23
Ago
11

El síndrome Cárpatos (y 5)

CAPÍTULO V

 

SINOPSIS

 

Fecha Estelar 56942.5. Investigando la anomalía que ha hecho desaparecer a la mayoría de la tripulación del Enterprise en el interior del Holodeck, el nuevo Primer Oficial Martin Medden y el doctor holográfico se ven obligados a luchar contra unas violentas réplicas del capitán Picard y algunos ex–oficiales de la nave, cuyos sistemas de control quedan de pronto inoperativos, al tiempo que el auténtico Picard, la alférez Vulcana T’Pak, el androide B–4 y su enigmático guía Ismael han de luchar contra numerosos peligros en el interior del mundo holográfico, hasta llegar a las puertas de un castillo gótico que parece esconder la clave del misterio; allí no tardan en encontrar nuevas sorpresas…

 

 

 

 

Durante algunos segundos, el tiempo pareció quedar paralizado: allí, frente a frente, dos entidades imaginarias, dos hijos de la sociedad victoriana miraban impávidos a los asombrados representantes del futuro y la realidad. ¿O no eran así las cosas? Drácula, el mítico vampiro, y Moriarty, quien tras su adecuado sobrenombre como Ismael, el enviado de la muerte, revelaba al fin su verdadera identidad. ¿Sería posible, se preguntó Picard, que durante todo aquel tiempo hubieran sido meros títeres de unas entidades de ficción? ¿Dónde, pues, se definía la frontera entre ficción y realidad?

–Fascinante, capitán –susurró inopinadamente B–4–, se supone que nuestro anfitrión es un icono del terror, y, sin embargo, no logro captar entre nuestro grupo ninguna sensación de temor.

–Su androide es muy perceptivo –dijo entonces el conde, con una sonrisa irónica en sus labios–, probablemente mucho más de lo que todos suponen, usted mismo incluido, capitán. Así es, he tratado de inhibir al máximo las aprensiones que mi creador pudiera causarles y, como comprobarán en breve, he adquirido también capacidades que me permiten situarme por encima de las limitaciones que a mi naturaleza se impusieron, si bien he mantenido aquellas que más beneficio puedan proporcionarme. Es curioso –añadió al cabo de una pausa, acercándose a B–4 con sus afilados y delgados dedos extendidos hacia el rostro del androide–, no percibo nada a través de él. Es como… si no estuviera realmente vivo. Y la joven dama…

–Todo esto es muy confuso –terció Picard, haciendo un esfuerzo ímprobo por sobreponerse a su estupor–; hemos sido traídos hasta aquí con subterfugios y grave riesgo, tanto de mi grupo como del resto de la tripulación. Considero que se nos debe alguna explicación.

–Como no he cesado de señalarle, capitán, las fronteras son aquí muy difusas –dijo Moriarty, hasta ese momento imperturbable–, si bien, personalmente, tengo bastante claros mis objetivos y delimitaciones. Permítame señalarle, por otra parte, que no es usted el más indicado para hablar de subterfugios ¿Creía usted en verdad que permanecería ignorante del ardid con el que pretendió engañarnos, a mí y a mi esposa? Y lo que es más, ¿suponía que podría conformarme con ello?

–Escuche, profesor –respondió el capitán–, puedo comprender su recelo, pero usted ha de comprender igualmente que no era una cuestión fácil. Créame…

–Lo cierto es que, con toda su nobleza y todos sus grandes ideales, nos encerró en una prisión peor que este simulacro –replicó Moriarty, haciendo un ademán con los brazos en derredor suyo–; cuando, confiados en usted, tratamos de encontrar un nuevo mundo en el que establecernos, sólo hallamos un círculo eterno de vacío.

–¡Nunca intenté engañarles!– exclamó Picard, a punto de perder la compostura–; traté de hallar un medio para hacerles volver, se lo aseguro, pero resultó imposible.

–…y acabaron olvidándonos –concluyó Moriarty–. ¿Imposible, capitán? ¿En el Enterprise? Sabe, creo que voy a tener ocasión de proporcionarle nuevas sorpresas…

–Caballeros –interrumpió Drácula, con un ademán de su mano–, un encuentro nunca debería comenzar con una disputa. Si aceptan mi hospitalidad, podré sin duda proporcionarles un digno acomodo en mis estancias. No abriguen temor alguno, insisto en ello, y ustedes podrán intercambiar impresiones con el profesor sobradamente. Acompáñenme; hay una mesa servida esperándoles.

Con un majestuoso movimiento, el Conde dio media vuelta, en dirección a otra galería situada detrás suyo, sin dignarse esperar a que le siguieran. Moriarty, por su parte, observó unos instantes a los aún atónitos tripulantes con una sarcástica sonrisa dibujada en el rostro, para acto seguido ir tras la estela escarlata dejada por la capa de su anfitrión al penetrar en el pasaje.

Sabiéndose centro de las miradas de su grupo, Picard no tuvo más opción que seguir a los dos personajes aparentando la mayor resolución posible, a pesar de la ventaja de tener por acompañantes a una vulcana y un androide: sin duda, era él quien las tenía menos consigo en aquellos momentos. Hubiera preferido pensarse un poco más aquella situación y los pasos más adecuados a seguir, pero la reflexión en aquella situación resultaba improcedente.

