24
Ago
11

Estudio en negro

Introducción.

El hecho de haberlos relegado desde hace décadas a la sección juvenil de las librerías, nos ha llevado a olvidar que los textos de Conan Doyle (perdón, de Wat­son) protagonizados por Sherlock Holmes eran obras para adultos, que describían una Inglaterra paralela y tene­brosa, donde la de­cencia burguesa se con­fundía con­tinua­mente con la peor crimi­nalidad.

Por otra parte, la fuerza del personaje principal, elevado a mito, ha eclipsado el perturbador contenido de sus propios casos y el paso del tiempo nos ha ido ale­jando cada vez más de las claves que permitían a los lectores coetáneos de Hol­mes y Watson desentrañar sin esfuerzo los gra­ves temas subyacentes en unas historias que hoy pueden parecer­ inge­nuas en su literalidad, pero que no lo eran para un subscriptor tipo del Strand Magazine. Alguien bien anclado en los valores y temores de la clase me­dia urbana del Reino Unido, beneficiario de una cierta cul­tura clásica, fa­mi­liari­zado con las Escrituras y acostumbrado al uso de elip­sis y ta­pujos se­mánticos para tratar asuntos excluidos de las conversacio­nes públicas de las personas respetables[1], en un momento histórico, los años finales de la Era Victo­riana, dominado estéticamente —nunca lo ol­vide­mos— por el Simbo­lismo.

Mi presentación tratará de restaurar algunas de aquellas claves de lec­tura para un relato de 1892, «La banda moteada», y un texto de 1923,  «El hombre que se arrastraba», empleando ciertas obras plásticas del mismo pe­ríodo como contra­puntos visuales del material escrito capaces de ayu­dar­nos a recobrar significados hoy perdidos, pero muy obvios para un es­tricto con­temporáneo del Dr. Watson.

  

La ponzoña de Oriente: Salambó y «La banda mo­teada». 

Sherlock Holmes concluye «La aventura de la Liga de los Pelirro­jos»[2] con una cita —l’homme n’est rien, l’oeuvre tout— tomada de una de las cartas que Gustave Flaubert le dirigió a George Sand[3] después de que ésta escribiera un artículo en defensa de Sa­lambó[4]. Una novela, muy vapu­leada por los críticos, publicada el 20 de noviembre de 1862, en la que Flaubert recreaba la historia de una supuesta hija de Amílcar con­sa­grada a la diosa Tanit, en la Cartago asediada por sus mercena­rios amoti­nados al término de la I Guerra Púnica.

Menos polémica que Madame Bovary, la novela histórica de Flaubert gozó también de enorme popularidad, convirtiéndose, desde 1884 y en abierta contra­dicción con los deseos expresos de su autor[5], en una de las obras más ilustradas de la literatura francesa.

A este fenómeno no fue ajeno el hecho de que Salambó contuviera, en su capítulo X, una de las escenas eróticas más insólitas de la literatura de­cimo­nónica: el apareamiento ritual de la sa­cerdotisa cartaginesa y su pi­tón bicolor[6]. Un tema iconográfico, abundantemente explotado bajo diver­sas coartadas cul­turales (Lilith, Eva, Harmonía) por los artistas fin-de-siècle[7] (y por sus herede­ros actuales del mundo del cine y la foto­gra­fía), que daba otra vuelta de tuerca, particularmente transgre­sora y per­versa, a la ancestral relación que han tenido y tienen en nuestra cultura la mujer y el ofidio.  

Las reticencias de Flaubert a la ilus­tración de su obra estaban en cierto modo fundamentadas, pues los artistas (más de treinta) que han tratado de plasmar Sa­lambó en imá­genes han obtenido, por lo general, re­sultados muy mediocres. De to­dos ellos, ape­nas si merece destacar hoy al francés Gaston Bussière (1862-1928). Pin­tor simbolista y wagneriano notable (como Holmes); alumno de Cabanel y Puvis de Chavannes, amigo de Gustave Moreau y los estetas del Salón de la Rose-Croix, que de­dicó va­rios óleos y una se­rie de agua­fuertes a la doncella púnica de Flau­bert[8].

En su versión del episodio del reptil[9], Bussière nos muestra a una Sa­lambó ado­lescente, idéntica a su Salomé de 1914 (las columnas de capitel dorado y fuste azulí­simo tam­bién se repiten), recibiendo con un gesto aprensivo y lánguido, mez­cla de frío y pu­dor como sugería Flaubert, a una serpiente amarillenta, demasiado larga y rígida, que la mira. Se trata del principio mismo de la famosa escena, ape­nas lle­gada la pitón a la es­tancia donde Salambó la espera desnuda conforme a las instrucciones del sacerdote de Tanit: 

 “La pesada tapicería se agitó y por encima de la cuerda que la sopor­taba apareció la cabeza de la pitón. Bajó lentamente como una gota de agua que se desliza a lo largo de una pared, se arrastró entre las ropas esparcidas y luego, con la cola pegada al suelo, se irguió cuán larga era y sus ojos, más brillantes que carbunclos, se clavaban como dardos en Sa­lambó.[10]

El óleo sugiere, con su luz brumosa, su acumulación de objetos y tapi­ces y su at­mósfera cargada de vapores húmedos, un Oriente sensual, re­tratado conforme a la estética decadente finisecular. Un espacio imagina­rio que queda lejos sin em­bargo del bárbaro ambiente descrito con todo detalle en Salambó. Novela sangui­nolenta y sádica, donde ocurren cosas tan terribles como las relatadas, de forma mucho más elíptica, desde luego, en «La banda mo­teada»[11]. El re­lato favorito de Conan Doyle; otra historia cruel dominada por la ser­piente, la inmolación de los hijos y la malsana influencia del mundo orien­tal.  

La historia es bien conocida.

