31
Ago
10

Orejas y zarcillos

Y, fingiendo darle un beso, le arrancó

 de un mordisco la mitad de la oreja derecha…

Carlo CollodiLas aventuras de Pinocho.

 

Zarcillo de oro y alhaja de oro fino es

 un sabio amonesta­dor para el oído dócil.

Proverbios 25:12.

 

En «La desaparición de lady Frances Carfax»[1], Watson, recién llegado a Mont­pellier, recibe un telegrama de Hol­mes en el que el detective, ignorando las teorías de su compañero en torno a la desapari­ción de la mujer del título, se limita a pe­dir “que le des­cribiese como era la oreja izquierda del doctor Shlessinger”, un individuo con el que la dama había sido vista por última vez en Ba­den.

El Dr. Watson, dolido por lo que considera una falta de tacto imperdonable en quien le ha forzado a recorrer media Europa en beneficio de sus investi­gaciones, reco­noce sin ambages que se hizo “el desentendido ante aquel chiste tan a destiempo”. Poco después, veremos que el pormenor anatómico que Watson despreciaba, resultará clave para descubrir “la verdadera personalidad” de Shlessin­ger, y que Holmes no estaba bromeando… aunque Watson tal vez sí.

Bromeaba, porque sabía que los métodos de Sherlock Holmes se fundamenta­ban en la observación de trivialidades; como por ejemplo la forma de una oreja, el silencio de un perro en la noche o el tiempo que tardaba una rama de pe­rejil en hundirse en la man­tequilla un caluroso día de verano.

Bromeaba, porque el leit-motiv de la oreja mellada —asociada siempre a los pendien­tes— es otra de sus más personales y recurrentes imágenes simbólicas. Una ‘bagatela de Morelli’[2] que John H. Watson introduce, sin variaciones substanciales, tanto en «La liga de los pelirrojos» (1891) y «La caja de cartón» (1893) como en «La desapa­rición de lady Frances Carfax» (1911).

Giovanni Morelli - Dibujos de orejas

Giovanni Morelli - Dibujos de orejas

Es posible que un breve análisis de esta minucia nos permita ahondar un poco más en el complejo entramado simbólico del Canon y, por extensión, en algunos de los demonios familiares del Dr. Watson, pero antes repasemos los elementos claves del jeroglífico tal y como los reflejó el cronista de Sherlock Holmes en los tres relatos antes mencionados:

 

     

La imagen, como puede comprobarse, es pertinaz; y ello a pesar de las distin­tas fe­chas de publicación y del contenido, a primera vista tan desigual, de las tres narra­cio­nes.

¿Cuál puede ser el fundamento de esta idée fixe watsoniana?[3] ¿Qué oculta el bi­nomio ‘pendientes-oreja marcada’? ¿Por qué reapa­rece en un relato tar­dío como el dedicado al rapto de lady Fran­ces? ¿Y qué tiene que ver este asunto con la historia de un adulterio de final sangriento o con las andanzas medio bufas de unos la­drones de bancos?

Sin pretender agotar el tema con una comparación exhaustiva de los tres casos, nos limitaremos a mencionar algu­nos puntos comunes de posible interés.

Antes que nada, quizás convenga recordar que los pendientes, más allá de su des­tino ornamental, comparten en buena medida el simbolismo propio del anillo, en cuanto signo material expresivo de algún tipo de alianza o unión. Este signifi­cado es obvio, por ejemplo, en la entrega ritual de anillos en ceremo­nias sacralizadas, como la celebra­ción de un matrimonio, la en­trada en religión o el acceso a un grupo, casta o co­fradía de naturaleza más o me­nos cerrada[4].

 
 
 

Pendientes victorianos

Pendientes victorianos

En el caso de los pendientes nos encontramos además con que esta prenda re­viste, al menos en la tradición del Viejo Testamento, unas curiosas conno­ta­ciones de alianza idólatra que podemos ilustrar con dos ejemplos. Uno de ellos ligado de forma inespe­rada a «La desaparición de lady Frances Car­fax».

El primero no es otro que el episodio de Jacob en Beth-El, cuando el patriarca, teme­roso de la presencia de Yahvé, manda enterrar bajo una encina tanto sus ido­lillos familia­res —los terafim— como sus pendientes; rompiendo con ese gesto el pacto que pu­diera haber tenido hasta entonces con antiguos dio­ses a los que los aretes parecen estar consagrados[5].

El segundo ejemplo nos lo proporciona el Libro de los Jueces, al describir la  conducta del caudillo hebreo Gedeón después de aniquilar a los madianitas, viejos enemigos que se distinguían por las anillas de oro que lucían en la nariz y por los pen­dientes que adornaban sus ore­jas. Tras derrotar a los nómadas, Gedeón or­denó precisamente arran­car esas joyas impuras de los ca­dáveres de los venci­dos (desgarrando lóbulos y nari­ces) para fundirlas en un efod de oro en homenaje a Yahvé, como prueba material de la su­premacía del Dios de Israel sobre las divini­dades de otros pueblos hostiles[6].

A la vista de este episodio, resulta desde luego una coincidencia rara el que Holmes descubra que Shlessinger, quien estaba casualmente  preparando una monografía sobre las tribus de Madián[7], no es otro que el delin­cuente australiano Henry Peters, gracias a la “muesca o desgarrón” que una “riña” ta­bernaria (¿una batalla?) había dejado en su oreja izquierda; y que unos pen­dientes, y no otra alhaja, sean los que permitan localizar en Londres el pa­radero de la aristócrata secuestrada.

Por otro lado, los pendientes se equiparan a veces —al igual que el anillo, es­labón mínimo— con el vestigio de una cadena que sujeta o esclaviza; pero, a di­ferencia del aro, que puede extraerse del dedo sin dejar huella (simbolizando de ese modo el fin de la unión que el anillo representa), los pendientes exigen un daño cor­poral indeleble. Los aretes podrán quitarse, pero la punción en la oreja permane­cerá como una tara imborra­ble, lo que acentúa el sentido de sumisión que todo anillamiento supone.

 
 
 

Arete isabelino

Arete isabelino

En realidad, Watson parece conceder más importancia al estigma con que to­dos aquellos personajes están señalados —similar al producido por unos zar­cillos— que a los joyas en si mismas. Impresión que una relectura de los textos transcritos con­firma de inmediato. Henry Peters, el hombre que trata de empeñar los pendientes de lady Frances, tiene ciertamente una cicatriz en la oreja, pero es el resultado de “un mordisco”, y John Clay, Mary Cushing y Alec Fairbairn, aunque presentan los lóbu­los agujereados “para llevar pendientes”, no lu­cen tales ador­nos en el momento en que Watson alude a sus orejas.

De algún modo, los pendientes se limitan a cumplir aquí una función mnémica, al centrar nuestra atención sobre algo rela­cionado con ellos pero esencialmente distinto. La marca en la oreja —una incisión en todos los casos— sería pues el elemento prin­cipal de la imagen compuesta por el Doctor Watson, y los pen­dien­tes, una mera lla­mada de advertencia.

Alphonse Bertillon (1893) – Tipos de oreja

Alphonse Bertillon (1893) – Tipos de oreja

Partiendo de esta suposición, la singularidad corpo­ral de la oreja señalada, pu­diera relacionarse con ese otro prejuicio que lleva tan a menudo al Dr. Watson a inter­pre­tar la anomalía física de un individuo como un reflejo de su naturaleza mo­ral pervertida. Tesis no muy distinta de la que el criminólogo espiritista Cesare Lom­broso (1835-1909) —antiguo médico militar, como Watson— había propugnado en su obra capital L’Uomo delinquente (1876), al afirmar que los caracteres morfo­lógi­cos del criminal explicaban en gran parte la etiología del delito[8]. En el fondo, bajo una capa de cientifismo positi­vista digno del boticario Homais, una versión secularizada del misterioso ‘signo de Caín’ con el que el propio Yahvé marcó al primer homicida[9].

