28
Jul
10

Altamont, el traidor y el loco

 

As my speech surely shows you,

Mr. Altamont of Chicago had no existence in fact.

I used him and he is gone.

 Sherlock Holmes – His Last Bow

 

Según consta en «Su último saludo»[i], en los años inmediata­mente anteriores a la Gran Guerra, Sherlock Holmes se hizo pasar por un norteameri­cano de origen ir­lan­dés llamado Alta­mont, con el fin de cumplir una misión se­creta encomendada por el entonces Pri­mer Mi­nistro Herbert As­quith (1852-1928)[ii].

 
 

Altamont – Alfred Gilbert, His Last Bow – Strand Magazine (1917)

Altamont – Alfred Gilbert, His Last Bow – Strand Magazine (1917)

     Para cons­truir su personaje —un hombre barbado de unos sesenta años, afi­cionado a la mecánica de los motores, de tempera­mento sensi­ble y gustos refi­nados en materia de vi­nos—, Holmes se vió obligado a moverse de 1912 a 1914 entre las socie­dades secre­tas irlandesas que operaban a la sazón en Chicago y Búffalo, Esta­dos Unidos, y en la localidad rural de Skibbareen, al sur de Irlanda. Etapas necesarias para la­brarse una reputación de ene­migo de Inglaterra que le permitió infil­trarse luego —conforme a un plan muy parecido al que siguió John Edwards para introducirse entre los Scowrers[iii]— en la red de espías del pru­siano Von Bork, un agente del Káiser a quien Holmes conse­guirá fi­nalmente detener en Londres el 2 de agosto de 1914, la víspera misma del es­tallido de la I Guerra Mundial.

     Dadas a conocer en 1917, las peripe­cias de Altamont de­ben interpretarse en el par­ticular con­texto de una Inglaterra obligada a de­fen­derse no sólo de la agresión externa ger­mana, sino también de unos ene­migos in­ternos, los nacionalistas irlan­de­ses, presentados explícitamente en «Su último saludo» como criaturas a sueldo del espionaje militar alemán. Una sospe­cha, ampliamente arraigada entre el público inglés de aquella época, que la so­nada trai­ción de sir Roger David Case­ment (1864-1916) convertiría en convicción irrefutable.

Sir Roger Casement

Sir Roger Casement

     Aunque se ha insistido poco en ello, lo cierto es que el personaje de Altamont sólo puede entenderse como el contrapunto inglés de sir Roger Case­ment. Un funcionario de origen irlandés, ennoblecido en 1911 por el Gobierno bri­tánico en reconocimiento a sus servicios diplo­máticos y humanita­rios en África y Brasil, al que el agente litera­rio del Dr. Watson home­najeó a través del perso­naje de lord John Roxton, arquetipo del gentleman británico desface­dor de entuertos, en la serie de novelas y re­latos protagonizada por el Profesor Challen­ger.  

     En su calidad de cónsul del Reino Unido en el Congo, Roger Casement adqui­rió noto­riedad al relatar las atrocidades cometidas en la posesión africana de Leo­poldo II por las compa­ñías del caucho de las que el monarca belga era accionista principal. Publicados en 1904, los in­formes de Casement alertaron a la opi­nión pública inter­nacional sobre el sal­vaje régi­men de explota­ción a que estaba siendo sometida la mano de obra nativa, sirviendo de fuente pri­vilegiada a Conan Doyle para The Crime of the Congo[iv]; un folleto algo ex­temporáneo —Leo­poldo II, blanco princi­pal de las críticas de Doyle ya había muerto cuando se publicó— que marcó el inicio de la activa colabora­ción de Conan Doyle con la Congo Reform Associa­tion y de su relación personal con Ca­sement.

     Nombrado cónsul de Gran Bretaña “e Irlanda”, como le gustaba recalcar maliciosamente, en la ciudad brasileña de Santos, Casement fue comisionado por el Fo­reign Office en 1910 para que investigara las actividades en la región de Putu­mayo de la Peruvian Amazon Rubber Company; firma cauchera con sede en Londres, cuyo métodos respecto de la población indígena no diferían en nada de los que Ca­se­ment había denunciado anteriormente en África. Los informes, artículos y cartas de Casement sobre esta nueva injusticia no se hicieron espe­rar, aunque ahora comenzaban a teñirse de un peligroso tono anticolonialista. El cónsul ya era por aquel entonces un vehemente nacionalista irlandés, cada vez más convencido de que la Verde Erin era en cierto modo otro Putumayo o un segundo Congo. Creencia exagerada que le hizo abandonar el servicio consular activo y regresar a Irlanda en 1912.

