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Irene Adler: la mujer

Cantante de ópera y aventu­rera norteamericana de “dudoso y cuestio­nable re­cuerdo”, pero de “figura espléndida” según definición de Watson. Nacida en Nueva Jersey en 1858, había sido contralto en La Scala de Milán y prima donna en la Ópera Imperial de Varso­via, lo que sugiere que la tesitura de su voz debía ser excepcional, próxima a la de los desaparecidos cas­trati, de oscuros y graves acentos, apta para desempeñar papeles raros en el repertorio ope­rístico: mujeres mayores, fatales a veces, o muchachos enamorados cuando la contralto repre­senta en travesti, algo muy frecuente en las obras de Handel o Rossini, compositor, este último, particularmente vinculado a La Scala milanesa.

La especialización en roles masculinos parece deducirse del modo en que descubre que Sherlock Holmes actúa por cuenta del rey de Bohemia y del contenido de la carta que envía al detective al final de la aventura, donde reconoce que por su “experiencia como actriz. El atuendo masculino no es nuevo para mí. A menudo me aprove­cho de la libertad de movimientos que proporciona”. Guy Warrack [Sherlock Holmes and Mu­sic, Faber & Faber, Londres 1957] ha apuntado alguno de los papeles para contralto o mezzo-soprano dramática travestida en los que Adler pudo haber brillado en Italia o Varsovia, aunque omite ―sin duda por ser uno de los mayores fiascos de Rossini― el de Sigismondo en la ópera homónima (1814), donde una contralto encarna al atormentado Rey de Polonia, perseguido por el recuerdo de la bella Aldimira, hija de Ulderico, Rey de Bohemia, a la que cree muerta por culpa de un documento mentiroso. De todos modos, a pesar de sus facultades artísticas y apenas cumplida la treintena, Irene estaba retirada de los esce­narios en 1888 por razones que se igno­ran, aunque aún can­taba ocasionalmente en algunos con­cier­tos.

Afincada en Gran Bretaña, residía en el Pabellón Briony, una villa de lujo con dos pisos, jar­dín en la parte trasera y gran­des ven­tanales hasta el suelo, sito en la Serpentine Avenue de St. John’s Wood, caracte­rístico barrio de Lon­dres en el que muchas jóvenes mante­nidas del siglo XIX disfrutaban de una casa pa­gada por sus amantes. Holmes, por cierto, define la casa como “a bijou villa”, fórmula convencional para designar precisamente ese tipo de coquetas vivien­das. Mujer de gran be­lleza, Miss Adler era considerada en el vecindario como “la cosa más bo­nita que se ha visto bajo un sombrero en este pla­neta”. Para Von Ormstein, po­seía “el rostro de la más bella de las mujeres y la men­talidad del más deci­dido de los hombres” y el propio Hol­mes no dudó en descri­birla como “una mujer deliciosa, con una cara por la que un hombre se dejaría ma­tar”.

Anti­gua amante del Rey de Bo­he­mia, al que había cono­cido en 1882 ó 1883 en Varsovia, tenía en su poder una serie de cartas y una foto­grafía que de hacerse públicas com­promete­rían el inminente ma­tri­mo­nio de aquel con la prin­cesa Clotilde Lothman von Saxe-Me­nin­gen. Hol­mes in­tentó recuperar los documentos por en­cargo del Rey sin reparar en la lega­lidad de los medios empleados, pero fra­casó, siendo burlado por esta inte­ligente dama. El riesgo de es­cándalo se desvaneció en apariencia al con­traer Irene matrimonio con Godfrey Norton en la igle­sia de Santa Mónica. Una ceremonia muy apre­su­rada y de discu­tible validez legal, en la que Holmes, dis­frazado de mozo de cua­dra, inter­vino como testigo, reci­biendo como recuerdo de la novia un sobe­rano de oro que decidió llevar en la ca­dena de su re­loj. Tras la boda, después de prometer en una carta que no utili­zaría en per­juicio del Rey de Bohemia la codiciada y quizás esca­brosa fotografía que la vincu­laba con él, la pista de Irene Adler se pierde para siempre lejos de Londres.

