24
Mar
11

Noli me tangere. Representaciones de la sífilis en el Canon (2ª parte)

Ahora bien, la sustitución de la lepra por una discutible ictiosis[i] plan­tea sus propios problemas, pues la piel escamada que caracteriza a ésta aparece también como signo cutáneo en la fase secundaria de la sífilis, si hemos de hacer caso al buen juicio médico del agente literario del Dr. Watson cuando afirma, en su estudio juvenil sobre la tabes dorsalis, que:

The skin during this time has been pallid, dry and cold, and sub­ject to various eruptions, to herpes, pemphigus, erythema, and a condition re­sembling icthyosis.”[ii]

Sea como fuere, «El soldado de la piel decolorada» nos ha proporcio­nado los tres elementos que conforman en el Canon la representación indirecta de la sífilis. 

 
 

Esquema

Esquema

 

Tres piezas que hábilmente integradas en la narración permitían al lec­tor identificar la posible presencia del mal venéreo en el trasfondo de aquella sin tener que nombrarlo expresamente. Los casos de «La cara amarilla» y «El cliente ilustre» nos permitirán demostrar, creemos que de forma irrebatible, lo que hasta ahora pudiera parecer nada más que una hipótesis rebuscada.

Anterior desde el punto de vista cronológico y obra no de Holmes sino de Watson, «La cara amarilla»[iii] presenta sin embargo notables similitu­des con «El soldado de la piel decolorada».

Tenemos, por supuesto, ‘el rostro inhumano’, que el cliente de Holmes, el Sr. Grant Munro, descubre accidentalmente cuando mira hacia una casita aislada cercana a la suya:

“… una cara me estaba observando desde una de las ventanas del piso alto. No sé lo que vi en aquel rostro, señor Holmes, pero me pareció sentir un escalofrío por toda la espalda. Estaba un poco alejado, de modo que no pude distinguir las facciones, pero aquella cara tenía algo de inhumano y anormal […] No sabría decir si la cara pertenecía a un hombre o a una mujer. Pero fue el color lo que más me impresionó. Era de un amarillo lívido, apagado, y en ella había algo forzado y rígido que de manera chocante pare­cía poco natural.”

Tenemos también la alusión a la lepra, pues Holmes, erróneamente, cree que aquella cara es la del primer marido de la señora Munro; un hom­bre, según él, que había desarrollado “ciertas cualidades odiosas” o con­traído “alguna enfermedad detestable y se convirtió en un leproso o un alelado”, al que ella abandonó en Norteamérica y que ahora habría re­aparecido con intenciones poco claras.

Y tenemos, como no, al ‘extranjero contaminante’, de nuevo en un con­texto de mezcla de razas, pues el misterioso ser de la ventana es la hija de piel demasiado negra[iv] que Effie Munro mantiene oculta por te­mor a que su segundo esposo la repudiara, al descubrir que había es­tado casada anteriormente con un abogado de Atlanta de origen afri­cano[v], muerto en los Estados Unidos durante una epi­demia de fiebre amarilla.

Sidney Paget – The Yellow Face (1894)

Sidney Paget – The Yellow Face (1894)

Al igual que ocurría en «El soldado de la piel decolorada», también nos encontramos aquí con el confinamiento secreto por voluntad de su pro­genitor de un hijo de piel manchada (‘impuro’[vi]), al que se asocia en un primer momento tanto con un acto considerado vergonzoso o culpable, como con una enfermedad exótica e infecciosa (lepra-vómito negro) que afecta a la epidermis.

Watson, para mayor desasosiego de sus lectores, mantendrá hasta el final las dudas en torno a la presunta enfermedad de la criatura en­cerrada en el cottage de Norbury, haciendo hincapié en lo repelente de su fisonomía y en sus manos enguantadas:

… tenía el rostro de cara a la pared, pero pudimos ver que llevaba un vestido rojo y largos guantes blancos. Al volverse bruscamente hacia nosotros, di un grito de sorpresa y de horror. La cara que ahora nos mi­raba era de un tono lívido de lo más extraño, y sus facciones carecían por completo de cualquier expresión.”   

