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Una monografía sobre las oscuras lesiones de los nervios (2ª parte)

 Como es sabido, el extravagante “Dr. Crabbe” —al igual que el “Dr. Cullingworth” de la narración pseudo autobiográfica de Doyle titulada The Stark Munro Letters— era un avatar literario de un médico lla­mado George Turnavine Budd con quien Conan Doyle se aso­ció tem­poral­mente en Plymouth en 1882. Un tipo de compor­tamientos deli­rantes —según Doyle/Munro, “un hombre en el primer estadio de la locura o la parálisis ge­neral”[1]— que murió a los treinta y cuatro años, víctima de “una anomalía cerebral”[2] tan fatal como borrosa.

Esta recopilación incluye «A Physiologist’s Wife»

Esta recopilación incluye «A Physiologist’s Wife»

     En «A Physiologist’s Wife»[3], una singular historia de bigamia, nos encon­tra­mos con el profesor Ainslie Grey, autor de una memoria “sobre el origen me­soblástico de las raíces de los nervios excitomotores”. Y, en «The Doctors of Hoyland»[4], con otras dos eminencias: el doctor Ja­mes Ri­pley, autor de “una monografía muy hábil”, supuestamente publi­cada en The Lancet, “sobre la ataxia locomotriz” y la doctora Verrinder Smith, ga­nadora de “una medalla de oro y de la beca de Lee Hopkins (…), en reco­nocimiento de los estudios en que agotó el tema de las funcio­nes de los nervios anteriores de la espina dorsal.”

     En el relato titulado «The Surgeon Talks», el Dr. Walker, autor, por su­puesto, de un “libro acerca de las esclerosis de las columnas posterio­res (…) tan interesante como una novela” y uno de los hom­bres que más sa­bían en Europa en cuestión de enfermedades de los nervios”, descubre dando una clase sobre la ataxia locomotriz que pa­dece esa enfermedad[5] y que se encuen­tra abocado a una muerte tan cruel —“acompañada de unas torturas más refi­nadas y lentas que si los pieles rojas lo tuviesen atado a un árbol”— como la que el Dr. Horace Shelby vaticina, cuando se hallaba escribiendo una mono­grafía acerca del tema”, al distinguido sir Francis Norton en el cuento denomi­nado «The Third Generation»[6].

     Por último, en el ya citado «A Medical Document», Doyle nos propor­ciona un diagnóstico precoz de un caso característico de P.G. [paráli­sis general] incipiente[7] a través del testimonio del Dr. Charley Man­son, “director del asilo de Wormley, y autor de una brillante monografía titulada «Oscuras le­siones nerviosas de los solteros[8]».”

El dr. Trevelyan, Holmes, Watson y un inspector de policia. "The Adventure of the Resident Patient"

El dr. Trevelyan, Holmes, Watson y un inspector de policia. "The Adventure of the Resident Patient"

     Ignoramos si Watson llegó a prestársela, pero está claro que Doyle tam­bién había leído la memoria olvidada del Dr. Trevelyan, pues los títu­los de las dos monografías son idénticos; con una pequeña salve­dad, la referen­cia, en el texto posterior de Doyle, al colectivo afectado por estas neuropa­tías: “los solteros” (the unmarried).

     Cabe pensar que Watson omitió ese elemento del título original de la mo­no­grafía del Dr. Trevelyan por ser demasiado revelador; pero, en cual­quier caso, no pudo evitar que Doyle proporcionara luego la clave para que sus propios lectores, incluso los más ignorantes de la termino­lo­gía médica, su­pieran con exactitud de qué “oscuras lesiones de los nervios” se trataba.

     Es en «The Sur­geon Talks» donde Conan Doyle nos descubre todas las impli­caciones médicas de “la soltería”; al relacionar la ataxia pade­cida por uno de sus personajes, el Dr. Walker, con el hecho de que fuera “sol­tero, lo que en su caso equivalía a decir que no mantenía relacio­nes con una sola mujer.” Dicho de otro modo, la parálisis general del pobre Walker era la consecuencia fatal de una infección venérea; el pre­cio pagado por “una vida irre­gular”, amplia­mente expiada —eso sí— al final de su existencia terrena.[9]

     ¿Hará falta recordar que Blessington era también un hombre sin es­posa (un­married) y que “su vida —según el testimonio siempre vago del Dr. Tre­velyan— era irregular”[10]?

