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El terrible caso de los recién casados desnudos

En 1970 se estrena la película La vida privada de Sherlock Holmes (The Private Life of Sherlock Holmes), dirigida por Billy Wilder a partir de un guión escrito por él y su habitual colaborador I. A. L. Diamond. Con una duración de poco más de dos horas, sin embargo la intencionalidad inicial del genial autor de El apartamento (The Apartment, 1960) era realizar una macro–película, al estilo Lawrence de Arabia, de tres horas de duración, con descanso, y dividida en diversos sketches, cada uno de ellos con su propio título. Sin embargo, recientes descalabros económicos de la productora, The Mirisch Corporation, obligaron a cambiar de planes, que derivarían en un costoso estreno, y convertirla en una película digamos más convencional, para lo cual se amputó el metraje. Así, se eliminó casi por completo (salvo unos escasos planos de segundos) el prólogo, acontecido en la actualidad, así como dos de las historias, “The Curious Case of the Upside Down Room” (El curioso caso de la habitación boca abajo), así como “The Dreadful Business of the Naked Honeymooners” (El terrible asunto de los recién casados desnudos), aventura que, curiosamente, guarda un curioso parecido con el relato “Cómo Watson aprendió el truco”, y a la cual remitimos a nuestro lector: https://belakarloff221b.wordpress.com/2009/08/28/como–watson–aprendio–el–truco/.

En tiempos recientes se descubrieron en los archivos de la productora los rollos que contenían el metraje de ese segundo sketch, y se decidió restaurar el material para su inclusión como extra dentro de la edición a la venta de la película. Sin embargo, el sonido del film no pervivía, sólo las imágenes; y según parece, también tenían a mano un guión con los diálogos. Así pues se procedió a contratar a una persona sordomuda, para de ese modo leer los labios a los actores y transcribir los diálogos. Así pues, la escena completa, restaurada, se ofrecería muda, con la música de Miklós Rózsa, y los diálogos a modo de subtítulos. Inicialmente esa escena apareció en formato láser–disc en Estados Unidos, y después en dvd (curiosamente, en este último formato un desnudo femenino aparece censurado, con la imagen difuminada, mientras que en láser–disc se ve sin censura). Cabe referir que esa edición en dvd donde se ofrece es la norteamericana, mientras que la pésima edición española carece de los extras (así como de subtítulos en nuestro idioma).

A continuación ofrecemos, traducidos, los diálogos de esa escena, que componen una historia por sí misma, y para que su lectura sea más amena lo hemos convertido en un relato, conservando el texto de las conversaciones literalmente.

El terrible caso de los recién casados desnudos

 

Durante años he permanecido al margen mientras observaba al Maestro llevar a cabo sus increíbles hazañas con el objeto de dejar luego constancia de ellas por escrito para la posteridad. Pero en una ocasión memorable yo mismo fui lanzado a la arena con unas consecuencias que fueron poco menos que devastadoras.

Fue en el verano del 86 (1), y regresábamos de Constantinopla, donde Holmes había sido requerido por el sultán Abdul Hamid II (2) para investigar una indiscreción por parte de su concubina favorita. El barco que nos transportaba de regreso avanzaba por las plácidas olas, y en cubierta los pasajeros, atendidos por sirvientes turcos, reposaban plácidamente en sus tumbonas, protegiéndose del sol que aún resultaba intenso para gente como nosotros, acostumbrados a la pálida luz londinense.

Yo mismo estaba en una de esas tumbonas, y portaba sobre mi cabeza un fez turco, aún excitado por las aventuras que habíamos vivido en Constantinopla, y que por unos instantes, acaso de forma leve, me había hecho rememorar mi etapa cuando serví en Afganistán. Ahora, cómodamente reclinado, me dedicaba a escribir, mientras a mi lado yacía Holmes recostado del todo. Llamó a uno de los sirvientes, que le acercó un vaso de té helado. Levantó la sombrilla de la tumbona y contempló con indolencia el vaso; estaba adornado por una rodaja de naranja, que arrojó con suave desprecio al carrito que portaba el camarero. Tomó un sorbo y echó una ojeada a lo que yo estaba haciendo.

 – ¿Qué es lo que tiene ahí, Watson? ¿No estará escribiendo sobre ese caso? –espetó, con cierto tono de alarma en su voz.