En abril de 1883 una joven a punto de con­traer ma­trimonio llamada Helen Sto­ner acude a Sherlock Holmes aterrada ante la posibilidad de su­frir un fin simi­lar al de su hermana Julia. Muerta, re­pentina e inexplica­ble­mente dos años antes, tam­bién cuando faltaba muy poco para su boda.

 

Aunque no tiene más pruebas que una críptica alu­sión de su melliza mori­bunda a una extraña “banda moteada”, Helen sospecha claramente de su pa­drastro, el Dr. Grimesby Roylott. El último vástago de una estirpe degene­rada de nobles ru­rales con el que la ma­dre de la mu­cha­chas, tam­bién ya fallecida, se había casado en se­gundas nupcias en la In­dia, cuando las ni­ñas sólo conta­ban dos años de edad.

Tras purgar una larga pena de cárcel por haber ma­tado a palos a uno de sus criados en Calcuta, el Dr. Roylott se vio obligado a regresar a In­glaterra, convir­tiéndose al enviudar en un hombre de con­ducta cada vez más violenta y misantró­pica, que vivía de las rentas de sus hijastras, ya mujeres treintañeras, pero a las que mantenía prácticamente confinadas en Stoke Moran, la arruinada heredad de los Roylott, bajo un régimen —Holmes lo descubrirá pronto— de evidente brutali­dad do­méstica.

     Y es que Roylott, predispuesto por sus taras hereditarias, ha sucumbido por com­pleto al influjo venenoso de un Oriente que encarna los valores de la decaden­cia y la crueldad[12]. Hasta el punto de transformar su per­sona en la inversión exacta del perfecto hidalgo cam­pestre de la Merry En­gland, y a su finca en una suerte de caótica plantación —así la llama por cierto Helen Stoner en el original inglés— por la que de­ambulan en li­bertad animales salvajes impor­tados de Asia y bandas de gitanos; estig­ma­ti­zados orienta­les de piel bron­ceada[13] con los que Roylott acampa y vaga­bundea durante semanas, desen­tendién­dose así del cuidado de sus tierras y su casa. La máxima ex­presión del desorden para un sedentario victo­riano de clase media.

El Dr. Roylott, asociado constantemente con fustas, atizadores y palos, es asi­mismo la inversión del benéfico Esculapio[14], médico y padre tam­bién de va­rias hijas, al que se ha representado siempre con una serpiente en­roscada en su vara de sanador. Un animal que Grimesby Roylott —¿cri­mes by Roylott? — empleará con fines nada terapéuticos contra sus hijastras en el ámbito opre­sivo de una finca que lleva en su propio nom­bre la muerte enlazada a la sierpe:

STOKE  MORAN – SNAKE  O  MORT[15] 

Convertido en aciago encantador de serpientes (va calzado con babu­chas tur­cas y acabará incluso con un extraño turbante sobre el cráneo), Roylott tratará de matar también a su segunda hija, introduciendo en su habitación una víbora india de un modo que recuerda mucho al de la in­quietante aparición del ofidio en la cámara de Salambó:

La haría pasar por el ventilador a la hora que juzgase oportuna, con la certeza de que reptaría por la cuerda hacia abajo y se posaría encima de la cama. Puede que sí mordiera a la ocupante, o puede que no, pero tarde o tem­prano sucumbiría”.

 

Holmes, por supuesto, impedirá el crimen, y al acecho en el dormito­rio de Helen Stoner, atacará a su vez al reptil con un bastón fino y largo; pro­vocando con su gesto de San Mi­guel Arcángel que la víbora se re­vuelva contra su amo y le muerda en letal manifes­tación de la justicia in­manente, como ad­vierte Holmes al contemplar el cadáver del parricida, víctima de sus propios manejos:

¡Qué gran verdad es que la violencia se vuelve contra el violento y que el intri­gante acaba por caer en la fosa que cava para otro!

La reflexión del detective y el propio final de Roylott con la serpiente enrollada en su cabeza[16] son, por cierto, paráfrasis e ilustra­ción perfectas de dos textos bíbli­cos: Ecle­siastés, 10:8 —“El que cava una fosa, dentro de ella cae, y el que des­hace una pared es mordido de la sierpe[17]— y Sal­mos 7:16-17 —“El que cava y ahonda la cisterna, caerá en la hoya que el mismo hizo. Recaerá sobre su cabeza su malicia, y su crimen sobre su mollera”—. Lo que no es casual, ya que los relatos canónicos son, fun­da­mentalmente, historias morales repletas de alusiones y sim­bología reli­giosas.

En el simbolismo judeocristiano —el prevalente en el Canon—, la ser­piente ha venido asociada desde el Génesis al pecado en general y a la transgresión carnal en particular. Variante negativa de los ritos de fecun­didad del paganismo —recuérdese a la Pitia de Delfos visitada por Apolo o a Alejandro Magno conce­bido por Zeus Amón en forma de serpiente— que adquiere en la escena de Sa­lambó y la pitón amaestrada su más lla­mativa expresión literaria.

En «La banda mo­teada» no se esquiva la dimensión sexual —fálica— del ofidio reptando por el cuarto y la cama de la muchacha, y aunque su tra­tamiento del tema sea mucho menos explícito que en la fantasía de Flau­bert, no es por ello me­nos perverso.

Está fuera de toda duda que Roylott es un sádico, aficionado a la fusta y a la tralla. Y es indiscutible también que lleva cometiendo actos vio­lentos con sus hijastras desde hace tiempo. Helen Stoner, quien confiesa a Hol­mes haber vivido constantemente con miedo (sus cabellos y los de su hermana han encanecido de forma prematura), admite avergonzada que es incapaz de saber cuándo podía considerarse verdaderamente “a salvo” de su padrastro. Nótese que tanto Helen como Julia cerraban con llaves sus dormitorios para evitar, según ellas, que el guepardo y el mono que se movían por la finca entrasen en sus cuartos. Lo que supondría atri­buir a estos animales la capacidad, harto improbable, de abrir las puertas con sus garras.

