08
Mar
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“El Valle del Miedo”. Confesiones de un no – holmesiano

Sherlock Holmes es una más de las muchísimas cosas sobre las que no tengo ni la más remota idea. Y sobre novela negra tampoco. Ni siquiera sé qué pueden tener que ver la novela negra y Sherlock Holmes. Pero, como nunca es tarde para casi nada, leer El Valle del Miedo quizás pueda servir para disminuir, o al menos disimular, mi ignorancia.

Para empezar debo decir que yo, de Sherlock Holmes, solo tengo caras. Como no tengo lecturas, pues tengo caras: las de la tele y las del cine.

Hay una cara que, por exceso de visionado, destaca sobre las demás, la de Basil Rathbone. Hay otra que me gusta por, así decirlo, calidad actoral: Peter Cushing.

Hay otra que no me gusta nada, la de Robert Downey Jr. y otra que me inquieta, la de Benedict Cumberbatch.

Lo reconozco.

Reconozco que puede ser de zoquetes (de hecho, lo es) no tener más que caras de Holmes y no tener lecturas. Pero yo vengo de El Valle de la Copla, de Antonio Molina y esas cosas. No vengo de la cultura anglosajona, soy más de Curro Jiménez y de Los bingueros. Y de novelas del estilo de Marcial Lafuente Estefanía y, siendo sinceros casi hasta el dolor, Corín Tellado.

Así, desde esta perspectiva, tan dislocada y poli –iba a poner politoxicómana, en qué estaría yo pensando, pero no, ni siquiera empieza por poli, es multidisciplinar, la palabra es multidisciplinar- opinaré sobre El Valle del Miedo.

A todo esto, ¿quién es Moriarty? ¿Un Bin Laden del hampa británica? ¿Un malo muy malo? Lo nombran un par de veces en la novela y las referencias que hacen a él son algo extrañas. Está y no está. Es y no es. Participa y no participa. Mueve hilos y no los mueve.

Será que, a lo mejor, Moriarty es una obsesión. Las obsesiones suelen tener un punto de partida real, pero no se han de confundir con la realidad. De malo tienen que te ocupan el pensamiento más de la cuenta. De bueno, que cualquier suceso que te acaezca se explica a la luz de esa obsesión. Como el ungüento amarillo, como un Bálsamo de Fierabrás argumental.

Esta sería la razón número uno para leer más novelas del insigne detective. Me pica el gusanillo Moriarty. Y no hay nada mejor para rascarse que leer.

Watson me gusta. Es un tío paciente, que le aguanta al detective lo que nadie le aguanta, que relata bien: ni quita ni pone, hace lo que debe, nos maneja, nos trae, nos lleva. Está bien. Le falta un pelín de mala leche y le falta mandar al carajo alguna vez a Sherlock. Pero los que no tenemos carácter, no tenemos carácter. Y mira que intentamos, de vez en cuando, dar un golpe en la mesa.

Pero lo damos y nos hacemos daño. Encima.

Lo mismo es por eso que Watson soporta lo que soporta. Por eso y porque resulta la mar de divertido ser amigo de un personaje como Holmes. Se perdona, por tanto, el bollo por el coscorrón.

Sumo a la razón número uno -el malo de Moriarty- la razón número dos -el bueno de Watson-. Tanto por lo bien que relata como por ver si alguna vez pone en su sitio al detective.

Sigo leyendo El Valle del Miedo.

Al principio lo tengo fácil.

Es un caso policíaco. Con la ayuda de mi pasado televisivo y cinéfilo -explico lo de cinéfilo: doble sesión en cine de barrio, Emmanuelle negra, alguna del oeste y sangrientas películas policíacas- no me cuesta ponerle cara a los personajes. Incluso puedo elegir y elijo a Benedict Cumberbatch en el papel de Sherlock porque es la cara más fresca que tengo. Eso sí, le coloco el patético gorro de la iconografía más usada.