Todo indica in­cluso que murió al poco tiempo de su par­tida, pues Watson se refiere ya a “la difunta Irene Adler” en 1891; aunque otros estu­diosos con­sideran que Irene Adler y la cantante Ca­rina, a la que Hol­mes y Watson van a oír cantar en el Royal Albert Hall en 1898 (RETI), son la misma persona, lo que negaría la tesis de su falleci­miento prema­turo. De ser así, el adjetivo utilizado por Watson (late) aludiría sólo al cambio de estado civil de Irene tras su boda con Nor­ton. Varios autores sospe­chan no obstante que Irene Adler pudo haber sido asesinada por orden del Rey hereditario de Bohemia para eliminar cual­quier futura amenaza de chantaje [Jerry L. Williamson, «A Scandal in ‘A Scandal in Bohe­mia’», The Baker Street Jour­nal, vol, I, nº 4, octubre 1961, pag. 141-143. Manly Wade Wellman, «A New Scandal in Bohe­mia», The Baker Street Journal, vol, II, nº 1, enero 1947, pág. 90]. Las palabras con las que la flamante Mrs. Norton alude a la conflictiva fotografía en su carta de despedida a Sherlock Hol­mes son en cualquier caso ambiguas: “La conservo única­mente como una garantía, como un arma que pueda protegerme de cualquier paso que él pueda dar en el futuro”. Lo que parece extraño vistos los antecedentes, ya que conservar la foto era la mejor manera de asegurarse que continuara el opresivo interés de Von Ormstein por su persona. Tampoco resulta creíble la actitud del Rey de Bohemia al finali­zar el caso, dispuesto de pronto a confiar en las promesas de una mujer a la que Watson ha pre­sentado arbitrariamente como una demi-mondaine de discutible reputación. A pesar de todo, Irene Adler es el único personaje que juega limpio en una historia donde los que delinquen son el propio Holmes y su mandante; lo que explicaría también el indudable respeto que el detective abriga por la seductora dama y el correlativo desprecio que siente por su ex amante.

Para Sherlock Holmes Irene será siem­pre “la mujer”, un ser que a sus ojos “eclipsa y domina todo su sexo” (BOHE). Esta afir­mación de Watson, el frecuente recuerdo de que Irene Adler es objeto a lo largo del Ca­non (con alu­siones expresas en AZUL, IDEN y ULTI) o el hecho de que Holmes pidiera al Rey de Bohe­mia que le entregara algo tan personal como un retrato de la be­lla, son datos que han llevado a nume­rosos eruditos a afirmar la existencia de un senti­miento más fuerte que la simple admi­ración entre el de­tective y la con­tralto. Al­gunos, como H.B. Wi­lliams [«Then Falls Thy Sha­dow», The Illus­trious Client’s Case-Book, In­dianápolis 1948], han resal­tado el tipo de lectu­ras a que Holmes se entrega en BOSC: una edición de bolsillo de Pe­trarca y una novela de Meredith, autores que trataron a me­nudo del sufri­miento que provoca la im­po­sibili­dad de po­seer a la mujer amada. En esta línea se ha que­rido ver tam­bién en las re­flexiones me­lancólicas de Holmes al ini­cio de IDEN la manifestación de una pa­sión frus­trada. Otros, menos prudentes, como William S. Baring-Gould en su biografía Sher­lock Holmes of Ba­ker Street [trad. cast. Sherlock Holmes de Ba­ker Street, Val­demar, Madrid 1993] han afirmado, sin pruebas reales, la exis­ten­cia de un hipotético reen­cuentro de Sherlock Holmes e Irene Adler en Montenegro durante la primavera de 1891. Encuentro fugaz pero fruc­tífero, ya que del mismo se deri­varía nada me­nos que el naci­miento de un hijo llamado Nero Wolfe.

To­dos estos autores obvian sin em­bargo la afir­mación de Wat­son de que Hol­mes no sentía por la señorita Adler “nada pa­recido al amor”. En 5PEP Holmes recuerda que “he sido vencido en cua­tro ocasio­nes: tres por hombres y una por cierta dama”, aludiendo sin duda a Irene Adler. Es evi­dente que en el asunto del Rey de Bohemia Irene Adler estuvo siempre por delante del detective y que en ella concurrían cuali­dades que Sherlock Holmes ad­mi­raba: la auda­cia, la forta­leza de ca­rácter y la inte­ligencia. En con­secuencia, su especial interés por ella sería mera­mente profesio­nal. Irene tendría el valor de un arquetipo: la per­sonificación definitiva de la habilidad y la astu­cia femeninas; algo ante lo que Holmes siempre se mostró cau­teloso.

