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El Dossier Drácula: cross-over mal entendido

Título: El Dossier Drácula

Autor: James Reese

Traducción: Montse Triviño

Pie de imprenta: Barcelona: Planeta, 2011

Colección: Planeta Internacional
 
Título original: The Dracula Dossier (2008)
 
 
Este libro es realmente lo que parece, en eso no se puede decir que engañe a nadie. Estamos ante la enésima entrega de “novelista famoso del XIX investiga”. Una curiosa rama de los best-sellers actuales sin duda emparentada con las ensaladas históricas de suspense estilo Marco Didio Falco o Umberto Eco, que ya ha provocado que hayamos visto libros en los que gente como Charles Dickens, Edgar Allan Poe, Jane Austen, Lord Byron o Wilkie Collins se convierten en los detectives improvisados de una serie de misteriosos asesinatos.

El debutante en estas lides James Reese ha tenido la feliz ocurrencia de juntar a Bram Stoker, todo un icono de finales del siglo que nos ocupa, con la tópica amenaza de Jack el Destripador. Por supuesto, no es la primera vez que Drácula o personajes relacionados se mezclan con la figura del mítico asesino de Whitechapel, pero aquí la novedad radica en darle la voz cantante a su creador: el señor Stoker. Del cual se descubre que guardaba un dossier secreto que contenía un diario desconocido –acompañado de varias cartas y recortes de periódico– y que, ordenados por el editor de esta reliquia bibliográfica, revelan que aquel irlandés loco, tal y como lo llamó Louie en la saga vampírica de Anne Rice, tuvo bastante implicación en la trama del destripador londinense.

Hice todo lo posible por sumergirme en la trama y que el libro me resultara cuanto menos digno, dentro de un género tan manido como el de los pastiches policiales –y literarios– con el viejo Jack de por medio. Y aunque la novela de Reese tiene un arranque prometedor y al menos una primera parte realmente interesante, la historia se desinfla cuando irrumpe el caso del Destripador en escena. El efecto metaficcional de los primeros capítulos consigue crear buenas expectativas, pero el verdadero meollo de la cuestión llega demasiado tarde, se despacha demasiado deprisa y contiene demasiadas convenciones como para ser disfrutable, lo cual hace de este Dossier Drácula una experiencia divertida y con cierto rigor, pero a la vez frustrante, fallida y, en algunos pasajes, directamente idiota. Pero no nos adelantemos.

Tras la introducción de rigor del supuesto compilador de este misterioso dossier que ningún estudioso de Stoker conocía, suspendemos la incredulidad y nos introducimos de lleno en la época victoriana de la mano del famoso escritor y sus diarios y cartas. En ellos se cuenta su iniciación a la orden del Amanecer Dorado, y como en ese primer ritual una encarnación espiritual toma forma y acabará sembrando el terror en la ciudad. Esta estructura narrativa será llevada a sus máximas consecuencias, incluyendo constantes notas a pie de página en las que se aclaran algunas cuestiones relativas a la vida de Stoker o al siglo XIX para los no iniciados, dando verdaderamente la impresión de ser un texto descubierto. Precisamente este subterfugio novelístico es lo más atractivo de la propuesta. Si el lector decide entrar en el juego y dejarse llevar aprenderá mucho sobre la época, sobre la vida de Stoker en Londres cuando era el representante –o perro faldero, según algunos– del gran actor Henry Irving y su teatro londinense. También se nos ofrece todo un muestrario fascinante de personajes relacionados que harán las delicias del buscador de cameos: desde el mismísimo Rossetti (y la mención a la recuperación de sus poemas del ataúd de su amada Elizabeth Siddal) a Lady Jane Wilde –genial madre del famoso Oscar– pasando por la amplia correspondencia de Stoker con Walt Whitman.

