24
Nov
10

Una monografía sobre las oscuras lesiones de los nervios (1ª parte)

Well, of what the folk die of, and what

diseases are made most use of in novels.

Some are worn to pieces, and others, which

are equally common in real life, are never mentioned.

Arthur Conan Doyle, A Medical Document

 

Su secreto era vergonzoso y no podía resig­narse a divulgarlo.

Sherlock Holmes, El paciente interno

 

Londres, octubre de 1881[1]. En una ventosa noche otoñal un joven mé­dico, el doc­tor Percy Trevelyan, acude a Baker Street para solici­tar los ser­vicios de Sherlock Holmes.

     La investigación en que el detective se ve­rá implicado tras esta visita no constituye el objeto de nuestro estudio, pero si nos interesa saber que, desde hace un par de años, el Dr. Trevelyan tiene con­sulta abierta en el West End gracias a su asociación con el señor Blessing­ton. Un individuo extraño, que se avino a sufragar todos los gas­tos li­gados al funcionamiento del con­sulto­rio y a su costosa puesta en marcha bajo una doble condición: que Trevelyan le entregara las tres cuartas partes de sus honorarios y le atendiera en calidad de pa­ciente privi­legiado en lo que sería, a par­tir de aquel mo­mento, el domici­lio común del médico y de su socio capita­lista.

     Si la finalidad económica de tan singular sociedad no requiere de mu­chos comentarios[2], más controvertida resulta en cambio la motiva­ción terapéutica, ya que el galeno se muestra muy poco intere­sado en los males de un pa­ciente al que no estima en exceso y de quien sólo nos dice que “parece que tenía el corazón débil y que necesi­taba una continua vigilancia médica.”

     ¿“Parece[3]? ¿Acaso el Dr. Tre­velyan no sabía verdadera­mente de qué padecía su asociado? ¿Es que nunca se tomó la moles­tia de exami­nar con un mínimo rigor a la persona con quien con­vivía?

     La imprecisión del dictamen resulta inaceptable, espe­cialmente en un médico tan satisfecho de su historial académico como el Dr. Tre­velyan, por lo que sólo caben dos explicaciones para justificarla: o Blessington no era más que un enfermo imaginario sin verdaderas dolen­cias, lo que explicaría la des­gana del médico a la hora de referirse a ellas; o la enferme­dad de Blessington era cierta, pero el doctor prefi­rió refugiarse tras un diagnóstico vago para no dar detalles sobre la patolo­gía real de su pa­ciente.

     Otro médico, el Dr. Watson esta vez, parece respaldar la hipótesis de la enfer­me­dad al describir a Blessington como un hombre,

… cuyo aspecto, así como su voz, revelaban que tenía los nervios de punta. Estaba muy gordo, pero, por lo visto, en algún momento lo había es­tado mucho más, de modo que la piel del rostro le colgaba en flácidas bolsas, como la quijada de un sabueso. Tenía un co­lor horri­ble y su fino cabello rubio rojizo parecía erizarse con la intensidad de su emoción.

     Sin embargo, no podemos ignorar que Watson nos pinta a Blessing­ton en su peor momento, en plena crisis de pánico; consciente de que aquellos a quienes traicionó en el pasado han conseguido localizarle y se preparan sin duda a darle muerte. La amenaza, pues, es bien real y el aspecto desmadejado y macilento de Blessington perfectamente explica­ble.      En este contexto, la descripción watsoniana tiene un valor limi­tado para deter­minar la dolencia de Blessington, aunque la alusión a sus ner­vios deshechos encaja con la especialidad médica vo­cacional del Dr. Trevelyan: las enfermedades de origen nervioso.

Mr. Blessington - Sidney Paget - Strand Magazine (1893)

Mr. Blessington - Sidney Paget - Strand Magazine (1893)

 

     Obligado a trabajar como médico generalista para ganarse la vida, Tre­velyan se define en realidad como un especialista en la rama —aún inci­piente a finales del siglo XIX— de la neurolo­gía[4]. Disciplina en la que había adqui­rido cierta práctica en el King’s College Hospital de Lon­dres; lo­grando el reconocimiento de sus colegas por sus “investigacio­nes acerca de la patolo­gía de la catalepsia” y “el premio y la medalla Bruce Pinker­ton” por una monografía sobre oscuras lesio­nes del sis­tema ner­vioso.[5]

     Del texto canónico se desprende que Blessington se había to­mado la molestia de hacer averiguaciones sobre el currículo del jo­ven in­vesti­ga­dor[6]. Para asegurar su futura inversión, claro está, pero no solamente por eso. A fin de cuentas, Blessington no buscaba única­mente un socio con potencial para hacer fortuna, sino también alguien que le proporcio­nara esa constante supervisión médica de la que pare­cía tener necesi­dad; por lo que no es ab­surdo pensar que la especiali­zación del Dr. Tre­velyan en aquel tipo de trastor­nos pudiera haber sido un elemento decisivo para que Blessington lo eligiera a él en de­trimento de otros jóve­nes facultativos, no menos ambiciosos y tan cor­tos de fondos como el Dr. Trevelyan.