Pero la anormalidad facial del personaje resultará nuevamente enga­ñosa al ser tan sólo el efecto de una máscara como la que el mayordomo Pool creyó ver sobre el rostro de su patrón, el Dr. Jekyll, en una escena de la novela de Stevenson que muestra ciertas afinidades formales con «La cara amarilla», pues el semblante angustioso que el sirviente vis­lumbra fugazmente[vii] es interpretado también por uno de los amigos del médico, el abogado Utterson, como el resultado de… una enfermedad indecible:

“Su amo, Poole, ha contraído alguna de esas enfermedades que tortu­ran y deforman al que las padece, de ahí podría provenir, hasta donde a mí se me alcanza, la alteración de su voz, que use una máscara y re­húya el trato con sus amigos.”[viii]

La explicación de Utterson, tan errónea como la de Holmes, demuestra en cualquier caso que Stevenson y Watson compartían referentes a la hora de dotar de significado a un hecho análogo. Y que esos referentes eran también los de sus lectores cómplices.

Si la sífilis era una presencia amenazante pero no real en «La cara amarilla» y «El soldado de la piel decolorada», algo distinto ocurre en «El cliente ilustre»[ix], el último relato sobre el que nos detendremos en este breve ensayo.

Howard Elcock – The Illustrious Client (1925)

Howard Elcock – The Illustrious Client (1925)

En «El cliente ilustre», el rey Eduardo VII encomienda a Holmes por persona interpuesta que evite a toda costa el matrimonio de la joven Violet de Merville con el barón Gruner[x], un noble austríaco con fama de conyugicida y disoluto.

Sin vínculo evidente con los otros dos casos, la crónica recoge empero todos los elementos que sirven para representar la sífilis en el Canon.

La lepra, a la que se alude en dos ocasiones. La primera de ellas al describir Watson el rostro enfermizo de una antigua querida del barón Gruner llamada Kitty Winter:  

“una muchacha delgada como una llama, de rostro pálido y expre­sión intensa, aún joven, pero tan consumida por el pecado y el dolor que po­dían leerse en su cara los años terribles que habían dejado en la misma su huella leprosa.”

La segunda referencia al mal de Hansen la realizará Holmes al relatar su visita a Violet de Merville y la frialdad con que tanto él como Miss Winter fueron acogidos en su casa —como “dos mendigos leprosos”— por una joven nada dispuesta a escuchar sus consejos.

Félicien Rops – Indigencia (1882)

Félicien Rops – Indigencia (1882)

La “leprous mark” en el semblante de la prostituta[xi] Kitty Winter es fácil de interpretar, ya que es la consecuencia directa de la vida de “pecado” en que en esta mujer ha vivido tras sucumbir al roce corruptor de Gruner, como explícitamente le recuerda a Holmes (“soy lo que Adelbert Gruner hizo de mí”) o a la nueva conquista del barón:

“Soy una de las cien que él ha seducido, utilizado, arruinado y ti­rado después a la pila de los desperdicios, como hará en su caso; aunque el montón de basura al que irá a parar será más proba­blemente una tumba, y eso quizás sea lo mejor para usted.”

El alcance físico y no sólo moral de la corrupción es incuestionable, y lo dejan claro Miss Winter, al advertir a Violet de Merville del peligro que corre de acabar muerta o convertida en lo que ella es ahora, y el propio Holmes al describir, de modo muy carnal, por cierto, el porvenir que le espera a la joven si persiste en su deseo de contraer matrimonio con el austríaco: 

Le pinté la espantosa situación de la mujer que descubre el ver­dadero carácter de un hombre después de que ya es su esposa; una mujer que tiene que resignarse a ser acariciada por manos ensangrentadas y la­bios lúbricos. No le escatimé detalle: la ver­güenza, el terror, la angustia, la desesperación [los resaltados son nuestros].”

Gruner, “venenoso como una cobra”, es obviamente el ‘extranjero con­taminante’ que degrada (con­tagia) a sus víctimas a través de una sexuali­dad destructiva[xii]; un foráneo tan promiscuo como el dueño de un harén, que presenta, a pesar de su nacionalidad austríaca, los rasgos propios de un hombre de otra raza:

“El rostro era moreno, casi oriental, con ojos grandes, negros y lángui­dos, que debían ejercer una fascinación irresistible sobre las mujeres. Su cabello y el bigote eran tan negros como un cuervo.”

Este exotismo de Gruner lo acentuará además Watson con otros ele­mentos circunstanciales: la pasión del barón por los objetos de Oriente y la suntuosidad excesiva de su residencia, una “pesadilla arquitec­tónica” edificada por un indiano enriquecido en África del Sur.

Eugène Grasset – La Vitrioleuse (c. 1894)

Eugène Grasset – La Vitrioleuse (c. 1894)

Para completar el triángulo de la representación de la sífilis en este tercer relato, la hermosa faz bronceada del barón Gruner se transmutará en el ‘rostro inhumano’ al final de la historia, cuando Miss Winter la rocíe con vitriolo dejando al noble vicioso cual “mártir desfigu­rado”[xiii], con las manos contaminantes[xiv] irremisiblemente dañadas y el perfíl carcomido de un Dorian Gray en las últi­mas:

“El vitriolo lo iba devorando por todas partes y goteaba por las orejas y la barbilla. Uno de los ojos estaba ya blanco y opaco. El otro rojo e in­flamado. Las facciones que momentos antes había admirado, eran ahora como un bello cuadro sobre cuya superficie el artista había pa­sado una es­ponja húmeda y sucia. Se habían borrado, perdido el color, deshumanizado, vuelto terribles.”

La deshumanización del rostro es en este caso total, pues la nueva cara refleja, como en los respectivos finales de Gray, de Madame De Merteuil[xv] o de la Naná de Emile Zola[xvi], la absoluta podredumbre interior del personaje desde el punto de vista moral.

El “rostro espantoso” del barón Gruner nos remite por otra parte a la cara espectral del mismísimo Holmes, cuando éste irrumpe herido en la casa del aristócrata. Una cara en la ventana[xvii], evocadora de las de Ems­worth o Lucy Hebron, que Watson asocia, como en el caso de estos, ¡con una enfermedad infecciosa con manifestaciones cutáneas[xviii]! Aunque esta remisión no es la más obvia ya que el contrapunto de la cara de Gruner es, por supuesto, el rostro desgastado por el pecado de la propia Kitty Winter.

Félicien Rops - Coin de rue, Quatres heures du matin (c.1878-1881)

Félicien Rops - Coin de rue, Quatres heures du matin (c.1878-1881)

Imagen engañosamente especular de Violet de Merville[xix], el ideal de pureza que guarda en su nombre el vitriolo y el salvaje final del barón Gruner en un perfecto anagrama,

V I O L E T   D E   M E R V I L L E

M E L T   V I L E   E V I L D O E R[xx]

Miss Winter revela gracias al ácido lo que la bella máscara de Gruner ocultaba y, al hacerlo, iguala al corruptor con la víctima en un acto de justi­ciera sime­tría, pues la desfiguración de Gruner es la retribución que éste ha merecido por causa de su “vida infame[xxi], una calamidad que se ha buscado el solo; lo que Holmes recalca al Dr. Watson mediante una muy oportuna paráfrasis de san Pablo:

“El precio del pecado, Watson, el precio de pecado[xxii] […] Tarde o tem­prano, llega la hora de pagar. Y bien sabe Dios que aquí había pecados de sobra.” 

El precio del pecado” —the wages of sin— era, por cierto, una de las expresiones bíblicas con que solía designarse en tiempos victorianos a las enfermedades de transmisión sexual.

Bajo este particular enfoque, la necesidad de impedir por cualquier me­dio la boda de Violet de Merville adquiere una especial urgencia, pues Gruner, el extranjero vicioso y polígamo, no es sólo un corruptor que amenaza con quebrantar la inocencia de la muchacha al arrastrarla por los caminos de una sexualidad degradante (la situación de Miss Winter y el libro con fotografías en el que Gruner detalla sus conquistas así lo prueban), sino un verdadero asesino que busca destruir al “angel del hogar” con el veneno insidioso de la enfermedad que porta en su interior. Una realidad aún más oscura y angustiosa que la estricta­mente literal que Watson permitía al lector descubrir, sin necesidad de explicitarla, mediante el uso hábil de una tríada conceptual invariable, como creemos haber demostrado, desde la publicación de «La cara ama­rilla».

© Juan Requena, 2003


      [i]     El vitíligo habría sido quizás una mejor opción en términos de diagnóstico.

     [ii]   Arthur Conan Doyle, «An Essay upon the Vasomotor Changes in Tabes Dorsalis and on the Influence which Is Exerted by the Sympathetic Nervous System in that Disease» en The Edinburgh Stories of Arthur Conan Doyle. Edinburgh University Stu­dent Publications Board, 1981, págs. 81 a 86.

      [iii]   «The Adventure of the Yellow Face», The Strand Magazine, febrero de 1893.  Todas las citas de este relato han sido actualizadas para el presente blog conforme a la traducción española de Juan A. Molina Foix de «La cara amarilla», en Las memorias de Sherlock Holmes, Valdemar – Enokia, S.L., Madrid 2004.

      [iv]  Según Watson, Lucy Hebron era negrita como el tizón”. Rasgo en el que su ma­dre abunda al confesar que,

“tuvimos la desgracia de que nuestra única hija se pareciera a su gente más que a la mía. Así ocurre a menudo en tales matrimonios, y la pequeña Lucy es mucho más morena de lo que jamás lo fuera su padre”.

     Ahora bien, si Mendel y sus guisantes no yerran, esto no es precisamente lo que ocurre en semejantes uniones. La piel de la niña sería la de una mulata, pero nunca presentaría una negritud tan acentuada como la de Lucy … A no ser que la madre tuviera a su vez algún antepasado africano pese a ser británica, lo que encajaría mejor con su problemático matrimonio norteamericano con un hombre de color.   

     [v]   Aunque Effie Munro afirma que contrajo matrimonio con John Hebron, lo cierto es que el origen extramarital de su hija explicaría más satisfactoriamente su voluntad de ocultar a una niña ante todo ilegítima. Por otra parte, el matrimonio interracial estaba prohibido en el Estado de Georgia, por lo que Hebron y Effie nunca podrían haber vi­vido en Atlanta como marido y mujer. Salvo que también ella tuviera sangre negra, como ya apuntamos en la nota anterior, o que se tratase de la Atlanta del Estado de Nueva York, donde los matrimonios mixtos fueron permitidos a partir de la década de 1880, según refiere Robert H. Schutz en «Some Problems in “The Yellow Face”» [The Baker Street Journal, vol. XII, nº 1, marzo de 1962, pág. 31]. No obstante, la conclu­sión del caso revela que Grant Munro era un hombre muy liberal para su tiempo y que amaba mucho a su mujer.

     [vi]  Es curioso el modo en que Watson comparte ciertas imágenes con su agente. En «The Surgeon of Gaster Fell», donde asistimos a una situación inversa (un hijo man­tiene bajo custodia a su padre enfermo), Doyle señala que el hijo del loco prisionero tenía también una mancha blanca de ácido en la cara: ¿el estigma infamante de la culpa?

     [vii]  “Levantó la vista cuando yo entré, lanzó una especie de grito, y trepó escaleras arriba hacia el gabinete. Lo vi apenas un minuto, pero se me pusieron los pelos de punta. Señor, si aquel era mi amo, ¿por qué llevaba una máscara sobre su cara?” [Robert Louis Stevenson, The Strange Case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde. Longmans, Green & Co., Londres 1886. Cap. VIII, «The Last Night». Trad. española de Carmen García Trevijano, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Ediciones Cátedra, S.A., Madrid 1995, pág. 141].

      [viii] Robert Louis Stevenson, ibidem.

     [ix]  «The Illustrious Client», Collier’s Weekly, noviembre de 1924. También en este caso hemos optado por una traducción directa del original inglés. 

      [x]    Sobre el particular interés de Eduardo VII en este caso vid. Juan Requena, El cliente ilustre del barón Gruner. Edición privada. París 2003.

     [xi]  Aunque no se la designe como tal, su condición se deduce cómodamente del relato y de las propias palabras de la mujer: “Soy fácil de encontrar —dijo la joven—. ¡Qué demonios, en Londres siempre se me consigue!”. El hecho de que conozca bien a Shinwell ‘Porky’ Johnson,  un ex convicto confidente de Holmes con acceso “a todos los clubes nocturnos, pensiones baratas y garitos de juego de la ciudad”, sugiere que Winter se encontraba además en lo más bajo de su profesión, 

     [xii]  Un enfoque muy interesante para la época, pues invierte el papel que los victoria­nos atribuían a las meretrices en cuanto únicas responsables en la transmisión de las enfermedades venéreas. Hemyng resume brutalmente esta opinión mayoritaria en su obra ya comentada:

A woman was pointed out to me in a Music Hall, who my informant told me he was positively assured had only yesterday had two buboes lanced […] The woman was nothing better than a paid murderess, committing crime with impu­nity. She was so well known that she had obtained the soubriquet of the “hos­pital” as she was so frequently an inmate of one, and as she so often sent others to a similar involuntary confinement” [B. Hemyng, ob. cit. pág. 235].

      Para el legislador, los clientes de las prostitutas en modo alguno eran culpables  de la difusión de la plaga, como se concluye fácilmente de la serie de disposiciones apro­badas por el Parlamento británico entre 1864 y 1869 para atajar el problema venéreo. Las Contagious Diseases Acts iban, en efecto, dirigidas única­mente a las rameras; obligadas a registrarse en la localidad donde ejercieran sus acti­vidades y a comunicar a la policía sus cambios de domicilio, al tiempo que facultaban a los agentes del orden a examinar por la fuerza, mediante el aterrador speculum va­ginal, a cualquier “common prostitute” (el concepto era amplio) de la que sospechasen que podía estar infectada. De ser el caso, la mujer era recluida por tiempo indefinido y hasta su pre­sunta curación en los temibles Lock Hospitals, antiguos lazaretos. Abusi­vas e inope­rantes, las Contagious Diseases Acts fueron suspendidas en 1883 y defini­tivamente derogadas por la entrada en vigor de la Criminal Law Amendment Act de 1885. La nueva norma obviaba los aspectos sanitarios y sin declarar ilícita la prostitu­ción, sí que sentaba las bases para ello, al perseguir con mayor dureza la explotación sexual de los menores, el proxenetismo y la tenencia de burdeles.

     [xiii] La doble identificación del barón Gruner con la figura de un mártir, realizada con ironía por sir James Damery al arrancar el caso y por Holmes a su término, su­giere que Adalbert Gruner pudiera ser una inversión paródica del santo de su onomás­tica, san Adalberto de Praga (c.956-997).

     San Adalberto era —como Gruner— de origen noble (su familia pertenecía a la casa de los Slavník, príncipes de Bohemia). Hombre de gran cultura, había viajado por varias cortes euro­peas, hablaba diversas lenguas y poseía una extensa colección de libros (todos estos rasgos se dan también en Gruner). Nombrado obispo de Praga en el año 981, Adalberto hubo de abandonar la ciudad en 990 ante la violenta oposi­ción que provocaron sus prédicas contra la poligamia (Gruner co­leccionaba mujeres), el amancebamiento de los clérigos (la castidad no era, precisamente, una de las pre­ocu­paciones mayores del barón) y la práctica de la esclavitud entre cristianos (según to­dos los indicios, Gruner arrastró a Kitty Winter a esa venta de un cuerpo por un pre­cio que es la prostitución). Tras encontrar refugio en un monasterio de Roma, Adal­berto regresó a Praga en cumplimiento de un mandato papal; pero la ciudad del Mol­dava nunca fue favorable a la tarea pastoral del obispo y, de nuevo, tuvo que huir de ella tras el trágico asesinato en el atrio de su iglesia de una mujer declarada adúltera a la que había proporcionado santuario eclesiástico (Gruner había asesinado a su pri­mera esposa, crimen conocido entre los que frecuentaban al ba­rón como “el asunto de Praga”). Perseguido por el duque Boleslao II de Bohemia (del mismo modo que Gruner cuenta con la enemistad de Eduardo VII, “el cliente ilustre” del relato, en el que algu­nos estudiosos han querido ver también al canónico Rey de Bohemia), el obispo Adal­berto erró como misionero por tierras eslavas, hasta encontrar una muerte mártir (fue alanceado, des­pellejado con garfios y arrojado al río) entre los paganos de Pomerania.