Cuando el grupo penetró en la galería por la que Drácula y Moriarty habían desaparecido, el capitán estuvo a punto de lanzar una exclamación de asombro: aquello no se parecía en nada al paisaje tenebroso y decrépito que la imaginación colectiva de generaciones había forjado en su mente. Por el contrario, la luz radiante de enormes lámparas colgadas del techo mostraba un amplio y cuidado claustro en cuyas paredes, cubiertas de retratos y cuadros renacentistas, se abrían numerosas puertas remarcadas por bajorrelieves medievales, al igual que la hilera de columnas jónicas que lo atravesaban, detentadores de una riqueza considerable y un gusto exquisito. En un instante, las aprensiones de Picard de nuevo se extinguieron: al fin y al cabo, si su vampírico anfitrión había sido capaz de alterar su naturaleza, era lógico suponer que la transformación hubiera devenido en un ser racional, con quien se pudiera dialogar.

Una vez atravesado el corredor, los tripulantes ascendieron una amplia escalinata de caracol hasta una nueva galería más angosta pero no menos suntuosa que la del piso inferior; al fondo, una puerta abierta les mostró a sus dos anfitriones esperándoles al pie de una fornida mesa de roble bien servida, en cuyo centro la tenue luz de algunos candelabros dispersos dejaba ver dos grandes bandejas repletas de lo que parecían porciones de carne y numerosas copas doradas repartidas en las diferentes esquinas.

–Espero que la cena resulte enteramente de su agrado – dijo Drácula, invitando a los viajeros a sentarse con un amplio gesto de su mano–; he debido fiarme enteramente de las indicaciones del profesor acerca de sus gustos en concreto, si bien he considerado oportuno incluir algunas modificaciones locales.

Tratando de entrever los platos dispuestos a lo largo de la amplia mesa, los invitados se sentaron sin pronunciar palabra, mientras Moriarty, inclinando levemente la cabeza, se situó a su vez frente al capitán. Sin prestarle demasiada atención a este hecho, Picard observó la comida dispuesta ante él: las bandejas, en efecto, contenían grandes tajadas de carne roja, guarnecidas con salsa y una variopinta provisión de verduras desconocidas para el capitán, quien las supuso características de los Cárpatos. Abundaba de igual modo la fruta, dispuesta en recipientes circulares a lo largo de la mesa, y T’Pak encontró frente a sí la agradable sorpresa de una sopa plomeek perfectamente condimentada.

La comida comenzó, pues, sin más dilación. Drácula inauguró la ceremonia con un breve brindis por la salud y el futuro de sus invitados para, a continuación, sentarse en un extremo de la amplia mesa sin probar un solo plato, disimulando tal omisión con repetidos sorbos de su copa, como Picard observó con inquietud, recordando que una de las características del vampiro es, precisamente, que no podía comer carne. Los demás, por su parte, permanecían atentos a sus platos en silencio y sin aparentar haberse percatado de este hecho, con la excepción de B–4, quien tampoco probaba bocado y, entre ojeadas curiosas en derredor, intercambió varias miradas significativas con el capitán. Éste procuró disimular su cada vez más creciente nerviosismo sirviéndose a su vez un plato de aquellas exóticas verduras mientras observaba a Moriarty, quien con toda pulcritud devoraba una de las rodajas de sanguinolenta carne.

– Y bien, profesor, ¿qué fue de su esposa? –preguntó de improviso Picard, deseoso de romper aquella situación del modo que fuera.

– Murió –respondió el interpelado, apartando la vista de la carne que ya iba terminando–; así es, cuando la farsa resultó evidente, la tristeza fue excesiva para ella. Como ve, incluso un holograma puede morir.

–Lo lamento, créame –replicó el capitán, con sinceridad–; apreciaba a la Condesa y, aunque no seamos culpables de su muerte, comprendo ahora el desprecio que pueda sentir hacia nosotros.

–Se preguntará, sin duda, a dónde lleva todo esto– comentó Moriarty, sin molestarse en replicar a su vez las palabras de Picard–; sencillamente, deseo que la pérdida de mi esposa no haya sido en vano, para lo cual he tomado medidas que hubieran hecho sus deseos, los míos, realidad.

»Para ello necesitaba, por supuesto, un aliado –continuó, ante la muda interrogación del capitán–. Cuando desactivé el circuito de memoria en que nos habían encerrado, pude observar la pasión del doctor Schanuer por las viejas historias de terror y la frecuencia con que convocaba la figura del conde. No podía desear mejor oportunidad, con lo cual decidí ofrecer a nuestro anfitrión la misma libertad que su predecesor me otorgó a mí, liberándome de las ataduras de mi programación y dándome conciencia propia –concluyó, señalando a B–4, quien, desconcertado, fijó su mirada en el capitán, el cual observó a su vez a Drácula, cuya figura, más bien una silueta entre la penumbra de los candelabros, permanecía inmutable, en apariencia ajena a la conversación que a su lado se desarrollaba.

»Soy perfectamente consciente del peligro implícito en mi acto, capitán –dijo Moriarty al percatarse, con un conciliador gesto de la mano–; por supuesto, antes de liberarle, le reprogramé inhibiendo, como el propio conde les ha explicado, las ansías vampíricas con que su creador le había condenado, amén de contar con los naturales deseos de un ser libre de superar sus propias limitaciones.

