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Jun
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La vida privada de Sherlock Holmes (2)

3. Un rodaje complicado

La vida privada de Sherlock Holmes era la obra más ambiciosa de Billy Wilder. Un presupuesto de diez millones, el mayor de toda su carrera, para rodar un guión de 260 páginas ambientado en la Inglaterra victoriana y que el propio Wilder definió como una “sinfonía en cuatro movimientos”.

El 5 de mayo de 1969, una década después de idear la película, comenzó el rodaje, entre los célebres Pinewood Studios y las Higlands escocesas (en concreto, Inverness).
La vida privada… fue la primera y única colaboración de Wilder con el director de fotografía Christopher Challis, que se enfrentaba, entre otras cosas, a un decorado de 140 metros de Baker Street diseñado por Alexander Trauner. Y es que, si bien Wilder se planteó rodar en la calle original, su cambio desde la época victoriana hacía que fuera complicado y no demasiado provechoso. Esta recreación incluía fachadas enormemente detalladas, una perspectiva forzada para parecer mayor y varias tuberías para crear efecto de lluvia. Pero la contribución del diseñador no se paró ahí, pues también implicó la realización de ciertas partes del espectacular Club Diógenes, así como, por supuesto, los interiores del 221B de Baker Street. La meticulosidad de Trauner era tal que, en palabras de Challis, “construía casas, no decorados”.

Pero la sinfonía de Wilder no sólo requería la construcción de los lugares más emblemáticos del universo creado por Conan Doyle, sino también la de todos los nuevos elementos que el director introdujo en la ecuación. Así, la perfección técnica llevó al equipo a montar ni más ni menos que un barco, para un segmento enormemente caro. Éste aparecía en apenas un par de planos, pero sus interiores eran el contexto de toda esta aventura. Su gran tamaño hizo absolutamente imposible rodar esos planos en un tanque, por lo que se realizaron en la costa inglesa, con el incremento de coste que ello supuso. Un trabajo, un esfuerzo y un gasto enormes, especialmente teniendo en cuenta que dicho capítulo sería posteriormente eliminado de la película definitiva.

Pero, sin duda, sería en Escocia donde se ubicarían las mayores complicaciones del rodaje, incluyendo lo costoso de trasladar a todo el equipo al mismísimo lago Ness y construir un pequeño submarino con forma de monstruo. Challis se vio incapaz de iluminar ciertas escenas nocturnas (como las que acontecen en el campamento de Mycroft) debido a lo vasto del paisaje, que salía totalmente negro en la imagen. La pérdida más grande se dio cuando el muñeco submarino de Wally Veevers se hundió en las profundidades del lago Ness. El rodaje se trasladó entonces a Pinewood para rodar esas escenas con fondos.

Así, los contratiempos se unieron al perfeccionismo maniático de Wilder e hicieron aumentar el tiempo de rodaje y el presupuesto. Las diecinueve semanas inicialmente previstas se convirtieron en veintinueve.

El control que Wilder ejercía sobre absolutamente todos los elementos era enfermizo. Su absoluto conocimiento del guión y su determinante convencimiento de qué quería hacer le permitieron rodar la película prácticamente montada para, al estilo de Alfred Hitchcock, evitar problemas y tiempo en el montaje. En palabras de Ernest Walter (montador), sólo había que “quitar las claquetas y enganchar todo lo demás”.

Parte de este control absoluto era la prohibición de cualquier atisbo de improvisación. Wilder y Diamond habían estado una década perfeccionando aquella historia y estaban emperrados en que se rodara absolutamente tal y como estaba escrita. Así, Diamond tenía la curiosa potestad de parar el rodaje de una escena si así lo creía conveniente, algo que hizo varias veces, pues, como recordaba Walter, “estas son las palabras correctas y deben recitarse como en el guión”.
Diversas personas y periodistas serían testigos de este entorno milimétricamente controlado. Wilder era capaz de medir la cantidad de líquido en un vaso para que fuera exactamente como la deseaba, así como de sustituir toda la hierba de un decorado minutos antes del rodaje para que fuera del verde que había pensado. Esta actitud le llevaba incluso a sustituir lo verdadero por lo falso, llegando a rechazar las lágrimas auténticas de la actriz Geneviève Page. “¡Maquillaje! ¡Lágrimas de glicerina! ¡Grandes y hermosas lágrimas falsas de Hollywood! De las que no se ven en las películas de Godard, salvo en la cara del que las financia”.

Pero su exigencia no era sólo para los aspectos técnicos, sino muy especialmente para los actores. En cierto momento, Wilder indicó a Blakely que se moviera como Rudolf Nureyev, bailarín clásico, y actuara como Charles Laughton. Cuando la escena terminó, Wilder se acercó a Blakely. “¿Por qué has actuado como Nureyev y te has movido como Laughton?”
Realizaba un control tan absoluto de las actuaciones que le llevaba a pasar horas con frases irrelevantes. “Todo se exprimía hasta tal punto que te entraban ganas de salir corriendo a gritar fuera del plató, que era, más o menos, lo que yo hacía”, dijo el propio Sherlock Holmes, Robert Stephens. Precisamente, éste fue el que peor llevaba esta presión. Debido a exigencias, había perdido mucho peso, se encontraba muy débil y su mujer, la actriz Maggie Smith, se había ido temporalmente de Londres para representar una obra de teatro. Decaído, presionado y sin apoyo, el rodaje era como pasar “por una picadora de carne todos los días”; días con sesiones de rodaje que, más de una vez, llegaron a las doce horas.

Exasperado por las exigencias de Wilder e incómodo por la intensidad del rodaje, Stephens estaba al límite. En la vuelta a Londres, después de haber rodado las escenas de Inverness, se encerró en su habitación y tomó un puñado de píldoras para dormir junto a una botella de whisky.

Laurence Olivier, mentor de Stephens, consiguió retener la historia y evitar la polémica, mientras Wilder se culpaba. “Billy estaba muy preocupado”, dijo posteriormente el actor; “dijo que todo era culpa suya. Pero no lo era. Se trató de una acumulación de acontecimientos”. Cuando Stephens se reincorporó al trabajo, Wilder, que le “adoraba” y le consideraba un “actor verdaderamente culto y profesional”, le prometió que el ritmo a partir de ese momento no sería tan intenso. Por supuesto, todo siguió como hasta el momento.

Un buen día, durante el rodaje en un cementerio, Wilder se quedó mirando las tumbas y dijo algo para sí mismo. “Esta gente murió muy vieja. Es imposible que tuvieran algo que ver con la industria del cine”.

4. Postproducción: sinfonía en dos movimientos

Con todos los efectos físicos y decorados utilizados durante el dilatado rodaje, la postproducción de La vida privada… giró en torno a dos nombres: Miklós Rózsa, compositor, y Ernest Walter, montador.

Miklós Rózsa

Esta habría de ser la primera y única colaboración de Billy Wilder con el segundo, recién salido de Las sandalias del pescador (The Shoes of the Fisherman, 1968). La labor de Walter, ya se ha comentado, no era especialmente creativa o tediosa, pues la forma que tenía el director de rodar la película, con planos calculados al detalle, hacía que su labor fuera bastante intrascendente, limitándose a cortar claquetas y poco más, cosa que hacía durante el propio rodaje.

El primer montaje de la película duraba unos 200 minutos, lo que sin duda reflejaba las intenciones de Wilder cuando dijo que “debería mantener a la gente en el cine unas tres horas”. Este primer montaje se componía de los cuatro movimientos ya mencionados por Wilder.

Miklós Rózsa había puesto música a filmes tan destacados como El Cid (El Cid, 1961) y El ladrón de Bagdad (The Thief of Bagdad, 1940) y fue colaborador habitual de Wilder durante los años 40, en los que compuso las bandas sonoras de Perdición, Cinco tumbas al Cairo (Five Graves to Cairo, 1943) y Días sin huella (The Lost Weekend, 1945). Su implicación en el proyecto vino determinada por su magnífico Concierto para violín, Opus 24, que Wilder y Diamond escuchaban durante la escritura del guión, tanto por su belleza como por su uso del violín, elemento indispensable en una adaptación de Sherlock Holmes, consumado violinista. Así pues, a la hora de componer la música de La vida privada…, Wilder pidió a Rózsa que adaptara este concierto, lo que él haría sin problemas, disfrutándolo bastante.

Su banda sonora se ajustaba al montaje inicial de más de tres horas. Rózsa observó la película y decidió qué debía llevar música y qué no, resultando que todo un fragmento de veinte minutos, aquel que hace referencia a los recién casados desnudos, no llevaría ni una nota de música. Recientemente, una regrabación de la banda sonora completa fue editada por Tadlow Music, incluyendo temas compuestos (y grabados en su día) para escenas que quedaron fuera. La amistad entre Wilder y Rózsa llevó al director a ofrecer al compositor un breve cameo en la película, precisamente como conductor de orquesta.

Con la película completada, California fue el sitio elegido para realizar un preestreno con el que recabar la opinión de la gente. La recepción fue desastrosa y los Mirisch, productores de la película, presionaron a Wilder para que la acortara. Pero éste, que no estaba demasiado interesado en desvivirse ajustando la obra a las demandas de un limitado número de personas, abandonó el montaje y se dirigió a Francia a, dijo, preparar una nueva película.

Si bien la decisión final del montaje recaía enteramente en él, quizás por cansancio, Wilder dijo a Ernest Walter: “Confío en ti, ya sabes lo que me gusta”. Esto, él no lo sabía, terminó siendo su gran error. “No haga nunca una película con episodios, porque se pueden eliminar algunos. (…) Y ellos tenían sus preferencias sobre qué partes quitar, unas preferencias que no eran mías.”

Cuando volvió, el montador y los productores habían reducido considerablemente la duración. De 200 minutos se había pasado a 125, eliminando completamente la introducción y dos de las cuatro historias. “Era un desastre absoluto. (…) Se me saltaban las lágrimas al verlo”. Así, aunque la película duraba ahora hora y media menos, “parecía más larga”. En palabras del Rózsa, “el film era muy bueno, pero muy largo, unas tres horas, lo cual no importaba debido a la calidad del material. (…) Si yo hubiera sido Wilder, les habría dicho que se fueran al infierno, aunque significara el fin de mi carrera”.

Una de las escenas descartadas

Así, una vez con la versión de poco más de dos horas lista para estrenar, el panorama empeoró con la desaparición y destrucción parcial de los negativos. A día de hoy, su recuperación ha sido imposible, conservándose de algunos el sonido, de otros la imagen y de otros absolutamente nada, lo que hace improbable la restauración del montaje original.

La vida privada de Sherlock Holmes, truncada sinfonía de cuatro movimientos reducida a dos, se estrenó el 28 de octubre de 1970 envuelta en la más absoluta indiferencia y siendo considerada a día de hoy una de las películas más fallidas de su director.

Miklós Rózsa se referiría a este montaje diciendo que “el film truncado tal y como lo veis hoy día es una lamentable perversión del original y una gran decepción para todos los implicados”.

Fran Abril

Nota: El presente artículo fue publicado originalmente en El chispeante blog del tipo llamado Bobhttp://elblogmortal.blogspot.com/ -, y se reproduce aquí con autorización de su autor.

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7 Responses to “La vida privada de Sherlock Holmes (2)”


  1. 1 belakarloff
    15 enero 2010 en 9:26

    Segunda entrega de esta fascinante serie de artículos.

    Continuará…

  2. 15 enero 2010 en 10:22

    Una pena que el resultado fuera mal en taquilla. A pesar de los tijeretazos sigue pareciéndome una película genial, pero quizás todo este follón contribuyera a su fracaso y a que aun hoy, sea una película casi desconocida fuera del ámbito sherlockiano.

    Y la frase de Wilder referente a Godard me la apunto. Dios mío, ¡que buena! XDDD

    Saludos.

  3. 3 belakarloff
    15 enero 2010 en 11:24

    Sí, una verdadera lástima. Es sorprendente cómo muchos productores, a priori, confían en directores de reconocida solvencia, y luego van y les destrozan lo que han hecho…

    Por no hablar del extremo contrario que se da hoy día: productores que confían en mindundis para dirigir producciones arriesgadas y millonarias.

  4. 4 Jabez Wilson
    15 enero 2010 en 12:22

    Es curioso que Wilder siempre fuera elusivo con respecto al montaje final.
    Se cuenta que se inhibió del mismo. Quizás intuyera que el film no iba a estar a la altura de las expectativas comerciales que el estudio había depositado en él.

  5. 15 enero 2010 en 12:49

    Bueno, se considera generalmente una película menor de Billy Wilder, pero de ahí a una película “fallida”… Lo que hay es tan fantástico como suele ser todo lo de este director. Además, pese a tener un tratamiento más o menos paródico, es de las películas más verdaderamente fieles al personaje de Holmes que pueden encontrarse.

    En fín, increíble historia de falta de respeto al arte la que en este artículo se narra. Por desgracia, no deja de ser una más.

  6. 6 belakarloff
    15 enero 2010 en 12:54

    Una más…

    No estaría mal un libro centrado en este tipo de estropicios…

  7. 7 Quatermain
    15 enero 2010 en 14:29

    Me sigue pareciendo un artículo magnífico, y sigo lamentando la imposibilidad de disfrutar de la obra tal y como la concibió Wilder. Una gran pérdida, sin duda.


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