De hecho, sí lo estoy haciendo –le respondí, algo tajante.

Nunca lo publicarán –razonó–. Al menos no en una revista para todos los públicos.

– No se preocupe –le repliqué, agitando la cabeza–. De la forma en que lo estoy contando no habrá nada ofensivo. –Pasé a una página previa y se la mostré–. He cambiado la localización; en lugar de Turquía he puesto Devonshire.

– Ya veo.

En lugar de un harén, todo tiene lugar en un colegio para señoritas.

Y supongo que el sultán se convierte en el director.  

Exacto –respondí con una alborozada sonrisa. La verdad es que creía que el texto estaba resultando de lo más prometedor, y no dudaba de que, una vez terminado, sería del agrado de mi representante, el doctor Conan Doyle, y podría convertirse en una de nuestras aventuras más célebres (3).

¿Y qué piensa hacer con respecto a la resolución? –inquirió Holmes, mientras echaba su cabeza sobre la tumbona–. La pista principal es que yo escuché a escondidas a uno de los eunucos cantando, en la intimidad del baño, como un bajo profundo.

Sí, eso es un poco peliagudo –hube de admitir, pensativo–. Pero sería una pena privar al público de una demostración tan brillante de sus talentos.

Cualquier idiota lo podría haber resuelto –respondió Holmes.

Lo dudo.

Podría haberme quedado en Londres y usted lo habría resuelto.

– ¿De verdad lo cree? –inquirí, un tanto sorprendido por su comentario.

– No veo por qué no –refirió con tono algo melifluo–. Ha estado cerca el tiempo suficiente como para conocer mis métodos.

– Sí, así es.

No existe una fórmula secreta para la detención de un criminal, es meramente una cuestión de lógica.

– Cierto –hube de admitir con un gesto rotundo. Quedé dubitativo unos instantes, hasta que al final hablé–. ¿Sabe, Holmes? Siempre pensé que algún día me gustaría intentar resolver un caso por mí mismo. Es decir, si usted me lo permitiera.

– Bueno, si surge la oportunidad…

– Creo que le sorprendería –insistí–. Estoy convencido de que le he cogido el tranquillo a este tipo de asuntos.

Volví a mi texto, mientras Holmes, sin decir nada, echaba otro sorbo a su té helado. Al poco vimos aparecer por el fondo de la pasarela al capitán del barco, que iba acompañado de un oficial. Nos divisaron y se aproximaron hacia nosotros con cierta urgencia en sus pasos.

– Oh, aquí está, señor Holmes –exclamó el capitán, haciendo el saludo militar.

– A su servicio, capitán –contestó Sherlock Holmes, tras dar un nuevo trago a su refrescante bebida.

El capitán se sentó informalmente junto a Holmes, buscando en ese acto un cierto tipo de intimidad que no me pasó desapercibido. Parecía como si no deseara que el resto del pasaje, sentado a ambos lados nuestros, se enterase de lo que quería referir.

– Ha ocurrido algo tremendamente desafortunado en la cubierta B. El camarero encontró dos cadáveres en el camarote A.

– ¿Dos cadáveres?

– Sí, parece que ha sido un acto violento. Lo único positivo de todo esto es contar con el gran Sherlock Holmes a bordo. Si fuera tan amable de investigar lo sucedido, se lo agradecería…

– Me encantaría.

– No debemos alarmar a los otros pasajeros –comentó el capitán.

– Desde luego –respondió Holmes, dando un nuevo sorbo al té helado–. ¿Era la cubierta B, camarote A?

Exacto –respondió el capitán, al tiempo que se ponía en pie y Holmes hacía otro tanto–. Yo me dirijo al puente. Estamos cambiando la ruta, a todo vapor hacia Malta.

El capitán saludó, así como el oficial que lo había estado acompañando mudo en todo momento. Dieron media vuelta y se alejaron, mientras Holmes permanecía pensativo. Cerré mi libreta, algo irritado.

– Vaya, francamente, se supone que estamos de vacaciones. Uno piensa que le van a dejar descansar.

Holmes se volvió hacia mí y respondió tajante:

– Eso pretendo hacer. Usted se encargará de este caso.

