26
Ago
11

El signo premonitorio

Que la historia hubiera copiado a la histo­ria

ya era sufi­cientemente pasmoso;

que la historia copie a la litera­tura es inconcebible.

Jorge Luis Borges, Tema del trai­dor y del héroe

 

Es un hecho muy conocido que el 30 de agosto de 1889 el norteameri­cano Joseph Marshall Stoddart, editor del Lippincott’s Maga­zine, invitó a cenar a Oscar Wilde y Arthur Conan Doyle  en el restau­rante del Langham Hotel[1]. Durante el convite, Stoddart propuso a los autores escribir sendos cuentos largos para su revista. Wilde pergeñó con tal fin la primera versión de El re­trato de Dorian Gray[2] y Doyle echó mano del Dr. Watson para novelar, bajo el título de El signo de los Cua­tro, un caso resuelto precisamente por Holmes en el año anterior al de la famosa cena. 

La velada, de la que Doyle da cuenta en sus memorias con embe­leso[3], suele citarse como el punto de inicio de una larga relación entre los dos escritores, ambos de origen irlandés y común filiación ma­sónica[4], que si bien nunca llegó a ser íntima sí que fue cordial, in­cluso después de 1895, año de la condena de Wilde a dos años de traba­jos for­zados por sodomita; detalle que honra al muy pudibundo agente litera­rio del Dr. Watson.

Suele aludirse también, como otra secuela de la cena en el Lang­ham, a la presunta influencia de Wilde en la caracterización del perso­naje de Thaddeus Sholto, presentado por Watson como una parodia del escritor claramente emparentada con la imagen que la revista Punch o la ópera Patience[5] de los inevitables Gilbert y Sullivan proporciona­ban de Wilde a principios de la década de 1880.

Los estudiosos que han defendido esta tesis no carecen de argumen­tos[6], pues Thaddeus Sholto recuerda poderosamente a Wilde en su etapa de esteta superlativo, cuando posaba en 1882, rodeado de cojines y tapices orientales, para el fotógrafo Napoleón Sarony o lla­maba la atención de los aduaneros norteamericanos o los viandantes de Chelsea envuelto en un abrigo “con guarniciones de piel de zorro y con un sombrero de piel de foca en la cabeza[7] tan increíbles como el larguísimo gabán con “cuello y bocamangas de astracán” y el gorro “de piel de conejo con orejeras[8] de Thaddeus Sholto.

 

Fotografías de Oscar Wilde en Nueva York por Napoleón Sarony (1882)

Fotografías de Oscar Wilde en Nueva York por Napoleón Sarony (1882)

 

El refugio orientalizante de Sholto, oculto en una vivienda subur­bial de ínfima categoría, que el propio Thaddeus describe, parafrase­ando a Wilde, como “un oasis de arte en el inhóspito desierto del sur de Londres[9], evoca tanto la biblioteca fumoir de estilo morisco del drama­turgo en Tite Street, como su primera vivienda londinense en el 13 de Salisbury Street. Una casa deslucida, de corredores y rincones oscu­ros, cuyo exterior destartalado contrastaba brutalmente con la lujosa decoración interior[10].

Similares son también los gustos pictóricos de Wilde y Sholto en lo que a los artistas franceses se refiere[11] y la obsesión de ambos por pare­cer refinados[12] o su amaneramiento y predisposición al aforismo[13].

En lo relativo al aspecto físico las cosas cambian. Es cierto que am­bos eran paliduchos y que compartían la boca sensual, una pésima dentadura y hasta un extraño tic[14], pero Sholto era un hombre bajito, muy calvo y pelirrojo; lo contrario de Wilde, que lucía melenita morena y su­peraba el metro noventa de estatura. Unos rasgos que el escritor com­partía con William, su hermano mayor y auténtico doble carnal, tan parecido y tan opuesto a Oscar[15] como Thaddeus podía serlo de su codi­cioso gemelo Bartholomew.

El nombre del último ladrón del tesoro de Agra, el Mayor John Sholto, peligroso individuo siempre rodeado de “boxeadores profesiona­les” a los que empleaba de porteros en Pondicherry Lodge, no hará más que reforzar los innegables puntos de contacto entre Os­car Wilde y El signo de los Cuatro, pues John Sholto Douglas se llamaba precisamente el noveno Marqués de Queensberry, promotor de las reglas de boxeo que llevan su nombre y auténtica néme­sis de Wilde, al que acabó mandando a la cárcel y a la ruina por “indecencia grave”, a causa de la relación homosexual que Wilde man­tenía con su tercer hijo, el muy disoluto Lord Alfred Douglas, al que todos llamaban ‘Bosie’.