Precisamente esta larga exposición de antecedentes, preparativos y retratos fascinantes de la época tratada (con Stoker como centro, por supuesto) hacen que sea más chocante el poco desarrollo que tiene la parte supuestamente principal de la obra: la intriga policiaca. Tras dedicar casi 400 páginas a todo esto, en las que apenas hay acción ni elementos siniestros –y que no por ello se hacen tediosas, ojo– se quiere tirar todo por la borda e iniciar una persecución del Destripador que, a pesar de estar insertada en las escasas ciento y pico páginas finales, se hace tediosa y repetitiva. Todo se desmadra, la trama se agiliza porque parece que sabe que se está acabando y terminamos perdiendo el interés por unos personajes cada vez más aburridos. El retrato tan bueno de Stoker y su entorno de la primera parte se vuelve infantil en la segunda. ¿Era necesaria tanta exposición y tantos detalles psicológicos sobre el escritor de Drácula, por ejemplo sus sentidas misivas a Whitman, si después tendrán poca o nula relevancia en la historia general? La trama de fantasía –que incluye posesiones demoníacas, voces en la noche y algo de acción ectoplasmática– está torpemente desarrollada en una historia que en general parece descompensada. Como si Reese se lo hubiera pasado en grande dedicando páginas y páginas a la parte de documentación que prima en el primer tercio del libro, y hubiera en cambio querido terminar su historia de golpe y porrazo con la típica y comercial excusa de añadir elementos del best-seller más machacón, ligados a la trama del Destripador.

En cuanto a ésta, queda sumamente resumida en tres o cuatro elementos que ni siquiera parecen bien documentados. La historia presenta como sospechoso al norteamericano Francis Tumblety, hace tiempo descartado. Y por supuesto pone de secundario de lujo al eterno inspector Abberline, a pesar de que se sabe de sobras que no fue tan importante en la investigación del Destripador como nos quiere vender el cine (vía Michael Caine, por ejemplo). Stoker y sus amigos –patéticamente autoproclamados “Hijos dela Luz”– persiguen el fantasma que acecha por los barrios de prostitutas londinenses y cada vez que una víctima famosa cae, se nos regala con un informe policial que detalla sus mutilaciones. Luego Stoker and Co. reflexionan sobre el tema, hacen más planes y se reafirman en la importante tarea que tienen entre manos. Esta misma estructura se repite capítulo tras capítulo y puede acabar provocando sopor o, en su defecto, tremendos deseos de saltarse páginas y terminar el repetitivo relato de una buena vez.

Por supuesto, todas estas aventuras y esta inmersión en la oscuridad se supone que darán alas a Stoker para escribir Drácula unos años más tarde. La novela de Reese efectúa el clásico juego ficcional de hacer que el escritor protagonista se tope con algunos de los elementos que luego incorporará a su obra maestra y de los que aquí podemos destacar la visita a un manicomio para interrogar a un loco carismático –remedo de Renfield–, la presencia de una amenaza sobrenatural, la aparición de algunos nombres reales que luego serán importantes en la ficción –Harker o Carfax– y la constante persecución de un lóbrego personaje por las oscuras esquinas de un Londres iluminado por la luz de gas. Es realmente irónico como el autor intenta hacer una especie de anticipación histórica de Drácula evocando la trama de la novela y su estructura epistolar, para acabar cayendo en el mismo fallo de la novela original: una última parte morosa y que incluye una persecución que acaba resultando reiterativa antes que emocionante.

Quizás si Reese hubiera decidido escribir una novelización de la vida profesional de Bram Stoker sin añadir absurdas tramas detectivescas, estaríamos ante un libro de cierto interés. Al menos desde el punto de vista del entretenimiento. Pero con un desarrollo irregular, un arranque denso y documentado y un final tan anti climático, el libro concluye varado en tierra de nadie. Quizás divertido para aquellos que busquen algo ligero o les interese saber un poco más sobre Stoker y la época del Destripador, pero insuficiente para los que sepan ya de que va el asunto o sencillamente necesiten una historia más trabajada.

Miguel Ángel Villalobos

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2 Responses to “El Dossier Drácula: cross-over mal entendido”


  1. 1 pagafantas
    14 enero 2012 en 17:26

    Puff, pues se me han quitado las ganas de comprar el libro, (y eso que la ambientación y los personajes me atraían). Por lo que me han contado, hay otra novela del mismo estilo -‘El reino de los huesos’, de Stephen Gallagher-, con Stoker haciendo de secundario, mucho más lograda. Estoy dudando entre hacerme con esa o ‘Fortunas y adversidades de Sherlock Holmes’, de Carlos Pujol, que pinta bastante bien…


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