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Mar
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Algunos datos fidedignos sobre una figura de ficción

Algunos datos fidedignos sobre una figura de ficción

por Emilio Serra

 

PRESENTACIÓN

 En el fanzine Blagdaross nº 6 (noviembre de 1981), publicado por Alberto Santos, José Nebreda y Pedro Calleja, apareció publicado el siguiente y excelente relato, escrito por el desaparecido Emilio Serra. Creo que su interés es suficiente como para reproducirlo aquí, tal cual apareció en aquella publicación, y con las espléndidas ilustraciones originales. Espero que sea de vuestro interés.

“Cuando se ha eliminado lo imposible, lo que queda,

por muy improbable que parezca, es la solución.”

s.h.

 

Dedicado al más grande de todos los detectives literarios,

Jorge Luis Borges; con un especial agradecimiento

a Michael Dibdin (quien, aunque inconscientemente,

resolvió el problema), Norman Spinrad

(por la solución final) y Edgar Allan Poe

(cuatro bestias en una, La carta robada);

 e, inevitablemente, a H. P. Lovecraft. 

 

PRÓLOGO

 

La reciente publicación de un relato titulado The Last Sherlock Holmes Story, atribuido al Dr. John H. Watson (y firma­do con el seudónimo de Michael Dibdin), en el cual, y con el pretexto de elucidar los dos mayores misterios aún no resuel­tos que oscurecen la vida y obras del fa­moso detective (la verdadera personalidad del profesor Moriarty, y el por qué S. H. -o su biógrafo, John H. Watson- no hizo nunca referencia a los asesinatos de su contemporáneo Jack el Destripador), se dan a la luz algunos hechos que tienden a desacreditar su prístina reputación de defensor de la ley y el orden, ha provocado una oleada de afirmaciones y contraafirmaciones, de detracciones y apologías, basadas todas ellas en prejuicios y sin que ninguno de sus autores se haya dignado (o molestado en) acudir a las fuentes origi­nales ni intentado obtener, de entre toda la farragosa literatura escrita sobre el tema, algunos datos medianamente objeti­vos. Por ello, y debido a mis deseos de aclarar tan inextricable asunto, emprendí­ una serie de detenidas investigaciones ­(que se han extendido en el curso de más de dos años) cuya conclusión fue absolutamente sorprendente.

No voy a detallar las increíblemente aburridas tardes pasadas cotejando testimonios contradictorios, ni la inmensa cantidad de pistas falsas y callejones sin sa­lida que tuve que ir dejando atrás; ni tan siquiera me está permitido dar carta de realidad al resultado (por demás increíble), pues hay personas aún en vida que podrían verse involucradas por ello. Así pues, me veo obligado a presentar tan solo una esquemática reconstrucción (que, aunque novelada, responde por completo en espíritu al original) de mi asombroso hallazgo.

Lo único que puedo decir claramente (y espero que pueda ser tan útil -y, al final, tan claro- para los demás como lo fue para mí) es el hecho básico que constituyó mi punto de partida: todos los do­cumentos referentes al caso están narra­dos en primera persona por boca de John Watson, Doctor en Medicina.

 