– ¿Yo? –respondí, atónito. Se agachó frente a mí, que aún permanecía sentado, como ante un niño pequeño, y me explicó pacientemente:

– Esta es la oportunidad que estaba esperando, ¿no?

Sí –refunfuñé–, pero dos cadáveres… Quiero decir, ¿no podría empezar con algo más sencillo como… un solo cadáver?

– Vamos, Watson, ¿acaso se está echando atrás? –Fue, en realidad, un desafío, en el cual yo caí con facilidad.

– Por supuesto que no –contesté, levantándome con determinación de la tumbona–. Sólo espero no quedar como un auténtico idiota –añadí, mientras ambos iniciábamos nuestro avance por cubierta hacia los camarotes.

– Si se encalla, yo estaré justo a su lado –respondió Holmes, dándome ánimos.

No, Holmes –respondí tajante, volviéndome hacia él y deteniéndome–. Si esto va a ser una prueba justa, no debe ayudarme de ninguna manera. ¿Lo promete? –Y agité enérgico un dedo ante su rostro.

– Lo prometo –contestó.

Abrí una puerta que lucía el rótulo “Hacia la cubierta interior” y por allí entramos, derivando a una escalera que descendía hacia los camarotes. Con un gesto sujeté mi fez, para que no se me cayera al inclinar la cabeza, y entonces fui consciente de cómo iba vestido.

– Quizá esto sea algo frívolo teniendo en cuenta las circunstancias… –le comenté a Holmes.

– Tenga el mío –respondió. Él vestía un blanco traje, muy adecuado para esos calurosos ambientes, y se cubría con una gorra de cazador muy característica de las suyas, pero a juego con el resto de su indumentaria. Tomé el sombrero y me lo coloqué, mientras le extendía el mío a mi compañero.

– ¿Parezco un detective? –inquirí.

– ¿Parezco un turco? –respondió.

Terminamos de bajar el tramo de escalera y avancé por el pasillo. Al poco me detuve.

– Aquí es, cubierta A. Ahora encontremos el camarote B.

– Watson –me llamó Holmes, detenido junto a la escalera que proseguía descendente, hacia la cubierta B–, si no le importa que se lo diga…

– Holmes, prometió que no intervendría –le interrumpí, algo molesto.

– Muy bien –accedió.

Avancé por la cubierta, inspeccionando las puertas, mientras Holmes me seguía en silencio.

– Camarote B –señalé, al fin. Descendí la mirada y vi en el suelo, junto a la puerta, dos pares de calzado. Uno de ellos eran unos botines a dos colores, blancos y negros, y el otro unas elegantes botas blancas de media caña–. Parece que las víctimas son un hombre y una mujer –señalé.

– Eso parece –ratificó Holmes.

– Sin embargo, es un error teorizar cuando no se tienen los datos suficientes. ¿No es eso lo que usted siempre dice?

– Siempre –contestó con un gesto de rotundidad.

Asentí con la cabeza y me dirigí a la puerta. A punto estuve de tocar el picaporte con la mano, pero con rapidez me contuve, extraje mi pañuelo, y lo empleé para abrir la puerta evitando borrar posibles huellas con las mías propias. Empujé y me abrí paso al interior del camarote, mientras Sherlock Holmes entraba detrás de mí. El camarote se veía coronado por una cama inmensa, de dorados barrotes, provista de dosel y grandes cortinas de encaje: no cabía duda, era un camarote nupcial. Sobre él había dos cuerpos, de un hombre y una mujer. La fémina tenía un brazo lánguido colgando fuera de la cama, con la cabeza doblada en una extraña postura, mientras que el varón yacía con otro brazo en igual posición que ella; al lado de él había una mesita con dos copas de champán, un cubilete de hielo, con una botella dentro, puesta a refrescar, y otra ya vacía, sobre la mesa; al lado descansaban dos bastoncitos destinados a agitar las bebidas. Me acerqué a ellos, quedé indeciso unos instantes, y de nuevo volví sobre mis pasos, dirigiéndome a Holmes, que esperaba apoyado en la puerta, con postura displicente.

– Tenga cuidado de no tocar nada. Por las posibles pistas, ya sabe –le expliqué.

Di la vuelta alrededor de la amplia cama y me acerqué a unos espesos cortinajes de vivos coloridos; los descorrí, y un ojo de buey abierto alumbró la estancia. Me volví de nuevo hacia la cama, tomé la sábana que tapaba los dos cuerpos y la levanté, inspeccionando con atención.

 – Estaba en lo cierto. Efectivamente, son de sexos opuestos.

Estoy dispuesto a aceptar eso –respondió Holmes, con una mano apoyada en el borde superior de la puerta, que había entreabierto.

– Bien –contesté. Seguí inspeccionando los cuerpos–. No hay heridas, no hay sangre… –Los tapé misericordiosamente de nuevo, tapando sus rostros, y mientras me movía por el cuarto seguí explicando–. No hay signos de violencia. El ojo de buey está abierto –añadí, señalándolo–, así que no puede tratarse de asfixia. –Me detuve ante Holmes–. Todo parece apuntar hacia la muerte por envenenamiento. Y podemos descartar de inmediato la posibilidad de que ellos mismos se administraran el veneno.

– ¿Cómo? –inquirió mi amigo.

– Mi querido Holmes –argumenté–, la gente que está a punto suicidarse no saca los zapatos para que se los abrillanten.

– Bien señalado.

– Nos enfrentamos pues a un claro caso de asesinato. Envenenamiento por parte de una o varias personas desconocidas.

– Me inclino a sospechar del chef –señaló Holmes, con cierta frivolidad–. ¿Probó la langosta termidor anoche?

– Silencio, Holmes –le espeté, agitando nervioso la mano–. Me estoy concentrando.

– Lo siento.

Avancé pensativo por el camarote, mientras iba sopesando las posibilidades. Me giré, contemplé la cama, la mesita con las bebidas, y de pronto…

– ¡El champán! –exclamé, señalándolo. Me acerqué y tomé una de las copas, oliéndola. Luego mojé un dedo en la bebida y la caté. Se lo acerqué a Holmes, que seguía en esa actitud irritantemente guasona, aunque yo intentaba ignorarla–. ¿Qué es lo que ve, Holmes? ¿Qué es lo que huele?

Acercó la nariz a los restos de bebida que había en la copa.

– Nada.

– Exacto. Era incoloro e inodoro, un alcaloide cristalino de la familia de la belladona.

– Una conclusión ineludible –aceptó Holmes, ante mi brillante deducción. Me moví por el cuarto, con la copa en la mano.

– Ahora suponga que el veneno había sido introducido dentro de la botella…

– Es posible.

– No, no lo es. Una vez que se le quitara el corcho, el champán perdería el gas y lo habrían devuelto.

– Está en lo cierto.

Quedé unos segundos reflexivo, mirando la mesita del champán al otro lado del cuarto.

– ¡Ah!

– Ah, ¿qué? –inquirió mi amigo.

– Holmes, va a estar muy orgulloso de mí –exclamé pletórico. Me aproximé a él de nuevo para reforzar mi argumento–.  Las víctimas diluyeron su propia poción letal.

– Pero dijo que no podía ser suicidio.

Me volví a la mesita, y tomé algo de ella, volviéndome hacia Holmes.

– Y no lo fue. Aquí están las armas del crimen –dije dramáticamente, mostrándoselo–: estos dos inocentes bastoncitos para cóctel. Fueron impregnados con la belladona, que se disolvió a medida que ellos removían su champán.

Holmes quedó atónito, con la boca abierta.

– Qué diabólico –añadió simplemente.

Le miré, pletórico y sonriente.

– Está de acuerdo, pues, en que hemos establecido el método… –señalé, mostrando los bastoncitos de cóctel.

– Bravo –aceptó Holmes.

– Aún no. Debemos ahora buscar el móvil. Exactamente, ¿qué es lo que sabemos de esta desafortunada pareja? –Contemplé la habitación, y me moví por ella–. Observe el sombrero del hombre –referí, tomándolo, y acercándoselo a Holmes–.  Esas manchitas blancas… ¿cómo las explicaría?

– Una gaviota desconsiderada, tal vez.

– No precisamente. Verá que son granos de arroz.

– ¿Arroz?

– Eso, añadido al ramo mustio –añadí, acercándome a él, que descansaba en una pequeña alacena, junto a un espejo–, parece indicar que estaban recién casados. Es más, me atrevería a decir que estaban en su luna de miel, a juzgar por las etiquetas de su baúl. –Y para ratificarlo dejé el sombrero sobre el cofre, que mostraba los destinos por los que habían pasado, y que fui señalando sucesivamente. Debía ser gente de cierta fortuna, no cabía la menor duda.

– Por no mencionar la expresión extasiada de sus rostros –agregó Holmes, con cierta frivolidad, me temo, nuevamente. Sin embargo, tan concentrado estaba en mis deducciones que acepté el comentario con naturalidad.

– Cierto –acepté, pues. Me acerqué nuevamente a la mesita de champán–. Ahora déjeme plantear una pregunta: ¿quién puede tener unos planes tan diabólicos contra una pareja de recién casados?

– ¿Quién?

– Un amante despechado, por supuesto.

– Eso no lo puedo discutir.

– Luego entonces –proseguí–, ya que estamos en el mar –señalé el ojo de buey– y hemos asumido que el culpable no es un anfibio, tendría sentido pensar que sigue a bordo.

– Irrefutable.

– ¿Pero dónde? –dudé sólo un segundo. Cada vez las cosas se ponían más claras ante mi clarividente mente–. No puede tratarse de un miembro de la tripulación, sería demasiada coincidencia para esta pareja acabar justo en el mismo barco. Por otro lado, no puede ser un pasajero tampoco… Se arriesgaría demasiado a que le reconocieran antes de poder dar el golpe.

– Espléndido –aceptó Holmes, con un gesto rotundo–. Acaba de descartar todas las posibilidades.

– No del todo –señalé–. Lo que no ha considerado, mi querido Holmes, es que podría tratarse de un polizón.

– Levanto mi fez ante usted –exclamó, llevándose la mano a él, si bien no llegó a quitárselo.

– Entonces… –reflexioné–. Embarca a escondidas, les espía, aprende que en los intervalos de las relaciones sexuales toman gran cantidad de champán. Y entonces, la pasada noche… –no pude evitar poner un gesto furioso–. ¿Pero cómo consigue un polizón hacerse con la belladona? Yo soy médico y normalmente no la llevo encima. Sin embargo, ¿sabe quién llevaría un ilimitado suministro a su disposición? Un oculista.

– ¿Un oculista? –dudó Holmes.

– Usan la belladona para dilatar las pupilas –expliqué.

– Entonces eso debe de ser –aceptó.

– Lo que nos deja únicamente con un problema por resolver… Todo lo referente a los bastoncitos para cóctel –alcé estos, que había portado conmigo en todo momento–. ¿Cómo lo hizo?

– No me tenga en suspense, Watson.

Quedé un momento pensativo, y luego respondí.

– Creo que cuando demos con él verá que estamos tratando con un hombre relativamente corpulento.

– ¿Cómo ha llegado a esa conclusión?

– Observe lo estrecho que es el pasillo –referí, señalando la entreabierta puerta que aún sostenía Holmes–. Ahora imagínese a un camarero con la bandeja del champán yendo hacia el camarote. Ni usted ni yo tendríamos problema alguno para pasar al cruzarnos con él –fui explicando, mientras reproducía mediante mímica las circunstancias–. Pero si lo hiciera un hombre corpulento, ambos pasarían algo apretados y tendrían que hacerlo de lado. La bandeja quedaría entre ellos y el polizón podría sustituir fácilmente los bastoncitos inofensivos por los envenenados. –Y ratificando esto enrollé los bastoncitos en mi pañuelo y los guardé en el bolsillo de mi chaqueta.

– Watson, ¿está seguro de que éste es su primer caso?

Le sonreí, agradecido, pero proseguí mis explicaciones.

– Para resumir, por tanto. Debemos buscar a un polizón que estaba enamorado de la novia, que pese al menos noventa kilos y que sea un oculista en activo. Ése es nuestro hombre.

– El clásico ejemplo de un razonamiento lógico.

– No es para tanto, de verdad –acepté, humilde–. Cuando has eliminado todas las soluciones, por improbables que sean, lo que queda debe ser imposible –añadí, citando al propio Holmes–. No, eso no suena del todo correcto.

– Bastante aproximado.

– Ahora –proseguí–, si mi teoría sobre la causa de la muerte es correcta, envenenamiento por belladona, una exploración debería revelar una marcada distensión del estómago.

Y tras esa explicación me dirigí a la cama para confirmar esta última conclusión.

– Watson –me llamó Holmes, sin embargo.

No le hice caso. Levanté la sábana, y comencé a palpar el estómago de la novia, mientras contemplaba a Holmes y le explicaba el estado del tejido. Apenas me di cuenta que la chica se removía, sonriente y pícara.

– ¿Puedo tomar más champán? –preguntó.

– No lo toque, ¡está envenenado! –respondí, sin darme cuenta de las auténticas implicaciones de todo. Al fin la chica me miró, se sentó en la cama y soltó un alarido. Yo a mi vez grité, consciente de una vez por todas de lo que estaba sucediendo. Los gritos despertaron al novio muerto, que evidentemente no lo estaba, y me contempló atónito.

– Pero bueno… –exclamó, algo sorprendido también. Holmes, sin embargo, se hallaba pletórico–. ¿Qué hacen ustedes aquí? Deben de estar locos, absolutamente locos de atar –razonó, con la flema que sólo un británico puede mostrar en una circunstancia así.

Yo no acertaba a reaccionar. Les señalé, volví la vista hacia Holmes, les miré de nuevo a ellos. No podía estar pasando aquello.

– ¿Qué deduce de todo esto, Holmes? –Al fin me decidí a interrogar a mi amigo. Movió la vista por el cuarto y luego me respondió:

– Así, de pronto, diría que estamos en el camarote equivocado.

Intenté asimilar aquello y al fin caí en la cuenta.

– ¡Oh! –sólo pude decir.

– ¿Nos vamos? –inquirió Holmes, mientras yo me removía por el camarote, inquieto y desconcertado. Me volví hacia la pareja soltando atropelladas excusas. Salí del camarote, sintiendo que mi rostro adquiría el tono del fez de Holmes. Éste, mientras, tomó la puerta y comenzó a cerrarla mientras se disculpaba con los recién casados.

– Lamento tener que marcharnos tan apresuradamente. –Levantó su fez a modo de saludo, y al fin cerró la puerta. Yo esperaba en el pasillo, avergonzado, atónito, sorprendido, y no sé qué más. Holmes me observó y luego hizo un gesto conmiserativo, cruzándose de brazos–. Mala suerte, viejo amigo. Era una resolución tan brillante.

Agité la cabeza, pesaroso, farfullando no sé si una excusa o una explicación. Tomé mi pañuelo del bolsillo de la chaqueta y me limpié la frente, que con el bochorno se había empapado de sudor. Algo había en el pañuelo, rebusqué y ahí estaban los bastoncitos de cóctel. Los arrojé al suelo, furioso.

Por la escalera del fondo que conducía a la cubierta inferior asomó el capitán, que nos llamó.

– Señor Holmes. –Miramos hacia él–. Aquí abajo, le estamos esperando.

– Bueno, Watson, ésta es su oportunidad de redimirse –me señaló Holmes, mientras iniciaba la marcha.

– No, gracias –respondí azorado–. Tendrá que llevar este caso sin mi ayuda. –Y para ratificarlo me despojé de mi sombrero de detective y se lo devolví a Holmes. Éste, a su vez, tomó el fez de su frente y me lo pasó, colocándomelo en la cabeza.

– ¿Lo promete?

No acerté a responder. Él se cubrió la cabeza, y amablemente me pasó el brazo por el hombro, conduciéndome hacia la cubierta inferior para, al fin, iniciar el verdadero caso que yo fui incapaz de acertar desde el inicio. Y así fue como aconteció el terrible caso de los recién casados, y cómo inicié y finalicé mi investigación sin siquiera haberla realizado.

Carlos Díaz Maroto

Traducción de los diálogos: Beatriz Bejarano del Palacio

Traductora y correctora

beatrizbejarano@hotmail.com

bejaranodelpalacio.blogspot.com

(1) Por tanto, el caso que aquí se narra es inmediatamente anterior a la aventura del enfermo interno, que aconteció en octubre de 1886, y posiblemente después de la aventura del círculo rojo (Nota del Editor).

(2) Abdul Hamid II (1842–1918), 34º sultán del Imperio otomano (31 de agosto de 1876 – 27 de abril de 1909), depuesto por la sublevación militar de los Jóvenes Turcos para ser sustituido por su hermano, Mehmed V. Segundo hijo del sultán Abd–ul–Mejid I y su esposa la armenia Tirimüjgan (Virjin), Abdul Hamid accedió al trono tras el derrocamiento de su hermano Murad V el 31 de agosto de 1876. Fue el último sultán otomano en poseer poderes absolutos, y el que demoró en unas décadas el advenimiento de la época moderna a Turquía, por sus métodos autoritarios y a menudo despiadados para tratar con las fuerzas separatistas; y sus maniobras diplomáticas, utilizando un poder europeo contra el otro (N. del    E.).

(3) Sin embargo, como resultará evidente para el lector conocedor de los casos de Sherlock Holmes, Sir Arthur Conan Doyle no debió considerar de interés la historia y no llegaría a publicarla nunca. A día de hoy ese manuscrito de Watson aún no ha aparecido. También puede darse el hecho de que Watson no llegara a terminarlo, desalentado por las palabras de Holmes (N. del E.).

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18 Responses to “El terrible caso de los recién casados desnudos”


  1. 1 belakarloff
    30 abril 2010 en 7:44

    En el SÁBADO NEGRO destinado a Holmes también se ofreció la proyección de esta escena referida. Como no se podía adjuntar aquí, he decidido montar este relato a partir de los diálogos traducidos, y añadir capturas.

    Espero que os guste.

  2. 30 abril 2010 en 9:52

    Excelente 🙂
    Como sabes, llevo mucho tiempo con la ambición de ripear mi dvd para poder ofrecer el vídeo a la blogosfera, pero sin éxito, espero conseguirlo algún día. En todo caso, tu transcripción nos permite ya disfrutar de este episodio, que es realmente muy jugoso, con detalles de gran interés para el aficionado. Por otra parte, es muy divertido y el hecho de que el azar nos lo haya legado sin sonido subraya su lado burlesco, al recordar al cine mudo.

    Cuando hablamos de ello me dijiste que se pergeñaba un acto con la proyección del fragmento ¿lo habéis hecho ya?

  3. 30 abril 2010 en 9:53

    Disculpa :S ; no había visto tu comentario: sí, lo habéis hecho ya.

  4. 4 Quatermain
    30 abril 2010 en 10:49

    Una auténtica joya. Qué gran película nos perdimos cuando decidieron masacrar la obra de Wilder. Queda la esperanza de que algún día, en algún recóndito almacén, aparezca el material eliminado en buenas condiciones. Soñar no cuesta nada… 😉

  5. 5 doctorwatson65
    30 abril 2010 en 19:31

    Muy divertida la escena… Y a quedado muy bien como reláto apócrifo… 🙂

  6. 1 mayo 2010 en 11:50

    Lo que se dice una joyaca en toda regla, especialmente para quienes no sabían nada de este divertida sub-trama perdida. El formato cuento le viene que ni pintado, la verdad sea dicha.

    Muchas gracias!!

  7. 7 belakarloff
    3 mayo 2010 en 9:24

    Me alegra que os guste cómo lo he “adaptado”…

  8. 9 belakarloff
    5 mayo 2010 en 11:28

    En pincipio pensé poner sólo el diálogo, pero había momentos que no quedaban claros sin la imagen de acompañamiento. Pensar en convertirlo en relato llegó a partir de ahí…

  9. 10 Birdy Edwards
    30 mayo 2010 en 9:19

    Muy bueno, y excelentemente adaptado como relato apócrifo. Esto hace que todavía sea mayor el enfado ante la masacre sufrida por la pelicula. A ver si algún día la podemos disfrutar con los añadidos por estos lares.

  10. 11 sunara
    1 mayo 2011 en 10:47

    He descubierto este post algo tarde, pero no queria dejar pasar la ocasion de darte las gracias por esta joya, la de veces que he soñado con que aparezca todo el material original.

  11. 12 belakarloff
    4 mayo 2011 en 7:57

    Gracias.

    😉

  12. 15 junio 2011 en 5:20

    Justamente acabo de llevar a buen término mi viejo proyecto de subtitular esta escena en español. La acabo de colgar en mi blog 🙂

  13. 15 junio 2011 en 17:23

    Muchas gracias, sí. Intentaré incluso hacerle un apañillo…

  14. 18 Birdy Edwards
    16 junio 2011 en 10:07

    Gran trabajo si señor…


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