31
Ago
11

Vermissa Valley, una hipótesis

Simply as a mental exercise, without any asser­tion

that it is true, let me indicate a possible line of thought.

[Simplemente como ejercicio mental, sin asertación alguna de que sea verdad,

déjeme indicarle una posible línea de pensamiento].

Sherlock Holmes The Valley of Fear 

 

Aquélla era una criatura de la ira, con la boca abierta

y los ojos feroces y enrojeci­dos, cuyo efecto se veía

exage­rado por las dos lámpa­ras eléctricas que los

ilumina­ban de tra­vés. Sobre el regazo tenía un gran fo­gón que,

como pudi­mos observar al acer­car­nos, es­taba lleno de cenizas.

—¡Moloch! —dijo Maracot—.

Arthur Conan Doyle El abismo de Ma­racot 

 

En el escondite secreto de una casona de Sussex el indiano John Dou­glas, presin­tiendo tal vez la inminencia de su muerte, quiso de­jar constancia escrita de unos acontecimientos que marcarían su ineludi­ble destino, al tiempo que explicaban, desde el pasado, la pre­sencia de un cuerpo sin rostro ten­dido en el salón de la antigua heredad de Birlstone Ma­nor.

Ese manuscrito —que se vislumbra apresurado y breve dadas las cir­cunstan­cias de su redacción— del que fue en otro tiempo John Birdy Edwards, serviría muchos años después de fuente primaria al Dr. Watson para contar “a su ma­nera” y siguiendo el consejo del pro­pio Douglas[1], parte de los hechos de un caso de Sherlock Hol­mes dado a conocer al público bajo el nombre melodramático de El Valle del Terror[2].

 
 
 

 

J. L. Errazquin - Jack McMurdo (2009)

J. L. Errazquin - Jack McMurdo (2009)

 

Aunque algunos eruditos cuestionan la plena autoría watsoniana de aquellos capítulos de la historia que narran, en tercera persona, la inje­rencia de Edwards/Douglas en una logia de pistoleros que man­tuvo ate­mori­zadas a las po­blaciones de una cuenca minera norteameri­cana en el siglo XIX, lo cierto es que hoy pocos discu­ten que tras el seudónimo de los Scowrers[3] se ocultaban en realidad los Molly Magui­res. Unos obreros de origen irlan­dés que, agru­pados en una sociedad secreta calcada de las que ope­raban en su isla natal contra los terra­te­nientes bri­táni­cos, se enfren­taron por la fuerza a las compañías carbonífe­ras y a la omni­presente Reading Rail­road en los ya­ci­mientos de an­tracita del Estado de Pennsylvania.

Por tanto, la peligrosa aventura que John Edwards desarrolló por cuenta de los Pinkerton, en torno a 1875, bajo el nom­bre su­puesto de Jack McMurdo, ape­nas diferiría de la que, por idénticas fe­chas, en la misma re­gión y con éxito pa­rejo, llevó a término entre los revoltosos mineros de Pottsville James McParland —alias Jim McKenna—, otro detective encu­bierto de la misma agencia[4].

 
 
 

 

James McParland (1843-1919)

James McParland (1843-1919)

 

En coherencia con esta identificación, el misterioso Valle de Ver­missa, inédito en los mapas, no sería otro que el Valle del Shenan­doah —es­cena­rio de las acciones terroristas de los Maguires— que John H. Watson habría es­camoteado con un topónimo chirriante; harto alejado, por cierto, del celes­tial apelativo fe­menino —“hija de las estrellas”— que los indios otorgaron al río bifurcado que da nom­bre a tan rica comarca de los Estados Uni­dos.

Quizás por sentirse satisfechos con haber confirmado mediante fuen­tes no ca­nónicas la veracidad esencial de los he­chos que articu­lan El Valle del Terror, los estudiosos de la obra de Watson han demostrado, por el contrario, escaso o nulo inte­rés en el po­sible origen del nombre con el que el Doctor encubrió Shenandoah[5].

