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El Arcano XI

El término ‘bestiario’ ha servido para designar desde el Medievo a una serie de obras literarias que, a partir de la descripción en clave alegórica de animales reales o imaginarios, proporcionaban una enseñanza moral o religiosa.

En “Estudio en Negro”, Juan Requena nos procuró la peculiar relectura de dos crónicas holmesianas donde los animales ―el mono, el guepardo, la serpiente― cumplían una función simbólica en relatos también de fuerte carga moralizante. Con el artículo reproducido ahora (un capítulo de su ensayo El caso de la baraja perversa), el mismo autor nos propone acrecentar con una nueva fiera el bestiario infernal del Dr. Watson.

oOo

Y romperé el velo de su corazón, y allí los de­vo­raré como león.

Oseas, 13:8

Lion and woman and the Lord know what.

W.B. Yeats, The Circus Animals’ Desertion

El Arcano XI

La Fuerza

      Una mujer de pie, con un gorro que recuerda al del sal­tim­ban­qui del Ar­cano I, abre o cierra las fauces de un león con sus dos manos de forma se­rena y sin esfuerzo aparente.

      La carta ilustra, conforme a la esco­lástica medieval, la vir­tud cardinal re­lacionada con el valor y la firmeza re­queri­dos para resistir las tentaciones y soportar las adver­sidades de la vida. No se trata aquí de fortaleza física, sino de la energía moral que permite arrostrar los a veces temibles balanceos de la Fortuna.

      En la interpretación ocultista, La Fuerza expresa tam­bién el triunfo de la razón sobre los impulsos o la fuerza interior que domestica a la bestia. Misión que parece sin embargo más pro­pia de la Tem­planza que de la Andreia o Fortitudo del pensa­miento clásico. En cualquier caso, Wat­son integrará sin pro­blema ambas expli­caciones en la muy precisa reelabora­ción del Arcano XI conte­nida, casualmente, en el décimoprimer caso de El Archivo de Sherlock Hol­mes, el titu­lado «La in­qui­lina del velo»[1]. Crónica de am­biente cir­cense que proporciona incluso una ver­sión na­turalista del Un­décimo Ar­cano, con una mujer lu­chando física­mente con el animal del naipe.

      En este tristísimo relato Holmes es requerido por una dama de rostro mutilado —Eugenia Ronder— para que, en sentido estricto, la escuche en confesión antes de mo­rir[2].

      Gracias a tal demanda descubriremos que la misteriosa inqui­lina del título había participado años atrás con quien era su amante en el asesinato del ma­rido, uno de los mayores em­pre­sarios de circo de la época y un sádico que la ve­jaba brutal­mente cuando estaba ebrio[3]. Sin embargo, nunca se apreció delito, por enten­der el coro­ner instructor del caso que Ronder había sido muerto por un león al que solía dar de comer en compañía de su esposa. Las heridas que la víctima presentaba en la ca­beza —realizadas con una falsa garra de acero—, la ausencia de testigos y el hecho de que el animal hubiera des­trozado también el rostro de la esposa de Ronder al escapar de la jaula confirmaron el veredicto de muerte acci­dental. 

      El crimen quedó impune desde el punto de vista de la feble justicia de los hom­bres, pero no para la Justicia retributiva y simétrica de Némesis, la deidad tutelar en Roma de los juegos del circo:

Por algo que parecía justicia del Destino, aquella mujer que tenía encerradas a las fieras en una jaula había acabado siendo como una fiera dentro de una jaula.

      La Justicia inmanente —no olvide que los Arcanos VIII y XI están interrela­cionados— se encarna en esta ocasión en un león del Atlas, Sahara King, cuyo ac­tuar coincide, por cierto, con el castigo que Yahvé tenía preparado, según Jere­mías, para el ‘adúltero’ pueblo de Israel: “Por eso los herirá el león en la selva, los de­vastará el lobo del desierto[4].

      El león representa además la pulsión animal no dominada. Es La Fuerza nega­tiva, el mal “que anda rondando y busca a quien devorar.[5]

      En la crónica watsoniana, la fiera, en cuanto manifestación de la pasión adúltera, se desdobla en la figura del amante de Eugenia Ronder, “el forzudo Leonardo”, en cuyo nombre (‘fuerte como león’ según la etimología germánica y ‘león ar­diente’ según la italiana) asoma el animal de “aliento abra­sador y sucio[6] que desgarra a la pecadora, pues el pecado tiene “dientes de león[7].

      La imagen de la fuerza se ha asociado desde muy antiguo con la de un hombre luchando con un poderoso león. En la mitolo­gía clásica se trata de Hera­kles/Hércules dominando al de Nemea, y en la iconogra­fía judeocristiana de San­són, ma­tando con sus propias ma­nos a un león en tierra de filisteos[8]. Algu­nas versio­nes del Tarot, como la del juego Visconti-Sforza, recuperan estas representacio­nes más convencio­nales, sustituyendo la imagen femenina de La Fuerza por la del héroe griego atacando al león nemeo con su maza.

      Watson demuestra conocer muy bien esta otra fuente icono­gráfica, de la que ofrece incluso una versión bur­lesca en «La inquilina del velo».

      A semejanza de Hércules, también dispone el forta­chón Leo­nardo de una clava, el arma con la que hendirá el cráneo de Ronder:

Preparamos una clava (fue Leonardo quien la fabricó), y en la cabeza de la misma, hecha de plomo, aseguramos cinco largas uñas de acero, con las pun­tas fuera y de la misma an­chura de la garra del león.

      Pero a diferencia de su modelo, y a pesar de su maza y “sus poderosos bra­zos”, Leonardo es un hombre falto de valor que abandona a su amante cuando más lo necesitaba:

Leonardo pudo salvarme. Si él se hubiese abalanzado sobre el león y le hubiese golpeado con la maza, habría podido hacerle retroceder. Pero se aco­bardó. Le oí gritar aterrori­zado y le vi darse media vuelta y huir.

      En griego antiguo, el término que designaba a la virtud del Ar­cano XI —andreia— signifi­caba ‘hombría’ y no puede ser casual que los dos prota­gonistas masculinos de la historia ca­rezcan llamativamente de esta cualidad. Ron­der, domador pro­fesional[9], era muy bravo maltra­tando a su esposa, pero te­mía al forzudo de la troupe ambulante[10]. En cuanto a Leonardo, Eugenia lo cali­fica reiteradamente de co­barde. En realidad, ninguno es capaz de lu­char en solita­rio con el león, lo que si hará, y por dos ve­ces, Eu­genia Ronder.

      La primera de ellas, material­mente, tratando de hacer frente a la bestia, lo que con gesto idéntico hace la figura del Onceno Ar­cano: “Intenté apartar con las palmas de mis ma­nos las tre­mendas fau­ces”. La segunda, simbólicamente, al rechazar la tentación del suici­dio[11], optando por seguir viva en un acto de ge­nuino co­raje, pues se­gún Hol­mes le indica a esta “valerosa mujer” (sic) en una frase que santo Tomás de Aquino habría firmado sin repa­ros[12]:

el sufrir con paciencia constituye por sí mismo la más pre­ciosa de las leccio­nes que se pueden dar a un mundo impa­ciente.”

      Al relatar su historia, Eugenia Ronder compara al que fue su amante con “el ar­cángel Ga­briel[13]. El símil, no exento de ironía en boca de la mujer, llama sin em­bargo nuestra atención por dos motivos.

      En primer lugar, porque no deja de ser curioso que al for­zudo del circo se le equi­pare en una historia relacionada clara­mente con el Arcano XI con un ángel cuyo nombre significa, en sen­tido literal, ‘fortaleza de Dios’.

      En segundo lugar, porque la mujer adúltera y conyugicida se estaría igua­lando inconscien­temente con la Virgen María al evocar al ángel de la Anuncia­ción. Lo que le hará recordar que también en la versión canó­nica del Arcano VIII la virtud es­taba representada por una mu­jer caída —Miss Winter— con atri­butos marianos que destruye a la serpiente —Adelbert Gru­ner— devastando su cara y haciendo aflorar al exterior la po­dredumbre de su alma. Con­trapunto de Eugenia Ronder cuyo rostro, tan destruido como el del barón, revela en cambio su luz in­terior tras una dolorosa penitencia que parece emular a la de santa María Egip­ciaca.

      La historia de esta famosa pecadora de Alejandría la narra Jacobo de la Vo­rá­gine en el capítulo LVI de La Le­yenda Áurea y merece a nuestro juicio ser revisada por su posible relación tanto con el caso de «La inquilina del velo» como con el Ar­cano XI.

      Según el dominico de Varazze, era esta María mujer de vida muy lasciva, que tras una experiencia mística en Jerusalén se retiró al desierto para purgar su pa­sado pecaminoso. Durante cuarenta y siete años María vivió como un animal en la más absoluta soledad, mortificando su cuerpo hasta convertirlo en el pellejo renegrido de una anciana prematura quemada por el sol.

      También Eugenia Ronder tomará literalmente el velo a causa de un trauma­tismo fí­sico y espiritual sin precedentes, apartán­dose de los hombres en una casa aislada de los subur­bios de Londres:

Sólo un deseo tenía […] Este deseo era el de cubrirme el rostro de manera que nadie pudiera verlo, y vivir donde nadie de cuantos yo había conocido pu­dieran encontrarme. Eso era lo único que ya me restaba por hacer; y eso es lo que he ve­nido haciendo. Convertida en un pobre animal que se ha arrastrado hasta dentro de un agujero para morir.

      En el año previo a su muerte, María se encontrará con un abad —Zósimo de Palestina— al que contará su historia; del mismo modo que Eugenia deseará ser oída por Holmes en con­fesión antes de abandonar este mundo. Sherlock Holmes, por cierto, es atraído al eremitorio urbano de Eugenia mediante una alusión al lugar en que se consumó el asesinato de Ronder, un pueblecito de Berkshire llamado Abbas Parva (‘pequeña aba­día’ en bajo latín), que contiene en su topónimo tanto al abad como al león, pues ‘abbas’ es también el nombre de ese felino en árabe.

      Con motivo de su encuentro, Zósimo descubrirá el terrible deterioro físico experi­mentado por María tras larga y durísima penitencia, del mismo modo que Holmes y Watson quedarán impresionados por el rostro apenas humano de la viuda Ron­der, mujer, antes de su tragedia, muy bella[14]:

Era una cosa horrible. No existen palabras para describir la conformación de una cara, cuando ésta ha dejado de ser cara. Los dos ojos oscuros, hermo­sos y llenos de vida, que miraban desde aquella ruina cartilaginosa, realzaban aún más lo horrendo de semejante visión.

      Durante la Edad Media, el dramático cambio de aspecto de María Egipcíaca fue el eje estructural de numerosos poemas inspirados en el capítulo LVI de La Le­yenda Áurea. En el más famoso y copiado de todos ellos, La Vie de Sainte Ma­rie l’E­gyptienne (1262) del francés Rutebeuf (ca. 1230 – ca. 1285), autor muy apre­ciado por los simbolistas[15], la antigua hermo­sura física de María, por la que los hombres habían muerto y ma­tado, se correspondía con un alma sucia, mientras que el cuerpo horrible de la ermitaña revelaba el ánima pura de la mujer arrepen­tida. Antítesis que Watson recobrará en «La in­quilina del velo» junto a otra idea clave en todas las hagiogra­fías de la Egipcíaca: la de que el pecado, si media arrepenti­miento, confe­sión y penitencia, será siempre perdonado, pues Dios ama al pecador[16].

      Ese y no otro es el sentido del gesto de compasión y de las palabras con que Hol­mes concluye su conmovedora entrevista con Eugenia Ronder:

Holmes extendió su largo brazo y palmeó en la mano a la mu­jer con una expre­sión de simpatía como rara vez yo le había visto exteriorizar.

¡Pobre muchacha! ¡Pobre muchacha! decía. Los ma­ne­jos del Destino son, en verdad, difíciles de comprender. Si no existe alguna compensación en el más allá, entonces el mundo no es sino una broma cruel.

      Pero aún nos falta un último detalle. Los cuarenta y siete años de expiación de María Egipcíaca (4+7=11) y el capítulo LVI (5+6=11) del beato Jacobo conclui­rán con Zósimo obte­niendo la ayuda de un león del desierto (!) para dar sepultura al cuerpo incorrupto y ya santificado de la antigua pecadora. El león manso repre­senta por supuesto los viejos instintos doma­dos por el sufrimiento penitencial y el cultivo de la virtud.

© Juan Requena, 2009

El caso de la baraja perversa. El Tarot según John H. Watson

The Netherlands Sumatra Company, Ltd.― Strelsau, 2009.― Pág. 77 a 85

ISBN: 978-84-613-2869-7

Ilustraciones originales de José Luís Errazquin

Reproducido con autorización expresa del autor


      [1]«The Veiled Lodger», Liberty y The Strand Maga­zine, enero y abril respectivamente de 1927. Trad. castellana de Amando Lázaro Ros, «La inquilina del velo» en El Archivo de Sher­lock Holmes, Aguilar S.A. de ediciones, Madrid 1985.

      [2]No es mucho lo que me queda de vida, pero deseo morir sin ser moles­tada. Sin embargo, deseaba dar con una persona de buen criterio a la que poder confiar mi terrible historia, de modo que, cuando yo muera, pueda ser comprendido cuanto ocurrió […]. Mi alma sentirá alivio con­tándola.” Que estamos en presencia de un acto equiparable al sacramento católico de la confesión lo explicita también el diálogo que la señora Me­rrilow man­tiene con su desdichada inquilina: “Mistress Ronder, si tiene usted algún secreto que conturba su alma, para eso están el clero y la Policía. Entre unos y otros le proporcionarían alguna ayuda. Ella ex­clamó: Nada de Policía, por amor de Dios. Y en cuanto al clero, no es posible cambiar el pasado. Y, sin embargo, me quitaría un peso del alma que alguien se ente­rase de la verdad, antes que yo me muera.”

      [3]Me abandonó para ir con otras. Si yo me quejaba, solía atarme y me azotaba con su fusta de montar. Todos me compadecían y todos le odiaban, pero, ¿qué podían hacer? Desde el pri­mero hasta el último le temían. Por­que era terrible en todo momento, pero llegaba a san­guinario siempre que estaba borracho.

      [4]Jer, 5:6.

      [5]1 Pe, 5:8: “Que vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda rondando y busca a quien devorar, al cual resistiréis firmes en la fe.

      [6]En el mismo instante sentí en mi carne los dientes del león. Ya su aliento abrasador y sucio me había envenenado y apenas si experimenté sensación alguna de dolor.

      [7]Eclo, 21:3: “Dientes de león son los suyos, que dan muerte a los hombres.

      [8]Vid. Jue, 14:5 y ss.

      [9]Se infiere del texto: “tanto Ronder como su mujer tenían por costum­bre realizar exhibicio­nes dentro de su jaula [la del felino].

      [10]Mi marido lo sospechó [la liaison de su esposa con el forzudo], pero yo creo que tenía tanto de cobarde como de bravucón, y que Leonardo era el único hombre al que temía. Se vengó a su manera, atormentándome cada vez más.

      [11]“[Holmes] me señaló con cierto orgullo una pequeña botella que había encima de la repisa de la chimenea. La cogí en la mano. Tenía una eti­queta roja, de veneno. Al abrirla, se esparció un agradable olor de al­men­dras. ¿Ácido prúsico? le pregunté. Exactamente. Me ha llegado por el correo. «Le envío a usted mi tentación. Seguiré su consejo.» Eso decía el mensaje. Creo, Watson, que podemos adivinar el nombre de la valerosa mujer que lo ha en­viado.

      [12]El acto principal de la fortaleza es el resistir, es decir, permanecer inconmovible ante los peligros.” Santo Tomás de Aquino, Suma Teo­lógica, Secunda Secundæ, cuestión 123, ar­tículo 6.

      [13]Leonardo entró entonces cada vez más íntimamente en mi vida. Ya han visto ustedes cómo era físicamente. Ahora sé cuán pobre era el espíritu encerrado en un cuerpo tan magní­fico, pero, comparado con mi marido, parecía algo así como el ángel Gabriel. Me compadeció y me ayudó, hasta que nuestra intimidad sé convirtió en amor; un amor profundo, profun­dísimo, apasionado, con el que yo había soñado siempre, pero que nunca esperé sentir.

      [14]Los largos años de inactividad habían quitado algo de esbeltez a las líneas de su cuerpo, que debió de ser hermoso, y conservaba aún su ple­nitud y voluptuosidad. Un grueso velo negro le cubría el rostro, pero el borde del mismo terminaba justamente encima del labio superior, dejando al descubierto una boca perfecta y una barbilla finamente redondeada. Yo pensé que, en efecto, debió de ser una mujer extraordinaria. También su voz era de timbre delicado y agrada­ble.

      [15]Vid. Jean Moréas, «Manifeste du Symbolisme», Le Figaro, 18 de sep­tiembre de 1886.

      [16]Tu m’as bien montré, Seigneur, / que nul ne doit se désoler / quel­que pécheur qu’il ait été, / car ton appui et ton réconfort / sont toujours prêts pour lui, / dès lors qu’il a fait l’effort / de faire pénitence. / Il faut ra­conter à tous / la vie de cette bienheureuse / qui s’est ainsi rendue mécon­naissa­ble. ” Rutebeuf, Oeuvres complètes (2 vol), edición a cargo de Mi­chel Zink, Bordas-Classiques Garnier, París 1989-1990, vol. 1, págs. 397 a 469. El poema de Rutebeuf conoció múltiples traducciones adaptadas du­rante la Edad Media, como La vida de santa María Egip­cíaca, excelente poema cas­tellano en cuaderna vía de la primera mitad del siglo XIII.

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11 Responses to “El Arcano XI”


  1. 1 belakarloff
    12 mayo 2010 en 8:33

    Bueno, en la introducción al propio texto se explica todo. Espero que os interese.

  2. 2 doctorwatson65
    12 mayo 2010 en 19:26

    Muy intructivo el artículo… Habrá que leer detenidamente el libro… 🙂

  3. 13 mayo 2010 en 11:57

    Está empezando a quedar claro que, en cuanto al holmesianismo, si no existiera Juan Requena, habría que inventarlo…

    • 4 Rassendyll
      15 mayo 2010 en 17:17

      Sr. Miguez, ¿nunca ha pensado en diseñar un Tarot (holmesiano u otro)? Su estilo encaja con la temática.

      • 17 mayo 2010 en 11:47

        No estaría mal hacerlo, la verdad.
        Lo que sí he pensado es lanzarme a ello colaborando con alguien, aunque nunca se lo he planteado a nadie en firme. Así que, digamos, todavía estoy buscando candidatos.

  4. 6 belakarloff
    17 mayo 2010 en 12:03

    ¿Un colaborador? ¿En qué sentido? ¿Diseños, ideas, co-dibujante…?

  5. 7 doctorwatson65
    18 mayo 2010 en 17:31

    La torre podría ser el castillo de los Baskerville.. 🙂

  6. 8 Jabez Wilson
    18 mayo 2010 en 21:46

    Lo es Dr. Watson, lo es

    En La Luna, el Décimoctavo Arcano, aàrecen las torres Baskerville.

    Quizás el Master & Commander de este blog podría solicitar el texto y las ilustraciones a los Maestros Requena y Errazquín para su publicación

  7. 9 belakarloff
    19 mayo 2010 en 9:11

    De sólo el tarot, te refieres, claro, ¿no?

    Pues en sus manos está.

  8. 10 doctorwatson65
    19 mayo 2010 en 18:48

    “Jabez Wilson
    Lo es Dr. Watson, lo es”

    Que bien… me apunto a que se solicite esos textos e ilustracciones… 🙂

  9. 11 Jabez Wilson
    21 mayo 2010 en 9:41

    Si, es uno de los mejores textos de “La Baraja Perversa” (y eso es decir mucho).


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