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Ago
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Tonga, el pigmeo inverosímil

Caníbal, s. Gastrónomo de la vieja es­cuela,

que conserva los gustos simples y la dieta natural

de la época pre-porcina”.

Ambrose Bierce – Diccionario del Diablo

     “¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros?

    Esta gente, al fin y al cabo, era una solu­ción”.

C. P. CavafisEsperando a los bárbaros

 

Después de analizar los terribles sucesos ocurridos en Pondicherry Lodge, Sherlock Holmes sospecha la participación en ellos de un ex­traño personaje perteneciente a un pueblo, “simpático e invariable”,  que mora en las islas de Andamán, un remoto archipiélago al sur del Golfo de Bengala. 

    De regreso a Baker Street, Holmes no hará más que confirmar sus deducciones en torno a las particulares características del asesino de Bartholomew Sholto, gracias a una gaceta de geografía, de autor y título que el Dr. Watson silencia, de la que sólo se indica que se está publicando ―debemos entender que por entregas― en 1888; esto es, en el momento mismo en que los hechos que Watson narrará dos años más tarde bajo el nombre de El Signo de los Cuatro[i] están teniendo lu­gar.

    La aparición del texto en una fecha casi coincidente con la de la muerte de uno de los hermanos Sholto resulta, desde luego, providen­cial; y más aún si tenemos en cuenta que en sus páginas se ofrece una descripción de los nativos de las Andamán que no sólo encaja a la per­fección con lo que Sherlock Holmes ya conoce del asesino, sino que proporciona además otros datos que la investigación ulterior ratificará punto por punto.

    Según la obra manejada por Holmes, los aborígenes de las Andamán con su estatura media inferior a los cuatro pies, podían “reclamar el honor de ser la raza más pequeña de la tierra”.

    Descritos como unos individuos intratables, adustos, feroces y salva­jes, amén de feísimos; de piel oscura, con una cabeza voluminosa y deforme, ojos pequeños y agresivos, rasgos faciales contorsionados y manos y pies extraordinariamente pequeños, a estos hombrecillos de Andamán la naturaleza parecía haberles negado cualquier virtud, si ex­ceptuamos su rara capacidad para “entablar amistades de la mayor ab­negación una vez que se consigue ganar su confianza”; algo que, sos­pechamos, no debía resultar ni frecuente, ni fácil.

    Hábiles en el manejo de hachas de piedra o en disparar con sus cer­batanas dardos emponzoñados, estos nativos constituían además una pesadilla caníbal para los tripulantes de barcos naufragados que habían tenido la desgracia de arribar exhaustos a las playas de los isleños.

    Lástima que tan precisa, científica y útil información fuera completa­mente falsa.

    Los nativos de las Islas de Andamán eran, desde luego, de piel muy negra y de pequeña estatura, pero no inferior al metro veinte. Por el contrario, estaban físicamente bien proporcionados y los rasgos de su cara eran regulares. Un amigo de Conan Doyle, Andrew Lang[ii], llegó incluso a calificarlos de “apuestos, elegantes y cuidadosamente afeita­dos”, criticando la visión que de este pueblo ofrecía El Signo de los Cuatro.

    Es cierto que eran adustos y poco amistosos con los extraños, esca­mados tal vez por sus malas ex­periencias con los piratas o los tratantes de es­clavos que solían venderlos a buen precio como pequeños pajes ne­gros para las cortes europeas o del sudeste asiático. Tampoco los reclusos o la guarnición del penal militar los trataron dema­siado bien a partir de 1858, y al margen del homici­dio aislado de algún que otro con­victo que trataba de huir internándose en la floresta, se reseña tam­bién un ataque de los autóctonos a las instala­ciones penitenciarias de Port Blair en el verano de 1859, cuando Jonathan Small ya estaba en la isla Andamán del Sur cumpliendo condena. En cual­quier caso es obvio que estos hechos puntuales y las luchas protagonizadas en las playas de la Pequeña Andamán por los tripulantes del Kwang Tung en 1867 o del Undauted en 1873 contribuyeron a empeorar la ya pésima fama de los isleños entre el público inglés[iii]

Indudablemente primitivos, no constaba sin embargo que utilizaran armas líticas, flechas envenenadas o cer­ba­tanas, ni, por supuesto, que fueran an­tropófa­gos, como el libro de Holmes sostiene.

    ¿De dónde procede pues la imagen quimérica que de los andamane­ses recoge John H. Watson en sus memorias?

    En su obra miscelánea À travers les Tropiques, publicada en 1889 pero basada en fuentes anteriores a esa misma fecha, el explorador y literato francés Xavier Marmier (1809-1892), incluye una breve reseña sobre los nativos de las Andamán que resume bastante bien la errónea concepción que de este pueblo tenían muchos contemporáneos del Dr. Watson.

    Los pigmeos del Archipiélago forman parte de un pueblo atrasado, con rasgos incluso de acusado salvajismo en sus costumbres. Sus ritos funerarios son incomprensibles, no creen en un Ser Supremo[iv] y su vida sexual ―cómo no― es impúdica. En resumen, y de acuerdo con la fuente anónima glosada por Marmier (quizás los informes de algún mi­sionero), los hombres de las Andamán forman parte de:

       “una raza extraña que no tiene parecido con ninguna otra, y tanto por sus costumbres, como por la ignorancia en que viven, puede decirse que ocupan el último lugar en la escala humana[v].

    Los juicios que Marmier transcribe son duros, pero aún están muy lejos, tanto de la visión genérica que de los habitantes de la Isla de Blair nos suministraba la gaceta de Holmes, como de la figura grotesca que del pequeño Tonga, uno de estos isleños, nos pinta el Dr. Watson.

    Tonga era, recordémoslo:

       “una masa oscura, que producía la impresión de un perro de Newfoundland tumbado […] Un hombrecillo negro, el más pequeño que yo había visto nunca, de cabeza vo­luminosa y deforme y una greña de cabellos enmarañados y sueltos […] con una cara que bastaba para quitarle a cualquiera el sueño por la noche. Jamás he visto facciones que tuvieran tan profundamente impresa la marca de toda bestialidad y de toda crueldad. Sus ojillos brillaban y ardían con luz siniestra, y sus gruesos labios se arrugaban hacia arriba y hacia abajo, mostrándonos los dientes y farfullando con furia medio bestial. [los resaltados son nuestros].

    Pero eso no es nada. Watson se emplea verdaderamente a fondo al retratar al triste compañero de fatigas de Jonathan Small como un “de­monio”, un “hombre salvaje y deforme”, un “enano infernal” de cara “re­pugnante”, “dientes fuertes y amarillos” y ojos “venenosos y amenaza­dores”.

    En la narración de Watson, Tonga comparte la naturaleza de Hop-Frog, el enano loco del relato de Poe, un ser anormal de asombrosa agilidad trepadora cuyos dientes eran también “semejantes a colmillos de fieras”; otra fuerza oscura, violenta e imprevisible, de apariencia monstruosa[vi]. Ahora bien, Watson, a diferen­cia de Poe, no ahorra esfuer­zos para resaltar la naturaleza in­frahumana del andamanés: una “masa negra”, poco menos que incapaz de comunicarse a través de un mínimo lenguaje articulado y racional.

    Desde esta perspectiva, Tonga se parecería más al orangután de Bor­neo de Los asesinatos de la calle Morgue que a un verdadero ser humano; pero el Dr. Watson ni siquiera le otorga al pobre nativo los rasgos de un mono antropoide[vii], sino que retrocede más allá de las te­orías de Tyson[viii] y de Buffon (que consideraba que el negro era al hom­bre blanco lo que el asno al caballo) y nos suministra una imagen del aborigen que parece extraída del más enloquecido bestiario medieval.

    Watson, como ya hemos apuntado, recalca con sospechosa insisten­cia la conducta antropófaga de “sus” andamaneses y del propio Tonga; “el caníbal negro”, al que Jonathan Small exhibe en las barracas de fe­ria como un medio para ganarse la vida al llegar a Inglaterra. Episodio patético en el que no cuesta mucho imaginar la terrible tristeza y sole­dad del maltratado hombrecillo, desarraigado y sin otro amigo que el convicto al que ayudó a escapar de la colonia penitenciaria de las An­damán.

    El propio nombre del nativo nos remite de modo directo a otro con­junto de islas situado en el extremo occidental de Polinesia, donde si que hubo auténticos caníbales: el Archipiélago de Tonga, tan estre­chamente ligado a los viajes del capitán Cook, muerto y devorado por unos caníbales en las Islas Sandwich (el nombre del lugar incitaba a ello posiblemente).

    En 1887 (adviértase la fecha), el Reino de Tonga se había hecho además muy popular entre los ingleses con ocasión de la firma por el reyezuelo loca, de un tratado con Gran Bretaña[ix]. Como consecuencia de ello, las costumbres de este pueblo polinesio, a las que no eran aje­nas el canibalismo ritual, ciertas formas de infanticidio en épocas de gran escasez y prácticas de automutilación con fines expiatorios[x], se hicieron familiares a los lectores británicos. Es más, antes de la firma del tratado, el monarca de Tonga había protagonizado diversos inci­dentes con un grupo de aburridos misioneros metodistas; lo que pro­vocó las inevitables acusaciones de salvajismo y antropofagia por parte de los celosos evangelizadores y la publicación de más de un panfleto contra la política presuntamente anticristiana de la monarquía de Tonga.

    Parece, por tanto, que existen indicios suficientes para afirmar que Watson no se preocupó mucho en averiguar el verdadero nombre del aborigen de las Andamán y que ofreció en cambio otro, de connotacio­nes más obvias para su público, que sirviera al mismo tiempo para construir una determinada imagen de su andamanés homicida.

    El isleño que nos pinta el Dr. Watson es, en efecto, una criatura extra­ordinariamente singular: diabólica, feroz, antropófaga y, sobre todo, perruna.

    Watson, que al ver por primera vez al pequeño Tonga piensa de inme­diato en “un perro de Newfoundland tumbado”, coincide con Jo­nathan Small cuando califica a su cómplice de “pequeño sabueso infer­nal”. Su cabeza, sus gestos y sus gruñidos son característicos de un perro: amenaza a sus perseguidores enseñando los dientes, tira mor­discos al aire. También son propios de un perro su conducta, su agra­decimiento y su devoción sin reservas al hombre que una vez le salvó la vida[xi]: Al igual que un perro, Tonga no tiene otros enemigos que los de “su amo” Small; cuyos golpes soporta, sin oponer resistencia, con la mansedumbre exigida a ese animal doméstico tan proclive al perdón. “Nadie tuvo nunca un camarada más fiel” dirá Small ―triste Robinson sin su Viernes― a guisa de elogio fúnebre del nativo muerto.

    Mediante la identificación del aborigen de las islas Andamán con un perro, Watson está proporcionando algunas claves importantes.

    Por una parte, la representación de Tonga como un “hombre-perro-demonio” permite dar rienda suelta a Watson a uno de sus símbolos más queridos: el del perro de los infiernos, el turbio mensajero de la muerte que dispensa castigos cumpliendo los dictados de una justicia inmanente[xii].

    Por otro lado, nos hace descubrir finalmente el substrato fabuloso del que Watson ha extraído su visión de Tonga: los legendarios cinocéfa­los; un pueblo mítico de monstruos, presente en todos los libros de via­jes del Medioevo y en especial en el más famoso de todos ellos, el De Mirabilibus Mundi o Il Milione del mercader Marco Polo (1254-1324); la obra donde se sitúa por primera vez a estos delirantes salvajes en un espacio ge­ográfico absolutamente determinado: “la isla de Angamán”, en el Océano Índico, al Sureste del Golfo de Bengala y al Norte de Su­matra.

    Dice el veneciano ―o su imaginativo escribiente Rusticello de Pisa― en el capítulo CXLIX de su narración:

Angamán es una isla en la que no hay rey y las gen­tes son idólatras. Y son como bestias salvajes. Todos los de esta isla tienen cabeza de perro y dientes y ojos de perro a semejanza de los grandes mastines. Tienen gran abundancia de especias. Son mala gente y se comen a to­dos los hombres que logran capturar, siempre que no sean de su país. Sus alimentos son la leche y el arroz y comen carne de todas clases; tienen frutos distintos de los nues­tros”[xiii].

    La sensación de déjà vu (o déjà lu en este caso) es indiscutible y la dudosa obra que Holmes parece consultar se revela como lo que ver­daderamente es: una ficción destinada a proporcionar cierta solven­cia ‘científica’ a los desaforados prejuicios raciales de John H. Watson.

    El desprecio que Watson siente por la figura de Jonathan Small debe interpretarse también desde esta concepción del extranjero como un monstruo de leyenda.

    En el fondo, lo que menos le importa a Watson es que Jonathan Small haya sido un ladrón y el cómplice de dos asesinatos; lo que en verdad perturba al Doctor es el tener frente a él a un individuo que ha traicionado a su raza al consentir tratos infames con sijs y andamane­ses en una coyuntura, además, extraordinariamente delicada para el Imperio Británico como fue la del Motín de los Cipayos.

    Para colmo, Jonathan Small, con su pata de palo, es un hombre muti­lado, disminuido, ‘pequeño’ (small); y su rareza física (otro viejo leit-mo­tiv watsoniano) es la prueba evidente de su maldad innata. Quien anda con monstruos acaba por ser uno de ellos.

    Holmes, mucho más agudo, percibe en cambio la ambigüedad moral de Jonathan Small[xiv]. Un individuo sin suerte, cuyas acciones delictivas apenas si se distinguen de los actos socialmente respetables de otros depreda­dores coloniales más afortunados. Entre el robo cometido por Small y las rapiñas a gran escala de, por ejemplo, un Cecil Rodhes, no hay dife­rencias cualitativas; se trata, simplemente, de una cuestión de volumen y de número de muertos. Abdullah Khan expone esta realidad con fría lucidez, cuando convence a Small de que se una a él y a sus otros dos compañeros en el robo del tesoro de Agra: “Sólo le pedimos que haga usted lo que sus compatriotas vienen a hacer en este país. Le pedimos que consienta en ser rico”. Obsérvese la ironía con que Jo­nathan Small indicará más tarde que el propio Rajá al que los cuatro conjurados robaron las joyas, fue posteriormente despojado de todos sus bienes y territorios por los británicos, una vez aplastada la rebelión india.

    El caso de Jonathan Small es, en buena medida, la historia de una lealtad extrema a la palabra dada. Small no traiciona nunca a sus cómpli­ces y al arrojar al Támesis el tesoro de Agra pospone su interés personal al cumplimiento de un viejo pacto ―como el Jo­natán bíblico[xv]―, demostrando tener un fondo ético muy superior al de los im­presentables miembros de la familia Sholto o al del propio Capitán Morstan.

    Para Small los tres sijs (“mis punjabies”), a los que ha decidido unir su destino, son individuos valientes, merecedores de afecto y conside­ración. Incluso Tonga es leal y firme. Pero estas son valoraciones que Watson en modo alguno puede compartir.

    Tonga, bárbaro imaginario, resume la maldad intrínseca del extran­jero (especialmente el colonizado) y cataliza los temores irracionales de los habitantes blancos del Imperio, permanentemente sitiados por ex­traños desagradecidos, reacios al titánico esfuerzo civilizador (“los fun­cionarios y oficiales han fracasado por completo en sus esfuerzos por atraérselos” dice Watson de los andamaneses).El pequeño súbdito de Andamán es en cierto modo un trasunto del rebelde hindú, el ghazí af­gano, el derviche sudanés, el zulú en armas, que tiene incluso la osadía de desembarcar en suelo británico (“extraordinario visitante de nuestra playas”, lo llama Watson) para poner en peligro la paz de los “hogares ingleses”.

    Para Watson, Tonga es en definitiva la quintaesencia caricaturesca de esa especie tan frecuente en sus relatos, la del ‘bloody foreigner[xvi]. Un extranjero demonizado e incomprensible al que convierte en ci­nocéfalo, un monstruo mítico, para justificar su exterminio. Y es que a los monstruos sólo se les puede neutralizar de una manera: destruyén­dolos, por lo que no debe extrañarnos que Holmes y Watson terminen a balazos con la vida del pigmeo[xvii].

© Juan Requena

Este artículo fue publicado por vez primera en el

Ter­cer Anuario de La Socie­dad de Men­digos Afi­cio­nados.

Edición privada, Madrid 1996

 


     [i] The Sign of Four se publicó por primera vez en el número de febrero de 1890 del Lippincott’s Monthly Magazine.

     [ii] Andrew Lang, «The Novels of sir Arthur Conan Doyle», The Quaterly Review, julio de 1904, pág. 179.

     [iii] Para comprender la realidad etnológica de los nativos de Andamán y el papel de Tonga en los acontecimientos relatados en El Signo de los Cuatro, resulta de imprescindible lectura el artículo de José Luis Errazquin, «Tonga, la larga sombra de la venganza»; en Ter­cer Anuario de La Socie­dad de Men­digos Afi­cio­nados, edición privada, Madrid 1996.

     [iv] Esta afirmación es también falsa. Animistas en esencia, los aborígenes de An­damán creían así mismo en la existencia de un Dios celestial único llamado Puluga. No obstante, los nativos sospechaban que esta divinidad creadora del mundo y del primer hombre se había desentendido de su creación o, incluso, que podría haber muerto. Ante tan terrible duda, las manifestaciones externas del culto a Puluga fue­ron poco a poco cayendo en un olvido voluntario; evitando cualquier invocación que pudiera suscitar de nuevo el interés de esta deidad ociosa por sus criaturas. A tan peculiar concepto de la divinidad alude muy escuetamente Mircea Eliade en su Tra­tado de Historia de las Religiones. Morfología y dialéctica de lo sagrado (Círculo de Lectores, S.A., Barcelona 1990, págs. 78 y 79).

     [v] Xavier Marmier, À travers les Tropiques, Librairie Hachette, Paris, 1889. La cita procede de la versión española  [A Través de los Trópicos. Espasa Calpe S.A.; col. Austral. Madrid 1946, pag. 215]. El autor de esta obra tan pintoresca, que dedica unas cuantas páginas a las comilonas antropófagas en las Fidji, no menciona sin embargo el supuesto canibalismo de los andamaneses; detalle sabrosísimo que no habría dejado pasar de largo de haber tenido el más mínimo indicio de ello.

     [vi] El personaje de Tonga nos remite igualmente a la figura mitológica del enano “guardián de los tesoros”; papel que desempeñará Incluso después de muerto, re­posando junto a las joyas malditas del Rajá en el fondo del Támesis.

     [vii] No sería tampoco el primero en hacerlo. De acuerdo con algunos geógrafos, el nombre del archipiélago de las Andamán deriva del término malayo que designa al mono: ‘hanuman’. Este nombre le habría sido dado a estas islas del Índico por anti­guos marinos a causa precisamente de sus pequeños y selváticos habitantes, ape­nas unos simios negros entrevistos en la maleza.

     [viii] Edward Tyson (1650-1703) uno de los fundadores de la anatomía comparada y el primero en establecer la analogía hombre-simio en su reputada obra Orang-ou­tang sive Homo Sylvestris: On the Pygmie compared with that a Monkey, an Ape and a Man; to which is added, a philological essay concerning the Pygmies, the Cy­nocephali, the Satyrs and Sphinges of the ancients: wherein it will appear that they are all either apes or monkeys, and not men, as formerly pretended, libro a cuya lectura sospecho que debió entregarse con entusiasmo el Dr. Mortimer (El Sabueso de los Baskerville).

     [ix] Un primer paso de dominación que desembocaría formalmente, en 1900, en el establecimiento de un protectorado inglés sobre el conjunto de las islas.

     [x] Los nativos de Tonga siempre han sostenido que sus ritos antropófagos habían sido copiados de sus vecinos de las Islas Fidji. Por contra, la amputación de algunas falanges de los dedos, ofrecidas en signo de duelo o para calmar las iras de capri­chosas deidades, era un rito mucho más característico de los moradores de este Archipiélago. En cuanto al infanticidio, su práctica estaba extendida por toda la Poli­nesia en mayor o menor medida. Sobre estas cuestiones en general, con referen­cias expresas al canibalismo de los polinesios, puede consultarse la interesante obra de Nigel Davis, Human Sacrifice (Macmillan London Limited, Londres 1981) o el texto de Peggy Reeves Sanday, Divine Hunger. Cannibalism as a Cultural Sys­tem, Cambridge University Press, 1986 (existe versión española: El Canibalismo como Sistema Cultural, Editorial Lerna, S.A., Barcelona 1987), cuyo Capítulo VII está dedicado íntegramente a los nativos de las Fidji, los auténticos campeones del canibalismo en los Mares del Sur.

     [xi] La actitud sumisa de Tonga con relación a Jonathan Small reproduce el motivo de la “fiera agradecida”, tema tradicional tanto en algunas fábulas paganas como en las vidas de los primitivos santos cristianos. Aunque los ejemplos son innumerables, baste citar como muestra el caso del anacoreta copto San Gerónimo, a cuyo servi­cio se encontraba un león al que había curado de una herida y que desde ese mo­mento nunca le abandonó. Como es sabido, la fiera realizó durante años en benefi­cio de la pequeña comunidad eremítica trabajos propios de un asno ―por ejemplo, acarrear diariamente agua del río―; muriendo finalmente de pena sobre la tumba del santo al comprender que éste había fallecido.

     [xii] Véase, por ejemplo, «La finca Copper Beeches», «El Hombre que Reptaba o, claro está, El sabueso de los Baskerville. En El Signo de los Cuatro, es Tonga quien causa la muerte de Bartholomew Sholto, un sujeto tan codicioso como su padre, el Mayor Sholto, dispuesto a dejar a Mary Morstan sin su parte del tesoro de Agra.

     [xiii] Marco Polo, La Descripción del Mundo (Hyspamérica Ediciones Argentinas, S.A.; Buenos Aires 1987; pág. 299; los resaltados son nuestros).

     Imágenes semejantes ofrece, entre otros muchos viajeros medievales, Sir John Mandeville en el capítulo XXII de sus Viajes, si bien sitúa al pueblo de los cinocéfa­los, de los que tiene mejor opinión que Polo y a los que asocia con fabulosos rubíes y perlas (!), en las islas de Necumera, denominación antigua de Nicobar (literal­mente, “tierra de los hombres desnudos”). Recordemos al respecto que el Archipié­lago de las Andamán estaba integrado por las islas de Andamán propiamente di­chas y las islas de Nicobar; formando todas ellas desde 1872 una unidad adminis­trativa bajo control británico.

     Es casi seguro que la información sobre los cinocéfalos la obtuvo Watson de su agente literario, ya que sir Arthur Conan Doyle, fascinado por el Medievo, conocía bien los libros de viajes tanto de Marco Polo como de Mandeville, al que menciona expresamente en su novela histórica La Compañía Blanca cuando el abad de Beau­lieu despide al joven Alleyne Edricson del convento:

  “Has de saber que entre ese punto y el fin del mundo quedan todavía mu­chas naciones extrañas. Tienes el país de las Amazonas, y el país de los enanos, y el país de las bellas pero dañinas mujeres que matan con la mi­rada, igual que el basilisco. Todavía más allá queda el reino del Preste Juan y el del Gran Khan. Yo sé estas cosas como muy ciertas, porque me las contó aquel devoto cristiano y valeroso caballero sir Juan de Mandeville, que se alojó dos veces en Beaulieu, camino de Southampton y de regreso de Southampton; desde el púlpito del lector, en el refectorio, nos habló de lo que él había visto, y muchos buenos hermanos se quedaron sin probar bo­cado ni echar un trago, embelesados con aquellas historias extraordina­rias.” [La Compañía Blanca, Valdemar [Enokia S.L.]; Madrid 1994, págs. 20 y 21. Los resaltados son nuestros].

     [xiv] Ambigüedad que recuerda a la del memorable Long John Silver, en otra histo­ria de codicia y tesoros. Curiosamente, el pirata Silver (¿Long John / Small Jo­nathan?) tiene también una pata de palo; una particularidad física que produce al borracho de Billy Bones un pánico idéntico al que experimenta el Mayor Sholto cuando advierte la cercanía de Small en El Signo de los Cuatro. En La Isla del Te­soro, la novela de Robert L. Stevenson publicada en 1881, John ‘El Largo’ anuncia su llegada con su propio Black Dog (uno de sus compinches) y amenaza igualmente con un signo de ominoso recuerdo a un pirata traidor.

     [xv] Como se recordará, la característica más llamativa de Jonatán (aquel cuyo amor era para David “más maravilloso que el amor de las mujeres” según 2 Samuel, 1-25/26) era precisamente su total fidelidad al que luego sería rey de los judíos. Una lealtad fundamentada en un “pacto en Yahvé” que le llevará a traicionar a su propio linaje y a contravenir sus propios intereses al apoyar a David como pretendiente el trono de Israel frente a su padre el Rey Saúl. Cabe también una segunda conexión bíblica complementaria de la anterior, pues el único hijo de Jonatán, Meribaal, era cojo, como Small.

     [xvi] La lista de villanos extranjeros es interminable. Baste citar a los italianos de «El Círculo Rojo» o «Los Seis Napoleones». Los germanos de «El Pulgar del Inge­niero», «Los Planos Bruce-Partington» y «El Cliente Ilustre» y, last but not least, los sudamericanos de «El Pabellón Wisteria» o «Los Tres Gabletes».

     [xvii] Si exceptuamos a Moriarty (otro monstruo de ascendencia irlandesa para más señas), Tonga es la única persona en cuya muerte participa como autor Sherlock Holmes. Al acribillar simultáneamente a Tonga, Holmes y Watson están admitiendo el mismo argumento con que Jefferson Hope justificó la muerte del pervertido mormón Enoch J. Drebber en Un Estudio en Escarlata: “No hay aquí asesinato […] ¿Quién habla de asesinar a un perro rabioso?”.  Y en lo que a Watson se refiere, ya nos es conocida su infalible puntería a la hora de disparar sobre un perro.

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8 Responses to “Tonga, el pigmeo inverosímil”


  1. 1 belakarloff
    26 abril 2010 en 7:52

    Interesantísimo y muy suculento artículo, que de Conan Doyle y el Canon deriva a un tema afín que amplía notoriamente el espectro referencial de los motivos del blog.

  2. 26 abril 2010 en 16:58

    Excelente articulo que colma las expectativas que provocaba esa incoherencia canónica con la realidad de las islas Andamán.
    Hace tiempo que tenía la ambición de profundizar en ella, por lo que leo este texto con fascinación por su contenido y con agradecimiento al autor por su excelente trabajo y porque me siento, de alguna manera, liberado de la responsabilidad de investigar yo mismo, que nunca habría llegado a hacerlo así de bien. Agradecimiento también al anfitrión de esta casa por compartirlo, con lo que me evita un trabajo vano y me concede el placer de esta lectura.

    Una vez más, publicas un texto que será de cita obligada en el futuro, cada vez que tratemos sobre asuntos como la teratología, el racismo o el colonialismo en el Canon.

  3. 3 bohemia
    27 abril 2010 en 15:09

    Estupendo artículo, lo único malo que tiene es que es tan interesante que sabe a poco! Por eso animo a Belakarloff a publicar más post con textos como éste.

  4. 27 abril 2010 en 15:34

    “Sólo le pedimos que haga usted lo que sus compatriotas vienen a hacer en este país. Le pedimos que consienta en ser rico.” Abdullah Khan.
    De antología.

    De antología también el artículo en general, sí… Otro para los anales de este Blog y para el tomo recopilatorio, cuando aparezca…

  5. 5 belakarloff
    28 abril 2010 en 7:40

    bohemia: Estupendo artículo, lo único malo que tiene es que es tan interesante que sabe a poco! Por eso animo a Belakarloff a publicar más post con textos como éste.

    Se hará, por supuesto.

  6. 6 Jabez Wilson
    10 mayo 2010 en 12:59

    Como un pigmeo es como me siento yo ante textos tan extraordinarios como éste.

  7. 7 adrian
    16 agosto 2011 en 22:57

    Muy buen artículo. Y que vengan muchos más como éste 🙂

    Off topic: ¿Alguien sabría decirme cuál fue la graduación militar, (cabo, sargento, etc.), del doctor Watson durante su estancia en Afganistán? ¡Mil gracias por adelantado!


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