En este sentido, ninguno se ha moles­tado en señalar la exis­tencia junto a la ciudad de Pottsville de un arroyo cuyo nombre indígena —Catawissa— parece devolver el eco del utilizado por Watson para nominar el valle. Y ni si­quiera los que defien­den la tesis de que la segunda parte de El Valle del Terror se debe en buena me­dida —si no íntegramente— a la pluma del agente literario, se han ocu­pado de la semejanza fonética obvia entre el “Vermissa Valley” hol­me­siano y el disonante “Sasassa Valley” que Conan Doyle manejó para bautizar un desfiladero de África del Sur en un cuento novato y anónimo publi­cado en 1879 por el Chamber’s Journal[6].

La desidia de los especialistas resulta aún más incomprensible cuando hay in­dicios razonables para pensar que los nombres pro­pios que Watson emplea en sus crónicas no suelen tener un signifi­cado neutro, sino que están dotados, más a menudo de lo que cree­mos, de una carga simbólica nada despreciable.

Tal vez el nombre de Vermissa no sea una excepción a esta pauta, pero intentar probarlo exigirá que nos internemos breve­mente en la  “tétrica región” de los Scowrers.

 
 
 

 

El valle del terror – (Editorial Brugera, 1984)

El valle del terror – (Editorial Brugera, 1984)

 

Watson, ya que es improbable que Edwards/Douglas se li­brara en su informe a tales ejercicios de estilo[7], inicia los capítulos en retrospec­tiva de El Valle del Terror con la llegada de John Birdy Ed­wards —metido ya en la piel del vaga­bundo McMurdo— a la ciu­dad de Vermissa. Un “rincón desoladísimo” del cora­zón minero de Pennsyl­vania cuyas afueras el lector tiene oportunidad de conocer a tra­vés de la mirada del agente de Pinkerton, cuando éste contempla, desde el tren que lo conduce a su lugar de des­tino, un extraño pano­rama noc­turno:

     “Había vuelto a caer la noche, y las llamaradas de los hornos de fun­dición, que se sucedían a cortos intervalos, crepitaban y salta­ban en me­dio de la os­cu­ridad. Sobre aquel fondo de intenso res­plandor, negras fi­guras se doblaban, se estiraban, se re­torcían o giraban siguiendo el mo­vimiento de los cabrestan­tes y de los monta­cargas y al ritmo de un estré­pito y de un bramar eternos.

……………………………………………………………………………………………

     La región resultaba un lugar de terror, pero la ciudad era, dentro de su es­tilo, to­davía más deprimente. A lo largo de aquel valle se advertía por lo me­nos cierta tétrica grandeza en las ingen­tes hogueras y en las nubes flotantes de humo, en tanto que las montañas que el hombre había va­ciado junto a sus monstruo­sas excavaciones consti­tuían dignos monu­mentos de su energía y de su actividad. Pero en la población se advertía un monótono ni­vel de mezquina fealdad y suciedad.”[8]

 
 
 

 

Peter Brueghel el Viejo – Dulle Griet, detalle (1562)

Peter Brueghel el Viejo – Dulle Griet, detalle (1562)

 

Basta con una sola lectura del texto para darse cuenta de que Wat­son está planteando un paisaje que nada debe a las tierras ne­gras de Meunier[9] y mu­cho, por contra, a los fondos ardientes de un cuadro del Bosco o de Brueghel; con sus horizontes en llamas y sus diablos oscuros torturando ánimas de condenados, entre siluetas de rui­nas y cadalsos al contraluz. Y esta primera impresión no parece errónea:

     “—Así debe ser el aspecto del infierno —dijo una voz.

McMurdo se volvió, encontrándose con que uno de los policías se había tras­ladado a su asiento y contemplaba desde allí la ígnea de­solación.

     —En cuanto a eso —dijo el otro policía—, reconozco que el in­fierno debe de ser algo por ese estilo, aunque no creo que haya por allá demo­nios peores que algunos que conocemos por aquí.”[10]

El valle de Vermissa es sin embargo algo más que un mero telón de fondo o un decorado siniestro.

Opresivo y amenazador, el paisaje participa a su modo de la natura­leza ma­ligna de los sucesos que en él se desarrollan; se hace uno con ellos y a la vez los potencia. Es un elemento clave del drama, como revelan las pala­bras con que el viejo Morris, un buen católico irlandés arrepentido por haber to­mado parte en un asesi­nato, trata de convencer al recién llegado John Edwards para que no siga a los Scowrers en su camino de crímenes:

“Fíjese en el panorama de este valle. Contemple la nube del cente­nar de chime­neas que lo ensombrece. Le digo a usted que la nube de los ase­sinatos flota más espesa y más baja sobre las ca­bezas de la gente que esa otra nube que está usted con­tem­plando. Este es el valle del Terror. El valle de la Muerte. Desde que oscurece hasta que amanece, el terror está en los corazones de la gente.”[11]

El testimonio de Morris, próximo en sus términos a una visión apoca­líptica[12], tiene una importancia capital, en la medida en que pone de mani­fiesto la dimen­sión esencialmente alegórica del valle watsoniano.

 
 
 

 

Hieronymus Bosch – El jardín de las delicias, detalle (c. 1480)

Hieronymus Bosch – El jardín de las delicias, detalle (c. 1480)

 

      Porque el de Vermissa no es un valle como los otros. Es el “valle de la mortandad” del profeta Jeremías[13] o el famoso “valle de som­bra de muerte” del Salmo 23, versículo 4. Texto que contiene en su versión inglesa el título de la crónica del Dr. Watson en que se cuentan los hechos de los Scowrers:

“Yea, though I walk through THE VALLEY OF the shadow of death, I will FEAR no evil: for thou art with me; thy rod and thy staff they comfort me.” [14]

Es el lugar en el que “no habrá más que desolación[15]; el espacio reservado a la ho­guera, a la tristeza y al miedo o, por emplear la fórmula clásica, el “horno de fuego, donde habrá llanto y crujir de dien­tes”[16]. Es, en re­sumidas cuentas, una transposición precisa del paradigma infer­nal por excelen­cia: la Gehenna evangélica; re­cuerdo a su vez del valle de Ben Hinnom, el lugar impuro en las inme­diacio­nes de Je­rusalén donde los reyes he­breos que habían recaído en la idolatría sacrificaban al Mo­loch cananeo[17].

Según la tradición, a los pies del gi­gantesco ídolo de bronce de esta divinidad cruel, re­presentada con cabeza de ternero y cuerpo de hombre, sentada sobre un trono, con los brazos ex­tendidos a la espera de sacrifi­cios entre sahumerios de incienso, se abrían abundan­tes fogones excavados en el suelo donde ardían permanente­mente las ofrendas, y a los que eran arro­jados vi­vos, en épocas de extrema necesidad, los niños primogénitos de los fieles. Cuando esto ocurría, y con el fin de acallar los gritos de las víctimas, los sa­cerdo­tes de Baal-Melek hacían ruido con tambores y címbalos al­rede­dor de las fosas ardientes, en un horrible estruendo (tofim) que daría otro de sus nombres más famosos al conjunto del valle de los hijos de Hinnom: To­fet.

 
 
 

 

Moloch

Moloch

 

Abominación máxima para los profetas de Yahvé[18], el valle fue profa­nado du­rante la reforma religiosa del rey Josías[19], convir­tiéndose en un vertedero sobre­volado por aves de carroña en los arrabales de la ciudad, y en mo­delo para un Sheól de fuego en el que los rebeldes contra Dios se consumirían eterna­mente, atrapa­dos en redes de hierro y bronce.

Por supuesto, Watson no escatima recursos para identificar Ver­missa con la Gehenna de los Sinópticos.

El valle en el que los Scowrers, “tan insensibles al asesinato de un hombre como el carnicero a la muerte de una oveja”[20], incendian, mutilan e inmolan a familias enteras[21], es también una tierra conta­minada con san­gre de inocentes[22]. Un valle de lágrimas en el que unos pobres condenados pade­cen entre car­bón y hierro y “al ritmo de un es­trépito y de un bramar eter­nos” la ame­naza continua de unos “enemigos de Dios y de los hombres” (sic) lite­ral­mente excomulga­dos[23].