"La carta robada", de Poe

"La carta robada", de Poe

Se afirma que Holmes se ins­piró para recobrar la fotografía del Rey Bohemia en un engaño empleado por el chevalier Dupin en «La carta robada» (1844) de Edgar Allan Poe, pero su modelo es la argucia con la que la hetaira Friné descubrió cuales eran las esculturas más estimadas por su amante Praxíteles, haciéndole creer ―lo cuenta Pausanias en el Libro I, capítulo 20 de su Descripción de Grecia― que su casa había ardido. En cierto modo, Holmes habría tratado en vano de subvertir la anécdota en su enfrentamiento con una dama comparable a la hermosa e inteligente cortesana de la antigüedad.

Si el estudio de la naturaleza de las rela­ciones entre Irene Adler y Holmes ha gene­rado una co­piosa bi­bliografía, tan abundan­tes o más han sido los intentos de identifica­ción de este nota­ble perso­naje con diver­sas mujeres contempo­ráneas del de­tective. Sin ánimo de exhaustivi­dad, me­rece la pena reseñar algunas posibles candidatas al título de la mujer

Lilian Norton (1857-1914), de Farming­ton, Maine; cantante co­nocida en los me­dios operísti­cos por el nombre de Nordica. Debutó en el Covent Garden en 1887 espe­cializándose en la inter­pretación de lieder wagnerianos y temas de Meyerbeer, ambos muy del gusto de Holmes, com­partiendo a menudo reparto con el tenor polaco Jean de Reszke. Ca­sada varias veces, se destacó en sus años finales como activa sufra­gista, falleciendo en Java de unas extrañas fiebres —las de Tapanuli, quizás— tras el naufragio del barco en que viajaba.

Enid Rhodes Peschel y Richard E. Peschel [«Sherlock Hol­mes Foiled by an Opera Star», Opera Quarterly, otoño 1990] sugie­ren el nombre de la romana Giulia Ravogli (1860-¿?), que destacó en los papeles mas­culi­nos propios de contraltos y mezzo-so­pranos de Urbain, en Les Huguenots, y Or­feo en Orfeo y Eurídice de Glück. Pero Ra­vogli causó sensación en Londres durante la temporada de ópera de 1891-92, cuando Irene Adler ya estaba retirada o quizás muerta. Me­nos interés presenta la aus­triaca Pauline Lucca (1841-1908), luego baronesa Maria Pauline von Wallhoflen; una de las sopra­nos favoritas de Meyerbeer y Auber, que consiguió cierta noto­riedad a raíz de un pe­queño escándalo relacionado con una ino­cente fotografía en la que aparecía junto al canciller Von Bismarck.

Adah Isaacs Menken

Adah Isaacs Menken

 William D. Jen­kins [«We Were Both in the Photographs: I. Adler and Adah I.», The Baker Street Journal, NS, marzo 1986, vol. XXXVI, nº 1] identifica a Irene Adler con la nor­tea­meri­cana Adah Isaacs Menken (1835-1868); actriz espe­cializada en pape­les masculi­nos, poetisa oca­sio­nal, aficio­nada a las ciencias ocultas y espiri­tista con­vencida. Una de las mujeres más popula­res y fotogra­fiadas de su época, estuvo casada cuatro veces y contó con innume­ra­bles aman­tes, como Alexan­dre Dumas, pa­dre o el rey Karl de Württemberg, con el que se pensó que había contraído matri­mo­nio mor­ganá­tico en Fran­cia. Aun siendo intere­sante, la tesis de Jen­kins choca con pro­ble­mas cro­nológicos in­salvables.

