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25
abr
11

The Devil’s Foot

Título alternativo: The Adventures of Sherlock Holmes #2: The Devil’s Foot.

Dirección: Maurice Elvey.

Productor: Eille Norwood para Stoll Picture Productions.

Guión: William J. Elliott, según el relato de Arthur Conan Doyle “The Adventure of the Devil’s Foot”.

Fotografía: Germain Burger.

Intérpretes: Eille Norwood (Sherlock Holmes), Hubert Willis (Dr. John Watson), Harvey Braban (Mortimer Tregennis), Hugh Buckler (Dr. Sterndale).

Nacionalidad y año: Reino Unido 1921.

Duración y datos técnicos: 23 min. B/N 1.33:1.

Sherlock Holmes se halla de vacaciones cuando se topa con tres cadáveres en una casa, sin signos de violencia, y sentados tranquilamente ante la mesa. Pronto, otro crimen sucederá a este…

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Eille Norwood (1861-1948), nacido como Anthony Edward Brett, fue un actor británico de inicios del cine mudo. Su nombre artístico, parece ser, lo tomó de una amiga, Eileen, y de la ciudad de Norwood. Debutó en 1911 con el film de aventuras Princess Clementina, basado en una novela de A. E. W. Mason (autor de Las cuatro plumas), y trabajó en pocas películas más hasta que en 1921 es requerido para protagonizar The Hound of the Baskervilles, adaptación por parte de Maurice Elvey de la célebre novela de Sir Arthur Conan Doyle, tras un par de adaptaciones previas del director y el actor de otros clásicos literarios, obra de Rafael Sabatini y Ethel M. Dell. Aquí, Norwood encarnaría a Sherlock Holmes, acompañado de Hubert Willis como el doctor Watson. El éxito fue notorio, y si bien ese mismo año participó en un par de películas más, ello le conduciría a interpretar una serie de cortometrajes adaptando una gran cantidad de relatos que Doyle escribiera sobre el célebre detective, hasta un total de cuarenta y ocho, sumados a la citada versión de El perro de Baskerville, al lado de Willis como el fiel doctor, salvo las últimas, en las cuales fue reemplazado por Arthur Cullin. La última aportación al ciclo fue His Last Bow (1923), y ese fue su último saludo al cine, pues abandonó el medio.

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Estrenada en abril de 1921, The Devil’s Foot se exhibe como la segunda entrega de la serie The Adventures of Sherlock Holmes, considerándose la primera el citado largometraje. Es, por supuesto, una adaptación del cuento “La aventura del pie del diablo”, publicado en el volumen His Last Bow. Sherlock Holmes y Watson se hallan de vacaciones cuando se topan con tres cadáveres en una casa, sin signos de violencia, y sentados tranquilamente ante la mesa. Las víctimas son dos hombres y una mujer, hermanos, y tienen otro que vive aparte, con el vicario, desde que años atrás discutieron por unas tierras, aunque “ya está olvidado”, y a veces se reúnen para jugar a las cartas, como de hecho aconteció la noche pasada. Holmes sospecha de él, pues después de despedirse de sus hermanos, las huellas indican que regresó, pero a la mañana siguiente también él aparece asesinado en las mismas circunstancias, recostado en la cama.

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Por supuesto, al ser un film mudo y de escaso metraje, la trama ha de simplificarse de manera notoria. En todo caso, sorprenden las maneras de planificar de Maurice Elvey, en una película de 1921, cuando su estilo parece más propio de cinco años antes. La historia es bastante elemental, y choca la ingenuidad de Sherlock Holmes de probar los efectos del veneno tóxico probándolo sobre él y Watson: la habitación se llena de gases perniciosos y a duras penas logran salir de la habitación. La forma tan aparatosa de hacer efecto el veneno contrasta con los modos pacíficos de las muertes, en las cuales las víctimas parecen no haber percibido la ostentosa humareda.

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La película, por tanto, es una curiosidad histórica, un elemento de coleccionismo para los aficionados al detective de Baker Street, pero desde la perspectiva cinematográfica es un producto pobre en todos los sentidos con escaso relieve. Norwood crea una composición de Sherlock Holmes muy en la línea a lo que hoy conocemos, si bien ya tenía sesenta años cuando encarnó al investigador, lo cual se percibe incluso en las estropeadas copias que hoy perviven del filme, si bien el propio Arthur Conan Doyle alabó la interpretación de Norwood, comentado: “Su maravillosa encarnación de Holmes me ha asombrado”.

Carlos Díaz Maroto

20
abr
11

Basil, el ratón superdetective

Título original: The Great Mouse Detective

Dirección: Ron Clements, Burny Mattinson, David Michener, John Musker.

Productor: Burny Mattinson para Walt Disney Feature Animation, Silver Screen Partners II, Walt Disney Pictures.

Guión: Peter Young, Vance Gerry, Steve Hulett, Ron Clements, John Musker, Bruce Morris, Matthew O’Callaghan, Burny Mattinson, David Michener, Melvin Shaw, según la serie de libros “Basil of Baker Street” de Eve Titus y Paul Galdone.

Música: Henry Mancini.

Intérpretes: Vincent Price (voz del profesor Ratigan), Barrie Ingham (voz de Basil de Baker Street / Bartholomew), Val Bettin (voz de Dr. David Q. Dawson / guardia Thug), Susanne Pollatschek (voz de Olivia Flaversham), Candy Candido (voz de Fidget), Diana Chesney (voz de Mrs. Judson), Eve Brenner (voz de la Reina Ratón), Alan Young (voz de Hiram Flaversham), Laurie Main (voz del Dr. Watson), Shani Wallis (voz de Lady Mouse), Basil Rathbone (voz de Sherlock Holmes), Ellen Fitzhugh, Walker Edmiston, Wayne Allwine, Tony Anselmo, Melissa Manchester, Frank Welker…

Nacionalidad y año: Estados Unidos 1986.

Duración y datos técnicos: 75 min. color 1.75:1.

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El padre de Olivia, un juguetero, es secuestrado por Fidget, acólito del siniestro profesor Ratigan. El doctor Dawson se topa con la niña cuando ella va en busca del prestigioso detective Basil de Baker Street, con el fin de que éste localice a su padre. Así, los tres se embarcarán en una peligrosa aventura.

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Basada en una serie de novelas escritas por Eve Titus y Paul Galdone (de las cuales la primera está publicada en España), Basil, el ratón superdetective (The Great Mouse Detective, 1986) fue la primera película de la productora del genio de Burbank estrenada bajo el sello Walt Disney Feature Animation, y la que siguió, dentro del campo de la animación, a Tarón y el caldero mágico (The Black Cauldron, 1985), de Ted Berman y Richard Rich, toda un joyita pero que se saldó con un gran fracaso económico. Aquélla había sido un intento de crear una cinta de animación más adulta, a partir de otra saga de novelas, las de Lloyd Alexander, ambientadas en un universo mágico. Aquí pues se partió de un punto más cercano al público infantil, las aventuras de un ratoncillo detective, Basil, que habita en un agujero del 221B de Baker Street, y que de compartir vivienda con Sherlock Holmes ha adquirido las dotes detectivescas de éste. La presente historia muestra el primer encuentro entre Basil y el doctor Dawson, suponiendo un émulo de las aventuras de Holmes que supondrá todo un gozo para los sherlockianos, pues el film se halla inundado de referencias. Así, a Basil y Dawson les acompaña el perro Toby, que procede de la novela El signo de los cuatro; allí, Holmes requería al animal para seguir un rastro, pero aquí ya comparte vivienda con el detective, y ayuda a Basil cuando éste requiere su ayuda. La máquina de fumar de La vida privada de Sherlock Holmes, de Billy Wilder, aparece aquí también. Además, cuando Basil se disfraza de marinero para buscar información en la taberna, el traje es una copia exacta del que lucía Basil Rathbone en Sherlock Holmes and the Secret Weapon [tv/vd/dvd: Sherlock Holmes y el arma secreta, 1943] para un fin idéntico. En todo caso, las frases que se oyen pronunciar a Sherlock Holmes (pronunciadas por Basil Rathbone, y tomadas de un serial radiofónico) pertenecen al relato “La liga de los pelirrojos”, lo cual situaría la acción en otoño de 1890; sin embargo, la película se inicia con un rótulo que indica 1897.  

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Decía que el film se planteó para un público infantil, pero por suerte no es un producto destinado en exclusiva a ese sector de espectadores. El visionado no resulta para nada molesto para un adulto, y el que firma lo presenció con una constante sonrisa en el rostro. A ella se suma la estupenda labor del gran Vincent Price poniendo voz al malvado Ratigan (émulo evidente de Moriarty), una rata de alcantarilla acomplejada de su condición, que dirige a una banda de ratones, y que desea erigirse en sumo regidor de los roedores, para lo cual planea reemplazar a la Reina Ratón por un émulo robótico (delicioso aporte de ciencia ficción splaterpunk) y que ésta lo nombre consorte. Ratigan se ve acompañado de Fidget, un murciélago con un ala rota y pata de palo, clásico recurso Disney de personaje gracioso, que en esta ocasión es planteado de un modo excelente, sin resultar molesta su presencia, y adornándolo con perfiles siniestros que en momento alguno se pretenden suavizar. En este sentido, es sorprendente cómo, en un producto infantil, se deslizan elementos oscuros, con la muerte cruel de algún ratón que falla ante Ratigan, o escenas de connotaciones terroríficas. Y también es digno de resaltar el cargado erotismo del número musical “Look At Me” que se canta en la taberna.

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La dirección se reparte entre cuatro realizadores, Ron Clements, Burny Mattinson, David Michener y John Musker, necesaria diversificación para finalizar un producto tan complejo en el tiempo requerido, que se reparten las escenas, convirtiéndolas en set pieces autónomas, que sin embargo luego quedan excelentemente hilvanadas en el montaje, otorgando unidad y ritmo al conjunto. Basil, el ratón superdetective es, pues, una deliciosa cinta infantil de animación que resulta igualmente grata para espectadores adultos, recomendable en especial a seguidores del genio de Baker Street que, además, deseen iniciar a sus hijos en las estupendas aventuras de Sherlock Holmes. No se arrepentirán.

Carlos Díaz Maroto

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19
abr
11

Kim Newman y el profesor Moriarty

Kim Newman es un crítico de cine y también autor de ficción, conocido en España especialmente por su saga (aún incompleta en nuestro país) de Anno Dracula, que ofrece un mundo alternativo regido por vampiros, protagonizado por Drácula, y donde la literatura de la temática es revisada con no poco sarcasmo y mucho cariño y conocimiento de causa.