No menos revelador es el hecho de que el peligro aumenta para las jóvenes cuando pasan precisamente a ocupar la cama del dormitorio con­tiguo al de su pa­drastro (un movimiento que recuerda al cambio de cuarto en las dependencias del harén de aquellas concubinas merecedoras de los favores del sátrapa), y que ese peligro se convierta en mortal cuando pa­recen estar a punto de abandonar al pa­triarca para contraer matrimonio (acontecimiento que le privaría por otra parte del dinero de sus hijas­tras).

Por si no estuviera bas­tante claro ya para el lector, Holmes nos revela que la pobre Helen presenta ade­más “cinco manchitas lívi­das, las huellas de cuatro de­dos y un pulgar marcadas sobre su blanca muñeca[18]; la prueba, según Holmes, de que “la han tratado cruel­mente[19] en un sen­tido tanto moral como físico. Se­ñale­mos, por otra parte, que las muñe­cas amoratadas, que sugieren a un hombre su­jetando con fuerza los bra­zos de una mujer para impedir que se defienda de una agresión, son un ele­mento repetidamente asociado en el Canon a la violencia sexual contra la es­posa[20].

La muñeca mancillada de Helen nos recuerda finalmente que hay mu­chas co­sas moteadas —impuras según la Biblia— en Stoke Moran: El ves­tido salpicado de ba­rro y el pelo matizado de canas de la señorita Sto­ner; los pañuelos con topos de los gitanos; los sillares punteados de liquen del ca­serón de los Roylott; la piel del guepardo[21] que recorre la propie­dad. Presa­gios a su vez de la serpiente amari­lla con tachas pardas y de la pro­pia cara del Dr. Roylott, “quemada por el sol hasta volverse amarilla, y con hue­llas de toda clase de maléfi­cas pasiones[22]. Porque Roy­lott, re­toño final de una casta caída[23], abra­sado por el sol de Oriente y tan su­cio como el leproso Hannón de Sa­lambó o del Levítico[24], es en esta historia la autén­tica sierpe moteada, que trae la muerte con su roce corruptor.

Vemos pues que en la crónica holmesiana hay elementos sobrados para que un lector del Strand, habituado al cir­cunloquio y al doble len­guaje, se diera cuenta enseguida de que en la histo­ria literal se entretejía otra historia aún más siniestra de incesto y parrici­dio, pero contada de un modo indirecto, como en los casos del Dr. Freud, dado el carácter tabú de la mate­ria.

Freud, cuyo método es idéntico al de Sherlock Holmes[25], y que alude tam­bién, por cierto, a una serpiente imaginaria reptando por una pared hacia un lecho en uno de sus más famosos historiales clínicos[26], no habría dejado de reparar tam­poco en la potente carga simbólica de los otros dos animales salvajes que mero­dean sin trabas por Stoke Moran: el gatopardo y el simio. Animales políga­mos, ágiles y feroces —meros trasuntos de Roylott— vinculados, el primero, al cortejo desenfrenado de Dioniso[27] y a la desvergüenza, la lubricidad y los peores instintos del hom­bre, el se­gundo; aunque este último aspecto aparecerá desarrollado en el Canon de una manera aún más explícita si cabe en «La aventura del hombre que se arrastraba»[28].

La involución de las especies: Gorila raptando a una mujer y «El hombre que se arrastraba».

Símbolo de la materia y la sensualidad o imagen del mismo Diablo —torpe imita­dor de Dios—, el mico ha venido asociado desde el Medievo a la caída del hombre y a la entrada del pecado y la muerte en su existencia.

     Representado con un fruto en la mano o triste­mente encadenado, el mono, paro­dia del ser humano y espejo de sus defectos, figura al hombre esclavizado por sus apetitos más elementales, cuando no encarna a las fuerzas instintivas y no controladas del inconsciente que acechan en la os­curidad, como el visitante noc­turno de figura si­miesca sentado sobre el pecho de una mujer dor­mida en La pe­sadilla de Fuseli.

      El primate expresa el viejo fondo de animali­dad del hombre, aque­llo que tira de su alma hacia abajo y la aleja de Dios. Una buena (y sosa) ilustra­ción victoriana de esta idea la tenemos, por ejem­plo, en La tenta­ción de San An­tonio (1897) de John Char­les Dollman; obra muy apre­ciada en su tiempo y hoy ignorada, donde el ermita reza y trata de abstra­erse de la presencia perturbadora de una mu­jer des­nuda a la que ro­dean chacales y chimpan­cés en cuanto expre­siones zoomórficas de las malas pasiones.

      Con la llegada de Darwin la efigie del mono, antepa­sado del hombre, devino aún más angustiosa, ya que re­cordaba que éste había sido bestia y podía volver a serlo en cualquier momento si se dejaba arrastrar (he ahí la razón última del título del relato holmesiano) por sus impulsos atávi­cos, como bien apuntaban tanto el óleo de Dollman antes aludido como Sherlock Holmes al concluir el caso de «El hom­bre que se arrastraba».

   “Cuando uno pretende elevarse por encima de su naturaleza, corre el peligro de caer muy por debajo. Hasta los hombres más excelsos pueden re­troceder a la animali­dad si se desvían del recto camino de su destino.

     El interés creciente de los sabios decimonónicos por los grandes simios ayudó a transformar la impudicia tradicional del mono en potencia y do­minio sexual des­controlados, proporcionando una supuesta base cien­tífica a antiguos delirios de cópulas salvajes entre monos y doncellas humanas. Gorille enlevant une femme (1887), de Emmanuel Frémiet (1824-1910), es, probablemente, una de las mues­tras más acabadas en el terreno de la escultura de este tipo de fanta­sías finisecu­lares[29].   