     No obstante, los datos de que disponemos para tratar de identificar la po­si­ble enfermedad de Blessington son tan magros y el campo de las neu­ropatías tan vasto, que nuestras conclusiones deberán ser valora­das con cautela por los lectores de este ensayo.

     Comencemos, al menos, por excluir lo imposible.

     A pesar del interés de Trevelyan por la catalepsia —estado, similar al trance, característico de la esquizofrenia catatónica y de algunas for­mas de histeria— es obvio que no puede tratarse del mal de Blessing­ton, dado que, según Tre­velyan, una de las mayores difi­cultades para su estudio era, preci­samente, “lo rara que es la enfermedad”.

     Por otra parte, si el Dr. Trevelyan estuviera ya conviviendo con un catalép­tico no habría mostrado la excitación de que hace gala ante la peti­ción de con­sulta de un misterioso cliente supuestamente aquejado de esa misma afección. Salvo que el principal atractivo del nuevo pa­ciente estu­viera más que en su po­sible estado clínico en su condición de “noble ruso”; lo que, dicho sea de paso, equivalía en la mentalidad de la época al para­digma del loco pródigo.

Un noble ruso - Sidney Paget - Strand Magazine (1893)

Un noble ruso - Sidney Paget - Strand Magazine (1893)

     En cualquier caso, retengamos dos datos que pudieran revelarse úti­les en una fase posterior de nuestro análisis.

     En primer lugar, la preocupación del Dr. Trevelyan por una neuropa­tía parali­zante en la que el paciente se encuentra en una situación de arreactivi­dad generalizada, con los músculos rígidos y las extremidades quietas en una misma posición durante un largo período de tiempo. En relación con este último punto, señalemos que Trevelyan en ningún mo­mento advierte que el “noble ruso”, al que finalmente había recibido en su consultorio, es­taba fingiendo su ataque de inmovilidad extrema; cosa que tendría que haber sospechado, siendo “una autoridad” en la materia, nada más ver lo rápida­mente que aquel se había puesto a deam­bular por la casa. Holmes, sin ser médico, se da cuenta ense­guida de que todo era “una imita­ción fraudulenta (…), aunque no me atre­vería a in­sinuar tal cosa a nuestro especialista”[7]

     En segundo lugar, tomemos nota del curioso remedio que Trevelyan pro­pone para sacar al enfermo del trance cataléptico: “la inhala­ción de nitrito de amilo”[8]. Un potente vasodilatador utilizado en aque­llos años para reducir el dolor de la angina de pecho y la presión san­guínea[9], que au­menta en dosis ba­jas el ritmo cardíaco, pero cuyos efec­tos estimu­lantes son de duración limi­tada —un máximo de tres minu­tos— frente a unos efectos secundarios que pueden durar días, simila­res además —migrañas, nauseas, mareos, falta de coordina­ción, disminu­ción del tono de las funciones corporales— a los que produci­ría … ¡un anestésico!

     Extraño tratamiento para la catalepsia. Si de catalepsia es de lo que esta­mos hablando, por supuesto.

     Anotemos finalmente que el uso prolongado del nitrito de amilo puede dar lu­gar a una llamativa pérdida de peso (¿algo que ver, tal vez, con el aspecto de odre deshinchado del señor Blessington?) y que su utilización fue suge­rida por un viejo conocido nuestro, el agente litera­rio del Dr. Watson, como remedio para atenuar los síntomas no de la cata­lepsia si no de la ataxia lo­comotriz. Otra de esas oscuras enfermeda­des del sistema nervioso de las que el Dr. Percy Tre­velyan tuvo sin duda que ocu­parse en su monografía.

     Sin pretenderlo, las alusiones al agente literario y al texto laureado del Dr. Trevelyan, nos han hecho rememorar las abundantes monogra­fías que apare­cen en los relatos de Arthur Conan Doyle ambientados en el mundo de la medicina, pero también las obras del doctor Jean-Mar­tin Charcot, el más distinguido de los neurólogos europeos del siglo XIX[10], fallecido en el mismo mes y año —agosto de 1893— en que fue publicada «La Aventura del paciente interno» en el Strand Magazine[11].

     En realidad, estos dos recuerdos, la figura de Charcot y las monogra­fías apócrifas de Conan Doyle, se encuentran estrechamente unidos y ambos nos van a proporcionar algunas claves adicionales para nuestro estudio.

Jean-Martin Charcot - El Napoleón de las neurosis en 1886

Jean-Martin Charcot - El Napoleón de las neurosis en 1886

     Aunque el prestigio de Jean-Martin Charcot (1825-1893), director desde 1862 del Hospital de La Salpêtrière, el mayor centro de en­fermeda­des nerviosas de Francia, y profesor de patolo­gía en la Fa­cul­tad de Medi­cina de París desde 1872, estaba harto consolidado en los círculos aca­démicos antes de 1881, no hay duda que ese fue el año de su consagración en­tre el gran público como uno de los prime­ros es­pecialis­tas mundiales en enfer­medades del sistema nervioso. Dos aconte­cimientos de trascendencia interna­cional contribuyeron a ello.

     El primero se produjo en marzo de 1881, fecha del primer viaje de Char­cot a Rusia[12], tras ser llamado por un antiguo alcalde de Moscú para que tra­tara a su hija de una neuropatía. Lo acertado del diagnós­tico y la rápida mejoría que ex­perimentó la paciente confirmaron la fama de que ya gozaba el profesor; dando origen a una agotadora serie de reuniones académicas, visitas a hospitales y universidades, leccio­nes magistrales, consultas masivas y banquetes-homenaje en San Peters­burgo, ampliamente cubierta por los principales periódicos euro­peos de la época, totalmente rendidos ante las hazañas médicas en la tierra de los zares del “Napoleón de la neurosis”[13].

     Según la opinión de uno de sus contemporáneos, el escritor Jules Claretie, Charcot había,

“… mis le doigt sur la maladie du siècle, sur cette névrose dont nous souffrons tous plus ou moins, et dont la Russie souffre peut-être plus que nul autre peuple au monde (sic).”[14]

     En su exageración, el comentario revela un hecho innegable: la abun­dante clientela de origen ruso con que contaba Charcot en París. Una larga lista de pacientes adinerados y generosos que se vio aumen­tada des­pués del periplo triunfal de 1881 con nombres tan sonoros como los de los Grandes Duques Ni­colás y Constantino, el del aristo­crático Paul Ignatiev, hijo de un minis­tro del zar, o el del riquísimo cons­tructor de ferrocarriles Poliakov,.

Anotaciones y dibujos de Charcot en Rusia

Anotaciones y dibujos de Charcot en Rusia

     Con estos antecedentes, no es de extrañar que el Dr. Trevelyan se percibiera a sí mismo como un segundo Charcot (¿el “Wellington de las neu­ropatías”?) y que su fa­cultad de diagno­sis, nu­blada por la vanidad y la pers­pectiva de ganan­cias fabulosas, quedara es­candalosa­mente mer­mada el día en que los compin­ches de Blessington se presentaron en Brooke Street bajo el disfraz de nobles rusos.

     La pantomima del conde eslavo, inspirada visiblemente en el éxito de la gira rusa del Dr. Charcot, demuestra asimismo que aquellos de­lincuen­tes habían llegado a familiarizarse, si­quiera mínimamente, con las inquietudes clí­nicas de Percy Trevelyan. Sabían, desde luego, cómo llamar su atención. Estaban al tanto de que la catalep­sia era su especiali­dad, cono­cían los síntomas básicos de tan rara enfer­medad[15] y sa­bían in­cluso fingirlos de modo convincente. In­comprensiblemente, ignoraban las rutinas más obvias —sus cortos paseos diarios, por ejem­plo— del hom­bre a quien perseguían[16].

     Cabe pensar que algunas de estas informa­ciones las habían obte­nido a través del mucha­cho que servía de por­tero en el consultorio de Brook Street. Un cómplice reciente, según de­duce Sherlock Hol­mes sin dar muchos detalles[17], al que habían lo­grado introducir en la vi­vienda o al que sim­plemente habían logrado con­vencer —mediando dinero o amena­zas— para que les facilitara un duplicado de la llave de la casa o les franqueara la puerta la noche del asesinato; hipótesis más plausible a nuestro juicio, dado lo poco que sabían de los hábitos de Blessing­ton.

     De hecho, parece como si los antiguos atraca­dores del banco de Worthing­ton no estuvieran seguros de que Blessington y Sutton, su viejo cómplice traidor, fueran la misma persona, y que sólo hubieran alcan­zado esa cer­teza en su segunda visita a Brook Street; tal vez des­pués de que uno de los “rusos” consiguiera introdu­cirse en las habitacio­nes de Blessington y viera su retrato sobre la repisa de la chime­nea[18].

     En realidad, desconocemos qué pasos siguieron los asesinos hasta descu­brir a su víctima. Lo único que sabemos con seguridad es que co­menzaron su búsqueda en la capital del Imperio Británico inmediata­mente después de ser excar­celados. Esto es, en fechas muy cercanas a aquellas en que se pro­dujo el segundo acontecimiento decisivo en la carrera europea del profesor Charcot: su participación estelar en el sép­timo Congreso Médico Internacio­nal, cele­brado en el St. James Hall de Londres en agosto de 1881.

     La presidencia del Congreso recayó en sir James Paget (1814-1889), ci­ru­jano de la familia real; descubridor en 1835, cuando estudiaba en el St. Bartholomew’s Hospital[19], del gusano Trichinella spiralis —descono­cido hasta ese momento para la ciencia como agente causante de la triquinosis en el hom­bre— y uno de los patólogos más populares de la época por sus in­vestigaciones sobre el cáncer y la osteitis deformans[20].

Sir James Paget (1914-1889), caricatura de la época

Sir James Paget (1914-1889), caricatura de la época

     Fue Paget quien se encargó de conseguir la presen­cia en el Congreso de Londres de lo más selecto de la profesión médica mundial en sus diversas especialidades: Virchow, Erb, Jackson, Koch, Pasteur y, por supuesto, Jean-Martin Charcot, con el que Paget había debatido a fondo so­bre neuromi­mética[21] y de quien era amigo desde la década de 1860.

     Bajo los auspicios de Paget, el profesor Charcot fue nombrado en 1878 miembro de honor de la British Medical Associa­tion; en­tidad a cu­yas reuniones anuales venía por otra parte asis­tiendo desde 1869. No es improbable, por tanto, que Charcot se cru­zara con el premiado Percy Tre­velyan en las reuniones de 1878 ó 1879 y que leyera incluso su recién termi­nado texto sobre las oscuras lesiones de los nervios en esa época[22]; habida cuenta de que Char­cot estaba familiarizado con todo lo que se publi­caba sobre su especialidad al otro lado del Canal de La Mancha, habiendo tradu­cido varias monogra­fías médicas británicas al principio de su carrera.

     En justa contrapartida, numerosas actas de las consultas realizadas en La Salpêtrière fueron apareciendo regularmente desde 1872 en la prensa inglesa especializada. En 1877 se tradujo por fin al inglés el pri­mer volumen de las afamadas Leçons sur les Maladies du Système Ner­veux[23] y en 1881, cómo no, un segundo volumen; precisamente, el tomo en el que Charcot desarro­llaba sus investigaciones sobre lo que constituiría uno de los temas centrales del Con­greso Médico Internacio­nal de Londres: la ataxia locomotriz y sus secuelas.

     Señalemos, para los amantes de las coincidencias, que esas dos prime­ras entre­gas fueron traducidas por un neurólogo irlandés[24], dis­cípulo en París de Charcot y de Guillaume Duchenne (1806-1875) y profe­sor de bo­tánica y zoo­logía en la Facultad de Medicina de la Universi­dad Católica de Dublín, que desempeñó un importante papel en el renacimiento del cel­tismo litera­rio[25] (fue miembro fundador de la Irish Literary Society en 1892), contribu­yendo con varias obras de conte­nido político[26] y numerosos artículos periodís­ticos[27] a la causa del nacionalismo irlandés. Un polígrafo[28] amable con aspecto de vi­kingo[29], que reivindicaba la influencia del factor escandi­navo en la formación de la cultura irlandesa y que respondía al nombre de George… Sigerson.

George Sigerson (1836-1925)

George Sigerson (1836-1925)

    

     ¿Se apropió Sherlock Holmes del apellido del Dr. Sigerson (1836-1925) para desaparecer en el Tíbet disfrazado de explorador no­ruego[30]? ¿Vio tal vez ese nombre entre los libros médicos del Dr. Wat­son? Lo igno­ramos, aunque no es improbable que éste dispusiera de un ejem­plar de Lectures on the Diseases of the Nervous Sys­tem o in­cluso de un opúsculo del propio Sigerson sobre la situación legal de los locos[31], materias que, sospechamos, intere­saban mucho a Watson por complejas razones familiares[32].

     Por otra parte, si Watson era capaz de interesarse por una obra minorita­ria y de es­caso éxito editorial como la monografía del Dr. Tre­velyan[33], no podría haber igno­rado el texto ya clásico de Charcot, el médico de moda. Alguien de quien todo el mundo hablaba después de que su nombre y su rostro se ins­cribieran, en unión de los de Paget y Von Lagenbeck, me­diante un increíble alarde piro­técnico en el cielo noc­turno de Londres, durante la ceremonia de clausura del Congreso Médico Internacional de 1881.

     Es posible que durante aquellos días de agosto de 1881 Percy Tre­velyan lle­gara a entrevistarse con el profesor Charcot, alojado en el número 15 de Harley Street, muy cerca de la calle en la que el primero tenía su con­sulta. Es se­guro en cambio que debió seguir el desarrollo del Congreso con parti­cular interés, dado que gran parte de las ponen­cias estaban relacio­nadas con su especiali­dad[34].

     Charcot, como sabemos, contribuyó con una lectura sobre las artro­pa­tías de la ataxia locomotriz; apoyándose, para dar mayor fuerza a su demostra­ción, en una apabullante colección de moldes, fotografías y hasta el esque­leto y la efigie en cera de tamaño natural de una pa­ciente de sesenta años, considerada por Charcot como un caso típico —la espalda encorvada, las rodillas y los pies deformados[35]— de las osteopatías producidas por aquella degeneración progre­siva de las raíces y columnas posteriores de la médula espinal y el tronco del en­céfalo.

     Los síntomas de esta enfermedad —descrita ya por Duchenne, el maes­tro de Charcot—, a la que se dio el nombre, indistintamente, de ataxia locomo­triz, parálisis general o tabes dorsalis, habían sido detalla­dos de forma exhaustiva por Charcot y Bou­chard a partir de 1866; diferen­ciando con cla­ridad la lesión principal del conjunto de patologías asociadas que la delata­ban: trastornos oculares, tem­blores y calam­bres; impotencia, crisis gástricas, desórdenes fun­cionales de la vejiga, el recto y la laringe (las palabras se apelmazan y la voz se vuelve tem­blona, como en el caso de Blessington); pérdida de reflejos y coor­dina­ción muscular; desarreglos en el modo de ca­minar, parálisis paulatina y do­lorosa de las extremidades inferiores, demen­cia…

     En el Congreso de Londres, Charcot completó definitivamente el cua­dro clínico con la descripción de las lesiones provocadas por la ataxia en los li­ga­mentos y los huesos de las articulaciones. Formas específi­cas de osteoar­tritis conocidas, a partir de ese momento y a sugerencia del Dr. Paget, por el apela­tivo de “articulaciones de Charcot”.[36]

     Nótese aquí, por lo que el dato pudiera valer, que Watson alude a los “to­bi­llos hinchados y los pies desgarbados” de Blessington al describir su ca­dáver. Sin embargo, la información debe ser apreciada de nuevo con re­serva ya que Wat­son está refiriéndose a las extremidades inevitable­mente tumefactas de un ahorcado.

     El éxito de Charcot en el Congreso de Londres se debió, por su­puesto, a la talla profesional del sabio y a su legendaria capacidad di­dáctica, pero también a la materia objeto de su intervención: la sintomato­lo­gía de “una enfermedad que se está propagando a saltos y que tiene el honor de ser absolutamente incura­ble.” [37]

Portadas de "Round the Red Lamp" y "Cuentos de médicos"

Portadas de "Round the Red Lamp" y "Cuentos de médicos"

     La cita anterior no es de Charcot, sino que pertenece al agente litera­rio del Dr. Watson y está to­mada de «A Medical Document», uno de los relatos de tema médico que Arthur Conan Doyle compuso, entre 1882 y 1890, mientras ejercía de médico sin suerte en Southsea.

     Curiosamente, en varios de esos cuentos se alude a oscuras cuestio­nes neuroló­gicas, asociadas, nada menos que en cinco de ellos, a una monogra­fía. El dato justifica que nos detengamos brevemente en este conjunto de sorprendentes historias.

     En la primera de ellas, «Crabbe’s Practice»[38], Doyle nos presenta a Thomas Waterhouse Crabbe, doctor sin clientes, que prepara una cura­ción tan especta­cular como falsa para atraer a los pacientes de otros colegas y, en particular, a los del Dr. Markham; un médico, según Crabbe, que “no sabría decir qué dife­ren­cia existe entre una ataxia locomo­triz y una jeringuilla hipodérmica”.

© Juan Requena

Continuará…

 


      [1]  “No estoy seguro de la fecha exacta, pues algunos de los datos a recor­dar del citado asunto se han perdido, pero debe de haber sido hacia finales del primer año en el que Holmes y yo com­partimos unas habitaciones en Ba­ker Street. Fue en un mes de octubre bastante tempestuoso.” [«The Adven­ture of The Resident Patient». The Strand Magazine, Londres, agosto 1893. Las citas canónicas han sido actualizadas para este blog siguiendo la tra­ducción castellana de Juan A. Molina Foix de «El paciente in­terno», incluida en Las memorias de Sherlock Holmes, Valdemar [Enokia, S.L.], Madrid, 2004].

      Tras haber sido herido en la batalla de Maiwand el 27 de julio de 1880 y apenas recuperado de unas fiebres tifoideas, Watson llegó a Portsmouth a bordo del Orontes el 26 de noviembre del mismo año. Como sabemos, el encuen­tro decisivo con Holmes se produjo durante el primer tri­mestre de 1881, muy posiblemente en enero, según se deduce de las informaciones da­das por el propio Watson en Estudio en escar­lata, por lo que la fecha pro­puesta para los acontecimientos de «El paciente in­terno» no puede ser otra que la de octubre de 1881. Watson indica además que el mal tiempo le había for­zado a permanecer en su domicilio por temor a enfrentarse “al penetrante viento otoñal a causa de [su] que­brantada salud”; lo que refuerza la idea de que se trata del mes de octubre siguiente a su repa­triación. Sobre la fecha del caso véase también D. Martin Da­kin, A Sherlock Holmes Commentary, David & Char­les, Newton Abbot, 1972 (pág. 112-125) y Anto­nio J. Iriarte, Algu­nas le­guas al norte de Oporto. ¿La verdad sobre el Norah Creina?, The Amateur Mendicant Society (Ed.), Madrid 1995 (págs. 17 a 21).

      [2]  La empresa se reveló fructífera para ambos socios, y en particular para Blessington, si cree­mos al Dr. Trevelyan: “Fue un éxito desde el princi­pio. Unos cuantos buenos casos y la reputación que había ganado en el hospital me pusieron rápidamente en cabeza de la profesión, y durante los dos últi­mos años hice rico a aquel hombre.” [«El paciente in­terno»]

      [3] “It appears”, en el original.

      [4]  “Las enfermedades nerviosas han sido siempre mi pasatiempo favorito. Me gustaría que se convirtieran en mi especialidad, pero, como es natural, uno debe aceptar lo que primero puede conseguir.” [«El paciente interno»]

      [5] “Upon obscure nervous lesions”, en el original.

      [6]¿Es usted el mismo Percy Trevelyan que ha hecho una carrera tan nota­ble y ganó un gran premio recientemente?” [«El paciente interno»] 

      [7] Nótese la re­tranca.

      [8]“Había obtenido buenos resultados en casos parecidos mediante la inhala­ción de nitrito de amilo, y aquella [la crisis supuestamente cataléptica sufrida por el aristócrata ruso nada más entrar en la consulta del Dr. Tre­velyan] me parecía una oportunidad admirable para poner a prueba sus virtu­des.” [«El paciente interno»]

      [9]El Dr. Brunton, de la Royal Infirmary de Edimburgo, fue el primero en suge­rir este uso para el nitrito de amilo en un artículo publicado en la edición del 27 de julio de 1867 de The Lancet.

      [10]Sobre el contexto histórico y las aportaciones de Jean-Martin Charcot al nacimiento de la Neuro­patología vid. Michel Bonduelle, Toby Gelfand Christo­pher y G. Goetz, Charcot, un grand médecin dans son siècle. Editions Micha­lon, Paris 1996.

      [11]Dos meses antes, en junio de 1893, Charcot se había desplazado a Gran Bretaña en compa­ñía del Dr. Brouardel para emitir dictamen pericial sobre el estado de salud del famoso Cornelius Hertz (1845-1898). Hertz, refugiado en Inglaterra desde el mes de noviembre de 1892, había alegado la agravación de su diabetes para eludir la demanda de extra­dición planteada contra él por su participa­ción en la quiebra de la Compañía del Canal de Pa­namá. Charcot y su colega, que desaconsejarían el traslado de Hertz a Francia por razones médi­cas, examinaron al financiero en el Hotel Tankerville (aunque estuviera ligado también a un ‘escándalo’, el establecimiento no parece tener nada que ver con el club del mismo nombre mencionado por Watson en «Las cinco pepi­tas de naranja» y «La casa vacía»), que Hertz había alquilado en su totali­dad para él y su familia en la localidad de Bos­combe (nombre aso­ciado asimismo a una fortuna de origen os­curo y a la diabetes en el caso titu­lado «El misterio del Valle de Boscombe»).

      [12]El segundo tuvo lugar a petición del Gran Duque Constantino en julio de 1891.

      [13]Charcot gustaba de cultivar esta comparación periodística con sus moda­les autoritarios y sus poses vagamente napoleónicas —la mirada aquilina, la mano medio oculta en la levita aboto­nada—, hasta el punto de que sus cole­gas y estudiantes alemanes terminaron por darle el apodo de Napoleo­nen­kopf. Otro de los sobrenombres de Charcot que hizo fortuna fue el de “Paga­nini de la histeria”, especialmente después de que sus brillantes trabajos so­bre este trastorno, sus sínto­mas y la aplicación de la hipnoterapia, fuesen divulga­dos por la prensa. Recordemos que Sig­mund Freud, alumno y tra­duc­tor de Charcot, sentaría las bases de la teoría psicoanalítica a par­tir de esas investigaciones.

      [14] Le Temps, 22 de marzo de 1881. Ese mismo año, Jules Claretie publicó una novela en la que ofrecía un relato pintoresco de la vida en La Salpêtrière [Les Amours d’un Interne. Fayard Frères Editeurs. París 1881], contribuyendo a popularizar la figura y los métodos de Jean-Martin Charcot entre el público no especializado. Por supuesto, los neuróticos rusos desempeñan un impor­tante papel en la trama.

      [15]Durante media hora, o poco más o menos, discutí con el anciano ca­ba­llero acerca de los síntomas de su enfermedad”, nos recuerda Trevelyan [«El paciente interno»].

      [16]“Lo cual parece demostrar que no estaban muy al tanto de su rutina coti­diana”, admite el pro­pio Holmes [«El pa­ciente interno»].

      [17]“Un cómplice los dejó entrar en la casa. Si me permite darle un con­sejo, inspector, debería usted arrestar al paje, el cual, según tengo enten­dido, acaba de entrar a su servicio, doc­tor” A pesar de las sospechas de Hol­mes, lo cierto es que el muchacho sería exculpado poste­riormente “por falta de prue­bas”.

      [18]La misma fotografía de la que Holmes se servirá para confirmar la verda­dera personalidad del muerto.

      [19]Toda la carrera del Dr. Paget, desde el comienzo de sus estudios en Lon­dres en 1834, estuvo vinculada al St. Bartholomew’s Hospital. Institución en la que Watson y Holmes se conocieron y en la que ambos se formaron; como es­tudiante de medicina e interno el primero, y en calidad de alumno libre de los cursos de química y anatomía (la especialidad de Paget) el segundo [Estu­dio en Escar­lata. Cap. I].

      [20]También llamada ‘enfermedad de Paget’; una rara deformación progre­siva de los hue­sos, descrita por Paget en 1877, que confería un vago aspecto si­miesco a los enfermos que la pade­cían.

      [21]La simulación por parte de suje­tos histéricos de síntomas —la rigidez catatónica o las convulsiones epilépti­cas, por ejem­plo— característicos de una neuropatía. El ensayo de Paget sobre este asunto fue glosado por Char­cot después de ser traducido al francés [vid. James Paget, «Affections Organiques Simulées», en Leçons de clinique chirurgicale, Baillière Edi­teur, París 1877]. No parece que Percy Trevelyan lo hubiera leído, visto el modo en que se dejó engañar por los asesinos de Blessington; aunque Holmes, que se revela más ducho en la materia (la catalepsia es una enfermedad muy fácil de imitar. Yo mismo lo he hecho”), quizás sí lo hiciera. No es im­pensa­ble que el propio Paget departiese con el detective sobre estas cuestiones en la sala de disección del St. Bartholomew’s Hospi­tal.

      [22] Según se concluye de las palabras de Blessington (“¿Es usted el mismo (…) que ganó un gran premio recientemente?”) Trevelyan había sido galardo­nado poco antes de conocer a su socio. Esto es, al menos dos años antes del fa­tídico mes de octubre de 1881, por lo que cabe pensar que la monografía había sido premiada a finales de 1878 o en los primeros meses de 1879, an­tes, en cual­quier caso, del 25 de marzo; fecha en que el doctor se trasladó al 403 de Brook Street (“yo me fui a vivir a esa casa el día de la Anuncia­ción”).

      [23] Jean-Martin Charcot, Leçons sur les Maladies du Système Nerveux fai­tes à La Salpétrière. Adrien Delahaye Libraire-Editeur, París 1872-1883 [Tra­ducción inglesa, Lectures on the Diseases of the Nervous System. Delivered at La Salpê­trière. The New Sydenham Society, Londres 1877-1889].

      [24] El tercer volumen, publicado en Gran Bretaña en 1889, fue traducido por Thomas Dixon Savill (1855-1910).

      [25]Bajo el pseudónimo de Erionnach publicó en 1860 The Poets and Poetry of Munster, obra clave en el revival céltico y, posteriormente, Bards of the Gael and Gall: Examples of the Poetic Literature of Erinn, Done into English after the Meters ans Modes of the Gael (1897), The Saga of King Lir: A Sorrow of Story (1913), The Easter Song; Being the First Epic of Christendom by Sedulius, the First Scholar-Saint of Eirinn; with Introduction, Verse-Transla­tion and Appendices Including a Schedule of Milton’s “Debts” (1921).

      [26]Entre otras: Modern Ireland: Its Vital Questions, Secret Societies, and Go­vernement (1868), en la que abordaba el problema feniano. History of Land Tenures and Land Classes of Ireland (1871). Political Prisoners at Home and Abroad, with Appendix on Dietaries (1890), obra muy crítica sobre la política penitenciaria del Gobierno británico, o The Last Independent Parlia­ment of Ireland, with Account of the Survival of the Nation and Its Lifework (1918).

      [27]En el Freeman’s Journal, en el Irishman o en la North British Review.

      [28]Autor de folletos de temas tan dispares como los de las monografías del propio Holmes: el cul­tivo del cannabis (Cannabiculture in Ireland, its profit and possibility), las ventajas de ser ambi­diestro, las corolas anómalas de la Erica Tetralix.

      [29]“A commanding, Viking-like figure”, según A Dictionary of Irish Biography, Henry Boylan (ed.), Gill & Macmillan, Dublín 1998.

      [30]“Quizás haya leído usted acerca de las notables exploraciones de un no­ruego apellidado Sigerson, pero estoy seguro de que jamás se le ocurrió pen­sar que estaba recibiendo noticias de su amigo” [«La casa vacía»].

      [31] George Sigerson, The Law and the Lunatic. Hodges, Figgis & Co. Ltd., Dublín 1886. El Journal of the Statistical and Social Inquiry Society of Ireland, recoge también esta ponencia, leída el jueves 19 de enero de 1886 (vol. IX, parte LXIV. Dublin 1885/1886, págs. 7 a 30). 

      [32] Sobre este particular vid. Juan Requena, El veneno de la deformidad, edición privada, París 2003.

      [33]“Sus pálidas mejillas se sonrojaron de placer al oír que yo conocía su obra. — Oigo hablar tan pocas veces de mi obra que creí que se había que­dado completamente anticuada —dijo [Tre­velyan] —. Mis editores me dieron un informe de lo más desalentador acerca de sus ventas.” [«El paciente in­terno»]

      [34]Vid. «On International Medical Congress». The Lancet, agosto de 1881.

      [35]Tan morbosa figura permaneció expuesta al público en el St.Thomas Hospi­tal de Londres du­rante varias semanas.

      [36]No es la única patología asociada a su nombre. Las más famosas son la esclerosis lateral amiotró­fica y la llamada “enferme­dad de Charcot-Marie-Tooth”, otra variedad hereditaria de atrofia muscular neural o espinal.

      [37]Arthur Conan Doyle, «A Medical Document» en Round the Red Lamp. Being Facts and Fancies of Medical Life. Methuen, Londres 1894 [Trad. cast. «Un documento médico», en Cuentos de médicos y militares. San­tillana S.A (Alfaguara), Madrid 1996].

      [38]Arthur Conan Doyle, «Crabbe’s Practice». Boy’s Own Paper, diciembre 1884 [Trad. cast. «La clientela de Crabbe», incluido en Cuentos de médicos y mi­litares].

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2 Responses to “Una monografía sobre las oscuras lesiones de los nervios (1ª parte)”


  1. 1 belakarloff
    24 noviembre 2010 en 9:58

    Nueva colaboración de don Juan Requena, tan fascinante como siempre.

    Dada la longitud del texto, he preferido dividirlo en dos partes. El viernes, la segunda.

  2. 25 noviembre 2010 en 14:33

    Espero con interés la segunda parte…


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