Lo curioso del caso, y esto los estudiosos del Canon tienden a olvi­darlo, es que Wilde no conoció a Lord Alfred Douglas hasta finales de ju­nio de 1891, con lo que las posibles alusiones a Wilde de El signo de los Cua­tro, publicado en  febrero de 1890, tendrían un funesto valor premonitorio.

 

Retrato de Oscar Wilde por Henri de Toulouse-Lautrec (1895)

Retrato de Oscar Wilde por Henri de Toulouse-Lautrec (1895)

 

Lejos estaba también Wilde de imaginar en la gloriosa velada de 1889[16] que seis años después se teñiría el pelo de un ridículo tono amarillo rojizo, como si buscara parecerse al afeminado Thaddeus apenas unas semanas antes de que comenzaran los pleitos con John Sholto Douglas y de que el abo­gado de éste empleara precisamente el contenido del segundo fruto litera­rio del convite del Langham, El re­trato de Dorian Gray[17], como prueba decisiva de la inmoralidad del escritor. 

© Juan Requena, 1997

 


       [1] El Langham Hotel era entonces el más suntuoso de los establecimientos hotele­ros de Londres, con seiscientas habitaciones distribuidas en siete pisos. Cons­truido en 1864 sobre el solar de la antigua mansión de sir James Langham, en Por­tland Place, muy cerca de Regent’s Park y Baker Street, fue inaugurado el 10 de ju­nio de 1865 por el ubicuo Príncipe de Gales como máximo ejemplo de la elegancia charra y acumulativa de la época, con pasillos muy anchos, para que dos damas con cri­nolina pudieran pasar al mismo tiempo sin rozarse, cuajado de mármoles y mo­saicos con teselas de oro, techos profusamente decorados, inmensos salones, kilóme­tros de tapices persas y paredes recubiertas de sedas y papeles pintados a mano. El hotel contaba además con una serie de in­novaciones técnicas que lo con­vertían en único en su género: ascensores hidráulicos, servicios con agua fría y ca­liente en las habitaciones, un sofisticadísimo sistema contraincendios ali­mentado por su propio pozo artesiano y, desde 1879, luz eléctrica en patios y entrada. A partir de 1890 el Langham dispuso de varias líneas telefónicas y, entre otras comodidades y depen­dencias, de dos bibliotecas con abundante prensa americana y continental, una oficina de co­rreos y un mostrador de la agencia Thomas Cook & Sondonde com­prar billetes de tren y barco para cualquier lugar del mundo.

       El Langham era la residencia predilecta de soberanos extranjeros de paso por Londres, agen­tes del cuerpo diplomático, artistas en la cumbre de su fama y a partir de 1870 —el nego­cio había pasado a ser dirigido por un estadounidense— de america­nos ricos. Su empaque ostentoso y su selecta clientela confirieron tal presti­gio al hotel que no es de extrañar que el presumido Rey de Bohemia lo escogiera para albergarse, bajo el nombre de Conde von Kramm, en la capital británica en marzo de 1888 (BOHE). Más inesperado como huésped resulta el capitán Morstan (SIGN), quién citó en él por telegrama a su hija Mary y en donde fue visto por última vez el 3 de diciembre de 1878, como le confirmó a la muchacha recién llegada de Edimburgo el personal del hotel. Por consejo del director del es­tablecimiento —a la sazón el señor James Sanderson, un antiguo capitán confederado— Mary Morstan se puso en contacto con la policía. El equipaje del hombre desaparecido se lo quedó el hotel, suponemos que para compensar malamente gastos, pues nada había en él de valor —ropa, algunos libros y objetos curiosos de las islas Andamán—, lo que sugiere que el capitán Morstan pensaba pagar la abultada factura con su parte del tesoro de Agra.

       [2] The Picture of Dorian Gray apareció por primera vez en el Lippincott’s Monthly Magazine el 20 de junio de 1890. La segunda versión, corregida y ampliada con nue­vos capítulos, fue publicada en Londres por Ward, Lock, & Co. en abril de 1891.

       [3] Arthur Conan Doyle, Memories and Adventures. Oxford University Press 1924, capítulo VIII.

       [4] La influencia de la estética masónica es obvia en las obras primerizas de los dos autores. Doyle había sido recibido como Aprendiz en la logia Phoenix nº 257 de Ports­mouth el 26 de enero de 1887, alcanzando el grado de Maestro en 1889 [vid. Robert T. Runciman, Sir Arthur Conan Doyle, Sherlock Holmes and Freemasonry, The Franco-Midland Hardware Company, Sherlock Publications, Fareham 1993]. Os­car Wilde, iniciado el 23 de febrero de 1875, había sido aceptado como Maestro el 25 de mayo del mismo año en la Logia Apolo de Oxford cuyo Ritual de Inau­gura­ción ―un ritual de estructura y cadencia similares al de los Musgrave, dicho sea de paso― Wilde utilizará en el primer acto de su obra teatral de 1880 Vera o los Nihilis­tas. Drama inspirado en la revolucionaria Vera Ivanovna Zasulich (1849-1919) y en su fallido atentado de 1878 contra el coronel Fedor Trepov, Gobernador de San Peters­burgo, al que parece aludirse también en BOHE.

