22
Mar
11

Noli me tangere. Representaciones de la sífilis en el Canon (1ª parte)

Don’t touch me, Jimmie. Keep your distance.

Godfrey Emsworth — The Blanched Soldier

Sí, es un azote indecible.

Henrik Ibsen Espectros

 

A finales de la era victoriana un fantasma recorre de nuevo Europa: el espectro de la sífilis.

Desde su brusca aparición en Occidente, en los últimos años del siglo XV, y su veloz difusión a lo largo del XVI por todo el orbe conocido, nunca esta enfermedad infecciosa había vuelto a provocar tanto terror entre los hombres como en el dilatado fin-de-siècle europeo.

Menos aparatosa y letal que en sus orígenes, aunque siempre tan conta­giosa por vía venérea, la sífilis adquirió en la segunda mitad del si­glo XIX y hasta bien entrado el XX una dimensión mítica que desbordaba con creces sus meros aspectos sanitarios; pues esta enfermedad no sólo minaba a sus víctimas sin que lo supieran, dejándolas decrépitas y locas al cabo de los años, sino que extendía sus efectos a la inocente progenie de aquellas más allá de la segunda generación, según se creía.

Ramón Casas – Sífilis (1900)

Ramón Casas – Sífilis (1900)

La inanidad de los tratamientos y el propio discurso médico de la época, centrado en el constante riesgo de contagio o las espeluznantes secuelas físicas y mentales de la sífilis congénita, contribuyeron a nutrir y generalizar una auténtica psicosis en torno al mal venéreo, con manifes­taciones extremas de hipocondría fóbica en las que algunos individuos se veían aquejados incluso de “sífilis imaginaria”[1].

A pesar de lo anterior, la sífilis parece estar tan ausente del Canon como las numerosas prostitutas[2] que servían de instrumento principal para su propagación durante el reinado de Victoria. De hecho, y en lo que se refiere a este último punto, habrá que esperar nada menos que a 1924 para que una mujer de la vida irrumpa en una crónica holmesiana, como veremos.

Estas significativas ausencias resultan sin embargo comprensi­bles, ya que la prostitución callejera (demasiado vulgar para un Holmes partidario de los casos outrés) formaba parte de las muchísimas cosas in­describa­bles de la literatura consumida por la clase media victoriana[3]; mientras que la sífilis y los otros males ve­néreos eran las enfermedades unmen­tionables por excelencia[4], algo que el propio Conan Doyle recor­dará en una ocasión:

todas las enfermedades de que se habla [en las nove­las] per­te­necen a la mitad superior del cuerpo humano. El novelista no toca jamás del cinturón para abajo[5]

Lo que no impedirá que el Dr. Doyle aluda a la “parálisis general”[6] en varios de sus cuentos médicos, o que dedique incluso uno de ellos —«La tercera generación»[7]— a la temida heredosífilis.

Félicien Rops – La bebedora de absenta (1877)

Félicien Rops – La bebedora de absenta (1877)

Watson, al que suponíamos más curtido en dolencias venusinas por haber sido médico militar en Oriente[8], no se atreve aparentemente a lle­gar tan lejos como su agente literario. Aparentemente, decimos, ya que la atenta lectura de varios casos nos revela que tanto Watson como el pro­pio Hol­mes emplean el espectro de la sífilis para aumentar el dramatismo de algunas de sus narraciones, jugando con la ansiedad que la enferme­dad pro­vo­caba en los lectores de su tiempo.

Aunque la sífilis pudiera estar presente en filigrana tras algunas de las abundantes patologías[9] que pueblan el Canon (obra a fin de cuentas de un médico), no será éste el objeto de nues­tro análisis, sino que nos cen­traremos en tres casos paradig­máticos donde una serie de conven­ciones culturales, perfectamente co­dificadas y cono­cidas por los coetá­neos de Watson, son empleadas por el narrador para provo­car en la mente de un lector acostumbrado a este tipo de sutilezas, aquel profundo desasosiego ligado a la posibili­dad del contagio venéreo.

El estudio lo iniciaremos con «El soldado de la piel decolorada»[10], caso publicado en octubre de 1926, donde es Holmes quien narra los pormenores de una investigación acaecida vein­titrés años antes.

Frederic Dorr Steele – The Blanched Soldier (1926)

Frederic Dorr Steele – The Blanched Soldier (1926)

A petición del joven James M. Dodd, Holmes trata de descu­brir qué le había ocurrido a Godfrey Emsworth, antiguo compañero de armas del primero, al regresar de África del Sur una vez terminada la Guerra de los Bóers. Presuntamente lejos de Inglaterra, según su padre, Emsworth había sido visto sin embargo en su casa familiar por el propio Dodd en sospechosas circunstancias:

Estaba [Godfrey] al otro lado de la ventana, señor Holmes, con la cara apretada contra el cristal […] Estaba mortalmente pálido; ja­más había visto un hombre tan blanco. Su­pongo que así deben ser los fantasmas; pero sus ojos se encon­traron con los míos, y eran los ojos de un hombre vivo […] Había en aquel hombre algo inquietante, señor Holmes. No era sólo su rostro ca­davérico, que relucía como un queso blanco en la oscu­ri­dad. Era algo más sutil, algo escurridizo, furtivo, culpable; algo muy distinto de la fran­queza y hombría que yo había conocido. Aquello me dejó en el ánimo una horrible sensación.

A juzgar por esta descripción, todo apunta a que Emsworth ha debido volverse loco por causa de una enfermedad y que su familia lo mantiene recluido en secreto y bajo llave en una casita aislada, bajo la supervisión de un médico personal y de un viejo mayordomo que le atiende llevando guantes impregnados con una sustancia desinfectante. Precaución ligada al hecho de que el enigmático paciente interno presenta unas “man­chas blancuzcas que habían decolorado su cara”, interpretadas por God­frey Emsworth y su familia como los estigmas de una lepra contraída en África después de haberse refugiado herido en un lazareto y dormido, sin saberlo, en la cama de un leproso.

Si obviamos el detalle de los guantes protectores, presente también en «La tercera generación»[11] en un contexto que admite pocas dudas en cuanto a su correcta interpretación, lo que más despierta nuestro interés es que la historia gire en torno a una enfermedad —la lepra— difícil de contraer[12] y muy rara en la Eu­ropa decimonónica, pero que ha sido du­rante siglos la más popular de las enfermedades bíblicas.

Barthélémy l'Anglais – Leproso (Siglo XV)

Barthélémy l'Anglais – Leproso (Siglo XV)

Emsworth presenta, por supuesto, el rasgo primordial de la lepra bí­blica: la blancura de la piel; una blancura brillante, como de nieve, que era el signo con el que Dios castigaba la comisión de un pecado[13].

Conver­tido en impuro por haber ofendido a Yahvé, el leproso debía habitar luego “en una casa apartada”[14], como lo hará Emsworth, pues no podía perma­ne­cer en la comunidad de los fieles al estar manchado por la culpa. Esta idea de transgresión vergonzosa, con la que Dodd especula abierta­mente[15], subyace asimismo, como hemos visto, en los términos con que éste describe lo que el rostro lechoso de Godfrey Emsworth transmitía: “algo escurridizo, furtivo, culpable”.

La  transformación física de Godfrey se nos presenta por tanto como la huella maligna que ha podido dejar en su cuerpo un impreciso acto de debilidad moral[16]. Fenómeno característico de toda enfermedad-pecado que alcanzó en la lepra su máxima expresión. Al menos hasta que la sífi­lis le arrebatara en la Edad Moderna[17] tal primacía, por ser una afección capaz de aunar los peores síntomas del viejo ‘mal de Job’[18] con un valor ejemplarizante mucho más alto, pues la dolencia aparecía de forma obvia como el justo precio pagado por una vida licenciosa.

