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Sep
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El oportuno retrato del predicador

En la misma época en que un mari­nero enviaba por correo un paquete conteniendo dos orejas humanas a una dirección de Croydon, sabemos que John H. Watson tenía en la sala de Baker Street, justo encima de sus libros, el retrato sin enmarcar (el detalle puede tener interés) de uno de los oradores protestantes más destacados de Norteamérica.

Fotografía de H.W. Beecher por Napoleón Sarony

Fotografía de H.W. Beecher por Napoleón Sarony

Se trataba de la fotografía de Henry Ward Bee­cher (1813-1887), pastor principal desde 1847 de la Plymouth Con­gregationalist Church de Brooklin. Acaudalado templo de Nueva York al que acudían multitudes todas las semanas a escuchar los ser­mones ­llenos de colo­rido del predicador o a presenciar los golpes de efecto con que solía asombrar a su feligre­sía, como prestar la tribuna a un ateo para luego rebatir sus tesis o su­bastar a una sierva negra desde el púlpito para condenar la esclavitud y dar a cono­cer de paso el libro de su hermana Harriet, La cabaña del Tío Tom.

H W Beecher y su hermana Harriet

H W Beecher y su hermana Harriet

La fama de Henry Beecher trascendió por vez primera al público inglés, cuando pasó por el Reino Unido en 1863 para pro­nun­ciar una serie de conferen­cias en favor de los Es­tados del Norte, des­pués de que Abraham Lincoln procla­mara la emanci­pación de los esclavos como medida de guerra contra la Con­federación. Mi­sión propagandística, desarrollada en un mo­mento de gran ten­sión diplo­mática entre los Gobiernos de Washington y Londres, a la que  Sherlock Holmes alu­diría en la escena introductoria de «La caja de car­tón», cuando re­cuerda haber oído a Watson expresarse “con fer­vorosa indig­na­ción”, ante el modo en que Beecher fue re­ci­bido por la parte más tur­bu­lenta de nuestro pueblo[1] a su llegada a una Ingla­terra deci­didamente hosti­l a los inte­reses de la Unión.

Titular de prensa de 1886 Beecher en Londres

Titular de prensa de 1886 Beecher en Londres

El comentario de Holmes, realizado probablemente durante el verano de 1886, año en que Beecher viajó por última vez a Gran Bretaña[2], y la existencia misma del retrato del predicador de Litchfield, comprado quizá con motivo de esa visita, indican que el Dr. Watson sentía una clara admiración por este singular eclesiástico; antiesclavista notorio, miembro muy activo del partido repu­blicano, defensor de una interpre­tación crítica de las Sagra­das Escritu­ras, pese a sus estrictos oríge­nes calvi­nistas, y simpati­zante del su­fragio feme­nino, que Watson elevó tal vez a la condición de modelo a seguir en la vida, en plano casi de igualdad con otro de sus héroes, el no menos controver­tido Gene­ral Gor­don (1833-1884). Mi­litar glorioso al servicio del Imperio, fus­ti­gador de los tratantes de esclavos de Ecuatoria y Sudán y —otra coincidencia con Bee­cher— lector ob­sesivo de la Biblia, cuya es­tampa convenientemente enmarcada (lo que apunta quizás a una mayor estima del personaje), col­gaba de una pared en el cuarto de estar del 221B.

La imagen de Henry Ward Beecher, útil para especular sobre las convicciones políticas o morales del Dr. Watson, adquiere sin embargo en el relato en que se alude a ella —«La caja de car­tón»— un va­lor diferente, pues anticipa, con una preci­sión que des­carta toda casuali­dad, los tres asuntos en torno a los que girará precisamente esa historia plagada de referen­cias evangéli­cas[3]: el al­coholismo, el adulterio y una muti­lación muy pecu­liar.

Comencemos por el alcoholismo, uno de los temas que Henry Ward Beecher abordó con gran frecuencia en sus escritos y sermones. El dato, por si sólo, no resulta especialmente significativo, dado que la bebida y sus inevitables se­cuelas —la violencia conyugal, la disolución familiar, la miseria económica, la enfermedad— constituían un lugar común en cual­quier discurso morali­zante de la época[4]; pero sí lo es el ardor que Beecher ponía en sus exhortaciones públicas a la templanza. Tal vez porque se trataba de una cuestión que le afectaba de cerca: Frederick William Stowe (1840-¿?), el hijo mayor de su her­mana novelista, Harriet E. Beecher Stowe (1811-1896), al que Henry estimuló, al inicio de la Guerra de Secesión, a alis­tarse de los primeros en la unidad de voluntarios que había promovido para luchar contra el Sur en 1861, se había con­ver­tido, desde que fuera herido en la con­tienda y dado luego de baja del ejército, en un alcohólico impenitente.

