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Ago
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El síndrome Cárpatos (3)

CAPÍTULO III

SINOPSIS

Fecha estelar 56942.5. Durante una recreación holográfica del universo gótico creado por Bram Stoker, el doctor Carl Schnauer y su asistente, la enfermera Eve Moran, desaparecen misteriosamente, al mismo tiempo que el resto de la tripulación de la Enterprise es presa de una extraña adicción que les lleva a internarse en el Holodeck. Para paliar la situación, Picard decide adentrarse en el interior del mundo holográfico, junto al nuevo androide, B4, y la alférez vulcana T’Pak, compañera de Academia de Moran. Mientras, el nuevo Primer Oficial, Martin Madden, se ve obligado a solicitar la ayuda del doctor holográfico, los tres ciberexploradores encontrarán a un enigmático individuo que dice llamarse Ismael y parece saberlo todo acerca de ellos y la situación…

  

–¡Madden a capitán Picard! ¡Teniente LaForge! ¡Informe de la situación!

Al no obtener ningún tipo de respuesta, Madden desistió de entablar comunicación con el puente; mientras trataba de reflexionar sobre una situación que tan mal pintaba, recibió, para su alivio, una llamada del doctor.

–No se preocupe por lo que pueda suceder aquí dentro –dijo éste, adivinando sus pensamientos–; he dejado a mis pacientes inconscientes durante un buen rato, y así se mantendrán a medida que vayan llegando, es decir, si su teniente me los trae enteros –añadió, tras una breve pausa–. Bien, haga lo que considere adecuado, pero pierda cuidado con esta sección; sabremos qué hacer.

–De acuerdo, entonces –respondió el Primer Oficial, sin mucha convicción en su fuero interno–; señor Worf, mantenga a los oficiales de seguridad en sus puestos y, si no he entendido mal al doctor, que nadie salga de la enfermería hasta mi regreso.

Dadas estas órdenes, Madden se dirigió en busca de Geordi y el capitán, que tan inesperadamente había abandonado la holosección; entretanto, el doctor y Kato se centraban en atender a los pacientes recién llegados. A su alrededor, había seis tripulantes yaciendo con la respiración entrecortada: acababan de ser sedados, y el doctor no estaba seguro de haberles proporcionado a todos la dosis adecuada, teniendo en cuenta el apresuramiento con que se vieron obligados a hacerlo.

Observando las pulsaciones de cada uno, no se apercibieron del leve siseo que se había producido detrás suyo, como tampoco oyeron el rumor ahogado que se dirigía hacia ellos. De pronto, el doctor advirtió un cambio en la atmósfera de la sala, ahora más densa, más opresiva, hasta el punto de casi asfixiarlo, al igual que le sucedió al enfermero, quien repentinamente se llevó las manos a la garganta y, entre jadeos, cayó desvanecido.

Al volverse, su asombro no tuvo límites: de pie, frente a él, se hallaba la doctora Crusher, mirándolo con una fijeza tal que el doctor no recordaba haber visto en las escasas ocasiones que ésta había reclamado sus servicios; diríase que era una mirada deshumanizada, como de animal hambriento, sensación acentuada por el rojo intenso que brillaba en sus labios y la acusada palidez de su rostro.

–¿Qué haces aquí, extraño? –preguntó con voz átona, sin cambio alguno en su expresión–; ordenador, desactiva el programa médico –pronunció acto seguido, sin que el doctor pudiera responder o reaccionar en modo alguno.

Una vez que éste hubo desaparecido, la doctora se mantuvo inmóvil unos segundos, observando al desvanecido enfermero y los pacientes que la rodeaban. Lamiendo con delectación sus purpúreos labios, rodeó con sus brazos el cuello de Kato e inclinó su lívido rostro sobre él.

Madden, entretanto, marchaba hacia el turboascensor sin dejar de intentar establecer comunicación con el puente, sin escuchar más que breves exclamaciones entrecortadas como respuesta, en el mejor de los casos. Le hubiera gustado comunicar a alguien la inquietud que en aquellos momentos sentía, pero aquel, se decía tratando de animarse, no era el momento para quedar en entredicho ante un subordinado.