Alberto Durero – Enfermo de sífilis (1496)

Alberto Durero – Enfermo de sífilis (1496)

Aún siendo patologías distintas, lo cierto es que la relación estrecha entre lepra y sífilis fue constante a partir del Renacimiento. Erasmo de Rotterdam la evoca con insistencia en sus Coloquios[19]; y lo mismo su­cede en los tratados de Girolamo Fracastoro[20], Alessandro Benedetti[21] o Paracelso, quien la conceptúa en La gran cirugía (1536) como la conse­cuencia del “comercio impuro de un francés leproso con una corte­sana”[22].

En todos estos casos, el presunto parentesco entre ambos ma­les ve­nía favorecido por la presencia de una sintomatología cutánea casi inter­cambiable: las manchas y pústulas que recubrían el cuerpo, la putre­facción y caída de los dedos y la nariz, la boca desdentada, los ojos que se fundían y saltaban de las órbitas[23]… A causa de esos signos exter­nos, la persistencia de aquel vínculo se revelará tenaz a nivel popular y litera­rio[24] durante el siglo XIX; constituyendo lepra y sífi­lis términos poco me­nos que equivalentes en aquellos países con posesiones coloniales donde la verdadera lepra subsistía y en las que aún era fuerte el temor a contraerla por contacto sexual con personas “impuras”:

“Los occidentales de fines del siglo XIX […] pensaban que la lepra era una enfermedad hereditaria, contagiosa e incurable que con­denaba per­sonas antes normales a vivir como despojos, con la na­riz mutilada, mu­ñones agarrotados en vez de manos y pies, carne y aliento hediondos y voz ronca. Aún más degradante era el es­tigma asociado con la enfer­medad. Los que poseían información histórica sostenían que la lepra era el castigo de Dios por pensa­mientos, palabras y actos oscuros y ocultos, normalmente relacio­nados con formas repulsivas de la sexuali­dad.” [25]

Un buen ejemplo de estas creencias lo tenemos en los infundios verti­dos en 1889 por el reverendo Charles McEwan Hyde contra el misionero católico Jozef de Veuster (1840-1889), el famoso Padre Damián, al que acusó sin prueba alguna de no ser a pure man in his relations with wo­men, and the leprosy of which he died should be attributed to his vices and carelessness”.

El Dr. Hyde, al que Robert Louis Stevenson dedicó un texto magnífico, estaba en realidad desquiciado con este tipo de cosas, pues ya en 1884 creyó haber contraído de modo inocente la lepra o la sífilis (ni él lo sabía) por el mero hecho de vivir entre los promiscuos hawaianos:

“Last week in shaving I found that my skin was easily cut by the ra­zor and that the blotches were spreading. I presume I have been poisoned, whether with syphilis or with leprosy remains to be seen […] I have put myself at once in care of our family physician. He cannot tell how it will result, as syphilitic and leprous symptons are so intermingled in this country.”[26]

La neurosis del maestro de escuela de Honolulú deja traslucir otros dos miedos obsesivos presentes también en «El soldado de la piel de­colorada». En primer lugar, el miedo irracional a un mal que augura en vida la descompo­sición de la muerte y deshumaniza al enfermo, pues ataca el rostro y las manos. En segundo lugar —algo muy obvio en el caso de la sífilis, enfermedad que siempre venía de fuera[27]—, el temor al forastero contaminante; un temor doblado con el miedo al cruce con ra­zas de piel más oscura[28].    

Todas estas aprensiones están perfectamente sintetizadas, con ese gusto tan victoriano por lo monstruoso[29], en la vívida descripción del des­pertar de Godfrey Emsworth entre los internos del lazareto de Pretoria:

“De pié frente a mí había un hombre pequeño como un enano, con una cabeza enorme y bulbosa, que farfullaba excitadamente en holandés, agitando unas horribles manos que semejaban oscuras esponjas. De­trás de él había un grupo de personas que parecían estar divirtiéndose mucho con la situación, pero al mirarlas sentí un escalofrío. Ni una sola de ellas era un ser normal. Todas esta­ban retorcidas, hinchadas o des­figuradas de manera grotesca. Resultaba espantoso oír la risa de esas extrañas monstruosida­des.” 

Aquí está todo: las terribles mutilaciones del mal de Hansen, inter­cambiables con las del morbo gálico, que privan a los enfermos de sus caracteres humanos (“bulbos”, “esponjas”). El extranjero séptico de piel oscura[30], tal vez un mestizo, que se comunica a duras penas en afri­káans… Y para rematar el conjunto, un acto de connotaciones sexuales (dormir en la cama de un infectado) que ha logrado convertir el rostro de Godfrey en el de un ser culpable y sin hombría[31].

A la postre, y como en el caso de la sífilis-lepra imaginaria del reve­rendo Hyde[32], los trastornos dermatológicos del antiguo soldado Godfrey Emsworth se quedarán en nada y resultarán ser los síntomas de una ic­tiosis benigna más o menos psicosomática.

Continuará…

© Juan Requena, 2003

 


     [1]   Vid. Ronald Pear­sall, The Worm in the Bud. The World of Victorian Sexuality. Pen­guin Books. Londres 1983, págs. 286 y 287.

     [2]   Las estadísticas son muy poco fiables. Según Bracebridge Hemyng, en Londres operaban a finales de la década de 1850 unas 80.000 prostitutas:

“… and large as this total may appear, it is not improbable that it is below the re­ality rather than above it. One thing is certain if it be an exaggerated state­ment that the real number is swollen every succeeding year, for prostitution is an inevitable attendant upon extended civilization and increased population”. [B. Hemyng, «Prostitution in London» (1862), en Henry Mayhew, London La­bour and the London Poor. Vol. IV, Dover Publications, 1983].

      Las cifras manejadas por la policía eran inferiores —8.000 prostitutas, todo lo más—, ya que probablemente contabilizaban sólo las mujeres fichadas como tales. Judith Walkowitz estima en 55.000 el número de fulanas que trabajaban únicamente en las calles, bares y traseras de los teatros de la capital británica [J. Walkowitz, Pros­titution and Victorian Society. Cambridge University, 1980]. Sea como fuere, la bus­cona callejera (streetwalker) era una figura imposible de obviar, sobre todo en lugares como Haymarket, Vauxhall o el East End.

      [3]    La clase obrera y el lumpemproletariado urbano, poco dados a la lectura, no esta­ban sujetos a los mismos prejuicios, aspecto en el que coincidían con la to­tal­mente desinhibida clase alta.

     [4]   Pensemos, por ejemplo, en el tratamiento elíptico de la enfermedad del Dr. Rank en Casa de Muñecas (1879) de Henrik Ibsen (1828-1906) o en el drama Espectros (1881) del mismo autor, donde jamás se menciona el nombre de la enfermedad de uno de los protagonistas pese a constituir un elemento capital de la trama.

     [5]   Arthur Conan Doyle, «A Medical Document» en Round the Red Lamp. Being Facts and Fancies of Medical Life. Methuen & Co., Londres 1894. Trad. cast. «Un do­cumento médico», en Cuentos de médicos y militares. San­tillana S.A (Alfaguara), Ma­drid 1996. No ocurría lo mismo en la literatura francesa decimonónica, menos ruborosa a la hora de abordar el tema de las enfermedades venéreas. Maupassant, Baudelaire, Huysmans o Barbey d’Aurevilly son buenos ejemplos.

     [6]   Patología característica de la sífilis en su fase terciaria. Sobre este asunto vid. Juan Requena, Una monografía sobre las oscuras lesiones de los nervios en Anuario de la sociedad Círculo Holmes, Barcelona 2003.

      [7]    «The Third Generation», en Round the Red Lamp, Methuen & Co. Ltd., Lon­dres, 1894. Trad. castellana, «La tercera generación», en Cuentos de médicos y militares. San­tillana S.A (Alfaguara), Ma­drid 1996.

     El relato lo estructura el examen médico a que se somete sir Francis Norton cuando sospecha, a punto de contraer matrimonio, que han aflorado en él los estigmas de “una infección hereditaria o congénita”, sufrida ya por su padre a pesar de “la limpieza de su vida”, que había sido contraída en su origen por el abuelo del aristócrata; un “viejo petimetre podrido”, que no contento con haberse “encenagado en la bebida y el libertinaje” llevó su abyección al extremo de vivir en su vejez “en compañía de la ca­marera de bar con la que se había casado en el transcurso de algunas de sus juergas de borracho”. 

     Esta historia de Doyle se inspira con toda probabilidad en las conclusiones del vene­rólogo francés Jean-Alfred Fournier (1832-1914) sobre la transmisión hereditaria de la sífilis y su influencia en la salud de unos descendientes obligados a “pagar” sin culpa alguna por la promiscuidad sexual de sus antecesores; hecho que sir Frances Norton resume con claridad:

“Pero ¿hay justicia en esto, doctor?— exclamó el joven, saltando del sillón y paseándose de un lado a otro por la sala de consulta—. Si yo hubiese here­dado los vicios de mi abuelo lo mismo que sus consecuencias, lo comprende­ría; pero he salido a mi padre […] Me repugna todo lo rudo y animal […] Y ahora me encuentro con esta enfermedad vergonzosa y repugnante… ¡Me veo podrido hasta el tuétano, rezumando abominación!”.

     La condición aristocrática del heredosifilítico en el cuento de Doyle y la alusión al matrimonio tardío del abuelo infectado con una mujer del arroyo enlazan también con otra teoría de Fournier, para quien la herencia sifilítica se cebaba principalmente en las clases altas, ya que el pueblo transmitía a través de sus mujeres la enfermedad a los hombres de costumbres más libres de la burguesía y la aristocracia. Más allá de su indudable eficacia como instrumento letal en la lucha de clases, no hay duda que la sífilis se transformaba desde esta perspectiva en la versión darwiniana del pecado original.

     Las preguntas que sir Francis Norton formula al médico que le atiende sobre el al­cance de su enfermedad  [“¿Cree usted que ese veneno se acaba en mi? ¿Cree usted que si tuviese hijos se transmitiría a ellos?”] son muy similares a las que con idéntica angustia expresaba al Dr. Alfred Fournier un paciente anónimo [“Alors docteur, c’est bien fini pour moi, n’est-ce pas?… Si je me mariais, je n’aurais que des enfants chétifs, scrofuleux, rachitiques, pourris”. Alfred Fournier, L’hérédité syphilitique, Masson et Cie., Paris 1891, pág 144] y plantean, por supuesto, la misma cuestión de fondo: la imposibilidad de combatir médicamente un mal que se ha convertido en parte indisolu­ble del enfermo congénito y de sus herederos más allá de la tercera o incluso la cuarta generación, según llegaron a sostener los epígonos más radicales de Four­nier y en especial su propio hijo Edmond, quien llevará la tesis de su padre al paroxismo y la caricatura en una abundante bibliografía centrada en las distrofias y taras presunta­mente características de la herencia sifilítica. Sobre este particular vid. Edmond Four­nier, Stigmates dystrophiques de l’héredo-syphilis. Rueff, Paris 1898 o Recherche et diagnostic de l’hérédosyphilis tardive, Masson & Cie., París 1907 con abundantes foto­grafías de tarados simiescos, raquíticos y deformes que no habrían dejado indiferente a Watson, ostensiblemente fascinado por la teratolo­gía.

     [8]   La extensión del mal venéreo era uno de los problemas mayores del Ejército y la Armada de Gran Bretaña, en la medida en que privaba al Imperio de soldados y mari­nos saludables. El fenómeno resultaba muy llamativo en las unidades de la India, donde se estimaba que el porcentaje de infectados oscilaba entre el 20 y el 30% del efectivo militar, superando incluso el 50% en varios regimientos. Vid. Philippa Levine, «Venereal Disease, Prostitution, and the Politics of Empire: The Case of British India», en Journal of the History of Sexuality, Vol. 4, nº. 4, abril 1994, University of Texas Press.

      [9]   El aneurisma mortal de Jefferson Hope (ESTU), el raquitismo de Culverton Smith (MORI), la demencia homicida y las manchas en la piel del Dr. Roylott (BAND), etc.

     [10] «The Adventure of the Blanched Soldier», Liberty, 16 de octubre de 1926. Hemos optado por nuestra propia traducción a la hora de citar el texto, pero manteniendo el título no literal que Amando Lázaro Ros le dio al relato en su versión castellana por razones puramente sentimentales.

     [11] En «La tercera generación», el padre de sir Francis Norton, afectado también de una sífilis congénita, presentaba los característicos síntomas cutáneos de la enferme­dad, razón por la que usaba guantes dentro de casa”, como recuerda su hijo al médico que lo examina.

      [12]  Sobre todo por medio del simple contacto de una noche con sábanas y prendas contaminadas, como se nos pretende hacer creer

     [13] Cuando tenga uno en su carne alguna mancha escamosa, o un conjunto de ellas, o una mancha blanca, brillante, y se presente así en la piel de su carne la plaga de la lepra, será a Aarón, sacerdote, o a uno de sus hijos, sacerdotes” [Lev. 13,2]. La propia mujer de Aarón, por haber murmurado contra la esposa madianita y de piel mo­rena de Moisés, quedó durante siete días leprosa y blanca “como la nieve” [Núm. 12,10]. De idéntica blancura era la lepra con que Dios afligió al criado infiel del profeta Eliseo [2 Re. 5,27].

     [14] “Todo el tiempo que le dure la lepra será inmundo. Es impuro y habitará solo; fuera del campamento tendrá su morada” [Lev. 13,2]. Ese fue el final que le aguardó al rey Azarías u Ozías, “al que le brotó la lepra en su frente” por voluntad divina [2 Cro. 26:19] y “que vivió apartado en una casa, excluido de la casa de Yahvé” [2 Cro. 26,21 y 2 Re. 15:5].

      [15]  ”Era evidente que mi pobre amigo se había visto envuelto en algún acto criminal, o, por lo menos, vergonzoso, y que afectaba al honor de la familia”. 

     [16] Según Dodd, Godfrey “se dejaba llevar fácilmente por los que le rodeaban. Había caído sin duda en malas manos, que le habían extraviado y conducido a la ruina”.

     [17] Concretamente desde el 22 de febrero de 1495, día de la fugaz conquista de Nápoles por los mercenarios del rey francés Carlos VIII y fecha de nacimiento de la gran epidemia que asoló Europa, Sobre la aparición de la sífilis y su evolución poste­rior vid. Claude Quétel, Le Mal de Naples. Histoire de la syphilis, Éditions Seghers, París 1986.

      [18] Este término de raíces bíblicas, empleado también para designar a la sífilis, pu­diera haber sido tenido en cuenta por Conan Doyle cuando llamó ‘Job’ a un paciente “condenado a muerte” por una parálisis general diagnosticada por el protagonista del relato titulado «Un documento médico».

      [19]  Erasmo de Rotterdam, «Sive Coniugium impar», en Colloquia familiaria (XLVII).

      [20]  Fue Girolamo Fracastoro quien dio su denominación actual a la enfermedad. El nombre, que no hizo fortuna hasta el siglo XIX, deriva del de ‘Syphilus’, pastor casti­gado con la enfermedad por Apolo y personaje principal del poema que Fracastoro compuso en hexámetros en 1530, Syphilis sive de Morbo Gallico. El neologismo re­apareció en De Contagione et Contagiosis Morbis et eorum Curatione, célebre tratado médico del mismo autor publicado en Venecia en 1546.

      [21] Alexandri Benedicti Veronensis, Historia Corporis Humani sive Anatomia, Vene­cia 1502. Las primeras descripciones de la enfermedad provienen de Benedetti, quien pudo verla actuar con virulencia entre los soldados en Fornovo en julio de 1495.

     [22] “La sífilis tuvo su origen en el comercio impuro de un francés leproso con una cortesana, que tenía bubones venéreos, la cual infectó luego a cuantos tuvieron que ver con ella. Así es como la sífilis, procedente de la lepra y del bubón venéreo, a la manera que la raza de las mulas sale del cruzamiento del caballo y de la burra, se extendió por contagio en todo el universo”. Paracelso, La gran cirugía (1536), citado en M. Tudela, Biografía de la prostitución, Producciones Editoriales, Barcelona 1975, págs. 162-163.

      [23]  Según Fracastoro, “algunos infelices perdían los labios, otros la nariz, otros los ojos, otros todas las partes vergonzosas. Con frecuencia desfiguraban los miembros unos tumores gomosos del tamaño de un huevo y cuando se abrían fluía de ellos un licor blanco y mucilaginoso. Los miembros que atacaban con preferencia eran los bra­zos y piernas, ulcerándose a veces, y a veces encalleciéndose hasta la muerte” [citado en M. Tudela, ob. cit. pág. 167]. Estas lesiones mutiladoras, propias del gran brote sifilítico del Renacimiento, irán desapareciendo a medida que la enfermedad se con­vierta en endémica. 

     [24] La asimilación es total, por ejemplo, en el conocido texto de Barbey d’Aurevilly, «La vengeance d’une femme», incluido en Les Diaboliques (1874), donde la protago­nista, la duquesa española de Arcos de Sierra Leone (sic), muere atrozmente desfigu­rada entre las mujeres de mala vida de La Salpétrière (a las que el autor califica de “léprosas”) después de haber contraído voluntariamente la sífilis (enfermedad que no se nombra) ejerciendo de puta para humillar a su marido.

     [25] Sheldon Watts, Epidemics and History. Disease, Power and Imperialism. Yale University Press, 1997. Trad. española, Epidemias y poder. Historia, enfermedad, im­perialismo. Editorial Andrés Bello de España S.L., Barcelona 2000, pág. 74.

      [26]  Carta al reverendo Clark de 15 de febrero de 1884, en Letters of Charles McEwan Hyde to American Board of Commissioners for Foreign Missions, Hawaiian Mission Children’s Society Library, Honolulú. El resaltado es nuestro.

     El puritano bostoniano y sus cartas son recordados hoy únicamente por An Open Letter to the Reverend Dr. Hyde of Honolulu, la esplendida respuesta en defensa del cura de Molokai que Robert Louis Stevenson, buen amigo de Conan Doyle, publicó en un periódico de Sidney el 25 de febrero de 1890, indignado ante los infundios del reve­rendo y excitado sin duda por su asombroso apellido. En su refutación del clérigo, Ste­venson reproducía íntegramente la carta que Hyde había dirigido el 2 de agosto de 1889 a su correligionario H. B. Gage y que éste había publicado el 26 de octubre del mismo año en el Presbiterian, donde Stevenson la leyó.

     [27] Ya Fracastoro advertía en la primera mitad del siglo XVI que el nombre del mal cambiaba constantemente, pues cada reino o país, interesado en demostrar que la enfermedad venía de fuera, atribuía invariablemente la causa de la misma al vecino más próximo o al enemigo histórico cuando no coincidía con el primero: Mal de Nápo­les para los franceses. Morbo gálico para italianos y españoles. Mal español para los holandeses. Mal holandés para los indonesios. Mal de los francos para los turcos, “úl­ceras chinas” para los japoneses… aunque a la postre todos se pondrán más o menos de acuerdo para afirmar que la enfermedad habría sido contagiada a los marineros de Colón por los indígenas del Nuevo Mundo. Tesis que aún hoy sigue siendo objeto de vivas polémicas.