     El vínculo entre ataxia locomotriz y sífilis ya había sido defendido con­tra la opinión mayoritaria por el dermatólogo Jean-Alfred Fournier[11] (1832-1914) desde 1875; pero hubo que esperar al Congreso Médico Internacional de Lon­dres para que el neurólogo alemán Wilhelm Hein­rich Erb (1840-1921) demos­trara la etiología sifilítica del noventa por cien de los casos de tabes dorsalis; sugiriendo, de paso, el posible ori­gen microbiano de esta neuropatía. Intuición notable, ya que la bacteria causante de la sífilis (Tre­ponema pallidum) sería descubierta mucho más tarde, en 1905, por Fritz Richard Schaudinn (1871-1906) y Paul Erich Hoffmann (1868-1959).

Wilhelm Heinrich Erb (1840-1921)

Wilhelm Heinrich Erb (1840-1921)

     Erb, sin embargo, no convenció a todo el mundo en 1881, por lo que el de­bate se prolongó innecesariamente hasta la década de los no­venta[12].

     Charcot, que no intervino en Londres en la polémica generada por la ponen­cia de Erb, sería después uno de los contradictores del alemán; cuyas afirma­ciones sobre el posible origen infeccioso de la ataxia choca­ban con la preeminencia dada por Charcot y sus alum­nos al factor heredi­tario en la etiología de cualquier trastorno neu­ro­lógico[13].

     De todos modos, los argumentos de Erb fueron lo suficientemente sólidos como para que los médicos jóvenes aceptaran de inmediato sus conclusiones sobre la etiología sifilítica de la tabes dorsalis; especial­mente en Gran Bretaña, ajena por completo a las rivalidades médi­cas franco-germanas.

     El agente literario fue un ejemplo precoz de este cambio de orienta­ción; como demuestran los relatos analizados y el contenido de la tesis que pre­sentó en 1885 para obtener el doctorado en Medicina por la Univer­sidad de Edim­burgo. Un documento académico sobre el que Doyle comenzó a traba­jar en Southsea, poco tiempo después de haber conseguido —¡en octubre de 1881!— la licenciatura para el ejercicio de la medicina general.

An Essay Upon the Vasomotor Changes in Tabes Dorsalis Ms. Edin­burgh Research Archive

An Essay Upon the Vasomotor Changes in Tabes Dorsalis Ms. Edin­burgh Research Archive

     El estudio era, en sentido estricto, “una monografía sobre las oscuras le­sio­nes de los nervios”. Versaba, por supuesto, sobre la ataxia locomo­triz[14], y aun­que no aportase mucho desde el punto de vista cien­tífico tenía algu­nas virtudes intrínsecas: no estaba mal escrito, resumía bien la sintomatolo­gía de la tabes dorsalis en el capítulo III (incluidas las perturbacio­nes ilustradas por Charcot en el Congreso de Londres[15]) y, sobre todo, se decantaba por las tesis novedo­sas de Erb y Fourier en torno a la etiolo­gía de la parálisis general, al recordar que el enfermo tabético, “in nine cases out of ten he has had syphilis, possibly a year ago, more pro­ba­bly four, eight, twelve or even twenty years before.”

     Doyle logró el título de doctor gracias a sus opiniones sobre el defi­ciente riego sanguíneo de las terminaciones nerviosas de la médula espi­nal en los ca­sos de tabes, pero no consiguió premios o medallas; y ello a pesar de haber propuesto el “nitrito de amilo y la nitroglicerina” (influido tal vez por las ex­periencias del Dr. Trevelyan), como remedios para atenuar los achaques de los pacientes atáxicos. Huelga decir que el trata­miento habría sido vano, ya que la ataxia era un mal irreversible contra el que nada podían las terapias paliativas[16], y a ve­ces totalmente ab­surdas[17], de la época.

     Si Percy Trevelyan era un especialista en neuropatías de origen vené­reo (las famosas “oscuras lesiones de los nervios” de su monogra­fía), y Blessington lo eligió como socio y médico particular en función, princi­palmente, de dicha especialidad, parece razonable concluir que el an­tiguo la­drón padecía algún trastorno neurológico derivado de una sífi­lis no sanada.

     Desde esta perspectiva, algunos hechos nos resultarán ahora menos chocantes. Por ejemplo, el desapego del Dr. Trevelyan hacia su pa­ciente.