Un silbido ululante se esparció repentinamente por todo s los rincones de la nave, al cuál Madden conocía muy bien: alerta roja. Apresurándose por llegar al turbo, el Primer Oficial encontró a su paso numerosos tripulantes que se detenían a observarle con fijeza, mostrando una vacuidad en su expresión que le producía escalofríos; al principio se limitaban a continuar su camino, pero poco a poco su número fue incrementándose de tal forma que se hizo casi imposible moverse entre los estrechos pasillos sin que Madden se viera obligado a apartar a algún grupo para continuar su camino. Sin imprecaciones, sin el menor murmullo, los que habían sido rechazados volvían a reagruparse tras el paso del oficial; cundo éste penetró al fin en el turbo, le pareció que la tripulación entera estaba observándole, tan abarrotado se hallaba el espacio frente a él, una multitud de mirada hosca y sin vida.

Una vez iniciado el ascenso, Madden reflexionó sobre aquella sensación, y sobre los rostros que había encontrado a su paso; le había parecido ver a varios oficiales del puente, si bien fue incapaz de reconocer a ninguno en concreto, aunque hubiera podido jurar que uno de ellos era Niera, la nueva consejera, a quien recordó como uno de los primeros tripulantes que penetraron en el Holodeck tras la anomalía. Era lógico, pues, sea lo que fuere lo que ejercía aquella atracción especial, ella, como betazoide, tuvo que ser una de las primeras en percibirlo.

En ese momento, las puertas del turboascensor se abrieron, sacando al Primer Oficial de sus cavilaciones. Ante él, se desplegó un panorama dantesco: los únicos tripulantes que no habían abandonado su puesto, LaForge y Cavendish, se hallaban desvanecidos en el suelo, pálidos y con los ojos desorbitados. Enfrente suyo, el capitán Picard y el ex Primer Oficial Riker, acompañado de su esposa, Deanna Troi, le observaban con la misma fijeza escalofriante característica de la horda que le había asediado en los pasillos.

–Al fin se ha dignado atender la orden –dijo sin preámbulos el capitán con voz átona, al tiempo que daba un paso hacia delante–. ¿Qué es lo que le ha retrasado tanto?

Madden le hizo el informe más sucinto que pudo de la situación, sin omitir el cariz cada vez más grave que la situación estaba tomando, ante lo cual, ni Picard ni el matrimonio Troi parecieron perturbarse mucho; por el contrario, el capitán, sin dejar de mirarle fijamente, hizo un gesto con su mano en dirección a los dos cuerpos caídos, comentando:

–Como puede ver, no somos del todo desconocedores del actual estado de cosas. Me ha dicho que el único punto de resistencia en estos momentos es la enfermería, ¿no es cierto?

–Así es, capitán –respondió Madden, tratando de no exteriorizar la intranquilidad que aquella mirada le producía cada vez con mayor intensidad.

–Vayamos pues, hasta allí. Quiero verlo todo con mis propios ojos. Riker, usted y su esposa permanezcan aquí, y atiendan en todo lo que puedan a los caídos.

Sin esperar la respuesta de su antiguo Primer Oficial, Picard se adelantó hacia el turboascensor; Madden, por su parte, se mantuvo unos segundos observando su avance, dominado por una extraña sensación de letargo. No le cabía duda: se había producido en el capitán el mismo cambio sufrido por la mayoría de tripulantes, pero había algo más, algo que su mente no acertaba a concretar…

Al fin, impulsado por una sensación como de sacudida en su cráneo, Madden se internó en el turbo junto a su capitán, quien le observaba impertérrito desde el interior. Una vez dentro, trató de escudriñar algún rastro de emoción en el pétreo rostro de su superior, sin conseguirlo. Si todo esto le producía notable inquietud, no fue nada en comparación con el miedo que experimentó cuando, al salir de vuelta a los pasillos, la multitud que antes había intentado cerrarle el paso, ahora, con Picard al frente, se apartaba a un lado con cierta reverencia.

Madden y aquel nuevo Picard, haciendo caso omiso a semejante muestra de adoración, marcharon a buen paso hasta distinguir a Worf y los oficiales de seguridad de pie ante las puertas de la enfermería, parapetados por un campo de fuerza, sin duda activado por el klingon. Para entonces, el Primer Oficial, que no había cruzado una palabra con el capitán durante todo el trayecto, ya había tomado una decisión respecto a lo que debía hacer.

Cuando el campo quedó desactivado y llegaron a la altura del klingon, éste se apartó a un lado para dejar paso a los dos hombres, con una expresión que hizo suponer a Madden que también había advertido algo extraño. A una leve inclinación de cabeza por su parte, Worf se colocó a la izquierda del capitán, de forma que éste quedó durante unos segundos situado exactamente entre los dos oficiales.

Worf no perdió tiempo; sin dilación, se abalanzó de costado sobre el capitán al tiempo que Madden hacía lo propio desde su lado, mas el atacado, previendo el movimiento, reaccionó con furia, proporcionándoles sendos codazos a sus contrincantes, haciendo que el klingon rodase por el suelo, al tiempo que se lanzó sobre el cuello del Primer Oficial en un intento de estrangulamiento impedido al instante por la acción disuasoria de los phasers disparados al unísono por uno de los guardias de seguridad y Worf quien, a pesar de no hallarse del todo recuperado del fuerte golpe recibido, tuvo el coraje necesario para reaccionar a tiempo.

–Me alegra que recuerde nuestra señal, teniente –comentó Madden, frotándose el dolorido cuello, al tiempo que ambos observaban al caído capitán, quien en ese momento parecía recuperarse del impacto recibido, levantándose con ojos vidriosos fijos en sus adversarios.

Sin responder a la observación de su superior, el klingon apuntó de nuevo el arma hacia su oponente, en vano, pues éste no parecía reaccionar, fuera de aquella mirada llena de odio, la cual de pronto dejó de mantenerse sobre los oficiales. Un leve silbido se oyó a sus espaldas en aquel momento y, antes de que ninguno pudiera reaccionar, fueron derribados por una fuerte sacudida a sus espaldas; rodando, medio inconscientes, acertaron a ver las figuras de Riker y Troi materializadas en aquel punto de la nave, y ahora se lanzaban hacia ellos.

–¿Qué demonios…? –farfulló Madden mientras la consejera trataba de cerrar las manos sobre su castigado cuello. Con un feroz gruñido, Worf contraatacó rápidamente, propinando un soberbio codazo a la betazoide, a la que hizo rodar contra las puertas de la enfermería mientras con otra llave intentaba desembarazarse de Riker, quien a su vez le había elegido como presa.

Troi, recuperándose al instante del impacto sufrido, se lanzó de nuevo hacia el klingon, el rostro transformado en un máscara bestial; esta vez, fue ella quien consiguió derribar a su oponente con un fuerte golpe en el pecho para, a continuación, lanzarse sobre los oficiales de seguridad, ocupados en mantener a raya a la multitud que, ante la pelea, había recobrado su actitud hostil y se apiñaba en su dirección. Worf, sin dejarse aturdir, viró hasta quedar de frente a sus contrincantes, trastornándoles con un golpe frontal en el rostro que debería haberles derribado.

Madden, entretanto, aún ofuscado por la presión ejercida sobre su cuello, trató torpemente de acudir en ayuda de sus hombres, topándose otra vez con Picard, quien, recuperado del impacto de los phasers, se disponía a saltar de nuevo hacia él. Sacando fuerzas de flaqueza, Madden no se dejó atrapar esta vez; por el contrario, propinó una serie de puñetazos a su otrora superior con tal furia y rabia exteriorizados que casi estuvieron a punto de hacerle caer, pero la fuerza de aquel adversario era enorme; al fin, Madden se vio obligado a utilizar el phaser, esta vez a máxima potencia.

Mientras el capitán se desintegraba entre aullidos de agonía, el Primer Oficial se preguntó si su frustración interna era tan grande como para provocar aquel oportuno acceso de cólera. De ser así, la idea le provocó un escalofrío: ¿hasta tal punto se desconocía a sí mismo?

La barahúnda que se formó repentinamente tras el campo ya reactivado, sumada al conjunto de gritos y gruñidos del resto de contrincantes todavía enfrascados en combate, sacó a Madden de sus meditaciones; según parecía, la horda se había agrupado en aquel punto y trataba de abrirse paso hasta ellos. De lograrlo, ni él ni los demás oficiales, ni siquiera la misma nave, tendrían salvación.

La repentina apertura de las puertas de la enfermería desvió de nuevo su atención; con la cabeza aún dándole vueltas, el Primer Oficial observó a los jadeantes guardias de seguridad y a un sangrante Worf, quienes aún no habían logrado abatir a sus oponentes. Madden los derribó con su phaser cuando éstos volvían a contraatacar para, a continuación, adentrarse en el interior de la sala, donde se halló frente a un doctor tan jadeante y maltrecho como Worf. En una esquina, pudo distinguir el cuerpo de la doctora Crusher, los labios entreabiertos mostrando unos hilillos de sangre que escapaban a través de su cuerpo.

–Explique la naturaleza de la situación, doctor –espetó Madden, a quien ya nada le podía sorprender.

–Vaya, por una vez no soy yo quien dice eso –dijo el doctor, acercándose tricorder en mano a los aún conmocionados oficiales–; me alegra que haya logrado llegar hasta aquí, Primer Oficial. Muy significativo…– añadió, tras examinarles–; lo mismo que les ha sucedido a algunos pacientes durante mi ausencia.

–¿Su ausencia? –inquirió Madden.

–Un breve traslado forzoso, podría decir –respondió el doctor, dirigiendo su mirada a la inconsciente doctora–. Desangramiento instantáneo, eso es lo que ha sucedido. Algo que jamás creí posible en estos parámetros de realidad.

–Especifique algo más, doctor –dijo Madden, haciendo ademán de acercarse a la doctora.

– Por supuesto, Primer Oficial –respondió el interpelado, deteniendo con su brazo el movimiento de Madden, para, antes de que ni Worf ni los otros oficiales de seguridad pudieran reaccionar, disparar su phaser sobre el cuerpo yaciente, al que desintegró en unos instantes.

–Ante una epidemia, lo mejor es erradicar la fuente del peligro –comentó, guardando rápidamente el arma sin apartar los ojos del feroz escrutinio de Worf–. No tiene motivos para lanzarse sobre mí, teniente: ésta no era la verdadera doctora Crusher, tan sólo una imitación, diría incluso que bastante burda.

Un frenético golpeteo contra las puertas de acceso interrumpió la explicación del doctor. De alguna manera, habían conseguido desactivar el campo de fuerza, y era evidente que ya no podrían resistir mucho más; Madden acarició entonces la idea de activar la autodestrucción de la nave cuando se hiciera oír la alerta roja. Nada sucedió. Ningún sonido se dejó oír esta vez desde las entrañas de ninguna máquina, tan sólo un silencio absoluto, turbado únicamente por los violentos y cada vez más fuertes golpes.

–¡Necesitamos idear algo para salir de aquí! –exclamó Madden, ya totalmente decidido–; ¡hemos de volver al puente si queremos activar el programa de autodestrucción!

–Será mejor que descartemos toda posibilidad en ese sentido –replicó el doctor–. No tenemos más opción que seguir resistiendo aquí. Los ordenadores ya no funcionan, no obedecen.

»¿No lo entiende? –exclamó ante la muda pregunta cincelada en el rostro del asombrado oficial– ¡Ellos son los que ahora tienen el control!

oOo

–¿Todo bajo control, capitán? ¿Ha dormido bien?

Picard despertó sobresaltado ante la sacudida que B4 le había proporcionado para despertarle. Tras largas horas de inquietud recordando la lapidaria sentencia de Ismael y aquella enigmática proyección luminosa, logró al fin conciliar un breve sueño lleno de pesadillas aún vívidas. Cuando éstas fueron sustituidas por el imperturbable rostro del androide, el capitán volvió a sentir una punzada de nostalgia: era evidente que B4 había cumplido a la perfección el papel de vigía que de común acuerdo se le había asignado, pues era demasiado consecuente con su naturaleza inorgánica como para intentar simular las fases de sueño y vigilia humanas, al contrario que Data, el cual sin duda le hubiera permitido dormir un poco más.

–Sí, B4, dentro de lo que cabe –murmuró, sonriendo ante sus propias elucubraciones, y observando de reojo a T’Pak e Ismael, aún sumidos en profundo sueño, añadió–: ¿Preparado para una jornada interesante? Al menos, las pesadillas sí que lo han sido…

–¿Pesadillas, señor? –inquirió el androide, confundido.

–Sí, B4, esas creaciones de la mente que durante el sueño materializan los miedos y frustraciones del ser humano…

Picard interrumpió su disertación al observar a T’Pak, que en ese momento se incorporaba de su lecho con la inquietante frialdad característica de los vulcanos; poco después, Ismael se desperezó, bostezando ostentosamente.

–Bien –dijo, incorporándose tras innumerables masajes en el costado y una sonora palmada–, al fin llegó el momento. Veo que estamos todos despiertos y diría que listos, así que, ¿nos atrevemos a salir de este cuchitril?

Ignorando la expresión recelosa de los tripulantes, horadó la rocosa techumbre con su antorcha; una cavidad surgió entonces en el centro de la superficie, rodeada por un número incontable de diminutas estalactitas, la cual se fue ensanchando a medida que la luz del fuego iba iluminándola, hasta mostrar un hueco del tamaño de un cuerpo humano. Sin mediar palabra, Ismael demostró de nuevo una notable agilidad agarrándose al borde de la concavidad e impulsándose hacia sus entrañas, desapareciendo allí en muda invitación a que le siguieran.

–Dadas nuestras opciones, lo más aconsejable ahora sería continuar siguiendo las indicaciones de nuestro guía –comentó B4, observando la negrura en la que Ismael había penetrado.

–Sigan adelante. Tiene usted razón, Data… B4 –corrigió Picard, sumido aún en las funestas imágenes de sus pesadillas.

–Gracias… señor –respondió B4, sin hacer ningún comentario al despiste del capitán, tan sólo un leve movimiento de cabeza. A continuación, siguió a T’Pak, que ya se había adentrado en la nueva caverna siguiendo a Ismael.

Sin más dilaciones, odiándose a sí mismo por haber incurrido en semejante desliz, Picard se adentró a su vez en la cueva. Sacudiéndose la suciedad de nuevo acumulada tras el paso por los túneles, se preguntó si no sería aquel lugar donde se habían ocultado sus perseguidores, agazapados ahora en ávida espera.

Rechazando semejantes pensamientos, Picard y el resto del grupo avanzaron a través de la abertura, en una espiral ascendente siempre encabezada por Ismael; para satisfacción de todos, y en especial para el capitán, esta vez no tuvieron que agazaparse ni caminar a ciegas; Por el contrario, el corredor era angosto, de suelo formado por rocas lisas y compactas, y bien alumbrado por una fosforescente luminosidad verdosa que, según conjeturó T’Pak, debía proceder de las acumulaciones de hongos sobre las rocas y estalactitas que divisaban en derredor, explicación que a Picard, no sabía muy bien porqué, no satisfizo demasiado. Aquella luz verdosa le inquietaba, sugiriéndole demasiadas amenazas, si bien se guardó mucho de exteriorizar sus recelos.

Al fin, la luz comenzó a disminuir y fue dando paso a una aureola nítida que indicaba la filtración de la claridad lunar. Pronto, una nueva cavidad se abrió paso sobre ellos pero, al cruzarla, no encontraron un panorama menos inquietante que aquel del que presuntamente habían escapado. Ninguno de los tripulantes, conocedores de la fuente originaria de todo aquello, esperaba en realidad algo distinto: un enorme puente rocoso frente a ellos, cubierto por una espesa niebla que, inmune a los rayos lunares, parecía cubrirlo todo, ocultando insondables abismos a sus pies.

B4, cuyos engramas no conocían el miedo, observaba todo aquello con curiosidad. T’Pak, por el contrario, lo escrutaba y analizaba sin mayor interés, si bien Picard no dejaba de preguntarse si la lógica vulcana sería lo suficientemente aplastante para todo aquello. En cuanto a él, no podía evitar ligeros escalofríos que le recorrían la espalda de cuando en cuando, si bien sentía más curiosidad que verdadero miedo: todo le parecía en exceso irreal, empezando por el propio Ismael, quien se hallaba al pie del puente, en actitud expectante.

–Debemos esperar la llegada del carruaje– dijo éste, sin dejar de otear a su alrededor–, como específica la narración; claro que, en realidad, será como caer en la trampa del gato…

–en la que nosotros seremos el ratón– concluyó T’Pak, mirando a Ismael–, por supuesto, si es que nos subimos a ese carruaje.

–Muy cierto, mi sagaz dama –confirmó el interpelado–, pero no nos quedan muchas alternativas, ¿no les parece?

Nadie respondió. En la lejanía, un coro de aullidos se elevó lúgubremente; todos esperaron ver asomar el vehículo en aquel momento, pero nada compareció. En su lugar, la niebla pareció agitarse, bifurcándose en pequeñas espirales que acariciaron los pies de los allí reunidos. En su centro, se dejó ver una claridad a través de la cual podían verse las líneas que delimitaban el puente en su extremo opuesto.

–¡Parece que ha habido una alteración! –dijo Ismael, alzando la voz por encima del incesante coro de aullidos.

–Sin duda, la demora se debe a los cambios efectuados en el transcurso preestablecido de la novela– comentó B4, a modo de respuesta.

–Sin duda, en efecto– ratificó Ismael, mirando al androide con su inescrutable sonrisa. Sin más comentarios, se ubicó sobre un tocón situado frente a la entrada del paso; el tiempo parecía haberse detenido: durante un lapso que ninguno supo precisar, nada se movió, ningún ruido delató la presencia de otros seres vivos que no fueran los lobos, cuyos aullidos sonaban cada vez más enloquecidos.

–No nos conviene esperar aquí mucho tiempo más –dijo repentinamente Ismael, escrutando con insistencia el puente frente a él–. Por aquí nunca amanece y, de seguir sumidos en esta oscuridad, nos acabará devorando.

–Entonces, ¿qué sugiere?– preguntó Picard, acercándose hacia él.

–Tenemos que llegar al nexo, como les dije –respondió Ismael–, y si no tenemos medio de locomoción, sólo nos quedan…

–Nuestros pies –concluyó T’Pak, observando el abismo que se adivinaba bajo la niebla–; demasiado arriesgado, capitán. Necesitamos un mínimo margen de seguridad.

–La situación no es precisamente halagüeña –observó Picard, dirigiéndose a Ismael–; la objeción de mi alférez es lógica, ¿no cree?

–No estoy tan seguro de ello –replicó el interpelado, dirigiendo su mirada a unos puntos rojos que se habían dejado ver en el extremo opuesto del puente; luego, tras observar sonriente a T’Pak, siguió–: pero puedo comprenderles; les he pedido mucho y ustedes me han dado más confianza de lo que creí posible. Cerciórense, pues.

Obedeciendo un gesto de su capitán, T’Pak se situó frente a Ismael, quien, aún sonriente, la esperaba. Sin pronunciar palabra, T’Pak ubicó su mano izquierda sobre la sien de Ismael, dispuesta a realizar la fusión mental vulcana.

Ismael no pareció alterarse cuando el proceso comenzó, al contrario que T’Pak, cuyo rostro fue adquiriendo paulatinamente señales de inquietud cada vez más intensas. Al fin, al cabo de un buen rato, la inquietud se tornó angustia, materializada en una expresión de dolor que Picard jamás creyó posible en el siempre impasible rostro de la vulcana; hizo entonces ademán de acudir en su ayuda, pero Ismael, con un gesto de la mano, le detuvo.

De pronto, T’Pak lanzó un grito de terror, separándose de Ismael para caer inconsciente al suelo. Picard corrió a socorrerla junto a B4, en quien creyó ver también un cierto atisbo de asombro sustituyendo a su sempiterna curiosidad.

Mientras el androide la sujetaba entre sus brazos, el capitán frotó con toda la energía que pudo las manos y frente de su alférez, mirando con desprecio a Ismael, quien, lejos de verse afectado por todo aquello, observaba la escena tranquilamente.

–No se preocupe, capitán, no ha sufrido el menor daño. Sólo ha visto la verdad, a veces tan dolorosa.

T’Pak comenzó a gemir en aquel momento, abriendo los ojos con lentitud poco después. Ante la mirada interrogadora de Picard, se incorporó con brusquedad, exclamando, sin disimular su inaudito nerviosismo:

–¡Hemos de seguirle sin discusiones! ¡Es imperativo, absolutamente imperativo, que confiemos y obedezcamos sus indicaciones si queremos sobrevivir!

Continuará…

Manuel Aguilar

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3 Responses to “El síndrome Cárpatos (3)”


  1. 1 belakarloff
    11 junio 2010 en 7:50

    Bueno, pues aquí ya tenéis la tercera entrega de nuestro serial.

    Bien, venga, conjeturas, especulaciones, impresiones…

  2. 2 belakarloff
    11 junio 2010 en 12:03

    Por cierto, ¿os habéis fijado en el apellido de la enfermera desaparecida?


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