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Un caso en Brighton House

El presente es uno de los relatos que nos fueron remitidos con destino al concurso literario, y que no ha resultado vencedor, aunque su interés y simpatía nos ha inducido a publicarlo también. Esperamos que os guste.

Un caso en Brighton House

por Anna Canals Bonamusa

Agnes Wyndham tenía una inquietud que la atormentaba. ¡Deseaba con toda su alma liberarse de ella! Hacía ya tantos días que había esperado el momento oportuno para solucionarlo que ya casi había perdido toda esperanza. Sin embargo, un rayo de luz iluminaba ahora su pálido semblante: se había presentado una oportunidad. Había escuchado rumores sobre el eficaz y minucioso trabajo de un detective consultor llamado Sherlock Holmes. Eso era lo que necesitaba, sin duda. Reunió todo su valor y se presentó, una fría mañana de octubre, ante el 221b de Baker Street. Mrs. Hudson abrió la puerta y le indicó el camino. Agnes subió las estrechas escaleras que conducían al primer piso con paso lento e inseguro. Llamó dos veces sin recibir respuesta. Temiendo su atrevimiento, abrió la puerta y se introdujo en la estancia. Una densa nube de humo impregnaba el ambiente, dejando tan solo entrever la figura de un hombre recostado en su sillón, fumando con pipa.

–Disculpe, señor… –empezó a decir Miss Wyndham.

–Silencio –se apresuró a decir Sherlock Holmes, imperturbable. Su mente parecía estar profundamente inmersa en sus propios pensamientos. Solo de vez en cuando, sus ojos, que cerraba para concentrarse mejor, se abrían repentinamente, viéndose en ellos un destello de luz; un signo de optimismo, de certidumbre.

Agnes Wyndham permaneció de pie, esperando absorta y confundida hasta que una figura, vestida elegantemente, llegó al apartamento con una gran sonrisa en los labios.

–Ah, Watson –dijo Sherlock Holmes saliendo de su letargo–. Confío en que me ayudará a resolver el caso que tengo entre manos. Espero que su vida de casado no le impida echar una mano a su querido compañero, al que hace tantos días que no ve. Me temo que mis asuntos son más apremiantes que su alegría, mi querido amigo.

–Estoy seguro de ello –sentenció Watson–. No obstante…

–Perdone, Mrs… –le interrumpió Sherlock Holmes.

–Miss Wyndham, señor.

–Pase, Miss Wyndham. Siéntese. Soy Sherlock Holmes, y este es mi compañero y ayudante, el doctor Watson. Veo que ha llovido en Hertfordshire.

–¿Pero cómo sabe usted…? –preguntó sorprendida Miss Wyndham.

–Oh, no intente averiguarlo, señorita. Parece increíble, pero es pura deducción –dijo Watson–. ¿En qué podemos ayudarla?

–Ahora mismo se lo digo, señor –respondió Miss Wyndham, sentándose en una butaca ante la muda indicación de Watson–. Siempre he sido una persona asustadiza, pero lo que experimenté en Brighton House fue más de lo que mis nervios podían aguantar. Me contrataron como institutriz hace apenas un año. Mi tarea consistía en educar a dos sobrinos de Mr. Milton Blackburn, el propietario de la casa, que habían pasado bajo su custodia por un tiempo determinado. Las razones de este suceso no se relacionan con el caso, por lo que, si me permiten, los omitiré para no desviarnos del asunto principal.

»Cabe destacar que el señor Blackburn se había casado, poco antes de mi llegada, con la hija de un rico terrateniente, Mrs. Julia Blackburn. Se dice que ambos se casaron por amor; y así me lo pareció siempre, pues veía con frecuencia grandes muestras de afecto entre ellos. Sin embargo, habían prevalecido disputas entre sus familias por la condición social de él, de rango inferior. Parece ser que, a pesar de las convenciones, acabaron solucionándose por el bienestar de la pareja. Los primeros meses transcurrieron con total normalidad: los niños eran realmente encantadores y disfrutaba de mi trabajo. El trato que recibía era afectuoso y muy satisfactorio, por lo que pronto entablé una verdadera amistad con Mrs. Blackburn. En mi opinión, poseía un aspecto bellísimo y cautivador, digno de cualquier dama de la alta sociedad. De carácter alegre, gustaba de pasear por el campo y mantener una buena conversación. Como pueden ver, su conducta, al igual que la de su marido, era ejemplar.

»Una tarde después de cenar, como era mi costumbre, subí a mi modesto aposento con la intención de preparar la clase para el día siguiente. Cuando terminé, me sumí en un sueño placentero. Sin embargo, este se vio súbitamente interrumpido por un grito ensordecedor procedente del otro extremo de la casa. Estremecida por tal acontecimiento, me quedé erguida en la cama, convencida de que todo había sido un sueño, producto de mi imaginación. ¡Cuál fue mi sorpresa! Al día siguiente, y creo que, señor Holmes, aproximadamente a la misma hora, se volvió a repetir el mismo grito; un grito de mujer. Sin duda, de mi querida Mrs. Blackburn.

»Por la mañana, los criados, también extrañados por la repetición del suceso, conjeturaban sobre el acontecimiento. Yo misma, decidida a esclarecerlo, le pregunté a Mrs. Blackburn la razón de su alteración a tan elevadas horas de la noche. Me confesó, visiblemente preocupada, que desde hacía dos días le aterrorizaba algún tipo de pesadilla. Con este mismo argumento le había tranquilizado el señor Blackburn. Seguro que ese temor que le sobrevenía en plena noche era pasajero y, por lo tanto, no debía preocuparse ni angustiarse por nada.

»En verdad, señor Holmes, todos hemos sufrido pesadillas alguna vez, como usted sabrá, así que no le dimos más importancia. No obstante, parecía que ese temor no quería abandonar a Mrs. Blackburn. Cada día su semblante se tornaba más pálido, fruto del insomnio que conllevaba el despertar del delirio, y su alegre carácter empezó a ensombrecerse. Además, según Mr. Blackburn, la pesadilla era, a medida que pasaban los días, más intensa. En vano acudieron diversos médicos para reconocer y tratar su tormento. ¡Ay, señor Holmes! Yo veía cómo empezaba a menguar su salud y no podía hacer nada para remediarlo. La señora no tenía ningún motivo para sufrir y, sin embargo, ahora padecía la más terrible desesperación por alguna causa que ella misma desconocía. Sin embargo, justo ayer aconteció un hecho que me decidió a exponerle mi caso, señor Holmes: a medianoche me desperté con un terrible dolor de cabeza. Me dirigí a la cocina en busca de algún remedio cuando oí ruido de pasos en el corredor. Mr. Blackburn y un criado, John, salían misteriosamente del aposento de Mrs. Blackburn. Lo vi claramente, señor. Me embargó tal estremecimiento que no pude dormir en toda la noche.

»Es por eso que, habiendo escuchado recientemente sobre su trabajo, Mr. Holmes, y sin que nadie de la casa lo sepa, he reunido las pocas fuerzas que me quedan para pedirle su consejo. Estos últimos días, Mrs. Blackburn ya prácticamente no sale de su habitación, pues está postrada en cama sin apenas efectuar movimiento alguno; tan sólo languidece penosamente. Me temo que le quedan pocos días de vida, a no ser que se encuentre un remedio eficaz de inmediato. ¿Creen que podrán ayudarme?

Sherlock Holmes había permanecido impasible durante casi todo el relato. Por lo general, los casos ordinarios no le llamaban ni la más mínima atención, pero en este le pareció encontrar algo fuera de lo común.

–¿A qué hora suele ausentarse Mr. Blackburn? –preguntó con interés Sherlock Holmes.

–Siempre entre las diez y las doce de la mañana, para atender sus asuntos en la ciudad.

–Muchas gracias, Miss Wyndham. Esté alerta mañana a las diez. Necesitaré inspeccionar la habitación de la señorita Grace. Y ahora, si me permite… Tengo muchas cosas en las que pensar. Acompañe a la señorita hasta la puerta, Watson.

Confundida por la respuesta obtenida, Agnes Wyndham no tuvo más remedio que abandonar la estancia, confiando en la eficacia de aquel a quien había confiado su historia. Cuando Watson regresó, Holmes se levantó repentinamente de su sillón y, cogiendo su abrigo, se encaminó de forma apresurada a la puerta:

–¡Vamos, Watson, el caso ya ha empezado!

Media hora más tarde Sherlock Holmes y su compañero, el doctor Watson, se encontraban en la estación de King’s Cross. Cogieron el tren de la una, dirección Wheatdale. Al llegar, caía una lluvia fina y constante que les dificultó el camino hacia la casa de campo. Sherlock Holmes había decidido explorar los alrededores y esperar el momento oportuno para llevar a cabo el plan que había ideado. Era imprescindible introducirse en la casa e inspeccionar la habitación de la convaleciente. Para ello, una vez terminadas las pesquisas preliminares que Holmes efectuó a escondidas en las inmediaciones de la casa, se alojaron en la posada Count Sheeps, en el pequeño pueblo de Wheatdale. A las diez de la mañana se encontraban ocultos entre los matorrales esperando la ayuda de la institutriz, ¡vestidos de médico y de su ayudante! Miss Wyndham apareció puntualmente en una de las ventanas de la planta baja. Con un gesto, le indicaron su presencia y se dirigieron a la puerta principal. La pobre señorita Grace ni se percató de aquella visita: tal era su estado de agotamiento y debilidad.

–Ajá, Watson, ¡lo que me temía! –exclamó de repente Sherlock Holmes tras haber examinado la habitación con detenimiento. Incluso se permitió observar minuciosamente a la moribunda mujer–. Miss Wyndham, envíe rápidamente un telegrama al inspector Lestrade, de Scotland Yard, para que se persone aquí con la mayor presteza posible. A Mr. Blackburn le sorprenderá una visita inesperada.

–¿Pero qué…? ¿Quiénes son ustedes? –exclamó el propietario cuando se personó en el aposento de su esposa poco rato después.

–Buenos días, Mr. Blackburn –dijo Holmes con una mirada escrutadora en su rostro. Deje que me presente: me llamo Sherlock Holmes, encantado de conocerle. Ah, me temo que ha quedado usted impresionado –sentenció el detective al ver que el señor Blackburn no articulaba palabra alguna–. Sospecho que estaba usted a punto de cometer un asesinato. Por eso estoy aquí, para impedirlo.

–Márchese inmediatamente. No tiene usted derecho a irrumpir en mi casa y amenazarme con esa clase de improperios. ¡Y en la habitación de mi mujer! ¿Es que no ve que está terriblemente enferma? –expresó Mr. Blackburn visiblemente nervioso y haciendo ademán de expulsar a los intrusos de la habitación.

–Una de mis pruebas es concluyente, señor Blackburn. ¿Por qué no charlamos tranquilamente en la biblioteca? La policía está a punto de llegar. Si yo fuera usted no trataría de escapar. Me temo que no vale la pena resistirse.

–No sé qué pretende con esta farsa, pero le aseguro que se arrepentirá de esto.

–Ah –suspiró Holmes cuando se recostó cómodamente en un sillón de la biblioteca–. ¿Sabe usted que últimamente se han hecho tremendamente populares los espectáculos de hipnotismo? Lo habrá escuchado, estoy seguro. E incluso asistido a alguno. Sí, aquella pantomima le sugirió una idea excelente. Se apresuró en aprender su técnica; cualquiera de esos fantoches hipnotistas le habrá enseñado por unas pocas monedas. Incluso usted se sorprendió al ver que el truco funcionaba a la perfección. ¿Quién sospecharía de usted? Aprovechó esta oportunidad para infundir alucinaciones en la mente de su mujer con la intención de causarle la muerte; una muerte larga y dolorosa. Es usted un hombre sin escrúpulos, Mr. Blackburn; perverso e ingenioso. Sólo cometió un único error: suministrarle una sustancia tóxica en pequeñas dosis para que olvidara cada sesión hipnótica. Una cantidad casi imperceptible; no para mí, evidentemente. Noté sus efectos en los labios de Mrs. Grace; eso me dio la pista definitiva. ¿Podría ser tan amable de enseñarme el pequeño frasco, Mr. Blackburn? Lo lleva usted encima; no se arriesgaría a dejarlo en la casa, a merced de cualquiera que pudiera encontrarlo. Pero…

–El dinero, Mr. Holmes –dijo Milton Blackburn totalmente aturdido y acorralado. Una sonrisa maliciosa pareció contorsionar cruelmente su rostro–. La herencia de mi mujer era demasiado sustanciosa. No podía esperar tanto tiempo, ¿no se da cuenta? Persuadí a mi familia para que aceptaran el matrimonio y les expuse mis intenciones.

–Y su hermano fue tan insensato como usted. Haciéndose pasar por un criado… ¡Ah, Lestrade! Llega usted justo a tiempo. Vámonos, Watson. Aquí ya no hay nada más que hacer. Que pase un buen día, Miss Wyndham.

–Pero, ¿cómo supo que practicaba el hipnotismo? –preguntó Watson una vez alejados de Brighton House.

–Mi querido Watson, no se lo va a creer… Encontré un panfleto medio quemado sobre una sesión de hipnotismo. No me costó deducir, a partir de su hallazgo, los acontecimientos. Llámelo suerte, si quiere. Pero, en el fondo, es elemental.

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8 Responses to “Un caso en Brighton House”


  1. 14 septiembre 2011 en 16:27

    Pues helo aquí… ¡¡Con hipnotismo y todo!!
    Fantástico.

  2. 14 septiembre 2011 en 19:10

    Bueno, pues éste es mi relato, jeje. Al final me salió una historia típica, y con un final un poco precipitado. Gracias, Luis, por tu comentario.

    Y gracias también a Carlos 🙂

  3. 15 septiembre 2011 en 7:48

    Así que eres tú, Beldz. Enhorabuena por tu aportación. Cuando recibamos en próximas convocatorias trescientos cuentos, podremos dar más premios, incluso de una forma sólida…

  4. 19 septiembre 2011 en 8:37

    Yo optaría más por un cursillo de encaje de bolillos…

  5. 7 De Maupertuis
    22 septiembre 2011 en 13:21

    Estupendo.Se nota que la autora se ha leído bien el Canon.


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