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Abr
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El sabio cojuelo. Un estudio claudicante (y 2)

Fuera ya de su cárcel de vidrio y antes de iniciar el vuelo hasta la igle­sia de San Salva­dor en la noche de un viernes (retengamos estos datos de tiempo y lugar), el Boiteux de Lesage explicaba a don Cleofás sus amplias faculta­des demoníacas.

Algunas, como el patrocinio del baile y la jarana, no diferían gran cosa de las otorga­das por Vélez a su propio Cojuelo. Otras, sin embargo, resul­taban privativas del diablo afrancesado, al que Lesage confería habilidades origi­na­les, como la de dictar las modas, inspirando vestidos y ador­nos frívolos.

Señalemos aquí que el engaño de Mary Sutherland se inicia en un baile, y que a tra­vés de la danza —ese invento del diablo que permite la proximi­dad de los cuerpos— Mary trabará conocimiento con su enigmático ga­lanteador.

Recordemos también la minuciosidad con que nos es descrito el atuendo de la mucha­cha a su llegada a Baker Street y la mala fe con que Watson pone de relieve los gustos charros de una joven que busca resultar atractiva y, dentro de sus posibilidades, à-la-page; con su sombrero coronado por una larga pluma roja, con sus pendientes de oro y su boa de piel al cuello; con sus terciopelos, su chaqueta cuajada de abalorios y cuentas de azaba­che y hasta con su guante roto y sus chapines de botonadura absurda­mente trasto­cados. Indumentaria inverosímil y chillona, propia de una pelandusca endomingada[i], que parece sugerida por el mis­mísimo diablo de Lesage[ii].

Sidney Paget, Mary Sutherland (1891)

Sidney Paget, Mary Sutherland (1891)

Pero mayor importancia tiene para nuestro caso el poder singular del Dia­ble Boiteux de concertar “matrimonios ridículos” o enlaces desparejos en donde el interés se mez­cla a partes iguales con la concupiscencia[iii]. Los dos grandes motivos —lujuria  y avari­cia— que impulsaban a los seres humanos en la obra de Lesage y en torno a los que gira también, como si de una es­cena del Boi­teux se tratara, la trama de «Un caso de identidad».

Como el lector recordará, para seguir administrando en beneficio propio las rentas personales de Mary Sutherland (potestad que el casamiento de la moza anularía) y cortar los anhelos crecientes de Mary de conocer a un hom­bre y formar familia, James Windibank perpetra un plan insólito: El mismo, oportunamente disfrazado, se encar­gará de seducir a su hijastra y una vez obtenida de ella la firme promesa de matrimo­nio desapa­recerá en circunstan­cias extrañas el día de la boda; de tal modo que la joven quedase tan esca­mada, según Holmes, “que durante los próximos diez años al me­nos, no prestase oídos a otro hombre.”[iv]

La boda, por cierto, iba a celebrarse un viernes[v], en la pequeña iglesia de… San Salvador[vi].

Por lo que vemos, el pícaro demonio de Windibank tenía las mismas que­ren­cias que el Diablo Cojuelo a la hora de echar a volar y su misma ca­paci­dad para convenir “ma­trimonios ridículos”. Pues ridículo era el caso­rio tramado para su hijastra y ri­dículo —en el sentido de Le­sage— había sido también su matrimonio con la viuda Sutherland, “una mujer mu­cho mayor que él” con la que Windibank se casó “por di­nero”.

Señalemos de paso que Windibank porta el nombre de pila de un renco ilustre, al ser James la forma más corriente en inglés de Jacob. Nombre pro­pio que el escriba del Génesis convirtió en sinónimo de suplan­tador y de em­bustero[vii] al contar las andanzas del patriarca hebreo. Un hombre con dos muje­res (como Windibank), al que un Ángel dejó cojo[viii] (con el ángel nos econ­traremos luego), avaricioso y calculador (como Windibank), que con dis­fraz y pelambre postiza (al igual que Windi­bank) y valiéndose de la ceguera de su anciano padre (del mismo modo que Windi­bank se aprovechó de la cortedad de vista de su hijastra[ix]), se hizo pasar también en la oscuridad por otro para disfru­tar de un patrimonio que en justicia no le perte­necía[x].

Más allá de los “matrimonios ridículos”, en «Un caso de identidad» late también otra cuestión mucho más turbia: La posibilidad de que en el hogar de Mary Sutherland se es­tuviera perfilando un verdadero triángulo amoroso con ribetes de incesto.