La obra de Frémiet representa a un gorila en el acto de raptar a una moza des­nuda, de carnes redondas y opulentas, con la suge­rida intención de violarla, como ya subrayaba Baudelaire en su crítica a una primera ver­sión en yeso de 1858[30] mu­cho más modosita, ya que la “négresse” por­taba túnica, al tiempo que una placa al pie de la estatua aclaraba que el gorila era hembra[31].

En la versión de­finitiva de 1887 la carga sexual es aún más nítida, pues la don­cella secuestrada (una suerte de Perséfone o sabina africana) es ostensiblemente el botín con­seguido por el gorila en un poblado humano, como indican la flecha clavada en el pe­cho del antropoide y el trozo de sílex con que amenaza a un ene­migo in­visible, el compañero tal vez de la mujer que empuja y se retuerce deses­perada en un intento vano por za­farse del abrazo peludo del simio de fuerza colo­sal[32]. La presencia de una cu­lebrilla en la base de la piedra sobre la que se yergue el mono pa­rece subrayar también el ca­rácter transgresor de la escena.

Galardonada con la medalla de honor en el Salón de 1887, la escultura de Frémiet puede parecernos hoy ridícula o de dudoso gusto, pero nadie refutará su poderoso impacto en la imaginación popular, como prueba la pervivencia de la imagen en el cine o el cómic contemporáneos.

Por supuesto, el mono gigantesco de Frémiet no era más que la va­riante natu­ralista del viejo sátiro raptor de ninfas. Otra criatura de sen­sua­lidad exacerbada —medio humana, medio bestial— que Buffon y Linneo creyeron ver en el orangután de Borneo (Simia Satyrus, según su denomi­nación taxonómica primitiva). Primate del que se contaban desde el siglo XVIII hechos espeluznantes[33] como los que Poe describirá más tarde en Los crímenes de la calle Morgue (1841), posible­mente, el primer relato de detectives de la literatura, que el propio Frémiet pudiera haber tenido en mente para ejecutar su Gorila o su no menos destacable Oran­gután es­trangulando a un salvaje de Borneo (1893)[34].

«El hom­bre que se arrastraba» se ali­menta también de tales cre­encias.

      En este caso tardío, la historia sucede en 1903 aunque fue publicada veinte años después, Holmes investiga el extraño comportamiento del Profesor Presbury, fisiólogo de renombre europeo, al que su ayudante el señor Bennet ha visto des­pla­zarse por la noche encorvado como un ani­mal, y su hija Edith, prometida del primero, observándola con aviesas in­ten­ciones y cara de loco por la ventana de su dormitorio, ubicado a consi­derable altura en el segundo piso de la casa familiar:

Allí estaba, con la cara apretada contra el cristal, y me pareció que al­zaba una mano, como para levantar la ventana. Si la ventana hubiera lle­gado a abrirse, creo que me habría vuelto loca.”   

Las razones de la insólita conducta de Presbury las descubrirá Holmes con su sagacidad acostumbrada.

Prometido en matrimonio (el viejo catedrático es rico) con una mu­chacha “per­fecta de cuerpo”, hija de un colega de la cátedra de Anatomía Comparada, el res­petable académico había tratado de re­cuperar el vi­gor sexual inoculándose un suero revitalizador extraído de las glándulas de un pri­mate, el langur cari­negro, cuya con­ducta agresiva el anciano estaba de hecho remedando al renovar las do­sis que un tal Lo­wenstein le hacía lle­gar regularmente desde Praga (como ya sa­bemos, la abominación suele venir a menudo del Este en las historias del Canon).

Sin embargo, no es tanto el “elixir de la vida” de Lowenstein lo que había des­pertado a la bestia durmiente en Presbury, sino “la pasión fre­nética” que el viudo profesor de se­senta y un años había experimen­tado de un modo “violento y anti­natural” (Hol­mes, dixit) por una mujer que podría ser, literalmente, su propia hija. Lo que da, por otra parte, todo su siniestro sentido al intento de Presbury de irrum­pir de noche en la al­coba de su primogénita.

Al revelarse incapaz de dominar sus pulsiones básicas, Presbury se transmuta en un mono lúbrico al que su propio perro, bruscamente li­be­rado de sus ataduras (mera proyección, como en el caso del Dr. Roy­lott, de su animalidad destructiva) estará a punto de matar a dentelladas. Final moralizante que Holmes remachará con una sorprendente reinter­preta­ción de la teoría darwiniana que más debe al es­piritualismo de Co­nan Doyle que a los antecedentes positivistas del detec­tive de Baker Street: 

            “Piense, Watson, que los materialistas, los sensuales, los mundanos, to­dos querrían prolongar sus inútiles vidas. En cambio los más espirituales no desoirían la llamada del plano superior. Sería la supervivencia de los menos aptos. ¿En qué clase de ciénaga se convertiría nuestro pobre mundo?

     Considerado por algunos estudiosos como un relato apócrifo, tributa­rio en ex­ceso de El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde de Ro­bert Louis Steven­son, «El hom­bre que se arrastraba» evocaba para sus con­tem­poráneos no sólo el fantasma del mono violador sino temas de indu­dable actualidad médica.

     Apenas tres años antes de la publicación de la aventura del Profesor Pres­bury, el cirujano francés de origen ruso Sergei Voronov (1866-1951) había comenzado a hacerse rico con sus in­yecciones de hormonas y sus trasplantes de góna­das de chimpancés y ba­buinos en ancianos mi­llonarios impotentes. Aunque ya en 1889 el reputado neurólogo y fi­siólogo Charles Edouard Brown-Séquard (1817-1894) había alcanzado reconocimiento popular tras inyectarse en seis ocasiones una solución acuosa con extrac­tos de glándulas testiculares de perro y conejo de Indias de efectos mila­grosos.