 Pierre Nordon [Sir Arthur Conan Doyle: L’homme et l’œuvre, Didier-Erudition, Pa­rís 1964] apuesta en cambio por una aven­tu­rera de Limerick, Ma­ría Dolores Elisa Gil­bert (1818-1861), sólo recordada por el nombre artístico de Lola Montes. Andaluza inverosí­mil, Lola de­butó en el Covent Garden como su­puesta bailarina española, pero des­cu­bierta su im­pos­tura marchó a Po­lonia donde triunfó du­rante un tiempo en el Gran Teatro de Var­sovia. Mujer de mundo, se con­virtió en amante del rey Luis I de Ba­viera (1786-1868), que la ennobleció con el título de con­desa de Landsfeld. No obstante, su os­ten­tosa intervención en los asuntos políticos de la mo­nar­quía bávara, su liberalismo anti­cle­rical nunca ocul­tado y sus simpatías por Prusia, le granjearon la ene­mistad de los grupos más reacciona­rios de Munich. Ex­pulsada de Ba­viera, aún intentó lle­gar hasta el senil y ena­morado mo­narca disfra­zada con ropas de varón (atuendo por el que sentía cierta afi­ción), en un último intento por recuperar su in­fluen­cia. Se habló tam­bién de un chantaje frus­trado al mi­nis­tro Von Berks mediante unas cartas de las que era de­positaria, pero sus po­sibilidades se des­vanecieron con la abdi­ca­ción del rey de Baviera el 20 de marzo de 1848 (fecha que recuerda a la recogida en BOHE). Sin su pro­tector regio tuvo que regresar a los esce­narios, realizando giras por tierras de Cali­fornia y bai­lando la spider dance ante la mirada rijosa del multi­millo­nario Sam Brannan, líder de los mormones de Sa­cra­mento. En esa época (1854) cono­cería a uno de sus últimos amantes, un ale­mán lla­mado Karl Adler. Al morir éste viajó a Austra­lia, actuando en Ballarat para los buscadores de oro, que lle­nos de entu­siasmo bauti­zaron algunas minas en honor de la falsa espa­ñola con los nombres equi­va­lentes de Lola o Dolores (nombre que Watson evocará a su vez en VAMP y WIST). Pero la tesis de Nor­don se derrumba también al compa­rar las fechas: Lola Montes llevaba casi treinta años en­terrada en Nueva York cuando Irene Adler aún se paseaba por Lon­dres. Sin embargo, la evidente impo­sibilidad de esta última iden­tificación no resta interés al intento, ya que no es im­probable que Watson atribu­yera a Irene Adler he­chos toma­dos de la biografía de Lola Montes, una mujer de la que aún quedaba el ví­vido recuerdo en Ba­llarat en la época en que el joven Wat­son anduvo por esa localidad aus­traliana (SIGN).

Tampoco puede eliminarse la hipótesis de una in­terven­ción del agente litera­rio del Doc­tor. Se sabe que Arthur Conan Doyle es­tuvo con su esposa en Viena en 1891, y consta que en su poder se hallaba el ma­nuscrito original de BOHE, sin duda para efectuar las correccio­nes que consi­derase oportunas antes de pro­ceder a su publi­ca­ción en las pági­nas de The Strand Ma­ga­zine en julio de aquel año. Doyle conocía bien la fabu­losa historia de Lola Montes desde sus tiempos de estudiante en la es­cuela de los jesuitas de Feldkirch en 1876, por lo que el tono general de in­triga cen­troeu­ropea y al­gunos rasgos de la señorita Ad­ler po­drían haber sido una aportación del agente de Watson, desti­nada a oscurecer cualquier posi­bili­dad de identifi­ca­ción satis­factoria del perso­naje y evitar de ese modo una eventual aplica­ción de las leyes anti­li­belo.

Aunque nunca ha figurado —que sepamos— en la lista de pretendientes al título de la mujer, iguales o mejores méritos que todas esas improbables candidatas los tiene la contralto española Elena Sanz Martínez de Arizala (1849-1898); artista que cosechó sus mejores éxitos en la Scala de Milán entre 1870 y 1876 y en las óperas de París, Londres o San Petersburgo. En el cénit de su carrera (a los veintinueve años, como Irene) abandonó la escena definitivamente por causa de su liaison con Alfonso XII (1857-1885), Rey de España, al que había conocido de estudiante en Austria con motivo de su paso por el Teatro Imperial de Viena. El romance comenzó en 1877, cuando Elena interpretó en Madrid el premonitorio papel protagonista de La Favorita, ópera de Donizetti en la que daba cuerpo y voz a Leonor de Guzmán, amante de Alfonso XI de Castilla, y en la que, por cierto, se disfrazaba también de novicio. Pérez Galdós la describió en su día como “una dama elegantísima, guapetona, de grandes ojos negros fulgurantes, carnosa, espléndida en hechuras, bien plantada”, aludiendo a su garbo vestida de muchacho en el papel de Maffeo Orsini de Lucrecia Borgia [Episodios Nacionales. Cánovas. Perlado, Páez y Cía., Madrid 1912, cap. XVII]. Y Emilio Castelar, en pleno delirio erótico y retórico, alabó la voluptuosa carnalidad de la cantante, a la que comparó con “una divinidad egipcia” de ojos insondables cual dos abismos que llevan a la muerte y al amor”.

Auspiciado por Isabel II, el amancebamiento del Borbón y Elena se impuso a los dos matrimonios del Rey y de la unión ilícita nacieron, en 1880 y 1881, sendos bastardos, con los que su madre se vió obligada a instalarse definitivamente en París ante el tímido apoyo recibido del monarca, muy entretenido entonces con Adelina Borghi, La Biondina, otra contralto, y las cada vez mayores presiones de la Reina María Cristina de Habsburgo-Lorena (1858-1929), nacida archiduquesa de Austria y princesa de Hungría y Bohe­mia, conocida popularmente como ‘Doña Virtudes’ por su estricta moralidad. Al morir Alfonso XII, y serle retirada por la Reina la pensión que aquel le enviaba con relativa puntualidad, Elena, por medio del republicano Nicolás Salmerón, hizo saber al intendente de la Casa Real que poseía más de un centenar de cartas y algunas fotografías de su antiguo amante que acredi­taban de sobra aquellas filiaciones y que estaba dispuesta a darlas a la publicidad.

Fermín Abe­lla, conforme a lo ordenado por la Reina Regente, negoció con Elena Sanz la devolución de los documentos, llegando a un acuerdo el 24 de marzo de 1886 por el que ésta se comprometía a no revelar ni reivindicar la regia paternidad de sus hijos Alfonso y Fernando a cambio de un capital a su favor con cuyas rentas subvendría a las necesidades de las criaturas. El peculio —un de­pósito en deuda exterior— habría de garantizarles también 700.000 fran­cos cuando los niños cumplieran la mayoría de edad. Lo que nunca ocurrió ya que, poco des­pués del fallecimiento prematuro de Elena Sanz, el banco francés donde se había constituido el fondo quebró sospe­chosamente, no quedando rastro del dinero.

Lily Langtry

Para Julian Wolff [«The Adventuress of Sher­lock Holmes. Some Observations Upon the Identi­fication of Irene», The Ba­ker Street Jour­nal, NS, enero 1957, vol. VII, nº 1] o Michael Harrison [«Sherlock Hol­mes y “la mujer”. Un in­forme explicato­rio del Doctor John H. Watson» en Las Nuevas Aven­turas de Sher­lock Holmes; Val­demar, Madrid 1992], Irene Adler se­ría en realidad la célebre Li­llie Langtry (1853-1929), de soltera Emi­lie Char­lotte Le Breton, también conocida por su nombre artís­tico de The Jersey Lily, alu­sivo a su lu­gar de naci­miento (la isla de Jersey, donde su padre era deán) y a un cua­dro del pintor Millais para el que posó como modelo con un lirio en la mano. Des­pués de su matri­monio con Edward Langtry se lanzó a la conquista de Lon­dres, dedicán­dose al teatro. Pese a ser una mediocre ac­triz su activi­dad le re­portó éxito y multitud de admira­do­res, entre ellos, el futuro rey Eduardo VII de In­gla­terra (del que fue amante notoria) o Luis de Batten­berg (1854-1921), con el que al pare­cer tuvo una hija, Jeanne-Marie, en 1881, una de las causas de la diso­lución del matrimonio con su con­sen­ti­dor ma­rido, un indivi­duo corto de luces y afi­cio­nado a la bebida. Ciudadana americana desde 1887, se con­virtió en 1899 en la es­posa del mucho más joven baro­net Hugo de Bathe (1871-1940) con el que vivió hasta su muerte en Mónaco en un curioso régimen de separa­ción de bienes y cuerpos (vivían en casas separadas, aunque muy próximas), roto sólo para asistir juntos a algún que otro compro­miso social. Esta identificación es la que más partidarios ha cosechado entre los eruditos holme­sianos.

© Juan Requena

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9 Responses to “Irene Adler: la mujer”


  1. 1 belakarloff
    6 mayo 2010 en 9:13

    No podía faltar, obviamente, un artículo dedicado a LA MUJER, Irene Adler, y aquí lo tenéis…

  2. 2 Quatermain
    6 mayo 2010 en 17:10

    Un artículo sumamente interesante.

  3. 6 mayo 2010 en 20:44

    Lo dicho; si un día me veo obligado a dejar de escribir sobre temas holmesianos, lo haré con el espíritu tranquilo, sabiendo que existe Juan Requena.

  4. 7 mayo 2010 en 15:20

    Pauline Lucca puede ser, visto lo visto, de las candidatas menos interesantes a ser una hipotética “Irene Adler real”, pero seguramente esa anécdota de la foto con Bismarck, si fue conocida en su momento por la prensa (que me imagino que sí), fue probablemente una fuente de inspiración para nuestro autor, tan dado al parecer a buscar inspiración en viejos periódicos como su personaje.

    Por cierto que eso de que “Irene Adler es el único personaje que juega limpio” en BOHE y que los únicos “que delinquen son el propio Holmes y su mandante” es una exageración además de una observación sesgadísima que hace pensar que el propio sr. Requena ha caído bajo la influencia de la propia Adler, lo cual no es raro en absoluto. Si estar llevando a cabo un chantaje no es delinquir… Yo más bien diría que, donde pisa Adler, se extiende el delito, que para eso es una mujer fatal.

    Y algo más: El relato de Friné y Praxíteles invertido que es el plan de Holmes en el relato pudo precisamente ocurrírsele por la condición de “hetaira” de Adler. A fín de cuentas, el que era muy amigo de subestimar a las mujeres era Holmes, y no podría haber previsto su fracaso al no escapársele la culta dama ese paralelismo. …

  5. 8 mayo 2010 en 14:48

    Excelsior!! Un trabajo absolutamente “superbe” sobre uno de los secundarios más importantes del canon. Personalmente encuentro muy interesante la comparación de Irene con personajes reales y contemporáneos que pudieron inspirarla, ya que sabía lo de Lola Montez pero desconocía las otras candidatas.

    Saludos.

  6. 6 belakarloff
    10 mayo 2010 en 7:48

    Lily Langtry, por cierto, fue muy admirada por el auto-proclamado juez Roy Bean, en el Oeste americano, como cuenta John Huston en su película “El juez de la horca”, donde a Langtry la interpreta Ava Gardner, que hubiera podido ser una Irene Adler muy adecuada en una hipotética película…

  7. 7 Jabez Wilson
    10 mayo 2010 en 12:45

    A propósito de todo lo anterior , me encuentro en la Red con información sobre el reciente estreno de la obra de teatro ” Sherlock Holmes and the Case of Jersey Lily” en la que Katie Forgette , su autora, imagina un encuentro entre ambos personajes.

    Dejo el link:

    http://stpaul.broadwayworld.com/article/SHERLOCK_HOLMES_AND_THE_CASE_OF_THE_JERSEY_LILY_Plays_Park_Square_611_20100507

  8. 8 Jabez Wilson
    10 mayo 2010 en 12:50

    ¡Ah!
    y otro link con unos minutos de la serie “lillie” sobre la vida de Miss Langtry en el que aparece con Oscar Wilde (quien, por cierto, también lo hace en la obra de teatro citada).

  9. 9 doctorwatson65
    10 mayo 2010 en 20:06

    Interesante artículo… Veo que la actriz de “lillie” es Francesca Annis… Vaya, la serie es de 1978


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