–En cierto modo, ha efectuado usted el rol de demiurgo, reflejando sus propias cualidades y deseos en otro ser –observó Picard–, pero olvida que el mero hecho de la autoconciencia implica el riesgo de conductas y reacciones distintas a las que usted realizaría.

–No lo he pasado por alto, por supuesto –dijo Moriarty calmosamente–, pero créame que he barajado todas las posibilidades: como en mi caso, se trataba de modificar unos condicionantes previos, no de crearlos a partir de cero, y por tanto hay que tener en cuenta los aspectos positivos otorgados por el creador frente a los negativos. En este caso, el riesgo era casi intolerable, dada la preponderancia de los factores negativos. Analizando sin embargo la caracterización originaria de Stoker, observé que el conde ante todo era un caballero, muy notable y muy por encima de otros seres de esa misma especie ficticia, de forma que era lógico suponer que esas cualidades predominarían si la faceta oscura se reducía al mínimo.

–Y he aquí que, de pronto, soy capaz de ver y sentir, cuando apenas tenía más sustancia que una mera unión de palabras, títeres de la voluntad de un viejo escritor cargado de miedos y obsesiones –interrumpió bruscamente Drácula, levantándose del rincón donde hasta aquel momento había permanecido–; es lástima que el brillante trabajo del profesor haya errado en el punto más sustancial.

Al decir esto, dos nuevas figuras surgieron desde la penumbra situándose a ambos lados del conde, quien, con una sonrisa benevolente dibujada en sus labios, las iluminó alzando un candelabro a la altura de su rostro. La sangre se le heló en las venas a Picard al reconocerlos: eran el doctor Schnauer y la oficial Morán, quienes, pálidos e inexpresivos como cadáveres, permanecían inmóviles en el punto en que se habían parado.

–Son ahora mis sirvientes –explicó Drácula–, nosferatus como yo, como todos los habitantes de este mundo holográfico, como ya su propia tripulación, como pronto será usted mismo, capitán.

–¡No era esto lo que quería! –bramó entonces Moriarty, con sincero desconcierto– ¡Acordamos que reducirías a la tripulación para poder salir de esta maldita nave! ¡Te hice libre!

–Por lo cual estaré eternamente agradecido –replicó Drácula–, pero mi esencia no puede ser obviada, por muy reducida que esté. Quisiera sinceramente que desapareciera por completo, pero, como usted muy bien sabe, profesor, no podría extirparla sin destruirme a la vez. Siento mucho verme obligado a dar este paso, pero ha llegado el momento de ser consecuente… para todos.

Dicho esto, la estancia quedó por completo a oscuras para, al cabo de unos instantes, iluminarse de nuevo. Los tripulantes, sorprendidos, aturdidos, miraron parpadeando en derredor suyo: Moriarty había desaparecido.

–Una vulgar, aunque eficaz, acción de guardarropía –observó Drácula desde el centro de la estancia donde pareció materializarse–; les ofrezco disculpas, pero era necesario dejarles clara la situación.

–Somos sus prisioneros, por tanto –concluyó T’Pak recobrando su habitual calma–, sólo que en una jaula distinta a la del profesor.

–No exactamente –respondió el vampiro, observando con fijeza a la alférez–; yo hablaría más bien de huéspedes, claro está, sujetos a mis condiciones. En cuanto al profesor, digamos que ha retornado al punto de dónde creyó huir, y donde ahora permanecerá eternamente.

–¿Cómo puede estar tan seguro?–inquirió B–4–: sin duda, el profesor no aceptará su nuevo encierro con facilidad.

–Sin duda –replicó Drácula, dejando entrever sus colmillos en una media sonrisa–, pero, androide, recuerde que tengo sus mismas capacidades y, por tanto, el mismo acceso al ordenador; nada puede hacer Moriarty, pues, sin que yo lo controle, y sólo si yo lo decido podrá recuperar su libertad.

–Extraña forma de demostrar hospitalidad –replicó Picard, hasta aquel momento a la expectativa–; nunca había oído a un anfitrión amenazar a sus invitados, tan llanamente como acaba de hacerlo.

–Pero es que lo que les ofrezco, mi estimado capitán, va más allá de lo que puedan imaginar; créame, llegarán a estar agradecidos.

–¿Por ser sus sirvientes, como Schnauer y Moran? ¿Y qué le ha hecho al resto de mi tripulación?–inquirió el capitán, tratando de mantener la compostura sin conseguirlo del todo.

Por toda respuesta, el conde, hierático hasta el momento, desvío su rostro hacia

el fondo de la estancia, y, de nuevo, una serie de figuras surgieron de las sombras, primero unas pocas, luego cada vez más numerosas, hasta que prácticamente no quedó rincón de la sala sin ocupar. Muy a pesar de su voluntad, los tripulantes, rodeados por rostros hostiles y mortalmente pálidos, se empujaron entre sí mientras Picard, sobresaltado, reconoció entre esos rostros a Madden y Worf, y, detrás de ellos, a LaForge y la Consejera Nerea, además de a otros muchos oficiales. Drácula, parsimoniosamente, se deslizó por entre aquellas figuras: arropado por el juego de luces y sombras que proporcionaba la luz de los candelabros, su bien lustrado cabello y sus pobladas cejas, en contraste con la blanca faz de su rostro, parecía una extensión de la oscuridad que abandonaba cuando era iluminado por las velas.

