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Siete explicaciones diferentes

En “La aventura de las Hayas Cobrizas” (The Adventure of the Copper Beeches), que fue publicada por primera vez en The Strand Magazine en junio de 1892, el Dr. Watson contó unos sucesos que debieron acaecer en la primavera de dos o tres años antes y en los que se vio envuelta una bella institutriz cuando se empleó en una finca ‑la de las Hayas Cobrizas‑ cerca de Winchester, la que fuera antigua sede del reino anglosajón.

Pero, tras su lectura, sucede que son muchos los detalles que nos dejan la sensación de que no se nos ha contado sino una mera aproximación poco sistemática de lo que fuese que pasara realmente, y que además abre multitud de preguntas sobre unos hechos que, cualesquiera que fuesen los verdaderos, no pasan de resultar o parecer que están poco menos que parcialmente contados, como si la información, que sin duda contienen, estuviera destinada a ser entendida únicamente por los reales protagonistas, los que de verdad estaban en el ajo, y de cuya identidad no podía darse cuenta a los londinenses de entonces por la razón que fuese. Para los lectores de The Strand habría de bastar la narración de unos acontecimientos en verdad que sumamente particulares y extraños, y que encuentran una no menos extraña desembocadura en un final trepidante lleno de dramatismo y suspense que Watson, con su peculiar manera sibilina de lanzarnos sus más indescifrables mensajes, nos anuncia en el preámbulo. Es, por tanto, preciso reconocer que la tentativa final de aclarar lo inexplicable deja a todo el mundo un puntito insatisfecho. No es tanto la sensación de que se nos ha dado gato por liebre como el deseo, típicamente holmesiano por cierto, que nos invade a todos de conocer la liebre.

Numerosos son, decimos, los detalles que despistan al más avezado lector; comenzando por la bella protagonista cuyo influjo sobre Holmes es tan indudable que ello constituye la mayor fuente de interrogación: una atractiva Violet Hunter que, tras la capa de atemorizada institutriz, esconde una desenvoltura y una determinación insospechadas. Una mujer bastante excepcional sin duda. Tenemos después a su empleador, el orondo Jephro Rucastle, una mezcla de chistoso y de malvado que no acaba de resultar todo lo temible que se augura y que carga con un terrible final de cuyas consecuencias (las fauces del perro desgarrando su garganta, el disparo junto al oído) el buen doctor nos deja horrorizados. La misteriosa casa de las hayas cobrizas, tan introspectivamente grande, guardada por ese perro terrible ‑en la línea de aquel otro de los Baskerville‑ pero con un nombre asociado al bel canto verdiano en inquietante contraste. La familia de Rucastle, en donde Edward, el hijo pequeño, destaca breve pero de forma desasosegadora debido a esa precisión que se hace sobre su rara habilidad para matar cucarachas en serie. Esa familia, en donde el pater familias trama y ejecuta, en connivencia con su segunda esposa, una innecesariamente complicada vileza contra Alice, la hija/hijastra habida de un primer matrimonio. Y luego está lo más desagradable de la casa, el matrimonio Toller, los sirvientes y cómplices de los Rucastle. Y, en fin, la figura borrosa del pretendiente Mr. Fowler, caballero galante y generoso (personaje que se nos antoja crucial pero del que Watson ¡mira tú por dónde! apenas dice nada), figura entrevista en la carretera (¿no será el propio Holmes disfrazado?), al otro lado de la linde de la finca de Las Hayas Cobrizas, apoyado en la verja, y que calla tanto como oculta.

Estos son los elementos con los que Sherlock Holmes tiene el dudoso éxito (¿no será éste uno de los casos en que fracasa?) de desenmascarar la conspiración del matrimonio Rucastle para disfrutar de la herencia de Alice a la que iban a condenar de paso a la soltería sine die, secuestrándola en su propia casa para hurtarla de su novio y evitando las sospechas de éste urdiendo su sustitución por una apariencia suya que personifica sin saberlo Violet, la cual, por mantener esa apariencia, es empujada, convencida eso sí por una excelente remuneración, a cometer actos que, aunque entretenidos, no dejan de alarmarla hasta el punto de requerir los servicios del mejor detective consultor del mundo. La felonía trata, por supuesto, de mostrar al pretendiente Fowler, mediante tan artera suplantación, la total indiferencia de la amada para hacerle desistir y evitar el casamiento, cosa que el felón Rucastle no hubiera podido conseguir de consuno con su hija, pues ella estaba tan enamorada de Fowler como rebelde se mostraba a las pretensiones del padre. Finalmente, tan doméstico problema, si bien preñado de malvadas intenciones, tiene un desenlace ciertamente desproporcionado, monstruoso y brutal, pues Holmes y Watson irrumpen manu militari en casa ajena sin mandamiento judicial alguno, entran con escalamiento de morada y asisten al sorprendente ataque del perro Carlo, que hubiera matado a su amo de no ser por la rápida y precisa intervención de Watson al descerrajar un difícil tiro en la frenética cabeza del animal sediento de sangre.

