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Ago
11

El síndrome Cárpatos (4)

CAPÍTULO IV

SINOPSIS

 Fecha Estelar 56942.5. Investigando la extraña anomalía que ha hecho desaparecer a la mayoría de la tripulación del Enterprise en el interior del Holodeck, el nuevo Primer Oficial Martín Madden y el doctor holográfico se ven obligados a luchar contra unas violentas réplicas del capitán Picard y algunos antiguos oficiales de la nave, cuyos sistemas de control quedan de pronto inoperativos, al tiempo que el verdadero Picard, el androide B–4 y la alférez T’Pak se ven enfrentados a un nuevo dilema en el mundo holográfico al que han penetrado para tratar de resolver el misterio…

  

La insólita reacción de T’Pak produjo en la mente del capitán el efecto opuesto al que seguramente la vulcana hubiera deseado: Picard nunca había confiado demasiado en Ismael, y el terror inducido a su alférez no hizo sino confirmar sus aprensiones. ¿Qué clase de terrores se escondían en la mente del enigmático guía? Sin embargo, no les quedaba más alternativa que seguir el consejo recibido.

–Está bien, cálmese –instó, frotando las manos de T’Pak, húmedas y frías como el hielo–. Seguiremos, de acuerdo, pero antes debe reposar al menos unos minutos; ha recibido una impresión muy fuerte, alférez –añadió, mirando interrogador a Ismael, quien se limitó a esbozar su inmutable sonrisa, dirigiendo al tiempo sus ojos al abismo desplegado frente a ellos.

–Tenemos dos opciones ahora –comentó inopinadamente, su mirada perdida más allá de la niebla–: cruzamos el puente o pasamos bajo él. No podemos saber qué nos espera ahí abajo, pero al menos tenemos alguna posibilidad –añadió, señalando las fauces abiertas al otro extremo, cada vez más nítidas.

Situándose a su altura, Picard y sus dos tripulantes observaron la amenaza que se cernía frente a ellos. B–4, sin decir palabra, se acercó entonces a la niebla que lamía la base del puente.

¡B–4, deténgase! –gritó Picard, al ver que el androide comenzaba a penetrar los vaporosos muros.

–No parece haber peligro al fondo del puente –indicó éste regresando tras haber dejado sin respiración a sus compañeros durante unos segundos–. Discurre un río al parecer bastante profundo y ancho, pero tranquilo.

–Podríamos vadear el terreno a su través –aventuró T’Pak–, si dispusiéramos de algún tipo de embarcación.

–Esta es una zona eminentemente pedregosa –comentó Picard, mirando en derredor–; no disponemos apenas de materiales para conseguir al menos una balsa. ¡Mientras tanto, miles de árboles nos observan al otro lado! –añadió con irritación.

–No se deje engañar por lo que no ve –replicó entonces Ismael, mostrando una cuerda cuyo extremo inferior se perdía en el océano neblinoso que les rodeaba–; es lo suficientemente larga para los cuatro. Con ella, podremos descender hasta la orilla del río, donde probablemente encontremos algún material del que disponer. ¿No es cierto, mi apreciado androide?

–Así es –respondió B–4, mirando a Picard y T’Pak–; al fondo he podido distinguir algunos árboles dispersos que podrían servirnos, aunque de forma rudimentaria.

–Siempre que nos mantengan a flote, servirán –dijo Picard, preguntándose cuántos trucos más les reservaba Ismael mientras anudaba a la cintura el extremo de cuerda que éste gentilmente le ofrecía–. B–4, usted encabezará la marcha –añadió. Luego, mirando a T’Pak, preguntó–: ¿dispuestos?

–Dispuestos –respondió la vulcana, atándose al tiempo que B–4 e Ismael se anudaban sus respectivos extremos.

–Allá vamos, pues –dijo el capitán, colocándose de espaldas al precipicio–. Que la fortuna ayude a los locos.

–Procuren no acercarse demasiado a las paredes –advirtió Ismael, antes de que nadie hiciese el menor movimiento–; están llenas de cavernas y, por lo que sé, nada bueno mora en su interior.

Sin hacer ningún comentario, Picard y B–4 se impulsaron hacia el fondo, balanceándose hasta encontrar un saliente adecuado; recordando la advertencia de Ismael, se mantuvieron allí el tiempo suficiente para que los demás llegaran a su altura, continuando el descenso hasta apoyarse en otro saliente, siempre alejado de la superficie rocosa. Fueron avanzando de esta manera mientras la niebla se espesaba cada vez más a su alrededor, transformando las rocas y salientes que atravesaban en imprecisas siluetas que, vigilantes, les observaban.

Extremando las precauciones en el descenso, Picard percibió un saliente algo más amplio que los demás, en el que creyó oír un ligero ruido, como de objetos arrastrándose; con un sudor frío perlando su piel, trató de aguzar el oído cuando un repentino tirón de la cuerda le impelió a continuar avanzando. Sobresaltado, el capitán estuvo a punto de perder pie en el agarradero sobre el que se había apoyado, mientras un olor nauseabundo inundaba sus fosas nasales.

–¡B–4! ¿Qué demonios sucede? –gritó, incapaz de distinguir a su alrededor poco más que sus propias manos– ¿Están todos bien?

–Sí, capitán –respondió con calma la familiar voz del androide–, pero aconsejo que salgamos de aquí cuanto antes. Estamos frente a un peligro considerable.

–Sigan adelante, entonces –respondió el aludido, dejándose llevar por un nuevo empuje del androide–, pero procure no tirar tan fuerte: no es cuestión de que nos despeñemos. Alférez, Ismael, déjense también llevar por B–4; traten de no oponer demasiada resistencia.

–Buen consejo, amigo mío, que no dejaré de seguir –respondió la voz de Ismael–; nuestra presencia ha sido ya detectada: saben que estamos aquí.

–Ahórrese sus acertijos y procure no perder pie –dijo Picard, a medio camino entre la irritación y el nerviosismo: sin ningún género de dudas, algo le había rozado el pie, al mismo tiempo que percibía de nuevo aquel olor fétido.

Con gran esfuerzo, resistió los continuos zarandeos de B–4 hasta llegar a lo que parecía una pequeña explanada, deteniéndose junto al androide; T’Pak e Ismael, por su parte, llegaron también con premura, advirtiendo sus ropas llenas de desgarrones. Antes de que nadie pudiese articular palabra, un coro de agudos silbidos acompañados de una especie de sonar vibrante inundó sus oídos, obligándoles a postrarse en un vano intento de evitarlos. Acompañando la infernal cacofonía, reapareció con fuerza inusitada aquel mal olor, casi hasta el punto de hacerles desfallecer.

Aturdido, Picard creyó percibir algunas siluetas redondeadas entre la niebla que se les acercaban con rapidez. No imaginaba qué podía ser aquello, ni era cuestión de averiguarlo; había que salir de allí lo más pronto posible, por muy mal que todos pudieran sentirse. La mano de B–4 se posó entonces con brusquedad sobre su hombro, confirmando sus pensamientos.

Con un fuerte tirón del extremo de su cordaje, el capitán indicó a su vez a Ismael y T’Pak el camino a seguir; pronto, los cuatro viajeros se hallaron descendiendo de nuevo aquel interminable abismo, perseguidos por el sonido como de innumerables pies en su persecución, sonido que no tardaron en percibir descendiendo bajo ellos.

–¡Lancémonos! –gritaron entonces Picard e Ismael casi al unísono, precipitándose al vacío sin que T’Pak y B–4 pudieran hacer otra cosa que dejarse arrastrar. Tras una caída que al capitán se le antojó eterna, penetraron en una oscuridad fangosa que parecía querer asfixiarles, engulléndoles en su seno.

–Curiosa paradoja, capitán –observó B–4, una vez que sus cabezas consiguieron emerger a la brumosa atmósfera–; nos vemos arrastrados por una corriente de considerable potencia cuya densidad, sin embargo, ofrece todas las características del agua estancada.