Una “ígnea desolación” puntuada de “ingentes hogue­ras”, hornos incan­des­centes que nunca se apagan, “monstruosas excavaciones” que semejan “monumentos” y “nubes flotantes de humo”, sobre la que reina como señor abso­luto “el negro McGinty”, el Gran Maestre de los Scowrers; “un gigan­tón” de piel cetrina (¿de bronce?) al que los atemorizados habitantes de Vermissa rin­den pleitesía y pagan tributo (¿ofrendas?) “para evitar que les ocurriese al­guna des­gracia mayor”[24].

Frank Willes – El Gran Maestre Mc Ginty –The Strand Magazine (1915)

Frank Willes – El Gran Maestre Mc Ginty –The Strand Magazine (1915)

Ahora bien, si el valle de Vermissa es una geografía infernal, ¿no podría ser la llegada de Edwards al mismo una variante, apenas disi­mulada, del viejo tema mí­tico del héroe que visita el país de la Muerte (nekuia) y re­gresa después triun­fa­dor y fortalecido?

La respuesta es necesariamente afirmativa, y no por deducciones que podamos hacer sobre el texto del Dr. Watson, sino porque éste así nos lo indica por boca de Edwards. Y lo hace, por cierto, a tra­vés de una declaración increíble en la que Edwards/McMurdo, enca­rándose a McGinty y a sus cómplices ya detenidos, dota a su acción policial de una trascendencia re­ligiosa (!) y se convierte, siendo el Judas de los Scowrers, en auténtico Mesías libe­ra­dor:

“Tú y los semejantes tuyos habéis sido en esta región los enemi­gos de Dios y de los hombres. Hacía falta uno para interponerse en­tre vosotros y los pobres diablos, hombres y mujeres, que te­níais sujetos con vuestra garra. Sólo había una manera de llevarlo a cabo y yo lo hice. Me llamas ‘traidor’, pero yo creo que serán mu­chos millares los que me llamarán ‘libertador’, que bajé hasta el infierno para salvarlos.[25]

 
 
 

 

Gillis Mostaert (c. 1534-1598) – Descenso de Cristo a los infiernos

Gillis Mostaert (c. 1534-1598) – Descenso de Cristo a los infiernos

 

Al mismo tiempo, el discurso de Edwards confirma tanto el tras­fondo alegórico de la historia[26], como la identidad manifiesta entre “el valle de la desolación” de Watson y la Gehenna bíblica, ya que el ar­quetipo que subyace en aquel parla­mento no es otro que el viejo artículo de fe que asegura la realidad del descenso de Cristo a los infiernos tras su muerte[27] y la certeza de su estancia en la Gehenna durante tres días[28], con el fin de “pregonar [el Evangelio] a los espíri­tus que estaban en la prisión”[29], y

“… destruir por la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al dia­blo, y li­brar a aquellos que por el temor de la muerte esta­ban toda la vida su­jetos a servi­dumbre.”[30]

Pero todo esto, por fundado que pueda parecer, no proporciona sin embargo una posible explicación al nombre de Vermissa. O tal vez sí, en cuanto de­sempolvemos nuestro latín de escolares, para advertir entonces que la referencia directa de Vermissa sólo puede ser una: la palabra latina que designa al gusano, el habitante eterno del valle de la Gehenna, “donde ni el gusano muere ni el fuego se apaga” o por citar a la Vulgata, “ubi vermis eorum non moritur, et ig­nis non extinguitur[31].

Al agente literario de Watson, educado entre los jesuitas de Sto­nyhurst, tan sutil alusión no podría resultarle extraña ni chocante. A fin de cuentas, el ca­mino ascético que Ignacio de Loyola proponía en sus céle­bres Ejercicios espirituales, exigía como ex­pe­riencia de meditación,

“ver con la imaginación lo ancho, largo y profundo del infierno, como una concavi­dad muy espaciosa [¿un valle?] en el centro de la tierra.”[32]

Para percibir luego con los sentidos de la fantasía exacerbados, los gri­tos, el fuego, el “humo intolerable”, el olor del azufre y el sabor de “cosas amar­gas, como lágrimas, tristeza y el gusano de la concien­cia”[33]; hasta provocar con tan vívida y morbosa visión el re­chazo total del pecado.