Frederick W. Stowe (1861)

Frederick W. Stowe (1861)

El sobrino del reverendo tuvo además un final muy extraño que afectó profundamente a sus allegados: Un día de 1870 Fred Stowe desem­barcó en el puerto de San Francisco y desapareció para siempre; su familia nunca volvió a saber más de él. Harriet se inspiró en su hijo para componer el personaje de Tom Bolton, presente en dos de sus libros, My Wife and I (1871) y We and Our Neighbors (1875), donde el alcoholismo es descrito de forma compasiva como una enfermedad. Enfoque, poco usual para la época, que no disgustaría a Watson, cuyo hermano mayor había visto su vida arruinada por el alcohol[5].

Pasemos ahora al adulterio.

No hay duda que Holmes acertó al inferir del mirar ceñudo a la foto del clérigo por parte de Watson que su compañero estaba “recordando los incidentes de la carrera de Beecher”; pero quizás erró al suponer que Watson pensaba únicamente en el pa­pel desempeñado por este hombre de iglesia en la Guerra Civil ameri­cana. A fin de cuentas, Beecher era conocido a ambos lados del Atlán­tico por otros “incidentes”, bastante menos heroicos, relacionados con su vida privada.

En efecto. Para los contemporáneos del Dr. Watson, el nombre de Henry Ward Bee­cher estaba directamente ligado a una ruidosa acusación de adulterio que obligó al predicador a comparecer ante dos tribunales —uno eclesiástico y otro ci­vil— en ca­lidad de demandado.

La acción civil, posterior a un primer proceso absolutorio por parte de la congregación de Beecher, había sido incoada en enero de 1875 por Theodore Til­ton (1835-1907) y pretendía del reverendo una compen­sación cifrada en 10.000$ por haberle éste desposeído (sic) del afecto de su esposa Elizabeth Ri­chards; una bonita feli­gresa del templo de Brooklin con quien Tilton se había casado en 1855[6].

Los hechos, más o menos conocidos en círculos sufragistas a partir de 1871 y absolutamente públicos desde el otoño de 1872, se remontaban en realidad al tórrido mes de agosto[7] de 1868.

Elizabeth Tilton, ‘Libby’, devota del orador y antigua compañera de colegio de una de sus hijas, atravesaba por aquel entonces una grave crisis personal. Uno de sus cinco hijos acababa de morir en una epidemia de cólera, y su ma­rido ya no era el prudente muchacho al que Beecher había introducido en socie­dad como director y copropietario de un periódico The Indepen­dent— en el que pastor publi­caba sus artículos. Ahora Theodore posaba de librepen­sador, descuidaba los ser­vicios religiosos, estaba siempre de viaje y la de­satendía en beneficio de otras mujeres.

Deprimida y sola, ‘Libby’ buscó calor y apoyo en Henry Ward Beecher y, por supuesto, los encontró. Beecher, que pasaba más tiempo en el hogar de los Tilton que en compañía de su insípida esposa Eunice Bullard, nunca ha­bía sido indiferente a la hermosura morena de la señora Tilton, por lo que su petición de ayuda cayó en terreno muy fértil.

En otras palabras, el bueno y razonable Henry Beecher, supliendo su falta de apostura (era pequeño y rechoncho) con una “personalidad magnética” y una labia excelente (era su oficio, no lo olvidemos) logró pasar sin difi­cultades del consuelo espiritual al puro alivio físico y del abrazo comprensivo del maestro a las ca­ri­cias del amante. La relación, que ‘Lib’ describió luego en términos de trance mesmérico, duró hasta la primavera de 1870. Poco después, Elizabeth confesaba el adulterio a su esposo llorando a lágrima viva.

Tilton, tras montar en cólera, optó por silenciar el asunto. Su reputación poco ganaba con el alboroto y tampoco estaba en condiciones de tirar la primera piedra, pues mientras su mujer pasaba las horas en “estado de hip­nosis” (sic) con el reverendo, él se entretenía en el hogar familiar con la en­cargada de cuidar a sus hijos, una moza de dieciséis años llamada Bessie Turner.