     Cuando el Trepanoma pallidum ha dañado las áreas cerebrales en la fase terciaria de la infección sifilítica, el comportamiento del enfermo puede verse alterado de forma radical: bruscos cambios de humor, rap­tos hipocondríacos, inexplicables y muy violentos accesos de ira, impulsos homicidas o de automutilación, manía persecu­toria y otras ideas fijas.[18]

     En relación con este punto, la indiferencia inicial con que Percy Tre­velyan acogió las preocupaciones de Blessington por la seguridad de la vi­vienda o su miedo repentino a salir de casa, nos sugiere que el médico interpretaba dichos temores como una manifestación más de la enfermedad de su socio. Interpretación errónea pero disculpable, pues Blessington ya había dado muestras de obsesiones similares en el pa­sado.[19]

     Más explicable resulta igualmente la reticencia del Dr. Trevelyan a proporcionar detalles sobre la patología del paciente interno.

     En la época victoriana, el deber de los facultativos de guardar silen­cio sobre las enfermedades de sus clientes venía reforzado en todos aquellos casos en que las dolencias tenían connotaciones socialmente deshonrosas. La preocupación por este aspecto era tal que muchos médi­cos solían emplear fórmulas neutras en los certificados de defun­ción, llegando incluso a sustituir las causas reales del fallecimiento por otras menos dañinas para la reputación del muerto.

La sífilis, según un libro de medicina del siglo XIX

La sífilis, según un libro de medicina del siglo XIX

     La sífilis, enfermedad innombrable[20], constituía un supuesto idóneo para este tipo de prácticas; no siendo en absoluto raro que los casos de neurosífi­lis aparecieran enmascarados en los documentos médicos bajo eufemis­mos tan poco científicos como los de “reblandecimiento cere­bral”, “demencia paralítica” u … “oscuras lesiones de los nervios” [21].

© Juan Requena

Este artículo fue publicado por vez primera

en el Anuario correspondiente a 2003 de

la sociedad Círculo Holmes 

 


      [1] “A man in the first stage of lunacy or general paralysis.” Arthur Conan Doyle, The Stark Munro Letters. Cap. VII. Longmans & Green, Londres 1895, aunque primero fueron publicadas por entregas en The Idler Magazine (1894-1895).

      [2]Arthur Conan Doyle, Memories and Adventures. Oxford University Press, 1924. [Trad. cast. Memoiras y aventuras. Valdemar [Enokia S.L.], Madrid 1999].

      [3]Arthur Conan Doyle, «A Physiologist’s Wife». Blackwood’s Magazine, sep­tiembre de 1890. Recopilado en Round the Red Lamp [Trad. cast. «La es­posa del fisiólogo», en Cuentos de médicos y militares].

      [4]Arthur Conan Doyle, «The Doctors of Hoyland», The Idler Magazine, abril de 1894. Recopilado en Round the Red Lamp [Trad. cast. «Los doctores de Hoyland», en Cuentos de médicos y militares]

      [5] Al constatar en carne propia el “signo de Romberg”: “Walker daba una lección sobre ataxia locomotriz ante una sala llena de estudiantes jóvenes. Les explicaba que uno de los sínto­mas primeros de la enfermedad es la imposibilidad que tiene el enfermo de juntar sus talones con los ojos cerra­dos sin tambalearse. Ilustró sus palabras con la acción, colocándose en esa actitud. Yo creo que ninguno de los alumnos reparó en lo que le ocurrió al profesor. Yo sí, y él también, a pesar de lo cual dio fin a su lección.” [Arthur Co­nan Doyle, «The Surgeon Talks», Round the Red Lamp, Methuen & Co. Ltd. Londres, 1894 [Trad. cast. «Habla el ciru­jano», en Cuentos de médicos y militares].

      [6]Arthur Conan Doyle, «The Third Generation», Round the Red Lamp, Methuen & Co. Ltd. Lon­dres, 1894 [Trad. cast. «La tercera generación», en Cuentos de médicos y militares].

      [7]“Sus labios tenían extraños estremecimientos, se le apelmazaban las pala­bras, y lo mismo le ocurrió a su escritura cuando tuvo que poner por es­crito un pequeño contrato (…) una de sus pu­pilas estaba siempre un poco más dilatada que la otra (…), aquel hombre estaba conde­nado a muerte co­mo si estuviese en capilla en la cárcel de Newgate.” [«Un documento mé­dico»]

      [8]“Obscure Nervous Lesions in the Unmarried”, en el original. El resaltado es nuestro.

      [9]“Cinco años necesitó la enfermedad para matarlo, y él aguantó magnífica­mente todo. Si du­rante algún tiempo había llevado una vida irregu­lar, la expió con aquel largo martirio. Fue lle­vando un registro admirable de sus propios síntomas y reprodujo los cambios de la vista con una minuciosi­dad no alcanzada por nadie. Cuando se le agravó la ptosis, mantenía levan­tado el pár­pado superior con una mano y con la otra escribía. Cuando llegó a no poder coordinar los movi­mientos de sus músculos para escribir, dictaba a su enfermera. Así murió, en olor de ciencia, Ja­mes Walker, a los cuarenta y cinco años.” [«Habla el cirujano», el resaltado es nuestro]

      [10]“Llevaba una vida irregular, pero en cierto aspecto [contabilizar los ingre­sos dia­rios de la consulta] era la regularidad en persona.” Las palabras del Dr. Tre­velyan contradicen la visión que él mismo ha proporcionado de Blessing­ton: un hombre que “rehuía a la gente y rara vez salía a la calle”. Afirma­ción que no coincide tampoco con la realidad; pues, como sabemos, Blessing­ton salía todos los días a dar un paseo. Desde luego, cuando se trata de hablar de su so­cio, Trevelyan no puede evitar ser impreciso.

      [11] Médico en el Hôpital Lourcine, institución dedicada al tratamiento de muje­res con dolencias venéreas, y profesor de enfermedades cutáneas y sífi­lis del también parisino Hôpital Saint-Louis desde 1876, Jean-Alfred Fournier dedicó toda su vida al estudio, prevención y tratamiento de la sífilis. Su bibliografía sobre la materia es verdadera­mente agotadora: La syphilis du cerveau.(1879); Syphilis et mariage (1880); Leçons cliniques sur la syphilis étudiée plus particulièrement chez la femme (1881); De l’ataxie locomotrice d’origine syphilitique (1882); Leçons sur la pé­riode praea­taxique du tabes d’origine syphilitique (1885); La syphilis hérédi­taire tar­dive (1886); Leçons sur la syphilis vaccinale (1889) ; L’hérédité syphiliti­que (1891); Les affections parasyphilitiques (1894); Les chancres extra-génitaux (1897)..

      [12]La discusión venía favorecida en parte por el enorme lapso temporal que mediaba entre la inocula­ción de la sífilis y los primeros síntomas neurológicos de la parálisis general. Si las fases pri­maria y secundaria de la infección sifilí­tica eran fácilmente reconocibles por lo llamativo de sus mani­festaciones exter­nas (chancro, erupciones y otras lesiones cutáneo mucosas), no ocurría lo mismo a partir del momento en que la enfermedad entraba en su fase la­tente. Desapareci­das las marcas exte­riores, espontáneamente y sin dejar hue­llas, el mal pare­cía curado; aunque lo cierto era que seguía progresando imparable durante años, pudiendo afectar a cualquier órgano del enfermo: los huesos, los ojos, el hígado, la aorta y, por supuesto, el cerebro o las raíces de los nervios. Por desgracia, los síntomas en esta fase terciaria eran tan simila­res a los de otras dolen­cias (tumores, enfermedades reumáticas o cardio­vasculares, trastornos mentales…) y se revelaban tanto tiempo des­pués de la ino­culación, que el nexo causal se difuminaba para los médicos; hasta el punto de hacerles creer —como en el caso de la ataxia locomotriz— que estaban en presencia de patologías específicas.

      [13]La doctrina de la escuela de La Salpêtrière sobre la etiología de las neuro­pa­tías cristalizó en torno a la noción de “herencia neuropática”. De acuerdo con este enfoque, todas las enfermedades del sistema nervioso, a pesar de sus diferentes sintomatologías y con independencia de que tuvie­ran una causa inmediata de naturaleza infecciosa (como en el caso de la tabes dorsalis), psico­traumática (como en la histeria), tóxica (como en los trastornos al­cohólicos) o medioambiental, estaban condi­cionadas por la existencia de una “prédisposition nerveuse héreditaire” en el en­fermo. El factor hereditario era pues el elemento esencial al que los otros posibles factores que­daban subordinados. Estas tesis serían defendidas tanto por Charcot, en sus Le­çons du Mardi, como por sus discípulos Déjérine y Féré, a finales de la dé­cada de 1880.

      Como vemos, el enfoque de la escuela de La Salpêtrière enlazaba directa­mente con la idea de “dégénérescence”, corriente dominante en Francia desde la publicación del Traité physiologique et pratique de l’hérédité natu­relle (1847) de Prosper Lucas (1808-1885) y La psychologie morbide (1859) de Joseph Moreau de Tours (1804-1884). Aunque no hay duda que los antece­dentes inmedia­tos de aquellos postulados habría que buscarlos en el voluminoso Traité des dégénérescences physi­ques, intellectuelles et morales de l’espèce humaine (1857) y en el no menos influyente Traité des maladies mentales (1860) del médico y ex-seminarista Bénédict Agustin Morel (1809-1873); quien sostuvo que la causa principal de la locura era la “degenera­ción hereditaria”, una mutación pato­lógica, que podía tener su origen en causas tanto físicas como morales, capaz de alterar al hombre perfecto “tel que Dieu l’a créé”. Salvando las impli­caciones teológicas, es obvio que Holmes habría suscrito buena parte de estos planteamientos, dada la importancia que con­fiere al factor hereditario en la génesis de la conducta criminal [vid., por ejem­plo, sus observaciones sobre el Dr. Grimesby Roy­lott en «La banda mo­teada» o sus comentarios sobre el Coronel Moran en «La casa vacía»].

      [14]Arthur Conan Doyle, «An Essay upon the Vasomotor Changes in Tabes Dorsalis and on the Influence which Is Exerted by the Sympathetic Nervous System in that Disease, Being a Thesis Presented in the Hope of Obtaining the Degree of Doctorship of Medicine of the University of Edinburgh». Un largo extracto del capítulo III de esta tesis puede encontrarse en la antología The Edinburgh Stories of Arthur Conan Doyle. Edinburgh University Student Publications Board, 1981. Págs. 81 a 86.

      [15]“For some time the friends of the patient have observed an uncertainty in his gait, which continues until walking becomes a matter of difficulty. He him­self makes the discovery some night that without a light he is helpless, and fall to the ground (…) On examination the latter finds that the knee-jerk is gone, and possibly the cremasteric and gluteal reflexes as well. On being asked to shut his eyes the patient totters (…) Occasionally stranger symptoms may come upon the sufferer. A small raw spot upon the plantar aspect of his foot may deepen and enlarge until a perforating ulcer is established. Or certain of his joints may become flooded by a sudden copious effusion, which rapidly bursts the ligaments, destroys the joint and causes atrophy of the articular end of the bones.” [Arthur Conan Doyle, «An Essay upon the Vasomotor Changes in Tabes Dorsalis», capítulo III. The Clinical Symptoms of Tabes].

      [16]Recordemos que la sífilis aún era tratada a finales del siglo XIX con ni­trato de plata y mercurio; medicaciones clásicas de peligrosos efectos secunda­rios. El famoso salvarsán del bacteriólogo ale­mán Paul Ehrlich co­menzó a utilizarse a partir de 1909, y los antibióticos, únicos remedios curati­vos eficaces, en los años cuarenta del siglo XX. En lo referente a la ataxia, las terapias eran muy limita­das: técnicas primitivas de rehabilitación, curas termales, electroterapia, y morfina cuando los dolores devenían insoporta­bles.

      [17]Por ejemplo, la cauterización de la espalda del atáxico, descrita por Doyle en el capítulo IX de The Stark Munro Letters; el Elixir de Yvon y el Vino de Co­lombo, o la “suspensión”, utilizada en Odessa desde 1883 por un tal Motchu­kowsky, consistente en estirar la columna vertebral sirviéndose de un arnés ajustado al mentón y a la base del cráneo del enfermo de tabes. Izado mediante una polea y una cuerda, el paciente permanecía colgado du­rante algunos minutos del techo del dispensario. Charcot, que confiaba mu­cho en esta nueva y dolorosa técnica, la aplicó a varios de sus pacientes, Alphonse Daudet entre ellos, sin gran­des resultados. Charcot también probó suerte en 1892 con las inyecciones subcutáneas de “liqueur organique” del profesor Char­les Edou­ard Brown-Séquard (1817-1894); una solución acuosa con extrac­tos de glándulas testículares de perro y conejo de Indias, pensada so­bre todo para recobrar el vigor juvenil, que no pasaba de ser un simple pla­cebo.

      A título de curiosidad señalemos que el experi­mento de Brown-Séquard, descrito en una detallada memo­ria [«Expérience démontrant la puis­sance dyna­mogénique chez l’homme d’un liquide extrait de testicule d’ani­maux». Archives de physiologie normale et pathologique, París, 1889, 5, serie 1, Págs. 651-658], debió servir de inspiración al Dr. Lowenstein de Praga, para desarrollar su suero revitaliza­dor a base de glándulas de mono en 1903. Una investiga­ción, cono­cida sólo por lo que de ella se nos cuenta en «El hom­bre que rep­taba», que parece anticipar a su vez los transplan­tes de glándu­las genita­les de chim­pancés y babuinos efectuados por Sergei Voro­nov (1866-1951) entre 1920 y 1930.

      [18] Doyle proporciona muestras abundan­tes de tales trastor­nos de conducta a través del personaje del “Dr. Cullingworth” en The Stark Munro Letters, En el capítulo IX, por ejemplo, Conan Doyle describe la brutal reacción del médico contra un caballo que lo había descabalgado. Ciego de ira, Culling­worth trató de herir al animal con un hacha en un gesto que recuerda al del violento coronel Lysander Stark —otro “Stark” y otro “pa­ciente interno”, por cierto— de «El pulgar del ingeniero».

      [19] Recordemos aquí su irracional actitud ante el fuego: “Sentía un miedo enfermizo del fuego y siempre tenía a su lado unos de estos rollos [de cuerda] para poder escapar por la ventana en caso de que las escaleras es­tuvieran ardiendo.” [El paciente interno]. Es posible que Blessington hubiera trabajado de muchacho en unas hilaturas, pues el riesgo de incendio en estos es­tablecimientos era permanente y angustioso. Patrick Brontë, el padre de las famosas escritoras, que había trabajado en los telares de lino desde niño, sentía el mismo temor incontrolado por los incendios y ya de adulto colocaba cubos de agua y arena en todas las habitaciones de su casa.

      [20]Vid. Juan Requena, Noli me tangere. Representaciones de la sífilis en el Ca­non. Edición privada. París 2003.

      [21] Alphonse Daudet (1840-1897) alude a este fenómeno en las notas que redactó entre 1887 y 1895 sobre la evolución de su enfermedad: “Et pas une fois, ni chez le médecin, ni à la douche, ni dans les villes d’eau où la maladie se traite, son nom, son vrai nom prononcé, «mala­die de la moelle»! Les livres scientifiques même l’intitulent «système nerveux»!” [La Doulou (La Douleur), Librairie Arthème Fayard, col. Mille et Une Nuits; París 2002. Pág. 24] A pe­sar de su observación, Daudet omite en todo momento el término sífilis en este mal conocido texto, publicado póstuma­mente en 1930 por voluntad de sus herederos, del que existe traducción castellana [Alphonse Daudet, En la tierra del dolor. Intro­ducción y notas de Julian Barnes; Alba Editorial, Barce­lona 2003].

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6 Responses to “Una monografía sobre las oscuras lesiones de los nervios (2ª parte)”


  1. 1 belakarloff
    26 noviembre 2010 en 9:40

    Segunda y última parte de esta espléndida monografía.

  2. 2 doctorwatson65
    29 noviembre 2010 en 21:10

    Interesante artículo…

  3. 30 noviembre 2010 en 13:19

    Bueno, pues fantástico. Tan completo como siempre… Sólo le pondría una pega, que la tesis central de la identificación de enfermedades con la sífilis me parece queda deslucida (e incluso algo confusa, salvo los párrafos finales) tras el arduo establecimiento de relaciones entre personajes ficticios y reales (que tanto nos gusta de por sí) y el estilo extremadamente “laberíntico”. Sin embargo reconozco que no se aleja del estilo habitual del sr. Requena, que suelo apreciar. ¿Problema mío o del artículo?

    • 4 De Maupertuis
      1 diciembre 2010 en 9:26

      No le falta razón, Sr. Miguez. Existe una segunda y más ligera versión del artículo que formaba parte de una suerte de “trilogía médica” escrita en 2003. Por desgracia, los ficheros con los textos me temo que se han perdido para siempre. Ignoro si aún queda algún ejemplar en papel de los mismos, pero si así fuera, sugeriría al Sr. Bela que sustituyera esta versión no del todo satisfactoria por el conjunto de la trilogía, pero cómo no conserve algún miembro de la SMA los originalesno lo veo harto difícil.

  4. 5 belakarloff
    1 diciembre 2010 en 9:47

    Pues si aparece, me ofrecería no a sustituir esta versión, sino a complementarla con lo demás…


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