 

En septiembre de 2011 aparecerá publicado en Inglaterra por parte de Titan Books el libro titulado Professor Moriarty: The Hound of the D’Ubervilles, donde el autor reúne diversas historias protagonizadas por la archi-némesis de Sherlock Holmes en compañía del coronel Sebastian Moran. En concreto, lo que nos ofrece son todas las novelas cortas y relatos sobre los personajes aparecidos hasta ahora en países civilizados (España, por descontado, no cuenta entre ellos), amén de tres nuevas historias redactadas para la ocasión. En total son siete narraciones de diversa extensión escritas por el coronel Moran a modo de memorias, donde relata el primer encuentro que tuvo con Moriarty y lo que después aconteció. El estilo que Newman emplea para ello ha sido comparado con el de un mítico escritor, George MacDonald Fraser, el creador de Flashman.

18
abr
11

Las nuevas aventuras de Sherlock Holmes

Autor: V.V.A.A., editado por Martin Harry Greenberg y Carol-Lynn Rössel Waugh

Pie de imprenta: Madrid: Valdemar, 1992.

Colección: Los Archivos de Baker Street; nº 7.

Título y fecha de publicación original: The New Adventures of Sherlock Holmes (Carroll & Graf Publishers, 1987)

 

Para celebrar el centenario de la primera aparición impresa de Sherlock Holmes, en Estudio en escarlata (aparecido en el Beeton’s Christmas Annual), de 1887, se publicó esta selección de relatos, aprobados por Lady Jean Conan Doyle.

La antología se compone de dieciséis relatos diferentes, de una calidad bastante irregular. No es mala idea, como “libro-homenaje”, intentar hacer una compilación que aúne relatos del estilo de Doyle, versiones modernas o diferentes del personaje, breves estudios y parodias, aunque resulta un poco extraño saltar de un género a otro. De todos modos como homenaje está bastante bien, a pesar de sus saltos cualitativos.

La máquina infernal, de John Lutz, abre fuego (y nunca mejor dicho) con una bastante insulsa historia de asesinato que tiene como principal interés las pinceladas de cambio de época, como la reiterada aparición del carruaje sin caballos o el arma (entonces desconocida) sobre la que gira la narración (un fusil ametrallador), construyendo una imitación del canon (sin la magia que imprime Doyle) bastante olvidable.

El último brindis, de Stuart M. Kaminski, es de lo mejor del lote. Con una mascarada de inicio espectacular, invirtiendo todo lo que conocemos sobre Holmes, llega a hacer dudar al lector realmente sobre la identidad de ese detective que ha aparecido en Baker Street y que parece estar engañando a Watson… Después la historia gira en torno a un crimen más convencional, pero igual de atractivo, con un final excelente.

La habitación fantasma, de Gary Allan Ruse, presenta una historia casi de tintes sobrenaturales, bastante interesante, y aunque es un modelo de pastiche-imitación del estilo Doyle, logra resultar ser una lectura muy agradable sin caer en el aburrimiento, como suele ocurrirles a otros imitadores. Un poco cogido por los pelos su resolución final, aunque no empaña el resultado general del relato.

El regreso de la banda de lunares, de Edward D. Hoch, es una secuela del famoso relato canónico escrito por el prolífico escritor de novelas policíacas y de misterio Edward D. Hoch. La finca de Roylott vuelve a ser el epicentro de nuevas maquinaciones asesinas. Más de lo mismo, sin demasiadas pretensiones y con algún acierto original.

La aventura del incomparable Holmes, de John L. Breen. Desafortunado y pretencioso relato en el que la trama gira alrededor del cine, de reciente invención en el momento en que acontece la acción. John L. Breen nos presenta a un Holmes muy alejado del canon con momentos curiosos que no llegan a salvar la situación.

Sherlock Holmes y “la mujer”, de Michael Harrison. ¿Y si Irene Adler no fuera quien Watson dijo? ¿Y si nos lo contara el propio doctor? Un interesante relato-estudio que reinventa una narración canónica (“Escándalo en Bohemia”) de manera formidable.
Otro de los grandes aciertos de esta irregular compilación, y que resulta altamente recomendable. Michael Harrison es un reconocido holmesiano, autor del estudio In the Footsteps of Sherlock Holmes.

Las sombras en el prado, de Barry Jones, vuelve a hacer subir varios enteros la valoración general del libro. Un estupendo relato, también con un cierto tinte terrorífico, sobre un niño enfermo acosado por una visión espectral. Las descripciones del lugar donde sucede el caso, del severo clérigo, así como el elemento casi sobrenatural del relato y la buena factura del conjunto, al “estilo Doyle” convierten esta narración en otro acierto de la compilación.

La aventura del secuestro Gowanus, de Joyce Harrington, es una memez considerable. Una versión actualizada de Holmes y Watson, cambiando el sexo a uno de los personajes, en una historia moderna con secuestros, tiros y moteros. Bastante mal narrada, uno no termina de enterarse de qué está pasando en la historia, y las referencias a Holmes son como muy de pasada. Vamos, que realmente uno se pregunta por qué han terminado metiendo este relato en la antología. Joyce Harrington es guionista de cine, y con su marido escribió la adaptación de Soy leyenda de Richard Matheson protagonizada por Charlton Heston.

El doctor y la señora Watson en casa, de Loren D. Estleman, introduce la parodia en la selección con bastante acierto. Una especie de teatrillo que muestra en clave de comedia cómo era la vida del doctor Watson con su esposa. Muy divertido, plagado de referencias encajadas con bastante gracia.

 Sherlock Holmes y “Muffin”, de Dorothy B. Hugues, es una bienintencionada historia sobre una niña miembro de los Irregulares y su relación con Holmes en un caso. Éste en cuestión no es verdaderamente importante en la historia, sino la interacción entre personajes, y resulta bastante disfrutable, con un ligero toque un tanto triste y dickensiano.

 Los dos lacayos, de Michael Gilbert, narra, en modo de flashback, un caso que el doctor Watson tuvo que resolver en solitario debido a otras ocupaciones del Maestro. Buena idea meter un relato sobre el buen Doctor, que al fin y al cabo también él cumplía centenario. El caso se sigue con interés, aun siendo poco espectacular.

El curioso ordenador, de Peter Lovesey, es otra de las extravagancias incluidas en estas nuevas aventuras, que si bien logran darle un toque variopinto al libro, no termina de encajar demasiado bien con la idea de homenaje centenario. Ambientada en un futuro cercano, un ordenador pondrá en jaque a una red de criminales. Con poca relación con Holmes, y bastante tonto, la verdad.

La aventura del francotirador persistente, de Lillian B. de la Torre, plantea un caso bastante original y curioso, pero sin embargo el autor no consigue del todo que parezca “una historia de Holmes”. Muy “directa al grano”, con mucho diálogo y poca descripción, es una historia fiel en espíritu al canon, pero no en forma.

La casa que Jack construyó, de Edward Wellen, es otra historia centrada en la ciencia ficción, con una lucha “astral” entre Holmes y Moriarty debido a una máquina que permite introducirse en la mente de la gente, y con sorpresa –muy previsible- final. Resulta pretencioso y a ratos muy aburrido.

El caso del doctor, de archi-conocido Stephen King, de nuevo pone a Watson por delante de Holmes en un relato que, aunque ni recrea el universo ni logra introducir al lector en el Londres de Conan Doyle, es bastante aceptable por cómo plantea algunos asuntos. Uno de ellos, el más destacable, es el modo de ver el modo en que Holmes resuelve sus casos, casi como si fuera el poseedor de un “don” sobrenatural, aunque en esta ocasión sea Watson quien se adelante -King se cubre las espaldas haciendo que Holmes pille una alergia tremenda-. Por otro lado, los personajes parecen un tanto fríos, casi un poco antipáticos en esta historia, y no hablan como se espera de ellos -da incluso la sensación de que Holmes y Lestrade tengan telepatía, por cómo uno plantea una pregunta y el otro la responde tres páginas después-. Quizá lo más flojo me ha parecido el crimen a resolver en sí, otra habitación cerrada, con un deus ex machina excesivo y retomando un poco el famoso asesinato en el Orient Express. Es disfrutable, pero a su manera.

Epílogo: Moriarty y el mundo del hampa, de John “007” Gardner, es un –quizá demasiado breve- interesante estudio sobre el funcionamiento de los bajos fondos durante la época victoriana. Gardner ya había publicado en esta misma colección La venganza de Moriarty (que, aunque resulte extraño, es la secuela de The Return of Moriarty, que permanece inédito en nuestro país).

El complemento en este caso de la edición de Valdemar son dos de las divertidísimas parodias que le dedicó Enrique Jardiel Poncela, La momia analfabeta del Craig Museum y El anarquista incomprensible de Piccadilly Circus. Tronchantes ambas.

Javier J. Valencia y Daniel Morell Cortés (Barcelona. España)

14
abr
11

El sabio cojuelo. Un estudio claudicante (y 2)

Fuera ya de su cárcel de vidrio y antes de iniciar el vuelo hasta la igle­sia de San Salva­dor en la noche de un viernes (retengamos estos datos de tiempo y lugar), el Boiteux de Lesage explicaba a don Cleofás sus amplias faculta­des demoníacas.

Algunas, como el patrocinio del baile y la jarana, no diferían gran cosa de las otorga­das por Vélez a su propio Cojuelo. Otras, sin embargo, resul­taban privativas del diablo afrancesado, al que Lesage confería habilidades origi­na­les, como la de dictar las modas, inspirando vestidos y ador­nos frívolos.

Señalemos aquí que el engaño de Mary Sutherland se inicia en un baile, y que a tra­vés de la danza —ese invento del diablo que permite la proximi­dad de los cuerpos— Mary trabará conocimiento con su enigmático ga­lanteador.

Recordemos también la minuciosidad con que nos es descrito el atuendo de la mucha­cha a su llegada a Baker Street y la mala fe con que Watson pone de relieve los gustos charros de una joven que busca resultar atractiva y, dentro de sus posibilidades, à-la-page; con su sombrero coronado por una larga pluma roja, con sus pendientes de oro y su boa de piel al cuello; con sus terciopelos, su chaqueta cuajada de abalorios y cuentas de azaba­che y hasta con su guante roto y sus chapines de botonadura absurda­mente trasto­cados. Indumentaria inverosímil y chillona, propia de una pelandusca endomingada[i], que parece sugerida por el mis­mísimo diablo de Lesage[ii].