Watson me da lo mismo. Le ponga la cara que le ponga -aguantando lo que le aguanta a Sherlock- no se va a enfadar conmigo.

La novela me entretiene. Lo paso bien. Sigo con gusto pesquisas e ironías, gracejos, descripciones y suspenses. Se me hace corta. Sin saber cómo, se resuelve el caso.

Pero no se resuelve. No del todo.

Han desaparecido las verdes campiñas y las casas señoriales, los abnegados policías y los sabios investigadores.

Todo se ha oscurecido. Solo ha sido un salto hacia atrás en el tiempo, solo hemos cambiado de continente y, sin embargo, todo el relato ha cambiado. Se ennegrecen los rostros de la gente, las formas de ser y de actuar, los paisajes y los afanes.

Todo se hace inquietante, doloroso. No hay compasión, no hay sutileza. No hay niñez, no hay ingenuidad.

Hemos entrado en un terreno duro, que agarra las piernas. Hemos llegado a la estricta y pura realidad de la novela negra, de la sangre y la muerte, de la venganza y de los intereses.

Sin motivos personales. A sangre fría. Todas y cada una de las páginas que conforman la segunda parte de la novela son un canto a la supervivencia animal, al no reconocimiento del otro, al olvido de la conversación y a la sublimación de la violencia.

Violencia ejercida por el patrón hacia el obrero, por el obrero al patrón, por el rico al pobre, por el pobre al rico.

Sadismo. Como cerdos en el barro, los hombres entre la sangre. Novela negra.

Y qué bien lo hace Watson, qué bien describe todo, qué magistral dominio de los mecanismos de la narración.

¿Quién se creía que Watson era de campiña inglesa y de taza de té? Pues nada de eso. Watson se mueve igual de bien en este mundo de miradas con inquina, dientes apretados y desaforados golpes. Y consigue que uno sienta el clima agobiante de esos sombríos y yermos campos donde se asienta el terror e impone su reino.

Voy a parar un poco, que me parece que me estoy transformado en una mezcla entre Azorín y Martín-Vigil y no es eso lo que quiero.

Lo que quiero decir es que para mí, que vengo de unos mineros que bajan a la mina siguiendo a uno con pelo rizado -Antonio Molina- y que canta tan contento y tan feliz, que hace unos gorgoritos que serían imposibles si no fuera por causa de alguna malformación bronquial o pulmonar o de las cuerdas vocales o vaya usted a saber, se me hace impensable ese clima de insensibilidad que trasmite el Valle del Terror. Ya lo dije antes. No tengo carácter y me sobrecojo con nada.

Me lo he pasado bien con esta novela. Como las tardes de sábado con sesión doble sin palomitas, que para tanto no llegaba. Y, como con el cine de sábado, voy a repetir.

No llegaré al extremo de los holmesianos o de los tolkenianos o de los seguidores de Star Trek. Pero prometo aplicarme en la lectura de Watson/Conan Doyle. Para pasar el rato o para criticarlo, que uno nunca sabe, que lo mismo leo otra novela y me cambia la opinión para mal.

Ahora mismo me quedo con el agradable sabor que me deja El Valle del Miedo. Está mal que yo lo diga, dada mi trasnochada sensiblería, pero ¿quién dijo que la sangre o la muerte, bien manejadas, no pueden tener a veces un buen sabor?

José Miguel Panizo García

 

José Miguel Panizo García es autor de Cuentos revueltos

(http://www.bubok.es/libros/191267/CUENTOS-REVUELTOS)

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1 Response to ““El Valle del Miedo”. Confesiones de un no – holmesiano”


  1. 9 marzo 2012 en 9:13

    Continuando con nuestro mini-ciclo como promoción del Sábado Negro que se celebra esta semana, aquí aportamos la primera de dos colaboraciones desde una perspectiva no holmesiana referente a la novela centro de una larga disertación, “El Valle del Miedo”.


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