       [5] La primera representación de Patience tuvo lugar en Londres el 23 de abril de 1881.

       [6] Vid. «Oscar Wilde as Thaddeus Sholto in The Sign of Four» en el capítulo V del muy ingenioso libro de Samuel Rosenberg, Naked Is the Best Disguise. The Death and Resurrection of Sherlock Holmes, The Bobbs-Merrill Company Inc., Indianápo­lis 1974 y Charles Higham, The Adventures of Conan Doyle, W.W. Norton & Company Inc., Nueva York 1976.

       [7] Francesco Mei, Oscar Wilde, Rusconi Libri S.p.A. Trad. española de Luisa Sy­ria Pegolo, Javier Vergara Editor, S.A. Buenos Aires 1991, pág. 46.

       [8] The Sign of Four, Capítulo IV. Todas las citas han sido puestas al día para el presente blog conforme a la traducción española de El signo de los Cuatro realizada por Juan A. Molina Foix para Valdemar [Enokia, S.L.], Madrid 2001.

       [9] En sus Impressions of America de 1882, Wilde describe a las muchachas norteame­ricanas como “unos pequeños oasis de gentil inconsciencia en un vasto desierto de práctico sentido común”. Volverá a utiizar una metáfora similar en enero de 1889, en su artículo «London Models» para el English Illustrated Magazine: “Un buen circo es un oasis de helenismo en un mundo que lee demasiado para ser sabio y piensa demasiado para ser bello” Las citas proceden de la duodécima edición, ter­cera reimpresión de 1975 de las Obras Completas de Oscar Wilde de Aguilar S.A. de ediciones, págs.1089 y 1108 respectivamente.

       [10] “Había porcelanas azules y lirios por todas partes. El retrato de Lillie Langtry hecho por Edward Poynter estaba sobre un caballete en un extremo del salón como un altar. Wilde había llevado de Oxford sus azulejos de Damasco, algunos dibujos de Blake y Burne-Jones, sus alfombras y tapices griegos, sus figuras de Tanagra y había comprado algunos muebles caros” [Richard Ellmann, Oscar Wilde, Alfred A. Knopf, Nueva York 1987. Trad. española de Néstor A. Miguez para EDHASA, Barce­lona 1990, pág. 142].

       [11] “Sus ejemplos de pintores genuinos eran Corot y los impresionistas; nombre con el que se refería a Monet y Camille Pisarro” [Richard Ellmann, ob. cit. pág. 309].

       [12] “Soy hombre de gustos más bien recatados, e incluso podría decir que refina­dos […] Me horrorizan por naturaleza todas las formas de burdo materialismo. Casi nunca me pongo en contacto con las groseras muchedumbres. Como ustedes pue­den ver, vivo rodeado de cierto ambiente de elegancia” [El Signo de los Cuatro. Capí­tulo IV].

       [13] “No hay nada más antiestético que un policía.

       [14] A Thaddeus Sholto, “la naturaleza le había dado un labio colgante y una fila demasiado visible de dientes amarillos y desiguales, que él procuraba ocultar un poco pasándose constantemente la mano por la parte inferior del rostro.” En su autobio­grafía The Days I Knew (1925), Lillie Langtry alude a los labios toscos y dien­tes de color verdoso (greenish-hued teeth) de Wilde en 1876; un tono desagradable que Ellman atribuye a un tratamiento antisifilítico que Wilde habría seguido en Ox­ford.:“El principal efecto del mercurio sobre Wilde fue ennegrecer sus dientes, un poco salientes; por ello, en adelante comúnmente se cubría la boca con la mano mien­tras hablaba” [Richard Ellmann, ob. cit. pág. 123].

       [15] Según Max Beerbohn, William era ”tremendamente parecido a Oscar […] es una verdadera tragedia de semejanza familiar”  [recogido por Richard Ellmann en ob. cit. pág. 161].

       [16] En la cena del Langham participó un cuarto comensal, un parlamentario ir­lan­dés llamado Gill. Por otra extraña coincidencia, el Procurador de la Corona en el jui­cio caratulado como Regina vs. Wilde & Taylor por infracción de la Criminal Law Amend­ment de 1885 tendrá el mismo apellido.