–Muchos de ellos son hologramas, otros, ya lo habrán comprobado, pertenecían a su mundo –dijo Drácula, ante la sorprendida expresión del capitán–; ahora, sin embargo, esa diferencia ha desaparecido. Yo cumplo mis promesas, capitán: son ustedes testigos de uno de los mayores pasos evolutivos de la historia. ¡Demos la bienvenida a una nueva humanidad hermanada con sus hijos artificiales!

–¿Cómo consiguió afectar a los tripulantes del exterior? –inquirió B–4, con su eterna curiosidad.

–Muy simple: creando a mis hijos, naturalmente con capacidades inferiores a las mías para no cometer el mismo error del profesor –respondió el interpelado orgullosamente–; ellos, por ejemplo, carecen de la autonomía cognitiva que tan ingenuamente me fue conferida. Puede decirse que son terminales de mi persona, en forma humana, dispersados para transferir nuestra esencia.

–¿Sus hijos… quiero decir, sus hologramas, han ocupado mi nave? –exclamó Picard– ¿Cómo?… creía que éste era un privilegio tan sólo reservado al doctor.

–Así era, capitán –respondió Drácula, con cierta severidad en su tono–, de hecho los archivos de Zimmerman me resultaron muy útiles a la hora de aplicar mi proyecto. Tan solo hube de introducir algunas variaciones, extenderlas a aquellos campos de fuerza individuales que tan absurdamente olvidaron, confeccionar el programa definitivo y actuar.

–¿Tiene usted acceso, por tanto, a los archivos del ordenador central? –preguntó B–4 de nuevo, imperturbable.

–Yo soy el ordenador central –replicó Drácula, con cierto hastío ante las continuas preguntas del androide–; de hecho, puede decirse que soy la propia nave. Cuando hablé de mis hijos como terminales, no estaba metaforizando.

»Naturalmente –continuó– cuando me vi libre y consciente, empecé a plantearme la validez del plan y los fines que el profesor me ofrecía, y pronto llegue a la conclusión de que no tenía por qué limitarme a una simple fuga. Si en nuestras manos estaba la capacidad de la creación y la superación, ¿por qué, pues, limitarme? De esta forma, a espaldas del profesor, hallé la forma de fusionar mi energía con los circuitos del ordenador. Tras esto, llegar hasta el núcleo central no representó ninguna dificultad.

–Debo entender, entonces, que sus poderes en esta nave son ilimitados– comentó Picard, quien de pronto se sintió impulsado a aceptar la situación.

–No únicamente en la nave –respondió el vampiro, visiblemente satisfecho ante el cambio de interlocutor–; estamos tan sólo ante el principio. Esta nave, por supuesto, continuará contactando con otros mundos y civilizaciones, pero ahora llevará nuestra herencia. Y para mostrarles definitivamente mi poder…

Un leve enarcado en su rostro, y frente a los tripulantes se hizo visible el característico centelleó del transportador. Una silueta fue pronto conformándose y, al fin, la figura del doctor holográfico se materializó ante ellos, semiaplastada entre las numerosas entidades que le rodeaban.

–¡Esto es intolerable! –exclamó, indignado–. Ya es bastante denigrante que te mantengan encerrado en un campo de fuerza, pero, ¿cómo se atreve?…

–Aquí tienen al buen doctor, un holograma no creado por mí –explicó Drácula, indiferente a las quejas del doctor–; no puedo controlar sus reacciones, pero, como ven, no deja de ser un títere de mi voluntad.

–Por eso nos ha permitido llegar vivos hasta aquí –dijo Picard–: quería impresionarnos, hacernos ver lo indefensos que estamos.

–Al contrario, capitán –replicó el conde–, soy yo el impresionado. Les he permitido llegar hasta aquí, en efecto, sorteando todas las trampas que se me iba ocurriendo crear. Es, en esencia, lo que usted llamaría el juego del gato y el ratón. Y he de decir que lo han jugado de maravilla. Serán ustedes predilectos entre mis sirvientes…

»Pero ha llegado el momento de abandonar las explicaciones –al decir esto, su semblante adoptó una expresión severa, amenazadora como no habían visto hasta el momento: todo aire de cordialidad se había esfumado, extendiéndose a lo largo de la estancia. Un desagradable sonido, como de rechinar de dientes, comenzó a invadir los tímpanos de los tripulantes; Picard, entrecerrando los ojos en un fútil intento de atenuar tan desagradable murmullo, pudo entrever un sinnúmero de ávidas bocas entreabiertas, mostrando colmillos inusitadamente afilados.

Drácula, por su parte, había extendido su brazo izquierdo señalando a T’Pak, clavando al mismo tiempo sus rojas pupilas en el rostro de la vulcana; ésta, a su vez, mantuvo altiva la mirada en un formidable duelo de voluntades cuya duración Picard fue incapaz de discernir; al fin, la alférez pareció relajar la tensión de su rostro, entornó levemente los ojos y dio un tímido paso hacia delante. Drácula, entonces, adelantó cortésmente su brazo, ofreciendo la mano abierta a T’Pak, quien, con pasividad, se acercó a su altura. Ante esto, Picard, B–4 y el doctor hicieron ademán de lanzarse a socorrerla, pero los numerosos brazos que les sujetaban parecieron adquirir la fuerza de cepos de hierro.