Y, a continuación, apenas se nos dan explicaciones. Nada se nos dice sobre ese proyecto criminal en estado infantil, llamado Edward Rucastle, destinado a ocupar en el futuro altos cargos muy relevantes y del que, sin embargo, los lectores del Canon oiremos hablar muchos años después para crecernos en la sospecha de si existió realmente. Nada sobre la necesidad que había de mantener tan reservadísimas entrevistas en los altos del Cisne Azul, la posada de Winchester, en habitaciones particulares que Violet Hunter alquila para citar a Holmes y a donde éste acude acompañado por Watson originando, ¿quién sabe?, la previsible contrariedad de la institutriz. Nada sobre la coincidencia de las señas de Violet Hunter con las antiguas de Sherlock Holmes en los aledaños del Museo Británico y que hubiera podido introducir incómodos problemas en la datación de la aventura. Nada sobre si el asunto no se podía haber resuelto de un modo más pacífico y si se derivaron o no consecuencias policiales de los catastróficos sucesos finales, y nada, o muy poco, sobre el ulterior destino de Violet Hunter, que tan profunda impresión dejó en Sherlock Holmes y tanta contrariedad en Watson. Por último tenemos lo que se nos antoja como el clásico final feliz, antonomásicamente impuesto de forma inevitable, pues viene determinado por la lógica de la narración, de la que la boda de Alice y Fowler es su consecuencia obvia, por lo que es inevitable pensar que su correspondencia con los sucesos verídicos fuese nula en la medida en que estos estuviesen, precisamente, disimulados por la pretendida boda.

Estas indeterminaciones tan curiosas hacen de “La aventura de las Hayas Cobrizas” un caso permanentemente abierto a la interpretación de sus lectores, de tal modo que cada cual puede hacer la que desee. Se trata de un juego en el que resulta aconsejable seguir alguno de los dos procedimientos siguientes: o bien identificarse con cualquiera de los personajes para tratar de ver desde ahí lo que pudo pasar, o bien asumir un punto de vista completamente externo al relato para llevar a cabo, con una visión más panorámica, la propia investigación y esclarecimiento de los hechos.

Fieles a este juego, los de la asociación holmesiana madrileña, The Amateur Mendicant Society, dedicaron en su momento muchas horas de debate a este asunto allá en los lujosos sótanos del guardamuebles en donde, es fama, se reunían. Y allí se escucharon las más variopintas teorías; desde las rabiosamente sicalípticas que creen ver en el relato de Watson la disimulación de disipantes veleidades amorosas que distraían peligrosamente a Holmes, con lo que, o bien el relato pretendería ser la tapadera de un fracaso amoroso en el que el comportamiento de Holmes pudo haber llegado a enfadar al propio doctor, o bien se trataría de un aviso para navegantes en el que Watson advertiría a su amigo ‑de forma pública para que determinados guiños y claves textuales llegaran a personas con influencia sobre el detective, como por ejemplo, su hermano Mycroft‑ de que cierto tipo de comportamientos o excursos sexuales no podían volver a repetirse si se pretendía ser el mejor detective consultor del mundo.

Hubo, en aquellas reuniones, quien pensaba que todo en el watsoniano relato está perfectamente claro y que, si acaso quedase algún aspecto pendiente, este sería explicar el ciclotímico comportamiento de Holmes, quien, en efecto, pasa de la más negra depresión al comienzo de la aventura a la exaltación contagiosa una vez conoce a la señorita Hunter. Para este sector de opinión tal problema se salda con la explicación de que nuestro detective se encontraba en aquellos días primaverales bajo los efectos del síndrome de abstinencia.