      [xiv] “Resultaba repugnante sentir el torpe refregar de sus manos abrasadas”. El término inglés, pawing, que hemos traducido por refregar, es mucho más explícito al remitir al roce de una extremidad animal o al manoseo que ensucia: “To feel or touch clumsily, rudely or sexually” (Merriam-Webster).

     [xv]  Chaderlos de Laclos expresa la idea de forma magistral al describir la suerte de la muy libertina Marquesa de Merteuil en el desenlace de Las amistades peligrosas:

 “J’avais bien raison de dire que ce serait peut-être un bonheur pour elle de mourir de sa petite vérole. Elle en est revenue, il est vrai, mais affreusement défigurée ; et elle y a particulièrement perdu un œil […] Le Marquis de***, qui ne perd pas l’occasion de dire une méchanceté, disait hier, en parlant d’elle, que la maladie l’avait retournée, et qu’à présent son âme était sur sa figure [Pierre-Ambroise-François Chaderlos de Laclos, Les liasons dangereuses ou Lettres recueillies dans une société et publiées pour l’instruction de quelques autres. Paris 1782. Cuarta Parte, carta 175. El resaltado es nuestro].

      La disolución del rostro se asocia también aquí con una enfermedad infecciosa, la viruela o “petite vérole”; calificativo que solía emplearse para distinguirla de la sífilis o “grande vérole”. De nuevo una enfermedad sirve para ocultar otra.

     [xvi] Lo mismo ocurre en el final no menos moralizante de la prostituta Naná:

“Les pustules avaient envahi la figure entière, un bouton touchant l’autre; et, flétries, affaissées, d’un aspect grisâtre de boue, elles semblaient déjà une moisissure de la terre, sur cette bouillie informe, où l’on ne retrouvait plus les traits. Un œil, celui de gauche, avait complètement sombré dans le bouillon­nement de la purulence; l’autre, à demi ouvert, s’enfonçait, comme un trou noir et gâté. Le nez suppurait encore. Toute une croûte rougeâtre partait d’une joue, envahissait la bouche, qu’elle tirait dans un rire abominable. Et, sur ce masque horrible et grotesque du néant, les cheveux, les beaux cheveux, gar­dant leur flambée de soleil, coulaient en un ruissellement d’or. Vénus se dé­composait. Il semblait que le virus pris par elle dans les ruisseaux, sur les cha­rognes tolérées, ce ferment dont elle avait empoisonné un peuple, venait de lui remonter au visage et l’avait pourri[Emile Zola, Nana, G. Charpentier, París 1880. Cap. XIV. El resaltado es nuestro].

      Aunque la idea de la prostituta contaminante constituye la tesis central de la no­vela, lo cierto es que en Nana nunca se habla de la sífilis. No obstante, la muerte del personaje principal a causa de la viruela negra o viruela hemorrágica es, de nuevo, perfectamente intercambiable con la de un leproso bíblico o un sifilítico del siglo XV poco menos que descompuesto en vida.

     [xvii]   “La ventana por la que se accedía al jardín estaba abierta de par en par. De pié junto a ella se hallaba Sherlock Holmes, semejante a un terrible fantasma, con la ca­beza envuelta en vendajes ensangrentados y la cara demacrada y blanca”. El rostro inquietante en la ventana es una de las imágenes más recurrentes del Canon; una bagatela de Morelli, asociada muy posiblemente a algún tipo de penoso recuerdo para el Dr. Watson, que merecería ser analizada con cierto detenimiento.

     [xviii]   La erisipela. Recordemos las alusiones a la ictiosis en el caso de Emsworth y a la fiebre amarilla en el de Lucy Hebron.

     [xix] Violet de Merville, “una mucha­cha encantadora e ino­cente”, a la que Holmes com­para signi­ficativa­mente con “una madre abadesa” o una “cria­tura del Más-allá” y Kitty Winter, la mujer “consumida por el pecado”, son un trasunto del viejo binomio simbólico Ma­ria–Eva y la manifestación extrema de una antítesis muy victoriana — ‘el ángel del hogar’ y ‘la mujer caída’— que Watson resuelve, no sin ambigüedad, a tra­vés del perso­naje femenino que con mayor claridad encarna el elemento negativo de tal dicotomía, la se­ño­rita Kitty Winter, a quien Wat­son reserva sin embargo el cometido de vengadora de su sexo y a la que dota, en cuanto personificación de la justicia in­manente, de rasgos in­contestablemente maria­nos. Para confirmar tal conclusión bas­taría con revisar las palabras que la mu­jer utiliza para explicar los mo­tivos por los que está dispuesta a colabo­rar con Holmes en la ruina del barón Gruner:

No es dinero lo que busco. Si llego a ver a ese hombre arras­trándose en el fango, me conside­raré bien pagada… en el fango y con mi pie en su maldita cara.

      Unas palabras que re­cuerdan a las de la famosa “maldición de la serpiente” del Génesis, profecía a su vez, del papel que desempeñará la Vir­gen María, “se­gunda Eva”, en el triunfo de Cristo sobre el pecado:

Te arrastrarás sobre tu pecho y comerás el polvo todo el tiempo de tu vida. Pongo perpetúa enemistad entre ti y la mujer. Y entre tu linaje y el suyo. Este te aplastará la cabeza. Y tú le acecharás el calcañal.[Gén. 3:14-15]

      No creemos que haga falta recordar al lector que momentos antes la seño­rita Win­ter ha aludido a la “lengua falsa y venenosa” del barón aus­triaco, sujeto tan ponzo­ñoso, según Holmes, “como una cobra”.

      [xx]  Fundir repugnante malhechor.

     [xxi] “Podría haber llorado ante aquella ruina si no fuera porque recordaba perfecta­mente la vida infame que había conducido a tan espantosa transformación”.

     [xxii]   “Pues la soldada del pecado es la muerte” [Rom. 6:23].

Anuncios

3 Responses to “Noli me tangere. Representaciones de la sífilis en el Canon (2ª parte)”


  1. 1 belakarloff
    24 marzo 2011 en 8:54

    Bueno, pues aquí la segunda y última parte de esta joya analítica. Desde aquí mis efusivas gracias al señor Requena por los artículos que nos dispensa.

  2. 25 marzo 2011 en 1:47

    Apasionante.
    Suelo preferir el análisis extrasistemático a partir, como es el uso de los círculos holmesianos, de que el Detective es un personaje real, porque estimo que el punto de vista intrasistemático obliga al autor a perder ciertos elementos. El agudo análisis de Requena rebate por completo esa opinión.

    Me ha dado claves para la lectura de los relatos mencinados (y también para el Retrato de Dorian Gray) que no había sospechado y que sin embargo, tras la lectura del artículo, parecen obvios. De las muchas reflexiones que esta lectura me ha evocado una es la idea de los mormones de que el color de piel de los indios americanos y de los negros es una maldición por rechazar a Dios.

    Mil gracias al autor y al anfitrión de este blog por compartirlo.

  3. 3 Rassendyll
    27 marzo 2011 en 19:59

    Un buen artículo, que incita como de costumbre a releer a Conan Doyle con otros ojos.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: