18
Ago
11

El síndrome Cárpatos (2)

CAPÍTULO II

 

            La multitud se aproximaba cada vez más; Picard miraba angustiado a todos lados, en busca de alguna solución ante lo que se le precipitaba.

            –Solicito permiso para formular la orden que nos sacará de aquí –susurró T’Pak, mirando impertérrita a su alrededor–. No parece haber otro medio de salir de esto.

            Picard no respondió; ciertamente, si ponían fin al programa, las posibilidades de encontrar a los desaparecidos se reducirían al mínimo, pero todas las puertas que pudieran hallarse al alcance se mostraban herméticamente cerradas, mientras aquella extraña muchedumbre se aproximaba.

            No había alternativa. Comenzó a pronunciar la orden cuando una voz estridente se elevó sobre la suya.

            Se trataba del viejo que habían vislumbrado entre la oscuridad; ahora, cantando una canción de taberna en un idioma que ninguno supo identificar, pese a los traductores que portaban ocultos entre sus ropas, sobresalió entre el gentío con una enorme jarra de cerveza entre las manos, repartiendo abrazos e invitaciones sin interrumpir la canción, en evidente estado de embriaguez.

            Entonces los ojos achispados del anciano desviaron su atención hacia los tres viajeros. Por debajo de la suciedad de su barba rala y cabellos, y su mirada perdida, Picard creyó percibir algo familiar en aquel rostro, en aquellos pómulos salientes, en aquellos ojos azules.

            Trastabillando, el viejo llegó hasta darse de bruces con B4, que se limitó a mirarle con curiosidad. Picard se adelantó para agarrarle y entonces el hombrecillo, sin dejar de sonreír y barbotear incoherencias, se puso a la altura de su oído susurrándole:

            –Por el bien de su alma, capitán, no se le ocurra pronunciar ninguna orden, o caerán en una trampa de la que ya no podrán salir. ¡Vamos! –añadió–. ¡Síganme! Hacia la izquierda hay una puerta medio rota; podremos huir por allí.

            Sin tiempo para articular respuesta, casi mecánicamente, Picard, T’Pak y B4 corrieron en pos de su insólito salvador, al tiempo que la multitud, despertando del trance al que parecía haberles sometido el anciano, se lanzaba hacia ellos.

            Rodeados por una barahúnda de gritos y maldiciones, el viejo y los tripulantes atravesaron un estrecho corredor, al final del cual una no menos reducida abertura mostraba un poco reconfortante fondo oscuro. El falso borrachín proporcionó una vigorosa patada a los restos de madera que aún quedaban en pie, e invitó a los demás a seguirle.

            Picard y los demás no dudaron en seguir los pasos del viejo, no sin antes desembarazarse de algunos individuos que habían logrado adelantarse al resto; B4 se deshizo con facilidad de uno de sus adversarios alzándolo en el aire y arrojándolo contra los demás, mientras Picard y T’Pak hubieron de mezclar todo tipo de técnicas ejercitadas en la Academia con otras propias e improvisadas sobre la marcha. Así, tras propinar un soberbio puñetazo al último de sus contrincantes, Picard penetró con B4 a través de la puerta, seguidos por T’Pak que, rompiendo las ligas y traíllas de su indumentaria victoriana, hubo de demorarse unos instantes, aplicándole la pinza vulcana a una furibunda mujer que se lanzó sobre ella blandiendo una afilada estaca.

            Con toda la rapidez que pudieron, los tripulantes cruzaron la estancia, un pequeño salón–dormitorio apenas amueblado, y tan sólo iluminado por los rayos de una tormenta que acababa de iniciarse; frente a una deslustrada ventana les esperaba el anciano, formando una fantasmagórica silueta al fulgor de los relámpagos.

            –Por aquí –les dijo, una vez llegaron a su altura, al tiempo que se apoyaba en la repisa de la ventana que había entreabierto–. No se preocupen; hay una balaustrada alrededor del edificio. Si tienen cuidado y suerte podrán sostenerse.

            “Si tienen cuidado y suerte”, pensó malhumorado Picard, cediendo paso a sus dos oficiales, mientras observaba como la jauría que les perseguía comenzaba a abrirse paso a través de la puerta. Sintiendo el roce de varias manos sobre sus ropas, saltó sin pensar en lo que encontraría al otro lado del vano; de no ser por el robusto apoyo de B4, habría perdido pie y caído irremisiblemente a lo largo de la resbaladiza cornisa.

 Una vez logró recuperar el equilibrio, se apoyó en el borde exterior de la contraventana, al tiempo que T’Pak y el viejo hacían lo mismo desde el lado opuesto, neutralizando así la embestida de la muchedumbre, que desde el otro lado empujó y golpeó frenéticamente, en medio de un pandemonium en el que el retumbar de la tormenta se mezclaba con los gritos y aullidos rabiosos de los atacantes.

            –No podemos permanecer mucho más tiempo aquí –exclamó el anciano, haciéndose oír a pesar del griterío–. Será mejor que saltemos. No se preocupen –añadió al ver la mirada de asombro por parte de Picard–, la altura no es demasiado elevada, y la tormenta habrá ablandado el suelo. Simplemente déjense deslizar hasta el extremo de la cornisa, y entonces salten.

            Sin mediar más palabras, mostrando una agilidad inaudita, el viejo se soltó de su apoyadero y brincó hacia la oscuridad. Sin dudar, Picard hizo otro tanto y cayó detrás del anciano. Una astilla se partió en aquel momento, dejando paso a una pálida mano que, en forma de garra, trataba convulsivamente de agarrar a los viajeros que aún no habían saltado.

            –Creo que lo mejor será seguir las instrucciones de ese hombre –exclamó B4, dejándose oír entre la cacofonía de la tormenta y los gritos del interior.

            –No me atrevería a discutírselo, B4 –respondió la vulcana, casi ahogada por la incesante lluvia, mientras procedía a saltar.

            Casi al unísono, los tres tripulantes pudieron ver por medio de los relámpagos, observando al anciano que a su lado se incorporaba desde el suelo. Éste los contempló con su sempiterna expresión burlona, que ahora adquiría un matiz mucho más siniestro.

            –Hay un sótano frente a nosotros –dijo cuando llegaron a su altura, señalando a su izquierda–. Aquí podremos refugiarnos, al menos durante unos minutos.

            Atisbando entre los relámpagos, los tripulantes observaron su enjuta figura, diríase una sombra entre asombras, manipulando el pomo de un portón rectangular anexionado a una de las fachadas del caserón. Por encima de éste, desde la ventana, comenzaban a atisbarse algunos rostros deformados por la furia, lo que hizo que el capitán y los demás se apresuraran a ayudar al individuo, y así, tras un pequeño forcejeo, el pomo cedió y permitió el paso de los fugitivos a la oscuridad de sus entrañas.

            Precedidos por la figura del anciano, que había improvisado una antorcha, el grupo bajó con toda la rapidez que pudo por unas inseguras escaleras de madera, que finalizaban en un suelo pajizo e impregnado de una fragancia no demasiado exquisita, la cual llenaba todos los rincones de una estancia plagada de toneles y muebles viejos.

            –Dudo mucho que no hayan podido vernos –comentó T’Pak, haciendo uso de su disciplina vulcana para ignorar aquel olor–. Estamos arriesgándonos demasiado fútilmente.

            –Oh, sin duda, alguno de esos salvajes de ahí fuera nos habrá visto entrar, mi joven dama –dijo el anciano, abriéndose paso entre el mobiliario, antes de que Picard pudiera interpelar nada–. Y respecto al riesgo, me temo que no tienen opción.

            –¿Quién es usted? –preguntó entonces el capitán, mirando con fijeza al desconocido, quien, desde hacía mucho le resultaba evidente, estaba muy lejos de la edad que pretendía aparentar–. ¿Y de dónde viene? ¿Cómo sabe quienes somos?

            –Quien sea yo, lo sabrán en su momento –respondió el extraño, sentándose sobre un sucio jergón–. Ahora lo mejor que podemos hacer en el escaso tiempo de que disponemos es tratar de pensar cómo proseguir… –añadió, señalando con un significativo gesto de la cabeza al techo, a través del cual la horda dejaba otra vez oír su frustración.

            –En cualquier caso, amigo, debería indicarnos algo sobre usted –insistió Picard, dirigiéndose al anciano, quien les observaba con su inamovible sonrisa–. No le recuerdo como tripulante de mi nave, y tampoco parece pertenecer a este mundo.

            –Muy sagaz, mi capitán –rubricó el viejo, haciéndole un guiño–. Como dijo un poeta, soy un hombre de ninguna parte, un extraño en cualquier sitio; ese es mi destino. Si bien… –reflexionó–, si tanto necesitan el apoyo de un nombre, bien, llamadme Ismael.

            >>Pero nuestro destino ahora es salir de aquí –continuó mientras el techo pareció hundirse ante una violenta sacudida de muchas manos–. Las bestias ya han olfateado a su presa, los tendremos aquí ahora mismo. ¡Vayamos por aquí!

            Una amplia abertura surgió repentinamente tras la espalda del extraño, ante la sorpresa general. ¿De dónde había salido ese túnel? Hacía un momento no había nada tras ellos y, de pronto, se brindaba tal salvoconducto.

            –Esta tierra guarda muchas sorpresas, dama y caballeros – declamó el autollamado Ismael, mientras penetraba en la cueva–. Ahora, si no quieren ser pasto de carniceros, síganme.

            No parecía haber otra opción, aunque ninguno de los tres confiaba demasiado en las palabras y acciones de aquel enigmático individuo. Tras un breve intercambio de miradas, entraron en el túnel, tan sólo iluminado por la improvisada antorcha. Así, en la titilante penumbra, avanzaron apresuradamente, huyendo de la muchedumbre, cuyos gritos iban haciéndose menos audibles a medida que profundizaban en el pasadizo.

            –No teman, caballeros. Pronto cruzaremos este umbral, porque nos adentramos a la morada de los fantasmas, más allá del puente.

            –Puente a capitán. Aquí el primer oficial Madden; le ruego que se comunique con nosotros. Hay serios problemas en la nave

            ¿Cuántas veces había realizado ya esa llamada? No lo sabía, hacía tiempo que había perdido la cuenta, y en cualquier caso, aquel era el menor de sus problemas.

            Como oficial al mando de la nave en ausencia del capitán, no podía haberse encontrado en aquella ansiada posición en peor momento; sabía que tal cargo implicaría problemas, pero nunca hubiera imaginado que tendría que gobernar una nave prácticamente vacía.

            En efecto, más de la mitad de los tripulantes había desaparecido, literalmente: habían entrado en la holosección a pesar de los arrestos de las fuerzas de seguridad, y ya no reaparecieron. Ahora, Madden se encontraba frente al panel de navegación haciendo el trabajo de varios hombres.

            –Señor, una llamada desde enfermería –informó en ese momento Cavendish, el oficial de comunicaciones, quien, por fortuna, aún se mantenía en su puesto–. Es el teniente Worf. Dice que es urgente su presencia allí.

            –Voy para allá –respondió Madden, apresurándose hacia la sección indicada.

            Al llegar encontró un caos que le recordó el momento en que el capitán se había internado en la holosección: frente a la puerta abierta de la enfermería, el klingon agarraba a dos oficiales heridos rodeados por un grupo que apenas podía sostenerse en pie, y no obstante pugnaba por entrar en la sección. A su alrededor, el enfermero Kato trataba de contenerles y atender a los que podía, no sin llevarse algún que otro golpe en el intento.

            –¿Qué ocurre aquí, teniente? –inquirió el primer oficial adelantándose ante Worf, y agradeciendo en su fuero interno que no estuviera allí el capitán.

            –Son algunos de los que no pudieron entrar en el holodeck –respondió el interpelado–. Como temía, la situación se desbordó, y muchos tripulantes han quedado malheridos al pretender entrar sin conseguirlo. Y ahora quieren ser curados de cualquier modo para volver a intentarlo. Han olvidado su dignidad y quiénes eran.

            –Sí, teniente, lo sé –dijo Madden meditabundo–, ¿es consciente de la dificultad de la situación?

            –Para un klingon no hay nada trivial, señor –respondió Worf con énfasis, aumentando su presa sobre los dos oficiales que mantenía agarrados–. Apenas contamos con fuerzas de seguridad, en todo caso, y un enfermero desbordado.

            –Exacto –confirmó Número Uno, observando al enfermero oriental, que apuntaba con un fáser hacia el tumulto mientras trataba de atender a uno de los heridos–. ¡No, espere! ¿Cómo no se nos ocurrió? Activemos el M–8. Ordenador, activación del programa M–8.

            Ante ellos, el aire pareció fluctuar como una carretera atestada, y de inmediato se materializó una figura masculina, alta y delgada, con uniforme de la Federación, y luciendo una prominente calva; miró a su alrededor, con una especie de aprensión en el rostro que inquietó a Madden.

            –Bienvenido a bordo, doctor –casi titubeó aquél, acercándose al recién llegado con afabilidad–. No hace falta que especifique la naturaleza de la emergencia, lo puede ver; estamos al límite.

            –Así…así parece –titubeó, este sí, el doctor–. Pero… tengo que agradecerle… primer oficial, que me haya traído hasta aquí.

            –¿Qué le ocurre? –preguntó Madden, quien veía un personaje muy distinto del que conoció al iniciar su misión en la Enterprise; siempre tuvo un carácter nervioso, según le habían indicado, pero nunca había exteriorizado una inquietud tan palpable como la que manifestaba en esos momentos–. ¿A qué se refiere?

            –A la esclavitud, a la ausencia de… pero no hay tiempo que perder, estos hombres necesitan mi ayuda. ¿Estamos bien de mantenimiento? ¿Disponemos de lectores, tricorders… toda la tecnología necesaria?

            –Eso se lo responderá Kato, el enfermero a su disposición. Es la única ayuda con la que podrá contar –respondió el oficial, sorprendido ante aquella reacción.

            –¿Debo entender entonces que sólo cuento con un enfermero para contener a esa turba que se oye ahí fuera?

            –Con él, y con el teniente Worf –respondió Madden intercambiando una mirada con el klingon–. Créame, contará con el mejor apoyo en estas circunstancias.

            –Con eso cuento –dijo el doctor, acercándose a uno de los oficiales que Worf había traído–. Este hombre ha recibido una buena paliza, y algunos golpes parecen dados con técnicas muy concretas– añadió, mirando fijamente al klingon y al primer oficial.

            Haciendo caso omiso a la crítica implícita en aquella observación, los dos oficiales salieron entre empujones hacia el pasillo, recibiendo más de un golpe en el recorrido.

            –Dígame, teniente –interpeló Madden–. ¿Qué es lo que siente respecto a estos hechos? ¿Cómo es que se mantiene aquí?

            –No sabría decirle, señor. Pero la atracción es cada vez más intensa. Sin embargo… sé cuál es mi deber.

–Resista todo lo que pueda, teniente –concluyó Número Uno, pulsando su intercomunicador–. Primer Oficial Madden a ingeniería. Teniente LaForge. ¿Cómo van las cosas por ahí?

–¿Señor? –respondió la voz de Geordi, tan titubeante como la del doctor–. Aquí tenemos muchos problemas. Prácticamente me había quedado solo…

–¡Teniente, no sabe cómo me alegro de saber que continúa ahí! –exclamó Madden, arrepinti´ndose al instante de aquella muestra de debilidad–. Casi toda la tripulación ha desaparecido. Pero eme ha hablado en pasado… ¿Quiere decir que sus hombres han regresado ya?

–Pero… –murmuró Geordi, con un tono que fue pasando de la duda al asombro–. Señor, pensé que le habían destituido…

–¿De qué me está hablando? Teniente, no es momento para bromas.

–¿Bromas? –inquirió, ahora con mayor asombro, la voz de Geordi–. El Primer Oficial Riker y la consejera Troi se han personado aquí, y están detrás de mí en estos momentos. Dicen que han regresado para ocupar sus puestos…

–Teniente LaForge, por favor… esto es muy serio. La nave está en gravísimo peligro; casi toda la tripulación ha sido como engullida por el holodeck y no puedo comunicarme con el capitán. Usted es un experto en holografía ¡y debe ayudarme!

–¿Cómo es posible? ¡El capitán Picard acaba de entrar!

–Acabe de entrar por este pasillo, capitán Picard –soltó Ismael–; parece que pronto podremos tomarnos un respiro…

Caminando casi a ciegas, Picard recorría la negrura del angosto túnel tan inesperadamente descubierto; avanzaba a la máxima velocidad que podía, ya que su misterioso guía no se molestaba en darles respiro ni indicación alguna, salvo cuando el pasaje se estrechaba o bifurcaba en alguna de las tenebrosas ramificaciones que la antorcha dejaba entrever de vez en cuando.

Hacía tiempo que el peligro de la multitud parecía haber desaparecido, pero Ismael no había disminuido su velocidad, impidiendo toda comunicación entre los fugitivos. Picard sólo se apercibía de la presencia de B4 y T’Pak por el eco de sus pasos delante de él, y la respiración entrecortada de la vulcana, respiración que se acentuó cuando debieron agacharse para entrar en un pequeño pasadizo cuya abertura al capitán se le antojó minúscula, mucho más cuando se vio obligado a reptar, y la solidez del suelo desapareció bajo su pecho, sustituida por un fango oleaginoso. El capitán no quiso ni pensar qué sería aquello que de vez en cuando gustaba deslizarse alrededor de su cuello y todos los recovecos de su cuerpo.

De pronto, una pequeña luz circular surgió frente a ellos, engrandeciéndose paulatinamente, hasta dominar todo el campo de visión: habían penetrado en una cueva. Entrecerrando los ojos, deslumbrado, Picard percibió una especie de gruta natural, iluminada con mil destellos producidos por estalactitas que parecían querer alcanzar el suelo. Ante aquel espectáculo, desvió la mirada hacia un lado, encontrándose con Ismael de pie, apoyado en la entrada a la cueva, mirándole con su sempiterna pose sardónica.

–Mis disculpas, capitán, por el silencio y las prisas, pero créame, era del todo necesario; no podíamos permitirnos aún el riesgo de hacernos oír: estos túneles producen mucho eco y hay oídos demasiado sensibles.

>>Huelga decir –añadió, mirándose a sí mismo– que siento igualmente lo deplorable de nuestro aspecto. Pero tendremos que soportarlo: nada de indicaciones al ordenador por ahora.

–Usted dijo que llegaríamos más allá del puente –comentó T’Pak, observando los restos de su disfraz, ahora convertido en una grotesca masa de sucio color marrón salpicado de manchas oscuras, mientras B4b daba un manotazo a dos enormes ciempiés que se empeñaban en deslizarse sobre sus piernas–. ¿Debemos entender que se trata de una metáfora?

–Sería una suposición lógica, pero no aquí, mi bella dama de Vulcano –respondió Ismael, inclinando la cabeza en un gesto de cortesía–. No, hablaba en sentido literal. Pero vengan conmigo; su capitán tiene razón. Tienen derecho a ver algo de claridad en la trama.

Acto seguido se adentró en un pequeño corredor formado por hileras de estalactitas y aglomeraciones rocosas semejando formas de toda índole, indicándoles con un gesto de la mano que le siguieran. Picard, que ante la evidencia había renunciado por el momento a tratar de averiguar quién era aquel sujeto y cuánto sabía sobre ellos, no puso objeciones y los tripulantes no tardaron en dar alcance a su guía.

–Como les decía, empleaba términos literales –continuó explicando calmadamente el misterioso preceptor–. Estamos bajo el Paso de Borgo, donde los fantasmas salen al encuentro del viajero. Al menos, según reza en la inmortal novela que inicialmente el doctor Schnauer recreó.

–¿Schnauer? ¿El doctor Carl Schnauer recreó todo esto? –La pregunta procedía de B4, curioso e interesado.

–Así es. El doctor es un apasionado de la vieja novela gótica terrestre, según me afirmaba la oficial Moran cuando le consideraba un sueño inalcanzable– afirmó T’Pak–. No resulta extraño, por tanto, que se recree con las sensaciones que en su momento le produjo su lectura.

–Conozco esa afición del doctor –dijo Picard a su vez–. Sin embargo, esta derivación que hemos sufrido no tiene nada que ver con ninguna edición ni versión existente, que yo recuerde.

–Puede que la causa se deba a un reajuste forzoso de los parámetros –especuló B4–, quizá debido a nuestra vestimenta. Todo empezó, no lo olvidemos, cuando establecimos contacto en la taberna.

–Una suposición un tanto irrelevante, si me permite la expresión –dijo T’Pak con indiferencia–, sobre todo si hablamos de hologramas que se rigen exclusivamente según directrices exteriores, e interactuando con nuestro propio comportamiento. La irregularidad no debe estar, por tanto, ahí, sino en la propia creación del programa.

–Pueden abandonar sus disquisiciones, señores –anunció Ismael, deteniéndose ante una enorme cavidad circular frente a la cual finalizaba el camino.

>>Como decía, estamos siguiendo las líneas trazadas de una novela. El problema es que dichas líneas han sido desviadas, se han ramificado, y esas ramificaciones han dado lugar a otras, que a su vez siguen reproduciéndose de esta forma…

Tras este comentario, hizo un gesto con la palma de la mano frente a la cavidad, en cuyo centro comenzó a surgir otro círculo cada vez más brillante y amplio. Ante los fascinados ojos de los tripulantes surgieron delgadas líneas purpúreas a partir de este punto focal, de las cuales surgieron otras más pequeñas, y así sucesivamente hasta ocupar todo el espacio de la oquedad en lo que parecía una impenetrable red de oro refulgente.

–Una telaraña perfecta, como ven –explicó Ismael, señalando hacia el centro de la concavidad–. Una telaraña que representa exactamente el mundo en el que tan audazmente han entrado; este centro que ven aquí es el inicio, el nexo del cual todo ha surgido y todo depende. El resto, el cuerpo de la red que se alimenta y crea a sí mismo, son pliegues similares a las diferentes dimensiones que se hallan en su propio espacio–tiempo, pero mucho más tangibles, más franqueables, aquí en el universo holográfico. Una deliciosa ironía, ¿no les parece?

–¿Mi tripulación, entonces, se halla atrapada en estos pliegues? ¿Es por eso por lo que no hemos visto a nadie hasta ahora? –preguntó Picard, sin obtener respuesta.

–Y la clave para desenredar la madeja estaría en el nexo… –especuló T’Pak mirando con fijeza el brillante punto luminoso.

–Exacto, querida; por mucho que haya cambiado, no dejamos de estar sometidos a las directrices de una novela. Hay que seguir, por tanto, los pasos especificados por el autor. Saldremos, pues, al Paso de Borgo que nos espera arriba y lo cruzaremos hasta llegar al nexo… ¡Aquí!

Al decir esto, dibujó con su dedo índice la forma de un castillo medieval en el dorado centro.

 

 ¿Qué está sucediendo? ¿Qué insinúa el misterioso Ismael? ¿Quién es en realidad? ¿A quién pertenece ese castillo? ¿Qué nuevas sorpresas deparará el universo holográfico recreado? ¿Dónde está el resto de la tripulación del Enterprise? ¿Conseguirá Worf escapar a la seducción del Holodeck? ¿Qué teme el doctor?

Manuel Aguilar

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8 Responses to “El síndrome Cárpatos (2)”


  1. 1 belakarloff
    4 junio 2010 en 7:52

    Bueno, pues aquí tenéis el segundo capítulo de nuestro serial EL SÍNDROME CÁRPATOS. Esperamos vuestras opiniones…

  2. 5 junio 2010 en 12:40

    Yo lo que espero, desde ya, es el próximo episodio…

  3. 3 belakarloff
    5 junio 2010 en 12:51

    Pero decid si os gusta, si es mejorable, qué es lo que más os llena y qué menos…

    Ay, Jesús, que desaboríos…

    • 4 Luis Miguez
      7 junio 2010 en 15:48

      Pero hombre de Dios, como no nos va a gustar a los que estamos pidiendo más episodios…
      Y yo ya he dejado dicho que no me llena que sea de Star Trek, pero bueno, estando la Hammer y presumiblemente Holmes implicados, pues es otra cosa…

  4. 5 Rassendyll
    6 junio 2010 en 15:32

    Supongo, si no se llama Ismael, que todo el mundo está esperando a Holmes.

  5. 6 belakarloff
    7 junio 2010 en 8:16

    Yo no digo ná.

  6. 7 doctorwatson65
    8 junio 2010 en 17:57

    Ahora que Manolo escriba una aventura de Data y Georgi como Holmes y Watson… 🙂

  7. 8 belakarloff
    9 junio 2010 en 7:39

    Tiene planes, pero no van por ahí los tiros…


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