Cartel británico apelando a la participación del Ulster en el esfuerzo bélico (1914)

Cartel británico apelando a la participación del Ulster en el esfuerzo bélico (1914)

     Se cree que el trato con Roger Ca­sement favoreció el cambio de actitud de Co­nan Doyle, inglés vocacional, res­pecto de la controver­tida ‘cuestión irlan­desa’, haciéndolo evolucio­nar del “unionismo” militante al reco­noci­miento de una auto­nomía moderada para Irlanda (Home Rule). No obstante, las posturas de Doyle y Casement sobre este asunto se ha­rían irrecon­cilia­bles a partir de 1913 cuando Arthur Conan Doyle afirmó en un artículo para The Fortnightly Review[v], que Ir­landa, independiente o no, estaba obli­gada en todo caso a asumir su parte de responsabi­lidad en la defensa del Impe­rio Británico ante la guerra inminente con Alemania. Tesis, no muy dis­tinta en el fondo de la expresada por Doyle en 1893 por boca de un irlandés leal llamado Foley[vi] en su relato «The Green Flag»[vii], que Casement re­chazó con du­reza desde las páginas de The Irish Review[viii] al decla­rar, bajo el pseudónimo femenino de Shan Van Vocht[ix], que la derrota de Gran Bre­taña por el Reich alemán sería el ma­yor beneficio que po­dría sobreve­nirle a los irlande­ses.

Portada de la primera edición americana de The Green Flag J. Askew and Son (c. 1900)

Portada de la primera edición americana de The Green Flag J. Askew and Son (c. 1900)

     Coherente con su proclama, nueva manifestación del viejo axioma “En­gland’s difficulty is Ireland’s opportunity”, sir Roger Ca­sement intentó apro­vechar las cir­cuns­tancias políticas de la I Guerra Mundial para pro­mover la in­de­penden­cia de su país natal, realizando una serie de acciones que parecen voltear todas las ma­niobras clandestinas de Holmes/Altamont en esa misma co­yuntura histórica.

     Con dicho pro­pósito, Ca­sement visitó en 1914 los círculos irlandeses de los Estados Unidos, manteniendo diversos contactos con los representantes de la rama americana y más extremista de la Irish Republican Brotherhood, el Clan-na-Gael. Organización de raíces fenianas, fuertemente implantada en Pennsylva­nia, Nueva York y, desde 1868, en Chicago, que constituía, bajo el liderazgo histórico de John Devoy (1842-1928), la principal entidad recaudadora de fon­dos para la causa na­cionalista al otro lado del Atlántico y el nexo privilegiado de los irlandeses rebeldes con el Reich germano.  

Casement y John Devoy en los EE.UU. (1914)

Casement y John Devoy en los EE.UU. (1914)

     Partidario de una revuelta armada contra los británicos, Devoy se reunió el 24 de agosto de 1914 en Nueva York con el embajador alemán, el conde Von Bernstorff, y el agregado militar, Franz von Papen, para pro­ponerles una alianza en la que Casement se perfilaba como el intermediario ideal para tratar con el Gobierno de Guillermo II. 

     Tras afeitar su cuidada barba y abandonar de incógnito los Estados Unidos  (Holmes se dejaría crecer una para entrar en ellos), Casement se desplazó el 31 de octubre de 1914 a Berlín con el fin de solicitar armas y tropas para una inva­sión, pergeñar panfletos nacionalistas y reclutar una exigua bri­gada entre los sol­dados de origen irlandés prisioneros de guerra de Ale­mania. Sin embargo, no fue hasta el mes de abril de 1916 que sir Roger Casement ob­tuvo permiso del Káiser para trasladarse a Irlanda a bordo de un submarino U-19. En paralelo, un buque mercante navegando bajo pabellón noruego —el Aud— llevaría rifles y municiones para la inminente Insurrección de Pascua.

     Case­ment, convencido de que un levantamiento que no contase con el apoyo de sol­dados alemanes venía abocado al fracaso, confiaba en poder aplazar la suble­vación, pero no tuvo tiempo: El Aud fue interceptado por un guardacostas bri­tánico el 21 de abril y Case­ment, recién desembarcado en Banna Strand, en la costa del condado de Kerry, fue arrestado y conducido a la Torre de Londres. Pri­vado de su título nobi­liario y social­mente de­s­acreditado (no sólo era un traidor sino que sus dia­rios íntimos re­vela­ban ade­más de forma muy explícita su condi­ción de homosexual[x]), fue juzgado y condenado a la horca.

     Conan Doyle soli­citó reiteradamente al Primer Ministro As­quith —el mandante de Holmes— la con­mutación de la máxima pena por la de ca­dena per­petua; argu­mentando que Case­ment, en cuanto patriota irlandés, no podía ser considerado un auténtico trai­dor[xi] y que, en todo caso, su respon­sabili­dad penal no era plena, pues Ca­sement —cómo el Kurtz de Conrad— simple­mente había per­dido la razón des­pués de pasar de­masiados años en África, un continente de clima (moral y físico) particularmente insano.