Sidney Paget, Mary Sutherland (1891)

Sidney Paget, Mary Sutherland (1891)

Pero mayor importancia tiene para nuestro caso el poder singular del Dia­ble Boiteux de concertar “matrimonios ridículos” o enlaces desparejos en donde el interés se mez­cla a partes iguales con la concupiscencia[iii]. Los dos grandes motivos —lujuria  y avari­cia— que impulsaban a los seres humanos en la obra de Lesage y en torno a los que gira también, como si de una es­cena del Boi­teux se tratara, la trama de «Un caso de identidad».

Como el lector recordará, para seguir administrando en beneficio propio las rentas personales de Mary Sutherland (potestad que el casamiento de la moza anularía) y cortar los anhelos crecientes de Mary de conocer a un hom­bre y formar familia, James Windibank perpetra un plan insólito: El mismo, oportunamente disfrazado, se encar­gará de seducir a su hijastra y una vez obtenida de ella la firme promesa de matrimo­nio desapa­recerá en circunstan­cias extrañas el día de la boda; de tal modo que la joven quedase tan esca­mada, según Holmes, “que durante los próximos diez años al me­nos, no prestase oídos a otro hombre.”[iv]

La boda, por cierto, iba a celebrarse un viernes[v], en la pequeña iglesia de… San Salvador[vi].

Por lo que vemos, el pícaro demonio de Windibank tenía las mismas que­ren­cias que el Diablo Cojuelo a la hora de echar a volar y su misma ca­paci­dad para convenir “ma­trimonios ridículos”. Pues ridículo era el caso­rio tramado para su hijastra y ri­dículo —en el sentido de Le­sage— había sido también su matrimonio con la viuda Sutherland, “una mujer mu­cho mayor que él” con la que Windibank se casó “por di­nero”.

Señalemos de paso que Windibank porta el nombre de pila de un renco ilustre, al ser James la forma más corriente en inglés de Jacob. Nombre pro­pio que el escriba del Génesis convirtió en sinónimo de suplan­tador y de em­bustero[vii] al contar las andanzas del patriarca hebreo. Un hombre con dos muje­res (como Windibank), al que un Ángel dejó cojo[viii] (con el ángel nos econ­traremos luego), avaricioso y calculador (como Windibank), que con dis­fraz y pelambre postiza (al igual que Windi­bank) y valiéndose de la ceguera de su anciano padre (del mismo modo que Windi­bank se aprovechó de la cortedad de vista de su hijastra[ix]), se hizo pasar también en la oscuridad por otro para disfru­tar de un patrimonio que en justicia no le perte­necía[x].

Más allá de los “matrimonios ridículos”, en «Un caso de identidad» late también otra cuestión mucho más turbia: La posibilidad de que en el hogar de Mary Sutherland se es­tuviera perfilando un verdadero triángulo amoroso con ribetes de incesto.

La conjetura escabrosa parece razonable. Tan razonable como chocante la porfía de Watson al recordarnos, una y otra vez, que los actos de Windibank esca­pan a cualquier sanción penal[xi], en un esfuerzo evi­dente por contrarres­tar las sospe­chas que él mismo ha contribuido a formar en la mente del lector con su detallada narración de un asunto, se­gún Hol­mes, “demasiado transpa­rente”.

Revisemos los puntos del posible triángulo.

Tenemos, por un lado, a Mary Sutherland, una joven “cariñosa y sensi­ble”, de unos veinticinco años de edad, ingenua y núbil —“maiden” es el término exacto que Holmes emplea en el original—, con ganas de ser amada, pero que no ha tenido tratos con hombres. A dife­rencia de su madre, cuarentona y ca­sada ya en se­gundas nupcias con un varón “casi quince años más joven que ella”. Detalle, el de la edad del padrastro, que turba a la muchacha más de lo debido y que menciona a Holmes en varias oportunidades[xii]. Sin duda porque advierte que el hombre que comparte el lecho de su madre y que os­tenta formalmente la condición de ‘padre’ bien pudiera ser su pro­pio her­mano… o el novio que hubiera deseado para sí misma.

Tenemos, por otro lado, a la madura viuda Sutherland, que alcahuetea la equívoca relación de Mary con su padrastro. Y no sólo para seguir viviendo a costa de la hija, sino ante todo, para satisfacer sus deseos amoro­sos y garan­tizarse la compañía de un hombre más joven por el que ya ha li­quidado el bo­yante negocio de fontanería de su primer marido.

Sidney Paget, En el baile de los instaladores del gas (1891)

Sidney Paget, En el baile de los instaladores del gas (1891)

Por último, tenemos a James Windibank, un tipo de buenos modales que frisa la treintena. “Un ca­nalla con verdadera san­gre fría” habituado al chala­neo (es tratante de vinos), consciente tanto de sus habilidades para sedu­cir a una mujer con rapidez como de la innegable disponibilidad sexual de su hijas­tra.

     De hecho, todo el plan de Windibank descansa sobre la certeza absoluta de que Mary Sutherland se entregará al primer hombre que sepa cortejarla; lo que Windibank consigue sin esfuerzo, pues una velada de baile y un par de “encuentros” al anochecer le bastan para convencer a la joven de que acepte ser su esposa, tal y como ésta con­fiesa ruborizada al detective:

 “ — Oh, sí, señor Holmes. Nos prometimos después del primer paseo que dimos juntos. Hosmer… el señor Angel… era cajero en una ofi­cina de Leadenhall Street… y…

  — ¿Qué oficina? 

     Nótese la habilidad con que Watson resume la embarazosa situación de Mary Suther­land y la economía de medios con que la expresa: Los titubeos de la muchacha, el cambio brusco de tema, la nula insistencia de Holmes en co­nocer los pormenores de aquel “primer paseo”. Detalles innecesa­rios por otra parte, ya que a Holmes le resul­taba “evidente que si [Windi­bank] había de conseguir un auténtico efecto, era preciso llevar el asunto todo lo lejos que fuera posible”.

     El comentario de Holmes tiende a sugerir de igual forma que entre Mary y su fugaz pretendiente hubo algo más que un mero intercambio de pala­bras y epístolas ramplo­nas. De no ser así, difícilmente puede entenderse que en tan poco tiempo se llegue no sólo a formalizar un compromiso de matrimonio, sino también a montar todo el cere­monial esponsalicio a es­paldas, supues­tamente, de un padrastro irascible[xiii], que “se ponía como loco” cuando la hijas­tra manifestaba su intención de acudir a algo tan in­sulso y poco peli­groso para su virtud como a “una fiesta de la escuela do­minical”.

     Por el contrario, la plena seducción de Mary Sutherland y su eventual deshonra —auténtica traba a matrimonios futuros— explican mucho mejor la increíble aceptación por parte de la muchacha de una boda urgente y pri­vada (sin invitados, casi clandes­tina) y su nula resistencia a casarse de modo impe­rativo con un hombre del que a fin de cuentas apenas si sabe algo.

     El lector de buena fe puede rechazar este enfoque que aumenta desde luego la abyec­ción del engaño —el “padre” se aprovecha en todos los senti­dos de la hija igno­rante, la madre desnaturalizada consiente—, y se­guir cre­yendo que Mary y su novio se limitaron a “pasear” y “conversar” a la luz de la luna. Pero antes debería descartar que las palabras con que Watson des­cribe los actos de la tierna pareja no fueran eufemis­mos para aludir a la natu­raleza eminentemente sexual de los “encuentros”, sin expo­nerse a la censura de los editores del Strand o a las enmiendas de su melin­droso agente litera­rio.

     Tal posibilidad parece encontrar confirma­ción en «La aventura de Charles Augustus Milverton»; un caso en el que Holmes seduce a la doncella del chantajista para facilitar el posterior alla­namiento de su casa.

     En este episodio memorable, Holmes demuestra tener poco que envidiar a James Windibank en cuanto a técnicas de seducción acelerada, ya que al igual que éste, bajo nombre supuesto y disfraz y, chusca coincidencia, ha­ciéndose pasar por un fontanero con un negocio tan próspero como el del di­funto Mr. Sutherland[xiv], consigue tras un par de “encuentros” que la sirvienta le otorgue sus favores… ¡y se comprometa con él en matrimonio!

     Un proceder cuya dudosa moralidad Watson reprocha indignado a Sher­lock Holmes cuando éste le relata, con la autocomplacencia del señorito ha­bituado a camelar cria­das, su singular manera de progresar en la investi­ga­ción:

“— Y llevó usted las cosas demasiado lejos, ¿verdad?

Era absolutamente indispensable […]Todas las noches he salido a pasear con ella, y todas las noches he hablado con ella. ¡Válgame Dios, y qué conversaciones![xv] 

     A pesar de que el contenido sexual de estos rendez-vous a horas intem­pesti­vas en el jardín de Milverton resulta bastante obvio, adviértase sin em­bargo como se repiten las expresiones neutras empleadas en su momento para delimitar el comportamiento de Windibank con respecto a su hijastra: lle­var el asunto “demasiado lejos”, “hablar” (to talk), “pasear” (to walk) de no­che… Fórmulas imprecisas para nombrar lo innombra­ble sin faltar al de­coro, pero fáciles de interpretar por el lector victoriano, al que no le re­sul­taba cho­cante asociar la acción anodina de “pasear” con el comercio carnal y que em­pleaba incluso el término de “night-walkers”, para aludir a las pe­rendecas que de­ambulaban al anochecer en compañía de hombres[xvi].

     Watson no se limitará sin embargo a mostrarnos la mezquina trastienda del hogar de Mary Sutherland en «Un caso de identi­dad», sino que en una audaz pirueta se atreverá incluso a proponernos una transgresora inversión de un tema con el que los píos victorianos no se habrían atrevido a bromear públicamente.

Julius Schnorr von Carolsfeld, La plegaria de Sara y Tobías (1860)

Julius Schnorr von Carolsfeld, La plegaria de Sara y Tobías (1860)

    En su texto, Lesage identificaba al Cojuelo con “el demonio de la lujuria[xvii], al tiempo que bauti­zaba a la infernal criatura (si es que un dia­blo puede ser sacramentado) con el nombre de Asmodeo[xviii]; nombre correspondiente, en efecto, al de un demonio de amplios poderes mágicos que regía la pasión carnal y los deseos impu­ros en la tradición rabínica.

