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“Odio en las entrañas”: confesiones de un no – holmesiano

Me quedaban algunas dudas colgando después de leer El Valle del Miedo. Como tengo muy cerca un holmesiano, a raíz de algo que había leído referente a la novela, le pregunto: “¿Quiénes eran esos Milli Vanilli?” Me mira con cara entre ira y desprecio y me responde: “Molly Maguires, son los Molly Maguires”. Me riñe, me da una pequeña charla sobre el tema, me indica un par de blogs donde leer algunas cosas y me endilga una película llamada en España Odio en las entrañas y en el resto del mundo normal The Molly Maguires.

Curiosa película. Es posible que ya la hubiera visto en las tardes de sábado de sesión doble. Si fuera sí, la recordaría como una película de trompadas, sangre y pólvora. De gente que mata porque sí, sin razón aparente. Porque cuando yo la hubiera visto, estaría con los cortes de la censura y nadie sabría por qué los hombres estos hacen lo que hacen. O sacaríamos la conclusión de que sienten un tremendo e injustificable placer ante las peleas y las explosiones. O sea, que son unos pervertidos.

Menos mal que la versión que me pasa el colega está completa y le da su sentido a todo.

Leo El Valle del Miedo y veo la película y encuentro varias diferencias. Veamos.

El Valle del Miedo es mucho más poderosa. Es muy potente en la creación del clima y de los paisajes y potente, también, en la creación de las personalidades.

Entiendo que una película no es una novela, que el lenguaje visual es muy distinto y que se tienen que pagar unos peajes. Hay un peaje que no hay quien lo pase: el partido de rugby entre los mineros de las dos minas. Unos de verde y otros de azul. ¿Irlanda – Escocia del Seis Naciones? Eso no hay quien se lo trague ni en lo visual ni en lo escrito.

Lo comprendo. Comprendo que no puedes echar a la gente del cine con una sórdida historia de violencia en el movimiento obrero, pudiendo abrirla a los adolescentes de películas como Evasión o victoria o, en otras partes de la película, El bueno, el feo y el malo, que así se podrían llamar a los tres principales cabecillas de los Molly Maguires. El guapo, por supuesto, Sean Connery. Y los otros, al libre albedrío del espectador.

El partido de rugby. No siento las piernas. En medio del Valle de las Sombras, un viril partido de futbol que el cura –no pregunten las razones, las ignoro– y el empresario de las minas degustan y admiran con placer.

No sé. No lo veo. No veo el sentido.

O falta de metraje o imposición de la industria. Me inclino por lo segundo.

A otro asunto.

Un grupo de mineros se sube a la carretilla que le bajará a los infiernos. Llevan sus lámparas de casco encendidas y, a medida que se van introduciendo en la mina, se difuminan sus caras y sólo van quedando, cada vez más tenues, los reflejos de la luz de las lámparas. Angustia verlo. Comprendes cosas. Esa bajada puede ser la última y es una bajada siniestra, donde tu “yo” se ennegrece y se difumina con el carbón y donde sólo queda un deseo: salir de allí lo antes posible.

En El Valle del Terror no hay niños. En Odio en las entrañas hay niños y, por lo tanto, ingenuidad. También abuso. Abuso infantil que recuerda a Germinal y a tantas y tantas otras obras del XIX y el XX. Obras como actas notariales sobre el tratamiento a los niños. Niños sin infancia color carbón.

También hay ancianos gravemente enfermos por enfermedades causadas por el trabajo en las minas y que mueren sin un traje decente con el que ser enterrados. Viejos medrosos que han aceptado su (mala) suerte sin decir ni una palabra más alta que otra y que verán, después de muertos, el reproche de los mineros con más conciencia. Cuestión de carácter. No todos somos iguales.

Ingenuidad enorme entre los Molly Maguires, que no observan nada extraño en la llegada de un nuevo trabajador y en su forma de actuar. Que en ningún momento parecen dudar de la fidelidad a la Orden de asesinos del novato. Y que acaban por tragarse el anzuelo de la infiltración con muy poco esfuerzo por parte del infiltrado. Infiltrado que, por otro lado, supera con mucho en inteligencia al resto de los sectarios.

Hay novia para el listo –el traidor–. También en la novela. Pero en la película la chica no se va con él a diferencia de la novela. Cuestión de dignidad. ¿O de más o menos amor? ¿O más o menos ganas de salir del agobiante Valle? La pecosa de la peli tiene mucha más dignidad que su personaje paralelo en El Valle del Terror. O quiere menos. O tiene las raíces clavadas en el Valle.

Así que el malo (¿o es el bueno?) se va finalmente sin chica pero a seguir ascendiendo en maldad (¿bondad?) con nuevas infiltraciones y marrullerías contra el crecimiento de la violencia del movimiento obrero o de sus sectas asociadas.

En la novela el protagonista del pasaje del Valle del Terror nunca sale de él. Acaba por ser víctima de los miembros dela Orden.

En la película, el infiltrado se va con la idea de seguir creciendo, en poder y en dinero. Y no necesariamente por este orden. Pero no abandona tampoco el Valle del Miedo. Porque cuando uno entrega a otro hombre con el que ha compartido charla, juego o bebida está ya metido para siempre en el infierno. El infierno de la falta de valores. El infierno de la ambición o de la cobardía.

Puede engañarse con la teoría del mal menor, o del cumplimiento certero de los designios dela Justicia. Puedeque eso le deje dormir tranquilo un tiempo. O casi todo el rato. Pero, alguna vez, recordará la cara de los enviados por él a la horca. Los recordará riendo con él. Le costará conciliar el sueño.

Y el leve sueño que dormirá esas noches se verá interrumpido por la angustia de ver las caras de los niños mineros muriendo poco a poco dentro de las entrañas de la tierra.

No tengo nada claro que esta película casi del oeste de argumento extraño –no hay duelos, no hay indios, no hay saloon–, permita sacar de ella todo lo que yo he sacado.

 Pero, ¿qué soy yo? Pues nada más que un minero que se dedica escarbar entre lo que lee o lo que ve y a veces saca oro y otras veces pirita.

En el pueblo siempre hay algún perito que sabrá decir qué metal extraje en estas líneas. Si es oro, que me lo valore caro. Si es pirita, que no me lo diga.

¡Ah! Y un emocionado recuerdo a los Milli Vanilli, donde quiera que se encuentren.

 

José Miguel Panizo García

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2 Responses to ““Odio en las entrañas”: confesiones de un no – holmesiano”


  1. 9 marzo 2012 en 9:14

    Y aquí tenemos la última aportación de este mini-ciclo, con un análisis de la película “Odio en las entrañas”, de la cual me ocuparé yo también mañana.

    ¡Nos vemos allí!

  2. 2 Birdy Edwards
    10 marzo 2012 en 10:17

    Buen análisis!


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