       [17] Se diría que el célebre final morali­zante de esta obra de Wilde hubiera sido tenido en mente por Watson en «El cliente ilustre», al describir la “transformación” sufrida por el rostro del Barón Gruner, otro beau téné­breux corrompido y sensual de edad imprecisa, atacado con vitriolo por una antigua amante:

 “Las facciones que momentos antes me habían producido admiración, eran como un bellísimo cuadro sobre cuya superficie había pasado el artista una es­ponja húmeda de inmundicias. Se había desdibujado, deshumani­zado, perdido el color, vuelto es­pantoso.” The Illustrious Client», Collier’s Wee­kly, noviembre de 1924. «El cliente ilustre», trad. castellana de Amando Lázaro Ros en Su último saludo en el escenario, Aguilar S.A. de Ediciones, Ma­drid 1980. El resaltado es nuestro]

     Aún siendo el más obvio, no el único homenaje a la obra de Oscar Wilde presente en «El cliente ilustre». Gruner, el esteta homicida que había conseguido la aspira­ción juvenil de Wilde de “vivir a la altura de su porcelana azul”, es comparado significati­vamente por Sherlock Holmes con Thomas Griffiths Wainewright (1794-1852). Un dandy amoral, falsifi­cador, envenenador, pintor y crítico de arte —que regis­traba también sus tropelías en un diario— sobre el que Wilde había escrito un ensayo provocador de sub­título muy watso­niano,  —Pen, Pensil and Poison. A Study in Green  publicado en enero de 1889 en la Fortnightly Review. 

     Recordemos además que Holmes fue apaleado a las puertas del Café Royal, el restaurante francés de Regent Street frecuentado habitualmente por Wilde y sus ami­gos, en donde tuvo lugar en 1892 el primer encuentro fortuito del escritor irlandés con el marqués de Queensberry, antes de que Wilde lo demandara imprudente­mente por difamación el 1 de marzo de 1895. Wilde quiso obtener en ese momento el consejo legal del solicitor mencionado en los prole­gómenos del caso de Violet De Merville: sir George Lewis; el abogado amigo y confidente de Eduardo VII “el cliente ilustre”—, al que había sacado de más de un apuro. Lewis no pudo hacerse cargo del pleito al haber sido ya requeridos sus servicios por el propio Queens­berry, a quien se limitó a representar en el acto de señalamiento de la vista oral, abando­nando luego su defensa por amistad hacia Wilde en manos de sir Edward Carson, antiguo compañero de  Wilde en el Trinity College de Dublín.

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10 Responses to “El signo premonitorio”


  1. 1 belakarloff
    14 julio 2010 en 7:48

    Aquí tenemos otra de esas jugosísimas aportaciones de Juan Requena, que explora con embelesadora profundidad en aspectos muy concretos del Canon.

  2. 2 albertolopezaroca
    14 julio 2010 en 11:43

    Requena es un grande del sherlockianismo español, sin duda alguna.

  3. 3 Jabez Wilson
    14 julio 2010 en 12:15

    Si lo es Alberto, lo es
    A ver si podemos vernos todos cuando vengas por aquí

  4. 4 belakarloff
    14 julio 2010 en 12:29

    Podíamos quedar todos en un sitio concreto, y para identificarnos, llevar todos una lupa…

  5. 15 julio 2010 en 12:51

    Curioso artículo, muy ameno.

    Sobre la decadencia física de Wilde, he de decir que la comparación entre el dandi estupendo que aparece en los retratos de Napoleon Sarony y el ser blando y de cabello naranja de Toulouse-Lautrec arroja bastante luz sobre la factura que pasa la “mala vida”. Son las huellas del vicio, qué les voy a contar.

    Y en otro orden de cosas: No sé si “pergeñar” puede ser un verbo aceptable para referirse a la realización de “El Retrato de Dorian Grey”, siquiera a una primera versión…

  6. 7 belakarloff
    16 julio 2010 en 9:51

    Porque lo he puesto yo… Jeje.

    A ver si así os animáis a poner un avatar propio.

    Sí, lo de “pergeñar” es más bien lo que hace gente como King Africa, no Oscar Wilde.

  7. 8 doctorwatson65
    16 julio 2010 en 20:25

    “Luis Miguez:
    Son las huellas del vicio, qué les voy a contar.”

    Más bien de los trabajos forzados…

  8. 9 belakarloff
    17 julio 2010 en 8:47

    De los que se decía pocos sobrevivían…

    • 17 julio 2010 en 18:53

      En realidad, si el retrato es de 1895, todavía no había estado en Gaol. El juicio que le condenó a dos años en aquella prisión se celebró en Mayo de aquel año. ¿No?


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