Ahora bien, aunque Watson se acerque en más de una ocasión a los postu­la­dos lom­brosianos[10], creemos que su identificación entre anormalidad anatómica e imperfección mo­ral debe menos a las pintorescas teorías del profesor de la Uni­versidad de Pavía que a la autoridad del Pentateuco, que negaba la condición sa­cerdotal a los que padecieran alguna deformidad[11], al mismo tiempo que ordenaba a los levitas que en ningún caso: “se raerán la cabeza ni los lados de la barba, ni se harán incisiones en la carne” o tatuajes en la piel[12]; por ser éstas —tanto como el uso de pendientes ya comentado— prácticas de idólatras que los convertirían en impuros e inhábiles para el culto yah­vista.

En este sentido, la incisión en el lóbulo de la oreja se perfilaría como una marca infa­mante; un estigma físico de impureza espiritual (¿stigma diaboli?) que, asociado a los pendientes —signo de atadura—, podría significar algún tipo de esclavitud[13] o sujeción.

¿La servidumbre del pecado, tal vez?

Esta hipótesis, aparentemente enrevesada, gana credibilidad al confrontarla con dos datos incuestionables.

El primero es que tanto John Clay como Alec Fairbairn o Henry Peters, los hombres con marcas en las orejas, están relacionados de algún modo con gru­pos trashumantes, refractarios al asentamiento y con fama de ladrones o pendencie­ros; estigmatizados de piel bronceada a los que el uso de zarcillos no es ajeno: Clay con los gita­nos[14], Fair­bairn con los marineros[15] y Peters con los madianitas.

Una nimiedad, sin duda, pero a través de la cual aflora otro de los temores más re­currentes del Dr. Watson: el miedo al extranjero merodeador de tez mo­rena, encarna­ción de las potencias del caos y la oscuri­dad[16].

El segundo hecho revela que la representación de la oreja marcada se integra en todos los casos en un sutilísimo juego de alusiones religiosas judeocristianas que Watson maneja de modo un tanto avieso.

En «La caja de car­tón», la casa de Susan Cushing, lugar de destino de un pa­quete macabro con dos orejas humanas cortadas, se ha­llaba en una vía de Croy­don llamada Cross Street (‘la calle de la Cruz’). De la misma forma que, en «La liga de los pelirrojos», la oficina de la sociedad filantrópica montada sobre el legado de un falso millonario de nom­bre bíblico de­masiado oportuno para el caso[17], se ubicaba en un rincón de la City que Watson designa ma­liciosamente como Pope’s Court (‘el callejón del Papa’).

 
 
 

Frederic Dorr Steele (1911) - Henry Peters

Frederic Dorr Steele (1911) - Henry Peters

En «La desaparición de lady Frances Carfax», ‘Holy’ Peters, el ‘Santo Pedro’, es una in­versión clara del apóstol homónimo que en lugar de resucitar a una mujer “rica en buenas obras y en limosnas”[18] trata de enterrarla viva. Peters es también uno de esos “falsos doctores” a los que el verdadero san Pedro fustigó con violencia en la segunda de sus epístolas. Seres “corrompidos”, que “dejando la senda recta, se extraviaron y siguieron el camino de Balaám” —el mago a sueldo de los madianitas (!)— y que movidos única­mente por la avari­cia, “seducen a las almas inconstantes” (como lady Frances) para extraviarlas y convertirlas en “mercadería con palabras mentirosas”[19]. Y para que nada falte en el negativo, recordemos que si san Pedro hirió a un hombre en la oreja derecha en la escaramuza de Getsemaní[20], ‘Holy’ Peters, había sido herido en la oreja izquierda en una trifulca de borrachos.

Pero además, y esto es tal vez lo relevante, en las tres investigaciones descu­brimos referencias, más o menos explíci­tas, a per­sonajes dedicados a la evangeli­zación de las almas.

En «La desaparición de lady Frances Carfax», Henry Peters es presentado como un “misionero” estudioso de la Biblia. Mientras que, para el fraude de los pelirrojos, John Clay adopta un alias —Vincent Spaul­ding— que trans­pone, como descubrió Rosenberg[21], el nombre de Vincent de Paúl (1581-1660)[22]; patrono de los niños expósitos y los galeotes (Clay, probable bastardo de un noble de sangre real, acabará de presidiario), famoso tanto por sus fundaciones en favor de los indigentes (Clay también promueve orfanatos entre robo y robo) como por su incansa­ble actividad misionera o sus pavoro­sos sermo­nes sobre los cas­tigos del in­fierno[23].

En «La caja de cartón», Watson nos revela en cambio su admiración por Henry Ward Beecher (1813-1887), predicador viajero y exégeta bíblico nortea­mericano, hermano de la célebre escritora Harriet E. Beecher Stowe (1811-1896)[24].

Predicadores y orejas… Interesante asociación aunque en absoluto extraña pues, como diría Holmes, “el encadenamiento del razonar no es muy os­curo en este caso”. Ya que si en la mitología grecolatina el oído era el asiento de la memo­ria[25], en la tra­dición judeocristiana, llena de profetas que exhortan a escuchar, la oreja es ade­más el punto de entrada de la Palabra de Dios[26] o la vía privile­giada de en­carna­ción del pro­pio Verbo Divino. Un fe­nómeno que las representaciones pictóricas de la Anunciación expresa­ban con ingenuidad mediante las imágenes comple­mentarias de una pa­loma (el Espíritu Santo), entrando en el oído de la Virgen María, y de un mensajero alado (el ángel), cuya boca re­vela la voluntad de Dios a la don­cella que escucha en acti­tud reco­gida[27].

Ahora bien, la oreja, órgano pasivo de la comuni­cación, puede verse igualmente encadenada[28] por la elocuencia de mensa­jeros indesea­bles. Como ya ocurrió en el Paraíso, donde el pecado entró por el oído —san Ber­nardo de Claraval dixit[29]— al escu­char Eva la voz de la serpiente.

Evidentemente, éste es el principal significado que Watson encubre (y al mismo tiempo revela) con su imagen polisémica de las orejas marcadas; como nos prueba una lectura más cui­dadosa, no sólo de «La desaparición de lady Frances Carfax», donde lady Frances sucumbe a las pala­bras mendaces y a la voz “untuosa y facili­tona” del diabólico Peters, sino también de los otros dos relatos en que Watson hace uso de aquella figura.

 
 
 

Sidney Paget (1891) - Vincent Spaulding y Jabez Wilson

Sidney Paget (1891) - Vincent Spaulding y Jabez Wilson

Así, en «La liga de los pelirrojos», el barbilampiño John Clay, un sujeto afemi­nado y de modales blandos (¿un ángel caído de sexo equívoco?), incita a Jabez Wilson a beneficiarse de un legado inve­rosímil, tan etéreo e inútil como ‘el oro del diablo’ de los cuentos in­fantiles. En este caso, la tentación y el en­gaño se inician, por supuesto, con la palabra: “¿Es que nunca ha oído hablar de La Liga de los Pelirrojos?”. Y aun­que Wilson afirma no saber nada del asunto, confiesa que el discurso seductor de John Clay prometiendo ga­nancias sin es­fuerzo le hizo, atentos a la expresión, “estirar las orejas”.

En «La caja de cartón» los resultados son más trágicos pero el procedimiento es análogo: Sarah Cushing, “un demonio” de treinta y tres años[30], que no pudo seducir a su cuñado Jim Browner, consiguió luego con el verbo, y en palabras de ese desgra­ciado, “envenenar el alma de mi mujer contra mi”.