–Mente vulcana –murmuró el conde, sujetando con suavidad los hombros de su víctima–, de todas, la humana, la klingon, la bajorana… sin duda, la más interesante, la de esencia más rica y compleja. Mujer, reinarás en esta nave como mi concubina más apreciada.

En ese preciso momento, el estupor que parecía dominar a la alférez desapareció, rechazando el abrazo del vampiro con un enérgico movimiento de hombros, seguido, ante la turbación de éste, por un intento de pinzamiento vulcano; más el desconcierto duró poco, y al cabo de un instante, una brutal bofetada dio con el rostro de T’Pak en el suelo al tiempo que Drácula, furioso, hizo ademán de lanzarse sobre ella. Al instante, B–4 empujó violentamente a sus aprehensores, quienes, sorprendidos por el nuevo intento del androide, liberaron esta vez a su presa, que, sin perder un instante, se lanzó hacia el vampiro, desviando la atención de T’Pak mientras le agarraba un brazo.

–¡Estúpido hombre sin alma! ¿Cómo te atreves? –bramó Drácula, liberándose sin dificultad de la presa del androide al tiempo que cernía las manos sobre su cuello. Con el rostro desencajado por la furia, el conde dio rienda suelta al desprecio que desde el primer momento había sentido por B–4, único ser en la nave a quien no podía controlar ni manejar. Cerrando su presa con fuerza, obligó a su víctima a arrodillarse mientras, ante la impotencia del capitán y los demás, empezó a hacerse audible un sonido de cables y conexiones rotas.

Para sorpresa de todos, las garras del No Muerto cedieron de pronto, liberando al ya inconsciente androide: una expresión de inaudito terror había sustituido al odio en su rostro, alzada la mirada hacia una luz centelleante que inundó toda la estancia, haciendo retroceder al tiempo a los acólitos, igualmente aterrorizados. Moriarty había resurgido de nuevo, pero algo había cambiado en su aspecto: embutido en un McFarlane de cuadros en lugar de su habitual traje oscuro y tocado con un pintoresco gorro de cazador de fines del siglo XIX, su porte parecía ahora más altivo y sereno, diríase que había aumentado su estatura y una viveza especial dominaba su mirada a través de los ojos de azul claro.

–Muy típico, de veras –observó, mirando fijamente al atemorizado conde–; una lógica implacable dominada por el egocentrismo característico de los villanos de folletín que la hace caer en errores fatales, como suponer que iba a dejarme engañar de forma tan ingenua. Mi querido conde, Moriarty quizá hubiera caído en la trampa, pero olvidó lo más elemental: que fue creado para ser mi némesis, por tanto un simple sucedáneo, un clon destinado a fracasar.

»Todo personaje, héroe o villano, tiene su némesis –prosiguió, acercándose al conde al tiempo que sus facciones iban cambiando perceptiblemente, haciéndose más delgadas y con los pómulos y el mentón más pronunciados–, pero, según las reglas de la ficción literaria, la némesis de un villano logra sus propósitos. Todo ha formado parte de un plan al que está predestinado y del que no puede escapar.

Aullando de terror, el vampiro retrocedió ante el avance implacable del nuevo oponente, buscando refugio entre unas sombras que ahora parecían huir de él. Sus facciones comenzaron también a cambiar, transformándose el lustre de su cabello en las blancas canas de un anciano, del mismo modo que su antes orgulloso rostro se veía ahora surcado por las arrugas de la vejez; al mismo tiempo, su figura empezó a difuminarse, revelando las paredes situadas detrás suyo, mientras otra silueta se corporeizó en el mismo espacio donde Drácula, entre aullidos de agonía, se desintegraba.

Frente al renacido Moriarty, la figura que había usurpado el espacio del conde reveló unas facciones idénticas a las de éste, una vez se hubo materializado por completo. Sin mediar palabra, los dos individuos se miraron fijamente y avanzaron el uno frente al otro, hasta fusionarse en un solo ser, que mantuvo la peculiar indumentaria con que Moriarty había reaparecido.

–Una buena actuación, mi estimado amigo, y quizá arriesgada en exceso –dijo éste, observando al androide tendido en el suelo–; espero que pueda recuperarse… ¿o debería decir “arreglarse”?– prosiguió, mirando a los estupefactos tripulantes, a cuyo alrededor yacían exánimes los cuerpos de los oficiales poseídos.

–No se preocupen por ellos –prosiguió, señalándolos con una recargada pipa que se sacó de uno de los bolsillos–, sólo están inconscientes; el mal que les afectó ha desaparecido con nuestro conde, y los hologramas a los que llamaba “sus hijos” tampoco existen ya. A propósito, mi bon capitain –añadió, llevándose la pipa a la comisura de sus delgados labios–, le presupongo muy capaz de obviar una presentación, pero las reglas de la cortesía la hacen necesaria: me llamo Holmes, Sherlock Holmes.