     Personaje frecuente en los textos talmúdicos, Asmodeo se hizo popular entre los cristianos gracias al cuento bíblico[xix] de Tobías; historia piadosa sobre el amor filial y la santidad del vínculo matrimo­nial, que guarda cierto parecido con los hechos cardinales de «Un caso de identi­dad».

     Según la Biblia, Sara de Ecbatana, hija y heredera única (al igual que Mary Suther­land), obligada a casarse con al­guno de su propia fa­milia para evitar la dispersión de la hacienda paterna[xx] (a su tortuosa ma­nera, lo mismo que pretende Windibank), era tan incapaz como Mary de consu­mar su ma­trimonio por culpa del furioso y “maligno de­mo­nio Asmo­deo”. Es­píritu inmundo que se había encaprichado de ella y que para go­zarla él solo, y disuadir a futuros cortejadores, había matado ya a siete des­posados a pie de tálamo[xxi]. Situación intolerable a la que Tobías puso fin con la ayuda de un án­gel, como es sabido.

     Holmes, por supuesto, no es el Tobías de «Un caso de identidad», pero Windibank, que “ahuyenta a los posibles enamorados” de su hijastra y que “se ponía como loco” cuando Mary declaraba su deseo de asis­tir a algún sarao en el que pudiera encontrarse con otros hombres[xxii], sí pa­rece ser el particular Asmodeo de la infeliz muchacha. Un demonio, tan astuto y lascivo como el de la Biblia, prefigurado por Watson al comen­zar el relato mediante el recuerdo del Asmodeo cojo de Lesage.

     Criatura del aire, identificada con el viento por­tador de la fiebre o con la solana del mediodía que alteraba los sentidos y el jui­cio[xxiii], el Ashmedai se­mita —Perdición, en hebreo—  era un diantre singu­larmente aleve que para tentar a sus víctimas, por lo ge­neral mo­zas casaderas o recién desposadas, y llenar sus espíritus de concupiscencia, solía acer­carse a ellas bajo un aspecto atrayente y dulce cuando estaban a solas. Lo cual no tiene nada de extraño, pues es notorio que “el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz[xxiv]”. Windibank, un bribón de “maneras melosas e in­sinuan­tes”, ilustrará a la perfección esta regla, transformado en modelo de pulcritud y caballerosidad[xxv] ante la mirada miope de Mary Sutherland.

Dante Gabriel Rossetti, Ecce Ancilla Domini (1850)

Dante Gabriel Rossetti, Ecce Ancilla Domini (1850)

     En el momento de la Anunciación, la sospecha de aquella posible presencia en forma angélica de un seductor maligno es, precisamente, la que da sentido a la reacción de temor de la Virgen María al verse frente al Ángel; como dejan en­trever la sobria versión del Evangelio de Lucas (“Mas ella, cuando le vio, se turbó de sus palabras, y pensaba qué salutación fuese ésta[xxvi]”) o los textos más floridos de los Apócrifos:

 Y, al tercer día, mientras tejía la púrpura con sus manos, se le pre­sentó un joven de ine­narrable belleza. Al verlo, María quedó sobreco­gida de temor, y se puso a temblar.[xxvii]

     Repárese en la referencia del pseudoevangelio al tono violáceo del paño tejido por la Virgen. Detalle omitido por san Lucas pero ampliamente inter­pretado por la litera­tura eclesiástica y el arte reli­gioso como un presa­gio del futuro martirio del hijo de María[xxviii].

     Digresiones textiles al mar­gen, la escena de la Anuncia­ción (vuelta del revés, claro) coincide de modo manifiesto con el esquema de la seducción de Mary Sutherland en «Un caso de identi­dad», y así, frente a la di­urna Anun­ciación evangélica, Watson nos ofrece una “anuncia­ción” noc­turna en la que nada falta: Una virgen (maiden) desprevenida lla­mada María[xxix]; un embau­cador de voz “su­surrante” y “timbre muy meloso[xxx] que turba con falsas pala­bras[xxxi] y que se pre­senta bajo el nom­bre refulgente de Hos­mer[xxxii]Angel (sic). La verdad es que por no faltar no falta ni el tejido púr­pura[xxxiii], pues de ese co­lor era el vestido que Mary Sutherland había deci­dido po­nerse para asistir al baile de los ins­talado­res del gas, marco de su primer en­cuentro con el caballeroso se­ñor Angel[xxxiv].

     Como vemos, las cosas no siempre son lo que parecen en las crónicas del Doctor Watson; y si Windibank no dudó en servirse de los Evangelios para demos­trar su total as­cendencia sobre la voluntad de la joven[xxxv], pero también como prueba de su falta de respeto por las Sagradas Escrituras, ¿qué podemos pensar del propio Watson cuando describe el inicio de las relaciones pecaminosas del falso Angel (“Then Mr. Angel began to call[xxxvi]) sirviéndose practica­mente de las mismas palabras (“Then the angel left her[xxxvii]) con que san Lucas con­cluye la Anunciación original?

     El Cojuelo habría sin duda apreciado la humorada.

    © Juan Requena, 1997

 


     [i]Mary Sutherland es el único cliente femenino de Sherlock Holmes que nos es descrito por Wat­son en tonos decididamente groseros. A diferencia de Holmes, que la trata con exquisita cortesía y la califica con malicia de muchacha “interesante” e “impecablemente vestida”, nada hay en esta “mujer gran­dota”, comparada sin piedad con “un barco mer­cante con todas las velas desplega­das”, que la haga acreedora del aprecio de Watson: Su sombrerón es “ridículo”, su ros­tro “inexpresivo”, su estilo de vida “vulgar”, su historia, “intrascendente e incohe­rente”, indigna de  ser escuchada con tanta concentración por el gran detective. Está claro que los prejuicios sociales del Dr. Watson pesan mucho en esta valora­ción tan negativa. Mary Sutherland pertenece a la clase trabaja­dora (una especie rara en el Canon), se gana la vida como mecanógrafa y goza de una cierta independencia económica; aspectos que la alejan ade­más del mo­delo pobre-institutriz-en-apuros tan del gusto de Watson. Pero está claro también que la animosidad del Doctor hacia la joven, mani­fiesta desde el momento mismo en que Mary irrumpe en la sala de Baker Street, guarda directa relación con su lla­mativa forma de vestir. No muy diferente, a ojos de Watson, de la de una fulana en­domin­gada. Detalle que la referencia al tocado “duquesa de De­vonshire” que luce Mary Sutherland avala, por ser éste un modelo muy apreciado por las actrices de music-hall y las prostitutas, a las que se designaba a veces con el apelativo de “grullas” por su afición a los sombreros con plumas largas de colores chirriantes

     [ii]“Ce gracieux Cupidon avait la tête enveloppée d’une espèce de turban de crépon rouge, relevé d’un bou­quet de plumes de coq ou de paon. Il portait au col un large collet de toile jaune, sur lequel étaient dessinés divers modèles de colliers et de pendants d’oreilles. Il était revêtu d’une robe courte de satin blanc, ceinte par le milieu d’une large bande de parchemin vierge, toute marquée de caractères talismaniques. On voyait peints sur cette robe plusieurs corps à l’usage des dames, très avantageux pour la gorge, des écharpes, des tabliers bigarrés, et de coiffures nouvelles, toutes plus extravagantes les unes que les autres” [Alain René Lesage, ob. cit. Libro I, capítulo I].

     [iii]“Je fais des mariages ridicules; j’unis des barbons avec des mineures, des maîtres avec leurs servantes, et des filles mal dotées avec de tendres amants qui n’ont point de fortune” [Alain René Lesage, ob. cit. Libro I, capítulo I].

     [iv]El despojo del heredero por quien está obligado legalmente a cuidar de su bienestar es un motivo tan re­currente en Watson como en Lesage. En este último la obsesión por el tema deriva de su propia biografía: huérfano de madre a los nueve años y de padre a los catorce, Le­sage pasó a depender de unos tíos a los que atri­buyó la malversación de su herencia. Presente en casi todas sus obras, el leitmotiv del tutor desleal aparece tam­bién en Le Diable Boiteux. En el capítulo III de un modo marginal (“L’homme qui écrit [...] est un greffier qui, pour obliger un tuteur très reconnaissant, altère un arrêt rendu en faveur d’une pupille”) y con mayor detalle en el capítulo IX, donde el diablo muestra a un muchacho “que son tuteur a fait passer pour insensé, dans le dessein de s’emparer pour toujours de son bien”, al tiempo que cuenta la historia de Doña Eme­renciana, re­cluida igualmente en el manicomio por su tío, más interesado en administrar los bie­nes de la huérfana que en velar por su salud. Watson no es menos redundante en su tratamiento del tema y en apenas diez meses publica en The Strand Magazine tres investigaciones de Holmes con idéntico fondo argumental: «Un caso de identidad» (septiembre de 1891), «La banda moteada» (febrero de 1892) y «La finca Copper Beeches» (junio de 1892).

     [v]Jornada consagrada a Venus, diosa del amor carnal entre los paganos de Roma, y día favo­rito para las andanzas del Diablo según el cristianismo popular, por ser el día de la semana en que expiró Cristo en la cruz.

     [vi]St. Saviour.

     [vii]La etimología del nombre de Jacob propuesta por el Génesis‘el que agarra el talón (ya’qebh) con la mano’ (Gén. 25:26) o ‘el que suplanta’ (ya’qobh) o ‘engaña’ (Gén. 25:36) se basa en un retruécano popular que permite eludir el sentido teóforo original de aquel nombre (Ya’qob-El, ‘Dios protege’) y plantear otro signi­ficado del mismo; menos devoto, sin duda, pero más cohe­rente con la forma de ser de aquel patriarca mendaz y aprove­chado.

     [viii]Gén. 32:25-32. En la historia de Jacob subyace la idea de que la cojera es el precio a pagar por quien se enfrenta al Todopode­roso. Vélez, sin abandonar el tono humorístico, explica también la cojera y el mote de su diablo como secuelas de la caída al abismo de la hueste infernal después de alzarse en vano contra Dios: “Me llamo desta manera porque fui el primero de los que se levantaron en re­belión celestial y de los que cayeron y todo; y como los demás dieron sobre mí, me estropea­ron, y ansí quedé más que todos señalado de la mano de Dios y de los pies de todos los diablos y con este sobrenombre [Luis Vélez de Guevara, ob. cit., Tranco I]. Lesage, en el capítulo II de su novela, recurre en cambio a la mitología clásica y asimila la caída del diablillo a la de Hefestos/Vulcano, que litigó con Zeus y quedó cojo tras ser precipitado desde lo alto del monte Olimpo por el padre de los dioses [Homero, Ilíada 1, 590-592].

     [ix]“Y, doblemente seguro a causa de la miopía de la chica” [«Un caso de identidad»].

     [x]Gén. 27:1-41.

     [xi]En dos ocasiones a través de Holmes: “me temo que no existe ninguna ley que pueda cas­tigar a este gra­nuja [...] la ley no puede tocarle”. Y dos veces más por boca de Windibank: “no constituye delito [...] es usted quien está faltando ahora a la ley, y no yo. Desde el principio yo no he hecho nada punible” [«Un caso de identidad»].

     [xii]“Le llamo padre, aunque suena a cosa rara, porque sólo me lleva cinco años y dos meses de edad.” Recono­ciendo que le producía “un efecto raro el tener que solicitar su autorización [para contraer matrimonio], no siendo más que unos pocos años mayor que yo” [«Un caso de identidad»].

     [xiii]“Me dijeron que no me preocupara por mi padre, que ya se lo diríamos luego, y mamá dijo que ella lo arreglaría todo” [«Un caso de identidad»].

     [xiv]“Father was a plumber [...] and he left a tidy business behind him” [«Un caso de identi­dad»]. “I am a plumber with a rising business” [«Charles Augustus Milverton»].

     [xv]«Charles Augustus Milverton». Los resaltados son nuestros.

     [xvi]Vid. Eric Partridge, Dictionary of the Underworld. Routledge & Kegan Paul, Londres, 1950. Por esa misma época, las prostitutas eran denominadas “promeneuses d’amour” en Francia. El alcance sexual del acto de pasear es señalado ya indirectamente por Samuel John­son en su famoso Dictionary of the English Language de 1755, al analizar el origen del verbo to ramble, procedente, según el Dr. Johnson, de una palabra holandesa que significaría “deam­bular en busca de placer”.

     [xvii]“Je suis le démon de la luxure, ou pour parler plus honorablement, le dieu Cupidon” [Alain René Lesage, ob. cit. Libro 1, capítulo 1].

     [xviii]“En un mot, je m’appelle Asmodée, surnommé le Diable boiteux” [Alain René Lesage, ob. cit. Libro 1, capítulo II]. En la revista Punch, cuya portada diseñó Richard Doyle, tío del agente del Dr. Watson, se publicaron en 1890 bajo la rúbrica The Modern Asmodeus una serie de artículos y poemas satíricos que reivindicaban expresamente el legado burlesco de Lesage. Es muy probable que Holmes o Watson los leyeran.

     [xix]Bíblico para los católicos, ya que el Libro de Tobías está excluido de las versiones hebreas y protestantes del Antiguo Testamento.

     [xx]“Hija única soy de mi padre, el cual no tiene hijo que pueda heredarle, ni pariente próximo con un hijo para quien yo deba guardarme por mujer” [Tob. 3:15, en relación con el mandato de la ley mosaica recogido en Núm. 27:8, al que se alude de nuevo en Tob. 6:12 y 7:12].

     [xxi]“Antes que con ella hubieran tenido vida conyugal [Tob. 3:81]. El método, más expedi­tivo que el de Windibank, es sin embargo tan cruel como el adoptado por el Dr. Grimesby Roylott para impedir las bodas de sus hijastras en otro caso que rezuma lujuria incestuosa [«La banda moteada»]. A la hora de resolver un pro­blema similar, el iracundo Jephro Rucastle parece guiarse en cambio por el modelo clásico del rey de Argos, Acrisio, que encerró a su única hija Dánae en una torre con las puertas de bronce, guardada por perros salvajes, para evitar que engendrara un niño. Rucastle también enclaustró a su primogénita, para impedir que se casara, en las habitacio­nes altas de una finca llamada «Las hayas cobrizas» (nombre evocador del mineral que amal­gamado produce el bronce), bajo la custodia de un mastín hambriento de pelaje broncíneo. Pre­cauciones vanas en los dos casos, pues si Zeus consiguió hacer suya a Dánae atravesando en forma de lluvia dorada la techumbre de la prisión paterna, el novio de Alice Rucastle logró libe­rarla llegando hasta ella… por una claraboya [«La finca ‘Copper Beeches’»].

     [xxii]“He would get quite mad if I wanted so much as to join a Sunday school treat” [«Un caso de identidad»].

     [xxiii]Sal. 91:6.

     [xxiv]2 Cor. 11:14. Lo mismo constata Asmodeo cuando recuerda que es preciso “couvrir le vice d’une apparence agréable, autre­ment il ne plairait pas” [Alain René Lesage, ob. cit. Libro 1, capítulo II].

     [xxv]“Era un hombre muy vergonzoso, señor Holmes [...] Sí; era muy retraído y muy caballe­roso [...] Siempre iba bien vestido, muy pulcro y discreto” [«Un caso de identidad»].

     [xxvi]Lc. 1:29, según la traducción de Casiodoro de Reina revisada en 1602 por Cipriano de Valera [Biblia del Oso, Sociedad Bíblica Española, edición facsímil 1990].

     [xxvii]Evangelio del Pseudo Mateo (9:2). En el mismo sentido vid, el capítulo IX del Protoevan­gelio de Santiago o el extenso capítulo V del llamado Evangelio Armenio de la Infancia, donde la Virgen, aterrada por la súbita llegada del ángel, se encomienda a Dios mediante una plegaria harto reveladora: “No me entregues a las tenta­ciones del seductor y a las emboscadas del ene­migo (5:2) [Evangelios apócrifos, Ediciones Orbis, SA. - Hys­pamérica Ediciones Argentinas, S.A., Barcelona 1987, vol. 1].

     [xxviii]El morado repre­senta en la sim­bólica cris­tiana la virtud cardinal de la templanza y la expe­riencia dolo­rosa del marti­rio. De morado viste el Cristo Nazareno y morado es el manto de los mártires. Según el barón de Portal, “la Virgen María suele vestir de este color para indicar la madre del Dios sacrificado para salvar a los hombres” [Frédéric de Portal, El simbolismo de los colores. Juan J. De Olañeta,  Editor. Palma de Mallorca, 1989. pág. 119].

     [xxix]Un nombre muy apreciado por Watson y el que más debía escuchar en su propia casa, pues así se lla­ma­ban su primera esposa, Mary Morstan, y su primera criada conocida, Mary Jane [El Signo de los Cuatro y «Un escándalo en Bohemia», respectivamente]. De hecho, María es el nombre de mujer más habitual en el Canon; utilizado en dos ocasiones bajo una va­riante extranjera (Marie y María) y en otras ocho en su forma anglosajona (Mary).

     Nombre de sirvienta en tres casos (la del Dr. Watson, la de la Sra. Maberley y Marie Devine, la doncella francesa de Lady Frances Carfax), Watson parece sin embargo reservarlo para perso­nas desdichadas en su vida sentimental o familiar: Mary Sutherland [«Un caso de identidad»] y Mary Holder [«La diadema de berilos»]. María Pinto, la esposa celosa y suicida del magnate Gibson [«El problema del puente de Thor»]. Mary Fraser, la mujer maltratada de lord Eustace Brackenstall [«La granja Abbey»]. Mary Cushing, adúltera asesinada por su marido [«La caja de cartón»]. Mary Maberley, viuda y madre de un hijo muerto de pulmonía en plena juventud [«Los Tres Gabletes»] y, por su­puesto, la propia Mary Morstan, huérfana de un militar venal, fallecida prematu­ramente tras su matrimonio.

     Segundo en frecuencia (junto con el de Susan), el nombre de Violet aparece cuatro veces a lo largo del Ca­non, pero asociado siempre a muchachas solteras y de muy buen ver que logran salir finalmente bien paradas de las situaciones de riesgo en que se ven envueltas: La presuntuosa Violet De Merville [«El cliente ilustre»]; las institutrices Violet Hunter [«La finca ‘Copper Bee­ches’»] y Violet Smith [«El ciclista solitario»] y, finalmente, Violet Westbury; la menos afortu­nada de las cuatro, ya que su novio es asesinado por el espía Oberstein en el caso de «Los planos Bruce-Partington».

     [xxx]“Sí; era muy retraído y muy caba­lle­roso. Hasta su voz tenía un timbre muy meloso […] y una manera de hablar va­cilante y como si se expre­sara cuchi­cheando” [«Un caso de identidad»].

     [xxxi]¿El verbo, literalmente, se hizo carne? Ya hemos visto que Watson confiere un alcance sexual al acto de hablar, una identificación que uno de los evangelios no canónicos anteriormente citado también apuntaba de modo explícito: El Verbo divino penetró en ella [en María] por su oreja [...] Y, en el mismo momento, comenzó el embarazo [Evangelio Armenio de la Infancia, 5:9. Evangelios apócrifos, Ediciones Orbis, SA. - Hyspamérica Ediciones Argentinas, S.A., Barcelona 1987, vol. 1]. Sobre el simbolismo de la oreja en el Canon watsoniano vid. Juan A. Requena, Orejas y zarcillos.

     [xxxii]Osmaro, en castellano, “el que brilla como la gloria de Dios”, según la vieja etimología sajona.

      [xxxiii]“Purple”, en el original. El púrpura en la antigüedad era un color rojo matizado de azul. En los esmaltes heráldicos la mezcla de azur (azul) y gules (rojo) aún se denomina púr­pura y se representa con el color morado.

     La re­ferencias al morado son insistentes en «Un caso de identidad». De terciopelo morado o púrpura eran también “el cuello y los puños” del ves­tido que lle­vaba Mary Sutherland el día de su llegada a Baker Street. Y de color violeta, la ama­tista que adornaba la caja de rapé regalada por el Rey de Bohe­mia a Holmes por su intervención en el asunto de Irene Adler. Presente de ambiguo significado a la vista de quién lo ofrece y por qué, ya que las amatistas solían utilizarse en la con­fección de rosarios y anillos episcopales por su presunta efi­cacia contra la intemperan­cia y los malos pensamientos.

     [xxxiv]Sin otro valor que el de la coincidencia extraña, recordemos que muchos años después de la publicación de «Un caso de identidad», Bryan Mary Julia Josephine Doyle, la hermana pequeña de Arthur Conan Doyle, se casó con un clérigo de verbo pomposo llamado Charles Cyrill Angell.

     [xxxv]“Y me hizo jurar, con las manos sobre los Evangelios, que, ocurriera lo que ocurriera, siempre le seria fiel” [«Un caso de identidad»]. ¿“He aquí a la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra”? [Lc. 1:38]

     [xxxvi]“… el señor Angel inició sus visitas” [«Un caso de identidad»].

     [xxxvii]“Y el ángel partió de ella.” Lc. 1:38, según The Revised English Bible, Oxford University Press & Cam­bridge University Press, 1989.

13
abr
11

HOLMES – RATHBONE – UNIVERSAL (2ª parte)

La siguiente película del ciclo es incluso mejor. La mujer araña (7) (Sherlock Holmes and the Spider Woman), de 1944, ofrece a una maquiavélica mujer con poderes hipnóticos que, en un momento dado, conseguirá dominar al mismísimo Holmes. Encarnada por Gale Sondergaard de un modo absorbente, el éxito fue tal que derivó en una especie de spin-of, otra película, ya sin el concurso de Holmes, y titulada The Spider Woman Strikes Back (1946), de Arthur Lubin, con la Sondergaard repitiendo un papel muy similar (pero no el mismo), y acentuando el tono de cine de terror. Los muy seguidores del personaje quedarán atónitos cuando se les anuncie que la película está inspirada en la novela El signo de los cuatro (The Sign of the Four, Lippincott’s Magazine, febrero de 1890), así como en el relato “El problema final” (“The Final Problem”, Strand Magazine, diciembre de 1893), algo que… En fin.

La segunda aportación de ese mismo año también es excelente. La garra escarlata (8) (The Scarlett Claw) narra unos misteriosos asesinatos que acontecen en un pueblecito de Canadá en tiempos de guerra, y a donde nuestros héroes se trasladarán. Una intriga cautivante, y en la que los elementos de cine de terror son mucho más acusados, logrando un producto de gran nivel. Esta vez, no hay historia de Conan Doyle acreditada, fuese remota o no.

La intriga se vuelve más mundana con La perla maldita (9) (The Pearl of Death), también de ese mismo año, si bien se centra, como el título sugiere, en una perla que conlleva una funesta leyenda. En el reparto cabe destacar la presencia del actor aquejado de acromegalia Rondo Hotton, y del que tan buen partido sacaría el cine de terror, y el resultado sigue en el buen nivel de esta parte del ciclo. Y además, esta vez la base argumental procede de “La aventura de los seis napoleones” (“The Adventure of the Six Napoleons”, Strand Magazine, mayo de 1904), lo cual es reconocible a lo largo del metraje.

El nivel sigue bastante alto con La casa del miedo (10) (The House of Fear), de 1945, quizás el título de todo el ciclo más cercano a lo que es el cine de terror, y narra una trama a mitad de camino entre la célebre Diez negritos de Agatha Christie y una de las historias de Conan Doyle, “La aventura de las cinco semillas de naranja” (“The Five Orange Pips”, Strand Magazine, noviembre de 1891), centrándose en un grupo que se hace llamar el Club de los Buenos Camaradas, y cuyos integrantes reciben un sobre conteniendo semillas de naranja antes de aparecer muertos.

Y nada desdeñable será El caso de los dedos cortados (11) (The Woman in Green), también de ese año, película que cuenta de nuevo con la aparición del Napoleón del Crimen, el funesto profesor Moriarty, ahora encarnado por el gran actor Henry Daniell. Una vez más, la historia parte de un guión original, debido al habitual Bertram Millhauser, y narra una serie de atroces crímenes que nuestros héroes deberán investigar.

Habrá una tercera entrega ese mismo año con Persecución en Argel (12) (Pursuit to Algiers), entrega que, lamentablemente, supone un bajón cualitativo con respecto a las previas. No se trata de un mal film, pero el nivel desciende ostentosamente con una intriga sobre la realeza que tiene lugar durante casi todo el metraje en el interior de un crucero trasatlántico. Esta vez, la teórica fuente es El retorno de Sherlock Holmes, historia que no existe, puesto que es el título del tomo recopilatorio que editó originalmente George Newnes, Ltd. en Londres en 1905.

En 1946 contaremos Terror by Night (13), una historia con un nivel superior a la previa, quizás debido al guión escrito por el especialista en literatura policíaca pulp Frank Gruber, y en la que Holmes habrá de impedir el robo de un enorme diamante, la Estrella de Rodesia. Una vez más contaremos con el torpe inspector Lestrade para animar la investigación.

El final del ciclo es representado por la simpática Dressed To Kill (14), ese mismo año, que parte, curiosamente, también de “La aventura de los seis napoleones”, en este caso reemplazados por sendas cajas de música tras cuya pista habrá de ir el genio de Baker Street. El guión será escrito por Leonard Lee a partir de una adaptación de Frank Gruber de la historia de Conan Doyle.

Con todo, este no será el fin de la relación de Basil Rathbone con la creación de Conan Doyle. Ya en 1943, tanto él como Nigel Bruce habían aparecido en cameos como Holmes y Watson dentro de la desmadrada comedia Universal Casa de locos (Crazy House), de Edward F. Cline, una cinta protagonizada por el dúo cómico Ole Olsen y Chic Johnson, una suerte de Abbott y Costello surrealistas cuya cinta más célebre es la mítica Loquilandia (Hellzapoppin, 1941), de H. C. Potter, y de la cual esta es una especie de continuación espiritual.

En televisión, dentro de la serie Suspense (1949-1954), Rathbone protagonizó “The Adventure of the Black Baronet” (1953), con Martyn Green como Watson esta vez, y basada, no en una historia de Doyle, sino en un pastiche debido a John Dickson Carr.

Y de nuevo Rathbone volvería al cine casi veinte años después de muerto. En el delicioso film Disney de animación Basil, el ratón superdetective (The Great Mouse Detective, 1986), de John Musker, Ron Clements, Burny Mattinson y David Michener, dos ratoncillos viven en un agujero en nada menos que el 221B de Baker Street; a fuerzas de convivir con Sherlock Holmes, éstos emularán al gran detective y su ayudante. En un momento dado, veremos la sombra de Holmes hablar, y en ese instante se aplicará un audio extraído de la saga de la Universal, por lo cual oiremos una vez más a Rathbone encarnar al detective; por su parte, el papel de Watson lo hará Laurie Main, habitual actor y doblador para la casa Disney.

Al tiempo que iniciaba el díptico de la Fox, en 1939, Rathbone también pondría voz a Sherlock Holmes en un serial radiofónico, permaneciendo allí hasta 1946; el serial continuaría un año más, ahora reemplazado por Tom Conway. El papel de Watson, a lo largo de todo ese tiempo, correría a cargo de Nigel Bruce.

Rodion Rathbone, Ouida Bergere y Basil Rathbone

Rodion Rathbone, Ouida Bergere y Basil Rathbone

Su última aparición real como Sherlock Holmes fue en una obra teatral titulada, precisamente, Sherlock Holmes, escrita por su esposa Ouida Bergère, y que representó por primera vez en Broadway el 30 de octubre de 1953, y de la que ofrecería sólo tres representaciones.

Carlos Díaz Maroto

 

NOTAS:

(7) La película fue retitulada en el ciclo televisivo como Sherlock Holmes y la mujer araña, así como en dvd, de igual modo que en las siguientes citadas.

(8) La película fue retitulada en el ciclo televisivo como Sherlock Holmes y la garra escarlata.

(9) La película fue retitulada en el ciclo televisivo como Sherlock Holmes y la perla de la muerte.

(10) La película fue retitulada en el ciclo televisivo como Sherlock Holmes y la casa del terror.

(11) La película fue retitulada en el ciclo televisivo como Sherlock Holmes y la mujer de verde; asímismo, ha sido editada en vídeo y dvd con igual título.

(12) La película fue retitulada en el ciclo televisivo como Sherlock Holmes en la persecución de los argelinos.

(13) Inédita en España. En el referido ciclo televisivo se la denominó Terror nocturno, mientras que en dvd contó con el título de Terror en la noche.

(14) Inédita en España. La película fue titulada en el ciclo televisivo como Vestida para un asesinato; así mismo, ha sido editada en vídeo y dvd con igual denominación.

12
abr
11

El sabio cojuelo. Un estudio claudicante (1)

Al Predicador Malvado, confiando en que no se llame William Wilson.

 

You look like an angel,

Walk like an angel,

Talk like an angel,

But I got wise,

You’re the devil in disguise.

Elvis Presley, Devil in Disguise.

 

Como preámbulo a la llegada de una de sus clientes al 221B de Baker Street, Watson nos presenta a Sherlock Holmes, visiblemente rela­jado, afir­mando la supremacía de la vida frente a cualquier artificio de la literatura. Sin em­bargo, antes de concluir la discusión con un epigrama que Wilde podría haber sus­crito[i], Hol­mes no encuentra mejor ni más contra­dictorio recurso para adornar su tesis que la uti­lización de una imagen es­trictamente litera­ria:

“Si nos fuera posible salir volando por esa ventana, agarrados de la mano, revolotear por encima de esta gran ciudad, levantar suavemente los tejados y asomarnos a ver las cosas raras que ocurren […], nos re­sultarían por demás trasnochadas e infructíferas todas las obras de ficción, con sus convencionalismos y conclusiones previstas de ante­mano.”[ii] 

El lector habrá advertido que la fantasía evocada por Holmes es el re­flejo exacto de aquel episodio de la novela de Luis Vélez de Guevara, El Diablo Cojuelo, en el que Don Cleofás Leandro Pérez Zambullo, estu­diante ocioso de Alcalá de Henares, tras liberar a un diablejo renco de la redoma en que lo te­nía preso un astrólogo, obtiene en recom­pensa la posi­bilidad de observar la “Babilonia española” desde los aires.

Lorenzo Goñi, El Diablo Cojuelo (Editorial Marte, 1965)

Lorenzo Goñi, El Diablo Cojuelo (Editorial Marte, 1965)

Este viaje prodigioso de Madrid a Sevilla comienza, precisamente, cuando el diablo toma al estudiante de la mano y lo lleva en volandas desde la buhar­dilla del ni­gromante hasta “el capitel de la torre de San Sal­vador”. Iglesia pri­vilegiada por su altura, “mayor atalaya de Madrid”, donde el diablillo, una vez asentado sobre el pi­náculo del campanario, ex­tiende el brazo ante su azorado compañero:

“Y levantando a los techos de los edificios, por arte diabólico, lo hojal­drado, se descubrió la carne del pastelón de Madrid como entonces es­taba, patentemente, que por lo mucho calor estivo estaba con menos ce­losías, y tanta variedad de sabandijas racionales en esta arca del mundo, que la del diluvio, comparada con ella, fue de capas y gorras.”[iii]

En su parquedad, la alusión de Holmes a El Diablo Cojuelo tiene en nues­tro caso un atractivo especial, por ser quizás la única referencia li­bresca del Ca­non watsoniano que entronca con la tradi­ción literaria española; y ello a pesar de que tal vinculación se produzca probable­mente en esta ocasión de un modo indi­recto, pues aquella obra maestra del con­ceptismo barroco, editada en Madrid en 1641, apenas fue cono­cida más allá de nuestras fronteras. Al menos hasta el año de gracia de 1707, en que el francés Alain René Lesage (1668-1747) publicó en París la primera versión (aumentada en 1726 con nuevos episodios) de Le Diable Boiteux, su propia adaptación de la única no­vela de Vélez de Guevara, a quien rendía homenaje en un prólogo escueto destinado en parte a silenciar las acusa­ciones de pla­gio.

Tony Johannot, "Le Diable Boiteux" (1840)

Tony Johannot, "Le Diable Boiteux" (1840)

Bien es cierto que Lesage no incurrió en la traducción —demasiado difí­cil— o la mera copia, sino que ajustó la sátira de El Diablo Co­juelo a los gustos de su época, hasta recrear la historia en un estilo propio, pero conservando el tema central y buen nú­mero de incidentes del patrón castellano. Entre ellos, el recordado por Hol­mes en «Un caso de identidad», el vuelo sobre un Madrid nocturno y exótico transformado en increíble casa de muñecas[iv] por obra del diablo pati­cojo[v].

Aunque nos guste imaginar a Sherlock Holmes leyendo en algún mo­mento la fábula española o escrutando incluso en la biblioteca del British Museum una impresión ma­drileña de 1641 de El Diablo Cojuelo, lo sen­sato es pensar que el detective, con ante­pasados franceses, sólo supiera de Vélez de Gue­vara y de su endemoniada invención a través del texto dupli­cador de Lesage, mucho más popular en Europa y, a diferencia del castellano, pronto traducido al inglés[vi].

Por otro lado, la total ignorancia de la cultura española que Watson de­muestra a lo largo de sus crónicas (ignorancia sólo comparable a la de su agente literario), convierte en poco verosímil la hipótesis de que el Dr. Wat­son tuviera noticia de otro Diablo Cojuelo que no fuera Le Diable Boi­teux de Le­sage. Versión que sí parece haber leído con provecho, tal vez al mismo tiempo que preparaba la entrega de «Un caso de iden­tidad» para su publica­ción en el Strand Magazine en sep­tiembre de 1891.

Con independencia de la posible fuente de su imagen, lo indiscuti­ble es que al invocar al Diablo Cojuelo en la investigación de Mary Suther­land, Holmes se iguala en cierto modo a la traviesa criatura de Vélez y Lesage; so­brevo­lando con su propio don Cleofás —un Watson con la pierna resentida[vii], Co­juelo a su vez del lec­tor— el “gran sumidero[viii] del Imperio, la Ba­bilonia londi­nense, en busca de verdades ocultas. Noción ésta, la de otear el teatrillo humano desde lo alto viendo lo que otros no ven, que se manifiesta de modo muy explícito en «Un caso de iden­tidad». No sólo con la mención indirecta al diablo novelesco y fisgón, sino también con el perfíl de Holmes en la famosa ventana de Baker Street —mitad atalaya, mitad buharda de brujo alqui­mista rodeado de re­tortas y tubos de ensayo—, observando abstraído tras los cris­tales “la gris y monó­tona calle londi­nense”.

Desde la ventana

Desde la ventana

El detective, a semejanza del Cojuelo, se limita además a contemplar los hechos y “el siempre cambiante calidoscopio de la vida[ix] desde una cierta dis­tancia, sin morali­zar en exceso sobre ellos y sin llegar a impli­carse del todo con la materia obser­vada. Mirón incansable y escéptico; sa­bedor, por su pro­pia experiencia, que nada es en verdad lo que parece, y que tras la estampa digna de un Juez de Paz se esconde un an­tiguo con­victo[x] o el “Na­poleón del cri­men tras la figura temblona de un oscuro profe­sor de mate­máticas[xi].

Por supuesto, este principio de la falsedad esencial de las apariencias, clave en El Diablo Cojuelo, está presente en todo momento en «Un caso de identidad», configurando el meollo de una intriga donde la mentira reina a sus anchas e incluso triunfa[xii]; pues Hol­mes desenmascara el engaño, pero no se atreve a revelarlo en toda su sordi­dez a la víctima del mismo[xiii], “vol­viendo —como diría Vélez— a poner la tapa al pastelón[xiv] una vez concluido el caso.

En realidad, si releemos con detenimiento las crónicas holmesianas, vere­mos que Watson ofrece en ellas una descripción del lado noc­turno de la vida humana no muy diferente de las planteadas por Vélez y Le­sage en sus res­pectivas ficciones.

El Diablo Cojuelo (edición de 1646) 

En el Canon watsoniano, aquella “otra vida” a la que hacía referen­cia Vé­lez de Guevara en el subtítulo de su novela, es una Inglaterra no menos pa­ralela y negra, en donde la decencia burguesa se con­funde con­tinua­mente con la crimi­nali­dad y en la que los valores promo­vidos por la ideolo­gía pública del vic­torianismo tar­dío son vapuleados e invertidos con diabóli­cas per­versidad y constancia por dos indi­viduos —Holmes y su biógrafo— consi­derados, para­dójicamente, como la perfecta encarna­ción de esos mis­mos va­lores.

Un vuelo rápido sobre las páginas del Canon no hará más que confirmar nuestro juicio: El ejército, columna vertebral del Imperio y garante último de la pax bri­tannica, no es otra cosa que un nido de delincuentes[xv]. La clase po­lítica, un conjunto de diletantes, que pierden —cuando no roban— documen­tos com­prometedores para la segu­ridad del país[xvi]. La aristocracia, un grupo ocioso, ávido de dinero, que mal­gasta su fortuna y su tiempo en partidas de naipes, carreras de caballos y mantenidas[xvii]. La misión colonial de Gran Bre­taña, una excelente oportunidad para enriquecerse sin reparar en los me­dios, una aventura apta para violentos degenerados como el Dr. Gri­mesby Roylott[xviii] o para caballeretes sin honor que copian en los exáme­nes[xix]. Incluso la dulce campiña inglesa encubre el más “espantoso historial de pecado[xx] que ima­gi­narse pueda detrás de una fachada “sonriente y her­mosa”.

La sobriedad, la honradez, la laboriosidad, valores considerados también como para­digmáticos de la clase media victoriana, están por lo general au­sentes. Los borrachos y los ti­madores abundan en cambio, y los numerosos indianos del Canon ilus­tran a la perfección el dictamen de Balzac[xxi] de que toda gran fortuna tiene en el delito su origen. En cuanto a la famosa beatería victo­riana, apenas si despunta en unos rela­tos en los que las figuras clericales son meramente anecdóticas o decidi­damente anó­malas, como la del vicario Roundhay, comprensivo pro­tector de una pareja de adúlteros[xxii], o la de William­son, el cura inhabili­tado que oficia el matri­monio forzoso de Violet Smith con un rufián repul­sivo[xxiii].

No obstante, es en su particular visión de las instituciones matrimonial y familiar donde Watson demuestra una intención aún más pesimista y sub­ver­siva que la del Diablo Cojuelo.

Erberto Carboni, The Adventures of Sherlock Holmes

Erberto Carboni, The Adventures of Sherlock Holmes

Si tomamos, a título de muestra, las doce investigaciones publicadas en­tre julio de 1891 y junio de 1892 y recopiladas luego bajo el título genérico de Las aventuras de Sherlock Holmes[xxiv] advertiremos de inmediato el número despropor­cionado de casos en los que la problemática matrimonial está pre­sente de una forma u otra en el de­sarrollo de la trama.

Por ejemplo, la boda apresurada y de discu­tida validez legal de Irene Adler y God­frey Norton, contrapunto del inminente enlace de conveniencia del Rey de Bohemia con una princesa escandinava[xxv]. El ma­trimonio nulo del joven James McCarthy con una camarera bígama en «El misterio del valle de Bos­combe». Las desventuras mari­tales de Kate Whit­ney, casada con un opiómano o la gigantesca farsa sobre la que se asienta el modélico hogar de Neville St. Clair en «El hombre del labio retorcido»[xxvi]. El matrimo­nio desgra­ciado de Henry Baker[xxvii]. Las nupcias imposibles y por interés eco­nómico de «El solte­rón aristocrático», o los matrimonios postergados cruelmente por la codicia de los padres de «Un caso de identidad», «La banda moteada» y «La finca ‘Copper Beeches’».

Harper’s Bazaar, Vestido de novia (1884)

Harper’s Bazaar, Vestido de novia (1884)

Como puede verse, estamos lejos de la exaltación del matrimo­nio, en cuanto estado ideal al que toda persona decente debía tender, propagada por la ideología oficial.

Y es que para Holmes y Watson la célula familiar, fundamento mismo del orden vic­toriano, es un es­pacio privado que esconde terribles secretos. Un círculo cri­minal —¿crimi­nógeno?— donde los hermanos se odian[xxviii] y los parien­tes se matan por dinero[xxix]; donde los hijos son maltratados[xxx] o confina­dos por sus pa­dres[xxxi]; donde los cónyuges cometen adulterio, son golpeados, se suici­dan[xxxii] o son asesinados[xxxiii]. El hogar es un ám­bito siniestro en el que cualquier forma de afecto ha desaparecido y en el que hasta los perros pue­den volverse contra sus amos[xxxiv].

Sin miedo a equivocarnos, podemos decir que no hay hogares risueños ni matrimonios dicho­sos en el Canon y «Un caso de identidad» es una muestra, tan buena como cualquier otra, de tan fuliginosa percepción de la vida doméstica.

En cualquier caso, lo mejor será que levantemos la cubierta del Strand Magazine y saque­mos nuestras propias conclusiones con tan sólo variar un poco, como haría el Cojuelo, el punto de vista desde el que se emprende el análisis.