     Según la memoria que relataba el experimento[35], Brown-Séquard, de setenta y nueve años, sintió como todos sus músculos se fortalecían de golpe, permitiéndole subir los escalones de su casa de cuatro en cuatro sin fatigarse y honrar debida­mente (esto es lo importante) a su tercera y jo­ven es­posa. En estas circunstancias no es de extrañar que las inyecciones sub­cutáneas de “liqueur organique” del pro­fesor Brown-Séquard causa­ran estragos entre los hombres maduros de la época: Émile Zola contaba ma­ravi­llas de ellas y Joris Karl Huys­mans también las men­ciona elogiosa­mente en el capítulo XV de Lá-Bas (1891). Alphonse Daudet probó suerte igualmente en 1892 con la fórmula magistral de Brown-Séquard[36], aun­que en su caso para tratar su ataxia locomotriz de origen sifilítico[37].

     Enfermedad tabú para los victorianos, la sífilis, que pudiera subyacer en las alusio­nes a la conducta alterada del Profesor Presbury y a su dela­tora espalda en­corvada (osteopatía característica de la tabes dorsalis). Lo que añadiría nuevos motivos de inquietud para un lector de la época, des­conocedor aún de las causas del enigma por no haber llegado al final del relato, al pensar en la amenaza que supondría para una joven núbil un tipo infectado, lascivo como un simio y tan ve­nenoso como una ser­piente.

Juan Requena

Madrid, a 27 de marzo de 2010

 


      [1] Sobre esta práctica, consustancial a la famosa ‘doble moral’ victoriana, vid. Ronald Pear­sall, The Worm in the Bud. The World of Victorian Sexuality. Penguin Books, Londres, 1983.

      [2] «The Red-Headed League», The Strand Magazine, Londres, octubre de 1890.

      [3] “J’éclate de colères et d’indignations rentrées. Mais dans l’idéal que j’ai de l’Art, je crois qu’on ne doit rien mon­trer, des siennes, et que l’Artiste ne doit pas plus apparaître dans son œuvre que Dieu dans la nature. L’homme n’est rien, l’œuvre tout !” [Gustave Flaubert, Correspondance, carta a George Sand, diciembre de 1875]

      [4] George Sand, «J’aime Salammbô». La Presse, 27 de enero de 1863.

          [5] Flaubert prohibió a su editor que el libro fuera acom­pañado de imágenes, indignado ante la posibili­dad de que un dibu­jante le enmendara la plana a sus frases: Ce n’était guère la peine d’employer tant d’art à laisser tout dans le vague, pour qu’un pignouf vienne démolir mon rêve par sa précision inepte” [Gustave Flaubert, ob. cit. carta a Jules Duplan, junio de 1862]

          [6] “El miedo al frío o el pudor tal vez la hicieron vacilar al principio. Pero se acordó de las órdenes de Schahaba­rim y se adelantó; la pitón se dobló y, poniendo sobre la nuca la mitad de su cuerpo, de­jaba pender su cabeza y su cola como un collar roto cuyos dos extremos llegaban hasta el suelo. Sa­lambó se la enroscó en torno a su cintura, bajo sus brazos, entre sus rodillas; luego, cogiéndola por la mandíbula, aproximó su pequeña boca triangular hasta la punta de sus dientes y, entornando los ojos, se cimbreó a la luz de la luna. […] la serpiente apretaba contra ella sus negros anillos atigrados de placas de oro. Salambó jadeaba bajo aquel peso excesivo, se doblaba, se sentía morir y con la punta de la cola se gol­peaba suavemente en el muslo; luego, al cesar la música, la serpiente cayó al suelo.” [Gustave Flaubert, Salambó, capítulo X, La serpiente]

          [7] A título de ejemplos: Salambó, de Jules Jean Baptiste Toulot. Cadmo y Harmonía, de Evelyn de Mor­gan (1877). Sensualidad, de Franz von Stuck (1891), un pintor obsesionado por el tema; Lilith, de John Collier (1892). La lista es larga.

      [8] Salammbô. Compositions dessinées et gravées par Gaston Bussière, Paris, F. Ferroud, 1921. 17 com­positions hors-texte dont 2 frontispices gravées à l’eau-forte, plus 15 en-têtes, 15 culs-de-lampe, 15 lettres ornées, un fleuron pour le titre et un pour la couverture.

      [9] Gaston Bussière, Salammbô. La Scène du Serpent (1920), óleo expuesto en el Museo Municipal de las Ursuli­nas de Macon.

      [10] Gustave Flaubert, ibídem.

      [11] «The Adventure of the Speckled Band», The Strand Magazine, Londres, febrero de 1892.

      [12] Según Helen Stoner, “la disposición a la violencia, rayana en la manía, ha sido hereditaria en los varones de la familia y en el caso de mi padrastro se había acentuado, creo, debido a su larga es­tancia en los trópicos” [«La banda moteada»].

      [13] En los escritos canónicos los gitanos son siempre figuras negativas: bien por estar relacionadas con sujetos turbios como el Dr. Roylott, bien por rondar, como aves de mal fario, por la escena del cri­men, como ocurre en El Sabueso de los Baskerville y en «Silver Blaze».

      [14] Según Holmes, “cuando un médico se descarría, resulta ser el mayor de los criminales, ya que tiene coraje y conocimiento” [«La banda moteada»].

      [15] Vid. John A. Hodgson, «The Recoil of “The Speckled Band”: Detective Story and Detective Dis­course» en Poetics Today, vol. 13, nº 2, verano de 1992, págs. 309-324. Hodgson considera sin em­bargo que los juegos de palabras no eran muy del gusto de Conan Doyle. Es posible, pero a Watson de­bían encantarle, ya que el Canon está lleno de anagramas.