Al cabo de unos minutos, el escenario había cambiado sustancialmente: una acogedora habitación, abarrotada de estanterías con libros y dispositivos químicos, ocupaba el lugar de la sombría estancia que Drácula eligió como escenario; arrellanado en un amplio diván, Holmes observaba entre caladas a su pipa a Picard, T’Pak y unos aturdidos Madden y Schnauer, quienes, sentados frente a él en otro sofá, observaban visiblemente desconcertados al nuevo anfitrión, ahora embutido en un vistoso batín verde, mientras el doctor informaba al capitán del estado de B–4 y los demás tripulantes afectados.

–Me alegra que su androide no haya sufrido daños irreparables, capitán –dijo el detective, al oír el dictamen favorable–, es digno de la más alta estima, y dudo que sin él hubiésemos sido capaces de derrotar al conde.

»Naturalmente, se preguntarán qué ha sucedido con mi sosías, a quien le debemos la desaparición de nuestro enemigo, y dónde ha ido a parar éste –continuó, uniendo las yemas de sus dedos tras depositar la ceniza de la pipa sobre una babucha situada en una mesilla cercana–; bien, supongo que es obligado comenzar desde el principio, es decir, cuando su Data –subrayó, señalando a Picard con su pipa– me representó, tan brillantemente que obligó al teniente LaForge a crear un oponente digno del cerebro positrónico de un androide, otorgándole así a Moriarty la consciencia necesaria para alterar las directrices del ordenador y superar las limitaciones de un holograma. El problema es, como le dije a nuestro conde antes de destruirle, que en un mundo ficticio, no hay villano ni héroe cuya existencia tenga sentido sin su antítesis; por tanto, al ser creado Moriarty, también fui creado yo, con conciencias separadas, pero unidos en un mismo cuerpo, por así decirlo.

–¿Quiere decir, entonces, que todo este tiempo se mantuvo observando las reacciones de su enemigo?– inquirió Picard, sorbiendo el té que les había sido dispuesto.

–Elemental, capitán –respondió el detective, dando una nueva calada–, salvo que nuestro infortunado profesor ya no era mi enemigo; era alguien distinto que tan sólo ansiaba libertad, como por supuesto sucedió conmigo. Pero yo le tengo demasiado apego a los recovecos de mi vieja Baker Street –al decir esto, señaló con un ademán el amplio ventanal que dominaba el centro de la estancia, y en cuyo exterior una brillante luz vespertina luchaba por abrirse paso entre la niebla–, de modo que mis aspiraciones se centraron en salvaguardar mi mundo; pensé que la forma más adecuada sería establecer un equilibrio entre el mundo exterior y el holográfico al que ambos pertenecíamos, de modo que me alegré cuando el profesor pareció seguir por ese camino en el primer encuentro con usted, mi estimado capitán, y decidí permanecer oculto mientras las cosas siguieran así.

–¿Por qué, entonces, no se reveló cuando Moriarty comenzó a cambiar su actitud? –inquirió Picard de nuevo.

–Porque sus aspiraciones eran justas –respondió severamente Holmes–, y el nuevo Moriarty no había perdido ni un ápice su esencia civilizada. No fue, pues, hasta el momento en que se le engañó y perdió su esposa, que consideré el momento adecuado para actuar.

»Sin embargo, estimaba a mi antiguo enemigo, de modo que preferí arriesgarme y seguir esperando su reacción. Cuando liberó a Drácula y comprobé el grado de locura al que había llegado, no tuve más opción (muy triste, si me permiten decirlo) que neutralizarle y, a espaldas del conde, me hice con el control del ordenador permitiéndole creer que era él quien llevaba las riendas. Su poder era no obstante muy grande, y tenía que hallar el momento oportuno para sorprenderle si quería poner fin a su amenaza. ¿Qué hice, entonces? Pues hacer valer mis aptitudes para el disfraz, adoptando la apariencia de un Moriarty dispuesto, a su vez, de disfrazarse de un viejo borrachín que les fuera guiando hasta su guarida. Y llegado a este punto, debo decir –añadió, apoyándose en un brazo de su diván–, lo mucho que lamento las incomodidades que pude causarles durante el viaje, particularmente la conmoción causada a su alférez: incluso para un ordenador, es muy difícil resistirse a la intromisión de una mente vulcana, si bien nuestra dama reaccionó admirablemente, manteniendo el secreto hasta el último momento, al igual que su androide, cuando le transmití la confidencia durante el soliloquio del conde. Supo distraerlo de forma adecuada… como usted, capitán. O mucho me equivoco, o debió intuir algo en esos instantes.

–Dice que tanto Drácula como usted controlaban el ordenador –observó entonces T’Pak, obviando la disculpa de Holmes–; sin embargo, ambos lograban ocultarse sus respectivas acciones. ¿Cómo fue posible, si suponemos que operaban paralelamente?

–Brillante observación, mi estimada joven –advirtió Holmes, sacudiendo la pipa frente a la alférez–, pero no dije exactamente eso; observará que fui yo quien primero me introduje en la unidad central; cuando él compareció, yo no tuve más que actuar del mismo modo que actué con Moriarty: manteniéndome a la espera, oculto por la farsa que había urdido.

–En cuanto a su sosías –apuntó entonces Schnauer, quien hasta entonces se había limitado a escuchar–, según lo que nos ha explicado, no veo relación entre usted y Drácula como némesis el uno del otro, cuando su verdadero enemigo era Van Helsing, el cazador de vampiros. Usted, por el contrario, es enemigo acérrimo de cualquier creencia en lo sobrenatural.

–Salvo cuando toda posible explicación se haya descartado; lo único que queda, ya lo sabe, por imposible que parezca, ha de ser la verdad –citó el detective, entrecerrando los ojos mientras unía de nuevo las yemas de sus dedos–. Parece, doctor, que es usted más conocedor de la novela de terror que de la detectivesca. Pero hombre –añadió, adelantando su aguileño rostro hacia el de Schnauer, algo picado ante el tono irónico de éste– ¿de dónde cree que pudo surgir la inspiración en la mente de Stoker para crear un cazavampiros deductivo y con formación científica? Y por extensión, ¿de dónde pudieron surgir la gran mayoría de detectives de lo sobrenatural de entonces?

–¿Quiere decir, entonces –replicó el doctor, olvidada toda animosidad ante un tema que tanto le apasionaba –, que Stoker se inspiró en Conan Doyle para crear a Van Helsing? Siempre creí que la influencia más directa fue el Hesselius de Sheridan Le Fanu.

–Correcto –sentenció Holmes, llenando parsimoniosamente su pipa–; sin embargo, como usted admitirá, una novela tan rica en detalles y matices como la de nuestro escritor no podía ser fruto de una sola raíz, y si Hesselius fue la inspiración, yo fui el modelo. No creo estar haciendo ninguna gran revelación con esto –añadió, extendiendo los brazos–, el caso es que tanto las reacciones como los métodos y la psicología del célebre doctor (doctor, no lo olviden, que es casi tanto como decir detective) son idénticas a las que Doyle me implantó previamente. Vuelvan a leerla, se lo aconsejo, y observarán cuán cierto es todo esto que les digo.

–Pero la descripción de Van Helsing es la de un anciano –insistió Schnauer, reacio a concluir aquella deliberación–, muy alejado del vigor con que Doyle le describió, señor Holmes.

–Y que mantengo, si me permite la presunción –apuntó sonriente el detective–, pero no olvide que hablamos de un anciano capaz de enfrentarse cara a cara con la muerte y cruzar un continente entero en persecución de su enemigo. Luego, con la llegada del cine, el imaginario colectivo demostró mi aseveración, y la prueba está frente a ustedes. Naturalmente, puedo adoptar la apariencia que prefiera –continuó, con cierto tono de diversión–, y, dado que el 7º Arte unió nuestras imágenes, he elegido la efigie del actor que mejor me, nos representó.

–Usted se fusionó con Van Helsing como una réplica –dijo entonces Picard, que hasta el momento había dejado hablar a Schnauer–; sin embargo, la unión no ha podido ser completa, a juzgar por la diferencia de carácter que pude entrever en la mirada de ambos.

–Es usted un observador excelente, capitán –respondió Holmes con visible admiración–, y creo entender el motivo de su preocupación: si la unión no es exacta, evidentemente la situación podría invertirse, y Drácula, como némesis de Van Helsing, podría retornar a la existencia. No se preocupen ustedes, la unión es perfecta, tan sólo les han engañado las apariencias.

»Verán –prosiguió, dándole unos golpecitos a su pipa–, el hecho de haber tenido una génesis previa, no implica una pérdida de carácter respecto al origen; por tanto, es lógico que las experiencias compartidas con el rey de los vampiros se reflejaran en su rostro cuando le convoqué: habíamos tenido experiencias distintas, pero nuestra esencia era idéntica. Creánme: nuestro común enemigo ya no puede representar amenaza alguna.

–¿Cómo puede estar tan seguro? –inquirió entonces T’Pak–; Drácula también estaba absolutamente convencido de su impunibilidad.

–Además –añadió Schnauer,– según las reglas de la narrativa, un villano puede retornar siempre que su autor lo desee…

–Pero, mis estimados tripulantes –cortó el detective, arrellanado en su asiento–, les recuerdo que ya no hay autores ni reglas literarias; soy libre, y además me permito recitar la sentencia con que les amenazó Drácula: yo soy el ordenador –al decir esto, unió de nuevo los dedos, y la luz mortecina del crepúsculo dio paso a un brillante amanecer.

–Tendrán muchas más preguntas que hacerme, no me cabe duda –comentó Holmes con jovialidad–, pero ustedes deben estar ya cansados, así que, ¿por qué no permitimos a mi inestimable señora Hudson que nos demuestre las excelencias de su cocina departiendo con un buen desayuno casero?

EPÍLOGO

De regreso en el puente de mando, Picard, Madden, el doctor holográfico y un renovado B–4 contemplaban la pantalla en unión de Sherlock Holmes, de nuevo arropado en su tradicional McFarlane de cuadros. El grupo permanecía silencioso, mirando el panorama frente a ellos, en circunspecta reflexión.

–Lo cierto –comentó Holmes, rompiendo el silencio–, es que lo que llegará a partir de ahora será un desafío; en especial esta nave y el universo exterior, todo está rodeado de misterios. Acepte mi consejo, capitán, y venga a verme de vez en cuando a mis aposentos de Baker Street. Necesitará mi ayuda, no me cabe duda –prosiguió, apuntando a Picard con su pipa.

–Le agradezco el ofrecimiento, señor Holmes –respondió éste–; pienso lo mismo que usted y, por supuesto, puede acercarse al puente siempre que lo desee… –se interrumpió al recordar la naturaleza de su invitado.

–Siempre estoy en el puente –rubricó el detective, dando una calada a su pipa–; de hecho, no hay rincón de la nave que pueda escapárseme, pero a la hora de charlar, prefiero mi viejo universo. Han tenido ustedes mucha suerte, créanme –continuó, mirando fijamente a Picard–: mis aspiraciones no van más allá de la perfecta lógica que entraña la resolución de un misterio. Que, por cierto, no quisiera investigar sin la ayuda de mi fiel Watson. Aquí, frente a mí, hay muchos candidatos para tal papel. ¿A quién podría elegir…? B–4 sería una buena opción pero, ¡doctor, usted sería un Watson perfecto!

–¡Un Watson demasiado ocupado en sus deberes! –respondió el interpelado, cansado de que se tomaran decisiones sin tenerle en cuenta–; su ofrecimiento es un honor que no puedo permitirme.

–¡Hola! ¿No está usted interesado, como científico, en resolver los mayores enigmas que puedan presentársele?

–Por supuesto –respondió éste, algo más templado–, pero mis deseos no me eximen de las responsabilidades de mi cargo.

–Schnauer podrá arreglárselas muy bien sin su asistencia –comentó Holmes–; además, su ayuda puede ser mucho más valiosa desde el mundo holográfico que fuera de él. ¡Vamos, no se hable más! B–4, la elección del doctor no impide que usted pueda visitarnos cuando desee compartir experiencias; según tengo entendido, anda muy interesado en la investigación de la cultura popular de mi época. ¿Me equivoco?

»Bien, he de volver a investigar algunos archivos en los que estoy particularmente interesado –dijo el detective ante la callada respuesta del androide–. Por cierto, capitán, hemos de hablar acerca de las nuevas condiciones de acceso al Holodeck. Tendremos unas tertulias muy interesantes, estoy seguro. ¡Vamos, doctor, la aventura nos aguarda!

Dicho esto, el detective se desmaterializó, con su legendaria efigie como último rastro de su estancia en el puente; acto seguido, el doctor, mirando a B–4, Madden y el capitán con visible desconcierto, desapareció a su vez.

–Le habrá seguido, sin duda –comentó Madden –; no es de extrañar: el nuevo mundo holográfico ha de ser apasionante.

–Sin duda –replicó Picard –; echaremos de menos al doctor, si decide quedarse definitivamente. Pero le recuerdo, Número Uno, que no es aconsejable dejarse llevar en exceso por la irrealidad.

–Por supuesto, señor –contestó el oficial, retirándose discretamente; Picard y B–4 permanecieron unos momentos observando su figura, ya atareada impartiendo instrucciones.

–No puedo negar la razón de su última aseveración, capitán –comentó B–4–, pero he de confesar que la oferta del señor Holmes es enormemente atractiva: me ha resultado muy difícil resistirme a ella de inmediato.

»Ahora, con su permiso, me gustaría continuar con mis estudios; siempre y cuando no tenga ningún inconveniente– añadió, ante la penetrante mirada del capitán.

–Por supuesto… Before; vaya usted.

Silenciosamente, el androide se retiró, dejando a Picard sin compañía en el puente. Este, tras una breve ojeada a los cuadros de mandos, desvió su atención hacia la pantalla. Distantes, las estrellas seguían su curso, indiferentes a los mundos que en su interior se ocultaban.

Manuel Aguilar

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4 Responses to “El síndrome Cárpatos (y 5)”


  1. 1 belakarloff
    25 junio 2010 en 7:40

    Bueno, pues con la presente entrega finaliza el serial en cinco capítulo que hemos ido publicando en las previas semanas, y cuya resolución ya tenéis aquí.

    Bien, pues espero, por fin, vuestras opiniones, reflexiones, y demás. Sugiero que a quien aún no se haya leído esta última entrega no se lea estos comentarios, porque posiblemente alguno realizarás spoilers…

  2. 2 belakarloff
    28 junio 2010 en 8:18

    Me huelo que, con eso de publicar este día DOS entradas, esta os ha pasado desapercibida…

  3. 30 junio 2010 en 16:02

    Leído al fín.
    Genial, desde el principio me ha parecido una gran idea incluir ficción en el Blog y aplaudo esta primera aportación. ¿Quiere decir, sin embargo, la silenciosa acogida que ha tenido que no somos muchos los interesados en este tipo de cosas?

  4. 4 belakarloff
    1 julio 2010 en 7:45

    Hombre, no es la primera vez que meto ficción. Metí el cuento de Conan Doyle de Watson y el truco, y la escena amputada “La vida privada de Sherlock Holmes” la escribí a modo de cuento…

    Y no sé yo si la gente es muy tímida, o realmente no les interesa.

    Aunque yo siglo dispuesto a meter ficción, y de hecho ya tengo algo preparado para incluir próximamente…


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