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Abr
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El sabio cojuelo. Un estudio claudicante (1)

Al Predicador Malvado, confiando en que no se llame William Wilson.

 

You look like an angel,

Walk like an angel,

Talk like an angel,

But I got wise,

You’re the devil in disguise.

Elvis Presley, Devil in Disguise.

 

Como preámbulo a la llegada de una de sus clientes al 221B de Baker Street, Watson nos presenta a Sherlock Holmes, visiblemente rela­jado, afir­mando la supremacía de la vida frente a cualquier artificio de la literatura. Sin em­bargo, antes de concluir la discusión con un epigrama que Wilde podría haber sus­crito[i], Hol­mes no encuentra mejor ni más contra­dictorio recurso para adornar su tesis que la uti­lización de una imagen es­trictamente litera­ria:

“Si nos fuera posible salir volando por esa ventana, agarrados de la mano, revolotear por encima de esta gran ciudad, levantar suavemente los tejados y asomarnos a ver las cosas raras que ocurren […], nos re­sultarían por demás trasnochadas e infructíferas todas las obras de ficción, con sus convencionalismos y conclusiones previstas de ante­mano.”[ii] 

El lector habrá advertido que la fantasía evocada por Holmes es el re­flejo exacto de aquel episodio de la novela de Luis Vélez de Guevara, El Diablo Cojuelo, en el que Don Cleofás Leandro Pérez Zambullo, estu­diante ocioso de Alcalá de Henares, tras liberar a un diablejo renco de la redoma en que lo te­nía preso un astrólogo, obtiene en recom­pensa la posi­bilidad de observar la “Babilonia española” desde los aires.

Lorenzo Goñi, El Diablo Cojuelo (Editorial Marte, 1965)

Lorenzo Goñi, El Diablo Cojuelo (Editorial Marte, 1965)

Este viaje prodigioso de Madrid a Sevilla comienza, precisamente, cuando el diablo toma al estudiante de la mano y lo lleva en volandas desde la buhar­dilla del ni­gromante hasta “el capitel de la torre de San Sal­vador”. Iglesia pri­vilegiada por su altura, “mayor atalaya de Madrid”, donde el diablillo, una vez asentado sobre el pi­náculo del campanario, ex­tiende el brazo ante su azorado compañero:

“Y levantando a los techos de los edificios, por arte diabólico, lo hojal­drado, se descubrió la carne del pastelón de Madrid como entonces es­taba, patentemente, que por lo mucho calor estivo estaba con menos ce­losías, y tanta variedad de sabandijas racionales en esta arca del mundo, que la del diluvio, comparada con ella, fue de capas y gorras.”[iii]

En su parquedad, la alusión de Holmes a El Diablo Cojuelo tiene en nues­tro caso un atractivo especial, por ser quizás la única referencia li­bresca del Ca­non watsoniano que entronca con la tradi­ción literaria española; y ello a pesar de que tal vinculación se produzca probable­mente en esta ocasión de un modo indi­recto, pues aquella obra maestra del con­ceptismo barroco, editada en Madrid en 1641, apenas fue cono­cida más allá de nuestras fronteras. Al menos hasta el año de gracia de 1707, en que el francés Alain René Lesage (1668-1747) publicó en París la primera versión (aumentada en 1726 con nuevos episodios) de Le Diable Boiteux, su propia adaptación de la única no­vela de Vélez de Guevara, a quien rendía homenaje en un prólogo escueto destinado en parte a silenciar las acusa­ciones de pla­gio.

Tony Johannot, "Le Diable Boiteux" (1840)

Tony Johannot, "Le Diable Boiteux" (1840)

Bien es cierto que Lesage no incurrió en la traducción —demasiado difí­cil— o la mera copia, sino que ajustó la sátira de El Diablo Co­juelo a los gustos de su época, hasta recrear la historia en un estilo propio, pero conservando el tema central y buen nú­mero de incidentes del patrón castellano. Entre ellos, el recordado por Hol­mes en «Un caso de identidad», el vuelo sobre un Madrid nocturno y exótico transformado en increíble casa de muñecas[iv] por obra del diablo pati­cojo[v].

Aunque nos guste imaginar a Sherlock Holmes leyendo en algún mo­mento la fábula española o escrutando incluso en la biblioteca del British Museum una impresión ma­drileña de 1641 de El Diablo Cojuelo, lo sen­sato es pensar que el detective, con ante­pasados franceses, sólo supiera de Vélez de Gue­vara y de su endemoniada invención a través del texto dupli­cador de Lesage, mucho más popular en Europa y, a diferencia del castellano, pronto traducido al inglés[vi].

Por otro lado, la total ignorancia de la cultura española que Watson de­muestra a lo largo de sus crónicas (ignorancia sólo comparable a la de su agente literario), convierte en poco verosímil la hipótesis de que el Dr. Wat­son tuviera noticia de otro Diablo Cojuelo que no fuera Le Diable Boi­teux de Le­sage. Versión que sí parece haber leído con provecho, tal vez al mismo tiempo que preparaba la entrega de «Un caso de iden­tidad» para su publica­ción en el Strand Magazine en sep­tiembre de 1891.

Con independencia de la posible fuente de su imagen, lo indiscuti­ble es que al invocar al Diablo Cojuelo en la investigación de Mary Suther­land, Holmes se iguala en cierto modo a la traviesa criatura de Vélez y Lesage; so­brevo­lando con su propio don Cleofás —un Watson con la pierna resentida[vii], Co­juelo a su vez del lec­tor— el “gran sumidero[viii] del Imperio, la Ba­bilonia londi­nense, en busca de verdades ocultas. Noción ésta, la de otear el teatrillo humano desde lo alto viendo lo que otros no ven, que se manifiesta de modo muy explícito en «Un caso de iden­tidad». No sólo con la mención indirecta al diablo novelesco y fisgón, sino también con el perfíl de Holmes en la famosa ventana de Baker Street —mitad atalaya, mitad buharda de brujo alqui­mista rodeado de re­tortas y tubos de ensayo—, observando abstraído tras los cris­tales “la gris y monó­tona calle londi­nense”.

Desde la ventana

Desde la ventana

El detective, a semejanza del Cojuelo, se limita además a contemplar los hechos y “el siempre cambiante calidoscopio de la vida[ix] desde una cierta dis­tancia, sin morali­zar en exceso sobre ellos y sin llegar a impli­carse del todo con la materia obser­vada. Mirón incansable y escéptico; sa­bedor, por su pro­pia experiencia, que nada es en verdad lo que parece, y que tras la estampa digna de un Juez de Paz se esconde un an­tiguo con­victo[x] o el “Na­poleón del cri­men tras la figura temblona de un oscuro profe­sor de mate­máticas[xi].

Por supuesto, este principio de la falsedad esencial de las apariencias, clave en El Diablo Cojuelo, está presente en todo momento en «Un caso de identidad», configurando el meollo de una intriga donde la mentira reina a sus anchas e incluso triunfa[xii]; pues Hol­mes desenmascara el engaño, pero no se atreve a revelarlo en toda su sordi­dez a la víctima del mismo[xiii], “vol­viendo —como diría Vélez— a poner la tapa al pastelón[xiv] una vez concluido el caso.

En realidad, si releemos con detenimiento las crónicas holmesianas, vere­mos que Watson ofrece en ellas una descripción del lado noc­turno de la vida humana no muy diferente de las planteadas por Vélez y Le­sage en sus res­pectivas ficciones.

El Diablo Cojuelo (edición de 1646) 

En el Canon watsoniano, aquella “otra vida” a la que hacía referen­cia Vé­lez de Guevara en el subtítulo de su novela, es una Inglaterra no menos pa­ralela y negra, en donde la decencia burguesa se con­funde con­tinua­mente con la crimi­nali­dad y en la que los valores promo­vidos por la ideolo­gía pública del vic­torianismo tar­dío son vapuleados e invertidos con diabóli­cas per­versidad y constancia por dos indi­viduos —Holmes y su biógrafo— consi­derados, para­dójicamente, como la perfecta encarna­ción de esos mis­mos va­lores.

Un vuelo rápido sobre las páginas del Canon no hará más que confirmar nuestro juicio: El ejército, columna vertebral del Imperio y garante último de la pax bri­tannica, no es otra cosa que un nido de delincuentes[xv]. La clase po­lítica, un conjunto de diletantes, que pierden —cuando no roban— documen­tos com­prometedores para la segu­ridad del país[xvi]. La aristocracia, un grupo ocioso, ávido de dinero, que mal­gasta su fortuna y su tiempo en partidas de naipes, carreras de caballos y mantenidas[xvii]. La misión colonial de Gran Bre­taña, una excelente oportunidad para enriquecerse sin reparar en los me­dios, una aventura apta para violentos degenerados como el Dr. Gri­mesby Roylott[xviii] o para caballeretes sin honor que copian en los exáme­nes[xix]. Incluso la dulce campiña inglesa encubre el más “espantoso historial de pecado[xx] que ima­gi­narse pueda detrás de una fachada “sonriente y her­mosa”.

La sobriedad, la honradez, la laboriosidad, valores considerados también como para­digmáticos de la clase media victoriana, están por lo general au­sentes. Los borrachos y los ti­madores abundan en cambio, y los numerosos indianos del Canon ilus­tran a la perfección el dictamen de Balzac[xxi] de que toda gran fortuna tiene en el delito su origen. En cuanto a la famosa beatería victo­riana, apenas si despunta en unos rela­tos en los que las figuras clericales son meramente anecdóticas o decidi­damente anó­malas, como la del vicario Roundhay, comprensivo pro­tector de una pareja de adúlteros[xxii], o la de William­son, el cura inhabili­tado que oficia el matri­monio forzoso de Violet Smith con un rufián repul­sivo[xxiii].

No obstante, es en su particular visión de las instituciones matrimonial y familiar donde Watson demuestra una intención aún más pesimista y sub­ver­siva que la del Diablo Cojuelo.

Erberto Carboni, The Adventures of Sherlock Holmes

Erberto Carboni, The Adventures of Sherlock Holmes

Si tomamos, a título de muestra, las doce investigaciones publicadas en­tre julio de 1891 y junio de 1892 y recopiladas luego bajo el título genérico de Las aventuras de Sherlock Holmes[xxiv] advertiremos de inmediato el número despropor­cionado de casos en los que la problemática matrimonial está pre­sente de una forma u otra en el de­sarrollo de la trama.

Por ejemplo, la boda apresurada y de discu­tida validez legal de Irene Adler y God­frey Norton, contrapunto del inminente enlace de conveniencia del Rey de Bohemia con una princesa escandinava[xxv]. El ma­trimonio nulo del joven James McCarthy con una camarera bígama en «El misterio del valle de Bos­combe». Las desventuras mari­tales de Kate Whit­ney, casada con un opiómano o la gigantesca farsa sobre la que se asienta el modélico hogar de Neville St. Clair en «El hombre del labio retorcido»[xxvi]. El matrimo­nio desgra­ciado de Henry Baker[xxvii]. Las nupcias imposibles y por interés eco­nómico de «El solte­rón aristocrático», o los matrimonios postergados cruelmente por la codicia de los padres de «Un caso de identidad», «La banda moteada» y «La finca ‘Copper Beeches’».

Harper’s Bazaar, Vestido de novia (1884)

Harper’s Bazaar, Vestido de novia (1884)

Como puede verse, estamos lejos de la exaltación del matrimo­nio, en cuanto estado ideal al que toda persona decente debía tender, propagada por la ideología oficial.

Y es que para Holmes y Watson la célula familiar, fundamento mismo del orden vic­toriano, es un es­pacio privado que esconde terribles secretos. Un círculo cri­minal —¿crimi­nógeno?— donde los hermanos se odian[xxviii] y los parien­tes se matan por dinero[xxix]; donde los hijos son maltratados[xxx] o confina­dos por sus pa­dres[xxxi]; donde los cónyuges cometen adulterio, son golpeados, se suici­dan[xxxii] o son asesinados[xxxiii]. El hogar es un ám­bito siniestro en el que cualquier forma de afecto ha desaparecido y en el que hasta los perros pue­den volverse contra sus amos[xxxiv].

Sin miedo a equivocarnos, podemos decir que no hay hogares risueños ni matrimonios dicho­sos en el Canon y «Un caso de identidad» es una muestra, tan buena como cualquier otra, de tan fuliginosa percepción de la vida doméstica.

En cualquier caso, lo mejor será que levantemos la cubierta del Strand Magazine y saque­mos nuestras propias conclusiones con tan sólo variar un poco, como haría el Cojuelo, el punto de vista desde el que se emprende el análisis.





Tony Johannot, Aparición del Diablo Cojuelo (1840)

Tony Johannot, Aparición del Diablo Cojuelo (1840)

 

 © Juan Requena, 1997


     [i]  “No existe nada tan antinatural como lo absolutamente vulgar” [«Un caso de identidad», The Strand Maga­zine, Londres, septiembre 1891].

     [ii] «Un caso de identidad».

     [iii] Luis Vélez de Guevara, El Diablo Cojuelo. Novela de la otra vida traducida a esta. Ma­drid, 1641. Tranco I. Nótese la similitud de la escena con el pasaje de la tentación de Jesús en el desierto según Mt. 4:5-9.

     [iv] El influjo de El Diablo Cojuelo es perceptible todavía en obras contemporáneas, como en La Ventana Indiscreta (Rear Window), película de Alfred Hitchcock de 1954 en la que el reportero fotográfico interpretado por James Stewart, obligado a permanecer en reposo con una pierna rota (!), observa meticulosamente la vida de los vecinos de la casa de enfrente, descubriendo cosas ocultas relacionadas en todos los casos con distintos estadios de las relaciones de pareja.

     [v]  “A ces mots, il ne fit simplement qu’étendre le bras droit, et aussitôt tous les toits disparu­rent. Alors l’écolier vit, comme en plein midi, l’intérieur des maisons, de même, dit Luis Velez de Guévara, qu’on voit le dedans d’un pâté dont on vient d’ôter la croûte.” Alain René Lesage, Le Diable Boiteux. Libro I, capítulo III.

     [vi] La influencia de Lesage en la literatura victoriana fue enorme. Dickens, por ejemplo, confeso admirador del escritor francés, no dudó en comenzar uno de los capítulos de The Old Curiosity Shop (1841) —también sin citar la fuente, lo que indica que era sobradamente conocida por los lectores— con una referencia muy similar a la de «Un caso de identidad»: “El narrador de la historia coge cariñosamente de la mano al lector, y saltando con él al aire y abriéndose paso a través del mismo a mayor velocidad que don Cleofás Pérez Zambullo y su familiar, navega en su compañía por esta agradable región y desciende con él sobre el pavimento de Bevis Mark.” [Charles Dickens, La tienda de antigüedades, capítulo XXXIII].

     [vii]    Aunque el tema de la herida afgana del Dr. Watson sigue siendo objeto de discusión entre los holmesianos, es imposible negar que Watson se describe en el capítulo II de El Signo de los Cuatro como “un médico del ejército con una pierna débil” y que el propio Holmes define en ese mismo caso al agotado Watson, harto de perseguir a Jo­nathan Small durante horas por las calles de Londres, como “un funcionario a media paga que tiene dañado el tendón de Aquiles [El Signo de los Cuatro, capitulo VII].

     [viii]    Estudio en escarlata. Parte I, capítulo 1.

     [ix] «El paciente interno».

     [x]  «La ‘Gloria Scott’».

     [xi]«El problema final».

     [xii]En las ficciones de Vélez y Lesage la mentira y el enredo encar­naban en un demonio cojitranco. La elección de la tara no era fortuita ya que ambos auto­res trataban de enlazar con la cultura popular, que asocia­ba de antiguo al em­bustero con el renco (“la mentira anda con mule­tas”, dice un viejo refrán neerlandés, mientras se nos recuerda en Castilla que “se coge antes a un mentiroso que a un cojo”), pero también con una interpretación simbólica de raíces bíblicas que veía en las deformidades la manifesta­ción visible del  pecado (vid. Lev. 21:17-23). Convicción a la que el Dr. Watson también parece adherirse en sus es­critos (y con bastante más seriedad que Vélez o Lesage) a través de una serie de per­sonajes calificables, por méritos propios, de autén­ticos “diablos cojos”: Jonathan Small, el ladrón con la pata de palo de El Signo de los Cuatro. John Turner, el indiano del valle de Boscombe, antiguo salteador de caminos en Australia. Jack Ferguson, el adolescente claudicante de «El vampi­ro de Sussex». Josiah Amberley, el avaro uxori­cida con una pierna artificial de «El fabricante de colores retirado». Hugh Boone, el falso men­digo de Threadneedle Street, que cojeaba al andar y cuyo pelo ber­mejo (como el del Boi­teux) evoca la cabellera rojiza de Duncan Ross, el embaucador de «La liga de los pelirrojos» que despista a su víctima con una dirección falaz, co­rres­pondiente en realidad a la razón social de una fábrica de… prótesis para las rodillas.

     [xiii]Sherlock Holmes cierra la historia con un dicho que atribuye al poeta persa de inspiración sufí Mohamed Shams al-Din, llamado Hafiz (1326-1390): “Tan peligroso es quitar su cachorro a una tigresa como arrebatarle una ilusión a una mujer”. A pesar de loables intentos, nadie ha logrado encontrar tal proverbio en la obra de Hafiz, ni en las de otros autores, a decir verdad; por lo que no es improbable que Holmes se estuviera inventando el texto y la supuesta fuente.

     [xiv]Luis Vélez de Guevara, ob. cit. Tranco II.

     [xv]Recuérdese al mayor Sholto, al capitán Morstan, al coronel Moran y a tantos otros militares de dudoso pasado colonial.

     [xvi]Los casos de «El tratado naval », «La segunda mancha » o «Los planos Bruce-Partington» ofrecen buenos ejemplos.

     [xvii]La lista es interminable: Lord Robert St Simon, Ronald Adair, sir Robert Norberton, el Rey de Bohemia …

     [xviii]«La banda moteada».

     [xix]«Los tres estudiantes».

     [xx]«La finca ‘Copper Beeches’».

      [xxi]En «Un caso de identi­dad» se recoge, por cierto, una mención explícita a Honoré de Balzac (1799-1850). Concreta­mente, al analizar las cartas del pretendiente de Mary Sutherland; misivas “vulgares” de las que Holmes sólo destaca el que en ellas se “cita una vez a Balzac”. Por des­gracia, Watson no indica si la alusión a Balzac es expresa, ni el texto citado por Win­dibank; lo que permitiría determinar el grado de conocimiento que Sherlock Hol­mes tenía de un autor que tal vez fuera de su gusto. No se olvide que Balzac —calificado por uno de sus amigos como “el Lesage del siglo XIX”— era un apasionado de la frenología de Gall, la fisonomía de Lavater, las investigaciones científicas de Cuvier y el mundo de los criminales en general. As­pectos que no eran ajenos ni a la profesión ni al bagaje intelectual de Holmes. Es po­sible además que éste apreciara en particular el Etude des moeurs par les gants (1830); un autén­tico ejercicio deductivo basado en la observación de un par de guantes donde Balzac anticipaba a su manera los métodos —y las monografias expertas— del propio Holmes. El cual, dicho sea de paso, tam­bién extrae conclusiones sobre las costumbres de Mary Sutherland al ojear su guante roto.

     Las razones del interés de Windi­bank por el novelista se nos escapan; aunque no deja de ser curioso que este sacacuartos, casado con una viuda entrada en años, cite a un autor eternamente endeudado al que se le daban bien las maduritas adineradas. Mujeres siempre mayores que él, como Mme. de Berny, Mme. Carraud o Mme. Hanska, de las que el literato obtuvo consuelo amoroso y amparo económico.

     En otro orden de cosas, la concepción de un grupo secreto que regía la vida parisina bajo la dirección del antiguo galeote Ferragus (“La Sociedad de los Trece”) o las figuras demiúrgicas del ex-presidiario Jacques Collin (Vautrin), un genio del crimen que opera en la sombra, y del barón Nucingen (“el Napoleón de las finanzas”), un ser brumoso que lo puede todo gracias a su domi­nio de la abstracción máxima (el dinero), son referencias que inducen a pensar que Balzac pudo ser también un autor muy estimado por el Profesor Moriarty.

     [xxii]«El pie del Diablo».

     [xxiii] «El ciclista solitario».

     [xxiv]The Adventures of Sherlock Holmes. Newnes, Londres 1892.

     [xxv]«Un escándalo en Bohemia».

     [xxvi]Neville St Clair en su papel del falso mendigo ‘Hugh Boone’ es heredero directo de los pedigüeños simu­lado­res de Lesage que gastaban en bacanales noctur­nas los cuartos mendigados durante el día en las iglesias de Madrid: “Regardez attentivement les trois qui vont ensemble du même côté. Celui qui s’appuie sur des béquilles, qui fait trembler tout son corps et semble marcher avec tant de peine, qu’à chaque pas vous diriez qu’il va tomber sur le nez, quoiqu’il ait une longue barbe blanche et un air décrépit, est un jeune homme si alerte et léger, qu’il passerait un daim à la course. L’autre, qui fait le teigneux, est un bel adolescent dont la tête est couverte d’une peau qui cache une chevelure de page de cour. Et l’autre, qui paraît un cul-de-jatte, est un drôle qui a l’art de tirer de sa poitrine des sons si lamentables, qu’à ses tristes accents il n’y a point de vieille qui ne descende d’un quatrième étage pour lui apporter un maravédis.” [Alain René Lesage, ob. cit. Libro II, capítulo VI]. Estos libertinos de buena familia que vivían “en communauté comme des moines”, bien podrían ser el antecedente litera­rio de “la Sociedad de Mendigos Aficionados”; una misteriosa cofradía, investigada por Holmes, que celebraba sus reuniones en el sótano lujoso de un guardamuebles [«Las cinco pepitas de na­ranja»].

     [xxvii]«El carbunclo azul».

     [xxviii]«El colegio Priory», «El vampiro de Sussex»…

     [xxix]El sabueso de los Baskerville, «El pie del diablo», «El detective moribundo»… Recuérdese también el terrible comentario con que Holmes sorprende al Dr. Watson en El Signo de los Cuatro: “la mujer más atractiva que conocí fue ahorcada por haber envenenado a tres niños para cobrar el dinero del seguro”.

     [xxx]«La banda moteada», «Peter ‘El Negro’».

     [xxxi]«La cara amarilla», «El soldado de la piel decolorada».

     [xxxii]«Los lentes de oro», «El problema del puente de Thor».

     [xxxiii]«La granja Abbey», «La segunda mancha», «El cliente ilustre», «La caja de cartón», «La inquilina del velo», «El fabricante de colores retirado».

     [xxxiv]«La finca ‘Copper Beeches’», «El hombre que reptaba».

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6 Responses to “El sabio cojuelo. Un estudio claudicante (1)”


  1. 1 belakarloff
    12 abril 2011 en 7:48

    Ayer publicábamos una primera parte, y hoy otra. A lo largo de la semana daremos por cerradas ambas entregas.

    Aquí, de nuevo, otro de esos eruditos artículos de nuestro amigo Requena.

  2. 2 Jabez Wilson
    12 abril 2011 en 9:45

    I‎impressionnant!
    Mon cher Maupertuis

  3. 3 belakarloff
    12 abril 2011 en 11:07

    Y además, me sirve de documentación para un artículo que tengo casi completo…

  4. 12 abril 2011 en 19:45

    Caray!!! Menuda entrada. Impresionante trabajo y muy bien documentado, enhorabuena.

  5. 5 belakarloff
    12 abril 2011 en 20:09

    Cierto, menudo trabajo. Por cierto, bienvenido, mi teniente.

  6. 6 Rassendyll
    12 abril 2011 en 20:52

    El artículo está muy bien. Tuve la oportunidad de leerlo en una de las publicaciones de la Sociedad de Mendigos Aficionados de Madrid.


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