     [16] “Alrededor de la frente llevaba una extraña banda amarilla, con motas parduscas, que parecía estar atada ajustadamente alrededor de la cabeza […] al momento su extraño tocado empezó a mo­verse y de entre su cabello se alzó la cabeza achatada y en forma de diamante y el pescuezo hinchado de una repugnante serpiente” [«La banda moteada»].

      [17] Helen Stoner nos recuerda precisamente que Roylott, para facilitar su acción homicida, había “per­forado la pared de mi alcoba de modo que tuve que trasladarme a la habitación en que murió mi hermana y dormir en la misma cama en la que ella durmió” [«La banda moteada»].

     [18] “Five little livid spots, the marks of four fingers and a thumb, were printed upon the white wrist”.

     [19] Los términos son aún más explícitos en el original inglés: “You have been cruelly used”.

      [20] Véase, por ejemplo, los casos de Beryl Stapleton o Lady Brackenstall en El sabueso de los Basker­ville y «La granja Abbey» respectivamente.

     [21] “Cheetah”, en el original. El sustantivo proviene del hindi y tiene su probable origen en el sánscrito chitraka, literalmente, ‘el de los topos’.

      [22] La descripción recuerda en cierto modo a la de Kitty Winter, la prostituta sifilítica de «El cliente ilustre». Sobre este particular vid. Juan A. Requena. Noli me tangere. Metáforas de la sífilis en el Ca­non. Edición pri­vada, París 2006.

      [23] Al fin y al cabo, “the Roylotts of Stoke Moran” es anagrama de “so, note the marks of Roy­lott”.

      [24] Le­vítico, 14:54-57 ofrece un buen resumen de algunos de los temas evocados figuradamente en «La banda moteada»: “Tal es la ley de toda clase de mancha de lepra o de tiña, y de la lepra de los vesti­dos y de las casas, de los tumores y postillas y de las manchas blancas, para declarar lo mundo y lo in­mundo.

      [25] La “ciencia de la deducción de Sherlock Holmes se fundamenta, al igual que el diagnóstico clí­nico o el método de Giovanni Mo­relli (1816-1891) para la autenticación de obras de arte, en la ob­ser­vación minuciosa de indicios, la comparación sistemática y el razonamiento inductivo. Sus obvias si­militudes con la técnica psicoanalítica  han sido resaltadas en varias ocasiones. Vid. por ejemplo, Carlo Guinzburg, «Morelli, Freud y Sherlock Holmes: Indicios y método científico», en El signo de los tres, Editorial Lumen, Barcelona 1989.

      [26] “En julio de 1880, hallándose en el campo, el padre de la paciente había contraído un absceso subpleural grave; Anna participó con su madre en los cuidados. Cierta vez hacía vigilancia nocturna con gran angustia por el enfermo, que padecía alta fiebre, y en estado de tensión porque se esperaba a un cirujano de Viena que practicaría la operación. La madre se había alejado por un rato, y Anna es­taba sentada junto al lecho del enfermo, con el brazo derecho sobre el respaldo de la silla. Cayó en un estado de sueño despierto y vio cómo desde la pared una ser­piente negra se acercaba al enfermo para mor­derlo. […] Quiso espantar al animal, pero estaba como paralizada; el brazo derecho, pen­diente sobre el respaldo, se le había ‘dormido’, volviéndosele anestésico y patético, y cuando lo ob­servó, los dedos se mudaron en pequeñas serpientes rematadas en calaveras (las uñas). Probablemente hizo in­tentos por ahuyentar a la serpiente con la mano derecha paralizada, y por esa vía su anestesia y pará­lisis entró en asociación con la alucinación de la serpiente”. Josef Breuer & Sigmund Freud, «El caso de Anna O» en Estudios sobre la histeria (1895). No es improbable que Anna O., mujer de gran cultura y sensibilidad literaria, se inspirara también en la escena de Salambó para su ensueño.

      [27] Para los antiguos griegos no existían distingos entre la onza, el guepardo y el leopardo, agrupados todos bajo el nombre genérico de pantera. Estos felinos moteados escoltaban a las Ménades y a los Silenos, Sátiros y Faunos embriagados en las procesiones dionisíacas. El lector recordará quizás a otros miembros del cortejo báquico, como las vírgenes canéforas, con sus cestos repletos de frutos y ser­pien­tes amaestradas o los falóforos con sus largas vergas. Elementos que no resultan ajenos al mundo de Dr. Roylott.

      [28] «The Adventure of the Creeping Man», The Strand Magazine, Londres, Marzo de 1892.

      [29] La manifestación literaria más conocida se encuentra en uno de los episodios de Gamiani, relato pornográfico de Alfred de Musset publicado en 1876.

      [30] “L’Orang-outang, entraînant une femme au fond des bois (ouvrage refusé, que naturellement je n’ai pas vu) est bien l’idée d’un esprit pointu. Pourquoi pas un crocodile, un tigre, ou toute autre bête susceptible de manger une femme? Non pas! Songez bien qu’il ne s’agit pas de manger, mais de violer. Or le singe seul, le singe gigantesque, à la fois plus et moins qu’un homme, a manifesté quelquefois un appétit humain pour la femme. Voilà donc le moyen d’étonnement trouvé! « Il l’entraîne; saura-t-elle résister? » telle est la question que se fera tout le public féminin. Un sentiment bizarre, compliqué, fait en partie de terreur et en partie de curiosité priapique, enlèvera le succès. Cepen­dant, comme M. Fré­miet est un excellent ouvrier, l’animal et la femme seront également bien imités et modelés. En vérité, de tels sujets ne sont pas dignes d’un talent aussi mûr, et le jury s’est bien conduit en repoussant ce vi­lain drame.” [Charles Baudelaire, «Le Salon de 1859», La Revue Française (1859)]

      [31] La primera versión, Gorille enlevant une Négresse, fue expuesta en 1859 a la entrada del Palais de l’Industrie de París detrás de unos espesos cortinones verdes para no ofender a las visitantes. El yeso original fue poco des­pués destruido dolosamente por alguien a quien el arte de Frémiet desagradaba.