“No tema, viejo amigo -murmuró-. No sufrirá usted ningún daño. No consentiré que él lo dañe”, escribo, la pluma (ya bastante gastada, pero aún en perfecto funcionamiento) se desliza fluidamente sobre el papel, alguien -la señora Hudson, pues ya son las cinco de la tarde- llama suavemente a la puerta, al levantar la vista veo frente a mí las iniciales que él grabó en la pared a tiros hace ya algún tiempo, la tarde era (es) lluviosa y algo desapaci­ble tras los empañados cristales, “a veces hay cosas que es mejor no saber, mi querido Watson, o aparentar que no se saben; la vida es infinitamente más extraña que todo cuanto pueda inventar la mente humana”, escribo, esta noche no he podido dormir a gusto, había algo -una puerta, un espejo, un baúl- que se escondía justo fuera de mi alcance visual, y en él (tras él, al otro lado) una sombra inasible, invisible, pero terriblemente peligrosa, cojo la zapatilla persa y saco una pizca de tabaco, la señora Hudson -es la hora de comer- llama a la puerta para decirme que la mesa ya está servida, Oigo cómo ­los cabriolés recorren la calle, al otro lado de la ventana de empañados cristales, “hace mucho tiempo que pienso, Watson, que no hay ninguna persona que sea completa­mente mala, del mismo modo que no hay tampoco ninguna que sea absolutamente buena”, escribo, mojo la pluma en el tintero que haya mi derecha, sobre el escritorio, acaban de traer un importante telegrama -me advierte la señora Hudson tras llamar a la puerta, me paso la mano por la frente, algo arrugada pero joven aún, recuerdo que debo enviar una importante comunicación ­antes de tres días, después ya no tendrá importancia, “como todos los intelectos superiores, Holmes rehusaba explorar dos veces el mismo terreno, y así llegó el momento en que pasaba menos tiempo resolviendo crímenes que lamentando, echado en un sillón de nuestro cuarto, la chatura y falta de iniciativa de los delincuen­tes británicos”, escribo, me levanto, co­jo el violín y lo rasgueo con furia, repitiendo algunas notas disonantes, alguien -la señora Hudson- me avisa que el de­sayuno ya está preparado, abro la puerta que comunica con mi habitación y me acer­co lentamente a la cama, cuyas sábanas están abiertas, tras los empañados cristales se oyen unas voces huecas, lejanas, levanto la vista y contemplo detenidamente las ranuras que se han formado en el te­cho, “con estas palabras dio un paso a­trás y se precipitó en el vacío”, escribo, en mi sueño la puerta se va abriendo len­tamente, pausadamente, la sombra del espejo se aclara poco a poco, la tapa del baúl se alza con un suave pero agudo chi­rrido, alguien ha venido a verme -me avisa la señora Hudson, el dolor de la pierna (herida hace ya tantos años) se recrudece por unos momentos, tiendo la mano derecha y acaricio con suavidad las familiares formas del frasco, las agujas, perfectamente limpias, preparadas, siempre dispuestas, “conozco a Moriarty desde hace muchos años, hubo un momento en que nuestra relación era la más estrecha que puede haber entre dos seres humanos”, escribo, la luz ha ido cayendo poco a poco tras los empañados cristales, alguien -la señora Hudson- entra en el cuarto tras llamar a la puerta y enciende las luces, el silbido del gas es algo muy lejano, casi inaudible, “¿Sherlock Holmes -mi ami­go Holmes- la cara oculta por la máscara del Destripador? A la fría luz del alba mi conclusión parecía totalmente extravagante”, escribo, contemplo desganadamente la indescifrable maraña de las man­chas del suelo, en mi sueño la puerta se abre de par en par, la tapa del baúl se vuelca con un golpe seco, el espejo apare­ce rodeado de luces, “todo intento de recobrar los cuerpos fue absolutamente inútil, y allí, en las profundidades de ese espantoso caldero de aguas arremolinadas y espuma hirviente yacerán”, escribo, recorro con la vista la ringlera de sucios aparatos, mecheros, retortas, ya total­mente cubiertos de polvo, la señora Hud­son llama a la puerta para retirar los restos de la cena, a mi izquierda, en una estantería, revueltos, algunos li­bros desordenados, “El problema final”, “Exit Sherlock Holmes”, “The Seven-per­-Cent Solution”, tras los empañados cris­tales, “me arrastré hasta el borde de ese abismo formidable y me asomé a tiem­po para ver”, escribo, extiendo la mano y tomo el frasco y las agujas, en mi sueño, más allá del espacio, tras la puerta, en el fondo del baúl, mi rostro, su ros­tro, nuestro rostro, Moriarty muerto con sus pálidos y afilados rasgos, Jack muerto con sus pálidos y afilados rasgos, Watson muerto con sus pálidos y afilados rasgos, yo muerto con sus pálidos y afi­lados rasgos, mis rasgos, nuestros ras­gos, sus manos extendidas, “a veces el castigo no es una expiación suficiente, me dice con tristeza, a veces el castigo es una salvación, y la salvación el mayor tormento, le digo con tristeza, a veces el sufrimiento es tal que no hay castigo suficiente para premiarlo, nos dice con tristeza”, escribo, extiendo la mano derecha, la pluma, alguien -la señora Hudson, tras los empañados cristales, “cómo el cuerpo de Holmes se estrellaba con­tra una saliente”, escribo, “el cuerpo desmadejado de Moriarty”, escribo, “el cadá­ver destripado de Watson”, escribo, la cama, el aposento, la pluma rasgando el pa­pel, la mano extendida hacia el frasco, ­las iniciales grabadas a punta de pistola, el cuchillo, extiendo la mano hacia las agujas, alguien llama, en mi sueño, extiendo la mano hacia el revó1ver, levanto la mirada, el silbido del gas, empañados cristales, “luego me desvanecí”, escribo, la pluma (ya bastante gastada, pero aún en perfecto funcionamiento) se desliza fluidamente sobre el papel, alguien -la señora Hudson, pues ya son las cinco de la tarde- llama suavemente a la puerta, al levantar la vista veo, a mi izquierda, en una estantería, algunos libros desordena­dos, “Horror en Londres”, “El problema final”, “The Last Sherlock Holmes Story”, “Unnaussprechlichen Kulten”, esta noche no he podido dormir a gusto, había algo -una puerta, un espejo, un baúl- que se escondía justo fuera de mi alcance visual, “IMAMMAN”,escribo, y en él (tras él, al otro lado), “IM A MAN”, escribo, una som­bra inasible, invisible, “I’m a Man”, es­cribo, pero terriblemente peligrosa, “Soy un hombre”, escribo, “No tema, viejo ami­go -murmuró-, no sufrirá usted ningún daño”, escribo, “Soy Un hombre”, escribo, “no permitiré que él lo dañe”, escribo, “Soy UN

 

NOTAS

 

Nota 1: Watsoniana

A diferencia de Holmes, sobre quien hay poquísimos datos fidedignos, sobre Watson hay demasiados (por citar alguno, diré que hay cuatro fechas distintas de fallecimiento, todas ellas suministradas por él mismo).

Lista de las principales obras publicadas hasta ahora por el doctor John H. Watson, y sus correspondientes seudónimos:

1. Arthur Conan Doyle: Memorias de John H. Watson, Doctor en Medicina (Incluyen “Estudio en escarlata”, “El signo de los cuatro”, “Aventuras de Sherlock Holmes”, “Memorias de Sherlock Holmes”, etc., hasta un total de cincuenta y seis cuen­tos y cuatro novelas cortas).

2. Nicholas Meyer: “Elemental, doctor Freud” (The Seven-per-Cent Solution) y “The West End Horror” (Horror en Londres).

3. Robert Lee Hall: “Adios, Sherlock Holmes” (Exit Sherlock Holmes).

4. Michael Dibdin: “La última aventura de Sherlock Holmes” (The Last Sherlock Hol mes Story).

Las citas utilizadas proceden de “El problema final”, incluido en “Memorias de Sherlock Holmes”, “Exit Sherlock Holmes” y “The Last Sherlock Holmes Story”, así como de uno de los manuscritos aún no pu­blicados y cuyo título no puedo dar a co­nocer; algunas de ellas han sido ligera­mente tergiversadas.

 

Nota 2: Holmesiana 

Al leer “The Last Sherlock Holmes Story”, me di cuenta de un hecho, tan obvio­ que hasta entonces no le había prestado importancia: todos los acontecimientos están narrados por Watson, sin apoyo de otras fuentes ni de terceras personas (salvo Sherlock Holmes). Poco a poco, y tras una detenida relectura, se me hicieron e­videntes algunos detalles:

a) Watson es tan capaz de disimulo y mentira como Holmes, bastante hábil para el disfraz y también adicto a la cocaína (como él mismo confiesa).

b) En su exhaustiva demostración de la falta de coartadas de Holmes se olvida de decirnos que él tampoco tiene ninguna (ni siquiera para la noche en que Holmes sí la tiene).

c) La única prueba definitiva de que Holmes es Jack el Destripador es una vi­sión de Watson en circunstancias muy poco claras (y en pleno ataque de delirio).

d) Todas las demás pruebas son perfectamente interpretables de otra forma:

l. Holmes es, en efecto, Moriarty, a quien ha inventado para tener un oponente digno de su talla, pero no es Jack el Destripador;

2. Watson, celoso de la fama e inteligen­cia de su alter ego, con motivo para odiar a las mujeres a causa de sus desengaños amorosos, experto en disecciones, y con una moral pequeño burguesa, encaja mu­cho mejor que Holmes con la figura del Destripador;

3. Sin embargo, ni Holmes es consciente de ser Moriarty, ni Watson de ser Jack; es más, Holmes está convencido -a pesar suyo- de que Jack y Moriarty son la misma persona (es decir, Watson) y Watson, recíprocamente, cree que Moriarty y Jack también son idénticos (en la figura de Holmes).

e) Pasemos a los datos: el más significativo. La M que el asesino va dibujando­ sobre el suelo de Londres, no tiene el sentido aparente que le atribuye; si le damos la vuelta, obtenemos una W.

f) El final es difícilmente descripti­ble: Holmes ha descubierto que Watson le engaña, miente a su mujer, hace extraños viajes, se ausenta a horas poco corrien­tes y, -lo más grave- se ha convertido en adicto a la cocaína; de ahí deduce que Moriarty es Watson. A su vez, Watson descu­bre que Holmes le vigila, y se entabla ­una batalla entre cuatro personas distin­tas: Moriarty, a quien Holmes creía haber hecho desaparecer, y que cree se ha dis­frazado de Watson; Holmes, que Watson cree es también Moriarty y Jack el Destripador; Jack, oculto en el inconsciente de Watson; y este último, actuando como siempre lo ha hecho.

g) En el último momento, Holmes descu­bre la verdad: no solo que Moriarty es él y el Destripador Watson, sino que él y Watson son la misma persona (Watson fue su primer desdoblamiento, y apareció a causa de su incapacidad para relacionarse con los demás, su necesidad de tener un amigo y admirador a prueba de todo, su es­porádico odio a la excesiva claridad men­tal e inteligencia que le hacen imposible el descanso). Entonces toma una decisión: sólo debe quedar uno de ellos, el más inofensivo, el más vulgar, el menos peligroso; pero a la vez hay que evitar que pue­dan volver a repetirse las mismas circunstancias, y hay que recibir un castigo. Pone en juego sus conocimientos de química, biología, y disciplinas orientales; el resultado: la vida en un presente eterno, el infierno de las pequeñas cosas rutinarias la escritura como única válvula de escape los arrebatos de odio seguidos de olvido.

 

Nota 3: Esquemática

 

 

Dibujos: © J. Clement Coll

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11 Responses to “Algunos datos fidedignos sobre una figura de ficción”


  1. 1 belakarloff
    8 marzo 2011 en 8:42

    Aquí tenéis esta joyita, iniciadora de un ciclo de recuperaciones de índole similar. Espero que os guste.

  2. 2 Birdy Edwards
    8 marzo 2011 en 10:00

    Por lo pronto y antes de leerla, muy buenas ilustraciones…

  3. 3 belakarloff
    8 marzo 2011 en 13:30

    Alucinantes…

  4. 4 belakarloff
    8 marzo 2011 en 13:32

    Aquí tenéis información sobre el ilustrador: http://en.wikipedia.org/wiki/Joseph_Clement_Coll

    Y ahora veo, por la fecha de su muerte, que lo de © tampoco era necesario ponerlo…

  5. 5 Birdy Edwards
    8 marzo 2011 en 15:36

    Por cierto de los pastiches de Dibdin y Hall….me quedo de todas todas con “Adiós, Shaerlock Holmes”, el de la ultima aventura no me gustó tanto….

  6. 6 belakarloff
    9 marzo 2011 en 14:18

    A mí me gustan ambos bastante…

  7. 7 De Maupertuis
    9 marzo 2011 en 14:45

    Muy buena la miniatura de Emilio Serra. Su nomnre lo asocio a Howard, pero igual me equivoco. No sabía que hubiera pasado al otro lado de las cataratas. En realidad no sabía nada de él.

  8. 8 belakarloff
    9 marzo 2011 en 19:05

    Sí, también escribió sobre Howard…

  9. 9 titanide1986
    11 marzo 2011 en 23:24

    No lo he leído entero, sólo el final, pero he de decir que me parece una paranoia muy gorda y que me ha decepcionado, la verdad xD. Yo esperaba una explicación para lo de del Destripador que no fuera que no existe Watson ni nada y que Holmes está como un cencerro ¬¬

    Vamos, que no, que no…

  10. 10 Rassendyll
    12 marzo 2011 en 8:33

    El pastiche de Dibdin es tan malo como el de Robert Lee Hall o “El Anillo de los Filósofos”, y no creo que mereciera la pena dedicarle un ejercicio de estilo como el que Emilio Sierra propone con una prosa atractiva, para mi gusto, aunque digna de mejor causa.

  11. 23 mayo 2011 en 15:15

    La versión que nos dieron a leer en el instituto, en inglés, lo cierto es que estaba tan mal resumida que no parecía sino un paupérrimo intento de plagio de “El problema final” con alguna que otra variante demencial… Creo que debería buscar una versión íntegra, lo cierto es que este fragmento que adjuntas me ha sorprendido bastante.
    Es una resolución un tanto increíble, tal y como algún otro apunta en sus comentarios, pero parafraseando a Holmes con la misma cita de debajo de la última ilustración: cuando se ha eliminado lo imposible, lo que queda, por muy improbable que parezca, es la solución.
    Por cierto, que no puedo pasar sin aventurar la semejanza entre esa frase con los versos de León Felipe: deshaced ese verso/quitadle los caireles de la rima/el metro, la cadencia/y hasta la idea misma/aventad las palabras/y si después queda algo todavía/eso/será la poesía.
    Al parecer todos coinciden en que, después de descartar, lo que queda es lo definitivo.
    Saludos


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