08
Sep
11

“Danza macabra”: Ganador del Primer Concurso de Relatos 221B

A continuación os ofrecemos el relato ganador del Primer Concurso de Relatos 221B. Gracias a todos por su participación, y en próximas fechas convocaremos el Segundo Concurso de Relatos 221B. Esperamos vuestras aportaciones masivas.

Danza macabra

Un relato de Luis Míguez

 

Ya pasa de la medianoche en el East End londinense. La luz de las escasas farolas en buen estado, privada de su brillo por jirones de niebla de un color malsano, apenas se abre paso entre este laberinto negro. Restos de carteles de todo tipo se pudren sobre las paredes, y el empedrado de las calles acumula una leve pátina que parece ser de cieno.

Durante el día el estirado burgués evita frecuentar estas calles, por ahorrarse la molestia de coincidir con sus semejantes más desfavorecidos y por temer, tal vez con razón, por su integridad física. A estas horas puedo prometer que no entraría en ellas nadie que no ande buscando codearse con monstruos y ruinas humanas. O con diabólicos extranjeros. Como yo.

Me fijo con ironía en una pancarta medio arrancada, en la que se llama al inglés honrado a rechazar al inmigrante, pero no debo distraerme. Me estiro mientras me apoyo contra la esquina y miro a mi alrededor, en todas direcciones. No viene nadie. Me arrebujo un poco en el abrigo y aprovecho el cuello levantado para cubrirme un poco más la cara. Intento convertirme en parte de la calle, quedarme completamente inmóvil, procurar que la sombra de mi sombrero hongo me tape los ojos, hacerme tan poco visible que nadie que pasara a mi lado pudiera distinguirme.

Debo estar poniéndome la espalda perdida de humedad, lo cual me molesta. No es por que me alcance el frío, que no lo hace, sino por el propio abrigo, que no será el más lujoso que he llevado, pero es bueno. Me sigue gustando lo bueno, qué se le va a hacer, y me molesta echarlo a perder. A fin de cuentas en el gran bolsillo interior ha cabido sin problemas el objeto y no da muestras de irse a romper, y siendo su peso el que es, creo que esto da una gran muestra del buen hacer de la sastrería.

Bueno, “el objeto”. Tiene nombre, pero me cuesta relacionarlo con él, pues al principio se me señaló simplemente así. Con “al principio” quiero decir cuando me encargaron su robo, naturalmente. De ello hace unos meses. Me hallaba en Berlín tras un par de rápidos viajes de trabajo a Londres, y aunque me dedicaba a mis placeres admito que deseaba cambiar de aires, precisamente porque en cuanto piso la amena capital de Brandenburgo mis reservas económicas comienzan a peligrar. Cuando alguien quiso contactar conmigo pensé que, aunque intentaba guardar la discreción debida, el éxito de mis últimos trabajos no era desconocido en determinados círculos y mi nueva reputación debía haber hecho el resto. Me equivocaba, pues quien me buscaba era Irene, quien, desde luego, conoce mi reputación y mi nombre reales. Llevo sin invocar ambos prácticamente desde mi segundo exilio, pero ella es casi la única persona que, aún hoy, no lo tendría difícil para conjurarme de entre los muertos. Tenía yo en mente que se había casado y retirado, y además que casi siempre ha trabajado sola, pero me aseguró que representaba de modo eventual a alguien con quien no tenía relación directa. Me habló del objeto y de robarlo. “Se halla en una colección privada en Malta”, me dijo, “es tan sólo una estatuilla aunque de gran valor, esperan poder contar con un agente de tu talla…”

Acepté, claro, pues el precio que se me ofrecía era fenomenal. Además siempre me agrada la aventura. Mi viaje a Malta no constituye una verdadera historia, el único retraso que tuve duró el tiempo estrictamente necesario para renovar mi guardarropa de cara al clima mediterráneo, y pronto me vi en aquella hermosa isla. Eso sí, durante todo el trayecto no dejé de pensar en quién podría ser mi patrón. Pensé en Swearengen, por supuesto, pero que yo supiera no había abandonado el continente americano, y en cuanto a Adam Worth tengo entendido que sigue entre rejas. Hacía ya largos años que la ejecución del barón Maupertuis había dejado a Europa sin una de sus mentes más notorias a la vez que sin la más peligrosa de sus amenazas criminales. No podía imaginar quién estaba detrás de esta empresa. Así que, en resumen, me incomodaba la incertidumbre de no saber para quién estaba trabajando.

Al llegar a Malta no esperé un segundo para ponerme al trabajo. Busqué alojamiento y en seguida di con uno muy oportuno, una casita cuyos inquilinos estaban abandonando con cierta precipitación. Comencé mi habitual descenso a las tabernas portuarias de peor nota que pude encontrar, buscando entre ladrones información útil sobre casas de ricachones que pudieran guardar buenos botines, y aunque la ubicación de mi estatuilla era secreta, unos cuantos rumores bien seleccionados me indicaron con bastante seguridad cual era el lugar más probable para encontrarla. Espié dicho lugar, una formidable mansión, llegando en un momento dado a infiltrarme en ella. No era aquella la noche idónea para ello, pues lo que hice fue meramente aprovechar una oportunidad favorable, y corría cierto riesgo debido a la presencia de un guardés bastante atento que realizaba frecuentes rondas. Cual sería mi sorpresa al descubrir que precisamente aquella persona acababa de enfermarse, guardaba reposo y me había dejado el campo abierto. Enseguida tuve un verdadero plano mental de la disposición de todas las estancias. Sabía ya la ubicación de lo que había venido a buscar, pero no estaba preparado para asaltarla. Me decidí a volver a la noche siguiente y actuar, tras haberme entregado durante el día a un sueño reparador.

La oportunidad accidental de entrar en la mansión y la casual indisposición de su guardés no me tranquilizaron, pese a lo que se pueda pensar. Podría extenderme un buen rato en pormenores, pero en realidad todo es tan sencillo como que, conforme progresaba en mi misión, me veía respaldado por algunas afortunadas coincidencias. La rápida localización de mi objeto, la ausencia de ningún percance desde que me había subido al primer tren en Berlín, incluso las óptimas circunstancias que me habían permitido ocupar mi actual base de operaciones, sumaban un conjunto tan favorable a mis planes que me sumía en una incertidumbre mayor que la que ya venía sintiendo, pues me considero desconfiado por naturaleza. Esa misma mañana, y mientras trataba de descansar, entró en la casa un desconocido y me sacó de dudas.

Era uno de aquellos a los que había observado en las tabernas. Absolutamente todas aquellas coincidencias favorables, según me dijo, habían sido orquestadas siguiendo órdenes de mi invisible patrón por personas que me vigilaban. Además le habían ordenado ofrecerme un ingenio portátil, que me mostró, con el que podría atravesar el acero de cualquier caja fuerte, tardando menos tiempo en alcanzar su contenido que si me molestaba en abrirla. Al parecer había sido desarrollado por un relojero ciego, lo cual debía impresionarme. Me hubiera reído. Bah, quién sabe. Sin embargo yo estaba más furioso que agradecido y eché de mi presencia a aquel mentecato, sin dignarme a responderle acerca de su juguete.

Puedo asegurar que mi malestar se había acrecentado. Pensé de forma desordenada que, forzosamente, estaba trabajando para una organización con bastante alcance, y no para un simple patrón criminal, como había sido mi idea hasta entonces. Pero seguía sin saber cual sería la identidad de aquellos empleadores. ¿Una sociedad secreta, tal vez? ¿Cuál? Los italianos no, pues si querían contratar a un agente independiente como yo podían hacerlo directamente y sin tapujos. Los Gentlemen of the Night habían desaparecido al menos en la época de mi infancia, y dudaba de que los Habits Noirs siguieran existiendo todavía.

Resolví, apartando de mí aquellas meditaciones, terminar lo que me había llevado hasta aquella isla antes de preocuparme por nada más. Entré, pues, en la mansión a la noche siguiente y gané el sótano en el que se escondía mi tesoro sin ser descubierto. En efecto, había una caja fuerte, que fui capaz de abrir tras no poco forcejeo. Cuando ya me batía en retirada habiendo cobrado mi pieza fui descubierto por el dueño de la casa, un verdadero energúmeno, al que acompañaba el guardés, que estornudaba y no parecía capaz de tenerse en pie. Temí que me dispararan, pero para mi felicidad tuvieron la original idea de atacarme con sendos sables, lo que me dio oportunidad de practicar algo de esgrima. En cuanto hube apuñalado al pobre enfermo con uno de mis cuchillos, agarré su arma y me medí con su señor que, me temo, ahora también me espera en el Infierno. Nada de esto estaba en el plan, es cierto, pero no lo lamento. Lo único deplorable de todo esto es que me vi en la penosa obligación de tener que disponer también de una criadita, con la que me topé en mi carrera hacia la salida. No voy a pretender, desde luego, que era la primera mujer que he matado, pero tales eran las virtudes que parecían adornarla que a quitarla de en medio de aquella manera hubiera preferido besarla. Y darle el indulto después, naturalmente. No podría matar a quien he besado.

Ya en la calle un policía atraído por el escándalo me persiguió un trecho, pero antes de que pudiera pedir ayuda o alcanzarme fue atropellado por un carruaje que apareció repentinamente, lanzado en la noche como un proyectil. No me detuve, y ahí comenzó mi huida. Tenía todo preparado para abandonar Malta, así que en principio tomé mi curso normal de fuga, pero pronto me desvié con intención de no acudir a mi cita en Berlín. He vagado intentando atraer la atención de mi cliente, pero sin obedecer ninguna de las instrucciones que acordamos por medio de sus agentes, y mis días se han vuelto particularmente interesantes desde entonces. Han intentado atropellarme con otro carruaje, arrojarme a una vía de tren y viví unos momentos particularmente emocionantes cuando hube de huir a caballo por los abruptos campos dela Bretañade la persecución de otro jinete. Llegué a Inglaterra y finalmente he conseguido citarme con mi empleador. Por eso me hallo en esta ciudad y en esta escondida calle, y por eso esa persona debería aparecer de un momento a otro…

¿Por qué lo he hecho? Debería decir que los secretos me encantan, pero en el caso de que yo los comparta. Si descubro uno que excite mi imaginación he de estar involucrado de alguna manera en él, y no concibo ninguna otra opción. Hay en todo este asunto facetas evidentes, como la razón del deseo de mi misterioso patrón por poseer el tan traído y llevado “objeto” que, al mismo tiempo que una estatuilla de oro y joyas de gran valor material en sí misma, supone además toda una rareza. Descubrí mientras la buscaba que tiene una leyenda aparejada bastante rara e inverosímil, pues se dice que fue un regalo dela Ordende Malta para el emperador Carlos V, que le habrían enviado formando parte de un tributo y que nunca habría llegado a sus manos. Una tontería, pues, ya que este tesoro podría haber sido un tributo oficial o un regalo, pero no una cosa y la otra. Quien inventó ese cuentecillo no estaba, desde luego, muy familiarizado con las costumbres de la nobleza.

No, lo que me ha espoleado en la dirección tomada es la deliberada ocultación de la identidad de mi cliente, así que mi intención es hacerle recoger el objeto en persona y así conocerle, y aunque me gustaría además cobrar lo pactado, estoy predispuesto a aceptar que esto último no sea ya posible. Puede que esta vez haya llegado demasiado lejos para satisfacer mi curiosidad, pero en cualquier caso sabré quién estaba detrás de esto, y espero que no sea lo último que sepa…

La calle está ahora desierta, y desde hace largo rato ni siquiera algún borracho ocasional cruza su desolación. El silencio se ve roto por pocos y lejanos ecos. Desplazo mi peso de un pie al otro, luchando porque mis piernas no se duerman. Echo de menos una copa de vino para calentarme ahora que trago en su lugar una bocanada de aire helado, y procuro aguzar mis sentidos ante el sonido de unos cascos de caballo que retumban entre la niebla, en algún lugar fuera de mi vista.

De pronto, desde el final de la calle irrumpe un carruaje, rompiendo las brumas y causando un relativo estruendo en el silencio reinante. Pese a lo moderado de su velocidad, no puedo evitar cierto malestar cuando su negra masa se acerca a mí, debido a mis recientes malas experiencias con estos vehículos. Espero sinceramente que el haberme situado en una esquina me otorgue la cierta ventaja táctica que tengo en mente si debo huir de él. Por lo pronto, aguardo a que se sitúe frente a mí y se detenga, y en ese momento avanzo decididamente hasta la ventanilla y me asomo por ella.

Dentro, sentado cómodamente entre cortinillas y terciopelos tan negros como el resto del carruaje, se halla un único ocupante, un hombre de cierta edad, pálido, vestido con levita y con una capa sobre los hombros. Desde su cabeza casi calva, coronada por una amplia frente, me miran unos ojos agudos bajo un ceño fruncido, que escrutan mis rasgos atentamente. Mientras, su dueño aprieta los labios en un gesto más cercano a la severidad que a la ira. Su aire serio y grave, su apariencia de dignidad, el lujo apagado y discreto que le rodea, incluso la bolsa y el sombrero de copa que aguardan a su lado en el asiento, me traen a la mente a un catedrático o a un adinerado profesor mucho más que un líder criminal. Entonces me recorre un escalofrío. Ya sé ante quién estoy. Pero es imposible, me digo, este hombre lleva años muerto…

Me llevo la mano al pecho, con intención de buscar dentro de mi abrigo la estatuilla y arrojarla dentro del carruaje, como si así fuera a conjurar esta visión salida de algún rincón del Hades.

 –Alto –ordena el hombre, rompiendo por fin el silencio. Me detengo en seco, de modo involuntario. Su voz es del más autoritario de los tonos–. Conozco su gran habilidad como lanzador de cuchillos. Sírvase, antes de extraer nada de sus bolsillos, mirar por encima de su hombro derecho, a la primera ventana del segundo piso del edificio que tiene a sus espaldas.

Sigo esa orden tan concreta, y no hallo en esa ventana nada que no haya visto antes tanto en ella como en las demás. Oscuridad, y el brillo mortecino de alguna luz encendida en alguna estancia interior, cuando repentinamente capto el reflejo de algo metálico que se mueve apenas, con la sola intención de que lo vea. Es, sin duda, el cañón de un arma de fuego que me tiene en su punto de mira.

–Ahora, por favor –continúa el Profesor–, hágame entrega del objeto. Extráigalo con cuidado, ya sabe a qué le expone cualquier movimiento brusco… –Toma el bulto que le tiendo entre sus huesudas manos, retira apenas el papel que lo envuelve para darle una ojeada carente de emoción, lo guarda con método y en silencio en la bolsa… Y vuelve a dirigir hacia mí su atención, oscilando la cabeza levemente, con gesto algo reptilesco, como si me fuera a observar primero con un ojo y luego con el otro–. No ha hecho usted un gran trabajo –me recrimina–. La improvisación es algo molesto, inútil las más de las veces, que puede dar al traste con el plan más elaborado. Estaba usted respaldado por mi maquinaria, así que debía haber funcionado como una pieza de esa maquinaria. Sus travesuras han sido como el desgaste de un delicado mecanismo o como la ruptura de un objeto de precisión. Afortunadamente aquí está usted y el objeto requerido.

–Tengo mis propios métodos –replico, sintiendo al hacerlo que me vuelven en algo las fuerzas–. Y además soy, como habrá podido comprobar, muy curioso.

–Me consta que lo es –asiente el Profesor, con cierta mueca–. Y eso me lo ha puesto muy fácil a la hora de conducirle, sin revelar mi identidad, hasta Londres, mediante los debidos estímulos. Ah, ¿se sorprende? ¿No pretenderá haber elegido usted mismo el lugar de nuestra cita, mein Herr Graf?

¡Conoce mi identidad! Admito que mi semblante debe haber dejado traslucir cierta sorpresa ante sus afirmaciones anteriores, pero esto es sencillamente demasiado. ¡Conoce el título que me corresponde por derecho pero que nunca más podré aprovechar en público! ¡Eso quiere decir que sabe quién soy, que sabe el secreto de este destierro de mi pequeño país, que sabe que, como él, he fingido mi propia muerte! De la sorpresa y el estupor paso sin quererlo a manifestar otros sentimientos. Le clavo la mirada, aprieto los dientes… Y recuerdo a tiempo el muy tangible peligro que pende aún sobre mí.

–Tanto usted como yo estamos muertos para el mundo. Usted estaba muerto para mí, y yo para todos los demás –exclamo–. ¡He sido un muerto persiguiendo a otro!

–Todo podría haberse reducido a un juego de sombras –me responde el Profesor, con tranquilidad–, pero usted, mein Herr, lo ha convertido en una danza macabra. Y 1897 no me parece una fecha muy adecuada para tan arcaica tradición. –Busca brevemente en su bolsa, y me tiende una sencilla cartera de piel proveniente de ella–. Tenga, su pago. Como comprenderá he aplicado a la suma una rebaja proporcional a su retraso en la entrega, y estoy seguro de que lo encontrará de lo más razonable. Y ahora, puede usted dar por terminada nuestra danza. O el silencio de los cementerios vuelve a caer sobre los muertos, o no habrá modo de que podamos volver a hacer tratos en el futuro.

Creo que he musitado un “buenas noches, Profesor” mientras daba un rápido vistazo al contenido de la cartera y me apartaba de la ventanilla sin darle la espalda. El Profesor me dedica una profunda inclinación de cabeza y un “Herr Graf, buenas noches a usted también”, antes de golpear el techo de su carruaje y de que éste arranque. Ya no hay nadie en la ventana. Pronto me quedo solo, completamente solo, entre los jirones de niebla y la mortecina oscuridad.

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10 Responses to ““Danza macabra”: Ganador del Primer Concurso de Relatos 221B”


  1. 8 septiembre 2011 en 7:49

    No recordaba que mañana es fiesta, así pues aquí tenéis el relato, para que lo disfrutéis.

    Como verés, está lleno de guiños y alusiones. Reto a los lectores que vayan desentrañando aquí todas las referencias que encuentren…

  2. 8 septiembre 2011 en 12:27

    Pues aquí está, lo someto humildemente a vuestra consideración… Un saludo a todos.

  3. 3 Birdy Edwards
    9 septiembre 2011 en 11:15

    Leido pues…..muy bueno, Moriarty, Halcon Maltes??, Deadwood??!!

    • 9 septiembre 2011 en 11:50

      Tres “correctas”, por supuesto, sr. Edwards…

      ¡¡Hay más, claro!! Todo está planteado como un juego referencial, ya que tanto nos gustan a los holmesianos y los pasticheros… En realidad, me temo que como me dijo un amigo al que le pedí echara un vistazo al manuscrito antes de enviarlo, “sólo falta la princesa del super Mario”…

  4. 12 septiembre 2011 en 7:51

    Tu amigo se equivoca. También falta que aparezca Tarzán de los Alpes…

  5. 12 septiembre 2011 en 14:44

    ¡Me ha encantado! Pero la verdad es que a mí se me escapan las referencias. A ver si se van desentrañando estos días 🙂

  6. 9 haroldstackhurst
    31 octubre 2011 en 22:58

    El relojero ciego ¿no será un fabricante de armas ciego de nombre Von Herder?


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