The Beecher-Tilton War

The Beecher-Tilton War

En cierto modo, la culpa del escándalo posterior la tuvo la quisquillosa Harriet Beecher Stowe.

La señora Stowe, partidaria de la moderada American Woman Suffrage Association, mantenía desde hacía tiempo una tensa polémica con las femi­nistas radicales de la National Wo­man Suffrage Association y en especial con una de sus voceras más conspicuas: la señora Victoria Claflin Woodhull (1838-1927). Una “aventurera” que había hecho fortuna especulando en bolsa con la ayuda del «Comodoro» Cornelius Vanderbilt, practicante (y teórica) del “amor li­bre”, de pasado muy turbio (según sus enemigos había sido fulana ocasional y curandera falsaria en Pittsburg), pero que aspiraba llegar a la Pre­sidencia de los EE. UU. en las elecciones de 1872 gracias a un pro­grama po­lítico vagamente anarquista y absoluta­mente caótico que divul­gaba en cuanto podía[8].

La señora Stowe, sin darse cuenta de con quién trataba, tuvo la infeliz ocurrencia de satirizar a Mrs. Woodhull y a sus camaradas en la ya mencionada My Wife and I; obra editada en forma de serial entre 1870 y 1871, en una pu­blica­ción dirigida por el omnipresente Henry Beecher. Woodhull, como no, amagó con destapar “crímenes horribles” y hundir la intachable reputación del clé­rigo, y Harriet, muy segura de sus fuerzas, amenazó a su vez a la ex­trava­gante señora Woodhull con duras represalias si intentaba alguna cosa contra su querido hermano. No fue una respuesta adecuada.

Victoria Woodhul

Victoria Woodhul

En septiembre de 1872, tras una nueva disputa con Harriet Beecher Stowe, la señora Woodhull aprovechó una reu­nión multitudinaria en Boston de la Asociación Norteamericana de Espiritistas para revelar lo que algu­nos sabían pero callaban: el honorable Henry Ward Beecher era un moralista hipócrita y un adultero cobarde que había deshonrado a un amigo.

La prensa estadounidense, poco dispuesta a enemistarse con un hombre tan poderoso y respetado como el reverendo Beecher, prefirió abstenerse por el momento de cualquier comentario. Pero Victoria Woodhull era mujer de muchos recursos y apenas transcurrido un mes desde la proclama de Boston, los vendedo­res callejeros distribuían ya por toda la ciudad de Nueva York una tirada especial de su propio periódico (el Woodhull & Claflin’s Weekly, 100.000 ejemplares), prego­nando a gritos su titular principal: “¡El escandaloso caso Beecher-Tilton! ¡Deta­llada explicación del asunto completo, por la señora Woodhull!”.

Gracias a la información que el propio Theodore Tilton le había suminis­trado imprudentemente en 1871 cuando se había convertido en su amante, Victoria Wodhull pudo ofrecer en su panfleto una descripción en verdad minuciosa de todo el asunto; sin omitir detalles triviales como, por ejemplo, la curiosa reacción de Tilton al descubrir la infidelidad de su mujer.

Según la señora Wodhull, cuando Elizabeth confesó entre sollozos su adulterio, Theodore Tilton se puso hecho una furia. Por supuesto, no llegó a matar a su esposa, como el marido burlado y beodo de «La caja de cartón», pero gritó, maldijo, amenazó a la infame, se quitó el anillo matrimonial, lo arrojó al suelo, y, para culminar su estallido de rabia, la emprendió a porrazos contra un objeto que, desde el día de su boda y como burla suprema, ocupaba un lugar principal en el cuarto de estar: una foto­grafía del rostro mofletudo y feliz de Henry Ward Beecher a la que Theo­dore Tilton privó sin contemplaciones… de su bonito marco.

H W Beecher y Henry Irving (1886)

H W Beecher y Henry Irving (1886)

A pesar de los desvelos de la señora Woodhull[9], la reputación de Beecher se resintió bastante menos de lo esperado por causa del escándalo. Tampoco prosperó la demanda de Theodore Tilton. El jurado, tras cincuenta y dos votaciones, se declaró incapaz de llegar a un acuerdo definitivo sobre el caso. Tilton —que había reaccionado muy tarde para defender un honor que ya estaba por los suelos— quedó como un imbécil, y Beecher fue ambigua­mente excul­pado; aunque su apellido permaneció para siempre ligado, con cierto retin­tín, al de la bella es­posa del demandante. 

Portada de "La cabaña del tio Tom"

Portada de "La cabaña del tio Tom"

Pero, como hemos dicho, el retrato de Henry Ward Beecher no se limita a prefigurar dos elementos cruciales de «La caja de cartón» (los estragos de la bebida y las relaciones adúlteras) sino que anticipa también el tercer y más llamativo componente de la historia.

En 1852, tras la publicación de La Cabaña del Tío Tom, el señor Calvin Stowe, notable erudito bíblico y esposo de la autora, abrió un pequeño paquete sin remite llegado por correo desde uno de los Estados del Sur. En su interior había solamente dos cosas: una carta anónima en la que se injuriaba a la escritora “amante de los malditos negros” y el detalle macabro de una oreja cortada a un esclavo africano[10].

© Juan Requena, 1997


      [1] «La caja de cartón», The Strand Magazine, Londres, diciembre 1893.

      [2] Existe una larga y soporífera crónica de este viaje: A summer in England with Henry Ward Beecher: giving the addresses, lectures, and sermons delivered by him in Great Britain during the summer of 1886. Fords, Howard & Hulbert, Londres 1887. Beecher regresó a Nueva York desde Liverpool el 23 de octubre de 1886 a bordo del Etruria, buque de la Cunard Line en el que también viajaba con idéntico destino Bram Stoker, a la sazón secretario de Henry Irving, actor con quién el predicador había cenado en Londres en casa del reverendo Parker.

     [3] Vid. Juan Requena, «Orejas y zarcillos» en El laberinto de Carfax. Simbo­lismo mítico-religioso en «La Desaparición de Lady Frances Carfax», La Socie­dad de Mendigos Aficionados, Monografías, nº 5, Madrid 1997, pág. 65 y ss.

     [4] Sin ir más lejos, el propio padre del predicador, Lyman Beecher, cuyas obras también eran muy conocidas en Gran Bretaña, ya se había ocupado de este mismo asunto de forma exhaustiva en Six Sermons on the Nature, Occa­sions, Signs, Evils & Remedy of Intemperance, Collins, Glasgow, 1829.

     [5] El dato es revelado al lector en el capítulo I de El Signo de los Cuatro.

      [6] Vid. como fuente primaria de la historia, The Beecher Tilton War: Theodore Tilton’s full statement of the great preacher’s guilt; what Frank Moulton had to say: the documents and letters from both sides. A Book of reference, Nueva York, 1875.

      [7] En un caluroso mes de agosto se desarrollan también los acontecimientos de «La caja de cartón».

[8] Woodhull publicó en su periódico la primera versión inglesa del Manifiesto Comunista el 30 de diciembre de 1871.

      [9] Tras contraer matrimonio en 1883 con quien fue su tercer y último marido, el banquero John Biddulph Martin, Victoria vivió en Gran Bretaña hasta su muerte, en junio de 1927.

      [10] Vid. Thomas F. Gosset, Uncle Tom’s Cabin and American Culture, Sou­thern Methodist University Press. Dallas 1985, pág. 211.

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6 Responses to “El oportuno retrato del predicador”


  1. 1 belakarloff
    2 septiembre 2010 en 12:30

    Nuevo artículo de Requena, que sirve como segunda entrega de un díptico con el publicado el martes.

  2. 2 septiembre 2010 en 19:02

    Curioso encontrar dónde se encontró el origen de alguna inspiración doyleniana. Buen artículo.

  3. 3 belakarloff
    4 septiembre 2010 en 8:00

    Esta entrada, por cierto, supone la número 200 del blog.

  4. 4 Jabez Wilson
    4 septiembre 2010 en 12:14

    Querido Carlos,
    no está de más, entonces, darte la enhorabuena.

  5. 5 belakarloff
    7 septiembre 2010 en 11:17

    Gracias.

    Aunque cada vez me cuesta más mantener la (hipotética) periodicidad…

  6. 6 doctorwatson65
    7 septiembre 2010 en 18:55

    Impresionante artículo… Buen trabajo… Y por supuesto felicidades a Carlos por estos 200…


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