Tras sembrar primero la discordia entre Browner y su esposa, Sa­rah[31] Cushing fomen­tará luego las relaciones de su hermana Mary con Alec Fairbairn, el marino de la oreja perforada. Un viajero impenitente de “galantería extraordi­naria” que (atención de nuevo) “sabia ha­blar de lo que había visto”. Mary, enga­tusada por las palabras de unos y otros, co­meterá adulterio y en­con­trará la muerte a manos de su esposo que, ebrio de alcohol y celos, seccionará una oreja a cada uno de los amantes muertos, para enviárselas por correo —re­cubier­tas de sal— al de­monio causante de sus males.

 
 
 

Sidney Paget (1893) - El horrendo contenido de la caja de cartón

Sidney Paget (1893) - El horrendo contenido de la caja de cartón

Jim Browner, que revela en su forma de expresarse la influencia de las prédi­cas de la Blue Ribbon Army (la asociación para la templanza en la que intentó curar su dipsomanía), actúa con cierto método en su locura. No sólo cumple a rajatabla el mandato del Viejo Testamento de matar a los adúlteros[32], sino que, al mutilar las orejas de los culpables, corta de raíz el sentido por el que se abrió paso el mal; en una interpretación tremebunda, tardía y sin mati­ces, del remedio evan­gélico des­tinado a evitar, precisamente, el pecado de infide­lidad conyugal:

“Habéis oído que fue dicho: No adulterarás. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón. Si, pues, tu ojo derecho te escanda­liza, sácatelo y arrójalo de ti porque mejor te es que perezca uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la Gehenna. Y si tu mano dere­cha te escandaliza, córta­tela y arrójala de ti…”[33]

Incluso un detalle en apariencia realista, como es el conservar en sal las orejas de las víctimas, completa el carácter ritual de la amputa­ción; porque también advertía el evangelista —tras aconsejar la ablación del órgano que es ocasión de falta— que todos los pecadores “serán salados con fuego, y todo sacrifi­cio será salado con sal[34].

Según nuestro análisis, el símbolo watsoniano de la oreja marcada tendría esen­cial­mente unas connotaciones religiosas, en cuanto estigma diabólico, marca de impureza espiritual o signo visible del pecado que encadena a través de la pala­bra. Y su presen­cia recurrente en varios textos del Dr. Watson sería una prueba adicional de la for­tísima influencia que en la formación de su carácter tuvo el elemento religioso. Un influjo del que Watson parece haberse desprendido des­pués en el plano de la escritura reflexiva, pero que asoma de forma involuntaria, pero constante a lo largo de toda su producción literaria —como las bagatelas de Morelli—, mediante pequeños símbolos o imágenes ana­lógicas que, escondiendo, sin embargo revelan indirectamente un con­tenido difícil de asumir por el yo consciente.

Para los psicoanalistas amateurs este planteamiento y términos resultarán familiares, aunque es probable que echen en falta alguna alusión a la posible carga sexual encubierta bajo la doble imagen de la oreja marcada y los pendientes. Sobre todo cuando, a nuestro en­tender, estas representaciones —más allá de las afini­dades elementa­les que pueden darse entre el uso de aretes y la infibulación geni­tal o en­tre la forma cuasi fetal de la oreja y la concavidad del sexo femenino—, enlazan con la noción de impureza espiri­tual, tan fácil de identificar en la menta­lidad victoriana con la impu­reza sexual.

Watson, impregnado como nadie del espíritu de su tiempo, no puede sustraerse tam­poco, en los tres casos sobre los que hemos limitado nuestro interés, a esta amalgama de sexo y religiosidad; sirviendo de nuevo el binomio ‘pendientes-oreja marcada’ como elemento focal del análisis.

 
 
 

Bosco – Detalle de El jardín de las delicias

Bosco – Detalle de El jardín de las delicias

En «La caja de cartón» —el relato más explícito en este sentido—, el delirio mutila­dor de Browner está claramente asociado a una sexualidad pecaminosa que merece ser castigada, además de con la muerte, con la resección de las orejas de los dos amantes. Una fantasía de castración apenas enmascarada que sin duda hizo recordar a los lecto­res del Strand, si no un detalle infernal de El jardín de las delicias[35], sí al menos uno de los hitos macabros con que el legendario Jack The Ripper jalonó su particular cru­zada —manifestación criminal de una su­puesta manía religiosa, según pensaban la mayor parte de sus coetáneos— contra las prostitutas callejeras del East End en 1888[36].

En el secuestro de lady Frances Carfax las connotaciones sexuales son menos ob­vias, pero no por ello inexistentes.

Frances, “pura como la nieve”, es el sujeto pasivo de un delito —el rapto— en el que la privación de libertad sirve de instrumento espurio para alcanzar un fin marital. Implicación ésta —bien conocida por los juristas victorianos— que aun­que no llega a manifestarse abiertamente en la historia, si que se insinúa; al seña­larnos Watson que el secuestro en cuanto tal, fue precedido de una auténtica se­ducción por parte de Henry Peters. Por­que de “seducción” cabe hablar ante una dama “profundamente impresionada por la notable personalidad del doctor Shlessin­ger”; y “seducir” (to beguile) es el verbo que significativa­mente Holmes emplea para describir la especialización delictiva de Henry Peters[37]; el aciago “misionero” que parece seguir en su actuar las pau­tas propias de un rufián prosti­bulario, pasando de la suavidad del engaño inicial a la pura violencia física, para dominar a su víctima y hacerse con su di­nero.

Casualmente, a partir de 1910 el término “missionary” —que Holmes maneja de forma muy insistente para referirse a Shlessinger—, empezó a utilizarse en el argot de hampones y policías para designar a los delincuentes dedicados a la ‘trata de blan­cas’[38]. Quedando la duda de si Sherlock Holmes no contribuiría en buena medida a acuñar este curioso apelativo entre los profe­sionales de Scotland Yard tras su enfrentamiento con un reverendo, conduc­tor de mujeres perdidas, a las que convertía en “mercadería”, como los “falsos docto­res” de la segunda epístola de san Pedro ya aludida en su momento. Un texto donde la impureza espiri­tual se confunde también con la impu­reza sexual; pues esos “falsos doctores” —ému­los de los impíos habitantes de Sodoma y Gomorra según el apóstol— “van en pos de la carne, llevados de los deseos impuros”, a la vez que,

profiriendo palabras hinchadas de vanidad [de nuevo el verbo como fuente de es­clavi­tud], atraen a los deseos carnales a aquellos que apenas se habían apartado de los que viven en el error, prometiéndoles libertad cuando ellos son esclavos de la corrupción”[39].

En «La liga de los pelirrojos», finalmente, nos encontramos con otra forma de impu­reza sexual, más grave si cabe que las anteriores para un victoriano decente, como es la homosexualidad. Inclinación nefanda que Watson aborda con disi­mulo y elipsis al perfilar las figuras de John Clay, alias Vincent Spaulding, y del es­curridizo Ar­chie[40], alias Dun­can Ross, alias William Morris.

Dos forajidos cuya sexua­lidad contra natura —sancionable con la muerte fí­sica según el Penta­teuco[41] y con la muerte social para los coetáneos del Dr. Watson— ha sido exa­minada ya por varios es­tudiosos del Canon[42]; lo que nos permite ob­viar ciertos aspectos claves de esos análisis y centrar la mirada sobre otros detalles más relevantes para nuestro particular enfo­que her­menéutico.

John Clay, embaucador de un prestamista[43] bobo, y actor principal de una in­triga en la que Holmes se encarga elocuentemente de recordarnos que “no había mujeres”, tenía —además de una tez infantil, una complexión me­nuda y unas manos finas y blancas “como de mujer” (womanly)— dos rasgos singulares que ratificaban su anor­malidad moral.

El primero, por supuesto, era su oreja marcada. Mejor dicho, sus dos orejas, agujerea­das en la adolescencia (“cuando era un muchacho”) por una gi­tana. Lo que recalca aquella feminidad aparente del individuo, atribuyéndole una marca doble (“como para llevar pendientes”) reservada en Occidente a las muje­res… o a los actores isabelinos que desempeñaban papeles de dama jove­n en las obras de Shakespeare, el dramaturgo al que Archie rinde tributo con unos de sus seudónimos[44].

 
 
 

Retrato de Shakespeare, detalle (National Portrait Gallery)

Retrato de Shakespeare, detalle (National Portrait Gallery)

El amujeramiento indudable de John Clay, sugerido por Watson mediante su sím­bolo exclusivo de la oreja marcada, se completa además con uno de esos juegos de espejos —conscientes o involuntarios— que tanto abundan en las memorias del buen Doctor, pues si el protagonista de la historia es un hombre que parece una mujer, la narración concluye con el recuerdo de una mujer que parecía un hombre: George Sand.

Pero John Clay, doble en tantas cosas, tiene, además de la oreja marcada, un se­gundo estigma: “una mancha blanca de ácido en la frente”.

Clay, en un sentido estrictamente físico, es un hombre manchado; y lo es por el efecto de una sustancia que corroe (el ácido) y que daña a todo aquel que por impru­dencia la toque. Extraer de aquí, por simple analogía, una conclusión moral es algo que no resulta demasiado complicado; pero Watson, una vez más nos allana el camino, ya que la peculiar señal cutánea del delincuente afeminado es idéntica a la del leproso sucio del libro del Levítico[45].

La lepra, en cuanto paradigma del mal infeccioso que avanza implacable, se con­vierte por tanto en metáfora privilegiada de cualquier tipo de vicio contami­nante, como podía serlo, para Watson y sus coetáneos, la homosexualidad. O, en términos de la época, esa llaga que no dejaría, con el tiempo, de corromper y manchar a todos”; esa “corrupción que se iba propagando, una corrupción de la peor especie”[46] que John Clay, con su es­tigma blancuzco, recapitula y encarna.

Sin querer y como un arete que se cierra sobre si mismo, la mancha blanca de la lepra nos devuelve otra vez al lóbu­lo de la oreja; por ser ésta, precisa­mente, una de las tres partes del cuerpo que los sacerdotes hebreos ungían para certifi­car, con prolijo ritual, el fin de la impureza de un leproso sanado. Las otras dos, poco cuesta recor­darlo, eran el pulgar y el dedo grueso del pie. El primero, muti­lado a un ingeniero en un caso célebre de Sherlock Holmes, y el segundo, defini­tivamente ausente en varios personajes que renquean, con su pierna única, por el laberinto de párrafos del Doctor Watson.

Pero ésas, claro está, son otras historias.

© Juan Requena, 1997

 


    [1]Este artículo fue publicado como apéndice de nuestro ensayo El laberinto de Carfax. Simbolismo mítico-religioso en «La desaparición de Lady Frances Carfax». La Socie­dad de Mendigos Aficionados (Ed.), Monografías, nº 5. Madrid, diciembre de 1997; págs. 65 y ss..

    [2]Giovanni Mo­relli (1816-1891), mé­dico y político italiano del Risorgimento que firmaba sus tratados, escritos en alemán, como ‘Ivan Lermolieff’ o ‘Johannes Schwarze’, revolucionó el mundo del peritaje artístico con la publicación en 1880 de Die Werke italienischer Meister in den Galerien von Munchen, Dresden und Berlin, síntesis a su vez de una serie de artículos apa­recidos entre 1874 y 1876 en la Zeitschrift für bildende Kunst. Traducido al inglés en 1883 (antes que al italiano), el libro desarrollaba la teoría de que era posible distinguir la obra pictórica original de la de un copista o discípulo, concentrándose no en la impresión general del cuadro sino en ciertos ele­mentos menores de la composición que cada artista ejecutaba de un modo muy personal, in­consciente y reiterativo en la mayor parte de sus obras, pero que no eran perci­bidos (ni por tanto reproducidos) por sus imitadores o alumnos. Esos detalles triviales de las figuras del cuadro, a los que Morelli llamó “bagatelas”, eran las uñas de los dedos, el grosor del pulgar, la hechura de las manos y los pies, los halos, los pliegues de las ropas y, sobre todo, la forma de las orejas.

    Se diría que Holmes parafrasea al crítico de Verona cuando afirma en ESTU que “la profesión de una persona puede revelársenos con claridad, ya por las uñas de los dedos de sus manos, ya por la manga de su chaqueta, ya por su calzado, ya por las rodilleras de sus pantalones, ya por las callosidades de sus dedos índice y pulgar, ya por su expresión o por los puños de su ca­misa” o cuando aconseja a Watson que “nunca se confíe a impresiones genera­les, muchacho, concéntrese en los detalles” (IDEN) o cuando pontifica en LABI que “no hay nada tan im­por­tante como las tri­vialidades”. En CAJA, un comentario de Sherlock Holmes sugiere definitivamente que el detective estaba llevando al campo de la crimi­nología los métodos que Giovanni Mo­relli había utilizado con tanto éxito en la autenticación de obras de arte: “no hay parte del cuerpo que varíe tanto de un individuo como la oreja humana. Por re­gla gene­ral cada oreja tiene detalles característicos y difiere de todas las demás. En el Anthropo­logical Jour­nal del pasado año hallará usted dos breves monografías acerca del tema, debidas a mi pluma”.

    Holmes, vinculado con el mundo de la pintura a través de sus antepasados Vernet, debió leer a Morelli en alemán durante sus años formativos, ya que es evidente que conoce el método del italiano antes de su primer encuentro con Watson en 1881. Morelli era muy conocido entre los expertos y coleccionistas británicos y el propio Henry Doyle (1827-1892) lo trató personal­mente en 1887, cuando el tío de Arthur Conan Doyle ejercía de director de la Dublin Art Gallery. El encuentro lo menciona el médico de Verona en una de sus cartas a su amigo y biógrafo sir Austen Henry Layard (1817-1894). Layard, diplomático, espía y ar­queólogo diletante, fue quién cofinanció y prologó la traducción inglesa de los dos primeros tomos de los Kunstkritische Studien (1890) de Morelli, editados bajo el  título de Italian Painters: Critical Studies of Their Works por John Murray & Co. en el mismo año de la publicación de CAJA en el Strand Magazine (1893). En esa revista apareció también en otoño un artículo sin firma títulado «A Chapter on Ears» [The Strand Magazine, vol. VI, nº 34, octubre 1893] que debe mucho a Morelli, aunque probablemente aún más a las dos obritas de Holmes del Anthropological Journal hoy, por desgracia, imposibles de encontrar en las bibliotecas.

     [3]No sólo de Watson. La monomanía es patente también en Conan Doyle, que refle­jó el enfermizo detalle de la oreja mutilada en varias de sus obras. Por ejemplo en «The Winning Shot» (1883) y «The J. Habakuk Jephson’s Statement» (1884); The White Company (1891), donde sir Nigel tiene un desgarrón en la oreja similar al de Henry Peters; «The Surgeon Talks» (1894) o uno de los relatos de la serie dedi­cada al Brigadier Gérard cuyo título habla por sí mismo: «How the Brigadier Lost his Ear» (1903).

     [4]Recuérdese la importancia que tienen en ESTU el anillo de bodas de Lucy Ferrier (que Jefferson Hope extrae del dedo de la muchacha muerta, expresando con ello su no recono­cimiento del matrimo­nio de la joven) y, en menor medida, el anillo ma­sónico de Enoch J. Drebber.

     [5]Gén. 35:4.

     [6]Jue. 8:24-28.

     [7]Según le revela a Watson el ge­rente del En­glis­cher Hof de Baden, Shlessinger preparaba “un mapa de Tierra Santa, haciendo re­ferencia especial del reino de los Madianitas, acerca del cual estaba es­cribiendo una mo­nogra­fía”. Este interés del falso reverendo por las tribus de Madián pudiera tener un fundamento muy poco religioso pero bastante más acorde con su personalidad, ya que los madianitas, orfebres y fundidores, habían sido relacionados con las legendarias minas salomónicas de Ophir en tiempos de Watson por el capitán Richard Burton (1827-1890), quien dedicó dos expediciones, pagadas por el Jedive de Egipto, y más de un millar de páginas al tema en tres libros de gran éxito editorial: The Gold Mines of Midian, The Rui­ned Midianite Cities y The Land of Midian Revisited [vid. Edward Rice, Captain sir Ri­chard Francis Burton (trad. cast.: El Capitán Richard Francis Burton; Ediciones Siruela S.A., Madrid 1992, págs. 487-491)]. Estas obras pudieron exci­tar la imaginación de Shlessinger y servir como fuente de información para dar un tinte de veracidad a su charlas sobre el nebuloso reino de los madianitas.

     Arthur Conan Doyle en El Mundo Perdido [Capítulo I] menciona a Burton como modelo de héroe romántico e imperialista; el tipo de héroe que fascinaba a Watson, por lo que no es improbable que éste conociera también sus obras (por ejemplo la dedicada a los mormones de Utah). En cuanto a Holmes, espía ocasional al servicio del Foreign Office, la lectura de los textos de Burton antes de iniciar su pro­pio viaje clandestino a La Meca se da por supuesta.

     [8]Para el Dr. Lombroso y sus discípulos, el delincuente habitual era un ser aparte, con su propia consti­tución física, señalado por ‘estigmas’ muy variados. Innatos unos (como ciertas anormali­dades anatómi­cas) y artificia­les otros (como los tatuajes entre otras marcas propias de salvajes), pero todos ellos expresi­vos de una persona­lidad atávica, ‘animal’, primitiva, capaz de cualquier cosa. Sobre las teorías de Lombroso en general, con algu­nas con­sideraciones particula­res sobre la posible influencia de la Escuela Positivista en la obra de Watson, puede consultarse el docu­mentado artículo de José L. Errazquin, «Prácticas criminales y juegos mate­máticos. Frenolo­gía en el Ca­non» [Tercer Anuario de la Sociedad de Men­digos Aficionados, edición privada, Madrid 1996, págs. 183 a 253].

     [9]Gén. 4:15.

     [10]Por ejemplo, el retrato que Watson nos ofrece del mafioso Beppo en 6NAP, consti­tuye una perfecta ilustración del mattoide lombrosiano. Beppo, un “lobo hambriento” que carece hasta de apellido (signo de civilización), es un “grotesco criminal” italiano de “cara repugnante y cetrina”; un homínido de “rasgos pronunciados y simiescos, cejas tupidas, y la parte inferior del rostro con una proyección especialísima, que se parecía a la jeta de un babuino”.

     [11]Según Lev. 21:17-23: “Ningún deforme se acercará, ni ciego, ni cojo, ni mutilado, ni monstruoso, ni que­brado de pie o de mano, ni jorobado, ni enano, ni bisojo, ni sarnoso, ni ti­ñoso, ni hernioso. Ninguno de la es­tirpe de Aarón que tenga una deformidad cor­poral se acercará para ofrecer las combus­tiones de Yahvé […] por­que tiene de­fecto y no debe contaminar mi santuario” [los resaltados son nues­tros]. Pensando en las prohibiciones del Levítico, el pastor escocés James Anderson, al codificar algu­nas reglas tradicionales de la Masonería en el Libro de las Constituciones de 1723 (punto IV), insistió en que el Aprendiz debía ser “un cumplido joven sin mutilación ni defecto en su cuerpo que le imposibilite para aprender el Arte” [Vid. James Anderson, La Constitución de 1723, Editorial Maynadé, Barcelona 1936, pág. 78]. Del mismo modo, los masones franceses de los siglos XVIII y XIX vetaban la iniciación en su Templo de todo aquel que fuera de nacimiento, “bâtard, bègue, bigle, boiteux, borgne, bossu, bougre”.

     [12]Lev. 21:5. En la misma orientación, Lev. 19:28 (con referencia también a los tatuajes) y Dt. 14:1.

     [13]En Dt. 15:16-17 se describe un antiguo ritual de servidumbre voluntaria que exigía perforar el lóbulo de la oreja al esclavo, clavándolo a la puerta de la casa de los que se convertirían en sus amos de por vida. Por otra parte, no olvidemos que para griegos y romanos el estigmatizado (stigmatias) era específica­mente un esclavo marcado por sus dueños.

     [14]En los escritos de Watson los gitanos siempre levantan sospechas: bien por estar relacionados con sujetos turbios como el Dr. Grimesby Roylott [BAND], bien por rondar como aves de mal fario por la escena del crimen [BASK o SILV]. Un papel similar al que adoptan los cíngaros en Drácula, de Bram Stoker, donde los gitanos sirven fielmente al vampiro desde tiempo inmemorial [Capítulos IV y XXVII]. Una alianza entre iguales, ya que el propio conde no-muerto se enor­gullecía de pertenecer a una estirpe errante: la del huno Atila y el magiar Arpad, los nómadas de­vastadores por anto­no­masia [Capítulo III].

     [15]Los marinos, aficionados al alcohol y a las broncas, constituían para la policía inglesa y el público en gene­ral los sospechosos habituales de cualquier crimen. Recuérdense las redadas efec­tuadas entre las tripulacio­nes de los barcos ancla­dos en Londres tras cometerse los crímenes de Ratcliffe Highway (1811) o las detencio­nes masivas de marineros en 1888 a raíz de los asesinatos de Jack El Destripador.

     [16]Vid. nuestro artículo «Tonga, o el pigmeo inverosímil» [Tercer Anuario de la Sociedad de Men­digos Aficio­nados, edición privada, Madrid 1996]. En este tipo de prejuicios, Watson y Co­nan Doyle cojeaban del mismo pie. Por ejemplo, en El Abismo de Ma­racot [Capítulo VII], Doyle se ocupa también de recordar a sus lectores que el malvado Baal-Seepa, inspira­dor de las hordas de Atila y de las an­danzas regicidas de jacobi­nos y bolcheviques, tenía la piel “de bronce” y el pelo tan negro como su alma; frente a un Maracot deliciosa­mente rubicundo y sajón.

     [17]Samuel Rosenberg [Naked Is the Best Disguise, Penguin Books Inc., New York 1975, pág. 163], fue quien primero advirtió la relación bíblica entre el nombre del prestamista estafado —Jabez Wilson— y el del presunto bene­factor de los pelirrojos de Londres —Ezekiah Hopkins—, personaje inventado por Clay para dis­traer al propietario de la casa de empeños haciéndole copiar absurdamente un libro —la Encyclo­pædia Bri­tannica— que Rosenberg identifica con la Biblia, aunque, según él, este hecho fue posterior­mente ocul­tado por el agente literario de Wat­son para no herir la sensibilidad de los piadosos lectores de The Strand Magazine. La tesis de Rosenberg se vuelve plausible cuando constatamos que Wilson porta el nombre de una ciudad —Jabez, Jabés o Yabés— recordada en 1 Cro. 2:55 por “las fami­lias de escribas que habitan [en ella]”. Es decir, por ser la cuna de los soferitas, ‘los hombres del libro’, empleados como escribanos por los monarcas hebreos y en especial por Ezequías, bajo cuyo go­bierno se llevó a cabo una profunda reforma religiosa en la que los copistas desempeña­ron un papel deci­sivo, al concluir una versión escrita del Deuterono­mio y al transcribir, entre otros mu­chos textos sagrados, los famosos proverbios atribuidos a Salomón [“copiados por los varones de Eze­quías, rey de Judá” se indica expresamente en Prov. 25:1]. Aunque Rosenberg no alude a ello, otro dato parece confirmar estas observaciones: En 3EST, Watson nos oculta en todo momento el nombre de pila del joven Gilchrist, el universitario que había copiado en el examen de griego para beneficiarse de una beca, pero nos revela en cambio el del padre del muchacho: Jabez, como la ciudad bíblica, father(land) de los hom­bres que copia­ban.