La conjetura escabrosa parece razonable. Tan razonable como chocante la porfía de Watson al recordarnos, una y otra vez, que los actos de Windibank esca­pan a cualquier sanción penal[xi], en un esfuerzo evi­dente por contrarres­tar las sospe­chas que él mismo ha contribuido a formar en la mente del lector con su detallada narración de un asunto, se­gún Hol­mes, “demasiado transpa­rente”.

Revisemos los puntos del posible triángulo.

Tenemos, por un lado, a Mary Sutherland, una joven “cariñosa y sensi­ble”, de unos veinticinco años de edad, ingenua y núbil —“maiden” es el término exacto que Holmes emplea en el original—, con ganas de ser amada, pero que no ha tenido tratos con hombres. A dife­rencia de su madre, cuarentona y ca­sada ya en se­gundas nupcias con un varón “casi quince años más joven que ella”. Detalle, el de la edad del padrastro, que turba a la muchacha más de lo debido y que menciona a Holmes en varias oportunidades[xii]. Sin duda porque advierte que el hombre que comparte el lecho de su madre y que os­tenta formalmente la condición de ‘padre’ bien pudiera ser su pro­pio her­mano… o el novio que hubiera deseado para sí misma.

Tenemos, por otro lado, a la madura viuda Sutherland, que alcahuetea la equívoca relación de Mary con su padrastro. Y no sólo para seguir viviendo a costa de la hija, sino ante todo, para satisfacer sus deseos amoro­sos y garan­tizarse la compañía de un hombre más joven por el que ya ha li­quidado el bo­yante negocio de fontanería de su primer marido.

Sidney Paget, En el baile de los instaladores del gas (1891)

Sidney Paget, En el baile de los instaladores del gas (1891)

Por último, tenemos a James Windibank, un tipo de buenos modales que frisa la treintena. “Un ca­nalla con verdadera san­gre fría” habituado al chala­neo (es tratante de vinos), consciente tanto de sus habilidades para sedu­cir a una mujer con rapidez como de la innegable disponibilidad sexual de su hijas­tra.

     De hecho, todo el plan de Windibank descansa sobre la certeza absoluta de que Mary Sutherland se entregará al primer hombre que sepa cortejarla; lo que Windibank consigue sin esfuerzo, pues una velada de baile y un par de “encuentros” al anochecer le bastan para convencer a la joven de que acepte ser su esposa, tal y como ésta con­fiesa ruborizada al detective:

 “ — Oh, sí, señor Holmes. Nos prometimos después del primer paseo que dimos juntos. Hosmer… el señor Angel… era cajero en una ofi­cina de Leadenhall Street… y…

  — ¿Qué oficina? 

     Nótese la habilidad con que Watson resume la embarazosa situación de Mary Suther­land y la economía de medios con que la expresa: Los titubeos de la muchacha, el cambio brusco de tema, la nula insistencia de Holmes en co­nocer los pormenores de aquel “primer paseo”. Detalles innecesa­rios por otra parte, ya que a Holmes le resul­taba “evidente que si [Windi­bank] había de conseguir un auténtico efecto, era preciso llevar el asunto todo lo lejos que fuera posible”.

     El comentario de Holmes tiende a sugerir de igual forma que entre Mary y su fugaz pretendiente hubo algo más que un mero intercambio de pala­bras y epístolas ramplo­nas. De no ser así, difícilmente puede entenderse que en tan poco tiempo se llegue no sólo a formalizar un compromiso de matrimonio, sino también a montar todo el cere­monial esponsalicio a es­paldas, supues­tamente, de un padrastro irascible[xiii], que “se ponía como loco” cuando la hijas­tra manifestaba su intención de acudir a algo tan in­sulso y poco peli­groso para su virtud como a “una fiesta de la escuela do­minical”.

     Por el contrario, la plena seducción de Mary Sutherland y su eventual deshonra —auténtica traba a matrimonios futuros— explican mucho mejor la increíble aceptación por parte de la muchacha de una boda urgente y pri­vada (sin invitados, casi clandes­tina) y su nula resistencia a casarse de modo impe­rativo con un hombre del que a fin de cuentas apenas si sabe algo.

     El lector de buena fe puede rechazar este enfoque que aumenta desde luego la abyec­ción del engaño —el “padre” se aprovecha en todos los senti­dos de la hija igno­rante, la madre desnaturalizada consiente—, y se­guir cre­yendo que Mary y su novio se limitaron a “pasear” y “conversar” a la luz de la luna. Pero antes debería descartar que las palabras con que Watson des­cribe los actos de la tierna pareja no fueran eufemis­mos para aludir a la natu­raleza eminentemente sexual de los “encuentros”, sin expo­nerse a la censura de los editores del Strand o a las enmiendas de su melin­droso agente litera­rio.

     Tal posibilidad parece encontrar confirma­ción en «La aventura de Charles Augustus Milverton»; un caso en el que Holmes seduce a la doncella del chantajista para facilitar el posterior alla­namiento de su casa.

     En este episodio memorable, Holmes demuestra tener poco que envidiar a James Windibank en cuanto a técnicas de seducción acelerada, ya que al igual que éste, bajo nombre supuesto y disfraz y, chusca coincidencia, ha­ciéndose pasar por un fontanero con un negocio tan próspero como el del di­funto Mr. Sutherland[xiv], consigue tras un par de “encuentros” que la sirvienta le otorgue sus favores… ¡y se comprometa con él en matrimonio!

     Un proceder cuya dudosa moralidad Watson reprocha indignado a Sher­lock Holmes cuando éste le relata, con la autocomplacencia del señorito ha­bituado a camelar cria­das, su singular manera de progresar en la investi­ga­ción:

“— Y llevó usted las cosas demasiado lejos, ¿verdad?

Era absolutamente indispensable […]Todas las noches he salido a pasear con ella, y todas las noches he hablado con ella. ¡Válgame Dios, y qué conversaciones![xv] 

     A pesar de que el contenido sexual de estos rendez-vous a horas intem­pesti­vas en el jardín de Milverton resulta bastante obvio, adviértase sin em­bargo como se repiten las expresiones neutras empleadas en su momento para delimitar el comportamiento de Windibank con respecto a su hijastra: lle­var el asunto “demasiado lejos”, “hablar” (to talk), “pasear” (to walk) de no­che… Fórmulas imprecisas para nombrar lo innombra­ble sin faltar al de­coro, pero fáciles de interpretar por el lector victoriano, al que no le re­sul­taba cho­cante asociar la acción anodina de “pasear” con el comercio carnal y que em­pleaba incluso el término de “night-walkers”, para aludir a las pe­rendecas que de­ambulaban al anochecer en compañía de hombres[xvi].

     Watson no se limitará sin embargo a mostrarnos la mezquina trastienda del hogar de Mary Sutherland en «Un caso de identi­dad», sino que en una audaz pirueta se atreverá incluso a proponernos una transgresora inversión de un tema con el que los píos victorianos no se habrían atrevido a bromear públicamente.

Julius Schnorr von Carolsfeld, La plegaria de Sara y Tobías (1860)

Julius Schnorr von Carolsfeld, La plegaria de Sara y Tobías (1860)

    En su texto, Lesage identificaba al Cojuelo con “el demonio de la lujuria[xvii], al tiempo que bauti­zaba a la infernal criatura (si es que un dia­blo puede ser sacramentado) con el nombre de Asmodeo[xviii]; nombre correspondiente, en efecto, al de un demonio de amplios poderes mágicos que regía la pasión carnal y los deseos impu­ros en la tradición rabínica.

     Personaje frecuente en los textos talmúdicos, Asmodeo se hizo popular entre los cristianos gracias al cuento bíblico[xix] de Tobías; historia piadosa sobre el amor filial y la santidad del vínculo matrimo­nial, que guarda cierto parecido con los hechos cardinales de «Un caso de identi­dad».

     Según la Biblia, Sara de Ecbatana, hija y heredera única (al igual que Mary Suther­land), obligada a casarse con al­guno de su propia fa­milia para evitar la dispersión de la hacienda paterna[xx] (a su tortuosa ma­nera, lo mismo que pretende Windibank), era tan incapaz como Mary de consu­mar su ma­trimonio por culpa del furioso y “maligno de­mo­nio Asmo­deo”. Es­píritu inmundo que se había encaprichado de ella y que para go­zarla él solo, y disuadir a futuros cortejadores, había matado ya a siete des­posados a pie de tálamo[xxi]. Situación intolerable a la que Tobías puso fin con la ayuda de un án­gel, como es sabido.

     Holmes, por supuesto, no es el Tobías de «Un caso de identidad», pero Windibank, que “ahuyenta a los posibles enamorados” de su hijastra y que “se ponía como loco” cuando Mary declaraba su deseo de asis­tir a algún sarao en el que pudiera encontrarse con otros hombres[xxii], sí pa­rece ser el particular Asmodeo de la infeliz muchacha. Un demonio, tan astuto y lascivo como el de la Biblia, prefigurado por Watson al comen­zar el relato mediante el recuerdo del Asmodeo cojo de Lesage.

     Criatura del aire, identificada con el viento por­tador de la fiebre o con la solana del mediodía que alteraba los sentidos y el jui­cio[xxiii], el Ashmedai se­mita —Perdición, en hebreo—  era un diantre singu­larmente aleve que para tentar a sus víctimas, por lo ge­neral mo­zas casaderas o recién desposadas, y llenar sus espíritus de concupiscencia, solía acer­carse a ellas bajo un aspecto atrayente y dulce cuando estaban a solas. Lo cual no tiene nada de extraño, pues es notorio que “el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz[xxiv]”. Windibank, un bribón de “maneras melosas e in­sinuan­tes”, ilustrará a la perfección esta regla, transformado en modelo de pulcritud y caballerosidad[xxv] ante la mirada miope de Mary Sutherland.

Dante Gabriel Rossetti, Ecce Ancilla Domini (1850)

Dante Gabriel Rossetti, Ecce Ancilla Domini (1850)

     En el momento de la Anunciación, la sospecha de aquella posible presencia en forma angélica de un seductor maligno es, precisamente, la que da sentido a la reacción de temor de la Virgen María al verse frente al Ángel; como dejan en­trever la sobria versión del Evangelio de Lucas (“Mas ella, cuando le vio, se turbó de sus palabras, y pensaba qué salutación fuese ésta[xxvi]”) o los textos más floridos de los Apócrifos:

 Y, al tercer día, mientras tejía la púrpura con sus manos, se le pre­sentó un joven de ine­narrable belleza. Al verlo, María quedó sobreco­gida de temor, y se puso a temblar.[xxvii]

     Repárese en la referencia del pseudoevangelio al tono violáceo del paño tejido por la Virgen. Detalle omitido por san Lucas pero ampliamente inter­pretado por la litera­tura eclesiástica y el arte reli­gioso como un presa­gio del futuro martirio del hijo de María[xxviii].

     Digresiones textiles al mar­gen, la escena de la Anuncia­ción (vuelta del revés, claro) coincide de modo manifiesto con el esquema de la seducción de Mary Sutherland en «Un caso de identi­dad», y así, frente a la di­urna Anun­ciación evangélica, Watson nos ofrece una “anuncia­ción” noc­turna en la que nada falta: Una virgen (maiden) desprevenida lla­mada María[xxix]; un embau­cador de voz “su­surrante” y “timbre muy meloso[xxx] que turba con falsas pala­bras[xxxi] y que se pre­senta bajo el nom­bre refulgente de Hos­mer[xxxii]Angel (sic). La verdad es que por no faltar no falta ni el tejido púr­pura[xxxiii], pues de ese co­lor era el vestido que Mary Sutherland había deci­dido po­nerse para asistir al baile de los ins­talado­res del gas, marco de su primer en­cuentro con el caballeroso se­ñor Angel[xxxiv].

     Como vemos, las cosas no siempre son lo que parecen en las crónicas del Doctor Watson; y si Windibank no dudó en servirse de los Evangelios para demos­trar su total as­cendencia sobre la voluntad de la joven[xxxv], pero también como prueba de su falta de respeto por las Sagradas Escrituras, ¿qué podemos pensar del propio Watson cuando describe el inicio de las relaciones pecaminosas del falso Angel (“Then Mr. Angel began to call[xxxvi]) sirviéndose practica­mente de las mismas palabras (“Then the angel left her[xxxvii]) con que san Lucas con­cluye la Anunciación original?

     El Cojuelo habría sin duda apreciado la humorada.

    © Juan Requena, 1997

 


     [i]Mary Sutherland es el único cliente femenino de Sherlock Holmes que nos es descrito por Wat­son en tonos decididamente groseros. A diferencia de Holmes, que la trata con exquisita cortesía y la califica con malicia de muchacha “interesante” e “impecablemente vestida”, nada hay en esta “mujer gran­dota”, comparada sin piedad con “un barco mer­cante con todas las velas desplega­das”, que la haga acreedora del aprecio de Watson: Su sombrerón es “ridículo”, su ros­tro “inexpresivo”, su estilo de vida “vulgar”, su historia, “intrascendente e incohe­rente”, indigna de  ser escuchada con tanta concentración por el gran detective. Está claro que los prejuicios sociales del Dr. Watson pesan mucho en esta valora­ción tan negativa. Mary Sutherland pertenece a la clase trabaja­dora (una especie rara en el Canon), se gana la vida como mecanógrafa y goza de una cierta independencia económica; aspectos que la alejan ade­más del mo­delo pobre-institutriz-en-apuros tan del gusto de Watson. Pero está claro también que la animosidad del Doctor hacia la joven, mani­fiesta desde el momento mismo en que Mary irrumpe en la sala de Baker Street, guarda directa relación con su lla­mativa forma de vestir. No muy diferente, a ojos de Watson, de la de una fulana en­domin­gada. Detalle que la referencia al tocado “duquesa de De­vonshire” que luce Mary Sutherland avala, por ser éste un modelo muy apreciado por las actrices de music-hall y las prostitutas, a las que se designaba a veces con el apelativo de “grullas” por su afición a los sombreros con plumas largas de colores chirriantes

     [ii]“Ce gracieux Cupidon avait la tête enveloppée d’une espèce de turban de crépon rouge, relevé d’un bou­quet de plumes de coq ou de paon. Il portait au col un large collet de toile jaune, sur lequel étaient dessinés divers modèles de colliers et de pendants d’oreilles. Il était revêtu d’une robe courte de satin blanc, ceinte par le milieu d’une large bande de parchemin vierge, toute marquée de caractères talismaniques. On voyait peints sur cette robe plusieurs corps à l’usage des dames, très avantageux pour la gorge, des écharpes, des tabliers bigarrés, et de coiffures nouvelles, toutes plus extravagantes les unes que les autres” [Alain René Lesage, ob. cit. Libro I, capítulo I].

     [iii]“Je fais des mariages ridicules; j’unis des barbons avec des mineures, des maîtres avec leurs servantes, et des filles mal dotées avec de tendres amants qui n’ont point de fortune” [Alain René Lesage, ob. cit. Libro I, capítulo I].

     [iv]El despojo del heredero por quien está obligado legalmente a cuidar de su bienestar es un motivo tan re­currente en Watson como en Lesage. En este último la obsesión por el tema deriva de su propia biografía: huérfano de madre a los nueve años y de padre a los catorce, Le­sage pasó a depender de unos tíos a los que atri­buyó la malversación de su herencia. Presente en casi todas sus obras, el leitmotiv del tutor desleal aparece tam­bién en Le Diable Boiteux. En el capítulo III de un modo marginal (“L’homme qui écrit […] est un greffier qui, pour obliger un tuteur très reconnaissant, altère un arrêt rendu en faveur d’une pupille”) y con mayor detalle en el capítulo IX, donde el diablo muestra a un muchacho “que son tuteur a fait passer pour insensé, dans le dessein de s’emparer pour toujours de son bien”, al tiempo que cuenta la historia de Doña Eme­renciana, re­cluida igualmente en el manicomio por su tío, más interesado en administrar los bie­nes de la huérfana que en velar por su salud. Watson no es menos redundante en su tratamiento del tema y en apenas diez meses publica en The Strand Magazine tres investigaciones de Holmes con idéntico fondo argumental: «Un caso de identidad» (septiembre de 1891), «La banda moteada» (febrero de 1892) y «La finca Copper Beeches» (junio de 1892).

     [v]Jornada consagrada a Venus, diosa del amor carnal entre los paganos de Roma, y día favo­rito para las andanzas del Diablo según el cristianismo popular, por ser el día de la semana en que expiró Cristo en la cruz.

     [vi]St. Saviour.

     [vii]La etimología del nombre de Jacob propuesta por el Génesis‘el que agarra el talón (ya’qebh) con la mano’ (Gén. 25:26) o ‘el que suplanta’ (ya’qobh) o ‘engaña’ (Gén. 25:36) se basa en un retruécano popular que permite eludir el sentido teóforo original de aquel nombre (Ya’qob-El, ‘Dios protege’) y plantear otro signi­ficado del mismo; menos devoto, sin duda, pero más cohe­rente con la forma de ser de aquel patriarca mendaz y aprove­chado.

     [viii]Gén. 32:25-32. En la historia de Jacob subyace la idea de que la cojera es el precio a pagar por quien se enfrenta al Todopode­roso. Vélez, sin abandonar el tono humorístico, explica también la cojera y el mote de su diablo como secuelas de la caída al abismo de la hueste infernal después de alzarse en vano contra Dios: “Me llamo desta manera porque fui el primero de los que se levantaron en re­belión celestial y de los que cayeron y todo; y como los demás dieron sobre mí, me estropea­ron, y ansí quedé más que todos señalado de la mano de Dios y de los pies de todos los diablos y con este sobrenombre [Luis Vélez de Guevara, ob. cit., Tranco I]. Lesage, en el capítulo II de su novela, recurre en cambio a la mitología clásica y asimila la caída del diablillo a la de Hefestos/Vulcano, que litigó con Zeus y quedó cojo tras ser precipitado desde lo alto del monte Olimpo por el padre de los dioses [Homero, Ilíada 1, 590-592].

     [ix]“Y, doblemente seguro a causa de la miopía de la chica” [«Un caso de identidad»].

     [x]Gén. 27:1-41.

     [xi]En dos ocasiones a través de Holmes: “me temo que no existe ninguna ley que pueda cas­tigar a este gra­nuja […] la ley no puede tocarle”. Y dos veces más por boca de Windibank: “no constituye delito […] es usted quien está faltando ahora a la ley, y no yo. Desde el principio yo no he hecho nada punible” [«Un caso de identidad»].

     [xii]“Le llamo padre, aunque suena a cosa rara, porque sólo me lleva cinco años y dos meses de edad.” Recono­ciendo que le producía “un efecto raro el tener que solicitar su autorización [para contraer matrimonio], no siendo más que unos pocos años mayor que yo” [«Un caso de identidad»].

     [xiii]“Me dijeron que no me preocupara por mi padre, que ya se lo diríamos luego, y mamá dijo que ella lo arreglaría todo” [«Un caso de identidad»].

     [xiv]“Father was a plumber […] and he left a tidy business behind him” [«Un caso de identi­dad»]. “I am a plumber with a rising business” [«Charles Augustus Milverton»].

     [xv]«Charles Augustus Milverton». Los resaltados son nuestros.

     [xvi]Vid. Eric Partridge, Dictionary of the Underworld. Routledge & Kegan Paul, Londres, 1950. Por esa misma época, las prostitutas eran denominadas “promeneuses d’amour” en Francia. El alcance sexual del acto de pasear es señalado ya indirectamente por Samuel John­son en su famoso Dictionary of the English Language de 1755, al analizar el origen del verbo to ramble, procedente, según el Dr. Johnson, de una palabra holandesa que significaría “deam­bular en busca de placer”.

     [xvii]“Je suis le démon de la luxure, ou pour parler plus honorablement, le dieu Cupidon” [Alain René Lesage, ob. cit. Libro 1, capítulo 1].

     [xviii]“En un mot, je m’appelle Asmodée, surnommé le Diable boiteux” [Alain René Lesage, ob. cit. Libro 1, capítulo II]. En la revista Punch, cuya portada diseñó Richard Doyle, tío del agente del Dr. Watson, se publicaron en 1890 bajo la rúbrica The Modern Asmodeus una serie de artículos y poemas satíricos que reivindicaban expresamente el legado burlesco de Lesage. Es muy probable que Holmes o Watson los leyeran.

     [xix]Bíblico para los católicos, ya que el Libro de Tobías está excluido de las versiones hebreas y protestantes del Antiguo Testamento.

     [xx]“Hija única soy de mi padre, el cual no tiene hijo que pueda heredarle, ni pariente próximo con un hijo para quien yo deba guardarme por mujer” [Tob. 3:15, en relación con el mandato de la ley mosaica recogido en Núm. 27:8, al que se alude de nuevo en Tob. 6:12 y 7:12].

     [xxi]“Antes que con ella hubieran tenido vida conyugal [Tob. 3:81]. El método, más expedi­tivo que el de Windibank, es sin embargo tan cruel como el adoptado por el Dr. Grimesby Roylott para impedir las bodas de sus hijastras en otro caso que rezuma lujuria incestuosa [«La banda moteada»]. A la hora de resolver un pro­blema similar, el iracundo Jephro Rucastle parece guiarse en cambio por el modelo clásico del rey de Argos, Acrisio, que encerró a su única hija Dánae en una torre con las puertas de bronce, guardada por perros salvajes, para evitar que engendrara un niño. Rucastle también enclaustró a su primogénita, para impedir que se casara, en las habitacio­nes altas de una finca llamada «Las hayas cobrizas» (nombre evocador del mineral que amal­gamado produce el bronce), bajo la custodia de un mastín hambriento de pelaje broncíneo. Pre­cauciones vanas en los dos casos, pues si Zeus consiguió hacer suya a Dánae atravesando en forma de lluvia dorada la techumbre de la prisión paterna, el novio de Alice Rucastle logró libe­rarla llegando hasta ella… por una claraboya [«La finca ‘Copper Beeches’»].

     [xxii]“He would get quite mad if I wanted so much as to join a Sunday school treat” [«Un caso de identidad»].

     [xxiii]Sal. 91:6.

     [xxiv]2 Cor. 11:14. Lo mismo constata Asmodeo cuando recuerda que es preciso “couvrir le vice d’une apparence agréable, autre­ment il ne plairait pas” [Alain René Lesage, ob. cit. Libro 1, capítulo II].

     [xxv]“Era un hombre muy vergonzoso, señor Holmes […] Sí; era muy retraído y muy caballe­roso […] Siempre iba bien vestido, muy pulcro y discreto” [«Un caso de identidad»].

     [xxvi]Lc. 1:29, según la traducción de Casiodoro de Reina revisada en 1602 por Cipriano de Valera [Biblia del Oso, Sociedad Bíblica Española, edición facsímil 1990].

     [xxvii]Evangelio del Pseudo Mateo (9:2). En el mismo sentido vid, el capítulo IX del Protoevan­gelio de Santiago o el extenso capítulo V del llamado Evangelio Armenio de la Infancia, donde la Virgen, aterrada por la súbita llegada del ángel, se encomienda a Dios mediante una plegaria harto reveladora: “No me entregues a las tenta­ciones del seductor y a las emboscadas del ene­migo (5:2) [Evangelios apócrifos, Ediciones Orbis, SA. – Hys­pamérica Ediciones Argentinas, S.A., Barcelona 1987, vol. 1].

     [xxviii]El morado repre­senta en la sim­bólica cris­tiana la virtud cardinal de la templanza y la expe­riencia dolo­rosa del marti­rio. De morado viste el Cristo Nazareno y morado es el manto de los mártires. Según el barón de Portal, “la Virgen María suele vestir de este color para indicar la madre del Dios sacrificado para salvar a los hombres” [Frédéric de Portal, El simbolismo de los colores. Juan J. De Olañeta,  Editor. Palma de Mallorca, 1989. pág. 119].

     [xxix]Un nombre muy apreciado por Watson y el que más debía escuchar en su propia casa, pues así se lla­ma­ban su primera esposa, Mary Morstan, y su primera criada conocida, Mary Jane [El Signo de los Cuatro y «Un escándalo en Bohemia», respectivamente]. De hecho, María es el nombre de mujer más habitual en el Canon; utilizado en dos ocasiones bajo una va­riante extranjera (Marie y María) y en otras ocho en su forma anglosajona (Mary).

     Nombre de sirvienta en tres casos (la del Dr. Watson, la de la Sra. Maberley y Marie Devine, la doncella francesa de Lady Frances Carfax), Watson parece sin embargo reservarlo para perso­nas desdichadas en su vida sentimental o familiar: Mary Sutherland [«Un caso de identidad»] y Mary Holder [«La diadema de berilos»]. María Pinto, la esposa celosa y suicida del magnate Gibson [«El problema del puente de Thor»]. Mary Fraser, la mujer maltratada de lord Eustace Brackenstall [«La granja Abbey»]. Mary Cushing, adúltera asesinada por su marido [«La caja de cartón»]. Mary Maberley, viuda y madre de un hijo muerto de pulmonía en plena juventud [«Los Tres Gabletes»] y, por su­puesto, la propia Mary Morstan, huérfana de un militar venal, fallecida prematu­ramente tras su matrimonio.

     Segundo en frecuencia (junto con el de Susan), el nombre de Violet aparece cuatro veces a lo largo del Ca­non, pero asociado siempre a muchachas solteras y de muy buen ver que logran salir finalmente bien paradas de las situaciones de riesgo en que se ven envueltas: La presuntuosa Violet De Merville [«El cliente ilustre»]; las institutrices Violet Hunter [«La finca ‘Copper Bee­ches’»] y Violet Smith [«El ciclista solitario»] y, finalmente, Violet Westbury; la menos afortu­nada de las cuatro, ya que su novio es asesinado por el espía Oberstein en el caso de «Los planos Bruce-Partington».

     [xxx]“Sí; era muy retraído y muy caba­lle­roso. Hasta su voz tenía un timbre muy meloso […] y una manera de hablar va­cilante y como si se expre­sara cuchi­cheando” [«Un caso de identidad»].

     [xxxi]¿El verbo, literalmente, se hizo carne? Ya hemos visto que Watson confiere un alcance sexual al acto de hablar, una identificación que uno de los evangelios no canónicos anteriormente citado también apuntaba de modo explícito: El Verbo divino penetró en ella [en María] por su oreja […] Y, en el mismo momento, comenzó el embarazo [Evangelio Armenio de la Infancia, 5:9. Evangelios apócrifos, Ediciones Orbis, SA. – Hyspamérica Ediciones Argentinas, S.A., Barcelona 1987, vol. 1]. Sobre el simbolismo de la oreja en el Canon watsoniano vid. Juan A. Requena, Orejas y zarcillos.

     [xxxii]Osmaro, en castellano, “el que brilla como la gloria de Dios”, según la vieja etimología sajona.

      [xxxiii]“Purple”, en el original. El púrpura en la antigüedad era un color rojo matizado de azul. En los esmaltes heráldicos la mezcla de azur (azul) y gules (rojo) aún se denomina púr­pura y se representa con el color morado.

     La re­ferencias al morado son insistentes en «Un caso de identidad». De terciopelo morado o púrpura eran también “el cuello y los puños” del ves­tido que lle­vaba Mary Sutherland el día de su llegada a Baker Street. Y de color violeta, la ama­tista que adornaba la caja de rapé regalada por el Rey de Bohe­mia a Holmes por su intervención en el asunto de Irene Adler. Presente de ambiguo significado a la vista de quién lo ofrece y por qué, ya que las amatistas solían utilizarse en la con­fección de rosarios y anillos episcopales por su presunta efi­cacia contra la intemperan­cia y los malos pensamientos.

     [xxxiv]Sin otro valor que el de la coincidencia extraña, recordemos que muchos años después de la publicación de «Un caso de identidad», Bryan Mary Julia Josephine Doyle, la hermana pequeña de Arthur Conan Doyle, se casó con un clérigo de verbo pomposo llamado Charles Cyrill Angell.

     [xxxv]“Y me hizo jurar, con las manos sobre los Evangelios, que, ocurriera lo que ocurriera, siempre le seria fiel” [«Un caso de identidad»]. ¿“He aquí a la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra”? [Lc. 1:38]

     [xxxvi]“… el señor Angel inició sus visitas” [«Un caso de identidad»].

     [xxxvii]“Y el ángel partió de ella.” Lc. 1:38, según The Revised English Bible, Oxford University Press & Cam­bridge University Press, 1989.

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4 Responses to “El sabio cojuelo. Un estudio claudicante (y 2)”


  1. 1 Rassendyll
    15 abril 2011 en 16:10

    A Doyle el inconsciente le traicionaba mucho. Enhorabuena, Sr. Bela, por la elección de las ilustraciones. Muy adaptadas a un texto que me sigue pareciendo excelente.

  2. 15 abril 2011 en 17:35

    Creo que se han cargado demasiado las tintas en la “indumentaria inverosímil y chillona”, que Watson supuestamente hubiera relacionado con la de una prostituta. Siempre he pensado que en esos párrafos se describe, meramente, una vestimenta vulgar y poco afortunada… La nota I de esta segunda parte aclara bastante al respecto, en cualquier caso, pero entiendo yo que es el aspecto hoy-seguramente-diríamos-choni de la dama lo que le chirría a Watson más que con una aparente relación con la prostitución en sí.

    En fin, la única pega que le hallo. Por lo demás, el sr. Requena hila tan fino como siempre…

  3. 15 abril 2011 en 22:55

    Apasionante artículo. Rassendyll me habló de él, e incluso posteó un fragmento en un comentario de mi blog y, desde entonces estaba deseando, como sabes, leerlo completo, gracias. También gracias por la dedicatoria 🙂 La verdad es que estoy dándole vueltas a apuntarme a alguna sociedad holmesiana, y, como se suelen adoptar seudónimos tomados del Canon, sería coherente tomar el de alguno de los varios predicadores malvados que en él aparecen.

    A medida que leo a Requena se va diluyendo esa impresión que tenía de que coincido con él. Cualquiera que haya leído el Diablo cojuelo (o su versión francesa) notaría la referencia en el comienzo de IDEN, como yo mismo hice, pero al fino análisis de Requena solo puede llegar él. No es cuestión de coincidir, sino de asentir como un discípulo.

  4. 4 belakarloff
    18 abril 2011 en 11:06

    “Enhorabuena, Sr. Bela, por la elección de las ilustraciones. Muy adaptadas a un texto que me sigue pareciendo excelente”.

    Incluso eso es obra del autor. Hasta ese punto es de atinado en sus artículos.


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