Otros, echaban mano de la mitología y hacían una interpretación simbólica, apoyándose en el apellido de la protagonista, pues veían en Violet Hunter un trasunto de Diana Cazadora, para quien Rucastle hubiera sido su Acteón a quien, por tanto, su propio perro hubo de devorar para vengar ella el sorprendimiento de su belleza prohibida. De hecho, esta interpretación mitológica descansaría de nuevo, simbólicamente, en la presunción de que lo que había habido en el terreno de los sucesos reales era un malhadado lance amoroso de Sherlock Holmes y la Aventura, tal y como se publicó, seguiría siendo una advertencia pública de Watson a su amigo para evitarle males mayores, desaconsejándole frivolidades desidentificativas que pudieran llegar a abolir el personaje público forjado por Watson a través de sus publicaciones en The Strand Magazine, señalándole (con lo que se demuestra que Watson era ya más dueño del personaje Holmes que lo que éste lo era de sí mismo) el camino a seguir y la necesidad ineludible de centrarse en su vocación de combate contra el crimen, que era además lo que el público esperaba de él. En definitiva, Watson exige a Holmes más preocupación por la impunidad que el campo inglés ofrece al crimen y menos distraerse en la admiración de la campiña o en la belleza de Violet Hunter.

El encanto que presenta “La aventura de las Hayas Cobrizas” para este juego de buscarle los tres pies al gato reside en la pretensión de emular a Holmes tratando de encontrar, como él hizo cuando avistaba desde el tren de las 11:30 la torre de la catedral de Winchester, al menos siete explicaciones diferentes al caso por más que nos falten datos, datos y datos.

La Amateur Mendicant Society lo intentó y algunas de esas explicaciones se publicaron en su Anuario de 1996. Allí destacan las debidas a Rafael Rojo, hechas también desde un punto de vista simbólico, pero utilizando la referencia bíblica ‑por ejemplo, el nombre de Jephro aluduría al de Jetro, el suegro de Moisés‑ en vez de la mitológica, para destacar el carácter demonológico del hijo de Jephro Rucastle, cuyo nombre sería una alusión, intencionadamente republicana, al primogénito de la reina Victoria, futuro rey Eduardo VII. Para Rojo, la influencia de los valores morales típicamente contenidos en la Biblia conformaba el sistema de valores de la sociedad inglesa del siglo XIX y la intención de Watson, al relatar “La aventura de las Hayas Cobrizas”, sería la de efectuar una durísima crítica al hipócrita desajuste entre la realidad de la vida inglesa y su aparente pretensión, que él veía por doquier, de profesar aquellos valores solo para la galería. El desiderátum de esta interpretación se encontraría en la posibilidad de que la finca de las Hayas Cobrizas fuese en realidad la sede de una secta de adoradores del demonio uniformados con túnicas de color azul eléctrico y de la que Miss Hunter es liberada por Holmes y Watson.

También pueden encontrarse en esa publicación las cartas que, como poco, calificaremos de turbadoras, aportadas por Manuel Díez Alegría y, al parecer, procedentes de la mismísima caja de hojalata en donde el buen doctor solía guardar sus más preciados documentos. Estas cartas son cuatro. La primera, cronológicamente, es de Mycroft Holmes, en donde el hermano de Sherlock, sin poder disimular su disgusto, reprocha a Watson la publicación de la a su parecer execrable aventura donde, por añadidura, piensa ‑y no es el único‑ que su hermano Sherlock se desempeña con poco o nulo lucimiento.

La segunda está fechada como la anterior pocos días después de la publicación de la aventura en The Strand, y está escrita por un amigo de Watson, a quien éste ha conocido por coincidir asiduamente con él en los baños de Northumberland Avenue. El amigo felicita al doctor y al detective por los servicios prestados a la familia de su hermano, los Ainsborough, de conspicua tradición anglicana. Tales servicios consistieron en evitar que su heredera ‑Liz, diminutivo familiar de Alice‑ tomara hábitos en una congregación católica, profesando nueva fe y aportando consiguiente y cuantiosa dote, pues seducida había sido al efecto, o convertida más bien (aunque esto último, como se verá, no era sino el meta‑nivel de la verdadera relación que, al final, se impondría), por Fowler, un agente papista. La clave que se encuentra en el texto watsoniano y que proporciona la pista para descubrir el hecho verdadero es que la tela del vestido, supuestamente de color azul eléctrico, no era tal, sino que se trataba de un hábito beige o de lana cruda (como acertadamente traduce Juan Manuel Ibeas en su versión para la editorial Anaya), lo que nos revela que estamos ante un sayal o hábito de los que usan tantas congregaciones católicas y que ya venía probándose la conversa Alice Ainsborough, en cuya vocación se sublimaba un amor más carnal y mundano del que parecía y que, tanto el plan explícito como el soterrado amor, fueron ambos frustrados por Holmes y Watson a un precio que, al menos Watson, pagaría después.

Que el asunto no salió tal como parece lo revela la tercera de las cartas, fechada el 22 de mayo de 1894, en Isla Mauricio (a donde, como se sabe por la narración de Watson, fueron Alice y Fowler tras casarse en Southampton), pues en ella, la firmante ‑¡Alice Rucastle!‑ comunica a Watson no solo su efectivo casamiento, sino que además se ha reconciliado con sus padres hasta el punto de habérselos llevado a vivir con ella.

Sorprendente, ¿no? Pero no acaba ahí la cosa, porque en la cuarta carta nos encontramos que está firmada, ¡pásmense todos!, por el mismísimo Jephro Rucastle. En realidad, esta última carta no es tanto una carta como un tremendo, casi diría que sobrecogedor, alegato hecho llegar a Watson por un tal padre Fowler, a través del cual, un desmoronado, arruinado y escarnecido Rucastle, ya en el duro invierno de 1904, clama, inútilmente a quien quiera oírle desde un asilo del tenebroso barrio londinense de Whitechapel, por un poco de justicia y por la restitución de su buen nombre, escamoteada aquélla y envilecido éste por la ¿delictiva? y en todo caso culposa intervención de Watson y Holmes. Si la lectura de este documento y las graves acusaciones que contiene despiertan inquietantes dudas en cualquier seguidor holmesiano, ¿qué no otras debió originar en el propio doctor al encajar semejante imputación?

Tenemos, pues, cuatro cartas, dos firmadas por protagonistas del relato de Watson, otra del hermano de Sherlock Holmes y otra del hermano de aquel a quien Watson prestó para la aventura el nombre de Jephro Rucastle. En todas ellas hay interpretaciones de los hechos que resultan posibles por más que verosímiles a la luz de lo contado por Watson pero, sin embargo, ¿cómo puede aceptarse que éste recibiera, tras publicar la historia, cartas firmadas por Jephro Rucastle y Alice Rucastle si estos son nombres que él mismo inventó? Y lo que es más gordo todavía, ¿podemos imaginarnos su sorpresa al enterarse de que Alice y Fowler se habían casado de veras?

Pero la dificultad no debe amilanarnos. El juego holmesiano es, ya lo estamos viendo, inacabable por naturaleza, y ello nos empuja, gozosamente y sin miedo a equivocarnos, a seguir buscando explicaciones. Pero, ¿qué nuevo ángulo elegir, desde cuál nuevo mirador contemplar el embrollo?