–Sin duda, debe tratarse de algún sedimento cercano que la corriente arrastra junto a nosotros –comentó a su vez T’Pak, tras algunas inspiraciones–, a juzgar por su considerable masa.

–Como títeres ante el destino… –dijo Picard a su vez, observando el escaso panorama que la niebla dejaba entrever–; ¡no podemos rendirnos! ¡Tenemos que escapar de este lodo que apenas nos permite movimiento!

–Quizá algún tronco que flote a la deriva pudiera servirnos de barcaza –respondió Ismael, señalando frente a sí con un ademán de su rostro–, precisamente como aquel que viene a nuestro encuentro.

Mirando en la dirección indicada, los tripulantes observaron entonces la silueta de un objeto de apariencia circular que se abría paso con lentitud entre la niebla. Tras unos interminables minutos, la base cercenada de un enorme árbol se hizo visible ante ellos.

Nadie trató de averiguar cómo Ismael pudo haberse anticipado a la aparición de tan oportuna balsa: estaban ya demasiado acostumbrados a sus sorpresas y trucos y, por otra parte, recordaban que ya éste había mencionado, al pie del abismo, la posible abundancia de recursos arbóreos cercanos al río, y era indiscutible el superior conocimiento del terreno en que se hallaban por parte de aquel extraño individuo.

Así, una vez el caído tronco se situó a su altura, se apresuraron todos a trepar, no sin considerable esfuerzo, pues –al menos le pareció a Picard– aquel liquido grumoso que les rodeaba no sólo se había endurecido hasta casi inmovilizarles, sino que comenzaba a ejercer presión bajo ellos, como si de arenas movedizas se tratase. Aferrándose a una de las numerosas ramas que bullían en los laterales del árbol, el capitán luchó contra la succión, alegrándose al ver que B–4 había conseguido subir a la superficie y, alzado frente a él, le tendía la mano para ayudarle a subir.

–Impulse primero a la alférez e Ismael –le ordenó Picard entre jadeos–. Yo aguantaré hasta entonces, esté seguro.

Sin decir palabra, pero con un leve titubeo revelador, el androide se apresuró a cumplir la indicación del capitán, rescatando a sus dos compañeros sin aparente esfuerzo para de inmediato agarrar a un ya semidesfallecido Picard.

–Gracias, B–4 –murmuró éste, varios minutos después de haber sido depositado sobre la rugosa superficie; durante algunos momentos, su mente se había sumido en una inconsciencia que le hizo olvidar la lucha en la que acababa de debatirse. Cuando recuperó sus sentidos tuvo la impresión de no haber retornado aún del ensueño: todos le observaban, B–4 y T’Pak con reverente expectación y el extraño que se hacía llamar Ismael con una intensidad casi hipnótica. Entretanto, la superficie que transportaba su improvisada balsa, aquella extraña masa que parecía querer aferrarles y al mismo tiempo les encaminaba hacia algún punto indeterminado, parecía haberse hecho más opaca; contemplada desde el exterior, había adquirido un matiz mucho más siniestro: ocultaba una extraña desolación, el vaticinio de algo que no tardaría mucho en revelarse.

Picard observó con detenimiento la superficie: había creído percibir una especie de latido bajo ella, como si algo respirase en su interior. De pronto, el agua comenzó a agitarse para, segundos después, convertir el río en un frenético pandemonium hirviente que a punto estuvo de hacer zozobrar el tronco. Aferrándose como pudieron a sus ramas, los cuatro viajeros apenas se apercibieron de otro inopinado movimiento que comenzó a producirse en sus orillas. Fue T’Pak quien, asida a dos pequeñas protuberancias rugosas, dio la voz de alarma.

A su voz, todos miraron en la dirección que sus ojos señalaban: una multitud de borrosas figuras se movía a gran velocidad frente a la orilla apareciendo y desapareciendo entre la foresta circundante. A Picard le parecieron jinetes, pero le resultó imposible distinguir de qué clase.

–Las Huestes de Odín –informó Ismael, de nuevo anticipándose a la pregunta del capitán, el cual, molesto, trató de aguzar la mirada en la dirección que el primero le indicaba–. Según la mitología nórdica, son los guías de los muertos en su camino al Walhalla, es decir, al Más Allá, y de cualquiera que se cruce en su camino. En nuestro caso, parecen los sustitutos del carruaje que esperábamos en el puente, un poco tarde, podría decir.

–Caronte, Anubis… los guías de los muertos: un lugar común que se repite, con diferentes nombres y formas, en todas las culturas humanas –comentó B–4 inopinadamente.

–Que aquí adopta una cultura guerrera. ¿Por qué? –se preguntó Picard, mirando de soslayo a Ismael, en cuyo rostro creyó ver un atisbo de admiración–; sin duda, es una clave…

–¡Capitán! –interrumpió T’Pak con brusquedad, observando detrás suyo, con una expresión que trataba de mostrarse templada, pero en la que podía percibirse la lucha interna entre el asombro y terror.

No tardó éste en averiguar la causa de aquella expresión, pues el fango que les rodeaba no sólo continuaba agitándose, sino que algo parecía emerger de su interior: un enorme remolino se estaba formando detrás suyo, amenazándoles con arrastrarles en su aspersión, al tiempo que una masa amorfa sobresalía de las profundidades, acompañada de un bramido gutural que paralizó a los viajeros durante algunos segundos.

Una gigantesca cabeza de piel fosforescente y viscosa, provista de una protuberancia babeante que hacía las veces de boca, se hizo visible en ese momento, elevándose a una altura de varios metros sobre un cuerpo serpentiforme que a Picard le recordó la imagen de la serpiente marina forjada en su mente a través de sus primerizas lecturas sobre leyendas de monstruos marinos primigenios. Deteniéndose unos instantes para observarles, la criatura se desplomó sobre el agua, provocando un oleaje que de nuevo puso en peligro el equilibrio de la balsa, para, pocos momentos después, volver a emerger, desplazándose en círculos alrededor del tronco.

–Fascinante, señor –comentó T’Pak–; se diría que no tiene intención de atacarnos. Por el contrario, parece impelernos hacia la orilla.

–Así es, no vamos a tener otro remedio que entregarnos a las Huestes –replicó Ismael con su habitual sarcasmo–, como la cebada en la cosecha.

–Espero que su comparación no resulte adecuada –respondió Picard–; en cualquier caso, apenas nos movemos. Según dirían los viejos marinos, estamos en calma chicha. Alférez –continuó, dirigiéndose a una de nuevo autocontrolada T’Pak–. Suponiendo que este… ser realmente no quiera atacarnos, ¿podríamos hacer algo para que nos empuje hacia la orilla?

–Una idea brillante, capitán, pero notablemente arriesgada –comentó entonces Ismael–; habríamos de atacarle a nuestra vez, y resulta imposible predecir cómo reaccionará semejante criatura.

–La situación parece evidenciar las palabras de nuestro guía, capitán –añadió la vulcana, mirando con fijeza a Ismael–; quizá deberíamos buscar otro medio de salvar la distancia menos aventurado.

–No me parece que tengamos mucho tiempo para deliberar en estos momentos –respondió el capitán, molesto por la intromisión en su autoridad–, y correríamos un riesgo mayor si decidimos quedarnos aquí estancados, en una situación que podría resultar indefinida. ¿Correcto?

–No lo habría expresado mejor, capitán –replicó Ismael, inclinando levemente la cabeza.

–Azucémosle, pues. B–4, alférez, preparen sus phasers y dispónganse a disparar al costado de la criatura cuando vuelva a emerger –ordenó Picard–. Traten de no dañarle, ante todo: recuerden que sólo queremos asustarla.

–Afirmativo, capitán –respondió T’Pak, poniendo su arma en posición de aturdir, al unísono con el androide, que observaba atentamente cada uno de sus movimientos.

Apenas se hubieron preparado, otro remolino volvió a turbar la tranquilidad de la superficie, precediendo la aparición del blanquecino costado de la entidad; al recibir ésta los disparos, aquel ensordecedor bramido gutural se unió a un violento espasmo que otra vez estuvo cerca de hacer naufragar a los viajeros; de todos los ángulos de aquellas cenagosas aguas surgieron entonces frenéticos remolinos precursores de partes de la criatura: daba la impresión de que su cuerpo se extendía por toda la superficie de aquel río.

–Me temo que no hemos obrado de la mejor manera… –comenzó a decir Ismael, callando de inmediato ante la mirada asesina de Picard, el cual, al ver que aquel monstruo cargaba sobre ellos hendiendo el légamo a enorme velocidad, apuntó su arma hacia la gigantesca cabeza, esta vez a máxima potencia.

No le fue necesario, sin embargo, hacer uso de la fuerza, pues el ser volvió a desaparecer bajo las aguas cuando estaba a punto de chocar con el tronco. Como si de un macabro juego se tratase, pequeños remolinos pulularon a su alrededor, denunciando la presencia de la entidad bajo los atribulados viajeros, cuyas miradas se unieron en muda interrogación.

–¿Qué demonios sucede aquí? –inquirió Picard, mirando con fijeza a Ismael– ¿Acaso se trata de alguno de sus brillantes artificios?

–Hasta el momento, nada ha sido obra mía –respondió éste, con aparente calma–. Sin embargo, debería usted, mi querido capitán, indagar más en su propio orgullo.

No hubo tiempo para ninguna otra réplica: una repentina convulsión sacudió inopinadamente la base del árbol, obligándoles a todos a sujetarse una vez más a cualquier protuberancia o ramaje cercano; fue la primera de una serie de embestidas cada vez más frenéticas, ante las cuales nuestros exploradores llegaron a convencerse de no salir con vida. Grande fue, por tanto, el asombro del capitán al percatarse de que la tronca no sólo se había desplazado ante los ataques, sino que estaban a punto de alcanzar la orilla.

–“De una forma diríase deliberada” –reflexionó, observando el desplazamiento de la embarcación– ¡Agárrense todos! ¡Vamos a encallar!

Una nueva embestida, y al instante todo pareció quedar en calma. Los tripulantes, confundidos, miraron en derredor: el panorama se mostraba absolutamente imperturbable. La criatura, fuera cual fuese su naturaleza, no volvió a hacer acto de presencia, sin duda esperando nuevas visitas en las profundidades del cenagoso lecho.

No tuvieron mucho tiempo para reflexionar sobre su nueva situación: el sonido de caballos al galope se acercaba hacia ellos, primero apenas un rumor en la lejanía, y un instante después, el inconfundible clamor de relinchos y cascos en frenética carrera a su encuentro.

–Son las Huestes, prestas a recibirnos –señaló Ismael, sosegadamente–; creo, capitán, que nos encontramos ante una tesitura interesante, y de antemano le digo que ninguna alternativa es segura; ¿tratamos de ocultarnos o, por el contrario, nos dejamos arrastrar hasta donde quieran llevarnos, que bien pudiera tratarse del Nexo?

–Como ha anticipado, y ya que no hay margen de seguridad, he de rendirme a la lógica –replicó Picard–. Si hemos penetrado aquí para llegar a ese… Nexo, y estos seres pueden llevarnos hasta allí, ¿por qué no permitirles ser nuestros guías?

–Son los guías de los muertos, capitán, y ellos mismos no son otra cosa que cadáveres, algo a tener en cuenta –respondió Ismael con sarcasmo–. Por lo general, el destino de quien se encuentra con ellos es pasar a su condición, y lo más prudente es ocultarse y dejarlos pasar.

–Ocultémonos entonces, pero no les dejáremos pasar –respondió el capitán–. Por el contrario, les seguiremos.

>>”Aunque no sé cómo demonios lo vamos a hacer” –añadió para sí mismo, malhumorado.

–Si queremos ocultarnos, capitán –dijo entonces T’Pak–, conviene que busquemos algún escondite lo antes posible; esos jinetes están ya casi encima de nosotros.

–Tiene razón, alférez –admitió Picard–, y, si no me equivoco, Ismael podrá señalarnos algún refugio donde podamos escondernos, ¿no es cierto? – añadió, mirando a su guía con sorna.

–En efecto, capitán –respondió éste sin aparente sorpresa, señalando una masa oscura frente a ellos, oculta por una espesa hilera de árboles–. Escondámonos en esa cabaña, y cerremos bien las puertas; aunque, por lo general, las Huestes respetan los recintos cerrados, es posible que tengamos que defendernos.

A una señal de Picard, los cuatro viajeros se apresuraron hacia el grupo arbóreo tras el cuál Ismael les había asegurado hallarían protección; el tiempo apremiaba, en efecto: los cascos de los caballos vibraban ya casi encima de sus oídos, ecos herméticos a los que no acompañaba ningún otro sonido.

Tal y como Ismael había asegurado, una cabaña de madera se hizo visible ante ellos una vez hubieron atravesado la arboleda. Por fortuna, la puerta no se resistió cuando B–4, a una muda indicación de Picard, empujó hacia el interior, una oscura superficie en la que no parecía hallarse ningún tipo de mobiliario; adentrándose en aquel angosto espacio, los cuatro se dirigieron de inmediato hacia dos ventanales obstruidos a través de los cuáles se filtraban las únicas fuentes de luz de aquella edificación, una vez la puerta estuvo cerrada: tenues líneas amarillas que apenas permitían entrever algunas facciones.

–Ni un murmullo –susurró la voz de Ismael–. Aquí los tenemos.

En aquel instante, el crujido de los cascos sobre la hierba se alzó con supremacía absoluta sobre cualquier otro sonido que el bosque circundante pudiera producir. Al llegar a la altura de los ventanales, la velocidad con que éste aumentaba pareció disminuir, pasando del galope a un trote moderado; era obvio que presentían su cercanía, y les buscaban. Con la frente perlada de sudor, Picard pensó en lo inquietantes que resultaban aquellos retumbantes sonidos que parecían absorber cualquier fuente de vida que pudiera acompañarles: nada, ni algún murmullo de voces, ni siquiera el piafar de las monturas, hacía eco a aquel perturbador tamborileo. B–4, curioso por naturaleza, obvió entonces el peligro para atisbar por una minúscula rendija de los postigos, cruzándose su mirada con la de un jinete barbado de tez pálida y facciones severas e inexpresivas.

Sin decir palabra, el jinete despareció de la vista del androide, precediendo a un violento golpeteo de la puerta que les mantenía ocultos, y aunque los maderos con los que mantenían a ésta trabada eran recios, nadie podía asegurar cuánto resistirían ante unas acometidas cada vez más prolongadas y violentas. Picard, pese a su anterior inquietud, se esforzó por no perder la compostura y no descargar la tensión con una reprimenda al androide, lo que en su fuero interno hubiera deseado.

–¡Preparen sus Phasers!ordenó, en un tono más alto del que hubiera deseado, lo que le provocó una sonrisa interior: como si, en aquella situación, importara ya algo que les oyeran o no.

Un repentino crujido le sacó de sus reflexiones: la madera estaba ya cediendo, y pronto aquellos espectros les tendrían a su merced. Nadie dijo nada; todos, incluso Ismael, se mantuvieron erguidos, los tripulantes de la Enterprise con sus armas a máxima potencia apuntando directamente hacia el hueco formado por la puerta. Un último estertor y, al fin, la defensa fue derribada con gran estrépito, dando paso a una cegadora luz proveniente de gran número de antorchas.

Mas, repentinamente, todo movimiento cesó, y el ruido de los golpes y caballos fue ahogado por un rumor sordo como de una gran masa arrastrándose. La oscuridad reinó de nuevo, tan sólo mitigada por una antorcha ya a punto de apagarse cuyo fulgor permitía divisar el vano de la puerta. Atónitos, los tripulantes no tuvieron siquiera ocasión de articular palabra cuando el suelo del exterior pareció cobrar vida, una turba informe coronada por miríadas de destellos rojizos dirigiéndose con movimientos oscilantes hacia los rescoldos de la fuente luminosa sobreviviente, que no tardó en sumirse a su vez en la negrura, entre un clamor de pequeños chillidos que proclamaban su triunfo.

–¡Ratas! –exclamó Ismael una vez que todo pareció haberse calmado–; finalmente, parece que hemos encontrado algo que seguir.

Sin más aclaraciones, salió en dirección al incesante clamor producido por los animales, indicando a Picard y los otros que le siguieran. Una vez estuvieron todos fuera, pudieron observar ese mismo movimiento fluctuante rodeando lo que parecía ser otra serie de cuerpos esparcidos por el suelo, quizá los restos de quienesquiera que fueran sus anteriores asediadores.

Dispuesto a salir de dudas, Picard disparó entonces su Phaser a uno de los árboles más cercanos, el cual cayó envuelto en llamas sobre la orgía coprófaga que todos pudieron observar con claridad, segundos antes de que los enfurecidos comensales huyeran en masa hacia las profundidades del bosque, como una gigantesca serpiente formada por miles de hirsutos segmentos.

–Sus armas resultan bastante disuasorias, no cabe duda –dijo Ismael –; suena a locura, lo sé, pero de momento, conviene que usemos una rama a modo de antorcha y vayamos tras ellas. No son guías más fiables que las Huestes, pero al menos no hay duda sobre su dirección. Por fin, llegaremos al Nexo.

–¿Cuál era la duda? –inquirió Picard entre jadeos, corriendo a toda la velocidad que podía tras Ismael, T’Pak y un muy adelantado B–4– ¿Dónde nos hubieran llevado los jinetes, si no al Nexo?

–A una especie de Walhalla, con toda probabilidad –respondió el interpelado–, pero no con la gloria de guerreros caídos en combate, sino como esclavos.

–¿A otra dimensión, quiere decir? ¿En un entorno holográfico?

–No rigen aquí sus reglas, capitán. Todo lo que pueda imaginar es posible, recuérdelo. Pero concentrémonos en la persecución o muy pronto su androide será el único que pueda seguir la marcha.

Deteniéndose unos instantes para recuperar el resuello, Picard continuó aquella frenética carrera bajo un túnel formado por la aglomeración de un gran número de ramajes entrelazados, el cuál, según Ismael les indicó, acortaría considerablemente el paso, como el minúsculo ejército tras el que corrían sabía sin duda muy bien.

Al fin, tras lo que parecieron siglos de enloquecida marcha, una tenue claridad se hizo visible; más nítida a medida que se fueron aproximando, engulló al fin el boscoso túnel para mostrar una amplia explanada de piedra apenas iluminada por fluorescencias verdosas, en cuyo centro se alzaba la mole de lo que los tripulantes no tardaron en reconocer como el torreón de un viejo castillo gótico, deshabitado según todas las apariencias.

–¿Hemos llegado? –inquirió Picard, observando los arbustos diseminados a través de las rendijas de la piedra erosionada, únicos adornos en aquella yerma superficie, junto a dos grandes losas dispuestas frente a sí.

–En efecto, capitán. Estamos en el Nexo –respondió la voz de Ismael desde la oscuridad; no obstante, algo en aquella voz, un cierto matiz siniestro hasta aquel momento no percibido en la dicción del ya de por sí misterioso guía, impelió a Picard a volverse en dirección a la fuente del sonido.

–¿Dónde está Ismael? –clamó, tratando de obviar el escalofrío que le recorrió la espalda al no ver otra cosa que las rocas iluminadas por el resplandor verde.

–No lo sabemos, señor –contestó B–4, irreal bajo la tonalidad ocre que aquella luz confería a su rostro.

–Sería mejor preguntarse qué ha sido de las ratas –añadió T’Pak, cuyo aspecto, añadido al evidente nerviosismo que de nuevo comenzaba a adueñarse de ella, no resultaba menos extraño para su capitán que el del androide–; quizá así hallaríamos el refugio a través del cuál se han ocultado y, sin duda…

Un enérgico chirriar de goznes interrumpió la disquisición de la vulcana, obligando a los tres viajeros a desviar la mirada en la dirección de la que el ruido había surgido; frente a ellos, una amplia escalinata surgida entre los dos grandes bloques rocosos ascendía hasta un sólido portalón de marqueterías doradas, frente al cual se alzaba la figura de un hombre alto y delgado, de facciones severas y tez pálida, embutido en una capa victoriana forrada de fulgente terciopelo rojo que otorgaba al sujeto un porte de gran majestuosidad.

Sin decir una palabra, aquel hombre esperó al pie de la escalinata, en una silenciosa invitación a los tripulantes para situarse a su altura, la cual Picard se vio inconscientemente apremiado a aceptar; desconcertado, observó a B–4 y T’Pak quienes, obedientemente, ascendían a su lado, el androide, con evidentes muestras de su sempiterna curiosidad, y la vulcana, con una especie de ensimismamiento que al capitán se le antojó harto inquietante.

La llegada a la cima de la escalinata interrumpió sus disquisiciones: frente a ellos, las facciones del extraño permanecían en apariencia inmutables, si bien la luz del candelabro que mantenía alzado frente a sí, les otorgaba un cierto matiz irónico que no lograba disminuir la nobleza de su porte.

–Bienvenidos, caballeros. Como sin duda, habrán supuesto, mi nombre es Drácula; entren por su propia voluntad y dejen algo de la felicidad que traen consigo –dijo con irreprochable acento inglés, invitando a los viajeros a penetrar a través del portón abierto con un cortés gesto de su mano derecha.

Un caudal de sensaciones contradictorias invadió la mente de Picard en el instante en que su anfitrión desveló su identidad. Sabedor de lo que aquel nombre y su amabilidad entrañaban, la primera sensación fue la de peligro, que no obstante se vio rápidamente eclipsada por un gran sosiego, al parecer compartido por T’Pak y B–4, mientras cruzaban los bien iluminados corredores de aquel castillo, plenos de suntuosidad y cuidados con exquisito esmero.

Aquella aprensión inicial, en cambio, regresó cuando de una de las galerías surgió la figura de Ismael, quien, sonriente, se situó frente a los viajeros, cuyo anfitrión se detuvo para, a su vez, observar el cuadro en su conjunto.

–Quizá deseen conocer a mi otro invitado, caballeros –dijo–; él, se lo aseguro, está muy deseoso de presentarse a ustedes.

Sin más dilación, Ismael se llevó una mano a su rostro, y cuando volvió a dejarlo al descubierto, éste había cambiado sustancialmente, revelando unos rasgos severos, de finos labios, tez redondeada y cabellos rizados. Ante esta manifestación, Picard no pudo reprimir una expresión de genuino asombro, a la que B–4 pareció acompañar.

–Veo que me recuerda, capitán. Y usted, el que antaño fue Data, también. Me siento verdaderamente complacido, caballeros.

–¡Moriarty!

Manuel Aguilar

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5 Responses to “El síndrome Cárpatos (4)”


  1. 1 belakarloff
    18 junio 2010 en 7:31

    Bueno, pues aquí tenéis la cuarta entrega de nuestro apasionante serial.

    ¿Qué sucederá? ¡No se pierdan el próximo episodio, la semana próxima a la misma hora y en el mismo blog!

  2. 2 doctorwatson65
    18 junio 2010 en 17:03

    ¿Cuantos capítulos son…? ¿Te atreverás con otro serial…?

  3. 3 belakarloff
    18 junio 2010 en 18:30

    No pienso decir cuántos capítulos son.

    En cuanto a atreverme con otro, si surge, por supuesto.

  4. 5 belakarloff
    18 junio 2010 en 20:18

    Uf… Pues no es difícil…

    Y sobre todo, requiere mucho tiempo.


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