Tony Johannot, Aparición del Diablo Cojuelo (1840)

Tony Johannot, Aparición del Diablo Cojuelo (1840)

 

 © Juan Requena, 1997


     [i]  “No existe nada tan antinatural como lo absolutamente vulgar” [«Un caso de identidad», The Strand Maga­zine, Londres, septiembre 1891].

     [ii] «Un caso de identidad».

     [iii] Luis Vélez de Guevara, El Diablo Cojuelo. Novela de la otra vida traducida a esta. Ma­drid, 1641. Tranco I. Nótese la similitud de la escena con el pasaje de la tentación de Jesús en el desierto según Mt. 4:5-9.

     [iv] El influjo de El Diablo Cojuelo es perceptible todavía en obras contemporáneas, como en La Ventana Indiscreta (Rear Window), película de Alfred Hitchcock de 1954 en la que el reportero fotográfico interpretado por James Stewart, obligado a permanecer en reposo con una pierna rota (!), observa meticulosamente la vida de los vecinos de la casa de enfrente, descubriendo cosas ocultas relacionadas en todos los casos con distintos estadios de las relaciones de pareja.

     [v]  “A ces mots, il ne fit simplement qu’étendre le bras droit, et aussitôt tous les toits disparu­rent. Alors l’écolier vit, comme en plein midi, l’intérieur des maisons, de même, dit Luis Velez de Guévara, qu’on voit le dedans d’un pâté dont on vient d’ôter la croûte.” Alain René Lesage, Le Diable Boiteux. Libro I, capítulo III.

     [vi] La influencia de Lesage en la literatura victoriana fue enorme. Dickens, por ejemplo, confeso admirador del escritor francés, no dudó en comenzar uno de los capítulos de The Old Curiosity Shop (1841) —también sin citar la fuente, lo que indica que era sobradamente conocida por los lectores— con una referencia muy similar a la de «Un caso de identidad»: “El narrador de la historia coge cariñosamente de la mano al lector, y saltando con él al aire y abriéndose paso a través del mismo a mayor velocidad que don Cleofás Pérez Zambullo y su familiar, navega en su compañía por esta agradable región y desciende con él sobre el pavimento de Bevis Mark.” [Charles Dickens, La tienda de antigüedades, capítulo XXXIII].

     [vii]    Aunque el tema de la herida afgana del Dr. Watson sigue siendo objeto de discusión entre los holmesianos, es imposible negar que Watson se describe en el capítulo II de El Signo de los Cuatro como “un médico del ejército con una pierna débil” y que el propio Holmes define en ese mismo caso al agotado Watson, harto de perseguir a Jo­nathan Small durante horas por las calles de Londres, como “un funcionario a media paga que tiene dañado el tendón de Aquiles [El Signo de los Cuatro, capitulo VII].

     [viii]    Estudio en escarlata. Parte I, capítulo 1.

     [ix] «El paciente interno».

     [x]  «La ‘Gloria Scott’».

     [xi]«El problema final».

     [xii]En las ficciones de Vélez y Lesage la mentira y el enredo encar­naban en un demonio cojitranco. La elección de la tara no era fortuita ya que ambos auto­res trataban de enlazar con la cultura popular, que asocia­ba de antiguo al em­bustero con el renco (“la mentira anda con mule­tas”, dice un viejo refrán neerlandés, mientras se nos recuerda en Castilla que “se coge antes a un mentiroso que a un cojo”), pero también con una interpretación simbólica de raíces bíblicas que veía en las deformidades la manifesta­ción visible del  pecado (vid. Lev. 21:17-23). Convicción a la que el Dr. Watson también parece adherirse en sus es­critos (y con bastante más seriedad que Vélez o Lesage) a través de una serie de per­sonajes calificables, por méritos propios, de autén­ticos “diablos cojos”: Jonathan Small, el ladrón con la pata de palo de El Signo de los Cuatro. John Turner, el indiano del valle de Boscombe, antiguo salteador de caminos en Australia. Jack Ferguson, el adolescente claudicante de «El vampi­ro de Sussex». Josiah Amberley, el avaro uxori­cida con una pierna artificial de «El fabricante de colores retirado». Hugh Boone, el falso men­digo de Threadneedle Street, que cojeaba al andar y cuyo pelo ber­mejo (como el del Boi­teux) evoca la cabellera rojiza de Duncan Ross, el embaucador de «La liga de los pelirrojos» que despista a su víctima con una dirección falaz, co­rres­pondiente en realidad a la razón social de una fábrica de… prótesis para las rodillas.

     [xiii]Sherlock Holmes cierra la historia con un dicho que atribuye al poeta persa de inspiración sufí Mohamed Shams al-Din, llamado Hafiz (1326-1390): “Tan peligroso es quitar su cachorro a una tigresa como arrebatarle una ilusión a una mujer”. A pesar de loables intentos, nadie ha logrado encontrar tal proverbio en la obra de Hafiz, ni en las de otros autores, a decir verdad; por lo que no es improbable que Holmes se estuviera inventando el texto y la supuesta fuente.

     [xiv]Luis Vélez de Guevara, ob. cit. Tranco II.

     [xv]Recuérdese al mayor Sholto, al capitán Morstan, al coronel Moran y a tantos otros militares de dudoso pasado colonial.

     [xvi]Los casos de «El tratado naval », «La segunda mancha » o «Los planos Bruce-Partington» ofrecen buenos ejemplos.

     [xvii]La lista es interminable: Lord Robert St Simon, Ronald Adair, sir Robert Norberton, el Rey de Bohemia …

     [xviii]«La banda moteada».

     [xix]«Los tres estudiantes».

     [xx]«La finca ‘Copper Beeches’».

      [xxi]En «Un caso de identi­dad» se recoge, por cierto, una mención explícita a Honoré de Balzac (1799-1850). Concreta­mente, al analizar las cartas del pretendiente de Mary Sutherland; misivas “vulgares” de las que Holmes sólo destaca el que en ellas se “cita una vez a Balzac”. Por des­gracia, Watson no indica si la alusión a Balzac es expresa, ni el texto citado por Win­dibank; lo que permitiría determinar el grado de conocimiento que Sherlock Hol­mes tenía de un autor que tal vez fuera de su gusto. No se olvide que Balzac —calificado por uno de sus amigos como “el Lesage del siglo XIX”— era un apasionado de la frenología de Gall, la fisonomía de Lavater, las investigaciones científicas de Cuvier y el mundo de los criminales en general. As­pectos que no eran ajenos ni a la profesión ni al bagaje intelectual de Holmes. Es po­sible además que éste apreciara en particular el Etude des moeurs par les gants (1830); un autén­tico ejercicio deductivo basado en la observación de un par de guantes donde Balzac anticipaba a su manera los métodos —y las monografias expertas— del propio Holmes. El cual, dicho sea de paso, tam­bién extrae conclusiones sobre las costumbres de Mary Sutherland al ojear su guante roto.

     Las razones del interés de Windi­bank por el novelista se nos escapan; aunque no deja de ser curioso que este sacacuartos, casado con una viuda entrada en años, cite a un autor eternamente endeudado al que se le daban bien las maduritas adineradas. Mujeres siempre mayores que él, como Mme. de Berny, Mme. Carraud o Mme. Hanska, de las que el literato obtuvo consuelo amoroso y amparo económico.

     En otro orden de cosas, la concepción de un grupo secreto que regía la vida parisina bajo la dirección del antiguo galeote Ferragus (“La Sociedad de los Trece”) o las figuras demiúrgicas del ex-presidiario Jacques Collin (Vautrin), un genio del crimen que opera en la sombra, y del barón Nucingen (“el Napoleón de las finanzas”), un ser brumoso que lo puede todo gracias a su domi­nio de la abstracción máxima (el dinero), son referencias que inducen a pensar que Balzac pudo ser también un autor muy estimado por el Profesor Moriarty.

     [xxii]«El pie del Diablo».

     [xxiii] «El ciclista solitario».

     [xxiv]The Adventures of Sherlock Holmes. Newnes, Londres 1892.

     [xxv]«Un escándalo en Bohemia».

     [xxvi]Neville St Clair en su papel del falso mendigo ‘Hugh Boone’ es heredero directo de los pedigüeños simu­lado­res de Lesage que gastaban en bacanales noctur­nas los cuartos mendigados durante el día en las iglesias de Madrid: “Regardez attentivement les trois qui vont ensemble du même côté. Celui qui s’appuie sur des béquilles, qui fait trembler tout son corps et semble marcher avec tant de peine, qu’à chaque pas vous diriez qu’il va tomber sur le nez, quoiqu’il ait une longue barbe blanche et un air décrépit, est un jeune homme si alerte et léger, qu’il passerait un daim à la course. L’autre, qui fait le teigneux, est un bel adolescent dont la tête est couverte d’une peau qui cache une chevelure de page de cour. Et l’autre, qui paraît un cul-de-jatte, est un drôle qui a l’art de tirer de sa poitrine des sons si lamentables, qu’à ses tristes accents il n’y a point de vieille qui ne descende d’un quatrième étage pour lui apporter un maravédis.” [Alain René Lesage, ob. cit. Libro II, capítulo VI]. Estos libertinos de buena familia que vivían “en communauté comme des moines”, bien podrían ser el antecedente litera­rio de “la Sociedad de Mendigos Aficionados”; una misteriosa cofradía, investigada por Holmes, que celebraba sus reuniones en el sótano lujoso de un guardamuebles [«Las cinco pepitas de na­ranja»].

     [xxvii]«El carbunclo azul».

     [xxviii]«El colegio Priory», «El vampiro de Sussex»…

     [xxix]El sabueso de los Baskerville, «El pie del diablo», «El detective moribundo»… Recuérdese también el terrible comentario con que Holmes sorprende al Dr. Watson en El Signo de los Cuatro: “la mujer más atractiva que conocí fue ahorcada por haber envenenado a tres niños para cobrar el dinero del seguro”.

     [xxx]«La banda moteada», «Peter ‘El Negro’».

     [xxxi]«La cara amarilla», «El soldado de la piel decolorada».

     [xxxii]«Los lentes de oro», «El problema del puente de Thor».

     [xxxiii]«La granja Abbey», «La segunda mancha», «El cliente ilustre», «La caja de cartón», «La inquilina del velo», «El fabricante de colores retirado».

     [xxxiv]«La finca ‘Copper Beeches’», «El hombre que reptaba».




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