Intentémoslo, solo para ver qué pasa, observando el asunto desde las implicaciones posteriores a los hechos narrados en la aventura. Para ello nos colocaremos en el lugar de un Watson envejecido por los años y atribulado por alguno de sus secretos, y tendremos en cuenta que, como nos enseña Holmes, una vez que se ha cambiado el punto de vista, lo que más rechazable o sin importancia parecía se convierte en una pista que conduce con firmeza a la verdad. Para conseguir ese cambio de punto de vista es necesario que nos traslademos en el tiempo, crucemos de siglo y nos encaminemos por los comienzos del veinte mediante el procedimiento de pasar páginas, Canon adelante, hasta llegar al relato titulado “La aventura del hombre que se arrastraba”, que Watson publicó en marzo de 1923, rememorando unos hechos acaecidos probablemente once años antes, pero quizás pensando en la carta que, como hemos visto, recibió en 1904 firmada por Jephro Rucastle en un asilo de Whitechapel. Intuimos esto último porque, a poco de empezar “La aventura del hombre que se arrastraba”, Sherlock Holmes repite algo que ya manifestara en “La aventura de las Hayas Cobrizas”, y que en seguida vamos a contar. Pero antes conviene detenernos en el hecho nada baladí de que tal repetición se produzca. Porque la misma respondería, antes que a una obsesión por presumir de uno más de sus hallazgos deductivos, a la necesidad ‑compartida con Watson‑ de seguir manteniendo la pública excusa que justificase el tremendo final de “…Hayas Cobrizas”. En efecto, en ese comienzo de “…hombre que se arrastraba”, Holmes vuelve a la carga cuando exclama, refiriéndose al hijo de Rucastle: “Fui capaz, analizando la mentalidad del niño, de deducir las tendencias criminales de su muy zalamero y respetable padre”. A lo que Watson contestó, con un fácilmente perceptible eco de amargura: “Sí, lo recuerdo muy bien”. Lo llamativo aquí es que, tras tan apesadumbrada contestación, Watson no aprovechase para contar a su amigo todo lo que sabía sobre cómo les habían ido las cosas a los de las Hayas Cobrizas, en especial el tremendo destino de Jephro. Tal silencio es algo que sólo puede entenderse desde el inmenso cariño que el buen doctor profesaba al detective.

Puede que no callar sobre lo que Holmes siempre había desconocido del caso de las Hayas Cobrizas hubiera sido contraproducente a esas alturas de su alianza. Pero, sin embargo, en lo que han cambiado las cosas para los lectores y amantes del Gran Juego del Canon es que también nosotros sabemos, gracias a los documentos encontrados por Díez Alegría en la caja de hojalata, lo que, en aquel momento, cuando comenzaba a escribir “La aventura del hombre que se arrastraba”, Watson sabía, y nos podemos imaginar fácilmente que, por fuerza, tuviera razones que le impidieran describir con fidelidad los acontecimientos relacionados con “La aventura de las Hayas Cobrizas”. De hecho, hubo de narrarlos de un modo particularmente tortuoso.

Probablemente pensemos, como Mycroft, en la maldita necesidad que tenía de haber elegido semejante caso para publicarlo, y, por más que se nos ocurran siete o siete mil explicaciones, es evidente, a la luz de lo que narró y el modo en que lo hizo, que Watson no se quedó ni tranquilo ni conforme con el desenlace que tuvo la historia real, e intuyó o tuvo el pálpito premonitorio del trágico destino que aguardaba a Mr. Ainsborough. Ese extraño designio, augurado involuntaria e inocentemente por el buen doctor, por el que Mr. Ainsborough se vio forzado al cambio de nombre, al abandono de Inglaterra y a la posterior ruina con el consiguiente regreso y postración final en Whitechapel, sin que el único apoyo de su ¿arrepentido? ex‑yerno ‑el padre Fowler‑, devenido en sacerdote, por haber retomado su vocación de juventud, probablemente tras haber enviudado, le consolara en absoluto. Sea como fuere, la sorpresa que debió causar a Watson saber hasta qué punto su ficción habíase apoderado de la realidad, dotando a ambas de sentido, por mor de una tan comprensible como poco detallada tragedia, debió de ser descomunal. En efecto, saber que no sólo hubo un pavoroso cierre en falso del caso, puesto que si Fowler y Alice al fin se casaron, ello fue después de publicarse la aventura, y por más que el buen doctor se inventara la boda para cerrar el relato, el hecho de que el suceso se convirtiera en real daba al traste con la simulación que, con más o menos ingenio, había intentado y, consecuentemente, lo que los Ainsborough pretendieron ocultar quedábase ahora al descubierto, o, al menos, en peligro de convertirse en comidilla social con el agravante de que ya no se trataba de una abjuración de la fe anglicana para entrar en una congregación católica, sino de algo mucho peor, mucho más escandaloso, como es que finalmente se casara la novicia con el agente papista devenido en Don Juan.

Por lo tanto ya no puede extrañar que, con ocasión de la boda, Liz Ainsborough, es decir, Alice Rucastle (a quien debemos ver con el atractivo físico y el carácter fuertemente independiente de Violet Hunter), decidiera no dar mas pábulo a los mentideros de la vetusta Winchester –sí,vetusta, y el drama social y religioso en la ciudad provinciana‑, cambiando su nombre, y eligiendo en cambio -¿para mofa y escarnio de Watson y Holmes?- el suyo de la aventura, y que, para cortar de raíz toda posibilidad de recrudecimiento de las antiguas insidias y murmuraciones y no seguir dando tres cuartos al pregonero, también aceptara el cambio de residencia con su estrenado esposo y que además (cuando hay dinero todo se puede), lo hiciera precisamente en Isla Mauricio, para terminar de remachar el clavo. Pero, lamentablemente y pese a todo, ocurrió lo inevitable, y el escándalo se desató dando pasto a la maledicencia y convirtiéndose en una espada de Damocles que pendía sobre la cada vez más irrespirable vida social de sus padres, hasta que a éstos se les hizo evidente que tampoco para ellos había sitio en Inglaterra, por lo que, siguiendo el ejemplo de su hija, restituyéndola finalmente una comprensión en un inicio negada en lo que es un bello y modélico gesto de tolerancia y solidaridad, tomaron sus nombres de ficción, es decir, los de los Rucastle, en sustitución de los suyos verdaderos, vendieron el resto de sus propiedades en Inglaterra (¿quién compraría la finca de Cooper Beeches?), y fueron a reunirse con su hija a Isla Mauricio, donde, por lo que conocemos, no les fue nada bien.

No sabemos con exactitud lo que pudo sucederles en los años sucesivos, pero en la carta de Rucastle hay indicios suficientes para la especulación. Quizás las rentas mermasen a una velocidad que sólo Fowler podría haber explicado (como hemos contado, un tal padre Fowler ‑a quien presumimos ex yerno de Jephro‑ fue quien hizo llegar al doctor Watson la carta de Rucastle, pero, lamentablemente, el pliego con que la acompaña es prácticamente ilegible). Quizás la muerte de la esposa y la hija llevaran al pobre Jephro a la desesperación y al abandono de sí mismo y, por su parte, a profesar votos a su no menos golpeado ex yerno, quién sabe si con intención expiatoria. No lo sabemos, pero para Watson tuvo que ser muy duro conocer del propio Rucastle ‑el hermano de su amigo‑ su debacle personal y cómo, del fiasco de su intervención y la de Holmes en el asunto de las Hayas Cobrizas, se siguieron unos hechos que llevaron al mismísimo cliente a convertirse realmente en el personaje literario que Watson ideó para taparle, hasta el extremo de que lo que nació para ser mentira trocóse en verdad para el desventurado protagonista, finalmente escarnecido, real víctima de su propio encargo, peor aún que si el perro le hubiese de veras desfigurado.

Es ahora cuando puede entenderse el silencio de Watson en el comienzo de “La aventura del hombre que se arrastraba”. Silencio destinado a que Holmes nunca se enterara de lo realmente sucedido y siguiera pensando que había prestado, aunque con un exceso de truculencia y al probable coste de un enamoramiento sin posibilidad alguna de ser correspondido, un buen servicio a la familia de aquel amigo del doctor. No, no podían habérsele olvidado a Watson los fatídicos sucesos de las Hayas Cobrizas. ¡Claro que los recordaba muy bien!

Miguel Ángel Moreno Huart

Madrid, 4 de marzo de 1998

 

Este texto fue publicado originalmente en el boletín de la Sociedad de Mendigos Aficionados,  número 10, de junio de 1998, y que cordialmente se cede para su publicación en este blog.

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5 Responses to “Siete explicaciones diferentes”


  1. 1 belakarloff
    18 octubre 2010 en 18:40

    Estrenamos hoy nuevo colaborador con este interesante texto, rescatado del boletín de la Sociedad de Mendigos Aficionados, de donde próximamente os ofreceremos más material.

  2. 2 Birdy Edwards
    18 octubre 2010 en 20:38

    Aun guardo los boletines con los que me obsequió el señor Errazquin. Buen texto también de esos que te hace volver al caso con otros ojos.

  3. 3 Profesor Moriarty
    20 octubre 2010 en 14:49

    Muy interesante iniciativa. Enhorabuena.

    M.

  4. 4 Birdy Edwards
    20 octubre 2010 en 20:15

    Por cierto señor Bela, que bello es el libro de Harryhausen…….

  5. 5 belakarloff
    21 octubre 2010 en 8:50

    Muchas gracias. Espero que también te parezca bueno…

    Por cierto, eso me ha dado una idea…


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