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May
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Furias

Domingo dos de agosto de 1914. Con la mirada puesta en el oleaje del Ca­nal de la Mancha, el cabecilla del espionaje alemán en In­glaterra —Von Bork— y el primer secretario de la legación del Reich en la Corte de St. James —el ba­rón Von Herling— discuten la posible entrada en guerra de Gran Bretaña ante la inminente invasión de Bélgica por las tropas del Káiser.

Hombre cauto, el prusiano Von Bork manifiesta sus dudas sobre la eventual pa­sividad de los ingleses en el conflicto, frente a la certeza del di­plo­mático quien, convencido de ese hecho, lo defiende con un ro­tundo argumento ligado a la situación política interna del Imperio Británico:

      “¿Cómo va a intervenir Inglaterra, después de que le hemos armado dentro un zafarrancho del demonio con la guerra civil irlandesa, con esas furias que se dedican a romper escaparates, y Dios sabe cuán­tos otros problemas para obligarla a concentrar los pensamientos en su propia casa?”[i]

De las dos amenazas para la seguridad de Gran Bretaña que Von Herling evoca, sólo la referencia a los independentistas irlandeses del Sinn Fein re­sulta en ge­neral familiar a los lectores actuales, que apenas sí reparan en cambio en esas criaturas rompe cristales, asimiladas con sorna por el ger­mano a unas divi­nida­des infernales de la antigua Roma[ii] (window-breaking Furies), que al­guna tra­ducción española reduce a meros “energúmenos rom­piendo ventanas[iii]; esca­moteando así, al obviar la alu­sión a las Dio­sas Locas[iv], la condición mujeril de unos aliados en la sombra —si damos crédito a Von Herling— del espionaje mi­litar alemán.

Furias

Y es que, en este caso, el sexo de las anónimas destructoras de es­capa­rates es un dato esencial, pues no son otras que las “furiosas” partidarias del su­fragio femenino o, para ser más exactos, las muy activas militantes de la Wo­men’s Social & Political Union (WSPU). Asociación dirigida con mano férrea desde su fundación, en octubre de 1903, por la elegante viuda de un abogado de Manchester, Emmeline Pankhurst (1858-1928), née Goulden, y dos de sus hijas —Christabel  y Sylvia—, que trajo de cabeza a los gobiernos liberales de sir Henry Campbell-Bannerman primero y de Herbert-Henry Asquith después, en los años anteriores ala Primera Guerra Mundial.

Emmeline Pankhurst (1858 – 1928)

Aunque los términos con que Von Herling se expresa parecen sugerir cierta inmediatez temporal, la rotura masiva de escaparates se había producido en realidad mucho antes del tenso verano de 1914, si bien es cierto que esa llamativa modalidad de acción directa marcó un punto de inflexión en el apretado programa de desobediencia civil que Emmeline Pankhurst comenzó a desarrollar a partir de 1905 en la capital del Imperio.

Militantes de la WSPU en las calles de Londres

Hasta ese momento el movimiento en pro del sufragio femenino, capitaneado por grupos moderados como la National Society for Women’s Suffrage, se había limitado a presionar discretamente a los parlamentarios de los partidos tradicionales y a organizar decorosos desfiles bajo ense­ñas bordadas en verde y blanco. Con la llegada a Londres de las tres Pankhurst los métodos cambiaron notablemente y empezaron a abundar las marchas mul­titudinarias y no autorizadas de mujeres en perfecta for­mación, los intentos por penetrar por la fuerza en la Cámara de los Comunes, las bofetadas a los policías, las huelgas de hambre y los esfuerzos desmedidos de las militantes por ser detenidas y te­ner ocasión de pronunciar un discurso desde el ban­quillo de los acusados en de­fensa de sus convicciones, bajo la mi­rada atenta de los fotógrafos y los perio­distas, quienes bauti­zaron a estas re­volto­sas hermanas pequeñas de las pací­ficas cofrades de la NSWS (suffragists), con un apelativo destinado a hacer fortuna: Suffragettes[v].

The Suffragette, períodico de la WSPU

En los últimos meses de 1911, tras un período de relativa calma roto sólo por una grave refriega en Parliament Square entre la policía montada y un desfile de suffragettes, Emmeline Pankhurst exhortó a sus partidarias en un gigantesco mitin de masas a salir a la calle contra la alambicada propuesta del gobierno de Asquith de presentar un proyecto de ley que extendiera primero el voto a todos los varones adultos, con la promesa de introducir más tarde una serie de enmiendas que, de ser aceptadas por los Comunes, darían vía libre al sufragio fe­menino. El ofrecimiento del Gabinete liberal, conciliador en apariencia, fue in­terpretado por las suffragettes como una simple tomadura de pelo.

En primer lugar, la WSPU no podía admitir que el problema del voto de las mujeres se convirtiera en el triste apéndice de un proyecto legislativo destinado principalmente a beneficiar a colectivos masculinos privados aún de su derecho al voto.

En segundo lugar, las suffragettes dudaban de las honestas intenciones del primer ministro Asquith, hostil a la causa sufragista desde sus tiempos de responsable de Hacienda en el gobierno de Campbell-Bannerman, por lo que el complejo mecanismo de discusión parlamentaria que ahora planteaba parecía un nuevo truco para dar largas al asunto.

Herbert Henry Asquith (1852 – 1928)

Por éstas, y por otras variadas razones, Mrs. Pankhurst tenía claro ya que ha­bía llegado la hora de elevar el tono de su discurso con una figura oratoria de mayor calado: “el argumento de la piedra”.

Este novedoso argumento político, recordado precisamente por Von Herling en 1914, se puso en práctica el 1º de marzo de 1912.

En ese día, una hora antes de tomar el té, una disciplinada compañía de casi doscientas mujeres se apostó, con algún que otro martillo y con unos bolsones dignos de Mary Poppins llenos de piedras, en las aceras de Regent Street, Picadilly Circus y Oxford Street, para entregarse luego al destrozo sistemático de la práctica totalidad de los escaparates de esta elegante zona comer­cial del centro de Londres. Emmeline Pankhurst, coherente con su papel de lí­der, se acercó personalmente a Downing Street, para arrojar pedruscos a la resi­dencia oficial del detestado Asquith.

Escaparates destrozados en el West-End londinense

Por supuesto, las esforzadas rompecristales fueron rápidamente detenidas y algunos de los miembros más prominentes de la WSPU condenados a nueve meses de prisión, como la inevitable Emmeline o el señor Pethick-Lawrence, tesorero de la organización y director de su periódico, aunque el cumplimiento efectivo de las pe­nas se abre­viara a la postre al declararse los presos en huelga de hambre.

A pesar de los arrestos, los empellones de la policía, las multas, los insultos, las críticas incesantes, los fracasos electorales de sus aliados laboristas y las de­fecciones de algunos fieles, las suffragettes de Mrs. Pankhurst siguieron con sus políticas agresivas.

En enero de 1913, Asquith presentó por fin su tan cacareada propuesta para ampliar el derecho de voto a todos los hombres, dejando abierta la posibilidad de conceder el voto a las mujeres por la tortuosa vía de las enmiendas. Como las Pankhurst habían sospechado, tan brillante apaño no iba a dar resultado: el speaker de los Co­munes, requerido por el propio primer ministro, dictaminó formalmente que, de prosperar enmiendas de tanto calado, el gobierno no po­dría mantener su pro­yecto de ley inicial, sino que estaría obligado a presentar otro totalmente nuevo; lo que Asquith no tenía intención de hacer, así que pidió disculpas y retiró el proyecto del foro parlamenta­rio.

Las suffragettes, que se encontraron de golpe con nuevas partidarias y con más razones para la ira, quemaron un par de estaciones de ferrocarril, arruinaron el green de varios campos de golf escribiendo con ácido sobre la hierba su es­logan guerrero («Votes for Women»), e hicieron es­tallar una bomba incendiaria en la bonita casa que el liberal David Lloyd George es­taba cons­truyendo en el condado de Surrey.

Sufragista alimentada a la fuerza según la prensa de la época

No mucho después de esta nueva escalada de violencia, el 4 de junio de 1913, Emily Davison, una suffragette, se arrojó al paso de los caballos en el Derby de Epsom, muriendo unos días más tarde a causa de las múltiples heridas recibidas. Para colmo, el caballo que la arrolló —Anmer— pertenecía al rey Jorge V.

Con una mártir en su haber, la causa de las suffragettes se reforzó considera­blemente, contribuyendo, con sus ma­nifestaciones cada vez más virulentas y ma­sivas[vi], con lienzos acuchillados en la National Gallery por militantes icono­clas­tas y con algún que otro edificio in­cendiado, a incrementar la tensión ge­ne­ral en el revuelto panorama político de Gran Bretaña durante el primer semestre de 1914.

Sin embargo, y aunque las palabras del legado Von Herling así lo den a en­tender, las fieles de la señora Pan­khurst nunca fueron la «quinta colum­na» con faldones del Reich guillermino. De hecho, una vez comenzada la guerra, las suffragettes más conspicuas cambiaron rápida­mente sus formas de protesta y si antes lanzaban piedras a los escaparates, ahora arrojaban con idén­tico ardor puñados de plumas blancas, signo tradicional de cobardía[vii], a los hombres que no portaban aún el uniforme inglés. Alguna, como Flora Sandes, vistió con apostura de estricta gobernanta las ropas de sar­gento mayor en el ejército serbio. Muchas pasaron a integrarse en los cuerpos auxilia­res de las fuerzas armadas, y todas, incluidas las Pankhurst, apoyaron la incor­pora­ción de la mujer a las in­dustrias bélicas o a los servicios públicos para cu­brir la ausencia de mano de obra masculina en una coyuntura crítica para su país.

Flora Sandes, sargento mayor del ejército serbio

A la vista de tales actitudes, que favorecieron sin duda la concesión del voto a las mujeres mayores de treinta años nada más terminar la guerra[viii], la supuesta participación de la Wo­men’s Social & Political Union en un plan general del espionaje teutón para debilitar desde dentro a la confiada Inglaterra resulta un puro dislate del altanero Von Herling o una peligrosa «licencia poética», en la medida en que implica una acusación de traición cuando el conflicto bélico aún no ha concluido, del discutido autor de «Su último saludo»[ix]. Ese narrador om­nisciente que parece endosar las singulares y muy desfavorables opiniones del agente literario de Watson sobre las suffragettes a un aristócrata alemán.

Unas opiniones, compartidas por muchos de sus contemporáneos y quizás también por John H. Watson, que el doctor Doyle no se recató nunca en divulgar con su característica vehemencia[x], hasta conseguir por fin que esas mismas su­fragistas cuyos métodos tanto repudiaba le llenaran de ácido el buzón de su casa en Windlesham.

Monumento a E. Pankhurst

No sabemos qué cara puso Conan Doyle cuando descubrió su corresponden­cia abrasada por las amazonas de la WSPU, pero seguro que habría sufrido un repentino acceso de fiebre cerebral si un médium amigo le hubiera revelado en ese mismo instante que Emmeline Pankhurst,la Furia entre las Furias, iba a gozar un día de un monumento muy cerca dela Cámara de los Comunes.

 

© Juan A. Requena, Madrid 1993

 


[i] «Su último saludo». The Strand Magazine, Londres, septiembre de 1917.

[ii] Las Furias eran la versión romana de las viejas Erinias —las Airadas— del panteón helénico. Deidades ctónicas moradoras del Érebo y personificación de las nociones de culpa y castigo, representadas como espíritus femeninos alados con la cabellera entreverada de sierpes, que perseguían infatigables con látigos y teas en las manos al responsable de un delito grave contra el orden divino hasta hacerlo enloquecer o conseguir que se redimiera de su crimen mediante la purificación; momento en que estos seres de cólera tenaz se transfor­maban en las Euménides, un eufemismo —las Bienhechoras— con el que también se las nombraba para desviar su ira.

[iii] Así sucede en la traducción de Juan Manuel Ibeas de «Su último saludo» [El Úl­timo Saludo de Sherlock Holmes. Grupo Anaya S.A., col. «Tus Libros», n.º 141, Ma­drid 1995].

[iv] Nombre que les otorga Robert Graves en The Greek Myths [Ed. cast.: Los mitos griegos, Alianza Editorial, Madrid 1985].

[v] El término fue utilizado por vez primera en 1906 por el Daily Mail y se hizo tan popular que Christabel Pankhurst lo adoptó como cabecera de uno de sus más combativos diarios —The Suffragette— a partir de 1912.

[vi] La WSPU llegó a contar con el apoyo de más de 260.000 mujeres, entre afilia­das y simpatizantes, muchas de ellas dedicadas plenamente a la organización de la que recibían incluso un sueldo.

[vii] Y si no, que se lo pregunten a Mr. Feversham, injusto receptor de cuatro de es­tas plumas en una extraña guerra sudanesa.

[viii] Tras ser aprobada en 1918 la llamada Representation of the People Act, que consagraba también el sufragio universal masculino. En cualquier caso, aún hubo que esperar a la Equal Franchise Act de 1928 para que se alcanzara el sufragio uni­versal para todas las mujeres a partir de los veintiún años.

[ix] La autoría del texto, escrito en tercera persona como el relato titulado «La piedra preciosa de Mazarino», sigue siendo motivo de controversia entre los estu­diosos del Canon, que lo han atribuido indistintamente al propio Sherlock Holmes, a su her­mano Mycroft, al Dr. Watson o, hipótesis más razonable, al patriotero sir Ar­thur Co­nan Doyle.

[x] Con igual entusiasmo, dicho sea en su descargo, combatió la violencia doméstica contra las mujeres y apoyó la modificación de la legislación británica en materia de divorcio desde la Divorce Law Reform Union, de la que fue fundador y presidente entre 1906 y 1919. No es impensable que Watson compartiera desde antiguo esos mismos planteamientos, como dejan traslucir varios de sus relatos y muy en particular el denominado «La aventura de la Granja Abbey» [The Strand Magazine, septiembre de 1904].

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5 Responses to “Furias”


  1. 1 pani
    9 mayo 2012 en 6:39

    Espectacular y muy bien traído

  2. 9 mayo 2012 en 8:04

    Espectacular, ciertamente. Es todo un lujazo contar con este colaborador (y los demás) en este blog.

  3. 10 mayo 2012 en 18:10

    Buen artículo. Hacía tiempo que no se dejaba caer por aquí este autor

  4. 11 mayo 2012 en 8:07

    Cierto… ¡Niño malo!

  5. 22 mayo 2012 en 12:36

    Fantástico artículo…


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