 
 
 

 

Ignacio de Loyola, Exercitia spiritualia

Ignacio de Loyola, Exercitia spiritualia

 

Pensándolo mejor, quizás fue el propio sir Arthur Ignatius[34] Conan Doyle quien sugirió —abrumado por su inconsciente— el nombre de Vermissa Valley; aunque esto es sólo una hipótesis[35] y no necesaria­mente la verdad.

© Juan Requena, 1998


     [1] “Bueno, doctor Watson, jamás pasó hasta ahora por sus manos una historia como ésta […] Cuén­tela a su manera, pero ahí están los hechos, y mientras siga los hechos, lle­gará usted al lector”. El Valle del Terror. Parte I, Capítulo VII. Trad. caste­llana de Amando Lázaro Ros para Aguilar S.A. de Ediciones, Madrid 1980.

     [2] The Valley of Fear. The Strand Magazine; septiembre de 1914 a mayo de 1915.

     [3] En la versión ya clásica realizada por Amando Lázaro Ros para la «Colección Joya» de la editorial Aguilar, los Scowrers recibían el apelativo de “Chirrioneros”. Sustan­tivo raro que al aludir al chirrión —una pequeña carretilla de dos ruedas y eje re­chinante empleada a veces en las minas— parece sugerir­nos que Lázaro Ros es­taba más intere­sado en recrear un nombre de implicaciones mineras que en ofrecer una tra­ducción fiel del vocablo original.

     En la traducción de Juan Manuel Ibeas de El Valle del Terror [Grupo Anaya S.A., Madrid, 1998, Col. «Tus Li­bros», nº 153], los Scowrers se convierten en “Batidores”. Equiva­lencia de menor carga dra­mática y quizás por ello poco satisfactoria desde el punto de vista litera­rio, que se acerca sin embargo algo más al sentido de un término arcaico empleado en su doble grafía —scowrers o scourers— para designar, entre los años de 1670 y 1720, a cier­tas cuadrillas de jóvenes de clase acomo­dada que limpia­ban o batían ruidosamente las calles de Londres, pro­vocando todo tipo de inci­dentes vio­lentos en sus francachelas nocturnas. Populares a su manera, estos grupos de alborota­do­res fueron objeto incluso en 1691 de una come­dieta satírica de Thomas Shad­well (1642-1692), The Scourers, de la que Watson pudo haber tenido refe­rencias y en la que quizá se inspiró para bautizar a sus borrachines terroristas irlande­ses.

      No obstante, ‘a scourer es también alguien que limpia algo restre­gando con ener­gía, lo que en el ambiente minero designaría al encargado de limpiar de impurezas o purgar el mineral. De acuerdo con esta última acepción, los Scowrers del Canon po­drían muy bien ser los Depuradores.

     [4] Las investigaciones de McParland y Edwards son prácticamente geme­las, por lo que negar la correlación entre Scowrers y Molly Maguires es un ejercicio inú­til.

     Como Edwards, McParland era un emigrante irlandés empleado desde 1871 en la sucursal de Chi­cago de la Agencia Pin­kerton. Como Edwards, su infiltración en la banda de los Maguires —finalizada el 7 de marzo de 1876 y comenzada de hecho el 27 de oc­tubre de 1873— le exigió darse a conocer en los círculos mineros como un miembro de la Antigua Orden de los Hiberneses fugitivo de la justicia —su­puesta­mente había matado a un hombre en la ciudad de Buffalo— que completaba sus ingre­sos irregu­lares pasando mo­neda falsa. Al igual que Edwards, McParland era de tempera­mento extrovertido, can­tarín y jaranero, con buena labia y una facilidad asom­brosa para consumir litros y litros de alcohol sin perder la consciencia. Virtudes so­cia­les que le permi­tieron escalar puestos en la sociedad secreta y con­fraternizar rápida­mente con todos aquellos contra los que luego testificaría en los juicios a que se vieron so­metidos los principa­les Molly Maguires en 1877 antes de ser ahorcados.

     Aunque las similitudes son incuestionables, la iden­tifica­ción absoluta entre James McParland y John Birdy Edwards, por muy tenta­dora que sea, resulta lamentable­mente invia­ble. McParland continuó tra­ba­jando para los Pinkerton hasta bien entrado el siglo XX, llegando a ostentar el cargo de superinten­dente de la empresa en Denver. Edwards, en cambio, la abandonó inme­diatamente después de los suce­sos de Ver­missa, muriendo en trágicas circunstancias en los años finales de la década de 1880.

     En el mismo año en que los jefes Maguires fueron ejecutados, Allan J. Pinkerton escribió, para ma­yor gloria de su organización, un folleto muy sesgado en el que rela­taba el fin de las células terroristas de Shenandoah [The Molly Maguires and the Detec­ti­ves, G.W. Carleton & Co., New York 1877]. Sin embargo en la obra, de la que se publicó una nueva versión en 1886 —una fecha próxima a la del asesi­nato de Dou­glas por los agen­tes del profesor Moriarty—, nunca se men­ciona a Edwards, reser­vando el papel protago­nista para McParland. El silen­cio de Pinkerton, aunque intri­gante, parece no obs­tante disculpable: McParland era un empleado en ac­tivo sobre el que interesaba acu­mular todos los méritos; mientras que la figura de Birdy Edwards, un agente dimi­sionario de­seoso de hacer olvidar su nombre, poca publicidad podía reportar ya para la empresa de de­tectives privados.

     [5] El cambio no puede imputarse a Edwards/Douglas, ya que si éste quería que los sucesos en que se vio envuelto fueran conocidos en todos sus detalles, parece ab­surdo que empezara su rela­ción falseando los nombres y muy en especial aquel que permitía situar los hechos en su verdadero marco geográfico.

     [6] «The Mystery of Sasassa Valley». Chamber’s Journal, octubre de 1879.

     [7] Edwards escribe su declaración con el ánimo conturbado en un escondrijo in­cómodo y os­curo, aprovechando la escasa luz solar que llegaba hasta el mismo. En estas condiciones, su narración de los he­chos debía de estar más próxima al escueto informe de un ex-detective, ceñido a los datos esenciales y sin entretenerse en descripcio­nes paisajísticas tan elaboradas como las que abren la se­gunda parte de El Valle del Terror.

     [8] El Valle del Terror. Parte II, Capítulo I.

     [9] Aludimos al belga Constantin Meunier (1831-1905), más conocido por sus escultu­ras realis­tas de traba­jadores del puerto de Amberes que por sus pinturas de la zona car­bonífera de Flandes. Pese a compartir el apellido y la especialidad artística, no pa­rece que tuviera ninguna relación directa con Os­car Meunier, escultor de Grenoble al que Holmes encargó un busto retrato en cera para frustrar los planes del coronel Mo­ran en «La Casa Vacía».

     [10] El Valle del Terror. Parte II, Capítulo I. Los resaltados son nuestros.

     [11] El Valle del Terror. Parte II, Capítulo IV. Los resaltados son nuestros.

     [12] Ap. 14:1-4: “… y el humo de sus tormentos subirá por los siglos de los siglos y no ten­drán reposo día y noche aquellos que adoren a la bestia y a su imagen y los que reciban la marca de su nombre”. ¿Es tal vez el signo que los scowrers se estampaban a fuego en el ante­brazo el equivalente de la marca de la bestia?

     [13] Jer. 7:32.

     [14] Sal. 23: 4. La trascripción procede de la King James Bible, aunque cualquier tra­ducción inglesa del Salterio es válida a efectos de esta demostración. Los resaltados en mayúscula son nuestros.

     [15] Jer. 7:34.

     [16] Mt. 13:50.

     [17] Vid. Lev. 18:2; Is. 30:33; 1 Re. 11:4-8; 2 Re. 3:26-27, 16:3, 21:4-7 y 23:10 entre otras referencias.

     [18] Jer. 7:31-34.

     [19] 2 Re. 23:10. Casualmente, uno de los asesinatos que los Scowrers traman con más ahínco es el del gerente de la mina Crow Hill. Un individuo enérgico y valeroso, ene­migo de los terro­ristas, que res­pondía al nombre de Josiah H. Dunn [El Valle del Terror, Parte II, Capítulo V].

     [20] El Valle del Terror, Parte II, Capítulo VII. Nótese las connotaciones de sacrificio ritual que el símil tiene. Con relación a este aspecto debe seña­larse que el signo con que los Scowrers se mar­caban en la cere­monia de ingreso en su cofradía, era el mismo —un triángulo dentro de un círculo— que aparecía en la joya-emblema de aquellos miembros de la victoriana Herme­tic Order of the Golden Dawn que ejer­cían el ofi­cio —análogo al de Orador en la Maso­nería regular— de Hiereus. Término que desig­naba literal­mente en griego a un sacerdote sacrificador.

      [21] Como le cuenta a McMurdo/Edwards el dueño de la pensión en que el agente de Pinkerton se aloja: “¿No lo prueban cincuenta asesinatos cometidos? ¿Qué me dice usted de Mil­man y Van Shurst, y de la familia Nicholson, del viejo mister Hyan, del pe­queño Billy James y de otros?” [El Valle del Terror, Parte II, cap. II].

     [22] Sal. 106:38.

     [23] Así se lo ratifica a Edwards el viejo Morris: “Yo soy un buen católico, pero el sa­cerdote no quiso seguir hablando conmigo al enterarse de que pertenecía a los Scow­rers, y me encuentro excomul­gado de mi Iglesia” [El Valle del Terror, Parte II, cap. IV]. Situación análoga a la de los Molly Ma­guires, anatematizados por el arzo­bispo Wood y a los que el clero católico de Pottsville ne­gó la posibi­lidad de apadrinar niños y ser en­terrados en lugar sagrado. En el texto de Watson, el carácter de grupo ex­comul­gado se refuerza al dotar a los Scowrers de unos rasgos propios de la Francma­sonería; socie­dad secreta condenada reiteradamente por el Papa.

     [24] El Valle del Terror, Parte II, Capítulo II.

          [25] El Valle del Terror. Parte II, Capítulo VII. Los resaltados son nuestros.

      [26] En el valle infernal de los Scowrers asistimos también a una suerte de inversión sacrílega de la Última Cena, que confirma la naturaleza demoníaca de McGinty y los suyos: 

En la desnuda sala de la asamblea los concurrentes se agrupa­ban en torno de una mesa larga […] McGinty estaba sentado a la cabecera de la mesa. Llevaba so­bre sus enmara­ñadas guedejas negras un gorro chato de terciopelo negro, y alrede­dor del cuello una estola color púrpura, lo que le daba el aspecto de un sa­cer­dote presidiendo un ritual diabólico. A su derecha y a su izquierda sen­tábanse los altos cargos de la logia, viéndose entre ellos el rostro hermoso y cruel de Ted Baldwin. Todos ostenta­ban alguna banda o una medalla como emblema de su cargo. [El Valle del Terror, Parte II, cap. III. Los resaltados son nuestros]

      Note el lector que en esta pintura especular no faltan ni el “discí­pulo amado”, Ted Baldwin, represen­tado como su modelo con un bello rostro juvenil [Jn, 13:23-26], ni el apóstol traidor, McMurdo; lógi­camente, el único ser ‘positivo’ en este mundo al revés.

     [27] Episodio frecuente en los evangelios apócrifos desde el siglo III, esta creencia de re­gusto pagano se convirtió pronto en artículo de fe, incorpo­rándose al credo ca­tólico pese a la debilidad de su apoyo canónico: unos versículos es­cuetos de la Primera Epístola de Pedro y alusio­nes ambiguas dispersas en textos neo­testamentarios, como los Hechos de los Apóstoles o la Epístola a los He­breos de San Pablo.

      [28] “Tres meses he estado metido en esto”, nos recuerda Edwards. El Valle del Terror, Parte II, cap. VII.

     [29] 1 Pe. 3:19. Se diría que las dos epístolas que la tradición atribuye a San Pedro cau­saron honda impre­sión en el Dr. Watson. Véase al respecto, Juan Requena, El Labe­rinto de Carfax. Simbolismo mítico-reli­gioso en «La Desaparición de Lady Fran­ces Carfax» [La Sociedad de Mendigos Aficionados (Ed.), «Monografías», nº. 5, Ma­drid 1997, pág. 19].

     [30] Hb. 2:14-15.

          [31] Mc. 9:48, paráfrasis a su vez de Is. 66:24.

     [32] Ignacio de Loyola, Ejercicios espirituales, Primera Semana, Quinto Ejercicio.

     [33] El resaltado es nuestro. En otro orden de cosas, ¿no podría ser este “gusano de la conciencia” el misterioso verme relacio­nado también con el fuego (estaba oculto en una caja de cerillas), cuya visión sumió en la locura irreversible a Isadora Per­sano, cono­cido duelista y gace­tillero, en un caso que Watson nunca llegó a publi­car? [«El Problema del Puente de Thor»].

     [34] Por supuesto, este segundo nombre de pila —del que no parecía muy or­gulloso— le fue dado a Doyle por sus padres en memoria del santo fundador de la Compa­ñía de Jesús.

     [35] Los estudiosos que pudieran suscribir esta tenue posibilidad no dejarían de seña­lar que en su relato de tema minero «The Mistery of Sasassa Valley», Doyle pre­senta también una cañada angosta de naturaleza infernal (“a ravine so sombre and dark that it might have been the gate of Hades itself”) en la que se perciben extrañas luminis­cen­cias y fulgores fantasmales, asociados inconsciente­mente por uno de los protagonistas a lu­ciérnagas voladoras (“firefly”) y gusanos de luz (“glow-worm”).

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10 Responses to “Vermissa Valley, una hipótesis”


  1. 1 belakarloff
    30 septiembre 2010 en 8:51

    Uno más de esos textos cautivantes provenientes del amigo Requena.

  2. 2 Birdy Edwards
    30 septiembre 2010 en 14:04

    Gran texto, si señor. El escenario donde se desarrolla todo lo veo al estilo de la serie de tv de la HBO Deadwood. Muchas connotaciones religiosas bastante significativas las que nos detalla el señor Requena, muy agradecido.

  3. 3 Rassendyll
    3 octubre 2010 en 10:54

    Un enfoque original; muy en la línea del autor.

    La historia de Edwards la refleja muy bien Martin Ritt en “The Molly Maguires” (“Odio en las entrañas”), su película de 1970, con Richars Harris encarnando al detective y Sean Connery al jefe de los mineros terroristas. Ha vuelto a ser reedita hace poco en DVD con un buen precio.

  4. 4 Birdy Edwards
    3 octubre 2010 en 11:38

    No sabia que circulaba una copia en DVD, habrá que localizarla, gracias por la información.

  5. 5 belakarloff
    4 octubre 2010 en 8:50

    Buena película.

  6. 6 De Maupertuis
    4 octubre 2010 en 16:02

    La película es muy buena. Es cierto, en VIPS está en oferta.

  7. 7 doctorwatson65
    5 octubre 2010 en 19:59

    El artículo es un poco largo y com muchas notas, le diré a Carlos que me la imprima y así la leo mejor… 🙂

  8. 8 belakarloff
    6 octubre 2010 en 9:14

    Había pensado imprimir todo lo de Requena y encuadernarlo a modo de libro…

  9. 9 Birdy Edwards
    6 octubre 2010 en 21:36

    Un libro muy bueno además…….

  10. 10 belakarloff
    7 octubre 2010 en 10:31

    Cierto. Lo que no sé es cuándo ponerme a ello…


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