     Esta singular línea de defensa provocó la repulsa airada de Roger Casement, quien ironizó sobre los esfuer­zos de su “amigo” Doyle por tratar de cambiar su des­tino. En cuanto a Asquith, es obvio que no hizo mucho caso a los alegatos de Doyle (ni a los del Arzobispo de Canterbury, ni a los de Bernard Shaw, ni a los de Chesterton), pues Casement fue ejecu­tado en la prisión de Pentonville el 3 de agosto de 1916; exactamente dos años des­pués de que Sherlock Holmes culmi­nara su último servicio a la Corona bri­tánica con el espectacular arresto de Von Bork.

     Curiosamente, y aunque sobre la elección del seudónimo de Altamont por parte de Holmes se ha especu­lado mucho[xii], ningún exegeta canónico parece haber reparado en exceso en las similitudes fonéticas entre los dos apellidos, el del trai­dor y el del héroe. Quizás porque una expli­cación más sencilla sobre el posible origen del nombre falso del detective ha terminado por imponerse.

Sherlock Holmes según Charles Altamont Doyle – A Study in Scarlet (1888)

Sherlock Holmes según Charles Altamont Doyle – A Study in Scarlet (1888)

     Como es sabido, en la primera edición en libro de Estudio en Escarlata[xiii] las ilus­tracio­nes fue­ron encomendadas por el agente del Dr. Watson a su pro­pio pa­dre, Charles Alta­mont Doyle; por lo que es proba­ble que Holmes adoptara el alias en re­cuerdo del ilustrador y que incluso la extraña pe­rilla que luce en su encarna­ción del falso agente irlandés le fuera sugerida por la visión que Charles Doyle tenía del de­tective, al que repre­sentó —innegable autorretrato— con barba y un as­pecto muy atil­dado.

     Esta explicación, aparentemente anodina, abre sin embargo pers­pectivas intere­santes si repasa­mos la historia de un hombre, unwordly and unpracti­cal”, del que Conan Doyle, en un voluntario ejercicio de olvido, apenas si cuenta algo en sus escritos autobiográficos.

Charles Altamont Doyle y el joven Arthur

Charles Altamont Doyle y el joven Arthur

     Charles Altamont Doyle (1832-1893) fue uno de los siete hijos —el me­nor de los cinco varo­nes— del matrimonio ca­tólico-irlandés formado por Marianne Conan (1794-1839) y John Doyle (1797-1868), un notable pintor de mi­niatu­ras y escenas ecuestres que abandonó Dublín en 1815 para triunfar como caricaturista político, bajo el nom de plume de «H.B[xiv], en el Lon­dres de la Regen­cia.

     Muchacho triste, reconcen­trado e inseguro, Charles Doyle cono­ció desde su infan­cia el destino de la invisibilidad, a la sombra no sólo de un padre sino tam­bién de unos herma­nos demasiado brillantes: James, “the Priest” (1822-1892), el her­mano mayor, esti­rado y beato, obtuvo pronto re­nombre con libros barroca­mente ilustrados, como las Chro­nicles of England (1864) o su Official Baronage of En­gland (1885), obra magna de la ciencia heráldica en la que in­virtió trece años de su vida. Henry Edward (1827-1892), autor de algunos retra­tos —como el del Car­denal Wiseman— y hasta de un mural sobre el Juicio Fi­nal para la catedral católica de Lancas­ter, llegaría a di­rector de la National Gallery de Du­blín en 1869. En cuanto a Ri­chard Doyle (1824-1883), ilustrador habitual de Ruskin, Thackeray y Dickens, y cofunda­dor de la revista Punch cuya por­tada diseñó, su popu­lari­dad superó con creces a la de su pa­dre, de­jando una abundante obra gráfica en la que se aprecia su obse­sión por el mundo imposible de las ha­das y los el­fos; seres su­tiles en cuya exis­tencia pro­bable­mente creía, al igual que Char­les.

     En 1849, movido por el deseo adoles­cente de afirmarse o (las causas se con­funden) pre­sio­nado por un círculo fami­liar que abrigaba pocas esperanzas sobre su capacidad para desenvol­verse en el mundo, Charles Altamont Doyle pos­tergó su sueño de enriquecerse en una lejana ciudad minera de Australia o Ca­lifornia y se trasladó a Escocia para ocupar un puesto de ayudante en el De­partamento de Obras Públicas (Office of Works) de Edimburgo, donde intervino únicamente en proyectos menores, como el diseño de un venta­nal para la cate­dral de Glas­gow o el plan para la construcción de una fuente en el pala­cio de Ho­lyrood.

     Re­signado a una vida burguesa, sin más sobresaltos que los que le pudiera re­portar su cargo de se­cretario en la sección local de la carita­tiva Sociedad de San Vicente de Paúl, Charles Doyle con­trajo matrimonio en 1855 con Mary Foley (1837-1920), la hija de su patrona irlandesa. Una joven dimi­nuta y snob de dieci­siete años, educada también en la reve­rencia de la Iglesia Católica, con la que tuvo diez hijos de los que sobrevivie­ron siete. Prole excesiva para un empleado público con un sueldo que nunca superó las 250£ anuales, por lo que Charles hubo de completar sus ingresos como dibujante de juicios para al­gunos periódicos y revistas —como el Illus­trated London News— o como ilustra­dor de libros para niños y adolescentes[xv]. Tal vez el tipo de obras que me­jor encajaban con su predilección por los temas fantásticos, demostrada ya en su versión del clásico de John Bunyan The Pilgrim’s Progress (1860) y en una larga serie de acuarelas siniestras y mu­cho más personales —como The Haun­ted House o The Ghost Coach— en las que Charles Doyle ex­presaba un estilo artístico —según Conan Doyle, más terrible que el de Blake aunque menos mor­boso que el de Wiertz”[xvi]— muy próximo al simbo­lismo.

Ch. A. Doyle -– Meditación. Acuarela (c. 1885/1893) -– Victoria & Albert Museum

Ch. A. Doyle -– Meditación. Acuarela (c. 1885/1893) -– Victoria & Albert Museum

     En junio de 1876, a resultas de una eufemística “reorganización del servi­cio”, Charles perdió su empleo de funcio­nario y con­vivió con la po­breza. A partir de ese mo­mento sólo algunas cola­bo­raciones gráficas de inspiración y calidad siem­pre menguante —como sus mediocres dibujos para Estudio en Es­carlata— siguieron dando fe de una existencia fracasada a la que la muerte puso fin en 1893.

     El certificado de de­función consignó como razón del falle­cimiento una grave dolencia epiléptica diagnosticada supuestamente años an­tes. Los síntomas —pérdidas de memoria, estados crepusculares, depresiones cícli­cas y trastornos psicomo­to­res— pare­cen avalar en parte tal calificación médica, pero la fórmula escueta del documento ocul­taba, por mojigatas razones sociales, la naturaleza real de la enfer­medad de Charles Doyle: un serio de­sequilibrio mental provo­cado o al menos agravado[xvii] por una dependen­cia al­cohólica aguda, patente ya a partir de 1876.

     El absoluto secreto con que Conan Doyle rodeó la dip­somanía paterna (el dato fue omi­tido du­rante décadas por sus biógrafos) dificulta la recons­trucción de los hechos.

     Se sabe que entre 1876 y 1878 Charles Doyle in­gresó, al menos una vez, en una nursing home escocesa para recupe­rarse de una crisis. Se sabe que entre 1881 y 1882 permane­ció en Edimburgo, en el número 15 de Lonsdale Terrace, bajo la guarda y a expen­sas del Dr. Bryan Charles Waller (1853-1932); un an­tiguo huésped de la familia cuyo papel brumoso en la historia de Charles Doyle re­cuerda al desempeñado prácticamente en esas mismas fe­chas por el Dr. Trevelyan[xviii], el experto en “oscuras lesiones de los nervios” de «La aventura del pa­ciente interno»[xix].

     Se sabe que en 1883 Charles Doyle abandonó Escocia en compañía del Dr. Waller para instalarse en Masonhill, la amplia propiedad familiar del médico en Thornston-in-Lonsdale, Yorkshire, en un régi­men de custo­dia que prefigura al del pseu­dole­proso Godfrey Emsworth[xx] y, en cierta medida, al de la hija mulata de Effie Munro[xxi].

     Se sabe de un empeoramiento de su salud y de una estancia temporal en For­doun House, un asilo especializado en el tra­tamiento de al­co­hólicos donde el uso de morfina con fines sedantes no se des­cartaba y en donde se produjo un intento de huida, abortado posible­mente con rudeza.

     Se sabe que, en la primavera de 1885, Waller y el propio Conan Doyle firmaron en calidad de médicos los do­cumentos que sancio­naban el encierro de Charles Doyle en el Montrose Royal Lunatic Asylum[xxii]. Se sabe que una vez tras los mu­ros del manicomio Charles Doyle insistió en procla­mar su cordura, mientras cal­maba su angustia le­yendo libros piadosos o relle­nando innumera­bles cuader­nos de di­bujo con retratos de su esposa, caricaturas extrañas, animales amena­zado­res y ha­das no menos in­quietantes que afirmaba haber visto entre la hierba[xxiii].

 
 

Charles A. Doyle – Well Met. Dibujo (c. 1885-1893)

Charles A. Doyle – Well Met. Dibujo (c. 1885-1893)

     Se sospe­cha que pudo sufrir alucinaciones y que va­lo­raba la muerte —un esque­leto con velo de novia que le salía al paso— como el único medio posible de libera­ción. Se descono­cen en cambio las circunstancias con­cretas que justifi­caron el internamiento irreversible y únicamente «The Surgeon of Gaster Fell», un relato publi­cado en 1890 aunque compuesto por Conan Doyle en 1888, parece pro­por­cionar alguna luz sobre este punto.

     En el cuento, que presenta notables si­militudes con «El soldado de la piel decolo­rada» o «La cara amarilla»[xxiv], Charles Doyle se deja ver fácil­mente tras la fi­gura del señor Cameron, confinado por su  hijo, el cirujano del título, en una casa solita­ria de los páramos de Yorkshire. Pese a las precauciones adop­tadas, el viejo trastornado, amena­zador y desvalido al mismo tiempo, lo­gra escapar una noche de su encierro y trata de agredir con un cuchillo al joven Upperton, narrador de la historia. Epi­sodio confuso que provoca el aisla­miento del anciano Cameron en una insti­tución para dementes en 1885.

     Un acto real de violencia (o el mero temor de que llegara a produ­cirse) pudo de­cretar igualmente el confinamiento de Charles Doyle por orden de su fami­lia. Es posi­ble también que el diagnóstico con el que el médico de Gaster Fell cierra el relato fuera el que Conan Doyle escu­chó a un eminente alienista” de Londres al eva­luar la in­sania de su progenitor:

 “… la lo­cura de mi pa­dre era in­termitente, pero de gran peligrosi­dad en sus pa­roxismos. Sus palabras fueron: ‘Puede tomar ca­racteres homicidas, o puede incli­narse hacia la religiosidad; o quizá resulte una combinación de ambas cosas (…) In­currirá usted en una gran responsa­bilidad si no lo man­tiene constante­mente vi­gi­lado’”[xxv].

     En cual­quier caso, Char­les Doyle per­maneció recluido en el Montrose Royal Lunatic Asylum hasta el mes de enero de 1892. En esa fecha se sabe que fue hos­pitalizado con gran sigilo en la Edinburgh Royal Infirmary y que de ahí sa­lió en mayo del mismo año para ingre­sar, sin solución de continuidad, en la Crighton Royal Institution de Dumfries, donde le sobre­vino la muerte en la ma­drugada del 10 de octubre de 1893, cuando contaba 61 años. Conan Doyle anotó el hecho con extrema parquedad en su diario al recibir la noticia en Suiza, sin tiempo material para acudir al entierro de un muerto vergonzante que estigmatizaba socialmente al conjunto del clan familiar.

 
 

Charles A. Doyle – Monumento a Lord Edward FitzGerald. Dibujo (c. 1885-1893)

Charles A. Doyle – Monumento a Lord Edward FitzGerald. Dibujo (c. 1885-1893)

     Que Watson conocía la triste situación del pa­dre de sir Arthur Conan Doyle pa­rece una conjetura plausible. Quizás el propio agente lite­rario llegara a sin­cerarse sobre tan deli­cado asunto con un colega de profesión que tam­bién había vi­vido las consecuencias de­vasta­doras de una adicción al­cohólica en la per­sona de su her­mano mayor.[xxvi]

     Que Holmes, a cuya estirpe tampoco fue ajena la lo­cura[xxvii], pudiera estar asi­mismo en el secreto es casi una certeza y su Altamont apócrifo así lo sugiere: la edad conveniente (Charles Doyle muere en la sesentena y el simula­cro de Holmes “nace” con ella), la misma barba puntiaguda, el mismo porte “alto y enjuto”, las mismas facciones “limpias y pronunciadas”, el mismo tempera­mento sensi­ble, la misma excitabilidad (“hay que llevarle la corriente en las cosas pequeñas”).

     Otros ele­mentos de su creación, como el fingido patrio­tismo irlandés y el gusto sibarita en materia de vinos, apuntan sin embargo a una parodia cruel del posible modelo, pues Charles Altamont Doyle, víc­tima de una afición excesiva por el buen vino de Borgoña, siempre fue partidario de la libertad de Irlanda. Es más, entre sus di­bujos inéditos del Montrose (donde las sátiras gráficas sobre la cuestión ir­lan­desa no eran raras) Charles Doyle llegó incluso a plantear un pro­yecto de mo­numento al noble ca­tólico lord Ed­ward FitzGe­rald (1763-1798). Insólito héroe para un cenotafio, ya que FitzGerald, jefe mi­litar de los Uni­ted Irish­men —los anteceso­res di­rectos de los grupos clandestinos en los que Hol­mes se infiltrará en 1912— era, desde la perspec­tiva británica y al igual que Casement, un genuino traidor; muerto por los ingleses tras un fallido intento de rebelión ar­mada que ten­dría que haber contado con el apoyo de un desembarco de tro­pas de la República Fran­cesa, en­conada rival del Gobierno de Pitt.

     El Altamont de Sherlock Holmes resulta­ría ser por tanto una máscara compleja. Imagen especu­lar de Charles Altamont Doyle —el loco— y contra­figura heroica de sir Roger Case­ment —el traidor—, cuya defensa vehemente por parte de Arthur Conan Doyle también pu­diera interpretarse, por qué no, como una tardía reconci­liación psicológica con la fi­gura paterna. Desde luego, resulta significa­tivo que el argumento que Doyle manejó con más insistencia para funda­mentar sus peti­cio­nes de gracia fuera, como hemos dicho, el del su­puesto “desequilibrio mental” del noble irlandés, cuya asocia­ción trai­dora con los alemanes continuó en cierto modo y con idén­tico fin desas­troso, la alianza de lord Edward FitzGe­rald con los enemi­gos tradicio­nales de Gran Bretaña.

© Juan Requena, 2003

 


      [i] «His Last Bow». The Strand Magazine, Londres. Septiembre 1917. 

      [ii] Es obvio que el narrador omnisciente de ULTI no pertenecía al bando de los detracto­res de Asquith, pues la fecha de publicación del caso en el Strand Magazine, con Asquith ya cesante, nos descubre que fue éste el Pri­mer Ministro que visitó a Holmes en su retiro de Sussex en 1912 y le sometió a “fuertes presiones”, para que des­ba­ratara la red de es­pías de Von Bork. Conducta que subraya la capacidad de anticipa­ción del político liberal en un contexto prebélico muy desfavorable, marcado por la agitación sufragista y el auge del nacionalismo irlandés, presentados ambos en ULTI como fenómenos alentados por Alemania, con el claro objetivo de contrarrestar las críticas sufridas por Asquith por su manera de gestionarlos. Holmes pudo haber tratado con Asquith por mediación de My­croft o de modo más directo, entre 1892 y 1895, cuando aquel fue Ministro del Interior, aunque es sabido que Arthur Conan Doyle, miembro como Asquith del Reform Club, mantenía muy buenas relaciones con el premier y su círculo familiar. No olvidemos que la nuera del estadista, lady Cynthia Mary Evelyn Asquith (1887-1960), escritora y antóloga de cuentos de terror, era la secretaria y albacea de James M. Barrie (1860-1937), el crea­dor de Peter Pan, uno los amigos más íntimos del Dr. Doyle. El aprecio de los Asquith y la regular contribución de Doyle a la Oficina de Propaganda de Guerra le permitieron visitar los frentes de Flandes, el N. de Italia y las Ardenas por cuenta del Daily Chronicle y obte­ner información militar de primera mano para su panfleto de 1916, A Visit to Three Fronts, y su obra en seis volúmenes sobre la Gran Gue­rra, The British Campaign in France and Flanders 1914-1918 [Hodder and Stoughton, Londres 1916-1920].

     [iii] Vid. The Valley of Fear, The Strand Magazine. Londres. Septiembre 1914-mayo 1915. Las fechas de publicación son significativas.

     [iv] Arthur Conan Doyle, The Crime of the Congo. Hutchinson, Lon­dres 1909.

     [v] Arthur Conan Doyle, «Great Britain and the Next War». The Fortnightly Review, fe­brero de 1913.

     [vi] Foley, por si algún lector lo ha olvidado, era el apellido de soltera de la madre del agente literario.

     [vii] “Vosotros no peleáis por Inglaterra. Peleáis por Irlanda y por el imperio del que ella forma parte” [Arthur Conan Doyle, «The Green Flag». Pall Mall Maga­zine, junio de 1893. Trad. cast. «La bandera verde», en Historias y aventuras de la guerra. Valdemar (Enokia S.L.). Madrid 1992]. En lo que parece una respuesta inconsciente a este cuento bélico ambientado en el Sudán anglo-egipcio, Casement especuló en su diario (ano­tación del 28 de septiembre de 1915) con la posibilidad de que su menguada Brigada Irlandesa luchara junto a los rebeldes egipcios contra el colonizador británico y sus alia­dos, uniendo “la bandera verde de Irlanda a la bandera verde del Profeta” [Vid. B.L. Reid, The Lives of Roger Casement. Yale University Press; New Haven 1976, pág. 309].

     [viii] Shan Van Vocht, «Ireland, Germany and the Next War». The Irish Review, julio de 1913.

     [ix] En gaélico, ‘la pobre anciana’, tradicional alegoría de Irlanda. El nombre está aso­ciado a una famosa balada de los United Irishmen cantada por primera vez en 1798, cuando los rebeldes irlandeses esperaban la ayuda militar del gobierno de Francia:

                                               “Oh! the French are in the Bay,

                                               They’ll be here without delay,

                                               And the Orange will decay,

                                               Says the Shan Van Vocht.

     [x] Las páginas más explícitas de los controvertidos Black Diaries de Casement fueron oportuna­mente filtradas a la prensa por el Gobierno británico con el fin de mi­nar la repu­tación de héroe humanitario del ex cónsul.

      [xi] Ob­servación muy similar a la realizada por Von Bork para justificar la hostilidad hacia Inglaterra del agente Alta­mont.

     [xii] Algunos auto­res lo relacionan con varias poblaciones del mismo nombre si­tuadas en Estados Uni­dos donde Hol­mes, supuestamente, habría perfeccio­nado un inglés horri­ble, cuajado de tér­minos en slang. Otros, como Crighton Sellars en su ya clásico «Al­tamont» [The Ba­ker Street Jour­nal, enero 1948. Vol. VIII, nº I, pág. 59], recuerdan la solera litera­ria del nombre, mencio­nando, entre otras fuentes, a William M. Thackeray (Pendennis) o a Walter Scott (The Pi­rate). También cabría evocar al conde de Alta­mont, hijo del Mar­qués de Sligo, que fue compa­ñero de es­cuela en Bath de Thomas De Quincey y al que éste elogió grandemente en sus Confe­siones de un in­glés come­dor de opio.

     [xiii] A Study in Scarlet. Ward, Lock & Co., Londres 1888.

     [xiv] Dos ini­ciales que presagiaban las que Holmes descu­briría muchos años más tarde en el sombrero perdido de Henry Baker [«El carbunclo azul»]; un hombre con más de un punto en común con Char­les Altamont Doyle.

     [xv] The Book of Ballads, The Book of Hu­morous Poetry (1867), Brave Men’s Footsteps, Mistura Curiosa (1869), Our Trip to Blunderland (1877), The Two Bears (1880), Three Blind Mice (1883) o Remollescences of a Medical Student (1886).

     [xvi] Arthur Conan Doyle, Memories and Adventures. Oxford University Press, 1924, Ca­pítulo I [traducción castellana. de Bernardo Moreno Carrillo, Memorias y aventuras. Val­demar (Enokia S.L.), Madrid 1999, pág. 15)].

      [xvii] ¿No se trataría quizás de la enigmática dolencia del “paciente interno”, empeorada además en su caso por el abuso del alcohol? (Sobre la enfermedad de Blessington vid. Juan Requena, Una monografía sobre las oscuras lesiones de los nervios en Anuario de la sociedad Círculo Holmes, Barcelona, 2003)

     [xviii] O el misterioso Dr. Becher, que parece también atender en su casa a un peligroso delincuente loco armado con un hacha en «El pulgar del ingeniero».

     [xix] Al perder Charles Doyle su empleo, su esposa optó por alquilar algunas habitacio­nes para colmar la falta de emolumentos. Bryan Charles Waller llegó por tanto al hogar de los Doyle, en el nº 2 de Aryle Park Terrace de Edimburgo, como un simple huésped, un estu­diante de patología adinerado, francmasón, poeta ocasional, culto y arrogante, pero se convirtió muy pronto, siendo apenas cinco años mayor que Arthur Conan Doyle, en el principal sostén económico de una familia con quien habitará también entre 1877 y 1881 en el nº 23 de George Square, sede de su primer consultorio médico en la capital esco­cesa. A pesar de la importancia que tuvo en su vida y en la de su familia, Doyle jamás menciona a Waller en sus edulcoradas memorias, limitándose a valorar la decisión de su madre de admitir un huésped en términos muy chocantes: “en algunos aspectos puede que resultara provechoso, en otros se reveló todo un desastre” [Arthur Conan Doyle, ob. cit., capítulo III, pág. 29 de la edición española]. La señora Doyle pensaba de muy dife­rente manera, pues no sólo vivió en la casa solariega de los Waller en Masongill hasta 1917, sino que bautizó incluso a su última hija, concebida poco después de la llegada del joven estudiante al caserón de los Doyle, con el explícito nombre de Bryan Mary Julia Jo­sephine (1877/1878-1927), siendo el de Julia un palmario homenaje al nombre de la ma­dre del propio Waller. Con menos datos sacaba Holmes jugosas conclusiones, aunque un castizo temerario se limitaría a decir que “blanco y en botella, leche”.

     [xx] «El soldado de la piel decolorada».

     [xxi] «La cara amarilla».

      [xxii] Sospecho que algo parecido hizo el Dr. Watson con su hermano. Sobre este deli­cado punto vid. Juan Requena, El veneno de la deformidad, edición privada, París 2003.

     [xxiii] Vid. Michael Baker, The Doyle Diary. The Strange and Curious Case of Charles Alta­mont Doyle, Paddington Press Ltd., Lon­dres 1978. Un libro fascinante.

     [xxiv] También con «Nuestro visitante de medianoche», un relato del propio Doyle [«A Midnight Visitor», Temple Bar, Londres, febrero 1891].

     [xxv] Arthur Conan Doyle, «The Surgeon of Gaster Fell». Chamber’s Journal, diciembre de 1890 [trad. cast. «El cirujano de Gaster Fell», incluido en Historias de intriga y de aventuras, Valdemar (Enokia S.L.), Madrid 1991, pág. 213].

     [xxvi] Vid. El Signo de los Cuatro. Capítulo I.

     [xxvii] En «El intérprete griego» Holmes dice descender por línea materna de una familia de notables pintores y grabadores franceses, los Vernet. El dato es conocido, aunque no lo es tanto que uno de esos antecesores, Joseph Vernet (1714-1789), se había casado en 1745 con Carlota Cecilia Virginia Joaquina Parker (1728-1808), una de las dos hijas del irlandés Mark Parker (c. 1698-1775), comandante de la Flota Pontificia de Benedicto XIV, y que Virginia, poseída por el miedo infundado a ser envenenada, amén de otras alucina­ciones, hubo de ser internada primero en una casa de campo al cuidado de una cierta señorita Douay, para recalar luego, en 1778 y hasta el fin de sus días, en un triste mani­comio de Francia. Su hijo Carle Vernet y su nieto Horace heredarán también una morbosa tendencia a la melancolía cíclica, mal al que no fue inmune tampoco su descendiente in­glés, Sherlock Holmes.

     Ese vínculo entre Irlanda y la enfermedad mental subyace asímismo en otro de los seudó­nimos adoptados por Hol­mes a lo largo de su carrera: Sigerson (sobre este parti­cular vid. Juan Requena, Una monografía sobre las oscuras lesiones de los nervios en Anuario de la sociedad Círculo Holmes, Barcelona, 2003 y El veneno de la deformidad, edición privada, París 2003). También el pseudónimo de Capitan Basil, empleado por Holmes en «La aventura de Peter ‘El Negro’», nos remite por cierto a un famoso explora­dor escocés, el capitán Basil Hall (1788-1844), confinado hasta su muerte en el Royal Hospital Haslar de Portsmouth por causa de locura.

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11 Responses to “Altamont, el traidor y el loco”


  1. 1 belakarloff
    28 julio 2010 en 9:07

    Aquí tenéis otro de esos espléndidos textos de Juan Requena. Que lo disfrutéis.

  2. 2 Birdy Edwards
    28 julio 2010 en 9:50

    Y tanto, a leerlo tranquilo y a disfrutarlo en cuanto llegue a casa.

  3. 3 Rassendyll
    28 julio 2010 en 14:22

    Muy bueno.
    El informe de Roger Casement y “El Crimen del Congo” de Doyle han sido publicados hace unos meses en español, en un volumen único que recoge también un artículo de Mark Twain, por la esrupenda Ediciones del Viento bajo el título de “La Tragedia del Congo”.

  4. 28 julio 2010 en 17:17

    Como siempre cuando se trata de un artículo del sr. Requena, documentadísimo, curioso y lleno de interés.

  5. 5 Quatermain
    29 julio 2010 en 7:20

    Excelente. Debería realizarse una edición en forma de libro de los magníficos trabajos de Juan Requena.

  6. 7 Jabez Wilson
    2 agosto 2010 en 12:35

    Este otoño podremos añadir a la bibliografía del tema “El sueño del celta” la inminente novela sobre la vida de Casement a cargo de, nada más y nada menos, Mario Vargas Llosa.

  7. 8 belakarloff
    2 agosto 2010 en 12:44

    ¿Hasta qué punto es del tema?

  8. 9 Jabez Wilson
    2 agosto 2010 en 13:08

    Ya veremos.

    De acuerdo con lo publicado el viernes pasado en “El Cultural” de “El Mundo” en el artículo titulado “10 autores en busca de lector. Los libros que vendrán a la vuelta de las vacaciones”:

    “El sueño del celta
    Mario Vargas Llosa
    Alfaguara. Sin fecha
    Aunque la editorial no quiere desvelar aún la fecha de publicación de El sueño del celta es la novela de otoño. Por el autor. Por los cuatro años que hace que Vargas Llosa no publica una novela. Por el tema, los excesos de la colonización europea en África, aunque la acción transcurre también en la Amazonía, Irlanda y Alemania. Y por el protagonista, el fascinante Roger Casement.”

  9. 10 belakarloff
    2 agosto 2010 en 17:03

    Pues…

  10. 11 De Maupertuis
    8 octubre 2012 en 8:31

    Como supongo que ya sabéis, el próximo 10 de octubre la Casa de América inaugurará en Madrid una exposición sobre las actividades de Roger Casement en Iberoamérica.


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