     [18]Según Hechos de los Apóstoles, 9:40-41, la pri­mera resurrección obrada por Pedro fue la de una mujer adinerada llamada Tabitá.

     [19]2 Pe, 2:1-18.

     [20]Jn. 18:10.

     [21]Samuel Rosenberg, ob. cit., pág. 190.

     [22]Al margen de la alusión velada a san Vicente de Paúl de LIGA, existe otro dato que enlaza las biografías del religioso francés y del detective británico de forma impensada. En 1605, el padre Vi­cente desapareció sin dejar rastro entre Marsella y Narbona, para rea­parecer de nuevo en el sur de Francia en 1607. En realidad nadie sabe dónde estuvo y qué hizo el clérigo durante esos años perdidos, aunque todos los biógrafos coinciden en valorar la historia que contó des­pués para justificar su desaparición como poco verosímil. Según Vicente de Paúl, cuando regresaba en barco desde el puerto de Marsella hacia Narbona, fue raptado por unos piratas berberis­cos que le vendieron como esclavo a un alqui­mista mahometano en Tú­nez; de donde por fin logró escapar en una barquita hasta las costas de Francia ayudado por su último amo, un renegado al que había devuelto a la fe católica durante su cautiverio. Charles Altamont Doyle, secretario en la filial de Edimburgo de la Sociedad de San Vicente de Paúl, tal vez le contó la historia a su hijo Arthur.

     El “Gran Hiato” de Vicente de Paúl guarda algunos puntos de contacto con la extraña desaparición de Sherlock Hol­mes entre 1891 y 1894, pues éste también deambuló en solitario por Narbona y Marsella durante los días que pre­cedieron a su muerte ficticia en Reichenbach; reapareciendo luego en el Midi francés (donde realizó complejos experimentos químicos sobre los deriva­dos del alquitrán en Montpellier), antes de presentarse en Londres y relatar a Watson su ajetreado periplo por tierras islámicas y tibetanas.

     [23]Vid. Sermons de Saint Vincent de Paul pour les missions des campagnes, París 1859, 2 vols., págs. 329 y ss. Los terroríficos sermones XVII y XVIII destacan por méritos propios.

     [24]Sobre Henry Ward Beecher vid. nuestro artículo El oportuno retrato del predicador. Edición privada. Madrid 1997.

     [25]Por ello se ofrendaban pequeñas orejas de plata como exvoto a la diosa Mnemosyne.

     [26]Sal. 58:4-6: “Tienen [los impíos] veneno como de serpientes, cual áspid sordo, que cierra su oído. Para no oír la voz de los encantadores, del encantador hábil en encantaciones”.

     [27]Sobre el tema de la Anunciación en el Canon vid. nuestro artículo El sabio cojuelo. Un ensayo claudicante. Edición privada. Madrid 1997.

     [28]Hermes, dios de la elocuencia, era representado a veces, como el Ogmios céltico, bajo la forma de un anciano que arras­traba a sus adoradores por el lóbulo de las orejas, gracias a unas finas cadenas de oro que sa­lían de su len­gua [Vid. Luciano de Samosata, Discursos (Herakles)].

     [29]Concretamente en la segunda parte de su tratado De Gradibus Humilitatis et Superbiae, capítulo 28, X., cuando glosa el pasaje de la serpiente en el Paraíso y afirma que el pecado y la muerte entraron por las “ventanas del alma”, los ojos y las orejas, símbolos del pecado: “Haedos quippe, qui peccatum significant, recte oculos auresque appellaverim, quoniam sicut mors per peccatum in orbem, sic per has fenestras intrat ad mente”.

     [30]Clara inversión de la edad atribuida a Cristo, cuya palabra es la vida.

     [31]El nombre bíblico escogido para este ‘diablo’ femenino es muy sugestivo. Según el Génesis, Sara, la pri­mera esposa de Abraham, incitó a éste a que tomara por concubina a su esclava Agar [Gén. 16]; del mismo modo que Sarah Cushing alcahuetea las relaciones de su propio amante (según puede inferirse de la historia) con su hermana Mary. Por otro lado, la Sara bíblica, de carácter celoso y cruel como revela su posterior comporta­miento con Agar, protagonizó dos incidentes de infide­lidad conyugal basados en el doble parentesco que mante­nía con Abraham, del que era esposa pero también hermana por parte de padre (no olvidemos que Sarah Cushing era la hermana política —sister in law— de Jim Browner). En el se­gundo de estos episodios, el adulterio de Sara con Abimelec no llegó a consumarse por la inter­ven­ción de Yahvé, que advirtió en sueños al rey de Guerar del peligro que corría: “Mira que vas a morir por la mujer que has tomado, pues tiene marido” [Gén. 20:3]. Admonición divina que se cumple en cambio con vio­lencia extrema en el caso de Alec Fairbairn. ¿A(bime)lec?

     [32]Lev. 20:10.

     [33]Mt. 5:27-30. En el mismo sentido Mt. 18:8-9 y Mc. 9:43-49. Idéntico fundamento debe buscarse a la sádica mutilación que sufre una adúltera en el cuento del agente literario titulado «The Case of Lady Sannox». Historia delirante en la que Doyle nos describe el castigo que lord Sannox trama contra su es­posa Marion y el amante de ésta —el Dr. Douglas Stone—, un hombre esclavo de los sentidos (“The eye, the ear, the touch, the palate, all were his masters [el resaltado es nuestro]”), al que el marido convierte en instrumento inconsciente de una rebuscada venganza.

     Haciéndose pasar por un anticuario de Esmirna (nótese la alusión simplona al turco como paradigma del hombre celoso), lord Sannox acude al domicilio de Dou­glas Stone requiriendo de urgencia los servicios del cirujano. Se trata, dice el impostor, de un caso de vida o muerte: Su esposa se ha cortado en el labio superior (¿una transposición simbólica del sexo feme­nino?) con un cuchillo (¿instrumento fálico?) de origen almohade (¡nómadas de piel os­cura!) impregnado de un veneno letal. Según el falso otomano, que en realidad se ha limitado a herir el labio de su mujer con su sortija de sello (¿la alianza nupcial, el signo de propiedad?), sólo existe un me­dio para evitar que la pon­zoña (¿el pecado?) llegue al corazón (¿al alma?): rebanar la zona envenenada (¿la puerta de acceso del Mal?), aunque ello implique desfigurar (¿castrar?) para siempre la cara de la mujer. Un daño terrible, pero menor, pues —en paráfrasis evidente del Evangelio— “It is better to lose a lip than a life”. El médico, cuya reticencias iniciales han sido vencidas fácilmente con di­nero, accede a la petición inverosímil de su cliente. Interviene a la mujer —drogada y con el rostro semive­lado— y descubre, nada más con­cluir la operación, que acaba de mutilar a su propia amante, con la que estaba citado para esa misma noche. Las palabras que Conan Doyle emplea para describir la sensación de dolor que Douglas experimenta al darse cuenta de lo que ha hecho no pueden ser más curiosas: “he had felt something go like a ripping seam behind his ear [el resaltado es nuestro]”. Y las que atribuye al venga­tivo lord Sannox simplemente explicitan lo que era obvio desde un primer mo­mento: “‘It was really very ne­cessary for Marion, this operation’, said he, ‘not physically, but mo­rally, you know, mo­rally’ [el resaltado es nues­tro]”.

     [34]Mc. 9:49 (versión Reina-Valera). El evangelista alude a la obliga­ción ritual recogida en Lev. 2:13: “A toda oblación que presentes le pondrás sal; no dejarás que a tu ofrenda le falte la sal de la alianza de Yahvé; en todas tus ofrendas ofrecerás sal”.

     En «La caja oblonga» de Edgar Allan Poe (autor al que Watson menciona expresamente en CAJA), vemos otro ejemplo en el que la sal cumple también una función expiatoria, manifes­tada en la inmolación del protagonista quien, al negarse a abandonar el cadáver de su es­posa, es arrastrado hacia el fondo del mar por el peso del féretro sobrecargado de sal. Escenas de amor y muerte empa­ren­tadas con ésta pueden verse también en algunos relatos de Conan Doyle, como «The Captain of the “Pole Star”» (1883), «The Man from Archangel» (1885) o «De Profundis». Historias donde los muertos atraen a sus amantes locos hacia el abismo, llevándoles al sacrificio entre remolinos de agua salada. Adviértase que Browner también arroja al mar los cuerpos de los adúlteros, a los que ha ma­tado (sacrificado) a golpes de remo en la barca en que pasea­ban frente a la playa de Brighton. Ima­gen ésta, el hundimiento en el mar de seres que han pecado, muy frecuente en los escritos watsonianos.

     [35]En la tabla dedicada al infierno de su famoso tríptico, Hieronymus van Aken, llamado El Bosco (1453-1516), pintó dos enormes orejas atravesadas por una flecha y unidas a un cuchillo gigantesco arrollando, como un ariete de metal y carne, a uno de sus característicos grupos de ho­mún­cu­los desnudos. La naturaleza fálica de la ima­gen es obvia, y el propio pintor pudiera haber querido resaltarla con una miste­riosa ‘M’ mayúscula gra­bada en la hoja del cuchillo. Letra de significado oscuro que la ma­yor parte de los estudiosos de la obra de El Bosco tienden a interpretar como la inicial del Maligno o del Mundo o como una variante del signo zodiacal de Scorpio (e) que se corresponde en astro­logía con los órganos de la repro­ducción y la pasión sexual, fuente tradicional de pecado.

     [36]En octubre de 1888, el criminal conocido como Jack El Destripador seccionó parte de la oreja derecha del ca­dáver de su cuarta víc­tima —Catherine Eddowes—, tal vez con la intención de hacérsela llegar a la policía como había prometido en una nota fe­chada el 27 de sep­tiembre: “En el próximo tra­bajo le cortaré las orejas a la dama y las enviaré a los policías sólo para di­vertirme”. Aunque el psi­cópata no pudo cumplir fielmente su promesa (“No tuve tiempo de cortar las orejas para la policía” se lamentaba en otra nota posterior), sí hizo llegar por correo al ciudadano George Lusk, presidente del auto­denomi­nado Comité de Vigilancia de Whitecha­pel, una caja de cartón que contenía un presente no menos sinies­tro: un riñón humano prácticamente completo y una nota escrita “desde el in­fierno” como tarjeta de visita. Indicios ulteriores señalaron que el riñón enviado el 16 de octubre de 1888 al Sr. Lusk podía haber sido descuajado del cuerpo de Catherine Eddowes, si bien en un primer mo­mento se barajó la posibilidad de que el odioso paquete fuera el producto de una broma imputable a algún estu­diante de me­dicina, que habría extraído la víscera de un cadáver usado para las prácti­cas de disección en la Universidad [vid. Colin Wilson y Robin Odell, Jack The Ripper. Trad. cast. Jack El Des­tripador. Recapitu­lación y verdicto, Editorial Planeta S.A., Barcelona 1989, págs. 64 y 65)]. En CAJA se especula también con esta posibilidad; centrando Lestrade sus primeras sospe­chas en unos estudiantes de medi­cina, antiguos huéspedes de Susan Cushing en Croydon. Watson, sin embargo, omite cualquier refe­rencia a los asesinatos del East End londinense y Holmes tampoco los menciona pese a consti­tuir un antecedente obvio del caso Browner, lo que sugiere que éste debió ser anterior al otoño de 1888 [personalmente nos inclinamos por agosto de 1886, coincidiendo con la última visita a Inglaterra de Henry Ward Beecher a cuyo retrato se alude igualmente en CAJA].

     El de 1888 fue en cualquier caso un año nefasto para las orejas, ya que apenas dos meses después de los suce­sos de Whitechapel, Vincent van Gogh (1853-1890), pintor y predicador calvinista fra­casado, se cortaría en Arlés parte de la oreja izquierda para entregarla, cuidadosa­mente envuelta en un pañuelo, a una de las pupilas del burdel local la víspera de No­chebuena. Nótese como también en este asunto la lesión en la oreja se asocia al mundo de la sexualidad culpable en un con­texto marcadamente religioso (la proximidad de la Navidad).

     [37]“Seducir a mujeres que viven solas, va­liéndose de sus sentimien­tos religiosos”.

     [38]Vid. Eric Partridge, Dictionary of the Underworld, Routledge & Kegan Paul, Londres 1950.

     [39]2 Pe. 2:18-19. La acotación y los resaltados son nuestros.

     [40]Watson calla el apellido del cómplice de John Clay, aunque nos indica el modo en que éste le llamaba en la escena cumbre de la detención de Clay en la bóveda del banco que pretendía asaltar. Lite­ralmente atrapado por Holmes, Clay aún tiene tiempo de advertir a su asociado mediante un grito pa­tético con el que expresa su profundo afecto por alguien que, más que un mero socio criminal, es un amigo muy íntimo: “¡Salta, Archie, salta; que me cuelguen sólo a mi!”. La intimidad entre Clay y el falso Ross se manifiesta además en la utiliza­ción del nombre de pila (Archibald) en forma apocorística (Archie). Detalle cuyas implicaciones específicas hoy quedan diluidas, pero que resultaban diáfanas para los suscriptores del Strand, dado que el uso del nombre de pila se reservaba en la sociedad victoriana al círculo familiar más estrecho o a la relación entre cónyuges; siendo socialmente reprobable su utiliza­ción pública en otros contextos.

     Un ejemplo clarísimo nos lo proporcionan las actas de los distintos juicios en que Oscar Wilde se vio in­merso en 1895. En ellas puede verse la importancia que tanto el abogado del marqués de Queensberry —Edward Carson— como el representante del ministerio fiscal conferían al uso del tuteo por parte de Wilde y otros im­putados en sus tratos con jovenes de clases inferiores, a la hora de fundamentar sus acusaciones de sodomía y conducta inmoral:

“Carson: ¿Llamaba a Taylor por su nombre de pila?

Wilde: Sí.

Carson: ¿Wood le llamaba Oscar?

Wilde: Sí.

Carson: ¿Cómo llamaba usted a Wood?

Wilde: Su nombre es Alfred.

Carson: ¿No le llamaba ‘Alí’?

Wilde: No. Nunca uso abreviaturas

[Los procesos contra Oscar Wilde, Valdemar [Enokia S.L.] Madrid 1996, pág. 69].

……………………………………………………

Ya, en la primera ocasión que el señor Wilde encontró al ayuda de cámara Parker, le llamó Charlie. Y Charlie llamaba Oscar a Wilde” [Ibidem, pág. 125].

……………………………………………………

 “… solía dirigirse a sus visitantes por su nombre de pila” [Observación de la Sra. Grant, casera del proxeneta Taylor, al des­cribir algunos hábitos de su huesped. Ibi­dem, pág. 161].

……………………………………………………

“Fiscal: ¿Scarfe le tuteaba?

Wilde: Sí.

Fiscal: ¿En seguida?

Wilde: Yo se lo pedí. Me encanta que me tu­teen” [Ibidem, págs. 351 y 352].

     En resumidas cuentas, cuando Watson transcribe las palabras de Clay, sabe que sus lectores sólo pueden interpretarlas de una manera: la misma en que lo hicieron los jurados que condenaron a Wilde.

     [41]Lev. 20:13.

     [42]Vid. Samuel Rosenberg, op. cit. capítulo V en su totalidad y Charles Higham, The Adventures of Conan Doyle, W.W.Norton & Company Inc., New York 1976, pág. 103. Para ambos autores, la pareja de rateros formada por Duncan Ross y John Clay podría ser trasunto de la constituida por Robert Ross (1869-1918) y John Gray (1866-1934), amantes homosexuales de Oscar Wilde.

     [43]En su Divina Comedia [Infierno, Cantos XV a XVII], Dante colocaba en un mismo círculo infer­nal —el séptimo— a homosexuales y usureros. Asociación basada en la idea medieval de que los prime­ros convertían en yermo un bien fecundo dado por Dios (la ca­pacidad reproductora) y los se­gundos pre­ten­dían generar (el interés) de un bien estéril creado por los hombres (el dinero). ¿El inconsciente watso­niano pudiera estar reproduciendo este curioso símil en las figuras de Wilson (el prendero sin familia) y Clay (el ladrón amuje­rado) juntos en el número 7 de Pope’s Court?

     [44]Ningún estudioso del Canon —que sepamos— se ha detenido en el posible origen shakespeariano del seudónimo Duncan Ross empleado por el socio de Clay para timar a Jabez Wilson. Sin embargo la relación es obvia, ya que Duncan y Ross son los dos personajes que, alternando sus nombres, dialogan en el Acto I, Escena II de Mácbeth.

     [45]Le­v. 13:1-44.

      [46]Las dos citas en cursiva han sido tomadas de Los procesos contra Oscar Wilde, Valdemar [Enokia S.L.], Madrid 1996, págs. 249 y 378-379 respectivamente.

Anuncios

16 Responses to “Orejas y zarcillos”


  1. 1 belakarloff
    31 agosto 2010 en 7:44

    Aquí tenéis un nuevo artículo de nuestro amigo Requena, con la prolijidad que le caracteriza…

  2. 2 albertolopezaroca
    1 septiembre 2010 en 15:52

    Maravilloso Requena, como siempre. ¿Hay posibilidad de conseguir las publicaciones de la Sociedad de Mendigos Aficionados? ¿Está prevista alguna reedición?

    • 2 septiembre 2010 en 18:40

      Me uno a esta pregunta de don Alberto.

    • 4 Rassendyll
      3 septiembre 2010 en 15:38

      Deben ser imposibles de encontrar. Algunas de ellas eran gratuitas, en concreto The Stranded, un magazine de factura modesta y periodicidad irregular pero con excelentes artículos. A mi me llegaron algunos números después de escribir a un apartado de correos interesándome por las publicaciones de la Sociedad. Las monografías no las conozco, pero me consta que llegaron a publicar anuarios. Lo más probable es que la Sociedad ya no exista o que sus miembros estén “durmientes”, como algunos espías.

  3. 1 septiembre 2010 en 16:46

    Como siempre, meticuloso al máximo.
    ¿A nadie más “La Desaparición de Lady France Carfax” le parece un caso particularmenteoscuro dentro del Canon? Para ser una historia tan “mundana”, siempre me ha parecido rodeada de una especie de halo inquietante. ¿Será un efecto de la acumulación de referencias sutiles que aquí señala Juan Requena?

  4. 6 Hugo Oberstein
    8 septiembre 2010 en 15:57

    Buenas tardes
    Como miembro de la Sociedad de mendigos Aficionados y uno de sus fundadores, os hago partícipes que seguiremos enviando algún que otro artículo de tiempos pasados. Hubo unos años que se publicaron unas ocho monografías y quince boletines, producción que tuvimos que abandonar por motivos de trabajo personal, salud y demás zarandajas mundanas.
    Me alegra saber que os interesa nuestra pequeña aportación al mundo holmesiano, en breve dispondréis de más artículos, queda prometido.
    Muchas gracias y saludos canónicos para todos.
    Hugo.

    • 7 albertolopezaroca
      15 septiembre 2010 en 13:31

      Yo insisto: ¿Y alguna reedición, compacta y exhaustiva? Se puede estudiar la posibilidad de hacerlo por suscripción, o como sea…

    • 8 Alejandra
      11 junio 2011 en 14:02

      Querido Amigo, a mi me gustaria saber como hago para obter las monografias y los boletines a que te refieres, desde ya agradezco la atención. un abrazo. Alejandra

  5. 9 belakarloff
    8 septiembre 2010 en 19:55

    Muchísimas gracias.

  6. 10 Jabez Wilson
    15 septiembre 2010 en 18:41

    Alberto,
    no es fácil reunir a los Mendigos Aficionados,
    doy fé
    solo una ocasión o evento desmesurado lo conseguiría
    como cuando aparezcas por Madrid el próximo octubre

  7. 12 belakarloff
    16 septiembre 2010 en 11:03

    Pues un libro de artículos reuniendo TODO lo que sacásteis no estaría mal…

  8. 13 De Maupertuis
    16 septiembre 2010 en 17:35

    Los Mendigos, amigo Wilson, son muy esquivos (y más ahora que pueden ser expulsados de ciertos países) y aunque sigan viéndose de vez en cuando en los sótanos de un guardamuebles siempre cambiante, tan difíciles de reunir como sus escritos.

    La Sociedad de Mendigos Aficionados de Madrid llegó, en efecto, a publicar 3 anuarios, 4 ó 5 monografías y 15 boletines (The Stranded) en sus años de incontinentia calamii. Todas estas publicaciones eran de facto gratuitas (The Stranded lo era además vocacionalmente), lo que tuvo dos efectos perversos: el primero y más obvio, producir importantes agujeros en los bolsillos de los generosos pedigüeños. El segundo y menos evidente, privar al producto de su valor, pues es sabido, por desgracia, que lo regalado no lo tiene. Con estos antecedentes, es poco probable que los Mendigos se metan de nuevo en aventuras editoriales y más aún cuando la mayor parte de sus trabajos ya sólo existen en su versión papel, lo que obligaría, en la hipótesis de que aún pudieran recuperarse todos (no es tan fácil), a mecanografiarlos de nuevo. Algo impensable en gente tan perezosa.

    Sic transit gloria mundi.

  9. 14 Hugo Oberstein
    20 septiembre 2010 en 7:47

    Buenos días a todos.
    Me uno al Barón en su perfecto análisis de la situación de los Mendigos. Siendo muy sincero, me alegra que nuestros escritos gocen de vuestra inquietud y que se desee una nueva publicación.
    Haciéndonos eco de las peticiones, hemos mandado un singular estudio de Miguel Moreno (Rucastle para la AMS) en la que se explican cosas muy canónicas, muy oscuras y muy interesantes de la aventura de Las Hayas Cobrizas.
    Nuestro moderador Belakarloff os lo pondrá en breve ya que, da mucho trabajo pues hay que escanearlos, pasarlos a PDF o Word y ver que la “ciencia” no ha devorado líneas o párrafos.
    Vuestro en el Canon.
    Saludos cordiales.
    Hugo Oberstein.

  10. 15 belakarloff
    20 septiembre 2010 en 11:09

    Muchas gracias nuevamente.

    Estas semanas pasadas, como habréis comprobado, el blog ha estado pelín parado, por un lado por la indisponibilidad de material nuevo, y también porque yo estaba de vacaciones.

    Espero que a partir de hoy se regule la periodicidad.

  11. 16 Birdy Edwards
    13 junio 2011 en 17:27

    Algún que otro boletín The Stranded obra en mi poder…y un recopilatorio de algunos de los primeros creo recordar¡. Amabilidades del señor Errazquin.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: