17
Ago
11

El síndrome Cárpatos (1)

 

INTRODUCCIÓN

 

La vieja taberna se hallaba atiborrada por los parroquianos habituales, el aire atestado por la fragancia del humo de innumerables pipas y el rumor de diferentes conversaciones filtrándose por la amplia cámara como un invitado más; el tabernero observaba las diversas actitudes de su clientela entre paseos desde la barra a las diferentes mesas, mientras su mujer, al otro lado del mostrador, aprovechaba una pausa en el trabajo para escuchar, resignada, la charla del filósofo local. Repentinamente, aquella liturgia cotidiana se vio paralizada como si una cuchilla hubiera cortado el aire: dos visitantes habían irrumpido en el interior del salón, acompañados del fragor del viento que, a sus espaldas, silbaba y gemía tratando de penetrar en la estancia.

Se trataba de una pareja, viajeros sin duda, a juzgar por su costoso vestuario y la arrogante mirada del varón. Una vez franqueado el umbral, los forasteros observaron durante breves segundos a los contertulios que, silenciosos, les observaban a su vez. Haciendo caso omiso del escrutinio, se dirigieron a una de las pocas mesas desocupadas donde, tras despojarse de sus abrigos, el hombre procedió a llamar la atención del tabernero, indicándole que se acercara a su mesa con una enorme sonrisa en los labios; éste, tras recibir las indicaciones oportunas, repitió, ceñudo, su rutinario ir y venir con dos copas de coñac en las manos, depositando las bebidas sobre la recia superficie de la mesa sin intercambiar con sus nuevos clientes poco más que algunos gruñidos de asentimiento. Observando como se alejaba, el hombre no varió un ápice la expresión bienhumorada de su rostro y, encogiéndose levemente, al modo en que solían conversar los demás parroquianos, fijó su mirada en el rostro de su compañera, la cual trataba de aparentar la misma indiferencia ante lo que le rodeaba, sin poder ocultar un cierto nerviosismo.

–Mesas de roble, palurdos patilludos y viento ululante a nuestro alrededor. Un programa bien servido, ¿no te parece? –inquirió el hombre.

–Impecable según lo que tengo entendido; a decir verdad… demasiado. Toda esta hostilidad, esta animadversión que nos rodea… es tan absurda, te hace sentir tan incómoda –susurró ella, escrutando las mesas que les rodeaban, cuyos ocupantes desviaban la mirada en cuanto se cruzaban con la suya sin el menor disimulo, reanudando una aparente conversación–, ¿Cómo puedes disfrutar con todo esto?

–Pero, Eve, ¡es ficción! –susurró él a su vez, procurando no alzar demasiado la voz–. ¿Recuerdas? Cómo en aquellas viejas películas bidimensionales de colores chillones. ¿No te prometí un buen material de estudio, la ocasión de sentir aquella sensación embriagadora que transmitían los inicios de la mayoría de esas películas? Ya lo ves, es una especie de limbo, un nexo entre la seguridad del mundo real al calor de un buen fuego y el terror, la amenaza del mundo sobrenatural que acecha en el exterior; todos lo saben, fíjate: está en el rostro, las actitudes de todos los personajes actuando como si nada sucediera, como si neutralizaran la amenaza rechazando su existencia… desde que me aficioné a estas historias en mi infancia no cesé de preguntarme qué se sentiría en una situación así, y ahora que puedo vivirla, ¡sólo quisiera transmitírtela, tener la capacidad de comunicártela!

– Carl –le interrumpió ella entonces–, este miedo, esta tensión… parecen reales en exceso; es algo mucho más intenso que una mera ejecución de directrices; lo sé, puedo sentirlo– añadió, con un ligero temblor en la voz.

El rostro tenso de su pareja observando por encima de ella le hizo volver bruscamente a la realidad; desconcertado, miró en derredor: de nuevo, los parroquianos habían paralizado sus movimientos, y toda la taberna hundía sus ojos en ambos. Miró al tabernero, quien, erguido como una estatua frente a su barra, parecía a punto de saltar sobre ellos.

Un fuerte ruido inundó entonces la sala; los ojos de la multitud se enfocaron en aquel instante sobre el extraño individuo que, penetrando bruscamente en la estancia, había dado origen a aquel ruido: allí, frente al umbral, envuelto por el aullador viento y el crujido de los goznes violentamente empujados, cubierto con un raído abrigo de fieltro negro, una bufanda grisácea en idéntico estado cubriéndole la mitad inferior del rostro y una no menos deteriorada capa ondulando a su alrededor como una siniestra aureola, sus ojos de fulgor animal se mantuvieron unos minutos mirando con fijeza a la pareja de forasteros, para, al fin, despojarse con gesto espasmódico de la triste bufanda, revelando una expresión ofuscada que dominaba por entero el rostro lívido y dominado por convulsiones, diríase a punto de desencajarse y estallar en mil pedazos.

 Paralizados por la sorpresa, los forasteros no pudieron reaccionar cuando el individuo se plantó ante ellos con un vigoroso salto y, los vidriosos ojos a punto de salírsele de las órbitas, les conminó:

– ¡Váyanse! ¡Salgan de aquí! ¡No es lo que creen! –clamó, antes de que los parroquianos lo agarraran y tumbaran sobre una mesa cercana, las extremidades sujetas con firmeza; el tabernero, entonces, se abrió paso entre el coro formado alrededor del extraño con una puntiaguda estaca y un gastado martillo en las manos; impertérrito ante los gritos y los frenéticos movimientos del desafortunado que luchaba por liberarse de sus captores, le colocó la estaca sobre el pecho, el filo apuntando directamente al corazón, y, con un poderoso golpe de martillo, la hundió en sus entrañas.

El desgarrador grito proferido por la garganta de la víctima despertó a los forasteros de su estupor; como impulsados por un resorte, se levantaron y trataron de dirigirse hacia la fatídica mesa donde la multitud se había congregado, mas otro grupo de aldeanos se interpuso entre ellos y el escenario de la carnicería, en el cual se procedía a levantar el ensangrentado cadáver y transportarlo al interior de la cocina.

– Se ha consumado la obra de Dios –dijo la esposa del tabernero, mientras Carl, enmudecido, trataba de entrever los rasgos del muerto entre la miríada de brazos que lo transportaban–; será mejor que salgan de aquí. Lo que a ustedes les acompaña no es bienvenido –añadió, sin mirarles apenas.

–Pero –acertó a murmurar Carl, que acababa de observar, durante una fracción de segundo, unos colmillos sobresalientes de la inerte boca del cadáver–, esto no puede suceder. ¡Ese hombre… !

–¡Ordenador, apague el programa! –exclamó Eve, en el mismo momento en que los aldeanos, olvidado ya el sangrante despojo, se reagrupaban hoscamente frente a la pareja; al instante, todo, excepto la noche, desapareció, y Carl y Eve se encontraron rodeados por compactas hileras de niebla, entre las que podía distinguirse un enorme puente de piedra atravesando un camino bordeado por ingentes agrupaciones de árboles.

–No deberíamos encontrarnos aquí hasta mañana –observó Carl, mirando a su alrededor–. Parece que el ordenador se ha averiado; pensé que este tipo de incidentes estaban superados…

–Nadie afirmó nada parecido en ningún momento –replicó Eve–. Y aquí estamos ahora, a merced de los desvaríos de una burda holonovela de terror. ¿En qué estaría pensando cuando me dejé embaucar? ¿Cómo…?

–Eres una exploradora, como yo, como todos nosotros –acalló Carl, conciliador–, y encontraste un fruto que no podías dejar de morder. Además…

Un repentino cambio en la atmósfera, una especie de ralentización general que embotaba los movimientos y sentidos, les inundó. La bruma que les rodeaba pareció incrementar su densidad hasta envolver todo el campo de visión en una especie de manto grisáceo, a través del cuál no se percibía más sonido que un coro de aullidos amortiguados, como provenientes de una profunda lejanía; arropada por el lúgubre coro, una sombra más densa que las demás fue perfilándose paulatinamente ante los enmudecidos viajeros hasta conformar la figura de un oscuro carruaje, una bruñida berlinga victoriana surgiendo del muro de niebla para detenerse frente a la pareja. Durante unos minutos eternos, entre el silencio más absoluto, ni siquiera roto por el piafar de los negros y relucientes caballos que acarreaban las riendas, las miradas de Carl y el conductor de aquel siniestro vehículo se cruzaron; observando todo aquello, Eve no pudo dejar de observar el rostro del recién llegado, o lo que podía observarse por encima de la bufanda que, como al infortunado sujeto de la posada, cubría la mitad inferior del rostro. Dominaban todas las facciones visibles los ojos, enormes e inmóviles, una inmovilidad pétrea que parecía traspasar el cerebro, derribando cualquier muro que la mente pudiera interponer. En ese momento, todo contacto que aún pudiera mantenerse con la realidad desapareció: las puertas del carruaje se abrieron sin el menor chirrido, como obedeciendo una indicación del extraño conductor que, en ese momento, conminó con un gesto de su mano a los viajeros, quienes se encontraron al instante en el estrecho interior. Apenas comenzaron a salir del estupor, y un enérgico chasquido de látigo puso en marcha la berlinga, entre una barahúnda de furiosos aullidos resurgidos al instante en la lejanía.

A lo largo del trayecto, no se intercambió palabra alguna; huraños, cada uno fijaba su mirada en dirección opuesta. Carl, por su parte, trataba de escudriñar a través del paisaje, apoyado el rostro en la traqueteante ventanilla de cristales opacos que, con no poco esfuerzo, había logrado entreabrir; filtrándose a duras penas entre los escasos orificios donde el velo de bruma atenuaba su densidad, la luna creciente mostraba un abrupto sendero idéntico al que habían abandonado, las sempiternas murallas boscosas de cuando en cuando interrumpidas por vertiginosos precipicios cortados a pico cuya visión, a la considerable velocidad que se le imprimía al carruaje, resultaba poco recomendable. “Un panorama sacado directamente de la novela de Stoker mezclado con los tópicos del viejo cine británico de terror” –pensó, no sin cierto alivio; aquello no era un fallo imprevisible, sino una programación bien marcada y definida. Simplemente, alguien les estaba gastando una broma bastante pesada; le hubiera gustado decírselo a Eve, pero la actitud distante de su compañera le instó a guardarse sus pensamientos.

Tras un lapso temporal de continuos vaivenes contra los flancos del carruaje y sucesiones interminables de bosques y precipicios, a veces surcados por hileras de luces fosforescentes suspendidas en el vacío, la ciega ventanilla acertó a mostrar una amplia sinuosidad y, alzándose entre el manto brumoso, la efigie de un solitario castillo. “Gótico tardío; el fin de la Edad Media “ –pensó Carl, sin sorprenderse en lo más mínimo mientras la oscura silueta se hacía más y más imponente a medida que la berlinga iba acercándose a la yerma superficie en cuyo centro se alzaba la mole del castillo. Con un brusco freno que casi dio con los pasajeros en el suelo, éstos bajaron en silencio, magullados por los traqueteos a que les había sometido la celeridad del conductor.

Lo buscaron en vano; tal y como Carl esperaba, no lograron divisar rastro alguno del individuo. Nada había su alrededor fuera de algunos arbustos diseminados, dos enormes rocas dispuestas frente a frente y el tiro de silenciosos caballos negros que les había transportado, los cuales no abandonaron su quietud ni siquiera al hacerse oír de nuevo el sempiterno coro de aullidos, ahora mucho más cercano. Silenciosamente, Carl se apoyó en una de las rocas, observando en derredor; para él, aquella situación, imaginada y vista incontables veces, no representaba mucho más que una tramoya bien montada. Sin embargo, quizá por hallarse directamente en su mismo seno, quizá por la extraña calma con la que ahora Eve acompañaba su obstinado silencio, no se sentía en absoluto cómodo. ¿Hasta qué punto aquello estaba controlado?, no podía evitar preguntarse.

La súbita aparición de un nutrido grupo de lobos interrumpió sus disquisiciones. Había olvidado por completo los aullidos avecinándose y ahora, agrupados en semicírculo alrededor de ellos, las bestias exhibían sus afiladas mandíbulas, las rojas pupilas fijas en sus cuellos, sus flexibles cuerpos tensos, diríase a punto de saltar; entre sordos gruñidos, se acercaron hacia sus víctimas, al modo de un infernal corifeo que les empujase lentamente al fondo del páramo, hacia las puertas del castillo. Sin apercibirse, llegaron hacia el borde de una amplia escalinata que ascendía hasta un robusto portón dorado; un fuerte crujir de goznes paralizó entonces la dantesca situación, obligando a la pareja a desviar la mirada hacia el origen del sonido.

De pie, al fondo de la escalinata, de pronto iluminada por la refulgente luz proveniente del interior del castillo, una figura se alzaba: se trataba de un anciano alto y delgado, de cabellos blancos y porte venerable, cuya penetrante miraba les escrutaba con fijeza. Olvidando completamente el bestial pandemónium que gañía a sus espaldas, Carl y Eve, alentados por una repentina relajación, ascendieron lentamente, sin desviar la mirada de las pupilas del majestuoso anciano que se había materializado tras ellos. El miedo que casi acabó por dominar a Carl durante el acoso de los lobos cedió por completo frente a una absoluta sensación de seguridad, sólo atenuada por la expresión que observó en el rostro de Eve cuando iniciaron el ascenso: imperturbable durante el acoso, su rostro había vuelto a cambiar, mostrando una expectación que no dejaba de alarmarle.

–Sean bienvenidos, entren por propia voluntad y dejen algo de la felicidad que traen consigo– dijo el anciano con bien modulada voz una vez los viajeros hubieron llegado frente a él, invitándoles a cruzar el abierto portón con una leve inclinación de cabeza. Los escasos recelos de Carl desaparecieron al instante mientras penetraba con su compañera en el brillante interior del castillo. Tras cerrarse la puerta tras ellos, el clamor de aullidos se elevó hasta convertirse en un angustioso lamento.

CAPÍTULO I

 

Cuaderno de bitácora. Fecha estelar 56942.5. Una vez concluida con éxito la primera misión tras el fatídico encuentro con Shinzon, en la que hemos investigado las anomalías termodinámicas percibidas en los límites del Cuadrante Alfa, la tripulación se dispone a disfrutar de un merecido período de reposo antes de reanudar nuestra actividad iniciando la exploración del sistema Denab.

            Nota personal: he de añadir que la nueva tripulación no ha desmerecido en lo más mínimo a su predecesora: los nuevos tripulantes han congeniado sin problemas con los veteranos que aún se mantienen en activo, y me hallo plenamente satisfecho de su trabajo, si bien no puedo evitar echar de menos a algunos ausentes. Al ex primer oficial Riker, por ejemplo, ahora a punto de iniciar su primera misión como capitán; a su esposa, la consejera Deanna Troi, cuya sustituta, aunque betazoide también, tardará mucho en acceder a la confianza que llegué a depositar en Deanna.

Pero, sobre todo, recuerdo a la doctora Crusher, a Beverly, también tripulando su propia nave… y en especial a Data: durante el escaso tiempo que lleva con nosotros el nuevo androide, B4, su aprendizaje ha progresado a un ritmo vertiginoso, hallándose en estos momentos casi al nivel del Data que conocí en mis primeros días como capitán de la Enterprise, lo cual a veces resulta gratificante, y otras difícil de sobrellevar; no me agrada ni volver al pasado ni hacer de niñera otra vez. Había llegado a considerar a Data como una prolongación de la propia nave, un oficial insustituible, un ser de humanidad ejemplar…

”Ordenador, elimine la anotación precedente –concluyó el capitán Picard tras contemplar durante unos minutos el texto impreso en la pequeña pantalla de su ordenador privado; al desaparecer éste en una fracción de segundo, su mirada no se desvió, y, las manos apoyadas en la inclinada frente, exhaló un breve suspiro: aquella habitación antaño tan familiar, qué vacía, inmensa se le antojaba ahora…

La repentina llamada del intercomunicador le distrajo de sus pensamientos. Se trataba de Madden, el nuevo Primer Oficial.

–¿Sí, Número Uno? –inquirió el capitán, tratando de disimular la satisfacción que le producía la posibilidad de algún acontecimiento, más aún si venía dado por aquel joven bisoño que no obstante se había ganado en poco tiempo la confianza incluso de sus más experimentados subordinados.

–Parece que ha surgido algún problema en la Holosección, señor –respondió Madden, en un tono más apresurado del que hubiera deseado–. Por lo visto, se producen extrañas demoras entre aquellos que entran.

–¿Eso es todo? –exclamó Picard, ahora sin disimular su decepción–. Estamos en un período de reposo. Es lógico que la tripulación se tome tiempo para disfrutar de su descanso…

–No obstante, señor, sería conveniente que se acercara a echar un vistazo – respondió el primer oficial, esforzándose por no mostrar turbación en la voz–, máxime cuando el doctor Schnauer y su asistente, la enfermera Moran, se cuentan entre los demorados.

–De acuerdo, entonces; iré hacia allá –concluyó Picard, que a pesar de la objeción ya había abandonado su asiento, dispuesto a escapar de aquel espacio que le agobiaba.

–Una cosa más, señor –dijo Madden–. El androide, intrigado por los hechos, ha manifestado su deseo de acompañarle a la Holosección.

–¿B4? –exclamó el capitán–. Pensaba que se limitaba a estudiar la historia de esta nave y sus antecesoras.

–Sí, señor –respondió Madden–, y seguramente es la cercanía que ha mantenido con el doctor los últimos meses lo que ha motivado ese interés.

–Sin duda; bien, indíquele que se dirija al turboascensor; allí nos encontraremos –dijo Picard–. Y otra cosa, Número Uno: aunque B4 no sea un oficial, es un tripulante de la Enterprise; acostúmbrese a llamarle por su nombre.

–Sí… Sí, por supuesto, señor –musitó Madden, a quien aquella aclaración tomó por sorpresa.

Sin más demora, el capitán salió de su estancia y se dirigió a la dirección indicada; a mitad de camino, se percató de que caminaba con cierto apresuramiento; tenía premura por ver de nuevo a B4, no podía negárselo: una charla con un androide, como lo era en vida de Data, siempre representaba un enriquecimiento, un acercamiento a otra perspectiva.

Y allí estaba, impertérrito frente a la puerta del turboascensor, esperando su llegada. Al verle, a Picard contuvo a duras penas el impulso de darle una palmada de afecto en el hombro, a lo que B4 respondió con unos leves parpadeos de sorpresa.

–¡B4, es un placer verle! –exclamó el capitán sonriendo ampliamente–. Tiene usted muchas cosas que explicarme desde que centró sus estudios en los trabajos del doctor Schnauer.

–Mi experiencia ha sido muy grata, pero aún tengo infinidad de lagunas, en especial en lo que se refiere al sentido de las reacciones humanas –dijo B4–. Ahora, por ejemplo, ¿porqué ha hecho esa extraña acción con el brazo, señor?

–Eh… bien. ¿Pasamos al interior? – cortó Picard, introduciéndose en el interior del turbo; B4 le siguió con cierto titubeo a través de las puertas recién abiertas.

–No es éste el momento para este tipo de disquisiciones –prosiguió el capitán, tras indicar el lugar al que deseaban dirigirse–, pero no estaría fuera de lugar que comenzara preguntándose por el significado del propio término “sentido”; muchas veces, las acciones humanas equivalen a emociones: carecen de sentido u lógica alguna. Pensé que el doctor ya le habría hablado sobre eso.

–Muy poco, señor; lo indagaré –respondió el androide, reflejando una cierta sorpresa en la voz.

–Imagino, entonces, que el interés por la escapada de nuestro doctor a la Holosección se debe a algo parecido a eso, ¿verdad?

–En efecto, señor; no consigo entender el porqué de su fascinación por mundos ajenos a su experiencia, cuando su propia vida es ya fascinante, al menos para mí; ni siquiera recurriendo a los engramas de mi predecesor, Data, consigo entenderlo.

Entretanto, el turbo llegó a su destino. Allí, frente al acceso al Holodeck, Denneb y el teniente Worf, en compañía de otros oficiales, trataban de contener a una multitud que se agolpaba frente a ellos, exigiendo penetrar en el recinto.

–El ser humano es realmente complicado, B4 –comentó Picard, sin excesivo entusiasmo–; bien, sígame y olvídese por ahora de la conversación. Y, por favor, deje de llamarme continuamente “señor”.

B4 se quedó paralizado durante unos instantes, tratando de asimilar aquel enigmático comentario, tan opuesto a las indicaciones expuestas por el doctor acerca de los rangos y tratamientos adecuados en la nave. Sin conseguirlo, movió levemente la cabeza y siguió obedientemente al capitán que, inmerso en sus problemas, ni siquiera se había apercibido.

Al verlos acercarse, Denneb y una joven vulcana apostada junto a él se abrieron paso a duras penas a través del tumulto para ubicarse frente a los recién llegados; Picard reconoció a la joven sin demasiado esfuerzo: se trataba de T’Pak, una de las más prometedoras alféreces que tenían a bordo en aquellos momentos. Disciplinada y, a la vez, dotada de una notable iniciativa, su actitud distante no le granjeaba excesivas simpatías por parte del resto de la tripulación; sin embargo, se podía contar con ella sin el menor asomo de duda, mucho más en este caso particular, al haber compartido estudios en la Academia con Moran.

A duras penas, Madden y T’Pak salieron de entre la multitud apiñada, para dirigirse hacia los recién llegados al tiempo que, a su vez, el teniente Worf asomaba la cresta y con furiosos gestos de la mano daba instrucciones a otros oficiales para tratar de contener al histérico grupo.

–Señor, estos asaltos se hacen cada vez más difíciles de resistir –explicó enérgicamente el klingon, mientras trataba de llegar a la altura del capitán y sus compañeros–; llevamos varios días conteniéndolos y, si me permite decirlo, llegará un momento en que la situación se desborde.

–Gracias, señor Worf; ya he sido informado de todo esto –respondió Picard, tratando de hacerse oír entre la cacofonía formada por el tumulto–, someramente, por lo que veo –añadió, mirando a Madden de reojo, sin obtener réplica por parte de éste, demasiado ocupado apartando a los rezagados como para preocuparse de la observación o de la severa mirada que Worf y T’Pak le dirigieron.

”Si todo esto lo ha provocado el Holodeck, lo mejor será interrogar al acusado. ¿No le parece, Número Uno? –inquirió Picard; sin esperar respuesta del atribulado oficial añadió, dirigiéndose a B4–: ¿se cree capaz de abrirse paso hasta el panel de instrucciones?

–No quisiera causar ningún daño –respondió el androide, quien hasta aquel momento no había hecho otra cosa que intentar asimilar aquel espectáculo–. Pero sí, puedo hacerlo. ¿Lo considera estrictamente necesario?

–Sin duda –aseveró el capitán, entre empujones–. No le quepa la menor duda.

Sin hacer más comentarios, B4 se dirigió sin titubeos hacia el panel, derribando sin esfuerzo aparente a todo aquel que se interponía en su camino.

–El paso está despejado, señor –dijo al llegar, con una leve sensación de triunfo–, deberían acercarse lo antes posible, señor… lo siento, capitán.

–Un momento, señor –susurró Madden, interponiéndose ante Picard, quien ya había comenzado a dirigirse hacia el panel–. Los protocolos…

–Según los protocolos –cortó Picard, fulminando con la mirada al Primer Oficial–, en cualquier otro lugar puede usted frenarme todo lo que guste, pero ahora estoy en mi nave. Lo mejor que podemos hacer ambos es mantener la comunicación.

”Más de veinte años así, y ahora ni siquiera puedo entrar en el Holodeck –refunfuñó para sí el capitán. En su fuero interno hubiera deseado humillar algo más al Primer Oficial, pero consideró más oportuno no recalcar en demasía su inexperiencia–. Alférez T’Pak, tendrá que acompañarnos.

–Como usted ordene, capitán. Sin duda será una experiencia interesante –respondió la vulcana.

–Bien. El programa del doctor era… –murmuró Picard al llegar a la altura de B4–. Ordenador, recrea el programa creado por el doctor Schnauer.

–El programa Schnauer está en marcha en estos momentos –respondió la femenina voz del ordenador central, al tiempo que se abría la puerta de acceso. A una señal del capitán, T’Pak y B4 penetraron en el recinto.

Una impresionante cordillera de gigantescas montañas se desplegó entonces ante sus ojos. Bajo uno de aquellos enormes picos guarnecidos por interminables hileras de frondosos bosques, los tejados de adobe de un pequeño villorrio asomaban tímidamente entre grandes jirones de niebla que la tenue luz del atardecer trataba en vano de disipar; un amplio camino pedregoso surcaba el pueblo en su centro, hasta acabar engullido por las primeras hileras del bosque.

Picard contemplaba embelesado el panorama, T’Pak con mero aire analítico, y B4 con cierto tono de curiosidad; mientras esto acontecía, una joven aldeana surgió entre la niebla y, al verlos, dejó caer el haz de pequeñas ramas que llevaba bajo uno de sus brazos, persignándose con gesto aterrorizado para inmediatamente correr hacia las casas más próximas y desaparecer entre ellas.

El capitán y el androide observaron sus uniformes unos instantes ante la impasible mirada de la vulcana; Picard, de inmediato, dio unas instrucciones de última hora al ordenador, de cuyo panel surgieron tres conjuntos de ropa victoriana.

–Parece que olvidamos algunos pequeños detalles –observó el capitán, pasándoles las respectivas vestiduras al androide y la mujer, quiénes lo recogieron mecánicamente–. T’Pak, los rizos de esta peluca disimularán sus orejas y cejas, y no chocará a los aldeanos. Bien, seremos tres despreocupados viajeros londinenses. ¿Qué les parece?

–No entiendo demasiado bien esta obsesión de los humanos por el disfraz –comentó T’Pak, procediendo a cambiarse al tiempo que sus compañeros y delante de éstos, sin el menor gesto de recato–. Sé que estamos entre hologramas, pero eso no hace que la costumbre sea menos pintoresca.

–Le recomiendo que trate de seguir el juego en la mayor medida posible –replicó Picard, ajustándose la visera del gorro que completaba su gabán–. A todo esto –añadió repentinamente, observando con detenimiento a B4, que parecía encandilado con ese mismo juego–, deberíamos pensar en su aspecto. ¿Qué creería un campesino centroeuropeo de finales del siglo XIX ante su presencia?

–La piel amarilla, capitán, es a veces muestra de ciertos problemas fisiológicos inherentes en aquellos enfermos que padecen hepatitis. Puedo, por tanto, simular ser uno de ellos, y usted será mi doctor, si le parece. Su prestancia le hace aparentar ser miembro de tal profesión. Y la alférez T’Pak, si me lo permite, pudiera ser mi enfermera.

–Bien, creo que su explicación está atinada –asintió Picard con energía–. Tendríamos que pensar también en los nombres. Veamos, posibles referentes… sí, yo puedo ser el doctor Seward, usted el enfermo Renfield y ella la enfermera Mina Murray. Pero recuerden –añadió–, una vez en ese pueblo, debemos guardar las apariencias: nada de señor o capitán, sino doctor. Y yo les llamaré a ustedes, simplemente, Renfield y señorita Murray. ¿Comprendido? Y usted, B4, adquiera de inmediato acento inglés.

–Me parece muy descortés –replicó T’Pak, situándose a la altura del capitán–. Pero lo acataré, ya que usted lo ordena.

–Dejémoslo, alférez –cortó Picard, iniciando la marcha–. Afrontemos con valor el nuevo designio de los dioses, como diría Próspero.

Sin más comentarios, el trío se apresuró a caminar, atravesando el ondulante muro de neblina en dirección al poblado, adentrándose en las primeras agrupaciones de casas que se alzaban a su paso.

Sumergidos en un profundo silencio, los viajeros penetraron en una bifurcación del camino que desembocaba en una amplia avenida flanqueada por una pequeña hilera de casas; los tripulantes se detuvieron unos instantes, observándolo todo con detenimiento. A veces, el sonido chirriante de un postigo entreabierto hería el silencio del atardecer, mientras ojos huidizos les escrutaban entre las rendijas.

–De no ser por estos sonidos –observó B4–, diría que estamos ante una perfecta recreación de un pueblo fantasma.

–Debería recalcar con menos frecuencia lo obvio… Renfield –susurró Picard, que había atisbado fugazmente un pálido rostro en una ventana–. Pero la observación es acertada. ¿No le parece, Renfield –prosiguió en tono más alto– que deberíamos buscar algún rincón donde refrescar la garganta? Sin duda aquel tablón del fondo anuncia una posada.

–Encantado estaré, doctor –replicó B4, sumergido totalmente en su personaje–. Mi enfermedad me pide líquido constante.

Acto seguido se encaminaron hacia el edificio que ostentaba el letrero, tratando el capitán de aparentar la mayor calma posible.

–¿Cree que corremos algún peligro? –inquirió B4, observando el apresuramiento en la marcha que Picard, muy a pesar suyo, no podía evitar.

–Lo correremos si se empeña en hacer comentarios en voz alta –respondió el interpelado, susurrando de nuevo–. Tenga presente que los hologramas son programados con recuerdos y sentimientos particulares.

–Ciertamente… doctor.

Al llegar ante la puerta del local los tres viajeros atravesaron una amplia sala rectangular sin ventanas, inmersa en una penumbra apenas atenuada por los débiles rayos de luz que se filtraban desde el exterior. En derredor de sus paredes se disponían loas escasos ocupantes que al verlos pasar, y en particular a B4, mostraron actitudes hostiles, algunos de ellos incluso de terror, persignándose y escupiendo al paso del androide. Al fondo del local un taciturno tabernero y su esposa observaban fijamente el movimiento de los recién llegados tras la barra del mostrador, cuchicheando con un grupo de parroquianos.

–¿Quiénes son ustedes? –inquirió el tabernero sin más preámbulos.

–Somos viajeros ingleses, cansados y sedientos. Soy doctor, y el señor que me acompaña es mi paciente, como observarán por su macilenta faz –respondió el capitán, obviando la impertinencia–. ¿Sería demasiado pedir tres buenas jarras de cerveza alemana y después alguno de sus sin duda exquisitos guisos?

–Así que viajeros… –murmuró el inquisitivo tabernero–. No me digan que han hecho el camino a pie por este territorio salvaje –prosiguió ceñudo, colocando con rudeza tres enormes pintas sobre la superficie.

–En efecto. Nuestro carruaje se averió y no hemos tenido otra opción –confirmó Picard–. Pintoresca villa esta–. ¿Cómo se llama?

–Bisritz, señor.

–Y dígame, ¿no tienen ningún medio de transporte disponible? –preguntó de nuevo el capitán.

–Por ahora no –respondió el interpelado–. Los coches de viajeros por aquí apenas pasan. Sólo disponemos de carros para el heno. Tengan en cuenta que muy poca gente se atreve a adentrarse en plenos Cárpatos, máxime tan cerca del castillo.

–¿Castillo? ¿Qué castillo?

–Uno al que no debieran aproximarse. En particular, una dama tan bella como la que les acompaña… –prosiguió el tabernero, mirando fijamente a T’Pak–. ¿Acaso no le gusta el aspecto de nuestra bebida? Decían estar sedientos y no la tocan…

–La buena cerveza ha de reposarse unos instantes para desgranar todo su sabor. Ya sabe –replicó Picard alzando las cejas–: costumbres británicas. –Y tomó una de las jarras, trasegando de un sorbo la mitad de su contenido–. Exquisita. Pruébenla, Renfield, señorita Murray…

–En cualquier caso, no tienen motivos para apresurarse –dijo el tabernero, mirando fijamente a su gruesa esposa, que al fondo les observaba en silencio ciñendo con fuerza un crucifijo que pendía entre sus generosos senos–. No han de preocuparse por el alojamiento, si es que, como observo, disponen de medios para pagárselo… Aquí podrán hacer noche, y mañana veremos qué se puede hacer por ustedes.

–No quisiéramos… –acotó Picard con tono afable.

–No es molestia –respondió el tabernero, cuyo semblante había cambiado repentinamente su hosca expresión en otra más servicial–. Insisto, no pueden negarse –añadió con una sonrisa plagada de amarillentos dientes–. Les llevaré a sus habitaciones ahora mismo. Observo que la señorita no es esposa de ninguno de ustedes. Les facilitaré tres cuartos adyacentes…

Un súbito ruido a sus espaldas reclamó la atención de los viajeros, que se volvieron al unísono observando a los parroquianos quienes, con gesto hosco, habían formado un semicírculo a su alrededor, blandiendo crucifijos y estacas de madera. B4 escrutó la sala; al fondo, por detrás del amenazador grupo, un anciano de rostro demacrado y barba lacia les observaba fijamente, exhibiendo una mellada sonrisa.

Den die Totten reiten Schnell… –susurró, y Picard, no sabía por qué, sintió un escalofrío.

¿Qué está sucediendo? ¿Por qué son tan hoscos los aldeanos? ¿A qué castillo se refieren? ¿Qué insinúa el desagradable anciano? ¿Qué ha sucedido con Carl y Eve?

Manuel Aguilar

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9 Responses to “El síndrome Cárpatos (1)”


  1. 1 belakarloff
    28 mayo 2010 en 7:55

    Bueno, pues aquí inauguramos un serial. Esperamos que os guste.

    Sugiero que lo leáis ya mismo, y luego esperéis a la publicación del siguiente capítulo, en lugar de dejarlo todo para el final y leerlo de golpe, porque si no pierde la magia de la estructura de serial…

  2. 2 doctorwatson65
    28 mayo 2010 en 17:46

    Habrá que leerlo… Bien por Manolo…

  3. 3 belakarloff
    29 mayo 2010 en 9:06

    Realmente, me ha parecido que tiene ingenio, fuerza, y consigue el tono adecuado.

  4. 31 mayo 2010 en 2:46

    ¿Así que los médicos son “prestantes”? ¿Don Manuel Aguilar no será… En fín… Doctor?

    Bromas aparte, me alegro de que el pasticheo ya haya entrado por la puerta grande en este Blog. No soy muy aficionado a Star Trek pero sí al cine Hammer, y me pregunto como encajará Holmes en esto. Espero con impaciencia el próximo capítulo.

  5. 5 belakarloff
    31 mayo 2010 en 7:57

    Luis Miguez:
    ¿Así que los médicos son “prestantes”? ¿Don Manuel Aguilar no será… En fín… Doctor?

    HE TENIDO QUE REVISAR EL RELATO PARA COMPROBAR QUÉ SIGNIFICABA ESTO…

    PUES NO, NO ES MÉDICO.

    Luis Miguez:
    Bromas aparte, me alegro de que el pasticheo ya haya entrado por la puerta grande en este Blog. No soy muy aficionado a Star Trek pero sí al cine Hammer, y me pregunto como encajará Holmes en esto. Espero con impaciencia el próximo capítulo.

    EL PRÓXIMO VIERNES, A LA MISMA HORA Y EN EL MISMO BLOG…

  6. 31 mayo 2010 en 8:34

    Una idea excelente (la de la publicación) y una historia que promete. La seguiremos fielmente…

  7. 7 De Maupertuis
    31 mayo 2010 en 17:16

    Un muy prometedor folletín con cruce de géneros y mitologías. A suivre con muchas ganas e impaciencia.

    “Los muertos viajan deprisa…” Nota muy pedante. Inspirándose en la traducción de Gérard de Nerval (1830) de “La Balada de Lenora” (1774) de Gottfried Bürger, el tío-abuelo de Sherlock Holmes —Horace Vernet— pintó en 1839 un óleo sombrío. Este cuadro, anómalo en la producción de Vernet, era casualmente el preferido de Richard ‘Dicky’ Doyle; tío del agente literario del Dr. Watson. El cuadro se encuentra en el Musée des Beaux-Arts de Nantes, justo enfrente del Gorille enlevant une femme de Frémiet evocado en el artículo Estudio en Negro.

  8. 8 belakarloff
    1 junio 2010 en 7:50

    De pedante, nada. Fascinante…

    “Los muertos viajan deprisa”, amén de aparecer en el relato de Bürger (que se puede leer en esta antología: http://www.pasadizo.com/foros/viewtopic.php?t=13423 ) es una cita procedente del “Drácula” de Stoker…

  9. 9 De Maupertuis
    1 junio 2010 en 9:09

    El verso de “Lenora”, obra evocada también en el relato vampírico incluido en “Les Mile et un fantômes” (1849), cuento largo que Stoker debió leer muy atento, da título igualmente a un volumen de 1861, “Les morts vont vite”, en el que Alexandre Dumas padre recopilaba una serie de artículos aparecidos previamente en sus periódicos “Le Mousquetaire” y “Le Monte-Cristo”.


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