      [32] Como cantaba Georges Brassens: “Que le gorille est un luron / supérieur à l’homme dans l’étreinte, / bien des femmes vous le diront!

      [33] Rousseau se hace también eco de estas historias de viajeros en 1755: “Dapper confirme que le royaume de Congo est plein de ces animaux qui portent aux Indes le nom d’orang-outang, c’est-à-dire habitants des bois, et que les Africains nomment Quojas-Morros. […] Les Nègres font d’étranges récits de cet animal. Ils assurent non seule­ment qu’il force les femmes et les filles, mais qu’il ose attaquer des hommes armés. En un mot il y a beaucoup d’apparence que c’est le satyre des Anciens.” [Jean-Jacques Rousseau, Discours sur l’Origine et les Fondements de l’Inégalité parmi les Hommes, nota nº 10]

      [34] Curioso que Baudelaire rechazara el Gorille enlevant une Négresse de Frémiet en 1858, habiendo traducido en 1856 el violento relato de Edgar Allan Poe. El realismo de la escultura, que convertía en más verosímil la fantasía de Poe, no debió ser ajeno a aquel sentimiento de dis­gusto. Se­ñalemos, a título de coincidencia, que el dominio de la anatomía humana y animal que revela Frémiet fue el fruto de sus muchos años de taxidermista, profesor de dibujo en el Jardin de Plantes y el Museo de Historia Natural y pintor de cadáveres… en la morgue de París.

      [35] Charles Edouard Brown-Séquard, «Expérience démontrant la puissance dynamogénique chez l’homme d’un liquide extrait de testicule d’animaux» en, Archives de Physiologie Normale et Patholo­gique, París, 1889, nº 5, serie 1, págs. 651 a 658.

     [36] Un eco lejano de los experimentos de Brown-Séquard y Voronov subsiste en la delirante comedia de 1952 Monkey Business (Me siento rejuvenecer); película de Howard Hawks con algunas escenas impagables, como la de Charles Coburn, nueva encarnación enloquecida del Profesor Presbury, empa­pando el rotundo trasero de Marilyn Monroe con un explícito sifón, bajo los efectos del brebaje rejuve­necedor creado por el chimpancé del laboratorio.

      [37] A esta degeneración progre­siva de las raíces y columnas posteriores de la médula espinal y el tronco del en­céfalo dedicó Conan Doyle su memoria para la obtención del título de doctor en Medicina en 1885. Vid. Arthur Co­nan Doyle, «An Essay upon the Vasomotor Changes in Tabes Dorsalis and on the Influ­ence which Is Exerted by the Sympathetic Nervous System in that Disease, Being a Thesis Pre­sented in the Hope of Obtaining the Degree of Doctorship of Medicine of the University of Edin­burgh». Un largo extracto del capítulo III de esta tesis puede encon­trarse en la antología The Edinburgh Stories of Arthur Conan Doyle. Edinburgh University Student Publications Board, 1981. Págs. 81 a 86.

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22 Responses to “Estudio en negro”


  1. 1 belakarloff
    30 marzo 2010 en 9:30

    Este estupendo texto es el que sirvió de conferencia a Juan Requena en el pasado encuentro “Buenas tardes, Mre. Holmes” del que os hablamos en otra entrada.

    En próximos días os ofreceremos todos los textos que se ofrecieron, por lo cual, aunque no pudiéseis asistir, más o menos os enteraréis de lo que se ofreció.

    Desde aquí expreso mi agradecimiento a Juan Requena por la cesión de su texto.

  2. 30 marzo 2010 en 23:04

    Fantástico, un estupendo texto. Dan ganas de seguir leyendo un buen rato más acerca de estas alambicadas relaciones entre obras de arte, circunloquios para referirse a lo de siempre e investigadores, reales o de ficción, del crimen, de la psiquiatría o del arte, desentrañando esos misterios. Lo cierto es que aunque el sr. Requena trata exhaustivamente los dos relatos no comienza ni a agotar el tema en el Canon… Así que si prosigue sus indagaciones espero que podamos leerlo por aquí.

  3. 3 belakarloff
    31 marzo 2010 en 7:52

    Yo estaría encantado en seguir publicando textos del sr. Requena, tanto ahondando en el tema de esta ponencia, como en cualquier otro…

  4. 31 marzo 2010 en 14:02

    Impresionante texto. No nos damos cuenta de que las interpretaciones que damos a nuestras lecturas con ojos de hoy día en su día hubieran parecido marcianas a los escritores.

    Gracias por traerlo y mi elogio absoluto al autor.

    😀

  5. 31 marzo 2010 en 15:26

    Un artículo para enmarcar, no hay duda. Se nos desvelan algunos datos que muy pocos saben y además la documentación es apabullante. Yo también apoyo la aparición de más artículos por el estilo.

    Y hablando de apariciones… ¿Para cuando el pack DVD de Sherlock Holmes sesión doble? Juraría que tenía que haber salido hace un par de semanas o asi, ¿No? ¿Se ha retrasado? En ZonaDVD.com no aparece, así que la duda me corroe.

    Saludos.

  6. 6 belakarloff
    31 marzo 2010 en 19:53

    WOLFVILLE:
    Y hablando de apariciones… ¿Para cuando el pack DVD de Sherlock Holmes sesión doble? Juraría que tenía que haber salido hace un par de semanas o asi, ¿No? ¿Se ha retrasado? En ZonaDVD.com no aparece, así que la duda me corroe.

    HOY MISMO ME HAN ESCRITO, Y ME HAN DICHO QUE EL LUNES ME ENVÍAN LA PELI. SUPONGO QUE ESE MISMO DÍA SALDRÁ EN DISTRIBUCIÓN, LO CUAL SUPONGO QUE SIGNIFICA QUE TARDARÁ UNOS CUANTOS DÍAS EN LLEGAROS MIENTRAS YO YA LO TENDRÉ. JUAJAJAJAAJAJAJAJAAJAJ…

  7. 4 abril 2010 en 9:35

    Interesantísmo artículo, realmente excelente.
    Como es lógico, entre blogs que tratan asuntos afines, he tratado yo mismo alguno des estos asuunto, en particular el del simio (aquí el asunto de las glándulas y su relación con CREE y aquí su iconografía y simbología) y he prometido varias veces tratar el de la serpiente (aquí, por ejemplo). Cuando lo haga, en ese y en otros post futuros, enlazar este post como referencia será inevitable.
    Gracias mil por compartirlo.

  8. 8 belakarloff
    4 abril 2010 en 9:40

    Aunque supongo que será obvio para todos, en lo que refiere Evil Preacher, cuando dice la palabra “aquí” colocad el cursor encima, pues se trata de un link (en otros sitios suele aparecer en otro color, no así aquí)

  9. 4 abril 2010 en 12:20

    Juan siempre nos ha obsequiado con textos realmente buenos. A todos aquellos que aún no lo hayáis comprado (contando que aún hayan existencias en las pocas librerías especializadas), os recomiendo “El caso de la baraja perversa”, (quizá ya hemos hablado de él antes, pero si no es así…), precioso estudio del Tarot en su relación con los 60 relatos del Dr. Watson. Viene acompañado de una baraja con los arcanos y los palos dibujados por otro gran estudioso canónico, José Luis Errazquin. Supongo que en Estudio en Escarlata (Madrid) o en Negra y Criminal (Barcelona), aún deben tener algún ejemplar.

  10. 10 belakarloff
    5 abril 2010 en 18:40

    En Estudio en Escarlata yo lo compré hace unos meses…

    Por cierto, me interesaría publicar análisis crítico del libro. Por si alguien se anima…

  11. 11 doctorwatson65
    5 abril 2010 en 18:41

    Lástima no haber podido ir… Habrá que leer el artículo…

  12. 5 abril 2010 en 20:55

    Bela, según creo tu charla fue sobre “La Vida Privada…” ¿no? Ya sabes que en el Anuario tengo previsto incluir el artículo que apareció aquí. ¿Es muy diferente o no? Lo digo porque estoy incluyendo en él todas las intervenciones de miembros (y no miembros) en meetings de estos últimos meses en los que hemos estado involucrados, y si no difiere mucho no lo incluiría. Dime algo, plis…

  13. 5 abril 2010 en 21:09

    Gracias, Belakarloff, por aclarar el asunto de los enlaces. No me gusta poner links a mi blog, por que podría interpretarse como spam, pero en este caso, los artículos eran tan cercanos, que lo he creído justificado.
    Aprovecho para señalarte que hay un problema con las llamadas de nota; cuando clickas en una no te lleva a la nota correspondiente. Es un problema que he tenido yo también (y todavía no he resuelto) y lo atribuía a la extraña manera de interpretar el código de Blogger, pero parece que en WordPress ocurre lo mismo.

  14. 14 belakarloff
    6 abril 2010 en 8:00

    Harold:
    El artículo es prácticamente lo mismo que se leyó, salvo en las suculentas notas aquí añadidas.

    En cuanto a mi “conferencia”, no fue tal, sino una proyección de una escena inédita de la película, que doblé al castellano simultáneamente, haciendo todos los personajes. Ya lo publicaré aquí con ciertos “retoques”. Y no digo más.

    Evil:
    “Spam” es lo que hacen algunos que vienen aquí de primeras y sueltan: “Mirad qué blog más bonito tengo”. Los habituales podéis poner los links que queráis.

    Respecto a los problemas con las notas, bueno, no lo he comprobado; simplemente bajo y miro sobre la marcha. Ahora pruebo.

  15. 15 Jabez Wilson
    6 abril 2010 en 11:22

    “me interesaría publicar análisis crítico del libro. Por si alguien se anima…”

    Es todo un reto esa reseña…

  16. 16 belakarloff
    6 abril 2010 en 11:23

    Pues sí…

    Si pudiera ser, incluso, metería dos seguidas y paralelas: una de alguien conocedor del Canon, y otra de alguien que dominase el Tarot.

  17. 17 Harry Dickson
    9 abril 2010 en 13:23

    Impresionante.

    ¡Más, más..!

  18. 18 belakarloff
    9 abril 2010 en 13:27

    Pues a ver si animo a Juan a que me mande alguna cosa que tenga hecha…

  19. 19 doctorwatson65
    9 abril 2010 en 19:54

    Decir que las fotos hechas del evento, no son muy buenas y por eso no se han colgado aquí… Lástima…

  20. 20 Jabez Wilson
    17 abril 2010 en 10:36

    Manolo Traficante me ha enviado unas fotos, las desvío en cuanto pueda.

    Por otra parte, amigo Bela, a usted a quien los Dioses han concedido los dones de la Persuasión y la Convicción, podría ejercerlos con el Sr. Requena y pedirle que le envíe un texto que me enseño sobre los nobles orígenes de la estirpe de los Jabez ( ya sabe, de los Wilson de toda la vida)

  21. 21 belakarloff
    19 abril 2010 en 9:20

    Hoy mismo me ha enviado unas cuantas cosas (una de ellas ya está publicada), pero eso no figuraba entre ello… Pero bueno, le insistiré sobre eso en concreto, aunque quizás entre en lo que le he sugerido que me ampliase…

  22. 22 Marco Flores Acho
    6 febrero 2013 en 16:07

    no llevo mucho tiempo que he iniciado la lectura de las obras de Holmes, esto me ha ayudado a saber màs sobre este genero,simplemente me gusto y agradesco que hayas compartido libremente.


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