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El bazar de campo

“The Field Bazaar” fue escrito en 1896 para recaudar fondos para la Universidad de Edimburgo, que fue el alma Mater de Sir Arthur Conan Doyle. Se publicó en The Student, la revista de pregrado de la universidad, y fue reimpreso por Atheneum Press en 1934. La historia se volvió a publicar una vez más en 1947 por los Baker Street Irregulars en forma de folleto.

El bazar de campo

por Sir Arthur Conan Doyle

–Sin duda debe hacerlo –dijo Sherlock Holmes.

Me interrumpió de forma brusca, pues mi compañero había estado desayunando con la atención centrada por completo en el periódico que apoyó sobre la cafetera. Le miré para encontrar sus ojos fijos en mí a mitad de camino entre la diversión y una  expresión interrogante que usualmente asumía cuando sentía que había realizado un aserto intelectual.

–¿El qué? –le pregunté.

Sonrió mientras tomaba la zapatilla de la repisa de la chimenea y extraía el tabaco de picadura para llenar la vieja pipa de arcilla con la que siempre redondeaba su desayuno.

–Una pregunta muy característicamente suya, Watson –dijo–. No se ofenderá, estoy seguro, si le digo que cualquier tipo de reputación que pueda tener referente a mi agudeza me la he ganado por entero por el admirable retrato que ha hecho de mí. ¿Pero no he oído hablar de debutantes que han insistido acerca de la simpleza de sus acompañantes? Existe cierta analogía.

Nuestra larga compañía en las habitaciones de Baker Street nos había dispensado esas expresiones fáciles de intimidad en las se puede decir mucho sin ofender. Y sin embargo, reconozco que me irritó su observación.

–Debo ser muy obtuso –respondí–, pero confieso que no puedo ver cómo se las ha arreglado para saber que yo me estaba… estaba…

–Preguntando si ayudar en el bazar de la Universidad de Edimburgo…

–Precisamente. Apenas me ha llegado la carta, y no le he hablado desde entonces.

–Pese a ello –dijo Holmes, recostándose en la silla y uniendo sus dedos–, incluso me atrevería a sugerir que el objeto del bazar es ampliar el campo de cricket de la Universidad.

Lo miré con tal desconcierto que se estremeció con una silenciosa risa.

–El hecho es que, mi querido Watson, tiene una excelente oportunidad –dijo él–. Usted nunca se muestra hastiado. Responde de inmediato a cualquier estímulo externo. Sus procesos mentales pueden ser lentos, pero nunca son abstrusos, y he descubierto durante el desayuno que es más fácil de leer que la cabecera del Times frente a mí.

–Me gustaría mucho saber cómo llegó a esas conclusiones –dije.

–Me temo que mi naturaleza propensa a dar explicaciones ha comprometido gravemente mi reputación –dijo Holmes–. Pero en este caso el proceso de razonamiento se basa en hechos tan evidentes que no merecen ningún halago. Entró en el cuarto con una expresión meditabunda, la expresión de un hombre que está debatiendo algo. En la mano sostenía una única carta. Ahora bien, anoche se retiró con el mejor de los ánimos, por lo cual estaba claro que el motivo del cambio estribaba en esa carta.

–Eso es obvio.

–Todo resulta obvio cuando se explica. Naturalmente, me pregunté qué podría contener la carta para afectarlo de ese modo. Mientras caminaba giró la solapa del sobre hacia mí, y vi en él el mismo distintivo en forma de escudo que he observado en la gorra de cricket de su antiguo colegio. Es evidente, pues, que la carta provenía de la Universidad de Edimburgo… o de algún club conectado con la Universidad. Cuando llegó a la mesa dejó la carta al lado de su plato con la dirección hacia arriba, y dirigió la mirada hacia la fotografía enmarcada a la izquierda de la repisa de la chimenea.

Me sorprendió ver la precisión con la que había observado mis movimientos.

–¿Y después? –le pregunté.

–Eché un vistazo a la dirección, y podría decir, incluso a la distancia de casi dos metros, que no era un comunicado oficial. Eso lo deduje por el uso de la palabra “doctor” en la dirección, a la que, como licenciado en Medicina, no tiene ningún derecho legal. Sé que los funcionarios universitarios resultan pedantes en el uso correcto de los títulos, por tanto puedo decir con certeza que la carta no era oficial. Cuando ante la mesa se concentró en la carta logré percibir que era un documento impreso, y la idea de un bazar fue lo primero que se me ocurrió. Yo ya había pensado en la posibilidad de que se tratase de un comunicado estatal, pero me parecía improbable con el actual estancamiento de la política.

»Cuando volvió la vista a la mesa su cara aún conservaba la expresión, y era evidente que el examen de la fotografía no había variado el curso de sus pensamientos. En ese caso, seguía centrado sobre el tema en cuestión. Volví mi atención hacia la fotografía, por tanto, y lo reconocí como miembro de la Universidad de Edimburgo, con el pabellón y el campo de cricket al fondo. Mi leve experiencia en clubes de cricket me ha enseñado que, junto a las iglesias y los subtenientes de caballería, son los más cargados de deudas sobre la tierra. Luego, cuando le vi sacar el lápiz y dibujar líneas en el sobre, me convencí de que trataba de realizar algunas mejoras proyectadas referentes a un bazar. Su rostro seguía mostrando cierta indecisión, de modo que me vi capaz de interrumpirle para aconsejarle y serle de ayuda.

No pude dejar de sonreír ante la extrema sencillez de su explicación.

–Por supuesto, era lo más evidente –dijo.

Mi observación pareció picarle.

–Podría añadir –dijo– que la ayuda concreta que se le ha pedido es que usted debe escribir en su álbum, y que ya ha tomado la decisión de que el incidente que nos ocupa será el tema de su artículo.

–¡Pero cómo…! –grité.

–Era lo más evidente –dijo–, y le dejo la solución a su propio ingenio. Mientras tanto –añadió, alzando el periódico–, me disculpará si regreso a este artículo tan interesante sobre los árboles de Cremona, y las razones exactas de la preeminencia en la fabricación de violines. Es uno de esos pequeños problemas periféricos a los que a veces me veo tentado a dirigir mi atención.

Título original: The Field Bazaar (1896)

Traducción de Carlos Díaz Maroto

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8 Responses to “El bazar de campo”


  1. 1 belakarloff
    21 junio 2010 en 13:11

    Junto a “Cómo Watson aprendió el truco”, ya publicado en este blog, aquí ofrecemos el otro cuento sobre Sherlock Holmes que escribió Sir Arthur Conan Doyle y que no se suelen incluir en el canon…

  2. 2 Birdy Edwards
    21 junio 2010 en 22:37

    Y luego están el de los relojes y el especial desaparecido.

  3. 3 belakarloff
    22 junio 2010 en 11:27

    Ya, pero ahí la cosa está pelín ambigua…

    Por cierto, no me he quedado NADA contento con la traducción. Si alguien le quiere hacer puntualizaciones…

  4. 4 Luis Miguez
    22 junio 2010 en 15:19

    Yo quiero puntualizarleque se merece las gracias más efusivas por animarse con la traducción…

  5. 5 belakarloff
    22 junio 2010 en 19:04

    Muchas gracias.

  6. 6 belakarloff
    23 junio 2010 en 11:32

    El comentario de Birdy me ha incentivado a un artículo que estoy preparando…

  7. 7 Birdy Edwards
    23 junio 2010 en 13:26

    Pues a leerlo en cuanto lo cuelgues.

  8. 8 belakarloff
    23 junio 2010 en 17:54

    Pero investigando me he topado con otra cosa que publicaré antes…


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