     [28] La mezcolanza de razas como factor de riesgo en la transmisión de la lepra fue defendida con mucha convicción en 1890 por el Dr. Ross, supervisor médico del lepro­sorio de la isla de Robben:

“las razas nativas puras, como los zulúes y los bantúes, rara vez son afectadas por la lepra; pero entre los korennes y los mestizos de mujeres nativas y bóers nómadas […] se encuentra gran número de casos.” [Citado por Sheldon Watts, ob. cit., pág 123]

     Para fundamentar teológicamente este tipo de prejuicios solía acudirse al Antiguo Testamento y, en concreto, al sangriento episodio de la plaga moabita; mal venéreo enviado por Yahvé después de que los israelitas se entregaran a las morenas mujeres de Moab y Madián y a sus cultos abominables [Núm. 25:1-9]. La epidemia, que pro­vocó la muerte de 24.000 personas, no fue aparentemente suficiente castigo pues Moisés, casado sin embargo con una madianita tan oscura como una etíope según le reprochaba su cuñada, ordenó luego la muerte de todas las mujeres que habían tenido relaciones con los hebreos (las vírgenes fueron perdonadas, al haber posiblemente planes diferentes para ellas). La matanza exigida por Yahvé se extendió también a los niños varones de los enemigos, y concluyó con una purificación general de los guerre­ros de Israel, de sus ropas, de sus armas y del botín conquistado, empleando agua lustral o fuego [Núm. 31:17-24].

     [29] De hecho, los villanos más populares de la literatura victoriana son monstruos: Drácula, Dorian Grey, Mr. Hyde… Moriarty.

     [30] El color de sus muñones así lo indica: “Two horrible hands which looked to me like brown sponges” [el resaltado es nuestro]. En el cuento de Doyle «La tercera  gene­ración», el infectado causante de la heredosfilis tenía, como no podía ser menos, una “cara morena de sátiro”.

     [31] Ya hemos apuntado que el rostro de Emsworth sugería según Dodd, “something very unlike the frank, manly lad that I had known” [el resaltado es nuestro].

     [32] O la lepra improbable que el poeta Shelley creía era la etapa final de la sífilis que temía haber contraído. Sobre este curioso delirio vid. Nora Crook & Derek Guiton, Shelley’s Venomed Melody, Cambridge University Press, Cambridge 1985, cap. VI.

Anuncios

5 Responses to “Noli me tangere. Representaciones de la sífilis en el Canon (1ª parte)”


  1. 1 belakarloff
    22 marzo 2011 en 8:43

    Dada su extensión, aquí tenéis la primera de dos partes de un artículo que con clásicos síntomas de erudición a los que nos tiene acostumbrados el amigo Requena.

  2. 23 marzo 2011 en 10:33

    interesantisimo trabajo!

  3. 23 marzo 2011 en 17:31

    Éste si que tuve la suerte de leerlo hace unos años, pues se (re)editó en uno de los anuarios del Círculo Holmes. Obra maestra, como suele suceder con las obras del Maestro Requena.

    OFF-TOPIC:
    Carlos, ¿ha vuelto a aparecer la entrada de “How Watson Learned the Trick” por algo? ¿O es el típico misterio informático?
    (Sólo por curiosidad…)

  4. 4 belakarloff
    24 marzo 2011 en 8:55

    Lo he reflotado, para que los nuevos recuperen algo que quizás les había pasado desapercibido. Y, de paso, simular movimiento el día que no tengo novedades…

  5. 5 doctorwatson65
    4 abril 2011 en 19:07

    Vaya sapiencia… 🙂


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: