descubrir no sin espanto que aquel demonio de hombre no había sucumbido ni al veneno ni a los disparos, ni siquiera al recibido en la cabeza, pues era evidente, por el encharcamiento de sus pulmones, que había perecido ahogado. Estaba aún vivo cuando lo echamos al agua, ¿me oye usted, inspector? Aún vivía

El viento y la lluvia arreciaron sobre las tumbas, creando un remolino de hojas que se paseó por todos los caminos y vericuetos del cementerio. El doctor Watson y el inspector Lestrade se arrebujaron todo lo que pudieron en sus respectivos abrigos.

–Una historia en verdad increíble –otorgó Lestrade al cabo de un momento de silencio–. He de suponer que nuestro amigo fue envenenado al recibir esa herida en su mano, cuando giró el cuerpo de Rasputín.

–Eso mismo –concedió Watson con evidente tristeza–. A estas alturas de la historia, con todo lo que sucedió, no sé si otorgarlo a la fatalidad o a algo más siniestro y aterrador. El caso es que Holmes fue envenenado a través de esa herida, y cuando me di cuenta ya era demasiado tarde. Aún no he logrado descubrir qué tipo de veneno utilizó, pero apagó la vida de Holmes poco a poco, como regodeándose en su muerte.

–No quiero que lo vea como una falta de tacto –dijo Lestrade visiblemente afectado–, pero ¿llegó Holmes a una hipótesis sobre tan increíble caso?

–Antes de comenzar a sentirse mal, siguió especulando con la teoría del mesmerismo. Adujo que Rasputín pudo aplicarse a sí mismo tal efecto durante años, endureciendo su cuerpo de manera inconcebible. Aun así quedan cosas en el aire, cosas sin sentido, inexplicables…

–Es algo difícil de asimilar. Y de entender.

–Eso mismo dijo Holmes antes de morir; pero es solo una teoría, ya sabe usted, inspector. Ahora poco interés tiene para nosotros. Nuestro implacable detective ha muerto, de nada nos sirven ahora las explicaciones. Por cierto, quiero que traslade al señor Mycroft mi agradecimiento por haber trasladado el cuerpo hasta Inglaterra.

–No se preocupe, era cuanto menos debíamos hacer por él. Al menos ha conseguido la paz que se proponía. No volverán a abrumarlo ni a interferir en su vida privada.

–De eso estoy completamente seguro, inspector.

–Si me disculpa…

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El inspector Lestrade se dio la vuelta y, tras dirigir un saludo hacia la tumba, se dirigió hacia la salida del cementerio, en donde un coche le llevó de nuevo a sus quehaceres habituales. Watson aguardó unos instantes más, y justo cuando iba a abandonar el lugar, observó algo a través del rabillo del ojo que le hizo detenerse.

La tierra de la tumba se había movido, formando un pequeño bulto.

–… Completamente seguro –susurró Watson en una media sonrisa antes de partir–. Perro viejo…


19 Responses to “El último caso de Sherlock Holmes”


  1. 1 joorge
    21 abril 2013 a las 1:04

    Gracias por el relato y comentar que me ha gustado y desilusionado al mismo tiempo, creo que era una gran base como argumento la cual había visto ya en la Wikipedia en referencia a Rasputín, y aun estando bien escrita y correcta, podría haber sido algo más la trama y el desarrollo del relato en sí mismo, ¿Por qué muere Holmes en un típico final de relato mal acabado de terror o final rápido? ¿Y tanto viaje solo para mencionar nombres de celebres personajes sin acción real alguna ni dialogo fuerte de apoyo en el viaje? ¿Por qué no un final más rebuscado y que hubiera acabado de forma diferente a la versión oficial publicada? A gustos colores pero creo que con más tiempo y premeditación hubiera dado algo grande de si este relato, mientras lo leía he volado con la imaginación con mil cosas que hubiese cambiado o esperado encontrar a modo de “reliar y reliar” la historia, e incluso rellenos bélicos que se podrían haber encartado en el viaje en tren, o algún acertijo o mini caso. De todas formas hacer hincapié, que es de forma constructiva estas observaciones, y que es una opinión propia. Yo mismo llevo más de seis meses con un relato en mente y no soy capaz de hilarlo para concluirlo de forma que a mí mismo me hubiese gustado leer, por falta de conocimiento o de ayuda de alguien más instruido en la escritura, no soy escritor ni mucho menos. De todas formas recalcar y dar gracias por estos minutos de lectura tan amenos y por hacernos soñar.

    • 2 Juan Miguel
      21 abril 2013 a las 11:03

      Buenos días, joorge.
      Lo primero, gracias por leer el relato y ofrecer tu opinión. No eres el primero en señalar esas supuestas carencias que mencionas. Carlos ya me comentó algo similar. Esto de escribir es algo traicionero. A veces tienes en mente una cosa pero aparece otra, muchas veces es el relato el que te dirige a ti. Si como dices has intentado escribir algo ya te habrás dado cuenta de ello. Era consciente de que El último caso de Sherlock Holmes ofrecía más variantes y opciones, pero mi intención no era la de prolongar demasiado el escrito, que ya se me fue a las 20 páginas, que no es poco. Cuando escribo sobre un tema histórico trato de respetarlo al máximo, pienso que la ficción que se forma en torno a él toma más consistencia de este modo. Ahora, con el reposo del tiempo, es cuando se puede ser mínimamente objetivo con tu obra y es cuando te das cuenta de las carencias o virtudes, si tiene alguna. Por eso, sí veo que al final se forma cierto baturrillo de personajes y situaciones, el relato al final se lanza, cosa que era mi intención, pues quería dotarle de cierto ritmo, pero claro, en 20 páginas hay que introducir muchas cosas…
      Y, si te das cuenta al final, Holmes no muere… Esa tumba que se remuve…

  2. 22 abril 2013 a las 10:34

    En cierto modo, estoy de acuerdo con tus comentarios. Tal como está el relato me gusta, pero creo que sugiere tanto subterráneamente que no sería mala idea “inflarlo” y convertirlo en novela, cubriendo todas esas posibilidades que apunta…

    • 22 abril 2013 a las 10:39

      He contestado antes de aprobar tu comentario, Juan Miguel.

      “Cuando escribo sobre un tema histórico trato de respetarlo al máximo, pienso que la ficción que se forma en torno a él toma más consistencia de este modo. ”

      Estoy de acuerdo contigo, pero al mismo tiempo, no. Es decir, cierto que una ficción, añadiéndole datos históricos, se enriquece. Tú mismo lo has comprobado con cierta cosa que estoy escribiendo y te he mandado. Pero la ficción no deja de ser ficción. Así pues, creo que es un buen truco emplear esos datos históricos, pero algunos de ellos puedes retorcerlos hacia OTRA dirección, fantasear con ellos para adecuarlos a la trama… Al fin y al cabo, no estás escribiendo una novela HISTÓRICA, y además metes elementos fantásticos… A partir de ahí, todo vale, mientras sea verosímil narrativamente.

    • 5 Juan Miguel
      22 abril 2013 a las 22:38

      Igual Carlos un día nos ponemos tú y yo y escribimos algo a medias sobre este personaje. Aunque sé que ahora estás muy liado y tienes muchas cosas entre manos. Pero algo haremos…

      • 23 abril 2013 a las 12:10

        Pues sí, no estaría mal. Lo curioso es que lo que he escrito hasta ahora no participa del mismo “universo”. La novela que estoy escribiendo, como bien sabes, va por un lado, y los relatos de Watson de los que publiqué un ejemplo aquí van por otro. Lo que podríamos hacer juntos me gustaría que no se integrara en ninguno de esos “universos”… Y nada de la enésima aventura contra Jack el Destripador, algo más original…

        • 7 Juan Miguel
          23 abril 2013 a las 15:21

          Desde luego que sí. Quizá un planteamiento clásico, pero original, un caso nuevo de verdad.

          • 24 abril 2013 a las 12:27

            Exacto. Ya veremos… Tampoco quiero hurgar en los clásicos casos no contados como la rata gigante de Sumatra y demás… Quizás un encuentro de Sherlock Holmes con una maligna Mary Poppins…

          • 9 geors
            24 abril 2013 a las 12:36

            Si quereis mi borrador os lo cedo, no es un caso contra jack el destripador q a su vez vsmpiro resulta ser el amo del clan si-fan jajaja aunque contra un hombre lobo o momia…. igual seria otra cosa

  3. 10 joorge
    22 abril 2013 a las 11:58

    “Uff” gracias a ti Juan Miguel, por compartir, igual me he expresado mal o dejo muchas interpretaciones a mis frases. Primero que el relato es correcto e impecable, la técnica narrativa que posees no aburre y deja ir imaginando las escenas, casi se puede oler la pólvora y el amargo de las almendras. Mi opinión no era crítica y aunque me costó escribirla me daba rabia que nadie comentara nada ante tal obsequio. Y en vez de usar un simple gracias preferí finalmente dar una crítica que en nada se debe interpretar como negativa, sino como única y exclusivamente personal mía. Al igual que a Carlos creo que me envolviste en unas líneas que después de leer daba sensación de injusticia ante tal base que puede dar una clásica “novelette” con sus capítulos y sin llegar a libro, creo que esto siempre ha funcionado por su rápida lectura. Cuando lo termine de leer además de gustarme más que una historia me vino a la mente que esto tendría que ser un borrador de algo mejor por todos los afluentes que ofrece la historia. En lo del final que se “remueve” lo pille sin duda, pero a eso me refiero a forzado final de serie B o pulp americano, no creo que Holmes se transformase en zombi o pudiera salir de la tumba, aunque nunca se sabe, si llueve y la tierra húmeda esta recientemente removida…. No ni pensarlo.
    Volviendo a mi proyecto relato, ojala algún día me ponga aunque sea a base de plagiar diálogos y descripciones y pueda entregar algo medianamente decente o casi a la altura de vuestras composiciones. Es un relato donde tengo hilada la trama de “cabo a rabo” pero donde “tira pa tras” el documentarlo de forma correcta, Ya os haréis cargo, nombres coherentes y localizaciones… Trata de un caso donde alguien se dedica a abrir tumbas sin llevarse nada, lo que parece una inocentada se convierte en una trama que llevara a Holmes a seguir la pista tras la visita de la mujer del enterrador que pone en aviso mediante consejo de un sacerdote a Holmes de que hay algo más en el asunto… se aceptan consejos pues lo que más me “tira pa tras” como he comentado son cosas como, en el Londres de 1888 que habían curas, sacerdotes, reverendos, los cementerios ya los tengo localizados aunque solo interesa uno principalmente por que existían en la época, la duda es de centrarme en Londres o buscar un condado en las afueras…

    Un abrazo fieras

  4. 22 abril 2013 a las 12:02

    Venga, hombre, ponte a escribirlo. El párrafo largo que has escrito tiene estilo, es dinámico y tiene “sabor”… Creo que puedes ser un buen escritor.

  5. 12 Juan Miguel
    22 abril 2013 a las 22:36

    Pues yo opino igual que Carlos. Tienes una buena trama entre manos, es sugerente a más no poder y tiene muchas posibilidades. No te agobies tanto con los datos y nombres, que luego puedes cambiar sin prisas, y céntrate más en narrar la historia que quieres contar.
    Sobre lo de “estirar” el relato como comentas… Pues es algo que sencillamente no sé hacer. No sé meter “paja” en una narración, alargar ciertas cosas que yo supongo no necesitan tantas líneas. No quiere decir que no me atreva a escribir algo más extenso, pero en este caso…

    • 26 abril 2013 a las 9:11

      No me refiero a meter “paja” (yo tampoco soy capaz), sino en meter más incidentes, hacer que el viaje en tren sea más largo, tengan problemas a lo largo del mismo (un desprendimiento de tierras que corta las vías a causa de un sabotaje)… Imbricar más las relaciones entre los personajes, desarrollar más el pasado de algunos de ellos… Cosas así…

      • 14 Juan Miguel
        26 abril 2013 a las 16:16

        Sí… Pero en ese relato quizá resultase algo forzado, pues quería llegar cuanto antes al meollo del asunto. Sin embargo, soy consciente de que fortalecer las relaciones entre personajes nunca está de más…

  6. 24 abril 2013 a las 12:46

    Geors: no me deja contestar detrás de tu comentario, supongo que hemos excedido el cupo de ramificación.

    Ceder tu borrador, no, pero me gustaría echarle un ojo. Esto me recuerda que la dirección de contacto que tengo aquí hace MESES que no la miro…

    • 16 geors
      24 abril 2013 a las 12:49

      Hecho esta noche perfilo el desorden y manana o en umos dias te paso la idea para q la ojees. Igual le sacas partido a algo. No esperes un guion. Son apuntes. Y detalles de lo que ocurre y como se desarrollara la historia como un resumen tecnico. Vamos un mapa de ideas. Saludos y un abrazo

  7. 17 geors
    25 abril 2013 a las 1:20

    Enviado a tu gmail, espero linchamiento sin censura, saludos

  8. 19 geors
    26 abril 2013 a las 9:22

    A ti por tu tiempo, que aproveche, espero no cortarte la digestión.


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