05
Mar
13

La aventura del dios araña

LA AVENTURA DEL DIOS ARAÑA

por

Carlos Díaz Maroto

Mason

A finales de la primavera del año 1906 la temperatura era muy agradable, por lo cual mi esposa y yo solíamos salir por las tardes de nuestra casa en Queen Anne Street y pasear rumbo a los Cavendish Square Gardens, donde disfrutábamos de la naturaleza. Yo por aquel entonces tenía cincuenta y dos años, y mi mujer, Frances, cuarenta y ocho.

Me casé por primera vez en 1886, con Constance Adams, a quien había conocido durante mi estancia en San Francisco, adonde me trasladé en 1884. Sin embargo, solo un año después, en diciembre, mi querida Constance falleció a consecuencia de las heridas producidas por un lamentable accidente acaecido en mi consulta de Kensington, cuando, mientras estaba yo ausente, un enfermo algo desequilibrado se puso nervioso; ella, intentando controlarle, forcejeó y cayó por las escaleras. Pensaba que nunca me resarciría de aquella pérdida, pero gracias a mi amistad con Sherlock Holmes, y por medio del caso que publiqué bajo el título de El signo los cuatro, conocí a la que fue su cliente, Mary Morstan. En 1888 nos casamos, y decidí comprar una consulta en Paddington, a donde nos trasladamos a vivir. Sin embargo, en 1891 regresamos a Kensington, a la casa que supuso mi primera pérdida. No soy hombre supersticioso, pero a veces no cabe sino conjeturar que aquella vivienda estaba maldita, pues el día tres de enero de 1892 mi querida Mary murió también, esta vez a consecuencia de un fatal ataque al corazón. En todo caso, recapacitando, era indudable que la casa nada tenía que ver, pues Mary siempre había sufrido una debilidad en ese órgano, y era muy propensa a los desmayos a consecuencia de esa dolencia.

Después de eso estuve durante bastante tiempo apartado de las damas, puede que también debido a lo mucho que me volqué en colaborar en las aventuras que investigaba Holmes. Sin embargo, en 1901, mientras participábamos en el caso del Puente de Thor, conocí a Frances, y en 1902 nos casamos, trasladándonos a Queen Anne Street.

Continué colaborando con Holmes, pero mis ausencias eran cada vez más acusadas, como era de esperar. Sin lugar a dudas, la muerte de Irene Adler el 8 de octubre de 1903 fue el motivo de que Sherlock Holmes se retirara de la investigación, para trasladarse a vivir a una pequeña casa en Sussex. Públicamente informé que su residencia la situó en Cuckmere Haven, a ocho kilómetros de Eastbourne, para otorgarle de la intimidad que había perdido por su celebridad, pero en estos escritos privados ya he dejado constancia de su verdadero domicilio. Poco después lo visité, en mayo de 1904, y así fue como aconteció “La aventura de las hadas de Littlehampton”.

Llevaba ya, pues, dos años sin tener noticias de Holmes. Mi vida se circunscribía a mi consulta, mi esposa y a trasladar por escrito las aventuras que había vivido con mi amigo, ciertamente de un modo algo caótico y desordenado, pues no seguía nunca un orden cronológico. Además, pese a tener un cuaderno de notas para que no se me pasara ningún detalle importante, me temo que en más de una ocasión se me deslizó algún que otro gazapo. Eso, unido a los cambios que con posterioridad incorporaba mi agente, Sir Arthur Conan Doyle, me temo que me confirió fama de despistado, como poco.

En todo caso, esa referida transcripción también había menguado considerablemente. La última historia que había escrito era “La aventura de la segunda mancha”, que apareció publicada en The Strand en diciembre de 1904, dando por finalizada la saga que titulé El regreso de Sherlock Holmes. Y de momento, aunque aún había no pocas aventuras de mi amigo para trasladar por escrito, no tenía previsto publicar ninguna más. De igual modo, mi agente se hallaba demasiado ocupado escribiendo su ambiciosa novela Sir Nigel, y no quería molestarle más de lo necesario. En todo caso, me imagino que en aquel entonces, y aún habiendo pasado ya el medio siglo, mi ardor y entusiasmo con mi esposa me tomaba demasiado tiempo para poder sentarme a escribir.

Y es que nuestros paseos por los Cavendish Square Gardens eran lo mejor de cada jornada. Nos sentábamos en algún banco y veíamos a la gente pasar, a los niños jugar y a las aves revolotear, mientras no parábamos de hablar. ¡Teníamos tanto que contarnos y, a mi juicio, tan poco tiempo para ello!

Como he dicho, conocí a Frances mientras tenía lugar la aventura del Puente de Thor; quiero decir que fue cronológicamente en esa época, pues no participó en modo alguno en el caso. Una mañana me levanté más pronto que de costumbre, y referí a Mrs. Hudson que no se molestara en ir a por la prensa, pues yo mismo me acercaría a comprarla. Así pues, paseé displicentemente hacia Glenworth Street, donde estaba situado el quiosco que nos servía, y fui a tomar el Times cuando topé con una delicada y adorable mano.

Mrs. Frances Mingaye, al igual que yo, era viuda. Después me enteré que su marido había servido también en Afganistán, al igual que yo, aunque no compartimos regimiento. En fin, pedí disculpas a la mujer con la cual topé, intercambiamos unas pocas palabras, y caballerosamente me ofrecí a acompañarla el resto del camino a su domicilio, sito en Dorset Square. Después, nuestros encuentros ya no fueron tan fortuitos, puesto que yo mismo los provoqué, he de admitir, y después de acompañarla una y otra vez a su casa me atreví a invitarla a tomar el té.

Al fin, el sábado 4 de octubre de 1902 celebrábamos nuestras nupcias, con mi amigo Holmes de padrino, su hermano Mycroft y su primo Edward entre los invitados, y nos retiramos a vivir a Queen Anne Street, como ya he referido. Frances pronto colmó todas mis alegrías; de luna de miel viajamos a Suiza, e incluso me atreví a pasar por la localidad de Meiringen, en el cantón de Berna, cerca de la cual están las cataratas de Reichenbach, las cuales aún hoy día despiertan sensaciones tan ambivalentes para mí. Durante mucho tiempo fueron un recuerdo desdichado, pues llegué a pensar que ahí había perecido mi amigo Sherlock Holmes. Sin embargo, una vez hube averiguado que se trataba de un error, mis recuerdos del lugar variaron, y recordé los hermosos días que pasamos por esas tierras antes de la aparición del temible profesor Moriarty. Llevé a mi mujer por esos lugares, le expliqué todo lo que aconteció, le enseñé las cantarinas aguas del río Aar, que al fin se precipitaban doscientos cincuenta metros abajo por las Reinchenbachfall. Paseamos por las calles de Meiringen, visitamos las gargantas del Aar, e incluso comimos la especialidad del lugar, llamada justamente merengue en honor de la localidad donde se inventó.

Estábamos esa tarde de primavera de 1906 sentados en un banco cuando mi mirada, casualmente, se desvió hacia mi derecha, y vi venir hacia nosotros a Mrs. Fisher. Muy a menudo, en nuestros paseos, coincidíamos con ella y su marido, e intercambiábamos algunas palabras. Sin embargo, esta vez ella venía sola, caminaba a un paso apurado y me miraba fijamente con una expresión que juraría era de angustia. Sus cabellos pendían, sin arreglar, y se veía en sus ropas que no se había preparado para la salida como en otras ocasiones.

Frances debió percibir mi expresión y dejó de relatar lo que me estaba contando.

-¡John! –exclamó-. ¿Qué sucede?

-Mrs. Fisher –comenté-. Parece… alterada.

Faltaban unos metros y la mujer apretó el paso, al tiempo que me miraba con un gesto cada vez más descompuesto. Yo me levanté y me acerqué a ella. Se echó prácticamente en mis brazos, pero el esfuerzo la impedía hablar, agitando la cabeza con angustia.

-¡Cálmese, Mrs. Fisher! Tome aire suavemente y explíqueme qué sucede…

Pasaron unos segundos hasta que al fin pudo articular unas pocas palabras.

-¡Ay, doctor Watson! Mi marido… ¡Venga, se lo ruego!

Tiró de mi manga y, sin dar tiempo a preguntar nada más, salió corriendo de nuevo hacia su casa. Yo me quedé atónito unos breves segundos, y después partí detrás de ella como pude; por suerte el buen tiempo no afectaba a mi cojera, y pude correr sin excesivo esfuerzo detrás de ella, sosteniendo mi bastón en una mano. Detrás de mí, percibí que Frances también echaba a correr. Tomamos por Wigmore Street para después torcer por Wimpole Street, donde los Fisher tenían su domicilio. Nuestra amiga se precipitó prácticamente sobre la puerta y abrió con mano temblorosa la entrada principal. Después, entró sin esperarnos. Yo la seguía a pocos metros. Me condujo pasillo adelante hasta llegar a un cuarto al fondo; abrió la puerta y allí se quedó, apoyada en el quicio, jadeando de forma estentórea y mirando angustiada al frente.

Entré en el despacho y ante mí estaba su marido. Se hallaba sentado frente a una mesa, tenía ambas manos apoyadas en el borde de esta, y miraba fijamente al frente con una expresión desconcertante. Me aproximé al hombre y lo empujé suavemente hacia atrás, para apoyarlo en el sillón y poder examinarlo con detenimiento. No pude. Estaba aferrado con fuerza a la mesa. Tomé sus dedos e intenté forzarlos con cuidado, y al fin lo conseguí. Cayó pesadamente sobre el butacón, con las manos engarfiadas como garras y los brazos aún extendidos.

Tenía la piel de un extraño color pálido. Los ojos permanecían abiertos, y no pestañeaban. Intenté tomarle el pulso, pero no pude discernir si lo tenía. La piel ofrecía un tacto caliente y cerúleo. Solicité a Mrs. Fisher un espejo pequeño y se lo coloqué delante de nariz y boca, lo cual tampoco me terminó de convencer si respiraba o no. Desabroché la bata, abrí la camisa y apliqué mi oído a su pecho, intentando distinguir los latidos de su corazón, pero sentí su piel correosa, como si fuera un trozo de cuero muy desgastado, mas no me llegó sonido alguno. Me levanté y contemplé reflexivo el inmóvil cuerpo.

-¿Qué sucede, doctor Watson? –exclamó la mujer mientras se aproximaba a mí. Frances, que había estado detenida junto a ella, al lado de la puerta del despacho, la siguió preocupada.

-Sinceramente, no lo sé –respondí-. Ha sufrido algún tipo de ataque que lo ha dejado inmovilizado. Y la textura de su piel… Es extraño. Dígame, Mrs. Fisher, ¿qué ha sucedido…?

-Apenas puedo contarle nada. Terminamos de almorzar y, como siempre, él se retiró a trabajar a su despacho; yo, mientras, me quedé en la salita, donde estuve un rato leyendo y también bordando. Cuando llegó la hora de prepararnos para nuestro paseo de todas las tardes, fui a llamarle y… así lo encontré. Sabiendo que sin duda estaría usted en el parque, acudí a pedirle auxilio.

Poco me explicaban sus palabras, en efecto. Asentí y observé nuevamente a Mr. Fisher. Cuando nos encontrábamos con el matrimonio en nuestros paseos, la charla divagaba por cuestiones peregrinas: el tiempo, algún incidente social relevante, las vacaciones cuando se terciaban… Sabía que Mr. Fisher era arqueólogo, y que trabajaba en jornada parcial en la sección de paleontología del Museo de Ciencias Naturales, y ocupaba gran parte de su tiempo en investigaciones privadas. Había conocido a su mujer veinte años atrás, durante un viaje a Lochlea, una población de Escocia; él hacía allí unas excavaciones, y ella era hija de los dueños de la posada donde él se alojaba.

 ¿Qué haría mi amigo Holmes en esa situación? Observé la mesa del despacho, frente a él, y miré su contenido. Había lotes de carpetas a ambos lados y algunas pequeñas figuras antiguas de adorno en el borde frontal. Pero una cosa destacaba por encima de todo: en el centro de la mesa, mirando hacia Mr. Fisher, había una estatuilla de un aspecto… repulsivo. No cabía duda de que, cuando aconteció lo que fuera, él estaba mirando ese objeto. Me acerqué a contemplarlo, sin tocarlo.

Debía medir cerca de veinticinco centímetros. Estaba tallado en una piedra gruesa, porosa, de color levemente verduzco. Representaba a una criatura insólita, parecida a una araña, pero se veía como sentada en cuclillas. Tenía algo vagamente humano que inquietaba, y un rostro atroz, de pesadilla. Me aproximé más aún y observé su boca entreabierta, de donde brotaban dos pinzas laterales; en el hueco interior se percibía lo que parecía un pequeño agujero.

-Dígame. Mrs. Fisher. ¿Qué sabe usted de esa estatuilla?

-Nada, me temo. Mi marido hace una distinción estricta entre la vida familiar y la laboral. Él nunca me cuenta nada de su trabajo. De vez en cuando vienen envíos de paquetes, y en alguno de ellos debió llegar esa horrible figura. Pero la verdad es que nunca la había visto. Suelo entrar en el despacho a menudo a limpiar. En eso Edward no tiene manías. ¿Tiene alguna importancia?

-Pudiera ser. He percibido en el interior de la boca un pequeño orificio. Creo que la figurita pudiera estar hueca, parcial o totalmente, y tener en su interior… algo.

-¿Algo? –inquirió mi esposa-. ¿A qué te refieres?

-Unos polvos, algún tipo de polen… No soy muy ducho en arqueología, pero tengo entendido que, en algunos recintos, suele haber cierto tipo de organismos que, al entrar, quedan liberados y contaminan a los visitantes. Algunos arqueólogos han quedado infectados con alguna enfermedad que permaneció latente en esos lugares durante siglos, tal vez milenios.

-Entonces, ¿qué sugieres? –dijo Frances.

-En primer lugar, moverle de aquí.

Inspeccioné con rapidez el despacho y vi en un rincón un pequeño sofá, donde sin duda Mr. Fisher debía echarse a dormir en algunas ocasiones en que se quedaba a trabajar hasta tarde, para no subir y molestar a su esposa. Mrs. Fisher captó mi mirada y rápidamente habló.

-Haré llamar a algún mozo para que le ayude a trasladarlo.

-No –insté-. Me temo que no podemos permitir entrar a nadie. Dígame, Mrs. Fisher, ¿hay alguien más viviendo en esta casa aparte de ustedes dos?

-Ahora mismo no. Los viernes viene una mujer a ayudarme con la limpieza general de la casa. Por lo demás, solo vivimos mi marido y yo.

-Estupendo. Yo mismo trasladaré a Mr. Fisher hasta ese sofá.

Aparté el sillón de la mesa y le tomé por los hombros, arrastrándolo con esfuerzo hasta su destino. Una vez allí, lo incliné para tumbarlo en el diván. Si no fuera por lo aciago de la situación hubiera resultado cómico: brazos y piernas quedaron en la posición que mantenían mientras estaba sentado. Con esfuerzo, pero con cuidado al mismo tiempo, forcé todos los miembros para ponerlos en una posición más natural. Después me incliné y le volví a hacer un reconocimiento: pulso, aliento y latidos seguían resultando inciertos, y la piel había adquirido un tono más cerúleo, amén de una mayor rigidez. Parecía como si hubiera sido víctima de la Gorgona y se estuviera convirtiendo en piedra.

Por un instante pensé que se parecía en cierto modo a la ictiosis arlequín, pero en ese caso se trataba de una enfermedad de nacimiento, y solía presentarse con unas fisuras características en la piel. Las personas que padecían esa enfermedad solían tener un crecimiento anómalo de la piel, por lo cual acababan muriendo literalmente asfixiadas, nacían con los párpados volteados y solían mostrar deformidades craneales y faciales. Recordaba haber leído la primera descripción de la enfermedad debida al reverendo Oliver Hart, en 1750. Además, yo no conocía caso alguno en que el enfermo hubiera sobrevivido más de unos pocos días.

-Mrs. Fisher, ¿puede traer una manta para cubrir a su esposo? También traiga una palangana con agua y un paño.

-Le acompañaré –dijo Frances, y ambas salieron del despacho.

Me aproximé nuevamente a la mesa y contemplé la infernal figurilla. Tenía algo maligno, antinatural, emitía una esencia incognoscible que producía escalofríos. Sin lugar a dudas, Mr. Fisher había estado manipulando el objeto, había tocado inadvertidamente un mecanismo oculto, y había salido disparado algo que le había provocado ese estado. No había sido inmediato, pues entonces la estatua hubiera caído de sus manos, y no estaría depositada de ese modo en la mesa. Debió aturdirle, la depositó en el escritorio, y luego sintió un vahído, lo que le hizo sujetarse. Y después… quedó petrificado.

No quise inquietar a las mujeres. Pese a haber mencionado que no podíamos permitir entrar a nadie, so riesgo de que pudiera quedar también infectado con las esporas, o lo que fueran, que habían afectado a Mr. Fisher, tampoco nosotros podíamos abandonar la casa, pues de igual modo podíamos haber quedado contaminados y, si salíamos, podríamos extender una epidemia de personas petrificadas por todo Londres. Pero antes o después, sin duda, tendría que ponerles en conocimiento de ese hecho.

 Mr. Fisher debía estar estudiando esa figurilla. Si acababa de recibirla y era su primer examen, no habría información sobre ella, pero si estaba en su posesión desde hacía tiempo era muy posible que hubiera realizado algún informe sobre ella que nos pudiera dar alguna pista. La mesa estaba llena de expedientes… Puede que alguno se refiriera a la imagen.

Me senté en el sillón donde solo poco antes había estado Mr. Fisher y comencé a repasar los fajos de documentos que había sobre el escritorio. Eran, como sospechaba, informes arqueológicos sobre determinados objetos o terrenos. Al poco aparecieron las dos mujeres, portando lo que solicité. Me levanté, tomé la manta de manos de Mrs. Fisher, y tapé a su marido hasta la altura del plexo solar; con esfuerzo, nuevamente, coloqué sus brazos fuera del cobertor, estirados a ambos lados del cuerpo. Mojé el paño en la palangana y después lo pasé por el rostro y manos del hombre.

-Por favor, ¿quiere continuar hidratando a su marido cada cierto tiempo de ese modo, Mrs. Fisher? Hágalo con fuerza, no tema lastimarlo. Cuando se haya agotado el agua vayan a por más…

Seguí rebuscando sobre el escritorio, leyendo por encima los informes, pero no hallaba nada al respecto. Observé a Frances, de pie junto a Mrs. Fisher, que pasaba aplicadamente el paño sobre rostro y manos de su marido. Mi mujer alternaba su atención entre ella y yo, y podía advertir una expresión de intranquilidad cruzando su hermoso rostro. No estaba seguro de si esa hidratación serviría de algo para combatir esa especie de petrificación que estaba sufriendo la piel de Fisher, pero al menos de ese modo mantenía ocupada a su mujer. Y, sinceramente, no se me ocurría nada más que hacer.

Terminé de investigar todos los papeles de la mesa, sin lograr encontrar nada que me ofreciera pista alguna acerca del ídolo. Abrí el cajón que había en el lateral izquierdo; dentro había unos papeles más, un abrecartas, un par de plumas viejas y un lote de folios en blanco. Revisé los papeles escritos pero nada me aportaron. Bajo ese cajón había otro, más grande, pero cuando fui a abrirlo comprobé que estaba cerrado con llave. Me puse en cuclillas ante él, para averiguar si lo podía forzar de algún modo, cuando debajo de la mesa divisé una pequeña llave. La recogí, la introduje en la cerradura y… Entró a la perfección. Imaginaba que Mr. Fisher la había depositado sobre la mesa mientras examinaba la figura y, cuando sufrió el… ataque, en un gesto brusco la arrojó al suelo.

Abrí el cajón, y ante mí se ofreció una caja de cartón, abierta por la parte superior, y llena solo de virutas de corcho. Miré al suelo y comprobé que había dos virutas más. Si Mrs. Fisher limpiaba a menudo, esos desechos debían ser recientes. Dirigí mi vista a la mesa y allí había una viruta más, solitaria, a poca distancia de la estatuilla. No cabía duda: había estado guardada ahí.

Levanté ligeramente la caja y observé debajo de ella una carpeta de cartón marrón. La coloqué sobre la mesa, retirando con cuidado la estatua hacia atrás, me senté delante y la abrí. Ahí estaba. Una fotografía, tomada frontalmente, del ídolo, que se veía depositado en una mesa de madera deslucida, con algo de vegetación detrás.

Eché a un lado la fotografía, como la página de un libro, y lo siguiente era una carta autografiada, con una letra pulcra y elegante repartida por cinco páginas. Me puse a leer:

Bogotá, 12 de febrero de 1906.

Apreciado Mr. Fisher:

Aquí tiene aquello de lo que le hablé en aquellos cables. Adjunto también una fotografía del objeto, realizada unas semanas después del descubrimiento. Pasaré a contarle con cierto detalle acerca de cómo cayó el objeto en mis manos.

Como sabrá, llevo aquí en Colombia dos años, desde la ascensión al poder de Rafael Reyes una vez terminada la Guerra de los Mil Días, trabajando en la prospección en busca de esmeraldas, campo en el cual el país es rico. Había salido en un viaje de exploración a la jungla, acompañado de mi ayudante Álvaro Restrepo, así como de tres guías indígenas. Mi intención era internarme a fondo en la selva con intención de explorar regiones que permanecieran vírgenes a la vista del hombre blanco. Así pues, nos internamos durante semanas en la floresta salvaje hasta que, en un momento determinado, los guías se negaron a proseguir. Yo pretendía continuar en dirección sur, pero ellos negaron, discutieron y presionaron para tomar cualquier otra dirección que no fuera la que yo sugería (sin mucho criterio tampoco, he de decir, solo por un instinto que me guiaba hacia allí). Álvaro discutió con los indígenas en su dialecto wayúu, mas estos no entraban en razón, sin dar explicación alguna. Al fin, con algo más de dinero, les convencimos para que siguieran, aunque no explicaron sus temores y todo el camino avanzaron con una cautela exacerbada, vigilando el alto de los árboles.

La marcha se fue haciendo cada vez más inextricable. Los árboles crecían hasta alturas inimaginables, y su tronco apenas podía ser abarcado por dos hombres juntos. Además, lianas y floresta indómita rellanaban lo que los árboles no cubrían. También pude apreciar una gran abundancia de arañas en la zona, similares a la tarántula, pero el doble de grandes, y que habitaban en los árboles, donde producían constantes hilos de seda que cruzaban de uno lado a otro. Nos habíamos de abrir paso con el machete, cortando las telarañas de manera constante para no quedar pegados a ellas. Los indígenas miraban con temor a los artrópodos, aunque no parecían agresivos.

Entonces, de pronto, sobre nosotros saltaron, no sé de qué manera, un grupo de indígenas. Debían estar escondidos entre las ramas de los árboles, pues cayeron directamente ante nosotros. Eran cuatro y nos apuntaban con sus lanzas. De inmediato, de entre los arbustos y a pie de tierra aparecieron muchos más, rodeándonos por todos lados. Estaban totalmente desnudos salvo un pequeño y prieto taparrabos de un color amarillento sucio, amén de unos abalorios en cuello, muñecas y tobillos, y que parecían llevar colgando colmillos de jaguar. El rostro estaba tintado de rojo y negro, y parecía intentar emular el diseño de la figura que ahora tiene usted en sus manos. Eso les daba una apariencia feroz, terrible e inhumana.

Nos condujeron a punta de lanza hacia su campamento. Los guías que nos acompañaban estaban aterrorizados. Quedamos inmóviles en medio del poblado, un pequeño conglomerado de chozas formadas por grandes hojas secas entrelazadas. El que parecía ser el jefe, por el exceso de ornamentación que ostentaba, se acercó y comenzó a soltar una perorata en un idioma que no entendí y, por la expresión de los guías y de Álvaro, estos tampoco. Llegó después otro indígena, que portaba una máscara representando un rostro de araña, y comenzó a agitar unos objetos delante de nosotros. Eran como dos cañas de bambú huecas, del largo de un brazo, rellenas de algo que efectuaba ruido y adornadas con plumas. También soltó una perorata hacia nosotros y el jefe contestó.

Varios indígenas nos tomaron de los brazos y nos acercaron hacia un extremo del poblado, donde percibí un gran hoyo excavado en el suelo. Temía que nos fueran a arrojar ahí y dejarnos morir de inanición, pero no era eso. Cuando llegamos al borde pude ver que en el interior, a tres o cuatro metros de profundidad, había una araña, igual a las que vimos, pero inusitadamente más grande, pues tendría casi tres metros de longitud. Alzó la vista hacia nosotros y pude ver sus pinzas agitarse y emitir un fluido denso y viscoso.

Después, nos empujaron nuevamente, arrojándonos en una cabaña y quedando dos indígenas en el exterior como vigilantes. Cuando pude recuperarme de la impresión me senté (pues había caído redondo al suelo) y miré a mi alrededor. La cabaña estaba totalmente vacía, salvo por el ídolo que le he mandado, depositado sobre una especie de pequeño altar.

Quedamos allí esperando, mientras los guías sollozaban y parecían desgranar una especie de salmodia. Fuera, sonaba otra salmodia, diferente, más amenazadora, más oscura, que parecía remitir al origen de los tiempos, en un lenguaje prehumano, en el que, sin embargo, distinguía una palabra parecida a la española “araña”. Pasó media hora, hasta que al fin los indígenas de la puerta se apartaron y dejaron pasar a otros dos, que tomaron a uno de nuestros guías y se lo llevaron. Este comenzó a gritar, a patalear, y por entre las piernas de los vigilantes de la puerta pude ver cómo se llevaban a rastras al hombre, llegaban al borde del pozo y lo arrojaban a su interior. Un feroz alarido brotó, que luego se rompió en un quiebro agónico.

Los cuatro nos miramos con horror, y decidimos que debíamos escapar de allí como fuera. Nos habían quitado todas nuestras pertenencias: rifles, viandas, equipo de exploración…, pero no habían llegado a cachear nuestras ropas. Era un concepto que no entraba en su forma de vida, no debían conocer la existencia de bolsillos. Extraje una navaja y con ella comencé a limar concienzudamente y con esfuerzo la parte baja del lado contrario a la puerta de la cabaña. Eran hierbas secas muy resistentes, y me costó esfuerzo ir quebrando aquel manojo espeso.

Al fin logré apartar suficiente material como para que pudiéramos arrastrarnos con cierta dificultad fuera de la cabaña, hacia la espesura de la selva. Hice pasar primero a los guías, después a Álvaro y al fin yo mismo, después de tomar el ídolo y guardarlo entre mis ropas. La jungla estaba a unos pocos metros de nosotros. Allí nos internamos con cuidado, despacio y en silencio, y comenzamos a penetrar en sus profundidades. Cuando al fin llegamos a una distancia que calculamos no podían oír la hojarasca sacudida por nuestros cuerpos, corrimos, corrimos como alma que lleva el diablo. Mis pies apenas tocaban el suelo y al poco adelanté a los otros hombres, quedando el primero y avanzando a la velocidad de un jaguar, con las ramas hendiéndome el cuerpo con sus cuchilladas.

Debíamos llevar corriendo cerca de veinte minutos cuando comencé a oír ruido detrás de nosotros. Sabía lo que significaba: los indígenas se habían apercibido de nuestra huida e iban en nuestra persecución. Apreté más aún el paso, y mis compañeros, detrás, hicieron otro tanto. Sin embargo, uno de los guías empezó a perder fuelle y a irse distanciando, hasta que al fin cayó en poder de los salvajes. Un grito atroz hizo alzar el vuelo a los pájaros. Miré hacia atrás sin dejar de correr y comprobé cómo un montón de guerreros estaban inclinados sobre el guía y usaban una y otra vez las lanzas contra él.

Seguimos corriendo, mientras los salvajes se entretenían detrás con el guía. Pronto creamos cierta distancia con ellos, pero aún así no cejamos en nuestra desesperada huida. El siguiente en caer fue el segundo guía. Quedó atrapado en una inmensa telaraña. Intentamos liberarle, pero la seda se enredaba más y más a lo largo de su cuerpo, hasta convertirlo en algo parecido a una crisálida. Apenas podíamos ver ya su rostro, un brazo y una pierna, cuando llegaron las arañas del tamaño de un gato. Cubrieron su cuerpo entero y comenzaron a inyectarle un líquido por medio de sus pinzas. Agarrábamos algunas de ellas y las arrojábamos al suelo, yo clavándoles mi navaja o Álvaro asaetándolas con ramas puntiagudas. Pero eran muchas, demasiadas, y pronto llenaron el cuerpo del guía y lo inundaron de ese líquido digestivo que fue resecándolo en vida.

Nada podíamos hacer, pues, así que seguimos corriendo sin parar. En ocasiones oíamos ruido detrás de nosotros, y sabíamos que eran los indígenas, pero siempre conseguíamos mantener la distancia con ellos.

Al fin, frente a nosotros, oímos un ruido sordo, y Álvaro, jadeante, movió los labios para articular la palabra “catarata” sin pronunciarla. Nos encaminamos hacia el sonido, y pronto llegamos a un risco ante el que se abría una cascada de al menos cien metros de altura, con el agua burbujeando como si estuviera hirviendo. El ruido era atronador, y no podíamos oír a nuestros perseguidores.

Comenzamos a intentar bajar los peñascos, en dirección a los pies de la catarata, pero la piedra estaba resbaladiza a consecuencia del musgo y el agua que salpicaba en minúsculas partículas. Estábamos a mitad del camino cuando Álvaro resbaló y cayó al abismo. Pude ver su cuerpo rebotar sobre una roca y luego ser absorbido por la furia de las aguas.

Proseguí el avance cuando de pronto una lanza golpeó sobre la piedra a mi izquierda. Alcé la vista y vi a un grupo de tres o cuatro aborígenes en lo alto de la cascada, señalándome con el dedo y hablando excitadamente. Un segundo guerrero arrojó su lanza y pasó volando por encima de mi cabeza. No les dejé afinar más. Avancé de nuevo todo lo que pude debido a las resbaladizas piedras, al tiempo que oía sus gritos acercándose: estaban bajando a por mí.

Mi progreso era lento, y al fin, no viendo otro objetivo, miré las aguas a mis pies. Estaban revueltas e indómitas, pero la distancia no era excesivamente alta. Solo tenía dos opciones: morir a manos de los salvajes o ahogado. Así pues me lancé al agua, imitando el gesto que había visto años atrás a los clavadistas de Acapulco. El agua me sorbió, golosa, y descendí varios metros en su interior. Nadé después con esfuerzo a la superficie, y me dejé llevar por la corriente.

Lo que sigue es muy confuso. Desperté en un camastro renqueante, en una cabaña mísera donde habitaba un hombre de unos sesenta años, con cabello y un grueso mostacho de color blanco. Me dijo en español que estuve delirando dos semanas, tras encontrarme a la orilla del río. Comprobé que había sacado de entre mis ropas el ídolo, y cuando pregunté por él señaló un arcón de paja que tenía, al mismo tiempo que evitaba mirar hacia allí. Le pregunté si sabía lo que era y dijo que no, agitando nerviosamente la cabeza.

Cuando al fin logré recuperarme lo suficiente me despedí del buen hombre e inicié el camino rumbo a alguna ciudad grande. Me topé con una caravana de vendedores y con ellos al fin llegué a Villavicencio. Allí permanecí varias semanas, yendo de un lado a otro para preguntar acerca de esa tribu adoradora de las arañas. Mucha gente no sabía realmente nada, otra me mentía y decía desconocer su existencia… Hasta que, al fin, me topé con una anciana, que parecía centenaria a base de subsistir mascando tabaco. Ella no parecía temer nada. Me habló de los yonnaï, que así se llamaba la tribu con la cual nos topamos, y que muchos consideraban solo una leyenda. Eran adoradores de Koyssu, el dios araña, al que rendían culto por medio de sacrificios humanos.

Le enseñé la estatuilla, preguntándole si sabía lo que era, y entonces sí vi el horror reflejarse en su rostro, y rápidamente me hizo salir de su chabola. Ya no quiso contar nada más. Tomé un tren y llegué hasta Bogotá, donde estuve descansando y recuperándome de la experiencia sufrida. Y de pronto lo recordé a usted, cuando nos conocimos en la universidad, y caí en la cuenta de que usted, como arqueólogo y antropólogo, podría estar interesado en todo esto.

Aquí termino de narrar, pues, lo que me aconteció en el interior de las selvas colombianas. Adjunto va el ídolo del dios araña Koyssu, que puede resultarle de sumo interés.

Atentamente suyo.

Peter Bryan.

Ahí acababa el texto. Me quedé un largo rato pensativo, con la última hoja entre mis manos, contemplando aquella firma. Y después observé la estatua de Koyssu, el dios araña, el que había inducido ese sueño petrificador en Mr. Fisher. Recordé la narración, cómo Mr. Bryan se introdujo el ídolo entre sus ropas y corrió con eso por la jungla, cómo se dejó arrastrar por las aguas con eso ceñido a su cuerpo. Nada había sucedido con él, por tanto el mecanismo que había liberado aquello que dejó en coma a Mr. Fisher debía ser de acceso difícil, no podría dispararse de cualquier modo… Con sumo cuidado cogí la estatuilla y la observé detenidamente; la giré y contemplé su base. En el centro había una depresión, del tamaño de una moneda de una guinea, y al fondo se distinguía algo que sobresalía y que parecía ser…

En ese instante un grito aterrador me hizo saltar, y la estatua casi cayó de mis manos. Deposité esta sobre la mesa y me volví. Mrs. Fisher parecía hallarse alterada en sumo grado, y mi mujer la tomaba de los brazos, intentado vanamente consolarla.

Me acerqué a ellas con rapidez.

-Mrs. Fisher –exclamé-. ¿Qué sucede? ¿Qué le ha pasado?

Ella solo soltaba gemidos e hipidos. Tanto Frances como yo intentábamos tranquilizarla y averiguar el motivo de su estado. Al fin, poco a poco, se fue calmando y entonces balbuceó:

-¡Edward! Su… Su vientre. Yo… Le había desabrochado para… Para pasarle también el paño por el pecho cuando… Cuando…

De nuevo se alteró y comenzó a llorar. Le hice un gesto a Frances para que se la llevara de allí. Así lo hizo. Se apartaron de Mr. Fisher y yo procedí a separar su camisa, dejando su pecho entero al descubierto. El tono seguía siendo cerúleo, y había adquirido un color como de ceniza. Ella había dicho algo de su vientre. Comencé a explorarlo con los dedos, hundiéndolos a lo largo del abdomen para percibir si había algo anómalo.

Y entonces lo sentí. Algo se escurrió bajo mis dedos. Respingué, debo confesar, y clavé mi vista en la zona donde había percibido aquello. Y entonces vi su carne ondularse, como si algo se deslizara por debajo de ella.

Coloqué ambas manos sobre el vientre de Mr. Fisher y las dejé ahí unos instantes, hasta que cerca de medio minuto después volví a sentir el movimiento. Sí, sin duda había algo dentro del cuerpo de aquel hombre. Nunca me había enfrentado a una situación similar. Sí, desde luego, en alguna ocasión había tenido que extirpar algún pequeño insecto del oído o del orificio nasal de alguna persona, y en una ocasión, estando en la India, hube de extraer de la espalda de un oficial un anélido que había crecido en ella. Pero esto era inaudito. No parecía tratarse de una taenia solium, lo que comúnmente se conoce como solitaria, pues pese a poder alcanzar hasta doce metros en el interior del paciente, su grosor era tan pequeño que sería imposible percibirlo a través de la piel.

Deslicé mis manos y palpé los costados del paciente, subiendo hasta las axilas y bajando hacia las pelvis. Volví a subir, y quedé sorprendido. Daba la impresión de que las costillas flotantes eran en realidad verdaderas, lo cual era imposible. Sin duda, la morfología de Mr. Fisher era totalmente atípica.

Me dirigí hacia la mesa del despacho y cogí una de las carpetas de cartón, la vacié y con ella me aproximé al enfermo, enrollando la tapa y confeccionando de este modo un estetoscopio de urgencia. Lo coloqué sobre su pecho y estuve escuchando con detenimiento. Fue complicado, y me costó no poco esfuerzo, a tal punto que indiqué a Mrs. Fisher que apagase el reloj de pared del cuarto, pues su tic-tac me distraía. Al fin, percibí su latido, a un volumen muy tenue, pero a una velocidad sorprendente. Calculé que tenía cerca de doscientas cincuenta pulsaciones por minuto.

Intenté tomarle el pulso, pero eso me fue imposible. Parecía tener la piel recubierta de una capa de cera, y a través de ella me era imposible percibir nada. Recogí de nuevo el espejo y lo coloqué ante su rostro, pero cuando lo miré no estaba empañado.

No sabía qué estaba sucediendo. Todo daba a entender que el ídolo había expelido algo que le mantenía en ese insólito estado de coma inducido. Sus alteraciones fisiológicas parecían también ser debidas a esa circunstancia, aunque me parecía demasiado rápido para haberse dado cambios tan drásticos. Y no podrían ser anormalidades previas de Mr. Fisher, pues estas se habrían manifestado antes con cualquier síntoma o reconocimiento tradicional.

Lo peor de todo era que estábamos atrapados en aquel lugar, sin modo de que yo pudiera disponer de instrumental médico alguno con el cual examinarle más a fondo. No cabía más que esperar y comprobar hacia dónde conducía todo ello. Esperaría veinticuatro horas y, si nada variaba, habría que contactar con el exterior y, tomando todas las precauciones posibles, hacer entrar a expertos para que lo examinaran a fondo.

Me dirigí hacia las dos mujeres. Mrs. Fisher se había sentado ante la mesa del despacho, en el sillón de su marido, y Frances se hallaba en pie, junto a ella, mientras intentaba darle apoyo moral.

-Bien –comenté-. Debo admitir que no sé qué sucede con Mr. Fisher. Da la impresión de que su marido se halla en ese estado a consecuencia de algo que ese ídolo ha expelido sobre él.

Al escuchar eso, lanzó una mirada sobre la estatuilla y se levantó bruscamente del sillón. Frances la tomó de los hombros y la alejó de allí, acercándonos a la estantería de enfrente.

-Sospecho que puede ser algún tipo de sustancia en forma de polvo, tal vez plantas trituradas y mezcladas. Puede que algunos restos hayan quedado en el ambiente y nosotros las hayamos inhalado. No ofrecemos ningún síntoma de momento, pero puede que estemos infectados. Lo cual indica que no podemos abandonar la casa, so riesgo de contagiar una posible enfermedad. He pensado que pasemos la noche aquí, vigilando a su marido. Si mañana a medio día no ha variado nada, llamaré al Imperial College para que tomen el asunto en sus manos.

-¿Qué cree que le pasa a mi marido, doctor Watson?

-Alguien me comentó muchas veces que no hay que adivinar, sino solo sacar conclusiones acerca de lo que las pruebas demuestran. Yo no tengo demasiadas pruebas, lamentablemente. Pero si tuviera que especular, mi teoría es que su marido ha entrado en una especie de sueño cataléptico que le ha inducido lo que ha aspirado, y eso le ha provocado algunas reacciones fisiológicas. Espero que pasadas unas horas el organismo lo elimine y se recupere…

Sabía que lo que había dicho era un tanto vago, pero confiaba que aquellas palabras la tranquilizarían.

Dado que ya empezaba a anochecer, las dos mujeres se trasladaron a la cocina y prepararon una cena frugal, que consumimos en el propio despacho, pues no queríamos dejar sin vigilancia en momento alguno a Mr. Fisher. Después estuvimos unas pocas horas más de guardia, hasta que decidí mandar a las dos a dormir a sendas camas, ante lo cual Mrs. Fisher se negó rotundamente, diciendo que no abandonaría a su marido. Fui incapaz de hacerla entrar en razón, así pues Frances se retiró a dormir al cuarto de invitados, y Mrs. Fisher y yo nos quedamos velando a su esposo. Traje un cómodo sillón del salón, que ubiqué a los pies del sofá, y coloqué una silla delante; de ese modo, Mrs. Fisher podía descansar cómodamente manteniendo los pies en alto. Yo tomé el sillón del escritorio y lo aproximé a la cabecera y allí me quedé vigilando al enfermo.

Pasaron las horas. Confieso que me quedé dormido en ocasiones. Cuando el reloj dio las dos me hizo abrir los ojos con un leve sobresalto; miré y vi que Mrs. Fisher se había adormilado igualmente, y no la desperté. Me incliné sobre Mr. Fisher y le hice un reconocimiento superficial. Sus miembros estaban agarrotados, y era imposible moverlos, y la piel parecía como la capa de cera que cubre algunos quesos, pero de un color blanco pálido. Levanté sus párpados y comprobé que tenía las pupilas en blanco.

Me senté de nuevo y seguí vigilando. No sé cuándo me volví a dormir, pero de pronto un grito espeluznante me despertó. Miré de inmediato al sofá, pero Mr. Fisher no estaba ahí; luego contemplé el sillón, y su mujer tampoco estaba.

Giré la vista, y lo que vi al tenue resplandor de los rescoldos de la chimenea me hizo creer que había perdido la razón. Mrs. Fisher estaba de pie, en un rincón, entre la pared y una estantería, y gritaba sin parar. En la pared, casi al borde del techo, estaba su marido. O lo que una vez había sido su marido.

Lo más notorio eran las patas de araña que habían surgido de sus costados, en un total de ocho. Con ellas se sostenía de algún modo en la pared, moviéndose nerviosamente de arriba abajo. Sus propios miembros pendían como frutos yertos, como apéndices ya inútiles. Y había aumentado el volumen global de su cuerpo, pues el tronco aparecía hinchado y deforme, de un blanquecino enfermizo, y escindido levemente en dos mitades a la altura de lo que fue la cintura. La mutación, obvio era, había destrozado sus ropas, y mostraba su deformidad en toda su extensión, sin dejar nada a la imaginación. Lo peor era el rostro, algo espantoso a mitad de camino entre lo humano y lo arácnido. Había perdido totalmente el cabello, y ofrecía dos pares de ojos: los suyos propios, que habían aumentado al doble de su tamaño, y se veían totalmente negros, y otro par en las sienes, más pequeños, de igual aspecto. De la inmensa boca colgaban dos apéndices negros que agitaba como en una especie de parloteo mudo.

La puerta se abrió bruscamente y apareció Frances, y aquello giró en la pared y contempló a mi mujer. Esta quedó petrificada en el umbral, sin comprender lo que sucedía, acaso intentando asimilar lo que la observaba desde lo alto de la pared. Y entonces, el hombre araña saltó al suelo y se acercó a Frances. Ella gritó y salió corriendo. La cosa era demasiado grande, por lo cual quedó atascada en la puerta. Yo aproveché y me lancé sobre ella, agarrándola para que no siguiera adelante. Percibí cómo sobre toda la piel había una especie de filamentos blanquecinos y espesos, como si le estuviera brotando algo parecido a un vello hirsuto. La criatura se agitó entre mis brazos y consiguió superar el dintel de la puerta.

Frances estaba corriendo hacia el piso superior, y la bestia avanzó, subiendo por las escaleras. Yo miré a mi alrededor, en busca de algo con lo cual impedir el avance de la criatura. Sobre un aparador había un candelabro de seis brazos; lo tomé y lo arrojé contra el ser, sobre cuya espalda rebotó sin provocarle la más mínima reacción.

Con sus nerviosas patas tableteando sobre la madera la entidad arácnida ascendió por la escalera, hasta alcanzar el pasillo del piso superior. Yo había oído una puerta cerrarse, y confiaba que esta resistiera el previsible ataque de la bestia.

Comprobé que en la pared, a mitad de camino de la escalera, había colgadas en forma de cruz dos espadas, a modo de adorno heráldico. Subí los peldaños de dos en dos, agarré una de las espadas, y proseguí la ascensión, llegando al pasillo. La criatura estaba a la mitad, se había alzado sobre las cuatro patas traseras, y golpeaba con el tórax contra la puerta, que se combaba a cada embestida, al tiempo que los brazos y piernas de su previa condición humana se agitaban como si carecieran de huesos.

Me acerqué y solté una estocada sobre el cuerpo. Solo abrí una pequeña herida en la piel, al tiempo que el monstruo soltaba un bramido, pero seguía intentando forzar la puerta, sin prestarme mayor atención. En el interior de la habitación Frances comenzó a gritar, y oí un cristal caer al suelo.

Decidí cambiar de táctica y clavé la espada en el costado de la criatura, en la unión entre lo que imaginé eran el cefalotórax y el abdomen. Entonces soltó una especie de silbido que me hizo vibrar ambos tímpanos, al mismo tiempo que se giraba hacia mí. En ese rostro que no era ya humano distinguí, sin embargo, una expresión que provocó que mi cuerpo se cubriera súbitamente de un frío sudor. La cosa pataleó hacia mí, y yo caí al suelo. Entonces comencé a oír más gritos de Frances, y desde mi posición pude ver cómo por debajo de la puerta comenzaba a brotar un humo espeso. De inmediato se hizo la luz en mi mente: Frances, aterrorizada, había retrocedido, golpeado algún mueble y hecho caer algún quinqué, haciendo que este derramara su contenido y comenzara a provocar un fuego.

Todo esto lo pensaba a velocidad de vértigo al tiempo que la cosa se abalanzaba contra mí. Dejé que se me echara encima, me deslicé y clavé la espada en el abdomen. Después me impulsé y pasé por debajo de ella, poniéndome en pie y lanzándome contra la puerta, intentando abrirla, mas en vano.

-¡Frances! –grité, al tiempo que aporreaba la puerta-. ¡Abre!

Rápidamente, ella abrió. Miré hacia la criatura y comprobé que se había recuperado de la estocada. Aún con la espada dentro, se giró, para lo cual subió por la pared, y luego se dirigió hacia mí, haciendo que la empuñadura del arma chirriara contra en suelo como una tiza en una pizarra.

Entré en el dormitorio de invitados y comprobé que uno de los doseles de la cama estaba ardiendo. El monstruo llegó al umbral y se detuvo en él, y después giró y se alejó. Sin duda el fuego lo había hecho retroceder. Pero entonces caí en la cuenta de que eso no me interesaba.

Lancé un grito, llamándolo, y después tomé una jofaina de un aparador y me asomé al pasillo, lanzándola sobre la bestia. Esta detuvo su avance y se giró, quedando quieta a mitad de camino y mirándome con fijeza con sus cuatro ojos.

-¡Ven aquí, monstruo del diablo! –grité.

Sus dos ojos mayores se agitaron, los dos pedúnculos de la boca se sacudieron, y entonces la criatura avanzó de nuevo hacia mí. Entré rápidamente en el dormitorio e indiqué a Frances que se retirara al extremo opuesto de la habitación. La cama ya era pasto de las llamas.

El monstruo se asomó a la puerta, y de nuevo con esfuerzo se deslizó al interior de la habitación. Yo había tomado una silla y embestía contra la cosa, como un domador en un circo hace con los leones. Entonces hice un gesto a Frances. Esta, rápidamente, corrió dando un quiebro, esquivando a lo que una vez fue Mr. Fisher, y salió por la puerta, desapareciendo. Me quedé a solas con la bestia.

Empujé la silla hacia delante y golpeé con las cuatro patas en el inhumano rostro de la criatura. El ser se abalanzó sobre mí. Yo me dejé caer al suelo y pasó por encima. Entonces agarré la empuñadura de la espada y le di un terrible empujón, levantándolo durante unos instantes en vilo. El monstruo cayó sobre la cama.

Rápidamente, las llamas hicieron presa en él, sobre su piel lustrosa, sobre su vello hirsuto e incipiente. Oí un chillido espantoso, y pensé que iba a quedar sordo. Las patas comenzaron a sacudirse espasmódicamente mientras las llamas se extendían por el techo y muebles de la habitación.

Retrocedí, salí por la puerta y me quedé un instante mirando. Y entonces la bestia dio un brinco y se alejó de la cama. Yo reculé, y vi a la criatura asomando por el umbral mientras su cuerpo seguía envuelto en llamas. Comenzó a avanzar hacia mí, como una gran bestia flamígera surgida de la mitología griega. A medida que se aproximaba, las llamas hacían presa de los tapices de las paredes y los pasamanos de las escaleras.

Oí un ruido y de refilón vi que Frances y Mrs. Fisher salían por la puerta principal, envuelta mi esposa en un chal, para escapar a la calle. La criatura siguió bajando las escaleras, pero las llamas iban haciendo una mella paulatina en su cuerpo, y el descenso se hacía cada vez más lento, más esforzado. Me precipité hacia la puerta y, una vez allí, me volví nuevamente a mirar. La bestia estaba detenida en medio del hall, inmóvil, mientras las llamas envolvían su cuerpo ennegrecido. El fuego en la planta superior se había extendido al techo, y prendió en la lámpara que pendía sobre la entrada. Ardiendo, el cordón que la sostenía se partió y el armatoste cayó pesadamente sobre el ser.

Ya no esperé más. Salí de la casa y me reuní con ambas mujeres, rodeando los hombros de Frances con las manos y contemplando cómo las llamas ya salían por las ventanas de ambas plantas y por el techo. Los vecinos salían de sus casas, y a lo lejos ya se oía la campana de los bomberos acercarse. Mrs. Fisher contemplaba con ojos anegados de lágrimas cómo todo lo que había representado su vida se iba consumiendo, convirtiéndose en cenizas.

La prensa publicó una noticia sucinta de lo acontecido: un incendio había devorado la mansión de Wimpole Street perteneciente a Mr. y Mrs. Fisher. Mr. Fisher había perdido la vida salvando a su esposa, así como a dos invitados que pasaban la noche en la casa. Nada más se supo y, por supuesto, nada más informamos ninguno de los tres. Los restos de Mr. Fisher estaban tan consumidos por el fuego que ningún forense pudo identificar las espantosas mutaciones que había sufrido. Ninguno de nosotros sufrió la menor reacción a las esporas que atacaron a Mr. Fisher.

Sí, fue Sherlock Holmes quien en infinitud de ocasiones me comentó que no hay que adivinar, sino solo sacar conclusiones acerca de lo que las pruebas demuestran. Sin embargo, no pude evitar especular, hilvanar todo lo que aconteció con lo que leí en la carta de Peter Bryan. No sé si realmente fue un plan intencionado de los indígenas desde que Mr. Bryan y sus hombres entraron en la cabaña donde descansaba el ídolo de Koyssu, el dios araña. No sé si realmente le dejaron escapar con la estatuilla, o la intención era convertir a algunos de los apresados dentro del propio campamento. De lo que sí estoy convencido es que la reliquia estaba preparada para inyectar esa toxina gaseosa, o lo que fuera, y tomara posesión de un cuerpo humano para que este fuera mutándose, adaptándose a una nueva morfología, de tal modo que el cuerpo servía de crisálida para incubar un nuevo ser, y así el anfitrión acabaría por desaparecer y a partir de ahí nacería, o renacería, o retornaría Koyssu, el dios araña, para ser adorado por sus servidores.

© Carlos Díaz Maroto 2013

Prohibida la reproducción, ni aún citando el origen


23 Responses to “La aventura del dios araña”


  1. 1 doctorwatson65
    5 marzo 2013 a las 20:25

    Habrá que leerlo… Una aventura mia y yo sin enterarme…🙂

  2. 2 Birdy Edwards
    5 marzo 2013 a las 20:47

    A ello vamos….

  3. 7 marzo 2013 a las 9:07

    Espero comentarios. Incluso destructivos (pero razonados)

  4. 5 joorge
    7 marzo 2013 a las 19:12

    Gracias por el relato y personalmente me ha gustado y sr. Maroto espero mas relatos. Como contrapunto esperaba un micro-pastiche con sherlock pero en esta ocasion solo nos conformamos con watson que veo salvado en un relato a lo mas “pulp”, la lectura es amena y correctisima solo le he han faltado las tipicas ilustraciones en blanco y negro, un par de ellas y hubiera sido excelente…. saludos y un abrazo

  5. 8 marzo 2013 a las 9:27

    Ciertamente, juanfra, el relato es más cercano a la fantasía que al misterio. Eso es innegable.

    Y joorge, sí, habrá más relatos, pero en forma de libro (si algún editor está interesado). Ese micro-pastiche con sherlock ya está escrito, el citado “La aventura de las hadas de Southampton”, y aparecerá en otra parte…

    Sí, también me hubiera gustado a mí incluir algunas ilustraciones en blanco y negro hechas ex profeso, y que recordasen a Sidney Paget. Si alguien que sepa dibujar se anima, los incluyo.

    Gracias a ambos.

  6. 7 joorge
    8 marzo 2013 a las 9:35

    belakarloff que es eso de “La aventura de las hadas de Southampton”, ahora si que hay misterio… igual me animo con las ilustraciones y te las envio (el problema sacar tiempo para improvisar un estudio de dibujo); saludos

    • 11 marzo 2013 a las 8:29

      Ajá. Ese misterio quería plantear… Es una historia YA ESCRITA, que está en una antología de relatos de temática variada, toda escrita por mí. Espero que pueda salir en breve. Después, junto a la presente y otra más, formaría parte de un volumen de aventuras de Watson. Y aviso, en especial a juanfra: todas de fantasía.

  7. 9 joorge
    8 marzo 2013 a las 20:20

    Se me olvido – un apunte, en el desenlace donde la criatura cobra vida para no dar mas pistas (la escena le falta mas detalles de la accion) encuentro que watson no hace ninguna memoria a su antiguo segundo compañero, el revolver el cual se supone no lleva por lo que es obvio, no era una aventura esperada.

    saludos

  8. 11 joorge
    10 marzo 2013 a las 4:53

    … Me he “emocionado” y ahi dejo un zip con imagenes para el pastiche, si sirven bien y sino a la paelera, saludos. y Gracias de nuevo por los relatos

    http://ge.tt/5qdAWca/v/0

  9. 13 joorge
    11 marzo 2013 a las 10:33

    En cuanto a la descripcion de detalles, me referia a algo como para poder dibujar a la criatura, detallar mas la figura, que tamaño tiene por ejemplo, en cuanto se despierta watson y ve al monstruo acorralando a su esposa me resulta raro que no buscase en su bolsillo su revolver y recordara que no lo tenia por ser una aventura imprevista ademas de aprovechar para hacer un guiño a sus vivencias con holmes. de todas formas no me hagas mucho caso, la historia es genial.

    En cuanto a las ilustraciones son esbozos en photoshop usando imagenes de SP, pero la verdad son algo forzadas, estas las deberia haber usado en un mesa de “luz” y haber elaborado nuevas ilustraciones en base a las mismas pero no dispongo de ninguna mesa de luz ya. (sorry)

    resubo los archivos ya que la pagina de alojamiento creo que esta saturada ahora

    https://www.4shared.com/rar/LYvSGL5K/sh_-_maroto2.html

    http://www73.zippyshare.com/v/92444385/file.html

    saludos y un abrazo

    • 11 marzo 2013 a las 11:18

      No he querido describir con más detalle a la criatura. Desde mi punto de vista, ese era el equilibrio entre explicitud y ambigüedad que le quería otorgar. Todo lo demás lo dejo en la mente del lector…

      Respecto a lo del revólver, ten en cuenta que había salido a pasear con su mujer al parque. Nadie se lleva un arma en esas circunstancias. Además, al inicio ya hay suficientes alusiones a Holmes…

      Miro las ilustraciones, a ver si ahora…

  10. 16 joorge
    11 marzo 2013 a las 13:44

    Vamos por partes: El Dios araña, en un principio me vino a la memoria de que me sonaba de algo, y rebuscando claro que me sonaba de Conan el bárbaro; lo del revolver era en plan Watson tiene un acto reflejo y se busca en el bolsillo el revolver de como cuando Holmes le ponía en sobre-aviso de peligro, lo cual lleva a atasen a buscar algo, la espada de la pared en el escudo de armas… era solo un comentario pero sin mas. Lo de la descripción me he liado quería referirme a como es la estatuilla, el dios araña esta en un altar pero como es el dios araña, un indígena, un garabato grabado o talado o una araña…. aquí si me surgió la duda.

    En cuanto a las ilustraciones no esperes gran cosa la verdad, he cogido unas imagenes de SP y he retocado digitalmente, en un principio serian esbozos los cuales servirían para hacer imagenes finales a mano pero me ha faltado mi antigua mesa de luz… donde estará….

    Saludos

  11. 12 marzo 2013 a las 10:08

    Cierto, lo del “dios araña” recuerda a una novela de Conan, escrita por Sprague De Camp. Y lo que refieres de la pistola, ahora que te entiendo, la verdad es que es buena idea. Y respecto a la estatuilla, también he querido dejar un poco en la mente del lector cómo es. Se supone que la criatura está a mitad de conversión en lo que finalmente será el dios…

    Pues al final, ayer estuve tan liado que no me acordé de mirar tus ilustraciones, ¡por Cthulhu! A ver si me acuerdo hoy… Lo siento.

  12. 18 Birdy Edwards
    12 marzo 2013 a las 15:19

    Muy bueno Carlos, lo he disfrutado mucho. Espero otros …..

    • 13 marzo 2013 a las 8:43

      Los habrá… Pero en formato de libro. Si a algún editor le interesa.

      De todos modos, tengo otro relato en cantera, de otro autor, para publicar en breve. Y cualquiera que frecuente esto está invitado a enviar alguno y, si se ajusta a los cánones selectivos, aparecerá también…

      • 20 Birdy Edwards
        13 marzo 2013 a las 14:36

        Y que tal va la biografia?, Y avisa ante cualquier novedad editorial para estar atento!

        • 14 marzo 2013 a las 9:04

          Esa la dejé un poco de lado, porque me puse con una novela corta de terror para un concurso del que deben estar a punto de dar los resultados. Después, se me ocurrió esto y… Tengo que retomarlo, sí. Y, por supuesto, si me publican algo os atosigaré aquí con la publicidad…😉

  13. 11 septiembre 2013 a las 13:12

    Estupendo relato, Carlos, como no podía ser menos.


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